En cuanto el taxi los dejó en el pueblo, Abbacchio empezó a arrepentirse de todas las decisiones que había tomado en su vida.
Empezando porque el taxista se negaba a dejarlos en el pueblo. La villa estaba tan alejada de todo que había que cruzar varios kilómetros de frondoso bosque para acceder a ella, y el empleado no quería dañar las ruedas de su vehículo. Por lo tanto, los había dejado a su suerte en la parte más baja de la montaña con un mapa del año ochenta y dos y había desaparecido por el camino de tierra dando tumbos. Abbacchio se sentía algo tonto por haber metido en la mochila su set de maquillaje y diez conjuntos distintos en vez de comida y agua, visto que iba a tener que depender de la habilidad de orientación de dos niñatos y Mista.
En segundo lugar, no había señal. Había emprendido el viaje sin esperanzas de que hubiese conexión a internet en medio del monte, pero le gustaría saber que al menos podría llamar a emergencias si alguien se estaba muriendo. La señal de red de la esquina superior izquierda de su teléfono estaba tachada, así que ese parecía ser el caso.
Mista y Giorno comenzaron a andar, y Abbacchio se preguntó a cuál de los dos se comería primero en el caso de que no lograran encontrar el camino hasta el pueblo. Probablemente a Giorno. La piel de Mista era demasiado aceitosa y le daba bastante asco.
Narancia le sonrió y apresuró el paso para reunirse con sus amigos. Si estaba allí era para que el cabeza hueca de Mista no lo ahogase en el mar en uno de sus descuidos. El adolescente saltó y se abalanzó sobre Giorno para llenarle la mejilla de besos. Abbacchio no echaba de menos su infancia, pero añoraba la calidez de las amistades inocentes.
El sol pegaba con fuerza. Estaban a mediados de julio y el calentamiento global no ayudaba a que Abbacchio se sintiese más cómodo. Le gustaba el verano porque las altas temperaturas le permitían llevar ropa más reveladora, pero el sendero que habían elegido estaba lleno de espinas y arbustos que le arañaban sus muslos depilados. Además, el sudor empezaba a hacer que se le corriese el maquillaje.
Después de más de dos horas de gimoteos y gruñidos en los que Abbacchio se planteó el suicidio cinco veces y el asesinato otras cuatro, llegaron a la parte alta de la montaña. Mista corrió a sentarse sobre una piedra para quitarse sus desgastados zapatos de escalar y un olor a queso podrido se mezcló con el aroma de los robles.
Giorno estaba demasiado cansado como para fingir una arcada y se derrumbó sobre la hierba mientras dejaba que Narancia le vaciase una botella de agua en la cabeza.
Abbacchio miró al horizonte y sintió cómo se le encogía el corazón. Más allá de la arboleda se extendía el pueblo al que tanto detestaba tener que ir; los pequeños tejados de las casitas pintaban un camino naranja y amarillo que se enramaba con la flora y permitía que el azul del mar brillase con luz propia.
Estaba tan embobado contemplando el paisaje que no notó que Narancia se le estaba acercando por detrás.
- ¿Te saco una foto? - preguntó sosteniendo su nueva cámara en alto – A tus seguidores les gustará saber que estuviste de retiro espiritual.
Abbacchio dejó la mochila en el suelo y comenzó a posar como si le fuese la vida en ello. El sol iluminaba su lado izquierdo, que él consideraba más estético. Su belleza estaba a la altura de las vistas que intentaba eclipsar.
Mista agarró el móvil y comenzó a sacar fotos para su galería privada. Enfocó el pecho de Abbacchio y amplió la imagen.
Giorno, que no solía despegarse de él ni para ir al baño, intentó tumbarlo con sus hombros y le agarró del pelo de manera juguetona.
- No le saques fotos sin su permiso – le riñó -. Es asqueroso.
Abbacchio se sintió avergonzado porque el crío de Giorno tuviera que defenderlo. Y sentirse avergonzado implicaba sacar la chancla. Pero no la tenía a mano.
- Muévete un poco hacia la derecha – dijo Narancia antes de que pudiera romper la tranquilidad de los árboles con sus gritos.
