¡Buenas! Antes de nada es muy importante que leáis y entendáis lo siguiente: El trabajo de "protector o protectora" no existe en Japón. Esta historia se lleva a cabo en un universo alterno, es decir, la historia no sigue el orden original de Ranma 1/2 pero si sus personajes, características físicas y personalidades.
Pediros perdón también por si se me escapa algún error de ortografía. La historia es mía, pero los personajes no me pertenecen, son todos de la gran Rumiko. Humildemente pido también que me dejéis un review para saber vuestra opinión acerca de la historia. Tanto bueno como malo, cualquier crítica es buena.
Agradecer todos los review que me mandais, los leo todos y son el motivo por el que sigo escribiendo.
Sin mas os dejo leer.
Los meses de calor se fueron con la rapidez con la que llegaron. Cada día, todos los días, le suplicaba a la ranita de oro que había visto en Ogawa Chiisai que no se olvidara de mi deseo pues el tiempo pasaba y yo seguía encerrada en mi hermosa jaula de madera y papel.
Esos meses padre se empeñó con ahínco en enseñarme a manejar las armas y las artes. Según el, se avecinaban tiempos complicados. Madre como es natural no se mostraba muy conforme y siempre que padre me sacaba al jardín a entrenar, ella se sentaba en el tatami del salón con la vista fija en nosotros, reprochándole a mi padre que fuera el mismo quien estaba trucando mi futuro convirtiéndome en una marimacho.
- Querida mía – respondía mi padre siempre calmado – según Kenta, el de la tienda de pescados, cada vez hay más pedidos de trajes de samurái y katanas en la fragua de su hermano que vive un poco más al norte. Temo que haya revueltas, ya sabes que el shogun…
Padre callo inmediatamente y bajó la cabeza. Parecía avergonzado y asustado, madre incluso más. Se había elevado levemente en sus rodillas, pálida y miraba a todos los lados nerviosa, como si temiera que alguien estuviera husmeando por nuestro jardín.
Yo no entendía porque padre se había acobardado al hablar de ese hombre. El, que era el hombre más valiente que jamás hubiera conocido, así que mi infantil curiosidad, esa que aun de vieja sigo teniendo, me llevó a cuestionarle a mi padre que iba a decir antes de callar. En cuanto formulé la pregunta madre se puso tan nerviosa que de un manotazo lanzó la taza de té que tenía en la mesa.
Con gesto enfadado me dijo – Nunca, jamás, vuelvas a hablar del shogun Akane. Y menos si hay gente delante.
Mientras la miraba levantarse a por algo para limpiar el estropicio que había ocasionado volví a preguntar – ¿Por qué? ¿Qué puede hacer un simple hombre a nuestra familia? – Inocente de mí, yo no tenía ni idea de que el shogun era el jefe de estado de todo Japón y que tenía el poder de acabar con nuestra casita de madera o con el pueblo entero.
Madre ignoró mi pregunta, por lo que yo, empecinada en descubrir que podía hacer un simple hombre volví a preguntar – ¿Por qué?
- Porque del shogun no se debe hablar mal – replicó seria mi madre sin mirarme – y es mi última palabra.
- ¿¡Pero por qué!? – quería saber más, necesitaba saber más acerca de ese hombre poderoso que había conseguido que alguien tan valiente como mi padre se hubiera callado ante su mención con cara de miedo.
- Akane…
-¡No! – grité con todo el aire que tenía en los pulmones muy enfadada – ¡¿Por qué?! ¿¡Quién es ese…!?
-¡Ya basta! – por primera vez no fue mi madre quien me gritaba. Fue padre, lo cual me dejó descolocada pues nunca me había levantado la voz. Con los ojos duros clavados en mi, padre dijo con voz muy, muy seria – el shogun es nuestro señor. Si alguien te escucha hablar mal de él, te acusará en palacio y tú y toda la familia quedará tachada de traidora por lo que enviara a toda su colección de samuráis a casa y nos matarán a todos ¿quieres eso?
Yo negué con la cabeza suavemente sin levantar la vista del suelo. Pequeñas lágrimas se acumulaban en mis ojos pero no las dejaría escapar. Me sentía tremendamente avergonzada por haber hecho que padre se enfadara conmigo…
- Pues no preguntes más, coge tu boken y vamos a entrenar.
Asentí en silencio, aun mirando al suelo. Hice todo lo que me ordenó no sin antes girarme a mirar a madre quien seguía recogiendo los trozos de cerámica de la taza rota en silencio y con gesto de dolor. Entendí entonces porque madre no quería que hablara de ese hombre. Temía que alguien lo escuchara y fuera con el chisme ha palacio, temía que la ira de ese poderoso hombre cayera sobre nuestra casa.
