La verdad es que me ha gustado mucho escribir este capítulo, me ha permitido reproducir escenas que en mi cabeza resultan totalmente nítidas. Espero haber conseguido plasmarlas al menos la mitad de emotivas de como las imagino yo.
Espero que os gustase el capítulo pasado y espero aún más que os guste este.
Gracias por leerme,
M.
Claire no sabría decir cuántas horas permanecieron así. Tampoco el tiempo que había pasado antes de que Neil sucumbiera al cansancio y al efecto de los fármacos, cerrando sus ojos y dejándose llevar por Morfeo. Lo había visto luchar por mantener sus párpados abiertos durante un largo rato antes perder la batalla y quedarse dormido. Ella había velado su sueño. Lo miró mientras dormía, deteniéndose en cada pequeño detalle de su rostro. Parecía en paz. Una vez sintió que había memorizado su rostro, se permitió cerrar los ojos. Sentía que le ardían, por el cansancio, las emociones, las largas horas sin dormir y las lágrimas, tanto las derramadas como las que no lo fueron. No durmió. Solo se mantuvo ahí. El movimiento ascendente y descendente del pecho de Neil mecía su cabeza con cada respiración. Ese vaivén era la única ocupación de la mente de Claire. Había dejado a un lado cualquier otro pensamiento, demasiado agotada psicológicamente para continuar con la tortura de imaginar lo que ya no podría ser.
Solo necesitaba saber que él continuaba respirando.
Claire tampoco sabía cuánto tiempo habría pasado ni qué hora marcarían las agujas del reloj cuando el sonido creciente de voces y pasos fuera de la habitación la sacó de su trance. Resignándose a alejarse de Neil, se irguió, volviendo a sentarse en el lateral de su cama como había hecho horas atrás, y trató de dispersar las nubes de confusión de su cabeza. La calma en el hospital y la oscuridad que entraba a través de la ventana le permitieron saber que aún era de noche. Miró a través de la puerta, pero aún no había nadie a la vista. Pudo reconocer las voces de Andrews y Lim, aunque por el sonido de los pasos juraría que eran más de dos personas.
La ausencia del calor del cuerpo de Browne acurrucado junto al suyo, y la pérdida del peso de su cabeza sobre su pecho hizo despertar a Meléndez. Se removió inquieto a la vez que entreabría los ojos. Ella dejó de mirar hacia la puerta y lo miró a él cuando lo notó moverse. Claire lo estudió con cautela y comprobó con amargura cómo un profundo dolor se instalaba en los ojos del cirujano cuando él logró ubicar la situación, recordando la puta realidad en la que se encontraban. Los ojos de Claire se anegaron en lágrimas una vez más, como había sido tan habitual en las últimas ¿24? ¿48 horas? No estaba segura de cuánto tiempo había transcurrido desde el terremoto. Ni qué porcentaje de ese tiempo había pasado con ganas de llorar, pero sería un número alto. Demasiado alto.
Neil suspiró cuando las mismas personas cuyas voces los habían despertado entraron en su habitación, cesando la conversación que habían mantenido hasta llegar allí. Ni siquiera los miró. Había reconocido la voz de Audrey y Andrews, y juraría que Glassman también había intervenido en con alguna interjección. Le dio igual. Y también le dio igual lo que pudiesen pensar al ver a Claire en su habitación, sentada junto a él. Ya no importaba.
– Browne, ¿nos dejas? – pidió Audrey con suavidad. Había esperado unos segundos antes de hablar, sintiendo cierta culpabilidad por interrumpir, pero no le quedó otra opción al comprobar que ambos permanecían imperturbables a pesar de su llegada.
Meléndez vio a la residente tomar una lenta respiración y desviar su mirada brevemente hacia sus manos en el momento en el que él le rodeó la muñeca con sus dedos, sujetándola solo un instante antes de aflojar su agarre. Los ojos verdes de Claire se encontraron de nuevo con los oscuros de Neil mientras él retiraba su mano despacio, dejando que sus dedos trazasen un camino aleatorio sobre la de ella en el proceso. Una tenue caricia, una lucha de miradas, una silente despedida. Una sensación de vacío cuando ella se levantó de su cama en silencio y le dedicó una última mirada antes de abandonar la habitación, prestando mínima atención a los recién llegados.
Neil soltó un suspiro entrecortado, cerrando los ojos por un instante, tratando de controlar y recomponerse del huracán de emociones que se agitaba, furioso, en su interior. Contó los segundos mentalmente para intentar acompasar su respiración y abrió los ojos, centrando la mirada en el techo de la habitación, poco preparado para mantener una conversación coherente sobre lo que fuese que querían sus compañeros. Pocas veces se había imaginado que le tocaría a él estar en una de esas camas, menos aún en esas condiciones.
– Neil – Lim llamó su atención y él la miró un par de segundos después.
Le hubiera gustado dedicarles una sonrisa a los cirujanos con los que había compartido quirófano durante tantos años, pero estaba demasiado cansado para fingir que lo estaba llevando bien. Identificar la tristeza y la impotencia en los ojos de Audrey no le ayudó.