Abbacchio se puso donde indicaba su amigo y dejó que una mano descansase en su cabello. Se sentía sosegado, y confiaba en que las fotografías reflejasen su estado de ánimo.
Lo que habían subido, ahora debían bajarlo. El resto del camino era más fácil porque no tenían que andar cuesta arriba hasta que se les salieran los pulmones por la boca, así que caminaban con rapidez, deseosos de llegar hasta la diminuta casa de campo que habían alquilado.
Descendieron un trecho y sintieron la salinidad próxima del mar entrar por sus fosas nasales. Narancia pegó un salto y empujó a sus amigos, animándolos a correr detrás de él hasta que el camino de tierra se convirtió en una rudimentaria carretera.
Por desgracia, la ubicación de la casa no estaba indicada en el mapa y tuvieron que deambular por campos ajenos hasta dar con ella. Solo tenía un piso y contaba con dos habitaciones, además del baño y el diminuto salón.
Abbacchio estaba allí con la condición de que le dejasen disfrutar de uno de los cuartos a él solo. Si eso significaba que Mista tenía que dormir en la bañera, le daba igual. Leone quería paz y tranquilidad, y por las miradas que los pueblerinos le habían echado al cruzarse con él, eso no lo iba a conseguir saliendo de casa.
Nada más llegar, Abbacchio advirtió que el lugar era todavía más pequeño de lo que mostraban las fotos de milanuncios. Dejó la mochila en su habitación y cerró la puerta con pestillo para retocarse el maquillaje mientras los demás luchaban contra el calor con la manguera del jardín. El entretenimiento pronto les supo a poco y golpearon en la puerta de Abbacchio para suplicarle que los acompañase hasta el pueblo para visitar el puerto, bañarse en el mar y quizás que Leone les comprase unos helados.
Abbacchio lo pensó durante los intensos segundos en los que se perfilaba los ojos y decidió aceptar, más por pena que por otra cosa. No tenía la intención de salir de casa más que aquella vez, y si podía portarse lo menos cruelmente posible para que los niños quedasen satisfechos con su única excursión, mejor.
- Lo único malo de este viaje es que voy a estar lejos de mi novia – dijo Giorno mientras arrastraba los pies por la gravilla.
No había ni un triste sitio donde comprar un helado, solo casas que se acumulaban frente al mar. El agua cristalina permitía ver los peces incluso desde el paseo en el que se encontraban, salvo en los sitios ocupados por pequeñas embarcaciones.
- Tu novia del Minecraft – lo corrigió Narancia.
- Vamos, Giorno, si no la conoces de verdad. Igual viniendo aquí estás más cerca de ella físicamente – puntualizó Mista -. Igual incluso vive en este pueblo…
Giorno ignoró los puñetazos amistosos de Mista y suspiró exasperado.
- Espera… - continuó Mista – Vais a estar mucho tiempo sin hablar. Se va a sentir sola. Necesitará la compañía de otro hombre que le de diamantes y respawnee cada mañana a su lado. ¿Quién dice que no te va a engañar?
Giorno puso morritos.
- Dijo que me esperaría...
Dos mujeres adultas pasaron por su lado y no intentaron disimular las risas cuando se fijaron en Abbacchio. Una de ellas se llevó la mano al bolsillo en busca del móvil, pero afortunadamente no lo encontró.
- Yo también le dije a Mista que lo esperaría para ver el nuevo capítulo de planeta Vegetta – Narancia pateó una piedra que se cruzó en su camino.
- Y lo hiciste, ¿no?
- El caso es que podría estar engañándote. Y tú nunca te enterarías.
Los intestinos de Giorno se hicieron un nudo.
- Necesito conexión a internet.
Los más jóvenes no parecieron darse cuenta del grupo de amigos que le hacía señas a Abbacchio desde la otra acera mientras emitían sonoras carcajadas sin vergüenza alguna. Leone se recordó que no tenía sentimientos y por lo tanto las ganas de llorar que sentía eran producto de su imaginación, y siguió a sus acompañantes hasta la arena, donde pretendían continuar su paseo. Desde esa distancia tenían mejores vistas del mar y podían sentir una brisa refrescante que les recordaba por qué unas vacaciones en el norte en pleno julio eran buena idea.
