- No le digas nada a Bucciarati sobre lo de las llaves del faro – pidió Giorno.
Abbacchio intentó forzar la linterna en el bolsillo pequeño de su segunda mochila. La primera estaba llena de ropa y no tenía la intención de dejar en casa ni una sola prenda. Si el pescador quería ver su colección, la vería en todo su esplendor, o al menos la parte que había decidido llevar consigo de vacaciones.
- ¿Por qué? ¿No queríais visitar el faro por la noche?
- Sí, pero soltárselo a bocajarro me parece mala idea. Tengo un plan mejor.
- Oh, genial, uno de los planes de Giorno – resopló Abbacchio.
- Vas a seducirlo para que te diga dónde guarda la llave. O para que se ofrezca a darnos una visita guiada por el faro bajo la luz de la luna… Lo que quiera que ocurra antes. Pero la clave está en que flirtees con él hasta tenerlo completamente rendido a tus pies y que no pueda negarse a cumplir todos y cada uno de tus deseos.
Leone se atragantó con su propia saliva. Su cara estaba roja, pero no por la falta de oxígeno.
- ¿Qué? – dijo, intentando elevar el tono de voz para parecer enfadado - ¿Qué coño dices, Giorno? ¿Eres estúpido?
- Tienes razón - Giorno se llevó la mano al mentón y dio una vuelta al pasillo, como si estuviera reflexionando algo de vital importancia -. No creo que lo consiguieras, Bucciaratti no es un señor mayor, y tú...
Abbacchio tiró el equipaje al suelo, esta vez irritado de verdad.
- Ahora sí, te vas a arrepentir - corrió hacia él, se dio cuenta de algo y giró sobre sí mismo para volver a la habitación.
Cuando salió, tenía una chancla en la mano.
Giorno empezó a gritar.
Leone lo persiguió por toda la casa emitiendo rugidos de furia intensa mientras Giorno suplicaba piedad y sorteaba los muebles con agilidad. Logró salir de la casa, pero Abbacchio aprovechó la falta de obstáculos para coger velocidad y placarlo sobre la hierba.
Tanteó el suelo a su alrededor, ignorando la chancla que sostenía en la mano derecha, y cuando tocó lo que identificó como la manguera del jardín, emitió un sonido de satisfacción. Le gritó a Mista que si abría la llave del agua lo dejaría seguirle en su cuenta privada de Instagram y en escasos segundos el líquido comenzó a fluir.
Un chorro de agua congelada golpeó a Giorno en el pecho y este comenzó a chillar. Estaban tan cerca que empezó a empapar también a Abbacchio, demasiado testarudo como para separarse. Intentó apuntar hacia la cara de su hermanastro, pero perdió el control de la mangera y el agua empezó a llover en todas las direcciones.
- ¡Mista, apaga esto! - gritó Giorno, intentando salir de debajo de Abbacchio mientra el que se suponía que era el adulto responsable se agarraba la cabeza para protegerse.
Cesó el sonido burbujeante del chorro y Abbacchio se destapó la cara. Un reguero negro se deslizaba por sus mejillas y tanto la parte superior del ojo como la inferior se ocultaban tras una sombra viscosa; se le había corrido el
- Oh, no - susurró Giorno.
- ¿Qué?
Leone vio sus manos manchadas de maquillaje.
- Oh, no – dijo.
- Todavía tenemos tiempo - Giorno intentó consolarlo -. Quedamos con Bucciarati dentro de una hora en el puerto.
- ¿En una hora? - gritó Abbacchio con un deje de desesperación -. Normalmente eso es lo que me lleva decidir qué ponerme, y ahora tendría que ducharme, maquillarme y hacer la comida...
- Mista y yo nos encargaremos de eso último. Tú céntrate en ponerte guapo para tu cita.
Abbacchio consideró que levantarse e irse sin darle las gracias era respuesta suficiente a ese comentario.
Aparecieron en el lugar acordado una hora y diez minutos después, Mista y Giorno con dos mochilas en la espalda cada uno y Abbacchio con ninguna. Narancia llevaba la tienda de campaña y la cámara de vídeo.
Leone empezó a tiritar. La ropa que traía puesta no era muy gruesa, todavía tenía el cabello húmedo de la ducha y estaba empezando a ponerse el sol. Afortunadamente llevaba consigo todas las chaquetas que poseía.
