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Nota: Hace muchísimo tiempo (bastantes años) que no escribo nada, pero últimamente tengo una necesidad imperiosa de escribir sobre esta pareja.
Mi intención es hacer los capítulos un poco más largos. Este ha quedado más corto, pero quería cortarlo ahí.
Espero que no resulte demasiado aburrido o pesado de leer. Es una escena que en la serie dura ¿2 minutos? pero para mí hay demasiado que interpretar.
Ojalá os guste,
M.
– Tú me salvaste – la voz rota de Claire rompió el silencio perturbado únicamente por los pitidos del monitor electrocardiográfico. Tres palabras formaron el mejor resumen que ella fue capaz de elaborar para albergar tanto como le gustaría decirle.
Demasiado por decir. Demasiado que agradecer.
Y demasiado poco tiempo.
No habían dejado de mirarse en ningún momento desde que ella se había sentado en un hueco en el lateral de su cama, minutos atrás. Él pensó que siempre se habían caracterizado por eso, prácticamente podían entablar una conversación en la que los únicos participantes fuesen sus miradas, sin precisar de palabras. Sin embargo, quedaba aún demasiado por leer en los ojos ajenos. Cosas que no habían sabido leer. O quizá no habían querido hacerlo. Aún. O tal vez sí lo habían leído, y simplemente estaban esperando el "momento adecuado". Ese "momento adecuado" del que habían hablado tiempo atrás. ¿Días?, ¿o quizá semanas?, ¿o meses? Qué importaba ya, sentían como si hubiese pasado un siglo desde entonces. Y es que ese "momento adecuado", en su situación de jefe-residente, parecía demasiado lejano. Pero en ese instante, en esa habitación de hospital, ambos trataban de asumir que ya nunca existiría su momento. Cualquier posibilidad se había esfumado al tiempo que el pronóstico de Neil cayó sobre ellos, como la ola de un tsunami cae sobre la costa, arrasando todo a su paso.
– No – negó él y la vio asentir, reafirmándose –. Estaba en el sitio adecuado y en el momento adecuado. Lo hiciste tú – insistió. Una lágrima se deslizó por la mejilla de Claire y Meléndez deseó que ella pudiese verse como era en realidad, tan fuerte que había sido capaz de sobreponerse a todos los obstáculos que había encontrado en su vida y había conseguido llegar hasta donde estaba –. Todo irá bien, Claire.
Neil suspiró con pesadez. No sabía si intentaba convencerla a ella o a sí mismo. Quería pensar que ella podría superar su pérdida, que no volvería a encerrarse en sí misma, ahogándose en sus sentimientos, como había sucedido tras la muerte de su madre. Había avanzado demasiado durante los últimos meses como para regresar a aquello. Él se sentía orgulloso de su evolución y agradecía haber podido mantenerse cerca durante ese tiempo.
Claire respiró entrecortadamente, sin apartar su mirada de él ni un segundo. Evitaba incluso parpadear, con miedo de que, al abrir los ojos de nuevo, él ya no estuviese allí. No estaba preparada para decir adiós.
– Tengo que decirte una cosa – dijo poco después.
– Yo también – admitió él –. Primero yo – notó cómo el ambiente decaía y un nudo se formaba en su garganta, dificultándole aún más el hablar. No, no podía decirlo en voz alta todavía. No se había mentalizado para ello. Por eso cambió sus palabras en el último momento –. Eres… muy mala a los bolos, de lo peorcito que he visto – bromeó. La vio reír, pese a la humedad que bañaba su mirada, y sintió que la presión en su pecho disminuía. Hasta entonces no se había dado cuenta de cuánto necesitaba escuchar su risa por última vez. Le gustaría guardar esa imagen en su memoria para siempre.
– Y yo quería decirte que odio tu tatuaje – devolvió ella. Él sonrió con tristeza y ella lo imitó –. Demasiada cornamenta – aclaró. Él se rompió, incapaz de manejar el amor que sentía y el que veía, entonces con absoluta claridad, reflejado en los ojos de Claire –. Y que te quiero – finalizó ella, en apenas un hilo de voz, mientras sus ojos también se llenaban de lágrimas.
Neil tragó con dificultad, intentando recomponerse lo suficiente como para responder. Cuánto había soñado los últimos días con escucharle decir esas palabras, y cuánto dolían estando en esa habitación.