- Giorno, ya hemos hablado de esto - susurró Narancia -. No hay conexión a internet ni para ti ni para nadie. ¿O acaso quieres chafarme el plan?
- No entiendo los beneficios de estar de mal humor por no poder comprobar mi cifra de subscriptores a tiempo real – Giorno se sentó en una piedra y los demás lo imitaron.
- Es como un apocalipsis - intentó explicar Narancia. En su mente tenía sentido -. Cuando un grupo de personas se enfrenta a situaciones de vida o muerte juntas, termina haciéndose muy cercano. Y lo más parecido que existe es quedarse sin internet.
La mirada de Abbacchio se encontró con en azul del mar, que lo observaba con una sonrisa divertida. Leone se concentró en una concha que estaba enterrada bajo sus pies como si fuera lo más interesante del mundo, y cuando alzó la vista para comprobar si seguían burlándose de él, volvió a tropezarse con los ojos brillantes del joven pescador. Este regresó al apasionante trabajo que le ocupaba: coser una red que le había llegado defectuosa.
- ¿Por qué no vamos de caza? - propuso Mista – Cada uno elige un arma, nos escondemos por el monte y cuando nos veamos intentamos matarnos por deporte. Sería una situación de vida o muerte; solo podría haber un vencedor.
- Se supone que tenemos que vivirla juntos, no enfrentarnos entre nosotros – Giorno negó con la cabeza, decepcionado -. Eso contradice el propósito, Mista, piensa un poco.
Abbacchio jugueteó con la tela negra de su top y evitó levantar la cabeza. Pero había algo en lo más profundo del pozo negro que era su corazón rogándole que lo hiciera, aunque fuera por ver cumplido un capricho. Subió lentamente la mirada y se encontró con un hermoso plano de los cabellos negros del pescador ondeando en el viento. El joven se recogió un mechón tras la oreja y miró embelesado al horizonte. A Abbacchio se le encogió el pecho. Cuando el chico arrastró su mirada hasta los ojos ámbar de Leone y le sonrió sin disimulo, sintió que el agujero negro que antes tenía por corazón era sustituido por un órgano más nuevo, sin piezas sueltas y tan caliente como el sol del verano.
- La idea de Mista no es tan mala – opinó Narancia -. Podemos hacer equipos. Mista y yo contra Giorno y Abbacchio. Así ellos estrecharían lazos, que es para lo que estamos aquí.
- No funcionaría – Giorno dio una patada a la arena -. Además, ¿realmente estaríais dispuestos a dar la vida para que yo me llevase mejor con mi hermanastro?
- Sí - dijo rápidamente Mista.
- Bro…
Era un juego. Abbacchio no sabía muy bien qué significaba perder, pero no quería apartar la vista de aquellos ojos risueños. El pescador se inclinó y apoyó su cabeza en la mano.
- O podemos invitarlos a cazar fantasmas con nosotros… - Mista suplicó a Narancia con la mirada para que aceptara.
- ¡Claro! ¿Cómo no se me había ocurrido antes?
Narancia saltó a los brazos de Mista y dejó que este le diera vueltas en el aire. En cuanto redujeron la velocidad, Giorno intentó unirse abrazándolos por detrás.
- Abbacchio, esta noche vienes con nosotros a cazar fantasmas - decidió Narancia, mirando a su amigo a los ojos.
- ¿Qué? - balbuceó Leone, saliendo de su ensoñación - Perdona, ¿qué has dicho?
- ¿Acaso importa lo que haya dicho? - dijo Giorno, y antes de que su hermanastro pudiera interrumpirlo, añadió - Es Narancia, así que tu respuesta no varía. Le vas a decir que sí.
Narancia hizo un puchero y sus ojos de cachorrito hicieron que a Abbacchio se le escapase una sonrisa cariñosa.
- Tienes razón - aceptó, aunque solo fuera por mostrar su favoritismo delante de Giorno para hacerlo sufrir.
Narancia agarró la mano de Leone y tiró de él para animarlo a levantarse.
- Pues vas a tener que acompañarnos a por otro traje de contención, porque solo hemos traído tres.
- ¿A qué coño he aceptado?
Siguió a los chicos hasta la carretera evitando mirar atrás. Tenía miedo de lo que le pasaría si lo hacía.