Avergonzada me puse de rodillas en el suelo mirando a madre e hice una profunda reverencia, tan grande que hasta toque con mi frente el tatami. Madre me miró sorprendida y yo dije – Sumimasen, madre… prometo no hablar más de ese señor. Nunca más.
Mi madre asintió y dijo – No deberías hablar de política Akane, eso es cosa de hombres – levanté mi pequeño cuerpo para mirar fijamente los ojos de mi madre. Por primera vez no había reproche en esa mirada, solo miedo – ahora vete con tu padre.
Salí rauda boken en mano y me situé frente a mi padre que había observado todo en la distancia cerca del riachuelo. Seguía serio y su bigote exageraba la rudeza de su gesto. Estuve cerca de dos horas entrenando sin para, obedeciendo y repitiendo todos y cada uno de los ejercicios que padre me enseñaba. Mi gesto era triste, ni siquiera le miraba a los ojos ¿Cómo hacerlo? Mi estupidez había sido demasiado grande… Temía que padre se enfadara para siempre conmigo, que no me hablara nunca más, que ya no me apoyara… pero mis temores eran estúpidos pues mi padre no podía enfadarse mucho tiempo con nosotras.
- Akane – me dijo al cabo de un rato mientras yo golpeaba con un puño bien cerrado a un adversario imaginario – descansa hija.
Asentí y relaje mi postura sentándome en el césped a la orilla de Ogawa Chiisai. Me refresque un poco y me quede callada mirando el agua pasar. Padre seguía detrás de mí, sabía que me miraba pues notaba sus ojos en mi espalda. Me removí incomoda y padre soltó una leve risa – ¿La hierba te pica el trasero?
Yo me gire para mirarle y debió ver la profunda tristeza y vergüenza que sentía en mis ojos pues suspiró y se sentó a mi lado – He visto que te has disculpado con tu madre – yo asentí en silencio – eso está muy bien, así actúa un guerrero.
- Padre, por favor, no te enfades conmigo – mi voz salió débil y temblorosa mientras mis ojos volvían a llenarse de lágrimas. Yo no era una niña llorona, aguantaba todo lo que me echaran: las críticas de madre, las burlas de Nabiki y los niños del pueblo, las malas palabras de las vecinas por andar subiéndose a los árboles… lo aguantaba todo y no lloraba. Pero que padre se enfadara conmigo… eso era otra cosa, padre tenía el poder de destrozar mis barreras y hacerme sentir como lo que era, una niña de seis años.
- No me enfado contigo, Kawa – que me llamara así me relajó un poco – solo temo por nuestra familia. No son buenos tiempos y quiero protegeros lo mejor que pueda.
- Siempre lo haces bien papi – le dije – eres el hombre más fuerte del mundo, contigo en casa no nos hará nadie daño.
Padre soltó una risa mientras se cruzaba de brazos y piernas y miraba al infinito, era una pose muy suya – No soy un dios Akane. Si te vas de la lengua y vienen a casa cincuenta o sesenta hombres armados, yo no podré hacer nada.
- Pero yo te ayudare…
- Ni si quiera con tu magnifica ayuda saldríamos con vida – padre se giró y me tocó con cariño las hebras azuladas de mi pelo – Eres mi mayor tesoro Kawa, junto a tu madre y hermanas. Si algo os pasara…
- No nos pasara nada padre – le corte rápidamente abrazándome a él. Necesitaba sentir su cariño después de que se enfadara conmigo, necesitaba sentir que mi padre me seguía queriendo aunque fuera una tonta – Prometo no hablar más de ese hombre, ni en la calle ni en casa.
Padre me devolvió el abrazo protector y me sentó en su regazo. Yo no necesitaba más que eso. Me acomodé y juntos nos quedamos abrazados en silencio, mirando el horizonte mientras escuchábamos el sonido del agua. No sé cuánto tiempo estuvimos dándonos compañía mutua pero una duda se me paso por la cabeza y debía preguntar.
- Padre – el soltó un sonido de garganta para que supiera que me prestaba atención – ¿Por qué me entrenas solo a mí? ¿Por qué no enseñas también a Kasumi – chan y Nabiki?
En verdad era una duda bastante grande y padre tardó su tiempo en contestar. Creo que le sorprendí, pero necesitaba saber el por qué. Según padre se avecinaban tiempos malos, tiempos de peleas en los que necesitaba aprender a defenderme, ¿pero por qué solo yo? Si había problemas nos afectarían a todos…
- Akane, tu eres la única a la que puedo enseñarle el noble arte de la lucha – yo le mire atenta, escuchado todo lo que me decía – Si algo pasa… si las sospechas y rumores del pueblo son correctas vienen tiempos de guerra y necesito protegerte.