– Queremos repetirte la resonancia y los análisis – intervino, esta vez, Andrews. Meléndez desvió la mirada en esta ocasión hacia él. Se percató de que, a su lado, estaba Glassman y, junto al que una vez fue su mentor, estaba también Murphy.
– ¿Para qué? – preguntó con rapidez y con cierta soberbia. Sus palabras sonaron más duras de lo que pretendía y se arrepintió al instante, pero a los otros cirujanos no pareció sorprenderles o afectarles demasiado. Meléndez apretó los labios con frustración. Veía innecesario realizar más pruebas. Su diagnóstico era claro, su pronóstico demasiado oscuro. Lo había asumido ya, y solo quedaba esperar. No le apetecía malgastar el poco tiempo que tenía de aquí para allá para hacerse exámenes innecesarios.
– Si la bioquímica y los hallazgos de imagen no muestran un empeoramiento de las lesiones – explicó el exjefe de cirugía, con precaución –, nos gustaría intentar un tratamiento que…
– Sí – interrumpió Meléndez. Su voz había abandonado el tono anterior y sonó vehemente, anhelante, con una fuerza que pensaba que ya no tenía. "Intentar un tratamiento". Su mente repetía esas tres palabras en bucle. Una opción desesperada y probablemente poco aconsejable. Pero una opción. Un clavo ardiendo al que aferrarse con uñas y dientes. Centró todos sus sentidos en ellos por primera vez desde que habían entrado, repentinamente interesado en la conversación, y sin estar seguro de estar entendiéndolo.
Los otros cirujanos lo miraron con cierto escepticismo. Vio a Andrews alzar las cejas, haciendo que unas líneas surcasen su frente; a Audrey curvar las comisuras de sus labios en una mínima sonrisa y mirar a Glassman, y a este último suspirar. Murphy permanecía impasible, con la mirada vagando por la habitación.
– Deberías escucharlo y pensarlo bien, y no precipitarte – le aconsejó el más mayor, pausadamente. Meléndez reconoció el cansancio en su voz y en la forma en la que se recolocó las gafas, acomodándolas sobre el puente de su nariz –. Tendrías que volver a quirófano para una cirugía extrema. Incluso superando la operación, las probabilidades son ínfimas y las complicaciones…
– Creo– se paró para tomar aire, hablando a la velocidad que su cuerpo le permitió –… que sé cómo funciona esto, Aaron – había evitado interrumpirle al principio, pero no quería escuchar un discurso sobre lo imposible que era su caso. Como bien sabía, "los médicos son los peores pacientes" –. Hacedlo. Lo que sea – les pidió, casi como un ruego –. Cualquier posibilidad es más de lo que tengo ahora – argumentó, principalmente para Glassman.
– Prefiere arriesgarse a pasar el resto de su vida medicado, limitado, con intensos dolores y con secuelas graves antes que aceptar la muerte, aun siendo esta el resultado más probable – las palabras de Shaun se siguieron de un ensordecedor silencio. Si algo caracterizaba a Murphy era su capacidad para analizar y exponer las situaciones cuan crudas fueran, con transparencia y poco tacto.
Meléndez lo miró, sopesando sus palabras. Apenas unas horas antes había dicho que no le daba miedo morir. Sin embargo, con tiempo suficiente para pensar en lo que no podría hacer por morir demasiado pronto, se dio cuenta de que sí le daba miedo perderse todas esas cosas. Pensó una vez más en Claire. En el "te quiero" que ella le había confesado con el dolor bailando en sus ojos. En un futuro juntos que ni siquiera habían tenido tiempo de imaginar. Pero, sobre todo, pensó en ella tras la muerte de su madre. Pensó en ella llorando sola, en la escalera del hospital, escondiéndose de todo y de todos, escondiéndose incluso de la realidad para no tener que afrontarla. Pensó en cómo había intentado controlar el llanto cuando escuchó pasos aproximándose por su espalda y en la forma en la que había vuelto a romperse cuando él puso su mano sobre su hombro, apoyándola sin palabras. Tal vez las probabilidades de que ese tratamiento experimental funcionase fuesen mínimas y las secuelas demasiado importantes, pero él quería más tiempo. Más tiempo para descubrir si el amor que sentía por Claire era suficiente, si podrían tener ese potencial futuro juntos. Pero, sobre todo, más tiempo con ella, solo cerca, acompañándola, sin importar de qué manera. No quería dejarla sola, no quería hacerle pasar de nuevo por algo así y no estar allí para ella, para ser la mano que apriete su hombro sentados en las escaleras, en silencio.
– A veces hay que correr el riesgo – respondió, finalmente, a las palabras de Shaun.
El residente paseó la mirada a su alrededor, escuchándolo, y se balanceó sobre los pies, cambiando el peso de los talones a las puntas y volviendo atrás. Finalmente, sonrió.
– Parece un buen precio a pagar por seguir vivo – opinó, genuino y entusiasmado, con la peculiar paz que sentía cuando el paciente y él estaban de acuerdo. Neil arqueó las cejas, divertido por la simplicidad de la afirmación del joven autista.
