Estuvieron varias horas golpeando la puerta del faro y esperando tumbados en la hierba hasta que un anciano que pasaba por allí tuvo la amabilidad de acercarse y explicarles que llevaba años automatizado, y por tanto ya nadie trabajaba allí.
- Los únicos barcos que llegan al puerto son los nuestros, y no solemos salir durante mucho tiempo. Y ya no digamos esperar a que se haga de noche. – El hombre rió como si hubiera dicho lo más obvio del mundo -. El faro solo está para que no se estrellen las embarcaciones, sobre todo cuando hay niebla. Cuando yo era joven sí que había un farero, se llamaba Anselmo y todos los niños le teníamos miedo…
Mista puso los ojos en blanco. A los ancianos del pueblo les encantaba contar todo tipo de cosas aburridas a los turistas, pero estos podían ganarse una visita guiada si jugaban bien sus cartas. A ellos no les interesaban las historias que no tuviesen que ver con fantasmas: Narancia miraba al infinito y Abbacchio se peinaba mirando su reflejo en la pantalla del móvil. Giorno era el único que parecía estar prestando atención.
- Por lo que usted me cuenta, el faro es una parte muy importante de la historia de este pueblo – dijo, y el anciano sonrió orgulloso -. Nos encantaría poder entrar para experimentar esa época tan bella de primera mano.
- Lo siento, chico, pero está cerrado. – El hombre bajó el tono de voz -. Está prohibido entrar en el faro, especialmente de noche. Solo hay una persona que guarde una copia de la llave. Os va a decir que no, pero podéis intentarlo. El rapaz se llama Bruno Bucciarati.
"¿Es un ave?", se preguntó Giorno, hasta que se dio cuenta de que era un modismo. Le dio las gracias al anciano y decidió que lo mejor sería volver a casa. Según Narancia y Mista, era esencial esperar a conocer todos los detalles de una aparición antes de enfrentarse a ella. Había que descifrar su naturaleza y debilidades, o si no les esperaría un destino peor que la muerte, insistía la wikia de creepypastas.
Giorno no creía en fantasmas, pero detrás de cada historia fantástica siempre había algo de realidad. Y si todos los habitantes de la villa insistían en que era peligroso salir de noche, era porque algo ocurría después de que se pusiera el sol. Aunque simplemente se tratase de animales salvajes, y la leyenda fuese una excusa que les recordase a los aldeanos de su presencia.
- ¡Suficiente trabajo por hoy! - exclamó Narancia - ¿Y si volvemos a casa y hacemos una fiesta de pijamas?
- Genial. Estoy deseando hablaros más de mi novia – dijo Giorno.
- A nadie le interesa tu novia ficticia, Giorno - resopló Abbacchio -. Lo único que queremos es un maldito helado y no hay ni una sola tienda en este pueblo que los venda.
- A mí me apetece más una pizza - comentó Narancia.
- Que le den a este puto pueblo y a sus tiendas de mierda. – Leone dio un pisotón en el suelo, dejando la marca del tacón en la tierra -. Te voy a hacer la mejor pizza que hayas probado en tu vida.
Los adolescentes se miraron entre sí y dieron saltos de alegría hasta que llegaron a casa. Intentaron probarse la ropa de Abbacchio mientras este estaba ocupado en la cocina, pero fueron descubiertos cuando todavía estaban intentando meterle unos pantalones de cuero a Giorno y Leone decidió guardar todas sus pertenencias bajo llave durante el resto del viaje.
Mista había pirateado una película de gángsters e intentó que el antiguo televisor la leyese, sin éxito. Tuvieron que conformarse con una comedia romántica alemana sobre una sofisticada chica de ciudad que se enamoraba de un leñador.
Mista se pasó la primera media hora de película intentando hacerle cosquillas a Giorno y forcejeando con él hasta dejarlo inmovilizado en el sofá. Entonces se desplomó encima de él y sustituyó las cosquillas por pellizcos cariñosos que dejaba por todo su cuerpo.
Abbacchio fingía poner los ojos en blanco mientras se preguntaba qué diferencia habría entre un leñador y un pescador. Estaba de buen humor; hasta dejó que Narancia se acurrucase en su pecho mientras lloraba porque la protagonista tenía que volver a la cuidad.
Giorno lo miró desde debajo de Mista y le sacó la lengua. Abbacchio puso los ojos en blanco, esta vez en serio.
A la mañana siguiente, Mista se despertó en el suelo, Giorno en su cama y Narancia en la cama de Abbacchio; y ninguno de ellos recordaba cómo había llegado hasta allí. Leone les gritó que se preparasen el desayuno ellos solos y se encerró en el baño.
Mientras tomaban los cereales, decidieron que preguntarían a los aldeanos sobre las distintas historias que habían leído. Giorno se negaba a salir de noche hasta confirmar que las leyendas eran tan solo eso, leyendas, y que no había un asesino suelto por las calles que los habitantes pretendían ocultar.
