Personajes de Mizuki e Igarashi

UN CONTRATO MÁS CON MI MUEVO JEFE (CAP. 20)

Uno de los sirvientes subió el equipaje de Candy a la habitación de Albert. Ella fue detrás del empleado, quería descansar.

Al entrar se dio cuenta de que la recamara seguía igual a cuando Bert la llevaba a su casa. Ella miró sobre el buró una foto de ellos cuando eran novios y no pudo evitar evocar aquella época…

─Ja, ja, ja, Bert déjame ja, ja, ja me haces cosquillas.

─No te dejaré, mi princesa adorada, ¡te amo! ─le dijo encaramándose encima de ella, presionándola contra su pecho y pelvis.

─Se van a dar cuenta de que ya consumamos nuestro matrimonio.

─Mis padres se fueron a casa de tus padres y conociéndolos como los conozco, tardarán horas, el tiempo suficiente para disfrutar de nuestro amor ─sin decir más, ambos se deshicieron de sus ropas.

Él con ternura recorrió el tierno y frágil cuerpo de su amada hasta detenerse en sus pies, donde la empezó a besar desde los dedos hasta llegar a sus delicados labios color carmesí. Le agarró las manos para colocárselas en las almohadas, luego la besó con desesperación, con tanta que ella sintió que la mordía.

Concentrados en la pasión que desbordaban sus sentidos, él bajó una de sus manos, ella notó que se acarició su enorme pene para después llevar la punta de ese hermoso y prominente falo hasta el medio de su vagina, pero antes de meterlo la agarró de las manos y la miró a los ojos─ ¿lista? ─le preguntó, debido a que ese era su segundo encuentro sexual, ella asintió en señal de respuesta ─porque pienso hacerlo duro, te lo haré tan duro que vas a gritar, pero de placer, le advirtió Bert, quien sin más explicación, de un solo movimiento se metió hasta el fondo de Candy.

─¡Ayyyy!─ gritó ella del dolor que le salió de su garganta, a pesar de estar completamente humedecida, sintió un gran dolor, que hasta su estómago le dolió.

─Aún estas muy cerrada ─le decía él mientras entraba y salía con fuerza de ella─, pero solo te dolerá las primeras veces ─le indicó al continuar con sus movimientos.

Seguidamente, le soltó las manos para poder acariciarla. Ella quería tocarlo, besarlo pero tenía miedo de que no la dejara. Él en la cama se convertía en un ser diferente, posesivo que le gustaba domar a su mujer, por lo que sus embestidas eran cada vez más fuertes y rápidas. Ella ante su deseo incontrolable por tocarlo no aguantó más y enredó sus dedos en el cabello de él, lo empezó a besar con desesperación. Albert por un instante la miró, pero no le dijo nada, solo la miraba mientras ella le tocaba sus brazos bien definidos, al tiempo que le besaba el pecho, dándole pequeñas mordidas ─arg─ un gruñido salió de su garganta. Candy le hacía lo mismo en su cuello─, solo no me dejes marcas en el cuello, puedes dejarlas en cualquier parte, pero menos en el cuello ─le repitió agitado, así que ella bajó otra vez a su pecho, donde lo mordía tratando de no hacerlo fuerte, pero sí para dejarle marcas─. ¡Oh, por Dios Candy, me vuelves loco!

Ella sentía como él le apretaba las nalgas de una manera tal que podía jurar que le iba dejar moretones, al parecer se excitaba más con las mordidas de su hermosa amante, porque de su garganta salían ─ahhh─ cada que ella lo mordía ─no pares... muerdemeeee─ le decía él, y ella simplemente le obedecía. Cada vez eran más rápidas y fuertes sus penetraciones. Candy de nuevo tuvo esa sensación de un orgasmo del cual ella sencillamente disfrutó como nunca.

─No pares ─le logró decir Candy. Los ojos azules de él se clavaron en los de ella. Gotas de sudor aparecieron en la frente de él, su mirada era más brillante y lujuriosa.