– Bien – Andrews dio por terminada la conversación y se aproximó a la cama, comenzando a toquetear algunos monitores, desconectándolos de Neil –. Mientras te hacemos la resonancia, te explicaremos todos los detalles del tratamiento – le dijo.
Una vez que fue desconectado de las máquinas que dejarían en la habitación, llamaron a celadores que pasaban cerca para que ayudasen a Murphy y Andrews a guiar la cama fuera de la habitación y atravesando el pasillo hacia el ascensor. Audrey desapareció con una muestra de sangre en dirección al laboratorio, dispuesta a molestar tanto y dar tantas órdenes como fuesen necesarias para obtener los resultados lo antes posible.
Movió los ojos de una lámpara a la de al lado. Seguían apagadas, por lo que él podía mirar alrededor. Tal vez preferiría que estuviesen encendidas, cegándolo con su deslumbrante luz. Quizá eso aplacaría sus nervios al impedirle observar cómo enfermeros y auxiliares iban y venían a su alrededor, preparándolo todo. Él estaba acostumbrado a entrar caminando al quirófano una vez que todo estaba ya listo. No, estar tumbado en la rígida mesa central mirando hacia el techo no era en absoluto normal para él. Antinatural. Sin embargo, era la segunda vez que estaba en ese mismo lugar en las últimas 48 horas.
Respiró profundamente, intentando doblegar sus pensamientos. Todos los escenarios que lograba imaginar acababan de manera parecida: él no despertando de esa cirugía.
Dejó su cabeza caer hacia un lado cuando escuchó el ruido de las puertas al cerrarse. Fijó sus ojos en Lim mientras ella, aún con el pijama y sin la bata quirúrgica, se acercaba hasta su lado. Audrey le dedicó una pequeña sonrisa que intentaba ser reconfortante.
– Tengo miedo – admitió Meléndez, por primera vez.
– Serías idiota si no lo tuvieses – evidenció ella, intentando aligerar la presión que ambos sentían con la situación –. Ni tu arrogancia es suficiente para que no lo tengas – él le devolvió la sonrisa ante su intento de broma –. Yo también tengo miedo – afirmó, con un suspiro.
Neil agradeció infinitamente la presencia de su expareja y amiga. Llevaban trabajando juntos desde la residencia, y ella era, si no la persona que mejor lo conocía, una de ellas. Eso le permitía dejar por un momento su coraza de supercirujano y mostrar su lado más humano.
– Glassman no quería hacer esta cirugía – comentó él, sus palabras a medio camino entre pregunta y afirmación. Ella vio la confusión en sus ojos.
– Aaron pensó que no aceptarías – le explicó, cautelosa –. Cree que la recuperación será demasiado dura y que el resultado final puede no ser suficiente – no quería hablar de más o que sus palabras pudiesen hacerlo cambiar de opinión.
Él asintió, comprendiendo la explicación. Probablemente hubiese opinado lo mismo que el cirujano más mayor en otro caso, quizás en otro momento. Una situación demasiado complicada. Sin embargo, había aprendido a escuchar a los pacientes de nuevo, a luchar por ellos si eso era lo que querían, por más complicado que fuese el caso. Era lo que hacía junto a su equipo cada día. Dejaría que, esta vez, los demás luchasen por él.
– Necesito pedirte algo – dijo, tras varios segundos de silencio. Ella asintió con la cabeza –. Si… si a mí me pasa algo… Si no supero esto…
– Neil, no deberías pensar… – intentó interrumpirlo, pero él no iba a rendirse tan fácil.
– Audrey – le pidió, vehemente –. Necesito que me prometas que si yo no estoy… – probó de nuevo e hizo una breve pausa, sintiendo que su voz se ahogaba en los sentimientos que amenazaban con desbordarlo.
– Si tú no estás, cuidaremos de Claire – adivinó ella y lo vio apretar la mandíbula, contenido –. Estaremos bien. Ella estará bien – aseguró –. Es fuerte.
Meléndez esbozó una pequeña sonrisa melancólica.
– Es fuerte – coincidió –, pero a veces necesita que se lo recuerden.
Audrey asintió y suspiró.
– Te prometo que no dejaré a Claire sola, no permitiré que se hunda – pronunció cada una de las palabras con claridad, ofreciendo la serenidad que él necesitaba.
Neil movió levemente su cabeza en una ligera afirmación.
– Gracias – dijo, sincero.
Lim levantó la mirada brevemente para buscar al anestesista y le indicó que podía dormir al paciente. Volviendo a poner sus ojos sobre su amigo, alargó la mano hasta sujetar la de él.
– Nos vemos cuando despiertes, ¿eh? – le dijo, con apenas voz. Los ojos de él se humedecieron y una lágrima logró escapar de los de ella. El ahora paciente apretó la mano de la cirujana y asintió, queriendo aferrarse a la familiar seguridad que su amiga le ofrecía. Ambos rezaban porque no fuese una despedida.
Poco a poco, la fuerza con la que los dedos de él rodeaban los de Audrey disminuyó, a medida que el sueño inducido por los fármacos anestésicos lo arrastraban.
