¡Buenas! Antes de nada es muy importante que leáis y entendáis lo siguiente: El trabajo de "protector o protectora" no existe en Japón. Esta historia se lleva a cabo en un universo alterno, es decir, la historia no sigue el orden original de Ranma 1/2 pero si sus personajes, características físicas y personalidades.
Pediros perdón también por si se me escapa algún error de ortografía. La historia es mía, pero los personajes no me pertenecen, son todos de la gran Rumiko. Humildemente pido también que me dejéis un review para saber vuestra opinión acerca de la historia. Tanto bueno como malo, cualquier crítica es buena.
Agradecer todos los review que me mandais, los leo todos y son el motivo por el que sigo escribiendo.
Sin mas os dejo leer.
La ranita de oro de Ogawa Chiisai comenzó a cumplir mi deseo antes de lo que yo pensaba, es más, temía que lo hubiera hecho segundos después de que le pidiera mi libertad, mas no nos dimos cuenta hasta que fue demasiado tarde.
Las lluvias caían fuertemente y el viento era helado. Desde la ventana de mi casita de madera veía la hierba y las cosechas de mi padre perecer. A medida que las plantas morían, también lo hacía mi madre. Al principio fue un leve malestar, un dolor de garganta leve y algunos mareos y nauseas.
Madre pensó que se trataba de un simple resfriado así que no reposo ni siquiera un minuto, según ella el deber de una mujer era tener la casa perfecta. Recuerdo que me enfadaba mucho con ella pues a veces cuando padre y yo entrenábamos ella se mareaba y teníamos que dejarlo. Luego poco a poco, fue perdiendo apetito y color. Empezó a cansarse rápido y sus dolores de garganta habían empeorado. Empeoraron tanto que al respirar hacía sonidos raros y chillones, como cuando la gente del pueblo mata a los cerdos en temporada y tenía la voz ronca.
Mi madre se marchitaba ese invierno como las rosas que teníamos en el jardín. Yo aunque era muy pequeña entendía que mi madre no tenía una enfermedad corriente como un resfriado, la cosa era más grave pero ella no quería preocuparnos a mis hermanas o a mí, demostrándome lo valiente y fuerte que era.
Eso claro no lo veía entonces. Para mi, madre era una enferma que sacaba fuerzas de donde sea para darme órdenes. Aunque su aspecto era cada vez más frágil, siempre tenía tiempo para reprenderme cuando hacía algo que a sus ojos era de marimacho, como afilar las espadas de padre. En esos tiempos solo veía a una pesada mandona, ahora veo con claridad que mi madre solo intentaba aparentar estar sana para que ni mis hermanas y yo sufriéramos, pero era inevitable que nos diéramos cuenta de que algo horrible se avecinaba, sobre todo para Kasumi, que era la mayor y estaba pronta de casarse.
Recuerdo que mi enfado cambió a preocupación una mañana muy fría. Desde mi futon escuchaba las gotas de lluvia caer con tal fuerza que pensé que un tifón estaba azotando la zona, pero no fue eso lo que me hizo levantarme sino las voces y pasos en el salón.
Me levanté rápidamente asustada pues mi casa nunca había sido tan ruidosa. Abrí levemente la puerta corredera y eche un vistazo al pasillo, dos mujeres acompañaban a mis hermanas quienes corrían pasillo arriba y abajo con toallas y baldes de agua. Padre no estaba pero podía oír su débil voz a través de la puerta acompañada de otra que logré reconocer como la de Tofu, el prometido de mi hermana Kasumi.
Salí del todo de la habitación dispuesta a dirigirme a la habitación de mis padres pero una mano me impidió moverme pues me agarraba de la parte de atrás de mi pijama. Me voltee furiosa y vi quien era – Señora Nita…
La señora Nita era una vecina del pueblo muy amiga de madre. Era joven, al menos a mi parecer, debía tener unos treinta años y estaba casada con un cuidador de bueyes. Tenían cuatro hijos y ninguno me caía bien. La mayor, Satsuki, era la amiga de mi hermana Nabiki. Pero por muy joven que fuera su cara siempre arrugada la hacía parecer una vieja uraña.
