¡Buenas! Antes de nada es muy importante que leáis y entendáis lo siguiente: El trabajo de "protector o protectora". Esta historia se lleva a cabo en un universo alterno, es decir, la historia no sigue el orden original de Ranma 1/2 pero si sus personajes, caracterísiticas físicas y personalidades.

Pediros perdón también por si se me escapa algún error de ortografía. La historia es mía, pero los personajes no me pertenecen, son todos de la gran Rumiko. Humildemente pido también que me dejéis un review para saber vuestra opinión acerca de la historia. Tanto bueno como malo, cualquier crítica es buena.

Sin mas os dejo leer.


Japón, 1847.

Resulta irónico que el primer recuerdo que tengo de mi infancia, no es el un imponente rio, sino el de un pequeño riachuelo que había al lado de mi casa. Padre siempre me llevaba allí los meses de calor a jugar a la orilla. Decía que era un descendiente del gran río Arakawa, pero yo no le creía.

Había visto ese gran río calmo en un viaje que había hecho con padre a la ciudad y ese reguero de agua no podía ser descendiente de algo tan majestuoso. Yo lo llamaba Ogawa Chiisai, algo así como pequeño arroyo, aunque estoy casi segura de que su nombre era otro.

Me gustaba ir a jugar allí, sus aguas aunque casi inexistentes eran frescas y de vez en cuando saltaba alguna rana y jugaba a cazarla. Madre odiaba eso, decía que una mujer no debía andar cazando como un hombre, que mi sitio era la casa, como una buena señorita. Recuerdo que mientras yo estaba jugando en el arroyo, madre siempre me observaba desde el salón, se sentaba incluso en el rôka, el pasillo que separa el salón de la puerta al jardín para vigilarme bien de cerca.

Padre siempre reía, pues madre intentaba con toda su fuerza hacerme toda una mujer, mientras que padre me convertía poco a poco en un marimacho. Recuerdo estar sentada a la orilla de Owaga Chiisai, a mi espalda se veía mi pequeña y tradicional casita de madera, rodeada de hierba y unida al pueblo por un pequeño caminito de tierra. Mi casa no estaba dentro del pueblo, sino en la periferia. Por así decirlo, vivía en el campo.

Recuerdo estar escuchando las cigarras y mojando mis pequeños pies, recuerdo que por primera vez madre no clavaba su mirada en mi espalda y recuerdo también una voz, la voz de mi hermana.

- Otenba musume, otenba musume – canturreaba mi hermana mediana Nabiki bailando a mi alrededor y dándome toquecitos en la cabeza. Era igual a mi padre, su cara era alargada y fina y estaba coronada por pelo lacio y castaño que le llegaba por los hombros, heredado de la abuela Asuka, madre de mi madre. Para su edad era alta como una vara de bambú, alcanzando casi a Kasumi e incluso a madre, y tenía las piernas y los brazos flacos como palillos. Aun así era bonita, bastante bonita.

- ¡Cállate Na-chan! – Le gritaba siempre – no soy un marimacho.

- No le hagas caso – me decía mi hermana Kasumi quien salía a tender la ropa para ayudar a madre – Akane es como una mariposa, al principio parece ruda pero luego es dulce.

Era curioso que Kasumi – chan dijera que yo era una mariposa cuando padre la comparaba a ella siempre con ese delicado animal. Kasumi era mi hermana mayor. Por aquella época en la que hablamos tenía doce años, pero era muy alta y tremendamente bella, además de una mujer muy educada, era el orgullo de madre pues ya estaba prometida al joven doctor del pueblo y se casarían en un par de años, cuando Kasumi cumpliera los quince. Yo la quería pero me sentía un poco acongojada a su lado. Su perfección me hacía sentirme tremendamente inferior. Su figura siempre enfundada en un perfecto y limpio kimono, era envidiado por todas las mujeres del pueblo, además de que su pelo de un precioso color chocolate era liso y largo. Kasumi era todo lo que yo no era.

- Pero si no es malo ser marimacho – Nabiki, mi hermana del medio, tenía unos ocho años, no lo recuerdo bien la verdad. Padre a ella la comparaba con un zorro. Y tenía razón. A pesar de su edad, Nabiki era lista como esos peludos animales, astuta como nadie, pero algo maligna si se lo proponía, sobretodo conmigo.

- Kitsune, deja en paz a tu hermana – la voz de mi padre era imponente, pero su gesto era muy bueno. Padre imponía callado. Era un hombre alto y delgado, pero sus hombros eran tan anchos que esa delgadez desaparecía. El pelo de mi padre era negro y largo, fuerte como la crin de caballo. Su bigote recortado le ponía un gesto duro a su alargada cara, pero sus ojos nobles rompían toda brusquedad. Si padre me comparaba con un río, yo le comparaba con un roble. Fuerte, pero que te puede dar cobijo.

- No me llames Kitsune pa' – protestaba mi hermana.