─Vente... termina, vamos termina junto conmigo... ─argg... ahhhh─ y las contracciones vaginales la hicieron gritar de placer junto a él ─ahhharg─ ¡por Dios... fue delicioso! ─dijo Bert después de terminar dentro de ella. Sus embestidas fueron más lentas y ya sólo eran vaivén de movimientos lentos, sin embargo, a pesar de haber terminado no paró, siguió entrando y saliendo lentamente.

─Me tiemblan las piernas ─logró expresar Candy con dificultad, porque su respiración aún no llegaba a la normalidad.

─Candy, todavía no termino, aún estoy muy duro, por favor permíteme darte un poco más ─Albert le había susurrado al oído al tiempo que siguió moviéndose encima de ella, mientras la devoraba. Candy en respuesta lo abrazó fuerte entre tanto lo besaba para excitarlo aún más. Él tampoco dejó de tocarla para así volver avivar en ella la llama del placer, hasta que lo logró. Sus penetraciones volvieron hacer más rápidas ─todavía no te vengas, aguanta un poco más, ahhh... ¡por Dios, Candy!, no sé te si voy a dejar que regreses temprano a tu casa.

─¿Y quién dice que quiero regresar temprano a mi casa? ─le replicó Candy entusiasmada por seguir disfrutando de las caricias de su eterno amor. Albert la miró con una sonrisa llena de satisfacción.

Los recuerdos de Candy fueron interrumpidos, pues Albert a los minutos había entrando a la habitación, encontrándose a su mujer mirando esa vieja fotografía, la cual rememoraba sus mejores tiempos de novios. Intentó acercarse a ella, pero Candy se alejó de él. Bert se sintió horrible por el rechazo, se llenó de rabia.

─Quiero darme una ducha ─dijo Candy.

─Está bien ─él se metió a aquel enorme clóset y cuando ya estaba dentro le dio un fuerte golpe a la pared ─eres mi esposa y te guste o no serás mi mujer, nuevamente.

Cuando Candy salió del baño ya traía su pijama puesta. Albert estaba acostado con su laptop en sus piernas.

─Buenas noches ─le deseó ella. Él la miró, colocando la laptop sobre el buró, apagó la luz y se acercó a abrazarla─ ¿qué haces? ─le preguntó Candy molesta.

─Qué no es lógico... quiero hacerle el amor a mi esposa.

─¡Estás loco! ─exclamó ella empujándolo.

Albert le agarró las manos y la empezó a besar a fuerzas. Él era muy fuerte por lo que ella no podía con él.

─¡¿También me obligarás a tener sexo contigo, luego de dejar a mi familia en la calle?! ─inquirió mirándolo a los ojos.

─Le devolví sus propiedades. Tú eres mi esposa, están dentro de tus obligaciones entregarte a mí.

─Vaya, perdón, regresamos a las épocas cavernarias, perdón por haberme atrevido a cometer semejante infamia en contra de mi esposo, tras haberme negado a tener sexo, solo eso: sexo. Aquí tiene mi cuerpo, apodérese de él como guste, señor Ardlay.

Candy ya no opuso resistencia, Albert se deshizo de su ropa y de la de ella. La empezó a tocar y a besar, pero ella no lo tocaba ni besaba.

─Mírame, Candy ─le decía él cuando ya estaba dentro de ella.

Candy solo cerraba sus ojos y, se volteaba para no verlo a la cara.

─¡Qué no entiendes que te amo! ─exclamó él con lágrimas en sus ojos, pero ella no le respondió.

Terminó de hacer lo suyo y se salió de ella, haciéndose a un lado la abrazó, pero Candy solo lloró. Él vio en esos ojos, los cuales muchas veces había visto, miró en esos ojos verdes, lo que temía: esa mujer lo dejó de amar.

─Tú volverás amarme... ¿cómo te hago entender que mi vida sin ti no vale nada?, yo haré que me vuelvas a amar ─le musitó al oído.

Pero, esa mujer no dijo, ni expresó una sola palabra. Albert se levantó de la cama, se puso su pijama y salió de la habitación, caminó hasta el jardín, donde se sentó en una banca.