- Akane, no puedes entrar ahí – me dijo la mujer con voz grave.
- ¿Por qué? – me enfurecí, no entendía porque todos podían entrar y salir de la habitación de madre menos yo.
- Eres una mocosa insolente – me gruñó con voz de ogro. Podía ser joven sí, pero de bella no tenía nada. Tenía cara de pez gato, tanto que padre y yo en la intimidad la llamábamos Namazu. Su cara era redonda y fea, con unos enormes ojos saltones y negros y los labios bastante gruesos. Su carácter tampoco la salvaba, era una mujer caprichosa y celosa al igual que su boba hija. Madre y yo no nos llevábamos muy bien, pero mi madre le daba mil vueltas en todo a la señora Nita.
- Quiero ir con mi madre.
- Tu madre está siendo revisada por el doctor y tiene que descansar – me soltó bruscamente haciéndome caer de bruces contra el suelo. Me dolieron las rodillas a pesar de haber caído sobre el mullido tatami – Lo último que necesita mi querida amiga es que la rara de su hija le dé un disgusto.
- Yo no soy rara – murmuré furiosa ¿Quién se creía esa señora que era? Vale que fuera mayor y debía respetarla, ese había sido la enseñanza principal de padre, pero esa señora me estaba insultando en mi propia casa, ¡eso era intolerable!
- Sí que lo eres, tu pobre madre ha enfermado a causa de los disgustos que le das.
- No es cierto – dije con voz ahogada – es un resfriado.
- No lo es, mi pobre amiga está muy enferma por tu culpa, niña malcriada ¡ni hacer una cama decente sabes!
-¡No sabe usted nada de mí! – grité furiosa encarándola. Debí sorprenderla porque sus ojos de huevo se abrieron de par en par. Se abrieron tanto que temí que se le salieran de las cuencas – ¡En vez de criticarme vigile usted a su hija que anda remangándose el Kimono para que el hijo de los Ttsumoto le vea lo que tiene entre las piernas!
-¡Akane! – la voz de mi hermana Kasumi me asusto. Me gire para mirar la cara de mi hermana mayor que me miraba anonadada con un balde de agua en las manos. Yo solo respiraba agitada y apretaba mis manos fuertemente para reprimir las ganas de estrellar un puño en la cara de esa horrible mujer. No iba a permitir que me humillaran en mi propia casa.
- Kasumi – chan, menos mal que has llegado – dijo con una voz aterciopelada – Tu hermana pequeña está siendo muy mal educada, le he pedido por favor que no disturbe a tu madre y ella me ha empezado a atacar, deberíais venderla a algún distrito de Gion, allí aprendería modales.
Miraba anonadada a la vieja Namazu ¿Cómo una persona podía ser tan ruin y cruel como para mentir así? Mire a mi hermana desesperada, esta se acercó a mí con un gesto raro en la cara, no estaba seria pero su rostro delataba cierto sentimiento negativo – Kasumi – chan, no es verdad yo iba a entrar cuando esta mujer me lo prohibió.
- Madre está siendo examinada por el doctor Tofu – dijo suavemente mientras se arrodillaba a mi lado. Dejó el balde en el suelo e hizo una inclinación ante la señora Nita – Lamento las palabras de mi hermana, por favor perdónela, es muy pequeña y no se sabe controlar aun.
La señora Nita puso una sonrisa falsa en su cara aunque sus ojos demostraban satisfacción y dijo – Va, da igual, solo es una niña malcriada y mentirosa. Deshaceos de ella cuando podáis Kasumi.
- Gracias por su consejo señora Nita, pero creo que no lo tomaremos. Mi hermanita puede ser seca, nada dulce, bastante bruta y gruñona – las palabras de mi hermana mayor se me clavaban en el pecho como dagas ardientes. Nunca en mi vida había sentido este peso en el pecho, ni siquiera cuando los niños del pueblo me empujaban o se reían de mí, más, las palabras despectivas de la única persona buena de mi casa, aparte de padre claro está, me dolieron mucho. Nunca me sentí más humillada en mi vida, al menos unos segundos porque cuando yo estaba a punto de derramar una solitaria lágrima mi hermana dijo – Pero es mi hermanita, y yo la conozco bien. Es buena, cariñosa y tiene el espíritu del río, es por eso que no se puede dejar dominar – miré sorprendida a mi hermana Kasumi quien tenía un gesto serio en su cara.
