Súbele el mambo pa' que mis gatas prendan los motores…
Bucciarati se apoyó en el suelo para ayudar a ponerse en pie y dejó que su cabeza girase con la música.
- Estás de broma… - murmuró Abbacchio, disimulando muy mal su entusiasmo.
Que se preparen que lo que viene es pa' que le den… Duro!
Bruno movió torpemente los pies mientras su torso se deslizaba de forma ensayada, perfecta para que la parte baja de su torso arremetiese contra el aire en aparente descontrol. Hizo un gesto con las manos a Leone para que se uniese y este se levantó rápidamente.
Abbacchio intentó sincronizar su cuerpo con el de Bucciarati, dando pequeños pasos que simulaban ser parte de la coreografía para acercarse cada vez más a él.
A ella le gusta la gasolina…
Bucciarati se giró y a Abbacchio empezó a rondarle en la cabeza la posibilidad de haberlo incomodado. Pero pronto sintió la espalda de Bruno rozar su pecho, demandando atención. El pescador seguía moviéndose a ciegas, dejando que la energía se desprendiese de su cuerpo como si se estuviera sacudiendo de encima todas sus preocupaciones. Lo único que existía para él eran la música y Abbacchio, que luchaba internamente entre su deseo de rodear a Bucciarati con sus brazos y todas sus inseguridades.
Sentía un picor acuciante en las manos, que le recordaba que podía estar usándolas para más que dejarlas muertas a ambos lados del cuerpo. Pero más sentiría arruinar la preciosa amistad que estaba naciendo entre ellos si malinterpretaba los gestos de Bucciarati.
Tenía miedo de quemarse si se acercaba demasiado al sol. Pero también estaba deseando el tacto abrasante de Bruno sobre su piel.
Hizo acopio de valor y dejó que su mano derecha se balancease, rozando por accidente la de Bucciarati. Mantuvo la respiración, privándose durante unos instantes del aroma frutal del champú de Bruno.
Este continuó moviendo los hombros como si nada, dejando que el ritmo resbalase hasta sus caderas.
Abbacchio se preguntó cuántas veces toleraría el mismo error.
Su mano serpenteó con torpeza hasta chocar con la de Bucciarati de nuevo. Los dedos del pescador se relajaron, pero siguieron la trayectoria que marcaba la música.
Bruno se reclinó todavía más sobre Leone y descansó las manos sobre las piernas.
Abbacchio se sintió más ligero que nunca y con renovada seguridad tocó la mano de Bucciarati, esta vez acariciando sus dedos con las yemas. Descubrió la inesperada suavidad del dorso de su mano y el leve temblor que delataba una chispa de nerviosismo.
Le sorprendió que Bucciarati fuera capaz de sentirse intranquilo, y la euforia de ser la razón de su desasosiego lo animó a cerrar la mano sobre la suya.
Bruno dejó que sus dedos se entrelazasen y acarició su piel con el dedo pulgar, acogiéndolo sin dejar de bailar.
Agitó la cabeza, intentando librarse de su nerviosismo de la mejor forma que sabía.
Sus cabellos negros brillaban en la oscuridad y Abbacchio reprimió las ganas de hundir la cara en ellos y envolverse en la dulzura que desprendía Bucciarati.
Se pegó todavía más y se fijó en la tez tersa de su cuello, cuya palidez rogaba ser manchada por su pintalabios negro.
Suavemente, bésame… Que quiero sentir tus labios besándome otra vez.
La voz de Elvis Crespo interrumpió sus pensamientos e hizo que Bucciarati soltase una pequeña risa.
Su cuerpo cambió el ritmo, alternando los pasos de tres en tres. Leone intentó acompasarse, pero no estaba acostumbrado a bailar ese tipo de música y se tropezó varias veces.
Bruno giró sobre sí mismo, sujetándole la mano con delicadeza, e intentó guiarlo.
Se balancearon hacia los lados, Bucciarati sincronizado con la música y Abbacchio unos instantes por detrás. Al igual que el primero se dejaba llevar por la melodía, Leone permitió que su fascinación guiase sus actos y hundió la mano que tenía libre en el pelo azabache de Bruno.
