Instalaciones del Puddlemere United, febrero de 2001.

El entrenador Mc Garthie salió al césped con un poco de retraso. Por suerte, su segundo ya llevaba un rato trabajando con los muchachos en el aire. Cuando lo vio, Gordon le gritó algo al capitán y descendió hasta donde estaba él.

— ¿Cómo ha ido, señor?

Mc Garthie sonrió ante el trato deferente, nunca se le olvidaba, aunque llevaran trabajando juntos veinte años.

— Está firmado. Tenemos nuevo cazador. Esto debería salvarnos la temporada.

Ambos miraron al equipo que volaba a más de veinte metros sobre ellos. Una serie de desafortunadas lesiones les había dejado solo con los cazadores de reserva a falta de tres meses de temporada. El cazador que habían fichado tenía muy buenas referencias de su equipo en Noruega. El propio entrenador había ido a verlo jugar dos semanas antes y estaba muy satisfecho de haber conseguido aquel traspaso con tanta facilidad.

— No se lo digamos aún a los muchachos —dijo mientras se quitaba la capa y tomaba la escoba que le tendía el utillero—. Estará aquí para el entrenamiento del miércoles, dejemos que se sorprendan.

Dos días después, Oliver entraba corriendo en los vestuarios. Llegaba tarde, maldición, un capitán nunca debería llegar tarde, se iba diciendo a sí mismo. Dio un frenazo en seco cuando, al llegar a la zona de taquillas, lo vio. El mismo pelo oscuro muy corto, los mismos ojos color avellana, que sintió rápidamente clavados en él.

Allí, con el brazo del entrenador sobre sus fuertes hombros, Marcus Flint, de nuevo en su vida.

— Llegas tarde Wood.

— Lo siento, señor —consiguió balbucear.

— Les decía a tus compañeros que estamos de suerte, tenemos nuevo cazador. Marcus Flint, te presento a nuestro capitán, Oliver Wood.

No se extendieron la mano el uno al otro, se limitaron a un cabeceo.

— Os veo ahora en el césped, chicos. ¡Vamos a entrenar hasta que este equipo…

— … sea el mejor Puddlemere de la historia! —corearon con entusiasmo los jugadores—

Los compañeros empezaron a desfilar, ya equipados, hacia el cuarto de escobas. A pesar de que trató de acelerar con el uniforme, no pudo evitar quedarse a solas con Flint. El silencio que se hizo en el vestuario era denso.

Se agachó a atarse las botas y, en menos de un minuto, otro par de botas apareció en su campo de visión.

— Oliver…

Wood cerró los ojos con fuerza unos segundos y tomó aire, para resistirse a levantar la cabeza y volver a mirarle.

— ¿Ni siquiera vas a mirarme, capitán?

Marcus Flint sabía dos cosas: que nunca debió casarse y que no podía resistir la mirada triste de Oliver Wood.

La primera vez que vio esa mirada Oliver tenía trece años. Después de un partido terrible, en el que él mismo le había marcado varios tantos, había volado orgulloso con su equipo antes de irse al vestuario. Al ir a cambiarse, recordó que había dejado su capa en el banquillo porque había bajado ya cambiado y llegaba tarde, un castigo con Mc Gonagall que se había alargado.

Salió del vestuario, dispuesto a recoger la capa e ir a cambiarse directamente a su habitación. Mientras cruzaba el césped pudo ver, en el banquillo contrario, a Wood con la cabeza entre las manos y al capitán de Gryffindor gesticulando delante de él.

A Wood le está cayendo una buena, pensó. Justo en ese momento, el capitán de los leones dio media vuelta, indignado, y cruzó el césped a largas zancadas, en dirección a su vestuario.

La pequeña figura del guardián permaneció en el mismo lugar, en la misma postura.

Flint no era un tipo blando. Se había ganado su fama de buscabroncas, tenía el récord de castigos en Slytherin. Y ,como todas las serpientes, sentía una profunda aversión por los leones. Pero algo en ese momento le hizo clic dentro, al pensar en ello después lo achacaría a que Wood se veía pequeño y solo, como un cachorro abandonado.