Nunca había visto a mi hermana Kasumi así, ella siempre dulce y dispuesta, ahora fulminaba a la Namazu con la vista, todo para defenderme a mí – Los dioses le dieron un don, que si bien es pesado, ella sabrá dominar. Pero ahora mismo solo tiene seis años, es una niña. Así que le ruego una vez más que la disculpe pero tampoco tolerare que la desprecie en su propia casa.
La señora Nita miraba a mi hermana asombrada pero no dijo nada más. Realmente ver así a la siempre amable Kasumi, asustaba a cualquiera. Aun hoy lo recuerdo y siento un escalofrío. La mano cálida y suave de mi hermana tomó la mía y dijo – Vamos Akane, te haré el desayuno.
- Pero quiero ver a madre…
Me obligó a sentarme en la mesa mientras colocaba frente a mí un cuenco con arroz y un pescado frito – Por ahora no podrá ser, Tofu la está examinando, llevan ahí un buen rato y parece que va para largo – ella miró al suelo para ocultar el brillo de tristeza que había en sus ojos, pero no pasó desapercibido para mí. Ese brillo me asustó – Cuando esté mejor entraras a verla. Y ahora desayuna.
- Sí Kasumi – chan – no dije una palabra más. Si Kasumi que era la bondad y la alegría personificadas estaba así, no era tan tonta como para comportarme como una niñita consentida, eso era cosa de Nabiki.
Al poco rato mi padre y el doctor entraron en el salón donde yo terminaba de desayunar. El doctor Tofu, el prometido de mi hermana, era un joven alto y muy apuesto, bastante delgado y con el pelo largo y castaño sujeto en una pequeña cola en la parte trasera de la nuca.
Su rostro era gentil como el de mi hermana y al igual que ella su rostro siempre tenía una sonrisa, menos hoy – Buenos días Akane – chan ¿has dormido bien?
El tono del médico era suave pero serio, y realmente verle con ese uniforme color canela desgastado y manchado de un color carmesí, me revolvió el estómago. El doctor conoció a mi hermana gracias a mi y mis constantes heridas y golpes y yo le tenía mucho cariño, pero hoy no. No necesitaba que me saludaran, necesitaba saber que pasaba – ¿Qué le pasa a mi madre?
Mi padre me miró con una mirada severa y arrugó el ceño, tanto que su bigote tocó la punta de su nariz – Akane, ¿Qué modales son esos? ¿Es que te crie en un establo?
Me puse colorada como la parte baja de una tetera colocada al fuego. Realmente había sido una maleducada. Dejé los cubiertos en la mesa y le hice una inclinación al doctor Tofu – Discúlpeme, no quería faltarle así al respeto.
- Tranquila Akane – chan, es normal que estés preocupada, hemos causado mucho alboroto ¿te hemos despertado cierto?
Yo asentí avergonzadísima – Pero no importa, de verdad.
- Es cierto doctor – contestó mi hermana – Akane – chan siempre se despierta sobre esta hora.
Tofu asintió con una leve sonrisa. En sus ojos apareció una mueca de admiración y vergüenza cuando sus ojos chocaron con los de mi hermana mayor. Fue la segunda vez que vi el amor reflejado en los ojos de alguien. La primera vez lo vi en los ojos de padre, cuando miraba a madre, esta vez era Tofu con mi hermana, y por el brillo de los ojos castaños y almendrados de mi hermana, podría decirse que esos sentimientos eran compartidos.
Me alegré por mi hermana. En esos tiempos era muy difícil casarse con quien tu amaras y más que esa persona correspondiera tu amor. Por eso, que Kasumi-chan encontrara el hombre perfecto para ella me hizo feliz. Deseé que ese amor reflejado nunca se borrara y deseé poder verlo muchas veces.
