Capítulo 2: "Medidas Extremas"

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Sus ojos celestes la observaron fijamente por unos segundos mientras ella intentaba descifrar qué pensaba hacerle. El joven rubio desvió la mirada dirigiéndose al maniquí de madera que se encontraba en una de las esquinas del cuarto, comenzando a quitarse las ligeras hombreras y el peto; él se encontraba de espaldas acomodando su armadura en el maniquí frente a él, probablemente terminaría arrepintiéndose si no aprovechaba esa oportunidad.

Se acercó sigilosamente, y sin pensarlo dos veces levantó el trozo de madera para apuntarlo al cuello del chico. Link se giró rápidamente para detener con firmeza su mano aún en lo alto, la princesa dio un pequeño respingo al ser sorprendida, su agarre comenzó a ser más fuerte y más pesado, ella dejó salir un quejido, la estaba lastimando.

- Suéltame. – pidió intentado defenderse con la otra mano, golpeando el torso masculino sin resultado.

El joven dejó de aumentar su fuerza en el momento en que la muñeca de la princesa no soportó más el intenso dolor y soltó la pequeña estaca. Caminó hacia adelante haciendo que ella a su vez retrocediera, en unos cuantos pasos la princesa había caído sobre la cama y él no tardó en colocarse sobre ella, sin soltarla en ningún momento; su mano libre tomó la que aún luchaba de la princesa, juntándola con la anterior, quedando ambas manos sobre su cabeza, sujetadas por una única mano del contrario. Bajó su rostro hacia su cuello, comenzando a lamerlo mientras su mano libre buscaba el final de su vestido, para levantarlo y comenzar a acariciar sus muslos.

- ¡¿Qué estás haciendo?! ¡Suéltame! – ordenó; sin embargo, ese chico le recordaba que su órdenes eran nulas.

Continuó forcejeando, nada de lo que hacía parecía funcionar, ese bárbaro tenía mucha más fuerza que ella.

- Más vale que dejes de luchar o te irá peor.- amenazó, ella lo enfrentó con la mirada, Link sonrió.- Como desees...

Llevó su mano a su trasero, levantándolo pegando más el cuerpo fémino al suyo , afianzó el agarre en sus manos y la levantó rápidamente para acomodarla al centro de le cama. Continuó masajeando aquella zona, mientras comenzaba a mordisquear su clavícula, deslizó su mano hacia adelante buscando ahora la intimidad de la monarca.

- ¡No! – gritó, desesperándose cada vez más.- ¡Sucio cavernícola, déjame! – Link levantó la mirada sonriendo ladinamente, buscando sus ojos.

- Te tomaré como un cavernícola entonces. – respondió.

Tomó la falda de su vestido y lo haló con rapidez, rompiéndolo irremediablemente; las largas piernas de la princesa habían quedado descubiertas por completo, dejándola paralizada.

- Dime, princesa ¿Te abrirás de piernas voluntariamente a mí? – susurró en su oído.- Tú escoges cómo deseas ser tratada, pero tu destino ante mí, ya está marcado.

Aún se mantenía paralizada, realmente no había escapatoria para ella ¿cómo se supone que se defendería de este tipo? Su cabeza dejó de procesarlo todo, no racionaba, simplemente presenciaba.

Link notó que de pronto ésta dejó de luchar, levantó su mirada para verla completamente petrificada, ahora lo que se hacía aún más evidente era el temblor de su cuerpo entero, estaba aterrada. Esbozó una sonrisa ladina, por ahora, eso era lo que necesitaba. Soltó las manos de la monarca confiado en que no haría otro acto imprudente por el momento, se reincorporó quedándose sentado a un lado de su cuerpo, manteniendo la mirada fija en ella.

- Escucha princesa, debes enterarte que tu altanería no tiene cabida aquí.- tomó la sábana con una mano cubriendo sus piernas desnudas.- No soy ningún sádico que le encanta verte sufrir, pero debes entender que eres una prisionera, MI prisionera y no tienes palabra de ahora en adelante.- sentenció firmemente, resaltando el adjetivo posesivo. Se puso de pie caminando nuevamente hacia la puerta.- Más te vale no hacer ninguna otra locura o juro que olvidaré que eres una dama casta.