─¿Cuándo me dejaste de amar? ¿Quién ocupa mi lugar? ─preguntó cabizbajo, colocándose ambas manos sobre la cabeza.

Se quedó ahí afuera hasta altas horas de la noche, cuando regresó a la habitación Candy ya se había quedado dormida de tanto llorar. Él simplemente la contempló.

Albert al día siguiente, despertó, percatándose de que su esposa ya no estaba a su lado. Pensó que se había ido, se vistió rápido y salió a buscarla.

─¿Mamá has visto a Candy? ─preguntó con extrema preocupación.

─Cálmate hijo. Candy está en la cocina con Dorothy, preparando el desayuno.

Ese hombre de ojos azules claros como el cielo caminó hasta la cocina y miró a su esposa ayudándole a Dorothy, la cocinera, a preparar el desayuno, mientras le preguntaba: ¿Cómo debía cocinar determinados platillos?

─Buenos días ─saludó él sentándose en una de las sillas de la mesa de granito que se encontraba en medio de esa enorme cocina.

Candy volteó a verlo y le sonrió.

─Buenos días... pensé que seguías durmiendo ─dijo ella.

─Y, yo pensé que te habías ido de la casa.

Candy empezó a reír mientras calentaba leche líquida.

─Primero vas por mí a la casa de mis padres y ahora quieres que me vaya... no te entiendo, Albert.

─Yo no quiero que te vayas... dije que pensé que te habías ido.

Candy se acercó a él y le puso en la mesa una taza de leche tibia con té negro. Se lo preparó como a él le gusta, porque aun sabía cómo tomaba el té.

─Oye, quiero ir al pueblo ─le dijo Candy, sentándose frente a él.

Albert levantó una ceja, extrañado.

─¿Para qué quieres ir al pueblo?

─Necesito un celular... no quiero estar incomunicada, ya es suficiente con estar secuestrada.

Ahora, él fue el que se empezó a reír, puso la taza de té sobre la mesa.

─Tú no estás secuestrada, puedes salir cuando quieras. Solo quiero que me digas cuando salgas de la casa.

─Entonces: ¿Si puedo ir?

─Sí.

Los padres de Albert entraron a la cocina, se sentaron junto a ellos. Dorothy les sirvió el desayuno, comieron en familia.

Albert veía a su esposa, quien se miraba muy bonita vestida con una blusa de cuadrados y uno pantalón de mezclilla azul. Después de desayunar los dos subieron a la habitación.

─¿Necesitas dinero?

─Sí, pero ya estando en el pueblo aprovecho para sacar efectivo de un cajero.

Albert se acercó a un mueble de esa habitación y descolgó un cuadro que ahí se encontraba, detrás se hallaba una caja fuerte, la abrió y sacó efectivo, le dio a Candy.

─Espero y eso sea suficiente para lo quieres comprar.

Candy miró el dinero y negó con la cabeza.

─No necesitas darme dinero, yo tengo mis propios ahorros.

─Por favor, tómalo, eres mi esposa, todo lo mío es tuyo ─al ver que ella no agarró el dinero, tomó el bolso de Candy y metió ahí el dinero.

─Gracias, ¿puedes prestarme tu celular para llamar un taxi? ─volvió a preguntar ella.

─No es necesario, yo te llevo, tengo que ir al banco a hacer un depósito.

Ella aceptó, salió con él de esa casa. Cuando llegaron al pueblo todos le miraban, pero a él no le importó, entró con su esposa de la mano. Ella se acercó al cajero mientras él hizo el depósito.

─Sacaré algo de dinero para darles a mis padres ─dijo ella cuando estaba frente al cajero.

Albert se aproximó a ella, se dio cuenta de que Candy tenía una muy fuerte cantidad de dinero ahorrada, no dijo nada y salió con ella del banco.

Candy miró a sus amigos en la cafetería que estaba frente al banco, quiso saludarlos.