Tras salir del baño con las uñas recién pintadas y una camisa de encaje púrpura, Abbacchio los animó a que se diesen prisa para poder llegar a la playa antes de que bajase la marea.
- Hoy no vamos a ir a la playa – dijo Giorno -. Queremos preguntar a los aldeanos sobre los mitos del pueblo.
- Qué idea más horrible – Abbacchio vio un rizo suelto en la trenza de su hermanastro y chasqueó la lengua -. Pero podéis hacerlo después de bañaros. Ahora no hace viento y seguro que se está genial en el agua.
- No sabemos cuánto tiempo nos llevará, y queremos reunir toda la información cuanto antes.
Leone extendió una mano hacia el pelo de Giorno y encogió el brazo en cuanto se dio cuenta del significado de sus palabras.
- ¿"Toda la información"? ¿Pretendéis preguntar a todas y cada una de las personas que viven aquí?
Giorno sonrió.
- Qué vergüenza - gimió Leone -. Nunca más volveré a salir de casa.
Se giró hacia su habitación, listo para dejar la sala dramáticamente, pero Narancia fue más rápido.
- Ah, Abbacchio, tienes razón. Deberíamos disfrutar de las vacaciones primero e ir un rato a la playa antes de decidir lo que vamos a hacer.
Mista se quejó y Narancia le dio un codazo.
- En ese caso, salimos ahora – Abbacchio cogió las llaves y los empujó hacia la puerta.
Al igual que otros días, la playa estaba desierta. La gente del pueblo tenía más trabajo en verano que en otras épocas del año gracias al buen tiempo, y el lugar era demasiado remoto como para atraer turistas. Abbacchio colocó su toalla en la arena y se sentó encima a esperar a que pasase algo interesante. Los demás creyeron que se trataba de una invitación y se sentaron con él. Leone gruñó.
Mista gruñó de vuelta, intentando parecer seductor, mientras sacaba las cartas del Uno y las barajaba sin prestar mucha atención. Abbacchio lo ignoró y volvió a fijarse en el mechón suelto de la trenza de Giorno. Le estaba poniendo de los nervios.
- Giorno, ven aquí – dijo, señalando el hueco que había entre sus piernas.
Giorno empezó a vibrar a una frecuencia muy alta. Narancia abrió mucho los ojos y le levantó discretamente el dedo pulgar.
El muchacho rubio se sentó entre las piernas de Abbacchio, erguido y con la postura tensa, esperando el próximo movimiento de su hermanastro. No esperaba que fuese un tirón en el pelo.
- ¡Ay! – protestó Giorno.
- Quédate quieto – ordenó Leone -. Llevabas la trenza suelta. Voy a rehacértela.
Sacó un cepillo de la bolsa que llevaba consigo y comenzó a peinar su cabello, esta vez con más cuidado.
Seguid a lo vuestro. Si quieres que quede bien, me va a llevar un tiempo.
Giorno asintió y dejó que Leone hiciese su trabajo. No podía verlo, pero sentía cómo Abbacchio acariciaba sus mechones con cuidado y los separaba con sus largos dedos para peinar cada uno con esmero. Le daba una suave sensación de tranquilidad.
Hasta que Mista se puso a gritar.
- ¡No voy a coger cuatro!
- Son las reglas – explicó Narancia.
- No había reglas cuando te dejé saltarme dos veces.
- Mista, en la carta pone que tienes que coger cuatro. Me da igual que pienses que da mala suerte.
Mista tiró sus cartas al suelo y empezó a rodar de un lado al otro en la arena.
- ¡Giorno! – gimió.
- ¿Y yo qué tengo que ver? En la carta dice cuatro.
Normalmente lo dejaría todo para consolar a su amigo, pero no deseaba perturbar a Abbacchio. Quería pensar que sus verdaderos sentimientos no los transmitía con palabras o actos conscientes, sino con pequeños detalles involuntarios, como la forma que tenía de acariciar su cabello con delicadeza.
Las manos que le masajeaban se congelaron en el sitio al tiempo que sintió unos pasos a su lado.
Se giró para ver qué pasaba, recostándose en el pecho de Abbacchio, y este reprimió las ganas de hundirle la cabeza en la arena.
No quería que estropease el momento en el que sus ojos se encontrasen con los del pescador.
El joven de cabellos negros lo recibió con una media sonrisa y pasó de largo hacia su barco. Abbacchio suspiró y descansó los dedos entre rizos rubios mientras admiraba la forma que tomaba su cuerpo al doblarse sobre la embarcación.
No parecía darse cuenta de que Giorno lo observaba a escasos centímetros con una sonrisa traviesa.
- Ya que no vamos a bañarnos, deberíamos aprovechar para preguntar a los lugareños - dijo sin apartar la vista de su hermanastro -. Podríamos empezar con ese pescador de ahí.
