Recorrieron todas y cada una de las tiendas del pueblo en busca de un traje de contención, lo cual no es decir mucho teniendo en cuenta que tan solo había cinco locales, cuatro de ellos bares nocturnos. Abbacchio lo agradeció; consideraba que cualquier prenda de ropa que tapase más de cuatro quintos de su cuerpo era un crimen de guerra. A menos que tuviese plumas, cadenas o fuera un traje sexual.
Cuando llegaron a casa, empezaron a notar el peso de los kilómetros de monte que habían andado por la mañana y los paseos constantes por el pueblo. Había sido un día muy largo.
Narancia, Mista y Giorno se tumbaron en la cama que compartían para repasar las leyendas sobre el pueblo que habían leído en internet, y apenas se pusieron a hablar de los naufragios sus ojos se comenzaron a cerrar. Abbacchio salió del baño y los encontró durmiendo a pierna suelta; Narancia encogido en los pies de la cama como un cachorrito, Mista espatarrado en el medio y Giorno abrazándolo por detrás con una mano en uno de sus pectorales y la otra en el muslo. Aunque no fueran familia, en eso salía a Abbacchio. En caso de emergencia siempre venía bien agarrarse a una teta.
Leone reprimió las ganas de coger en brazos a Narancia y llevárselo hasta su habitación, como un niño pequeño que deja a dormir al perrito en su cama a escondidas de sus padres. Pero no podía permitir que se acostumbrase, y si rompía las reglas una vez tendría que hacerlo más veces. Se contentó con arroparlo con una manta y darle un besito en la frente.
Los chicos se pasaron la mañana siguiente quejándose a Abbacchio por no haberlos despertado para ir a investigar. Leone les gruñó hasta que se callaron y fue a pintarse los labios.
- En esta zona la mayor parte de apariciones tienen lugar en el monte – Narancia estaba sentado en el suelo del pasillo con sus amigos.
- No vamos a ir al monte en medio de la noche – dijo Giorno -. Es demasiado peligroso.
- Da igual el tipo de monstruo que se nos acerque – Mista esbozó una sonrisa malévola -. Si Abbacchio está con nosotros, huirá nada más verlo.
- No son monstruos – protestó Narancia -. Es un desfile de muertos. Pescadores, marineros perdidos en naufragios, campesinos de épocas anteriores, pueblerinos… Todos los que han fallecido aquí están obligados a participar. Y si te descubren, te obligarán a unirte.
- Genial. Así Abbacchio por fin tendrá un trabajo de verdad.
Leone salió del baño y dio un portazo. Mista se puso de rodillas.
- Mi rey, no lo decía en serio – suplicó -. Con esos pechos tan grandes no te hace falta trabajar. Si tuviera dinero, te lo transferiría todo. No soy nada. No soy nada, Abbacchio. Puedes pisarme la cara.
Leone chasqueó la lengua y siguió su camino hasta la habitación.
- ¿Qué te pasa hoy con Abbacchio? – susurró Giorno – No haces más que burlarte a sus espaldas.
- En realidad no me cae mal. Pero quiero hacer sentir mejor a mi bro.
- Bro…
- Abbacchio, ¿te vienes con nosotros a la playa? – gritó Narancia.
- Da igual que se lo preguntes tú – dijo Giorno -. Te va a decir que no. No sé por qué aceptó ayer, pero no va a volver a pasar.
- ¿A la playa? – una sonrisa fugaz pasó por los ojos de Leone – Claro. Dejad que me prepare.
Giorno sintió que su vida era una mentira.
- Ni siquiera Abbacchio puede resistirse a ti, Narancia – bromeó Mista sin estar del todo de broma.
Hacía tiempo que la envidia no se hacía presente en la vida de Giorno con tanta fuerza. Se había acostumbrado a ser tratado como un segundo plato. Pero aquella situación se enfrentaba a todo lo que conocía sobre Abbacchio. ¿Hasta qué punto estaba dispuesto a llegar por Narancia?
Mista pareció notar la angustia que invadía a su compañero y le rodeó los hombros con el brazo. Giorno se agarró al pecho de Mista como si se acercase un tifón y hundió la cabeza en su cuello. Siempre había sido muy pegajoso con él, y a Guido parecía no importarle.
Media hora más tarde, Abbacchio salió de la habitación con una camiseta sin mangas y unos vaqueros con cadenas nada cómodos para andar por la arena. Caminó con los chicos, siempre dos pasos por detrás para evitar que lo incluyeran en la conversación, y al llegar a la playa miró nervioso en todas las direcciones buscando una cabellera negra.
- Voy a repetirlo, porque a Giorno no le ha quedado muy claro y Abbacchio todavía no lo sabe. – El suelo ardía y Narancia daba saltitos evitando apoyar los pies -. Esto lo leí en un post en internet. A todos los turistas que vienen a este pueblo, que no son muchos, les suceden cosas extrañas cuando salen por las noches. En cuanto se pone el sol, los habitantes se esconden en sus casas y se niegan a salir, aparentemente por miedo a la procesión de muertos de la que os hablé antes. Si te acercas al puerto, las cosas se vuelven todavía más raras. Se oyen lamentos, quejidos y llantos, pero también gritos de furia, accesos de rabia, rugidos guturales. Suenan bocinas en la distancia, se supone que de los barcos que no han logrado llegar a la costa. El faro se enciende intermitentemente, como si fallase a ratos… O como si algo lo poseyese.