Se acercó despacio y se acuclilló delante de él, poniéndole una mano en el hombro.

— Ey, Wood. ¿Estas bien? Deberías entrar a cambiarte, empieza a hacer frío para estar aquí sudado…

Oliver levantó los ojos, cristalizados, a punto de llorar. Marcus no lo reconocería ni bajo tortura, pero esos ojos tristes hicieron que el corazón le diera un pequeño brinco. Y reaccionó como el cavernícola que era:

— Vamos, Wood, no seas nenaza, ¿vas a llorar por un par de goles?...

No pudo decir nada más, porque Oliver se levantó de un salto del banquillo y lo apartó de un codazo antes de alejarse hacia su propio vestuario.

El partido Gryffindor-Slytherin del año siguiente fue una auténtica revancha. Wood lo paró todo, estaba a tope. Y sus nuevos golpeadores, los gemelos Weasley, pararon y repartieron golpes sin parar. Al finalizar, justo cuando el buscador de Gryffindor conseguía la snitch, Wood usó la cola de su escoba para repeler el último tiro. Con tan mala suerte que la quaffle golpeó a Flint en la cara y provocó que se cayera de la escoba.

Se duchó y cambió con los demás, pero salió rápidamente, sin esperar a sus compañeros, que celebraban la victoria como si hubieran ganado la copa.

Wood era muchas cosas como jugador: competitivo, autoexigente, poco paciente con los errores ajenos. Pero no era tan mala gente como para alegrarse de ver a Flint inconsciente en el suelo, así que dirigió sus pasos a la enfermería. Aprovechó que había algo de revuelo alrededor de un Hufflepuf que había tenido un mal encuentro en el invernadero para acercarse a la cama en la que descansaba el Sly.

— ¿Cómo estás? —Le preguntó bajito, colocándose al lado de su cama.

Flint se giró con algo de esfuerzo hacia él y le miró con sospecha.

— ¿No ha sido suficiente? ¿Vienes a rematarme?

Oliver sonrió y agachó la cabeza para hablarle al oído.

— No seas nenaza, Flint, solo ha sido una pequeña caída.

Flint quiso reírse, pero gimió dolorido, tocándose la parte baja de la espalda.

— Ya he visto que sigues vivo. Te dejo descansar.

Marcus le miró marcharse con una sensación extraña en la boca del estómago.

Empezó a prestarle más atención a Wood cuando se cruzaban en los pasillos o en el campo de Quidditch. Además de su desmedida pasión por el deporte, le llamó la atención que era un gran compañero. Lo veía a menudo en la biblioteca ayudando a otros estudiantes de su año o menores. Y siempre muy cerca de Percy Weasley.

Cuando llegó su sexto año, Marcus había decidido que odiaba a Percy Weasley. Sin medias tintas. Era una lástima que no jugara al Quidditch como sus hermanos, porque habría descargado su rabia a golpes de bludger. Se habría hecho golpeador solo por el placer de ver al pelirrojo desaparecer del mapa.

No coincidían en clases, Marcus aguantaba como podía el tipo en un curso superior, siempre con el agua al cuello y la amenaza de su padre de castigos muy severos si repetía curso. Desahogaba todas sus frustraciones volando a solas, aprovechando al amanecer cuando el campo estaba libre. Así fue como se volvió a cruzar a solas con Wood.

Una mañana de otoño estaba volando, concentrado en una pirueta especialmente complicada, cuando un rayo vestido de escarlata pasó por su lado. Sorprendido, estabilizó su escoba y observó a Wood, que hacía zigzags por el campo a toda velocidad.

Su competitividad innata le llevó a, sin decir nada, ponerse a la par de Wood y retarle con la mirada. Pasaron la siguiente hora tratando de ver cuál de los dos era capaz de hacer la pirueta más loca.

Era casi la hora del desayuno cuando los dos se dejaban caer jadeantes en el césped. Jadeantes y sonrientes, porque lo habían pasado en grande. En un momento, Marcus miró a Oliver sonreír, la luz del sol sacando tonos dorados de su pelo castaño. Y antes de darse cuenta estaba alargando la mano para sujetarle de la nuca, y sin dejar de mirarle a los ojos, besarle.