Se reincorporó observándolo mientras colocaba su mano en el picaporte.

- ¡Espera! - el caballero detuvo sus movimientos, sin embargo, no se volteó. - ¿Qué pasará con Hyrule?

- Eso ya no depende de ti, princesa. - la miró de reojo levantando una sola ceja.- Es probable que nada bueno, Hyrule le debe mucho a Dekufield económicamente hablando; además se acercan muchas ejecuciones, sometimiento de múltiples prisioneros e incluso la probable venta de esclavos.

Eso sólo incrementaba su taquicardia. Su pueblo realmente la necesitaba ahora más que nunca, y ella simplemente se quedaría encerrada. Se olvidó de todo lo demás poniéndose de pie, aferrándose al borde de las sábanas que mantenía cubriendo sus piernas, se acercó rápidamente a él colocando una mano sobre su brazo derecho.

- Por favor... No les hagan daño. - miró sus ojos zafiro fijamente. - Haz conmigo lo que quieras, pero deja a los hylianos en paz, te lo suplico.

Link esbozo una sonrisa burlona ¿a dónde se había ido todo el orgullo y la dignidad que hace un momento estaba indispuesta a perder ante cualquier razón?

- Debiste haberlo pensado hace 5 años, antes de comenzar esta guerra. - mencionó antes de continuar su camino.

- ¡Espera! - Link cerró la puerta tras de sí, antes de que la contraria le siguiera. - ¡Es tu propia raza! ¡Maldición! - No entendía cómo es que un hyliano podría ser tan cruel con su propia gente, para empezar… ¿A qué se debía su traición?

Realmente parecía que no tenía salida, no podía hacer nada para ayudar a su pueblo y para colmo estaba destinada a convertirse la esclava sexual de aquel traidor. Esa sería la peor historia a contar, se imaginaba que en algunos siglos si Hyrule seguía en pie, la historia la tacharía como la peor monarca que tuvo alguna vez. No pudo hacer absolutamente nada, simplemente murió de vieja como una simple esclava.

Las lágrimas comenzaron a salir sin mayor reparo, en cuestión de segundos, cuando el nudo de su garganta que provocaba grandes sollozos hacía que le faltara el aire, sólo deseó que esto simplemente continuara hasta que se cerrara por completo su laringe, ahogándose en sus propias lágrimas. Creyó que los relatos sonarían mejor si aquella monarca se hubiera quitado la vida a favor de mantener su dignidad; sonaría como una cobarde, pero era mejor que perder su castidad y estatus. Probablemente Impa sabría qué hacer en este momento; quizá el primer ministro encontraría un mejor heredero al trono. Ahora más que nunca, la necesitaban, pero en estas condiciones sólo podría terminar mal para ella, intentó pelear y definitivamente no funcionó. ¿Podría tomar la pequeña estaca nuevamente y clavársela ella misma en el pecho? Dirigió su mirada al objeto en cuestión, el cual aún reposaba en el suelo. Se secó las lágrimas y cuando se disponía a recogerlo la puerta volvió a abrirse haciendo que diera nuevamente un respingo.

- Princesa Zelda.- la llamaron un par de mujeres jóvenes que entraban taciturnas a la habitación.- ¿Podría acompañarnos?

Ella simplemente las observó recelosa, una de ellas, la más bajita, poseía el cabello rubio sujeto en dos coletas altas, tenía ojos grandes de color celeste; la otra era pelirroja igualmente su cabello era sujetado por dos coletas bajas; sin embargo, notó algo que era mucho más llamativo para ella, ambas, como su amo, como ella misma, poseían orejas largas y puntiagudas. Las jóvenes simplemente se adelantaron escoltándola una a cada lado presionándola a caminar.

Saliendo de la habitación caminaron entre los pasillos, los sirvientes caminaban de un lado a otro haciendo sus respectivas obligaciones no sin antes dar una ojeada a la nueva "inquilina", la cual era recibida con murmullos, otros simplemente se dedicaban a brindarle una mirada de odio para luego llevarse suspiros cargados de rabia, evidentemente tragándose las maldiciones e insultos que deseaban gritarle.