- Pues tu no llames marimacho a tu hermana – rio mi padre.

- Pero es que lo es – mi hermana Nabiki y yo no nos llevábamos muy bien. Eso me apenaba, con seis años que tenía por aquel entonces y viviendo en un pequeño pueblo de apenas habitantes, una niña se fija en sus allegados para desarrollar su personalidad. Con Kasumi nunca había problema pues era muy buena, pero Nabiki, no se… simplemente no congeniábamos. Yo no quería ser como Nabiki.

Recuerdo que ese día lloré a la orilla de ese riachuelo aun con los pies dentro de sus aguas. Nabiki había salido corriendo a nuestra pequeña casita de madera riéndose de mí mientras Kasumi colgaba la ropa y negaba con la cabeza aunque su gesto era cansado, tenía una pequeña mueca en la boca que emulaba una sonrisa. Era algo típico en ella, sonreír siempre, aun triste.

Me sentía una carpa fuera del estanque en esa casa. No encajaba con mis hermanas, ellas eran como madre, físicamente se parecían a mi padre pero en el fondo eran unas futuras esposas de algún hombre que se dedicaría a trabajar, ir ala guerra si era necesario y a hacerles hijos.

Yo no, yo era igual a madre si hablábamos de físico, idénticas, salvo que tenía el pelo de padre pero con cierto tono azulado. Mi personalidad… bueno, eso era arena de otro costal. Yo era completamente lo opuesto a lo que madre deseaba que fuera. No me gustaba cocinar, ni planchar, ni lavar la ropa, ni hacer papiroflexia, ni la jardinería… eso no me llamaba la atención.

A mí me gustaba ir con padre al bosque, pescar, practicar artes marciales, leer, las armas… Padre era un artista marcial muy bueno. En su juventud había sido un profesor de artes marciales bastante conocido, incluso era amigo de un gran samurai, pero debido a la crisis lo dejó a un lado y una vez se casó con madre se dedicó de lleno al oficio de cortar madera y a sus cultivos; era algo así como una mezcla de leñador y granjero con el espíritu de un samurai. Cuando tenía mucho material viajaba a la ciudad para venderlo y comprar algunas cosas que en nuestro pequeño pueblo no había. Muchas veces me llevaba con él, aunque en Japón se creía que no está bien mezclar a las mujeres en negocios, pues se decía que eso daba mal fario. Pero padre no creía esos cuentos de viejas.

Recuerdo que ese día vi pasar una bonita rana amarillenta, los rayos del sol iluminaban el agua haciendo que su color amarillento pareciera un dorado intenso. Abrí los ojos fuertemente, parecía una rana de oro. Inocentemente, a mis seis años, pensé que era una especie de yokai que me concedería deseos. Recuerdo dar una palmada y juntar mis manos fuertemente mientras cerraba mis ojos y pedía mi deseo – Quiero ser yo, quiero ser libre, por favor ranita – sama, ayúdame.

No recuerdo cuanto tiempo le rece a ese animal, pero cuando una mano se posó en mi cabeza y yo miré a quien había perturbado mis rezos, el cielo ya no era de azul intenso, sino anaranjado.

- Pequeño Kawa – la voz de mi padre resonó potente, él había sido quien me había tocado la cabeza – ¿Qué haces aquí sola?

Recuerdo encogerme de hombros y decir con una vocecita fina – Rezar.

Padre me miró en silencio y con una débil sonrisa se agachó a mi lado y quitándose los geta metió sus pies conmigo en el riachuelo. A diferencia de los míos pequeños y regordetes los de padre eran grandes y arrugados. Yo pensaba que padre era muy viejo, pues su piel estaba curtida y arrugada, como la corteza de un gran árbol, pero no, padre apenas tenía cuarenta años en aquella época. El problema era que había trabajado tanto tiempo bajo el sol, que su piel había sufrido un cambio de tono.

- ¿Y a quien estas rezando?

- A la ranita de oro.

Fue una respuesta estúpida, pero teniendo en cuenta que era una niña, pues supongo que tengo perdón de dios. Padre soltó una especie de tos que en realidad era una carcajada – Vaya, ¿y esa ranita de oro era muy grande?

Asentí rápidamente y alce mis manos para mostrarle que tan grande era la rana – Vaya, sí que era grande, bueno pues seguro que te cumple el deseo. Sea cual sea.

- ¿Seguro padre? He pedido ser…

-¡No pequeña Akane! – Me cortó rápidamente – No lo digas.

- ¿Por qué? Padre, sabes que yo te lo cuento todo – y no mentía. Yo con padre no tenía ningún secreto. Nos lo contábamos todo. Padre era mi regalo del cielo, era la única cosa que me hacía sentirme cómoda en mi propio hogar.

- Lo se princesa…

-¡No soy una princesa! – Grité – soy un guerrero.

