- Lo siento, se me olvidó sacarte una foto. – Abbacchio se rascó la nuca y clavó la mirada en el suelo junto con una de las piquetas que debían servir como soporte para la tienda de campaña.

Era bastante pequeña. Bucciarati la guardaba desde hacía años en el trastero de su casa, en el que solo entraba cuando quería deshacerse de algo. Por otro lado, la tienda de Mista era nueva y no necesitaba complicadas maniobras con varillas para montarse; tan solo había que abrirla. Pero para Mista el proceso seguía siendo todo un misterio y solía tardar casi una hora en desplegarla, siempre por casualidad.

- No te preocupes, todavía estás a tiempo – lo tranquilizó Bucciarati.

- No es lo mismo. Las fotos en la hora dorada son preciosas. – Abbacchio podía pensar en algo más precioso todavía que deslumbraría a todos en la hora dorada -. Ahora que se está haciendo de noche no se va a ver nada.

- Esas son las fotos más divertidas, ¿no crees? – Bucciarati agarró con fuerza la lona de la tienda mientras Abbacchio pasaba una de las varillas –. Las movidas, hechas en la oscuridad, en las que no puedes enfocar bien porque tus amigos se están riendo demasiado.

Leone intentó disimular su incomodidad. No solía encontrarse en esa situación, y si lo hacía, la alegría a la que Bucciarati daba tanta importancia era fingida. La vida era aburrida y fútil; la gente solo se reunía y festejaba en un intento de aplacar la soledad y la apatía que llenaban el día a día. Fingían ser felices un par de horas hasta que lograban engañarse a sí mismos o hasta que el alcohol les hacía perder la sensatez. Pero no iba a darle la mala noticia en una noche tan bonita. Le alegraba que si alguien pudiese sentirse feliz de verdad, ese fuera Bucciarati, aunque eso no hiciese más que alejarlo de él.

Acabaron de montar la tienda, no sin dificultades, y se miraron con orgullo. Abbacchio no estaba acostumbrado a trabajos manuales que no tuvieran que ver con aplicarse productos de belleza sobre la piel, pero no había dejado que las manos curtidas de Bucciarati le llevasen demasiada ventaja.

En ese momento llegaron los chicos: Giorno medio adormilado y dejándose guiar por Mista, y Narancia dando saltos de emoción.

- El cielo está despejado, y desde el mirador se ve perfectamente el pueblo – dijo este último mientras sacaba la cámara de vídeo de la funda que llevaba colgada a un lado del torso -. Es la noche perfecta.

Bucciarati se mordió el labio.

- Ya… Bueno, en las leyendas tradicionales la compañía nunca pasa por donde hay mucha gente; si es avistada, es en el monte. Deberíais probar a buscar por aquí primero.

- Pero… - protestó Narancia, mirando alternativamente a Mista y a Giorno.

- Creo que deberíamos sacar los sacos primero, por si cuando lleguemos estamos demasiado cansados – opinó Mista.

- Si me tumbo, me duermo – Giorno se frotó los ojos con vigor y separó la mano de Mista que le cubría los hombros, culpable en parte de que estuviera tan amodorrado.

- Pues no te tumbes – le espetó Abbacchio.

Giorno hizo un puchero y se dejó caer otra vez sobre Mista en signo de protesta.

Narancia corrió en círculos alrededor de la tienda, todavía excitado por el subidón de azúcar provocado por todos los refrescos energéticos que le había comprado Mista a lo largo del día.

- Entonces abrimos los sacos, sacamos el equipo y nos adentramos en el bosque a filmar. ¡Perfecto! Giorno, tú enciende las velas, yo llevaré la cámara y Mista el incienso.

- Nada de encender velas en medio del monte – los riñó Bucciarati, asustado -. Aquí el fuego se propaga muy rápido.

- ¿Quién dice que las velas sean para encenderlas?

- El fabricante – Leone esbozó una media sonrisa cuando su broma suscitó una pequeña carcajada por parte de Bruno.

Narancia dejó caer los hombro, abatido.

- Pues usaremos la linterna del móvil. Pero no creo que tenga el mismo efecto.

Se dispuso a entrar en la tienda, pero Abbacchio lo frenó agarrándole la manga de la chaqueta.

- Esta es la nuestra, rana. Si queréis un sitio donde dormir, montadlo vosotros.

Le respondieron unos gritos de protesta, que pronto acalló con una de sus miradas fulminantes.

- Nos va a llevar como mínimo una hora – se lamentó Guido.

- Mista, la tuya es desplegable. – Bucciarati levantó una ceja -. En cinco minutos ya la tendrás lista.

Mista puso los ojos en blanco.

- Si, ya. Claro.

- Déjame verla. – Giorno se desperezó, apartando de nuevo a su compañero en el proceso y saliendo por fin de su estupor.