- Es demasiado joven, no creo que pueda ayudarnos tanto como un anciano - opinó Narancia.
- Te recuerdo que ni siquiera los adolescentes salen de casa por las noches, así que algo tiene que saber. No perdemos nada por preguntar.
Leone volvió a poner los pies en la tierra y fulminó a Giorno con la mirada.
- Tengo que terminar de hacerte la trenza - murmuró.
- Eso puede esperar.
Giorno se llevó las manos a la cabeza y se despeinó con rabia, tan solo para dedicarle a Abbacchio una enorme sonrisa de satisfacción al ver su expresión de terror tras haber destruido todo su trabajo.
- Vamos – se levantó y fue corriendo hasta el pescador, que se giró con la sorpresa impresa en su cara.
Sus ojos azules se posaron brevemente en Abbacchio y volvieron al muchacho rubio que se inclinaba sobre su barco.
Mista y Narancia lo imitaron. Abbacchio decidió acercarse lentamente, como si no estuviera demasiado interesado en la conversación y solo fuese su labor vigilar a los chicos.
- Sí, todo lo que dices es cierto. La compañía no es tan solo una leyenda urbana; todos aquellos que se han atrevido a salir de noche han podido comprobarlo con sus propios ojos. Deambulan por las calles en busca de nuevas almas, y si te atrapan estarás condenado a caminar con ellos hasta la eternidad. Este pueblo es hermoso, y si no veis turistas no es porque no vengan, sino porque no pueden irse – dijo con un tono misterioso, y después sonrió -. Sé que sonará extraño para alguien de fuera, pero así es cómo vivimos aquí y deberíais respetar las costumbres mientras os quedéis.
- ¿Eso quiere decir que nunca has salido de casa por la noche? ¿Nunca, nunca en tu vida? – preguntó Narancia, anonadado.
El pescador desvió la vista y se acarició un mechón de pelo.
- Bueno, todos hacemos locuras cuando somos adolescentes.
- ¿Y alguna vez viste a la compañía?
- Oh, sí – asintió el joven solemnemente -. Las capas negras les llegaban hasta los pies y avanzaban entonando extraños cánticos en latín. En algún momento creo que vi a uno de ellos llorar sangre y todo.
Los chicos gritaron, emocionados, mientras Abbacchio y el pescador se miraban intentando contener la risa.
- Esta noche tenemos que salir – dijo Narancia -, y grabar a la compañía en vídeo.
El joven de pelo negro se mordió el labio.
- Me temo que no puedo dejaros. Es muy peligroso, y si desaparecéis después de haberos animado con mis declaraciones me sentiré responsable.
- ¿Y si nos acompañas? – propuso Giorno – Seguro que los aldeanos conocéis alguna forma de protegeros que no nos has contado…
Abbacchio luchó con todas sus fuerzas contra las ganas que tenía de estrangular a Giorno. ¿Quién se creía para preguntarle eso a un completo desconocido?
Luchó todavía con más vigor contra las ganas que tenía de darle un beso y las gracias.
- Sé que me lo preguntas de forma irónica, pero no es una mala idea – dijo el pescador.
- Oh, no te lo decía de forma irónica…
- Por favor, ven con nosotros – suplicó Narancia.
- Está bien, pero con una condición – el pescador se puso de pie sobre la proa del barco -. Iremos al monte. Si subimos lo suficiente, podremos tener una buena vista del pueblo y así veremos a la compañía sin arriesgarnos a que nos atrape.
- Sabía que era buena idea preguntar a los lugareños – susurró Giorno a sus amigos.
- Menos mal que trajimos una tienda de campaña – dijo Abbacchio -. No pienso pasarme la noche vigilándoos; no soy vuestra niñera.
- En realidad, sí que lo eres.
- Llevaré yo la mía también – interrumpió el pescador -. Nos vamos a cansar de mirar a la nada con prismáticos, creedme.
- Genial, muchas gracias por acompañarnos. – Abbacchio dudó en si estrecharle la mano, pero le pareció una formalidad innecesaria. No estaban cerrando un negocio.
- Ah, no creáis que lo haré gratis. Voy a necesitar algo a cambio.
- ¿El qué? – preguntó Leone, dando un paso al frente.
- Acceso a tu equipaje. No a todo, no te preocupes. Solo quiero ver la ropa que has traído. No todos los días se ven turistas…
Su mirada terminó la frase por él: "como tú".
Abbacchio no lo dudó ni un instante.
- Trato hecho. – Extendió la mano y se la estrechó. Ahora sí que se trataba de un negocio -. Si se puede saber, ¿a quién acabo de darle el derecho de cotillear en mis posesiones más preciadas?
- Bruno Bucciarati.
El pescador dio un último apretón a la mano de Leone, más delicado y con otras intenciones.
- Un placer. Leone Abbacchio.