- Si nos damos prisa podremos llegar al mirador antes de que se haga de noche – dijo Bruno -. Las vistas desde allí son impresionantes.
- ¿No deberíamos primero montar las tiendas? – lo cuestionó Giorno – Sería difícil hacerlo a oscuras.
- Tenemos toda la noche para hacer eso. La puesta de sol solo se puede contemplar una vez, y es ahora. Bueno, en un rato. Pero como vosotros queráis.
- ¿Qué os parece si nosotros montamos la tienda mientras vosotros vais al mirador? Que cada uno haga lo que quiera – Giorno miró a su hermanastro y levantó una ceja.
"Giorno, me estás arruinando la vida", pensó Abbacchio. Quemaría toda su ropa y vertería sus productos de maquillaje al mar si eso hiciese que Giorno dejase de hablar.
- Eso no es muy eficiente – opinó Bucciarati -. Pero no me apetece perderme la hora dorada.
- Es perfecta para sacar fotos – Abbacchio pareció olvidarse del odio que le profesaba a Giorno y buscó desesperadamente el modo de meterse en la conversación -. Sobre todo si llevas maquillaje de tonalidades cálidas.
- Me gusta ir allí solo, así que no suelo sacarme muchas fotos.
Avanzaban hacia una de las muchas salidas, cuesta arriba y llena de arbustos. Abbacchio aceleró el paso para ponerse a la altura de Bucciarati.
- Puedo hacértelas yo. Ya que vamos.
Bruno lo miró durante unos segundos, inclinando la cabeza.
- Está bien – aceptó -. Pero tenemos que darnos prisa. ¿Trajiste lo que te dije?
- ¿La tienda de campaña?
- No. Más importante.
Abbacchio se dio cuenta enseguida.
- La ropa.
- Exacto.
- ¿Por qué tanto interés? – Leone se giró hacia él para ver su reacción. Sabía que su estilo alternativo despertaba la curiosidad de todo el que lo veía, y ya no digamos de alguien que había vivido toda su vida en un pequeño pueblo monocromático.
- ¿Cómo decirlo? Me fascinas, Leone.
Giorno se tropezó con una piedra y cayó de bruces en el suelo. Ni siquiera a él le dejaba llamarle por su nombre de pila.
Abbacchio no se inmutó.
- Ya te habrás fijado en cómo viste la gente del pueblo – continuó Bucciarati -. Las personas mayores parece que hayan quedado atrapadas en el siglo pasado, y no en el buen sentido. Los más jóvenes van en chándal. Los turistas no se molestan en ponerse más que una camisa hawaiana, unos kakis y sandalias con calcetines.
Mista miró hacia abajo. Bucciarati había descrito exactamente lo que llevaba puesto. Giorno le dio una palmadita en la espalda y un beso en la mejilla, y el nudo de su estómago desapareció.
- Y entre toda la gente, tú, con unas botas altas y unos pantalones de cuero negros a pesar de que no ha habido un verano más caluroso desde hace treinta años. O simplemente con una camisa de encaje que no deja mucho a la imaginación. ¿Sabías que el encaje es mi tejido favorito? Siempre quise hacer algo con encaje. Me encanta el contraste que tiene con otras telas.
Abbacchio titubeó antes de abrir la boca, inseguro de si su aportación interesaría a su interlocutor o si este preferiría convertir la conversación en un monólogo. Bucciarati lo apremió con una mirada llena de emoción.
- A mí también me gusta mucho el encaje – se decidió, unos segundos más tarde. Sentía la mirada de Bruno atravesarle la piel -. Es una lástima que casi no fabriquen ropa de ese material. Lo llevaría hasta en mi funeral.
La risa musical de Bucciarati repiqueteó en sus oídos y Leone sonrió involuntariamente.
- No podría estar más de acuerdo – dijo el pescador -. Creo que, a partir de ahora, mi sueño será crear una línea de ropa de encaje para hombre.
- Me parece admirable. Estarías haciéndole un gran servicio a la comunidad.
- Bueno, coincido contigo en que si todos vistiéramos de encaje el mundo sería un lugar mejor.
Abbacchio intentó no pensar en qué tipo de situación ambos se encontrarían ataviados únicamente con prendas de encaje. Bucciarati cambió de tema.