Leyó las instrucciones del estuche un par de veces bajo la escasa luz que le proporcionaba su fondo de bloqueo y decidió que Mista era rematadamente tonto.

- Bucciarati tiene razón, esto en cinco minutos está.

Mista aspiró muy fuerte por la nariz, todavía sin creérselo.

- Esto es como el abrefácil. Nunca es fácil.

Pues claro que el abrefácil era fácil. El mismo nombre lo daba a entender.

En momentos como ese, Giorno se sentía inmensamente feliz de ser su amigo.

Agarró las esquinas que indicaba el dibujo y tiró de ellas. En escasos minutos, la tienda estuvo desplegada y Bucciarati se ofreció a clavar las piquetas que la asegurarían al suelo. Abbacchio fue detrás de él.

Mista les retiró la palabra.

- Venga… - le suplicó Giorno, acariciándole la espalda. – Todos cometemos errores, sobre todo cuando se trata de montar muebles o desplegar tiendas de campaña… Esa mierda sí que es difícil.

Mista refunfuñó y Giorno siguió hablando.

- Da igual que no puedas decorar nuestra futura casa. Hay muchas otras cosas que se te dan bien.

- Ah, ¿sí? – dijo Mista entre dientes - ¿Cómo qué?

- Como narrar historias de terror, investigar casas abandonadas, contar chistes sobre vore o hacerme increíblemente feliz. Eso sí que se te da genial.

Mista empezó a sentirse culpable por su pequeña rabieta infantil.

- Giorno… - se giró y lo rodeó con brazos temblorosos - ¡Giorno! Lo siento mucho, no te merezco, eres increíble. Solo tú serías capaz de descubrir cómo montar la tienda tan rápido.

Abbacchio disimuló una tos. Su subconsciente le decía que tuviera cuidado con la nueva actitud de Mista hacia Giorno.

La reacción de Giorno no tuvo nada que ver con la de Leone y ocultó la cara en el cuello de Mista, dándole palmadas en la espalda llenas de camaradería.

Narancia empezaba a perder la paciencia.

- Dejad los abrazos para cuando nos vayamos a dormir. Como no nos demos prisa se va a hacer de día.

Apenas tuvo que agacharse para pasar por la puerta de la tienda. Vació parte del contenido de su mochila, dejando solo lo indispensable para la grabación y la defensa personal. Giorno y Mista seguían a lo suyo, pero le pasaban cosas de vez en cuando para que las guardase.

Cuando terminó, se arrastró hasta la hierba y salió corriendo hacia el bosque con la cámara en la mano. Giorno y Mista lo siguieron, tropezando el uno con el otro y ahogando risas en miradas llenas de aprecio.

- ¿Seguro que es buena idea dejarlos solos en medio del monte? – se preguntó Bucciarati.

- Bueno. – Abbacchio pensó en otras dos personas que también se quedarían a solas en el bosque -. Si les pasa algo, tendré tres cosas menos de las que preocuparme.

- No dirías lo mismo de tu ropa.

- ¿De mis bebés? Por supuesto que no.

Leone se agachó y comenzó a remover en la bolsa. Se debatía entre enseñarle primero su camiseta de malla transparente o sus pantalones de látex. Decidió que podría ser los dos a la vez.

Cuando se giró hacia Bruno con una sonrisa traviesa, lo descubrió dedicándole una expresión preocupada a la pantalla de su móvil.

- ¿Pasó algo? – preguntó Abbacchio, dejando de lado la mochila.

- No. Y aunque pasara, no me enteraría. – Bucciarati giró la pantalla hacia él -. No hay conexión.

- ¿Acaso la tenías en el pueblo? – resopló Leone.

Bruno entornó los ojos y decidió no decir nada más, pero subió el volumen del móvil todo lo posible.

Abbacchio sacó la primera prenda y oyó satisfecho el grito ahogado de Bucciarati. Este la cogió con delicadeza entre sus dedos y la inspeccionó con sumo cuidado, de igual forma que trataría a un pequeño ser vivo al que no quisiera lastimar.

- Me impresiona que seas capaz de llevar esta ropa por la calle. – Habló casi en un susurro, intentando ocultar la honda admiración que sentía -. Yo no sería capaz de aguantar las miradas.

- Aprendí a priorizar quien soy a lo que los demás opinen de mí. ¿Quieres probártela?

- Qué va. Gracias. – la oscuridad ocultaba el leve rubor que coloreaba sus mejillas -. Con verlas así me llega.

Lo que Abbacchio esperaba que fuese una intensa sesión en la que no harían más que ponerse y quitarse ropa, admirándose el uno el otro a la luz de la luna, se convirtió en un Bucciarati susurrante que hablaba a su vestuario en un extraño trance, diseccionándolo con los ojos hasta que deducía el patrón que el modista había utilizado.