— Flint. ¿Tu Flint?

El gesto de Percy lo decía todo. Percy odiaba a Marcus, con toda su alma. A pesar de lo que mucha gente pensaba, él sí tenía sentimientos, aunque los ocultaba muy bien. Y quería muchísimo a Oliver.

— Oliver…

— Lo sé, Perce —Oliver se llevó a los labios el botellín de cerveza—. Odias a Marcus. Y crees que no es casual que esté aquí, en mi equipo, justo en este momento.

Percy movió la cabeza negativamente y se rascó la barbilla.

— Con Flint no existen las casualidades.

Oliver no le contestó, siguió dando sorbos a su cerveza y con la mirada perdida en el cielo nocturno a través de la ventana de su salón. Claro que no era casualidad. La puñetera prensa inglesa, amarillista como pocas, se había hecho eco de su ruptura apenas unas semanas antes. Y hasta Inglaterra había llegado el rumor de lo que le había pasado a Marcus con su esposa.

Se decía que en el próximo Corazón de Bruja iba a salir una entrevista en exclusiva con Adele Flint, explicando con pelos, detalles y nombres los motivos de su divorcio. Los nombres iban a ser los de su lista de amantes, obviamente, porque acusaba a su marido de no haberla tocado desde la noche de bodas.

— Percy, los dos somos libres.

El silencio helado de su mejor amigo le dejó claro lo que opinaba sobre toda aquella historia. Y no era en vano, había sido Percy el que había recogido los pedazos rotos de Oliver cuando, prácticamente nada más acabar el colegio, Marcus se había casado con Adele Pucey.

El sonido del timbre de la puerta les sobresaltó a ambos. Como si aún compartieran casa, Percy salió a abrir.

Marcus cambió su peso de una pierna a otra mientras esperaba ante la puerta de Wood. Había dudado mucho antes de aparecerse allí. Conseguir la dirección no había sido difícil, bastaron unos galeones para conseguir la colaboración de una administrativa del equipo. Pero no estaba seguro de que Oliver le abriese siquiera la puerta. Y lo entendía, sabía perfectamente que había tomado malas decisiones por los dos.

Lo que no esperaba era que, al abrirse la puerta, asomara tras ella una cabeza pelirroja con pequeñas gafas de montura metálica.

— Weasley…

— Flint. No sé si es buen momento.

Marcus respiró hondo, recordándose que lo que quería era hablar con Oliver, no pelear con Percy.

— Nunca es un buen momento para verte, pero me gustaría hablar con Oliver.

Weasley salió a la puerta de la calle y entrecerró tras él la puerta.

— ¿Qué pretendes, Flint?

— Pretendo hablar con Oliver —sintió que su paciencia estaba tocando fondo—. Mira, Weasley, no quiero discutir. Solo dile por favor que estoy aquí y me gustaría hablar con él. Si dice que no, lo aceptaré y me iré. Pero no creas que dejaré de intentarlo.

El ceño fruncido del pelirrojo apenas se suavizó, pero aún así hizo un seco asentimiento con la cabeza y entró de nuevo, cerrando la puerta tras él.

La siguiente vez que se abrió la puerta, fue Oliver quién estaba detrás. A lo lejos se escuchó la puerta trasera cerrarse de un portazo. En silencio, Wood se apartó y le hizo una seña para que pasara.

Le siguió en silencio hasta un pequeño salón. Su anfitrión se ovilló en el sofá y le señaló un sillón frente a él. Flint ignoró la indicación y se sentó junto a él. Oliver reaccionó doblando las rodillas hasta su pecho y abrazándolas.

— Lo siento, Oli.

Vió un pequeño cambio en la cara de Oliver al escucharle. Ante su silencio, tomó aire y siguió con las frases que llevaba preparando las últimas semanas.

— Fui un imbécil. En aquel momento me pudo más el miedo a mi padre y a perderlo todo. Fue algo muy egoísta y de lo que me he arrepentido todos los días de los últimos siete años.

— No puedo perdonarte tan fácil, Marcus —la ronquera en la voz de Oliver le dijo que estaba a punto de romperse—. Han pasado siete años, no somos los mismos.