Bajaron las escaleras del castillo y luego de atravesar más largos pasillos, se detuvieron en otra puerta de madera, llegaron a lo que parecía ser un baño común, probablemente para la servidumbre, se tragó su desagrado al observar la modesta bañera que la esperaba llena con agua quizá caliente debido al vapor que desprendía.

- El Señor Link, desea que se tome un baño para relajarse un poco.- habló la pelirroja, esperando a que la princesa soltara las sábanas.

Zelda lo comprendió dejando salir un suspiró y soltó las telas en cuestión, las cuales cayeron libremente; nada ganaba con pelear en ese momento y parecía que en ningún otro; notó la expresión en ambas mujeres al ver la falda de aquel bello vestido completamente rota, ambas se encontraban claramente sorprendidas, pero en silencio se dispusieron a terminar la labor de desvestir a la princesa.

Pasados unos cinco minutos, las mujeres se mantenían inmersas realizando su trabajo, una lavando su cabello cuidadosamente, mientras la otra lavaba con suavidad sus delicadas manos, las cuales se hallaban sensibles al tener visiblemente marcas rojas de dedos en ambas muñecas. Deduciendo la expresión de la chica frente a ella se dispuso a hablar.

- Imagino que su Alteza no trae muchos prisioneros al castillo, ¿no? – realmente comenzaba a sentir rabia al continuar viendo sus expresiones, casi sintiendo lástima por ella misma, inconcebible.

- P-Perdone, princesa.- la chica rubia frente a ella entonces supo de qué estaba hablando la monarca.- Si me permite darle un consejo, obedezca al amo Link.- Zelda se limitó a fruncir el ceño mirando en otra dirección.

- No es una cuestión de dignidad, sino de supervivencia.- mencionó la que lavaba su cabello.- Realmente no perderá nada si accede a nuestros consejos, nuestro señor es justo y honorable. – La princesa dejó salir una leve risa al escuchar la descripción dada por la chica.

- Ambas son hylianas, ¿verdad? – preguntó la monarca ahora cambiando de tema, realmente tenía curiosidad en saber a qué se debía la presencia de ambas en el territorio enemigo, sirviéndoles.

- Así es, Majestad.- contestó la chica tras ella.

- ¿Qué hacen aquí?

- Somos prisioneras de guerra, así como usted.- sonrió entonces la chica frente a ella.

- ¡Agitha! – regañó la pelirroja.

- ¿Qué? Es la verdad…- la chica en cuestión hizo un puchero con los labios, mientras volvía a su trabajo.

- Debe saber, Majestad, que llevamos bastantes años al servicio del Señor Link, quizá desde el comienzo de la guerra. Básicamente tenemos libertad como cualquier otro ciudadano de este reino.

- Recibimos un trato justo y una paga generosa como cualquier otro empleado. – complementó la más pequeña.- Sin embargo, es evidente que nos colgarían si se nos ocurriera escapar.

Comenzó a sentir rabia; respecto a su captor, estaba segura que tremendo tipo debió ser exiliado por cualquier atrocidad que haya cometido en el pasado, y era evidente que en su reino no había cabida para ese tipo de basura; pero las sirvientas junto a ella, eran prisioneras al igual que ella ¿cómo podían si quiera aceptar ese estilo de vida limitado de simples sirvientas? ¿Esclavas? Y por lo que intuía, estaban agradecidas de ello; incluso defendían a su señor al insinuar que el maltrato a su cuerpo, a su persona, había sido culpa de ella al no obedecer. Si ella hubiera tenido la opción de morir, la hubiera tomado sin rechistar hace unos minutos. De hecho, ellas se la habían arrebatado con su interrupción, debían pagárselas de alguna manera, ya sea de una u otra.

- Me niego a continuar de esta forma. Y como su legítima monarca… están en la obligación de ayudarme, ya sea con acciones o con su silencio. -Ambas chicas la miraron confundidas.

Zelda dirigió su mano hacia la cabellera rubia de la joven frente a ella, tomando así el prendedor de mariposa que adornaba una de sus colas, la contraria simplemente la miraba pasivamente.