- La verdad es que siempre quise ser diseñador – confesó, con la cabeza girada hacia el frente pero dejando que sus ojos se desviasen hacia Leone en busca de aprobación -. La vida en el pueblo es muy apacible y no desprecio el oficio que mis padres me enseñaron, y aun así… No hay nada que desee más que salir de aquí y comenzar una nueva vida en otro lugar. No sabría dónde ni cómo empezar, pero…
- ¿Y por qué no lo haces? – lo cortó Leone, con la brusquedad que lo caracterizaba – Es imposible que no te salga bien, con toda esa pasión que llevas dentro.
Bucciarati levantó una ceja y una oleada de pánico inundó a Abbacchio. Le aterró que pudiese intuir que la pasión de la que hablaba era la que le transmitía con sus pequeños gestos y sus grandes sonrisas, y no necesariamente la que efectivamente demostraba. Pero Bucciarati parecía interesado de verdad en el mundo de la moda, y terminó por relajarse en cuanto este le rozó con el hombro.
- Ojalá fuera tan fácil... - murmuró.
- Podrías pedir un préstamo - propuso Abbacchio -. O conseguir un sugar daddy que pague tus gastos. Eres joven y atractivo, no te resultaría difícil.
- Así que te parezco atractivo - Bucciarati miró al suelo, concentrándose en algo de suma importancia como era la piedra que acababa de pisar.
Abbacchio podía intuir por su tono que estaba jugando con él, pero ni reuniendo todas las fuerzas que le quedaban tras cuidar de aquellas tres criaturas se sentía capaz de fingir desinterés. Bruno Bucciarati le parecía muy atractivo.
- Lo eres. Y todavía más cuando te pruebes mi ropa - añadió rápidamente, atropellándose con las palabras.
- ¿Vas a dejar que un desconocido con olor a pescado arruine lo que más quieres en el mundo? - dramatizó el joven de pelo negro, llevándose una mano al pecho.
- Es imposible que Mista provoque que My Chemical Romance se separe. Otra vez.
Oyó el gruñido de Mista unos pasos por detrás. Con el brazo derecho rodeaba los hombros de Giorno, atrayéndolo hacía sí para que no pasase frío. El sol estaba a punto de ponerse y la brisa nocturna no era tan benévola como la que los acunaba durante el día.
- Ya casi estamos - anunció Bucciarati.
Los chicos empezaron a gritar y corrieron cuesta arriba en una competición que terminó con Narancia de ganador, dado que Mista y Giorno no estaban dispuestos a renunciar al abrazo del otro.
Abbacchio y Bucciarati, que se lo tomaron con más calma, llegaron justo a tiempo. El sol se posó suavemente en la superficie del océano y convirtió el agua en su reflejo. Unos tintes morados adornaban el cálido cielo, anticipando la noche que estaba por venir. Abbacchio se quedó sin respiración y avanzó a ciegas, hipnotizado, hasta que la barandilla que protegía el despeñadero lo obligó a pararse.
Bucciarati había visto millones de veces atardeceres como ese. Sin embargo, era la primera vez que veía aquella expresión embelesada en los ojos de Abbacchio, en sus cejas distendidas y en sus carnosos labios antreabiertos que contemplaban el espectáculo entre suspiros de felicidad.
Bucciarati tenía que obligarse a apartar la mirada de vez en cuando, abrumado por las emociones que estaban despertando dentro de él. Si Abbacchio lo descubriese explorando sus rasgos con tanta fascinación, se moriría allí mismo.
Lo que Leone sentía al observar el paisaje, a Bruno le atravesaba el pecho mil veces, haciendo que la sangre corriese alarmada en todas las direcciones hasta esconderse en su cabeza, lo que explicaba el tono rojizo que su tez, pálida en otras circunstancias, estaba comenzando a adoptar.
El último suspiro que se escapó por los labios de Abbacchio puso fin al hechizo. El sol se ocultó de todo tras el horizonte y Bucciarati se recompuso, intentando aparentar normalidad.
Abbacchio se giró hacia él con los ojos en llamas y sintió una punzada de culpabilidad.
- Ha sido precioso – dijo Leone con una voz tranquila pero llena de emoción.
Bruno estaba de acuerdo.
- Sí - respondió -. ¿Te ha gustado?
- Me ha encantado.
- Genial. Será mejor que vayamos ahora a montar la tienda, antes de que esté demasiado oscuro.
Abbacchio asintió y ambos abandonaron el mirador, dejando detrás a los tres chicos, que, tumbados en el suelo y agarrados de las manos, se preparaban para pasar la noche contemplando las estrellas.