Marcus asintió, poniendo tentativamente una de sus manos sobre las de Oliver, entrelazadas delante de sus rodillas.

— Lo entiendo. Yo solo quiero una oportunidad, Oli…

— No me llames así, por favor. Yo no puedo ser tu Oli ni tu puedes ser mi Marc.

No pudo argumentar nada, tenía toda la razón. Destrozado, observó a Oliver secarse una lágrima que le corría por la cara. Se levantó, le secó la siguiente lágrima y le besó la frente, antes de salir del salón y de la casa sin decir nada más.

Cuando Oliver llegó al entrenamiento del día siguiente, sentía los ojos como llenos de arena, a pesar del hechizo que se había echado para paliar las consecuencias de un buen par de horas llorando antes de dormir. Miró de refilón a Flint, que se cambiaba tres bancos más allá. No tenía mucha mejor cara. Ni tan siquiera se había afeitado, y él sabía cómo de maniático era con eso, gracias a las severas enseñanzas de su padre.

El entrenamiento se pasó como en una nube. Cuando se metió a las duchas, se dió cuenta de que esas dos horas de su vida eran vacío, no tenía ni idea de lo que había hecho. Apoyó la frente contra la baldosa fría, mientras el agua caliente caía sobre sus hombros, ayudando a relajar los tensos músculos. Cuando por fin se decidió a salir, se encontró de frente con Flint.

No pudo evitar sonrojarse al volver a ver a Marcus casi desnudo después de tantos años. Apenas quedaba nada del cuerpo de adolescente que había amado y repasado con sus manos y boca una y otra vez durante tres años en el colegio. Conocía cada cicatriz, algunas heridas las había curado él mismo. Flint padre era partidario de la disciplina con métodos muggles. Cuando Marcus tuvo que repetir su séptimo curso, fue Oliver el que, con lágrimas en los ojos, curó con paciencia la espalda llena de verdugones por el cinturón y su puntiaguda hebilla.

Los ojos pasaron de las casi desaparecidas cicatrices a deleitarse en algo que sí era nuevo: los tatuajes. Aumentaban aún más el aire de malo que arrastraba desde el colegio. Tenía al menos una docena, algunos mágicos que se movían, otros muggles. Al girarse, pudo ver sobre su pecho uno que le dejó sin aire: una Snitch y dentro, en letra cursiva, "Oli".

Era terriblemente cursi, pero también terriblemente bonito, se dijo a sí mismo.

— ¿Ves algo que te gusta, Wood? —Le preguntó en tono juguetón al pasar por su lado.

Oliver se ruborizó y se fue en dirección contraria, aunque sus cosas estaban apenas a dos metros.

Ese domingo, aún no pudo jugar. Problemas de papeleos entre federaciones, le había dicho su representante. Se sentó en la grada, en la zona reservada al club.

A pesar de no poder jugar, está disfrutando del partido. Ver a Oliver en acción otra vez después de tantos años era increíble. Claro que había seguido su carrera, pero no en directo, no había puesto un pie en su país desde que se casó. Apartó a Adele de su mente haciendo un gesto, como el que aparta un mosquito delante de su cara.

Su visión periférica, muy desarrollada por el Quiditch, le avisó de que un pelirrojo estaba tomando asiento en la butaca contigua.

— Llegas tarde, Weasley.

Por una vez, Percy no respondió a la provocación.

— ¿Cómo va Oliver?

Flint se giró hacia el, con las cejas alzadas por la sorpresa, pero sólo vio en el rostro de Percy genuina preocupación.

— Lleva unas semanas difíciles —explicó el pelirrojo.

— ¿Que pasó? —preguntó con los dientes apretados.

— ¿No lo leíste en la prensa?

Flint negó con la cabeza, sin dejar de mirar al guardián. No iba a explicarle a Percy que cuando había recibido El Profeta y visto los titulares, había destrozado el periódico en un ataque de rabia que había acabado también con un par de jarrones de Adele.

— Montgomery era un cerdo. Aprovechó la popularidad de Oliver para llegar hasta el hijo del dueño de las Avispas y casarse con él. Se enteró por la prensa del compromiso.