Pero tardé mucho tiempo en volver a ver un sentimiento tal en unos ojos. Vi obsesión, lujuria, malicia, astucia, frialdad, orgullo, crueldad… más el amor tardó mucho tiempo en presentarse. Pero eso lo contaré más adelante.
Padre carraspeó un momento cortando el momento y yo le miré curiosa. Padre nunca hacía ese sonido a menos que tuviera algo importante que decir – Pequeña Kawa, no te mentiremos. Tu madre está muy enferma.
La voz de mi padre sonaba triste y apagada. Sus ojos estaban prácticamente opacos y brillantes, lo que me hizo suponer que padre había llorado. No me asustó el hecho de ver a mi padre llorar, pues él siempre decía que las lágrimas eran los sentimientos escapando de nuestro cuerpo, lo que me asustó fue que sus ojos no tenían vida.
- ¿Qué le pasa? ¿Hay que darle un tratamiento muy caro? – nadie contestó solo bajaron la cabeza lo que a mí me puso de los nervios – ¡Hablad!
- Mamá se muere maldita idiota – la voz de Nabiki nos azotó los oídos como un rayo, sobre todo a mi pues era a quien esas palabras iban dirigidas.
- Nabiki, pídele disculpas a tu hermana.
-¡No! ¡Es su culpa! ¡Por su culpa madre está muriendo! – la rabia que escupían las palabras de mi propia hermana se clavaron como pequeñas alfileres. Me puse pálida y juraría que dejé incluso de respirar. Caí en la cuenta de algo importante ¿es que el deseo a la ranita de oro había ocasionado esto? Pero… era imposible que Nabiki lo supiera.
- ¡Nabiki! – Gritó mi padre amonestado a mi hermana mayor - ¡No consentiré que digas eso! ¡Tu hermana no tiene la culpa de la enfermedad que tiene tu madre!
-¡Sí! ¡Si la tiene! – Me miró con los ojos con furia, era tal su odio que pensé que me clavaría los palillos que tenía en la mesa en el cuello – ¡Por los disgustos que le da! ¡Esos bultos de la garganta le salieron debido a los disgustos que esa tonta le da!
Entonces todo cuadró. Satsuki y la señora Nita habían dicho eso. Le habían comido la cabeza a mi hermana. Quise gritar y patalear ¿pero que le había hecho yo a esa mujer? Si la que me lanzaba piedras siempre eran sus hijas a mí, no yo a ellas… no entiendo el odio de esa señora.
- ¿Quién te ha dicho eso Nabiki? – preguntó calmado el doctor.
- No te lo diré, pero quien me lo dijo tiene razón, madre estaba sana hasta que esa otenba llegó a esta familia.
-¡Nabiki ya basta! – gritó con voz potente mi padre poniéndose en pie. Estaba rabioso, tanto que mi hermana mayor dio dos pasos hacia atrás debido al susto. Mi padre jamás había lanzado un grito así, nunca. Ni siquiera a mí cuando hablé del shogun.
- Pa… padre… - balbuceó ella con los ojos temblorosos, mas luego el miedo se transformó de nuevo en rabia – Tu siempre protegiéndola, siempre defendiendo lo indefendible… ¡mírala padre! ¡No vale nada! ¡Es la más inútil de las tres y es tu favorita!
-¡No digas tonterías! ¡Sois mis hijas, os quiero a todas por igual!
Esas palabras me dolieron un poco pero quise pensar que mi padre lo decía para que Nabiki se calmara – No me engañas… siempre Akane – me miró con esos horribles ojos marrones y alargando su puntiagudo dedo me señalo, mas yo no me dejé amedrentar – Si algo le pasa a madre… te juro que me las pagaras.
Y salió de allí dejándonos a todos helados. A penas me moví, con seis años me costaba asimilar que mi hermana en un ataque de ira me había amenazado. Kasumi soltó un lastimero gemido mientras se limpiaba una lágrima de la cara. Padre se quedó parado en el sitio, tenso y Tofu, bueno el simplemente tamborileaba con sus dedos en la madera, incomodo. Padre dio un largo suspiro y se giró para mirarme – Akane, no es tu culpa, la enfermedad de tu madre no la contagia una persona ni viene por disgustos.