- Esta noche vamos al faro – decidió Mista.
- No está abierto al público. Creo. – Giorno se deshizo la trenza y comenzó a atarse los cabellos de nuevo -. Podemos probar a ir ahora y preguntar. En los libros que he leído, el farero es siempre un personaje excéntrico y malhumorado. Tenemos que ganárnoslo para sonsacarle información.
- ¡Ese es mi Giorno! – Mista ignoró las protestas de su amigo y le revolvió el pelo – Siempre con un plan.
- Es el plan perfecto – Narancia asintió varias veces, dando a entender que estaba de acuerdo -. Necesitamos a un hombre adulto que nos proteja. ¿Se os ocurre alguien lo suficientemente intimidante y sexy como para provocar que un marinero que ha visto de todo se haga pis en los pantalones?
- Los fareros no son marineros - lo corrigió Giorno -. Para conseguir el trabajo hay que hacer una oposición.
- Genial, porque que un marinero se haga pis encima al verme no está en mi lista – Abbacchio se apartó un mechón de pelo de delante de los ojos que le impedía ver el puerto.
- ¿Y un farero? – preguntó Giorno.
- Puede. Es más atractivo. Se supone que vive en el faro, ¿no? Tener propiedades inmobiliarias es muy sexy.
- El faro no le pertenece; es del gobierno. Además, estamos hablando de un señor de edad muy avanzada. Hace siglos que no hay oposiciones para farero.
- Giorno, no me lo puedo creer. Lo arruinas todo, desde mis fantasías sexuales hasta una conversación inocente sobre fareros. No me extraña que hayas tenido que recurrir a un videojuego en busca de cariño humano, porque nadie que te conociese en la vida real querría vivir contigo.
Giorno se miró las manos.
- Eres muy atractivo, y creo que te mereces algo mejor que un octogenario... – protestó.
Abbacchio se mordió el labio y se maldijo a sí mismo, pero ya era demasiado tarde.
- ¿Quieres ir a bañarte? – propuso – Me puedo quedar aquí y vigilar tus cosas.
Giorno se encogió de hombros y se dirigió hacia la orilla. Mista lo siguió dando tumbos y lo abrazó por detrás. Le susurró algo al oído y comenzó a arrullarlo, balanceando sus cuerpos juguetonamente hasta que llegaron al agua. Le quitó la camiseta de un tirón y traicionó su confianza tirándolo al agua.
Se abalanzó encima de él inmediatamente después, dispuesto a cualquier cosa para distraerlo de las palabras hirientes de Abbacchio.
Narancia no se movió.
- ¿No vas con ellos? - preguntó Leone.
- Quizá en un rato. – Narancia se sentó en una piedra y movió las piernas de adelante a atrás -. Me gustaría hablar contigo.
Aunque fuera su precioso Narancia el que se lo dijera, Abbacchio no pudo evitar ponerse en guardia. Se secó las palmas sudadas en la tela del pantalón y dijo:
- Vale, pero date prisa. Cada segundo que paso hablando con vosotros es un segundo que no estoy posando por si se me acerca un pescador atractivo. O un multimillonario en su viaje de jubilación.
Narancia soltó una de sus risotadas, ruidosas pero dulces.
- Ay, Abbacchio, eres un amor.
- Exageras...
- Puedes ser tan tierno y bondadoso... Pero eliges no serlo. Hay algo que te lo impide.
Leone suspiró.
- Giorno es un chico fuerte, y de las personas más inteligentes que conozco. Puede soportarlo.
Narancia frunció el ceño.
- Pero no tiene por qué.
Esperó a que Abbacchio contestase, pero no lo hizo.
- ¿Por qué conmigo sí, pero no con Giorno?
- Porque tú todavía eres puro e inocente. – Leone se llevó una mano a la cabeza para protegerse del sol -. Giorno ha pasado por mucho. Ya está dañado. Y es culpa mía.
- Nadie tiene la culpa de lo que hagan sus padres. Pero tú estás en una posición privilegiada: puedes arreglarlo. Lo que más necesita Giorno ahora es apoyo y cariño. ¿Vas a dejar que sea Mista el que se lo dé?
Abbacchio se estremeció.
- En eso tienes razón.
Evitó decir nada más y Narancia comprendió que deseaba terminar con la conversación cuanto antes.
- Sé que en el fondo estás ahí para él, igual que yo lo estoy para ti o Mista lo está para cualquier persona con pechos grandes.
Se inclinó para darle un abrazo y Abbacchio le acarició la cabeza con afecto. Cuando se separaron, sus ojos alcanzaron a ver una pequeña barca zarpar y un cabello azabache ondeando en la distancia.