Con todo, Leone no estaba decepcionado. Había algo muy especial en la mirada entusiasmada de Bruno que podía intuir a pesar de la oscuridad.

- Me está costando mucho no cortar toda tu ropa en trocitos pequeños para ver cómo está hecha. - Los ojos despiertos de Bucciarati se deslizaron hasta el pecho de Abbacchio y un destello se reflejó brevemente en el iris. - Me encanta lo que llevas puesto ahora. De hecho, es lo que más me gusta de todo. Tienes suerte de que no haya traído las tijeras conmigo.

Leone le dio brevemente las gracias por apreciar el atuendo por el que le había llevado horas decidirse antes de que la imagen de Bucciarati rasgándole la ropa irrumpiera en su mente. En realidad, nada le impedía remover un poco en el botiquín de primeros auxilios hasta encontrar las tijeras que Abbacchio había metido casi por inercia, deslizar sus largos dedos por el torso de Leone y destrozar su camiseta mientras hundía los ojos en su pecho, estudiándolo con idéntico entusiasmo al que demostraba cuando adoraba su armario. Nadie le frenaría si decidiese acariciar la piel de Abbacchio con la misma dulzura con la que miraba al mundo, o si perdiera la cabeza y lo besase con la pasión con la que sus labios hablaban de sueños por cumplir.

Bucciarati vio el pánico reflejado en el rostro de Abbacchio y se giró de nuevo hacia la ropa que yacía extendida en el suelo, tratando de disimular su turbación.

Independientemente de las ganas que tuviese Leone de perderse en la fragancia dulce de Bruno, pasarían la noche juntos. Estaban condenados a dormir en un espacio diminuto, con la única compañía del firmamento y de tres adolescentes molestos, si tenían mala suerte. Cuando Abbacchio pensaba en ello, notaba cómo le burbujeaba el cuerpo. Había algo en aquella situación que lo hacía querer salir corriendo para no volver jamás, y aun así se descubría a sí mismo deseando que llegase el momento de tumbarse al lado del pescador, averiguar cómo sonaba su respiración acompasada cuando dormía y la forma que adoptaban sus ojos azules como el mar cuando trataban de acostumbrarse a la luz del alba.

Le molestaba sentirse así hacia un completo desconocido. Y le molestaba la forma amable con la que Bucciarati lo miraba, como si fuera merecedor del pozo sin fondo de simpatía que le ofrecía cada vez que le sonreía.

A veces le gustaría ser como Mista y no tener cerebro para no pensar en estas cosas.

Bruno revisó el móvil de nuevo. No pudo evitar que sus cejas se curvaran en una expresión llena de preocupación.

- ¿Esperas algún mensaje? – tanteó Leone.

- Más o menos.

- ¿Quieres ir a algún lugar en el que haya recepción?

- No, no te preocupes.

Abbacchio se acercó más, evitando en todo momento que sus ojos se topasen por error con el móvil de Bucciarati. No quería parecer cotilla, aunque se muriera por saber más sobre él.

- No sabía que los móviles funcionasen aquí.

Bruno dejó que su incredulidad se escapase en forma de suspiro.

- ¿Cómo no van a funcionar? – dijo, reprimiendo la risa. – Sería peligroso no poder comunicarnos en caso de emergencia. Podemos hacer llamadas, enviar mensajes y todas esas cosas que servían hace décadas. Internet es otra historia.

- ¿No tenéis internet?

Bucciarati se encogió de hombros para no tener que dar una respuesta más concreta.

- Hay algo que me perturba acerca de no poder escuchar música si necesito evadirme porque estoy agobiado – dijo Abbacchio, temeroso de ser demasiado concreto.

- Tengo algunas canciones de Daddy Yankee descargadas, por si necesitas relajarte.

Leone resopló.

- No sé en qué universo daddy yankee me haría sentir mejor.

- Para tumbarse y estar en calma definitivamente no sirve. Pero para desahogarse bailando, es de lo mejor.

La idea de Bucciarati moviendo su cuerpo sobre el suyo al ritmo de la música lo hizo cambiar por completo de parecer.

- El rock es mejor para eso – lo retó Abbacchio.

- Vaya. – Bruno inclinó la cabeza hacia él y entornó los ojos -. Qué lástima que no tenga nada de rock descargado.

Se quedaron inmóviles unos segundos, desafiándose con la mirada. Abbacchio tragó saliva y sintió que la acción le llevaba minutos. Estaba completamente enganchado a los ojos azules de Bruno, a su amable sonrisa y a su mano indecisa. Finalmente, el pescador puso el móvil entre ellos, sin romper el contacto visual que los ataba, y pulsó play.