- ¿Entonces por qué la tiene?
Tofu suspiró derrotado – No sabemos que es, ni cómo llamarlo, nosotros lo llamamos "la enfermedad silenciosa". Va creciendo dentro de ti sin que lo sepas, aferrandose a algún órgano de tu cuerpo y cuando menos lo esperas te empiezas a sentir mal. No es tu culpa Akane.
Yo asentí y miré mi cuenco medio lleno. No tenía apetito antes, pues ahora se me había ido del todo. Padre se sentó a mi lado y me acaricio el pelo – No te preocupes Akane, todo estará bien. Ahora come.
- Sí padre – aunque yo no tenía hambre y mi estómago se sintiera un nudo nervioso, si padre me lo pedía, yo comería hasta las vacas del vecino. Todo menos disgustar a padre. Comí en silencio pensando, intentando convencerme de que lo que me había explicado Tofu era real, que era común y que mucha gente se ponía enferma de eso, pero yo en el fondo de mi corazón sabía que Nabiki tenía razón, madre había enfermado por mi culpa. Por pedirle el deseo a la rana.
- Akane- chan – la voz de mi hermana Kasumi me sacó de mis pensamientos – Verás, hay algo que queremos decirte, antes de que nos vuelvan a interrumpir, yo…
- ¡¿Tú también estás enferma?! – pregunté asustada. Kasumi me miró con ternura y negó.
- No, pero madre está muy débil y… no sabremos cuanto aguantará – eso me cayó como un balde de agua helada. Sabía que madre estaba muy grave, pero no pensé que podría morir en cualquier momento – Ya no eres un bebe Akane, eres una niña mayor, por eso es deber decírtelo. Madre podría morir en cualquier momento.
Mi padre soltó un gruñido que se quedó atorado en la garganta. Sus manos callosas y grandes debido a los años de duro trabajo sujetaban su cabeza, sus largos dedos apretaban su cuero cabelludo con dolor – Akane – la voz de mi hermana me trajo de vuelta a la realidad – Como madre está tan débil, y no sabemos cuánto… aguantará, Tofu y yo vamos a casarnos, el sábado.
Abrí los ojos sorprendida, mas no dije nada, solo asentí. Si adelantaban tanto la boda era que madre estaba más mal de lo que pensaba. Por Kami, acababan de decirme que mi madre iba a morir. Entendí a la primera porque adelantaban la boda.
Madre tenía una única ilusión en la vida, casarnos. Al estar enferma lo más probable es que no viera a sus hijas unirse en matrimonio con nadie y por eso Kasumi y Tofu decidieron adelantar el enlace. Era para que madre se fuera al más allá con la ilusión de ver al menos una de sus tres hijas casadas.
El resto de los minutos fueron silenciosos, nadie hablaba, solo se escuchaban las respiraciones lentas y los débiles suspiros de padre. Le miré de reojo, estaba destrozado. Llevada por mis impulsos me levanté del suelo y corrí al jardín. Nadie me detuvo.
Corrí y corrí hasta que llegué a Ogawa Chisaii y me arrodille, clavando mis dedos en la húmeda hierba. Llovía a cantaros, la lluvia no había cesado en toda la mañana por lo que en menos de un segundo mi vestido-pijama estaba empapado y se pegaba a mi piel, al igual que mi corto pelo que se me quedaba pegado en la cara. Las gotas de lluvia hacían remolinos en el agua al chocar contra el rio y el pequeño riachuelo medio vacío que antes era Ogawa Chisaii, era ahora un pequeño rio enfurecido. Padre tenía razón, el rio nunca muere, siempre saca fuerzas y renace, el rio nunca muere, como madre.
Junte mis manos y apreté los ojos fuertemente – Por favor, ranita, no quiero ser libre, no concedas mi deseo, onegai, ranita – sama te lo pido por favor.