– Yo también te quiero – confesó segundos después, rogando porque la voz no le fallase antes de pronunciar cada una de las palabras. Por primera vez lo dijo en voz alta y se sintió desprotegido. Pero a salvo. Porque había tratado de esconder sus sentimientos desde hacía un tiempo, incluso engañándose a sí mismo. Se había resguardado en su supuesta "amistad" porque era un escenario más seguro. Para él, pero sobre todo para ella. Para sus puestos en el hospital. Porque ya había rumores sobre ambos. Y porque Audrey ya le había llamado la atención semanas atrás y él le había asegurado que no pasaba nada entre ellos. Su amiga no le había creído, por supuesto. Y a él le había molestado en ese momento. Después lo entendió. Intentó distanciarse de ella, pero no fue capaz. Claire tampoco se lo puso fácil, ella también lo quería cerca. Neil no sabía el momento exacto en el que se dio cuenta de que la quería, le daba vértigo pensar en ello. Sin embargo, en ese momento, por la situación (y pese a ella), se sintió agradecido por tener la oportunidad de decírselo antes de morir. No podía ocultarlo. Qué sentido tenía ya.
Anhelando un mínimo contacto físico, Browne posó una mano en el brazo de él y se inclinó con cuidado y suavidad sobre el magullado cuerpo de su jefe. Él acarició su cara con las yemas de los dedos, acomodando la cabeza de Claire sobre su pecho, buscando la manera en la que pudiese continuar mirando sus ojos verdes, desbordados por las lágrimas. Colocó una mano sobre su pelo, enredando los dedos entre los mechones castaños. Se había preguntado varias veces en el último tiempo cuál sería el tacto de sus rizos. Claire apretó levemente los dedos que mantenía colocados sobre el brazo de él, deseando guardar para siempre la sensación de estar con él.
Neil pensó en todo lo que le gustaba de ella. El modo que tenía la Doctora Browne de tratar a todos a su alrededor y su preocupación por cada paciente lo habían desconcertado durante meses al inicio de su residencia. Pero, con el paso del tiempo, se acostumbró a su forma de ser y a la luz que desprendían sus ojos verdes, iluminando el mundo. Claire era especial. Lo entendió pronto. Sin embargo, tardó mucho más tiempo en enamorarse de ella. O en ser consciente de ello y aceptarlo. Durante los últimos meses, desde que él la encontró hundida en la escalera y ella le confesó la muerte de su madre, verla fuera del trabajo se había vuelto rutinario para él. Y necesario. No le importaba si era ir a correr, pasar la tarde en la bolera o una simple cena tras una dura jornada en el hospital. Pero con ella. Deslizó las yemas de sus dedos por el cuello de ella y delineó el contorno de sus labios con el pulgar. Perdido en su mirada, trató de esbozar una sonrisa. El peso de la cabeza de la residente sobre su pecho le generaba una paz desconocida para él. Como si fuese su lugar natural. Como si todo fuese a ir bien. Odiaba no poder hacer nada para aliviar su sufrimiento, sobre todo sabiéndose el culpable del mismo. Rezaba porque ella fuese capaz de superar su muerte. Era fuerte. Y la vida demasiado injusta. Si tan solo pudiera verse de la forma en la que él la veía…
Claire suspiró y entrecerró los ojos disfrutando el tacto de los dedos de Meléndez sobre su cuello. Anhelaba más tiempo. Su mano continuaba aferrada a antebrazo de él. Recordó las palabras que Neil le había dedicado tras el complicado y frustrante caso de Finn Michaels, días atrás. "Estar contigo me hace mejor cirujano. Mejor persona". Entonces se sintió abrumada, sobrepasada; sin saber cómo interpretarlo y cómo actuar en consecuencia. Sin embargo, esa declaración fue suficiente para que ella pudiese confirmar sus sentimientos: se había enamorado de su jefe. Lo supo por la cálida sensación que apareció en su pecho y se extendió por todo su cuerpo tras escuchar a Neil, un calor reconfortante, sanador. Porque, lejos de incomodarla, sus palabras parecían acariciar su corazón, ese corazón que meses atrás había estado tan roto. Pensó también en el significado de esa confesión, rememorando los primeros meses de su residencia. Sí, ella podía confirmar que él había cambiado, que no era el mismo Doctor Meléndez arrogante que llamaba inferiores a sus residentes o despreciaba a Shaun en cada oportunidad. Inicialmente había pensado que su cambio de actitud era únicamente con ellos y se debía a que se habían ganado su respeto como cirujanos a base de trabajo. Esa idea se diluyó en su mente a medida que veía cómo él adoptaba un comportamiento diferente con los demás a su alrededor, incluso con los pacientes. Más humano. Lo que Claire no podía imaginar era que ella hubiese tenido algo que ver en ese cambio.
Así permanecieron, mirándose. Cada uno vagando en sus propios pensamientos. Ambos arrastrados por un mismo sentimiento.
Demasiado por decir. Demasiado por vivir.
Y demasiado poco tiempo.