- Pero la guerra no me afectará solo a mí…
- Lo sé, pero eres la única de mis hijas con el espíritu y el talento suficiente como para combatir – soltó una débil risa – ¿Te imaginas a tu hermana Kasumi peleando? ¿O a Nabiki? Posiblemente a los cinco minutos Kasumi estuviera llorando y Nabiki dejándolo a un lado. No… no están hechas para esto, pero tú sí.
- ¿Entonces cómo se protegerán ella? – no entendía el punto. Era cierto que la imagen de mis dos perfectas y femeninas hermanas mayores practicando era bastante irreal y cómica, pero ellas necesitaban defenderse también y si no sabían nociones básicas de defensa personal estarían en serios problemas si la guerra se avecinaba.
- Entre los dos las protegeremos, además cuando yo ya no esté, ellas tendrán a sus maridos para protegerlas, pero tu te defenderás sola. No naciste para ser una simple esposa y madre, ese no es tu destino – contestó simplemente – Akane, tienes solo seis años pero tienes la fuerza y la determinación del río. Tu deber es ser alguien importate... Veras en mi juventud yo era apodado Soun "Tora" Tendo, fue un apodo que me puso…
- Lo sé – dije cortándole, ¿Cómo no saberlo? Mi padre era el hombre al que más admiraba y siempre quería saber todo de el por eso preguntaba a madre o a el para que me contaran historias de juventud – te lo puso un vecino y amigo del pueblo, al que se llevaron cuando era niño para ser samurái.
- Happosai, si… - padre sonrió ante el recuerdo de sus años de juventud – más que un compañero, ese hombre fue mi maestro, me lo enseñó todo y según el mi destino era convertirme en un gran samurái, pues llevaba el alma del tigre dentro: fuerte, fiero, rápido y silencioso – se calló unos segundos, segundos que me parecieron eternos – pero se equivocó, mi destino no era cubrirme de gloria y pelear grandes guerras como hacía el. Lo supe cuando conocí a tu madre.
- ¿Preferiste casarte con madre que dedicarte a las artes?
Por mi tono de voz padre rio – Pensaras que estoy loco, pero solo eres una niña. Yo a tu edad pensaba igual, pero cuando conocí a tu madre, cuando supe lo que era el amor, descubrí que Happosai se había equivocado completamente. Mi destino no era ser un guerrero, mi destino era ser padre y esposo.
- ¿Y qué paso? ¿Qué te dijo el maestro cuando se enteró de tu decisión?
- Se puso muy furioso – soltó una leve tos mientras reía – madre mía estuve una semana entrenando sin parar como castigo. Según él estaba tirando un futuro prometedor por la borda e incluso me llevó a ver a un oráculo para hacerme ver mi error.
Yo escuchaba muy atenta la historia de mi padre. No era la primera vez que me contaba historias de su juventud pero esta era diferente, no sé porque. Quizás por el tono, quizás porque no me miraba mientras hablaba, pero supe que a esta historia debía prestarle más atención que al resto.
- ¡Que sorpresa se llevó con lo que nos dijo! – soltó otra carcajada y no pude evitar reír con él, contagiada de su sentimiento – según ese viejo chiflado, yo no estaba destinado a luchar en batallas, es más si lo hacía acabaría muerto y con la cabeza separada del cuerpo.
Abrí los ojos sorprendida y me aferre a él con miedo. Padre me devolvió el apretón – Pero lo que nos dijo es que aunque mi destino fuera el de vivir en paz con mi familia sin más acción que ver crecer mis cosechas, si habría alguien en la familia Tendo con la predisposición y la fuerza necesaria para convertirse en una leyenda.
- ¿Quién padre? – pregunté curiosa pues internamente deseaba que se refiriera a mí, aunque era poco probable. Yo no tenía nada de memorable, ni ninguna cualidad que me convirtiera en una leyenda que los padres contaran a sus hijos. Solo era una niña pequeña, bastante marimacho sin belleza ni porte.
- En ese momento no lo sabía, el oráculo solo nos dijo que en la familia Tendo nacería el ser que llevaría el alma del río y que esa persona estaba destinada a convertirse en una leyenda viva. No nos dijo de que forma, pero si sabía que sería alguien importante.
Abrí los ojos sorprendida, río… padre siempre me llamaba Kawa, decía que yo era como el rio - ¿yo? ¿Hablas de mi papi?