Estuve bajo la lluvia repitiendo esas palabras no sé cuánto tiempo. Tiritaba de frio, estaba mojada y el aire helado junto con la humedad de mi cuerpo provocaban que mi piel se pusiera de gallina. Recé y recé, pero no solté una lágrima. Recé bajo la lluvia hasta que mi hermana con un paraguas de laca, se colocó a mi lado a techándome. La miré débilmente y ella sonrió para tomarme la mano y llevarme a casa.
Ese día no entrene, sino que rece por madre.
Pasaron los días y la boda de mi hermana y Tofu se realizó con éxito. Mi madre estaba presente, con una débil sonrisa en el rostro, una sonrisa que mostraba satisfacción. Madre estaba feliz, padre estaba feliz, o al menos eso aparentaba, y todos estaban felices, pero yo no. Yo no estaba feliz por dos simples motivos.
El primer lugar no era feliz porque mi hermana acababa de casarse con doce años. El trato era que esperarían a los quince, pero debido a las circunstancias todo se tuvo que adelantar. Mi hermana de doce años estaba casada con un chico de dieciocho que aunque era muy bueno y sabía que no le faltaría de nada, a mis ojos era como si mi padre se casara con una anciana de setenta.
Y en segundo lugar, no era feliz porque si esta boda se estaba llevando a cabo, era simple y llanamente porque madre estaba muriendo.
La ceremonia fue rápida, mi hermana vestía un hermoso shiramuko blanco con un enorme wataboshi en la cabeza que parecía una enorme bola de arroz. Mas no quitaba que estuviera hermosa, pero claro, Kasumi lo era. Tofu, entró con su padre y llevaba su montsuki negro perfectamente puesto. Eran la belleza y la elegancia personificada. Yo por el contrario parecía un vomito de buey. Mi madre con su pulcro Kimono negro no destacaba, yo era como un destello. Mi Kimono era amarillo con flores naranjas y rosas al igual que el de mi hermana Nabiki. Ella lo amaba porque la hacía destacar. Yo lo odiaba, pero debía hacer a madre feliz, y más en su situación.
Cuando finalizó la ceremonia, Kasumi se fue con el doctor Tofu, el cual era ahora mi cuñado. Sentí mucha tristeza en el corazón pues ahora mi hermana no estaría más con nosotros. Ahora tenía un marido, alguien a quien cuidar y amar. Kasumi ya era lo que mi madre siempre quiso que fuera. Una simple esposa. Con doce años.
Recuerdo que esa noche no recé, esa noche simplemente me tumbé en mi futón y escuché la lluvia caer lejana. Pensé en mi hermana Kasumi y en que estaría haciendo ahora, si estaba triste o asustada por tener que dejarnos. Pensé en Nabiki, que se había mudado de habitación porque no soportaba estar conmigo ya que me culpaba de la enfermedad de madre. Pensé en padre y madre y lo duro que tiene que ser saber que en cualquier momento no volverás a amanecer o que perderás al ser amado…
Pensé y pensé y volví a pensar en mi futuro, en mi deseo y todo lo que ellos deparaba. Y sin darme cuenta caí rendida suplicando a quien quiera que me escuchara que le diera tiempo a mi madre.
Pero no se lo dio. Al cabo de unas semanas el estado de madre empeoró. Tosía día y noche y sangraba cuando lo hacía. No me dejaban ir a verla pues estaba tan delgada que parecía un cadáver andante. Hoy en día me arrepiento el no haber luchado contra ellos, el no haberme revelado para pasar tiempo con madre porque estaba a punto de perderla.
Una tarde, estaba en el jardín entrenando. Según padre la mejor manera de superar el dolor era entrenando muy duro, pues así te evadías del mundo. Pero él no lo hacía, él se pasaba día y noche con madre, puede que por eso el pareciera tan cadáver como ella. Padre ya no era la sombra de lo que fue. Ahora estaba delgado, más aun que antes y pálido. En sus ojos asomaban dos enormes bolsas amoratadas producidas por no dormir y su perfecto y largo pelo negro había comenzado a tornarse blanco.