Marcus apretó tanto las mandíbulas que creyó que se rompería algún diente.

— Fue peor contigo, ¿sabes? —La voz de Percy seguía sin sonar con su habitual tono repelente fastidioso—. Tú eras diferente para él.

Clavó sus ojos en su amigo, que gritaba instrucciones a los golpeadores desde los tres aros.

— Estuve ahí con él, igual que él estuvo conmigo tras la batalla, ayudándome a superar la muerte de mi hermano. Es valiente, Flint, y el mejor amigo que un hombre pueda pedir. No le hagas más daño, por favor.

Marcus se giró para poder ver a Percy a la cara.

— Siempre pensé que acabaríais juntos. Me moría de celos, ¿sabes?

Percy sonrió ligeramente.

— No soy gay. Y aunque lo fuera, te aseguro que Oliver nunca me habría visto con otros ojos, siempre fuiste tú.

Se despidió con un gesto y lo vio alejarse varias filas hasta reunirse con una mujer rubia de pelo corto y una prominente barriga de embarazada.

La temporada había pasado casi sin enterarse. Era el último partido y desde el vestuario se escuchaba a la afición completamente entregada.

Sentado en su lugar habitual en el vestuario, Oliver reflexionaba. En enero la cosa pintaba mal, pero con la incorporación de Flint y la recuperación de otro de los cazadores, iban a acabar la temporada, al menos, en un muy digno tercer puesto.

Inevitablemente, su mente se perdió en Flint. Durante esos meses, había demostrado ser un gran cazador y un buen compañero. Respecto a él, se había mantenido relativamente alejado, lo justo para ser cordial.

Lo único que lo traicionaba era el gesto que hacía cuando marcaba un tanto. Se tocaba el lugar donde sabía que estaba la snitch tatuada y le miraba.

Justo en ese momento, el objeto de sus pensamientos se sentó junto a él. Era la ocasión en la que más cerca había estado desde el día en su casa.

— Voy a marcar siete tantos, Oli —Le dijo muy bajo, apenas sin mover los labios y mirando al frente—, uno por cada año sin ti. Y tú vas a aceptar cenar conmigo mañana.

Y sin más, se levantó y caminó con sus compañeros cazadores en busca de las escobas.

Oliver salió al campo todavía aturdido. El griterío en la grada bastó para espabilarle y ayudarle a concentrarse en su trabajo.

No fue nada fácil mantener la concentración. Porque a los dos minutos de empezar, Flint marcaba el primer tanto. Se llevó la mano al pecho y marcó con la otra mano el uno con un dedo.

Para cuando el buscador de los Puddlemere cogió la Snitch, habían batido el récord del equipo de tantos marcados en partido de liga. Y los primeros siete habían ido dedicados a él.

Oliver se quedó solo durante un momento flotando delante de los aros mientras sus compañeros celebraban la victoria y el segundo puesto en la liga. Sonrió al ver a Flint siendo abrazado por sus compañeros cazadores, los tres riendo a carcajadas.

Descendió con suavidad y caminó hasta ellos con la escoba al hombro. Al llegar a la altura de Marcus, golpeó suavemente con su puño en el musculoso brazo.

— Au, capitán —Flint se giró, masajeandose exageradamente el brazo tatuado.

— Vamos Flint, no seas nenaza, es un golpecito de nada.

Flint echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada que hizo a Oliver reír a su vez.

— Gran partido chicos —felicitó él entrenador en ese momento, distrayendo la atención de los demás.

Oliver aprovechó el momento discurso para agarrar a Marcus de la camiseta y desaparecerlos juntos al vestuario.

Al aparecer, Flint lo miró confuso. Oliver le sonrió, como no le había sonreído desde los días felices del colegio. Con el corazón galopando, le tomó la cara con las dos manos y le besó.

Marcus se quedó en shock solo dos segundos antes de reaccionar abrazándolo por la cintura y pegándolo a él, tal como le gustaba hacer cuando eran adolescentes.

— ¿Eso es un sí a cenar conmigo mañana?

Oliver, con el rostro sonrojado escondido en el ancho pecho, asintió.