- Así es pequeña Akane. El oráculo dijo que nacería un miembro en la familia Tendo con la predisposición a triunfar, me dijo que sería como el río pero que debía encontrar a alguien con el espíritu del dragón – me miró con una leve sonrisa en la cara – nació tu hermana y en un tiempo supe que ella no era la elegida, porque era demasiado débil y pequeña – Tenía razón, Kasumi era de todo menos fiera y fuerte – Nabiki cuando nació tenía dotes, pero luego nos fijamos de que era muy maliciosa y bastante astuta, por no decir que las artes le importaban menos que una piedra – yo reí, tenía razón Nabiki no estaba hecha para el mundo de las artes. Para la estafa quizás pero las artes nunca.
- Y luego llegaste tú. Viniste al mundo una noche de tormenta, el jardín estaba prácticamente inundado y los rayos brillaban en el cielo. A diferencia de tus hermanas que nacieron con los ojos cerrados y berreando, tu viniste al mundo con curiosidad, mirándolo todo con esos enormes ojos tuyos, observando todo minuciosamente.
- ¿Lo supiste por que nací despierta?
Padre negó – No, ahí pensé que eras una ardillita curiosa, pero cuando empecé a sospecharlo fue cuando tu madre te tomó en brazos y empezaste a llorar como un becerro que estaba siendo marcado a fuego. Tus hermanas también lloraban pues estaban asustadas por la tormenta por lo que te tomé de nuevo en mis brazos y me acerqué a la ventana para que tu curiosidad pudiera más que tu mal humor.
- ¿Y qué paso después?
- Callaste, y miraste por la ventana fijamente el agua de la lluvia caer. Fue entonces cuando me di cuenta de que algo había en ti y no te aparté de mi vista. Me daba cuenta de lo tenaz que eras para ser tan pequeña, que lo que querías lo lograbas y no mediante engaños como Nabiki o pidiéndolo por favor como Kasumi, tú te sacabas las castañas del fuego tu solita. Recuerdo un día en especial, tendrías poco más de un año; tus hermanas a esa edad solo lloraban para conseguir lo que querían pero tú, tú eras diferente. Había una cesta con galletas de arroz en la mesa de la cocina, eras muy pequeña y no llegabas a por ellas. Recuerdo que me escondí en la puerta del salón para ver que hacías.
- Recuerdo que lo miraste todo, analizaste todo lo que había a tu alrededor y entonces cogiste un pequeño palo de bambú con el que tu madre golpeaba los futones. Lo cogiste y fuiste empujando el bol de galletas hasta que cayeron al suelo, entonces corriste hacia ellas y empezaste a comer con una gran sonrisa que hizo que tus ojos brillaran. La sonrisa de Amaterasu. La determinación del rio.
- ¿Voy a ser una leyenda papi? – pregunté muy animada.
- Puede ser, según el oráculo tienes todas las cualidades para serlo, pero para ello debes primero encontrar al espíritu del dragón. Según aquel viejo, esa es la única manera de que te conviertas en alguien – contestó mi padre serio – pero en la vida no debes dejarte guiar por lo que te diga la gente o darlo todo por sentado. El destino está escrito, sí, pero tú tienes que llegar a él y eso solo se consigue esforzándote. Si no trabajas jamás serás una buena artista marcial, si te dejas llevar a la deriva, solo serás la esposa de algún chico del pueblo, ¿quieres eso?
Negué rápidamente – No pienso casarme nunca.
- No le digas eso a tu madre o le dará un infarto – dijo en una carcajada padre – además para ser leyenda no puedes hacerlo sola, recuerda, debes encontrar a aquel que tenga el espíritu del dragón.
Yo fruncí el ceño – ¿Por qué? Yo no quiero un hombre dragón, yo quiero ganar mis propias batallas ¿¡No me dijiste que yo sería algo más que una simple esposa!?
- Y lo serás, Akane. Quizás el dragón sea tu compañero de batallas, quizás el amor de tu vida, o tu maestro… eso no se sabe, pero sí sé que tu destino es encontrarle.
Pensé un momento en brazos de mi padre lo que me estaba diciendo. A mis seis años lo que menos quería era ir en busca de un hombre que me sirviera de ayuda, yo no quería ni necesitaba la ayuda de ningún chico, yo era Akane Tendo, la que tenía la fuerza y determinación del río, no necesitaba un niño orgulloso para que me alisara el camino.
- Lo haré yo solita, no necesito a nadie – dije seria alejándome de mi padre para tomar el boken. Ya era casi de noche, se veían algunas estrellas y las luciérnagas revoloteando a nuestro alrededor. Me puse en posición de defensa y comencé a entrenar con ahínco, para demostrarle a mi padre que ese oráculo se equivocaba, que yo sola me las apañaría bien.