Estaba dando golpes con el boken cuando la voz de mi cuñado me sacó de la burbuja en la que estaba. Me giré para mirarle y me dijo – Ven por favor, tu madre quiere verte.
Yo me asusté, realmente lo hice pues madre siempre me pedía que no entrara. Si esta vez quería que fuera es que debía estar muy mal. Solté mi espada de madera y camine lentamente hacia Tofu quien me guio hasta la habitación de madre. La casa estaba oscura y lúgubre, como si la sombra de la muerte se cerniera sobre ella. A los pies de la puerta de la habitación de madre, Kasumi y Nabiki estaban abrazadas entre sí, llorando.
Mi corazón dio un vuelco. Apuré el paso y sin devolverle la mirada glacial a mi hermana del medio, corrí la puerta y entre en la habitación de mis padres. Me quedé helada. Mi madre era apenas un bulto en el enorme futón. Su cara demacrada me asustó. Estaba pálida y sus mejillas estaban hundidas. Padre estaba a su lado arrodillado tomándole su huesuda mano.
Madre giró la cabeza lentamente y me miró. Sus ojos doloridos brillaron y sonrieron con cariño y dulzura lo cual hizo que me diera un escalofrío. Madre siempre miraba así a mis hermanas, pro a mí nunca.
-Akane… mi pequeña – yo baje la mirada avergonzada. En ese momento mi rechonchos pies enfundados en calcetines grises me parecían muy interesantes – Ven, acércate.
La voz débil de mi madre me hizo mucho daño. Era una voz ronca y temblorosa. Una voz suave como de quien teme que la vida se le escapa entre los dedos. Me acerque lentamente y me arrodille a su lado. Madre alzo su mano y me tocó la mejilla – Mi niña, mi pequeña.
Yo no rechacé el gesto más tampoco me moví, no estaba acostumbrada a que mi madre hiciera esto conmigo y me dejó helada su comportamiento. Lo siguiente que dijo, destrozó mis barreras – Lo siento tanto, mi niña.
Mi corazón dio un vuelco y yo abrí los ojos de par en par. Madre me estaba pidiendo perdón, a mí. Aunque eso me alegró, sentir su huesuda mano acariciarme me hizo reaccionar. Yo sonreí con tristeza y negué – No hay nada que perdonar madre.
- Sí que lo hay mi pequeña – dijo en un murmullo mientras sus ojos brillaban producto de las lágrimas que iba a soltar – Me he pasado la vida machacándote, intentando hacerte ser algo que no eres.
- No importa madre – dije acariciando su piel – Te perdono todo.
Ella sonrió sinceramente – me alegro, me iré más tranquila sabiendo que mi pequeña Kawa me perdona.
Me sorprendió la forma en la que me llamó. Kawa era el apodo que mi padre me dio, no esperaba que madre también lo supiera. Debió hacerle gracia mi cara de consternación pues soltó una débil risa y me dijo – No solo tu padre ve tu potencial cariño, yo también… pero tenía miedo.
- ¿Miedo de que mami? – soltó un débil sollozo, no sé si por mi pregunta o por como la llame. Es más, yo nunca la había llamado mami nunca. La llamaba madre, simple y llanamente. Pero en esta situación ese apodo cariñoso me salió solo.
- De todo cariño. Miedo de que algo malo te pasara, miedo de que la gente no entendiera lo especial que eres, miedo de… de todo.
Yo asentí y sentí ganas de llorar. Mas no lo hice, no quería que madre me viera en un momento de debilidad. Tosió y de entre sus labios cayó un débil reguero de sangre. Yo notaba que al hablar le dolía pero ella no calló.
- Akane, se cauta, Akane se valiente, se fuerte – me decía. Yo solo asentía aferrada a su mano – se lo que tú eres, no seas lo que otros quieren que seas. Y protege a tus hermanas y a tu padre por mí.
Tosió otra vez y esta vez fue peor. Tanto que me asusté y me alejé un poco de ella. Una solitaria lágrima cayó por mi mejilla, y luego otra y otra y otra más mientras veía a mi madre morir frente a mis ojos en un ataque de tos.