La luz de la Luna brilló sobre ellos y descubrieron la mirada centelleante del otro, llena de las chispas que estallaban cada vez que se rozaban.
Abbacchio abrió parcialmente los labios, debatiéndose entre decir algo o utilizar la boca para otra cosa. Bucciarati se puso de puntillas y su pecho hizo presión sobre el de Abbacchio. Nunca había visto su sonrisa tan de cerca y la posibilidad de sentir sus curvas le hacía estremecerse hasta la médula.
Se miraron por última vez, conscientes de lo que pasaría inevitablemente a continuación.
Se equivocaban.
Un grito sonó en la distancia. Abbacchio había oído miles de veces ese quejido patético, pero nunca en el monte a la una de la mañana. Salió disparado hacia donde se habían marchado los chicos hacía un rato, sin darle tiempo a Bucciarati para que reaccionara, y maldijo a Giorno entre dientes por no tener más cuidado. Aunque podría ser peor; podría haber sido Narancia al que le hubiese pasado algo.
Se acercó más y distinguió unos sollozos trémulos, acompañados por unos gritos agudos. Era Narancia. Giorno iba a morir esa noche.
Apareció delante de los chicos dando zancadas y Giorno gimió, refugiándose en los brazos protectores de Mista.
- Por favor, Abbacchio no... - se lamentó, trepando al cuello de su amigo y cerrando los ojos con fuerza – Que vuelva el fantasma...
Narancia continuó con sus exclamaciones de júbilo, esta vez dirigidas a Abbacchio.
- ¡Lo hemos conseguido! ¡Y tú que decías que todo eran cuentos! ¡Já! Ya verás, cuando volvamos tendremos más seguidores que tú.
Leone se tomó unos segundos para recuperar el aliento y una nueva energía le permitió avanzar hasta Giorno y agarrarle el cuello de la camiseta. Ira.
- ¿Qué cojones? - rugió - ¿Qué ha sido ese grito? ¿Sabes lo preocupado que estaba?
Mista lo apartó de un manotazo.
- No le hables así. ¿Acaso quieres asustarlo más? Dale un puto respiro. De verdad, Abbacchio, no seas animal.
Leone se obligó a inspirar aire. Cualquier cosa con tal de no partirle la cara a alguien allí mismo, delante de Bucciarati.
- Chicos, ¿qué ha pasado? - preguntó Bruno, todavía sin aliento.
- Se nos ha aparecido un espectro - contó Narancia, entusiasmado -. Estábamos grabando las pruebas para hacer un montaje de la noche, ya sabes, como introducción, para que quedase misterioso. Oímos unas pisadas entre el follaje y seguimos el origen del ruido. Entonces, uno de los miembros de la comitiva fantasma saltó sobre Giorno.
Leone abrió mucho los ojos y sacó el móvil, preparándose para llamar a la policía. No existía tal cosa como una procesión de espíritus.
Mista lo miró con el rabillo del ojo.
- Sabemos que pertenecía a la compañía porque iba vestido exactamente como describió Bucciarati - explicó.
- Como si llevaba un tanga y sujetador. – Abbacchio levantó el teléfono, en busca de señal -. Un demente acaba de atacar a Giorno.
Bruno le tocó suavemente los dedos y le obligó a bajar la mano.
- Las leyendas existen por un motivo.
- Oh, no me vengas con esas...
- ¿Qué crees que ocurrirá cuando llames a la policía, si es que lo consigues? Les dirás que has visto a un hombre con una capa negra vagar por el monte y te responderán que sí, que así es como funcionan las cosas aquí. No serás el primero que se queja por esto, ni serás el último. Se reirán, colgarán y volverás a la tienda de campaña para intentar dormir lo que queda de noche. ¿Por qué no nos saltamos la primera parte y regresamos ya? Me está empezando a entrar el sueño.
Leone frunció el ceño y le sostuvo la mirada. Sus preciosos ojos azules eran impenetrables; las notas de nerviosismo de hacía escasos minutos habían desaparecido por completo, dejando únicamente un halo de misterio que los rodeaba como un tenebroso hechizo.
Bucciarati ocultaba algo, y tendría que averiguar el qué antes de que esa cosa volviese a atacarlos. Necesitaba un plan.
Necesitaba las llaves del faro.