Padre se quedó en silencio mirándome de brazos cruzados. Pude ver una débil sonrisa en su cara pero no me importó, yo seguí entrenando hasta que la voz de mi hermana Nabiki me desconcentro.
- Otenba, padre, mamá dice que es hora de cenar y que dejéis de hacer tonterías.
- No son tonterías – le replique furiosa – debo aprender para protegeros y convertirme en leyenda.
Nabiki me miró sorprendida, luego lanzó una mirada a padre que no dijo nada y la cara de mi hermana se deformó en una mueca y acto seguido se echó a reír. Se carcajeó en mi cara mientras yo notaba la ira subir y colocarse en mis mejillas que se pusieron rojas de rabia – Sí claro, el día que tú seas una leyenda, yo me casaré con un príncipe.
- Te casaras con tonto Kuno y vivirás amargada mientras él se va con otras mujeres – contesté enfadada porque mi propia hermana se reía de mí y no me tomaba en serio.
Nabiki cayó de repente y me miró furiosa – ¡Retira eso!
- ¡No! Sabes que es verdad – repliqué – tú quieres casarte con él y sabes que lo lograras porque no sirves para nada más que ser una mujer florero, ¡pero yo no! ¡Yo no voy a depender de un hombre como tú!
- ¡Ja! Por supuesto que no dependerás nunca de un hombre – dijo con veneno mi hermana – Mírate ¿crees que alguien querría casarse contigo? Niña fea y torpe. Lo único que sabes hacer es pelear y ensuciarte, el día que seas vieja y estés sola te darás cuenta de las cosas, pero será tarde – esas palabras no me habían herido en absoluto, o al menos eso quise pensar, pero no era cierto. En mi corazón había una punzada de dolor, no porque mi hermana pensaba que me quedaría sola sino porque me había llamado fea, torpe y había jurado que ningún hombre se casaría nunca conmigo, me dolía que mi propia hermana no me tomara en serio ni me viera digna. Pero de eso no me daría cuenta hasta dentro de un par de años, en ese momento me dio bastante igual.
Vi a mi hermana caminar dignamente hacia dentro de la sala, estirada todo lo alta que era y con sus pequeños puños cerrados. Yo volví a fruncir el ceño y grité – ¡Mejor sola que casada con tonto Kuno! – escuché en la distancia el grito frustrado de mi hermana y luego la risa de mi padre. Aun con el ceño fruncido me giré a mirarle.
Estaba de pie justo a mi espalda mirando al suelo mientras negaba, al pasar por mi lado me puso una mano en la cabeza y dijo – Tal vez el oráculo se equivocó y no tengas que buscarlo, quizás tú seas tu propio dragón – y caminó hacia la casa no sin antes decirme – vamos o tu madre se enfadará.
Cogí mis cosas y corrí tras de mi padre. Esa fue una de las cenas más horribles que tuve. Nabiki contaba lastimeramente lo mala que había sido yo con ella y solo conseguí regaños y reproches de madre. Padre salía en mi defensa alegando que Nabiki también había dicho cosas muy feas pero madre hacía oídos sordos. Esa noche al irme a la cama puse el futón lo más lejos de Nabiki que pude, colocándome al lado de mi hermana Kasumi quien me sonreía serena y me dijo – Akane – chan, entiendo que ames las artes pero por favor, ama a las personas también, no te encierres en una burbuja…
- Kasumi – chan...
- Prométemelo Akane – me miraba con unos ojos suplicantes, casi tristes así que no pude hacer más que asentir y murmurar suavemente que se lo juraba. Con eso mi hermana pareció quedar conforme y se tumbó para dormir.
Desde mi posición se veía muy bien la ventana entre abierta, pues aun estábamos en una época calurosa por lo que podía ver las estrellas brillar fieras en el firmamento. Me acurruque de un lado para poder verlas bien y recuerdo que junte mis manos y cerré los ojos fuertemente, rezando en silencio una vez más, como llevaba haciéndolo mucho tiempo. Rezando a la ranita de oro que me liberara, suplicándole que no se olvidara de mí.
Lo que no sabía es que mi deseo ya estaba atacando a mi familia.
Aclaraciones
Shogun: Durante el siglo XII y hasta 18684 el shogun se constituyó como el gobernante de facto de todo el país, aunque teóricamente el emperador era el legítimo gobernante y éste depositaba la autoridad en el shogun para gobernar en su nombre.
Sumimasen: es una forma de decir lo siento.
Boken: espada de madera
Tora: tigre
Kawa: río
Amaterasu: diosa sintoísta del sol
Otenba: marimacho