- ¿Alteza? - dijo ésta confundida mientras la pelirroja la miraba en silencio.

Abrió el prendedor y de un solo movimiento cortó su muñeca profundamente, la cual se bañó rápidamente de sangre. Ambas muchachas se escandalizaron poniéndose de pie.

- ¡Silencio! – ordenó.- Digan que les he pedido privacidad, sólo esperen unos minutos…

- ¡Princesa! ¿Por qué...? – preguntó la pelirroja.

- Ya se los dije, me niego a ser la esclava de estos bárbaros. – Contestó acomodándose nuevamente en la tina, la cual comenzaba a colorearse de rojo, el mareo apareció lentamente.- Sólo ayúdenme a mantener mi honor intacto, pueden salir del baño sino quieren continuar viendo.

Ambas chicas se miraron por unos segundos, luego parecieron llegar a la misma respuesta al asentir con sus cabezas. La chica pelirroja la tomó por los hombros con firmeza mientras la rubia corrió hacia la puerta gritando.

- ¡¿Qué?! ¡No! ¡¿Qué hacen?! – la otra chica le impedía ponerse de pie para detener a la otra que corrió lejos dejando la puerta abierta.

- Lo sentimos princesa… Nuestro verdadero rey es Link.- habló con voz baja.

Ella la observó sorprendida, su garganta volvía a cerrarse y su corazón latía con fuerza; suponía que era una buena líder, su pueblo la amaba y la admiraba, esperaban mucho de ella; ahora, éste mismo era quien la traicionaba a pesar de todo, dándole la espalda sin reparos, extendiéndole la mano a su más grande enemigo, quien ahora entraba rápidamente por la puerta, seguido de la chica rubia. Dejó de escuchar, todo pasó sin que pudiera hacer nada, lo último que supo fue que era levantada en brazos antes de que todo se volviera completamente negro.

El rubio se mantenía pensativo de brazos cruzados observando con detenimiento al médico mientras vendaba cuidadosamente la muñeca de la princesa, tendida en su cama, con una sábana cubriéndola hasta la altura de los hombros, manteniéndose inconsciente.

- No debe preocuparse, Señor…- habló el galeno, manteniendo la mirada en su trabajo.- Afortunadamente se actuó rápidamente y no perdió mucha sangre.

Link se mantuvo en silencio, de todas las emociones que sentía en ese momento, la preocupación no era realmente la prioritaria, lo que más invadía su mente era el enojo; estaba realmente frustrado, no sabía qué hacer con la princesa, realmente estaba reacia a cooperar, pensaba únicamente mantenerla encerrada en el castillo, si quería podía pasear con escolta por los jardines, podría comer lo que quisiera, leer el libro que deseara. Sin embargo, se negaba claramente a ser prisionera, pensó que la mejor forma sería asustarla, como lo había hecho hace algunas horas; ahora prefería quitarse la vida antes que eso.

- Agitha, Karane.- llamó a ambas mujeres que estaban tras él, las cuales se inclinaron a pesar de que el rubio siquiera se había volteado.- Olvídense de sus responsabilidades en el castillo, quiero que se mantengan junto a la princesa en todo momento ¿entendido?

- Sí, mi señor.- contestaron al unísono.

- Ambas cuidarán de ella y la mantendrán en constante vigilancia; al final del día quiero saber todo, si comió, si hizo algún comentario extraño y sobre todo si hace algo parecido a esto; mientras yo no esté necesito que no le quiten el ojo de encima ¿queda claro? - ordenó ahora girando levemente la cabeza para ver a las sirvientas.

- Si, amo/señor.- respondieron respectivamente.

Volvió la mirada a Zelda, quien mantenía un rostro tranquilo, a diferencia de las expresiones de enojo y terror que únicamente había visto en ella; si esto había sucedido en unas pocas horas, no quiso imaginar de qué más era capaz esa mujer por ser libre. Sintió pena por ella, pero la libertad no era algo negociable, mucho menos la muerte. Ya encontraría una manera de mantenerla quieta.

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Continuará...