- ¿Quién nos dice que el fantasma ese no va a volver a por nosotros? - preguntó con cautela, examinando el rostro de Bruno en busca de cualquier pista que lo ayudase a descifrar el enigma.
- Os lo digo yo. – Puso una mano sobre el hombro de Abbacchio -. ¿Confías en mí, Leone?
Esa última frase sonaba más como una súplica que como una amenaza, y Leone comprendió que la parte más importante de lo que le había dicho Bucciarati no era mentira. Sus bromas constantes, sus aspiraciones, esa pequeña risa que soltaba cuando estaban a solas y ya no le importaba llamar la atención. Su gusto por la ropa, por el encaje, por Leone. Todo eso era real.
Abbacchio nunca había estado enamorado, ni había tenido pareja estable cuando era adolescente. Se guiaba por la lógica o por la ira, y cualquier otro sentimiento que quisiera participar en su proceso de decisión podía irse a tomar por culo.
Pero el secretismo de Bucciarati despertaba de él un deseo primitivo: la codicia de desvelar todos sus enigmas y ser destruido en el proceso. Necesitaba ser consumido por los ojos azules del peligro.
- Volvamos a las tiendas - decidió -. No quiero oir ni una queja.
- No podemos irnos - protestó Narancia -. No ahora que hemos encontrado un fantasma de verdad.
- No es el primero, Nari. Ya teníamos a Giorno - puntualizó Mista -. ¿Recuerdas, Giorno, que decías que tenías novia?
Giorno estaba demasiado disperso como para tomar parte en cualquier tipo de broma.
- No sé. Ahora tengo otras cosas en mente.
- Oh, ¿otras cosas u otras personas? - se mofó Mista.
Giorno se separó de él, satisfecho con el consuelo que le habían proporcionado sus brazos, y comenzó a andar hacia la zona de la que habían venido.
- ¡No me digas que ya la estás engañando! - Mista siguió burlándose y Giorno se desesperó.
Aunque siempre estaba de humor para bromear con él, algunos comentarios le hacían que le pesase todo el cuerpo y le quitaban las ganas de seguir hablando. Este era uno de ellos.
Solo quería llegar a la tienda y ocultarse bajo el saco durante las siguientes doce horas.
Narancia insistió un poco más hasta que Abbacchio se acercó para ocuparse personalmente de su espíritu rebelde.
- ¡No podemos dejarlo así! Todavía tenemos que vigilar el pueblo desde el mirador. Se suponía que la compañía pasaba por ahí…
Sus quejidos comenzaban a denotar confusión. Hasta él se daba cuenta de que algo no cuadraba, y de que Bucciarati no hacía más que contradecirse a sí mismo.
Leone le puso la mano en la espalda, guiándolo hacia el camino de vuelta, y le susurró en tono confidencial:
- Sé que estáis impacientes, pero ahora lo más seguro es quedarse en la tienda y obedecer a Bucciarati. Parece ser el único que sabe qué está sucediendo. Mañana urdiremos un plan.
Narancia dejó de lado su decepción y asintió enérgicamente. Abbacchio se giró, preocupado por si sus palabras habían llegado a oídos de Bucciarati, pero este se encontraba varios pasos por detrás, girado hacia los árboles, contemplando la nada con inquietud.
Leone lo interpretó como una mala señal e instó a Narancia a caminar más rápido.
- Vamos. Tenemos que alcanzar a Mista y a Giorno cuanto antes. No pienso volver a dejaros solos. – Con el rabillo del ojo, miró la figura inmóvil de Bucciarati, que no parecía haberlo oído -. Bruno – lo llamó.
- Sí, sí. Id yendo – hizo un vago gesto con la mano, todavía absorto en sus pensamientos.
Leone dejó que Narancia se adelantase y se quedó con él. Los ojos veloces de Bucciarati estaban absortos en una búsqueda frenética y desesperada. Cuando se dio cuenta de que estaba siendo vigilado, se relajó.
- Lo siento – susurró -. Debo de estar actuando de forma muy extraña. No era mi intención asustarte.
Leone agitó la cabeza, restándole importancia.
- Vamos – repitió.
Bruno avanzó hasta él y marcharon juntos hacia las tiendas.