- Madre, madre… - murmuré. Su tos se calmó pero se dejó caer contra el futón sin fuerzas, cerrando los ojos y respirando fuerte, como si le doliera la vida. Me miró una vez más y me dijo – Te quiero Akane, eres mi pequeño rio. Fluye y lucha cariño.
Cerró sus ojos y soltó un largo suspiro. Yo me lancé a sus brazos sorprendiéndola. Lloré, lloré como la niña de seis años que era, lloré como una niña asustada que estaba perdiendo a su madre. Ella y padre lloraron conmigo, mientras sus brazos me arrullaban y madre y yo hacíamos las paces en silencio. No podía dejarla irse sin decirle algo que llevaba queriendo decirle – Mami – ella soltó un débil gemido para que supiera que me escuchaba – Te quiero.
Y no mentía, yo quería a mi madre, a mi padre muchísimo más eso es verdad, no podía negarlo, pero mi madre, era mi madre. La mujer que me había traído al mundo y que había luchado por que el mundo me aceptara o porque yo aceptara al mundo. No podía dejarla irse sin que supiera que la quería.
Ella soltó un sollozo y susurró – Yo también cariño.
Luego comenzó a toser, tosió y tosió y mancho mis ropas de sangre. Comenzó a ahogarse y yo lloré más fuerte. Padre gritó, yo lloré y entonces Tofu entró por la puerta apartándome de mi madre. Kasumi me sujeto por los hombros mientras yo pataleaba y gritaba. Llorando de rabia, viendo a mi madre sufrir.
Nabiki apareció en la habitación llorando queriendo acercarse a madre, pero Kasumi la detuvo. Aprovechando esto yo me solté de mi hermana mayor y salí corriendo pasillo abajo. Crucé el salón y salté al jardín con los pies descalzos. La hierba fría me pinchaba la planta de los pies pero me daba igual, corrí por el jardín llorando y me arroje de rodillas, una vez más, junto a Ogawa Chisaii.
Otra vez estaba en calma, prácticamente congelado por el frio que hacía, pero ahí estaba, vivo. Lloré a las orillas del riachuelo, dejé que mis lágrimas se fundieran con las del cauce del rio y supliqué una vez más a la rana de oro que diera marcha atrás su magia. Ya no quería que me cumpliera el deseo, no si era a costa de la vida de madre.
Un par de copos se posaron en mis manos y abrí los ojos sorprendida. Miré el cielo gris que también lloraba, pero lloraba lágrimas de hielo. Me quedé embalsada ante el paisaje que se iba coloreando de blanco. La nieve caía sobre mí débilmente y entonces el grito mortal de mi padre me asustó. Miré a mi casita de madera que estaba débilmente alumbrada por las luces de las lámparas de aceite y las velas.
Tofu apareció en el salón, su figura estaba borrosa por culpa de las lágrimas de mis ojos, pero le vi agacharse para apagar la luz del salón con un soplido. Me miró y negó con la cabeza débilmente, explicándome sin palabras lo que yo más temía.
Poco a poco las luces de la casa se iban apagando y yo me quedé helada en el mismo sitio donde estaba. Sin saber qué hacer. Mi madre había muerto.
Madre se fue con la primera nevada.
Aclaraciones:
Ogawa Chisaii: algo así como pequeño arroyo.
Namazu: Según la mitología japonesa, es un siluro (o pez gato) gigante que habita en las profundidades y puede producir terremotos.
Gion: Uno de los distritos mas famosos de Kyoto. Era una de las zonas con mayor población de geishas desde hace varios siglos.
Shogun: Especie de gobernador. Aunque el quien tenía la máxima autoridad era el emperador, este depositaba autoridad en el shogun para gobernar en su nombre.
Otenba: Marimacho.
Shiramuko: Kimono nupcial típico en las bodas tradicionales sintoístas. Suelen ser blancos y rojos.
Wataboshi: Tocado redondo y blanco que se coloca en la cabeza de las novias en la boda tradicional japonesa.
Montsuki: Kimono de gala negro que lleva el novio en la boda tradicional japonesa.
Boken: Espada de madera.