─Vamos, quiero saludar a mis amigos ─Albert volteó a verlos, al principio quiso negarse, pero no lo hizo, porque quería ganarse la confianza de su esposa, por lo que fue a saludarlos.

Cuando los amigos de Candy la vieron con Albert se sorprendieron y más Tom, porque él hacía apenas un par de semanas la miró llorar por otro hombre del cual nunca supo quién era.

─Tengo que hacer algunas diligencias. Cuando compres tu celular me llamas ─le dijo Albert dándole una tarjeta, donde estaba apuntado su número telefónico.

─De acuerdo, yo te llamo ─él solo le dio un beso en su frente y se despidió de los amigos de Candy.

Luego de quedarse sola con sus amigos, ellos la empezaron a interrogar.

─¿No me digas que tú y él... volvieron? ─inquirió Paty.

─Sí, y no sólo eso... me fui a vivir con él ─Tom casi se ahoga

─¿Es broma, verdad? ─le preguntó, pero ella negó.

─No es broma, estamos intentándolo otra vez. A parte yo y él estamos casados por el civil.

─Sí, pero... no porque estén casados por el civil tienes que vivir con él, Candy ─casi le gritó Tom─ dime que estás con él porque tú así lo quieres.

Nadie sabía aparte de su familia lo que había hecho Albert para que Candy se fuera a vivir con él.

─Yo lo quiero... y estoy con él, porque yo quiero. Nadie me está obligando.

Tom, quedó poco convencido, sabía que por más que le preguntara, ella no le diría nada.

Candy se quedó con sus amigos, quienes la acompañaron a comprar su celular. Después de un buen rato llamó a Albert para avisarle que se iría a casa de sus padres y así cuando él pudiera pasara a buscarla.

─¿Cómo te trata ese hombre, hija? ─le preguntó su padre, Candy no quiso preocupar a su padre.

─Albert me trata bien, papá. Él solo quiere que yo esté con él. Él me quiere, por eso hizo lo que hizo.

─Si te quisiera tanto como dice, no hubiera hecho las cosas mal, Candy ─dijo su padre molesto.

─No te olvides de que yo fui quien lo dejó plantado en el altar, rompiéndole su corazón, papá.

Candy se culpaba por la actitud de su esposo.

─Ay, hija si quieres irte otra vez, nada más dime, a mí no me importa perder mis propiedades con tal de verte feliz.

─No te preocupes papá, yo estoy bien.

Cuando Albert pasó por Candy, ella se despidió de sus padres y se fue con él. Al llegar a esa enorme hacienda. Él se fue hacer lo que siempre hacía y ella se quedó en la sala con su suegra.

─Mi hijo te quiere, Candy ─le dijo Priscila─ Candy la miró de reojo mientras leí una revista.

─Bonita forma de quererme ─respondió cortante.

─Mi hijo no es malo y tú lo sabes. Él, si hizo todo esto es para no perderte otra vez; él a pesar de que tú le rompiste el corazón nunca te dejó de amar. Candy deberías de darte la oportunidad de hacer una vida con mi hijo. Tú misma te vas a dar cuenta de que él no es el hombre frío y duro que aparenta ser contigo. Mi esposo y yo sufrimos juntos con Albert, nos dolía verlo gritar tu nombre. Nos partía el corazón verlo llegar borracho y llorando porque tú te habías ido sin siquiera darle la cara.

Candy se quedó callada. Ella conocía a Albert desde que era una niña y fue su novia por dos años. Él nunca se portó mal con ella, sin embargo, ella si le había hecho una mala jugada. Nunca había tenido el valor de darle la cara por lo que le hizo.

La semana, se fue rápido, la fiesta del pueblo llegó. Albert casi le suplicó a su mujer para que lo acompañase a la fiesta, hasta que por fin la convenció. Él, la amaba a pesar de su indiferencia.

Pasearon tomados de la mano por toda la celebración, bajo las miradas de todos, incluso su prima Elisa se acercó a saludar a Albert.

Continuará, espero deje buenos comentarios. Dios nos bendiga.