Padre me miró tranquilo y se cruzó de brazos - ¿Ves? Eres como el río pequeña Akane. No hay quien te diga que no, nadar a contracorriente es prácticamente imposible si la fuerza del agua es mayor que la de tus piernas y brazos.

- ¿Soy fuerte papi? – quería que mi padre me dijera que era fuerte, que no era una boba princesa como mis hermanas querían ser. Yo no podía estar destinada a ser una ama de casa aburrida como madre, yo quería ser algo más, en esa época no sabía el que, es más, me llevó mucho tiempo darme cuenta, pero definitivamente no quería ser esposa. Y según Nabiki tampoco tenía cualidades para serlo. A diferencia de mis hermanas yo era bajita y regordeta, aunque todos en el pueblo decían que tenía los ojos y la sonrisa de Amaterasu, la diosa del sol. Según la gente, mis ojos eran tan enormes que parecía occidental y si sonreía decían que mis ojos brillaban y que podía iluminar la cueva más oscura. Según ellos el conjunto de mis dos cualidades me hacían brillar con luz propia, como si fuera la reencarnación de Amaterasu. Pero yo no quería ser bonita, yo quería ser fuerte, ser bonita era trabajo de niñas como Nabiki o Kasumi.

- Eres la persona más fuerte que conozco Akane-chan, eres mi pequeña, mi pequeña guerrera, fuerte como el rio.

Sonreí levemente y me apoyé en su brazo. Estuvimos sentados en silencio, a la orilla de ese riachuelo viendo la puesta de sol. Como bien dije antes, tenía seis años por lo que las metáforas no se me daban bien por eso no entendía porque padre me llamaba Kawa. Recuerdo también que a mi hermana Kasumi la llamaba Cho, y a Nabiki la llamaba Kitsune.

Ambos eran animales. Una hermosa y delicada mariposa. Un astuto y elegante zorro, ¿Por qué yo era un simple rio? Mi cabeza daba mil vueltas, no entendía porque mis hermanas tenían apodos más bonitos que el mío. Yo quería a padre más que a nada en el mundo, para mi Soun Tendo era una especie de dios. Mis hermanas eran más de mi madre, ¿Por qué entonces él les otorgaba apodos más bonitos que el mío? ¿Por qué ellas eran animales y yo una triste línea de agua?

Me arrepiento de no habérselo preguntado en vida, pero por suerte, con el paso del tiempo lo entendí… los animales son efímeros, el río, eterno.

- ¡Akane-chan! ¡Anata! – Recuerdo perfectamente el eco de la voz de mi madre resonando en el aire – ¡La cena!

Ambos miramos atrás, para mi desgracia la figura de mi madre la tengo borrosa. La intuyo vagamente pues el destino me la arrebato pronto y debido a que siempre me quería convertir en algo que no era, pasé mucho tiempo evadiendo a madre… ¡No sabéis lo que me arrepiento de ello! No odiaba a mi madre, ni mucho menos, la quería y sé que ella me quería a mí, que lo hacía por mi bien pues en esa época, una mujer no era nadie sin un hombre a su lado, pero eso no significaba que me molestara menos su empecinamiento en convertirme en una señorita.

Padre palmeó mi muslo, vestido con un ligero vestido tradicional atado a la espalda de color azul. Soltó un suspiro y se levantó – Vamos pequeña Kawa, o tu madre se enfadara.

Lo vi alejarse despacio. Una ráfaga de aire meció su larga melena al igual que mis cortos cabellos. Madre odiaba que llevara ese peinado, pero era el más cómodo para jugar y no comerme pelos – Madre siempre se enfada.

Me levanté y sacudí el agua de mis pies. Mi planta y las yemas de mis dedos estaban arrugadas como la piel de padre. Me coloqué mis zapatos y me dispuse a irme. Pero antes le di una última mirada a aquel riachuelo, ahora de un tono anaranjado.

- Por favor ranita-sama, concédeme ese deseo, déjame ser yo.

Recuerdo salir corriendo ante el nuevo grito de madre. Recuerdo que estuve toda la cena callada pensando en lo fuera de lugar que me encontraba entre las mujeres de mi casa. Recuerdo que aun cenando, seguí rezándole a la ranita por mi libertad.

Ese deseo fue lo mejor y lo peor que me ha pasado en la vida. Esa ranita me concedió ser libre, pero el precio fue demasiado alto.


Aclaraciones:

Rôka: pasillo de madera común en una casa tradicional japonesa.

Otenba musume: Algo así como "la hija marimacho."

Kitsune: zorro

Yokai: Son una clase de demonios pertenecientes al folclore japonés. Algunos tienen partes animales, partes humanas, o partes de los dos, tales como los Kappa y Tengu.

Kawa: río

Geta: zapato tradicional de madera japonés.

Amaterasu: diosa del sol en la religión sintoísta.

Cho: mariposa

Anata: querido, es la forma en la que las mujeres llaman a sus maridos cariñosamente.