¡Buenas! Antes de nada es muy importante que leáis y entendáis lo siguiente: El trabajo de "protector o protectora" no existe en Japón. Esta historia se lleva a cabo en un universo alterno, es decir, la historia no sigue el orden original de Ranma 1/2 pero si sus personajes, características físicas y personalidades.
Pediros perdón también por si se me escapa algún error de ortografía. La historia es mía, pero los personajes no me pertenecen, son todos de la gran Rumiko. Humildemente pido también que me dejéis un review para saber vuestra opinión acerca de la historia. Tanto bueno como malo, cualquier crítica es buena.
Agradecer todos los review que me mandais, los leo todos y son el motivo por el que sigo escribiendo.
Sin mas os dejo leer.
Japón 1851
Ya habían pasado cuatro años desde que mi madre había muerto y si antes me sentía triste, ahora era una desgraciada. Lo peor que pude hacer en mi vida, fue pedirle un deseo a un Yokai. En esos tiempos yo ya no era una niña de seis años, sino una de diez. Mi familia había cambiado, yo había cambiado… todo había cambiado.
Desde que murió madre, padre ya no era el mismo. Ahora bebía mucho sake, su principal función en la vida era levantarse de la cama e irse al pueblo a beber para luego volver tambaleándose a casa y tirarse en el futón a dormir la borrachera.
En el pueblo nos miraban con lástima y una mal disimulada burla. Era de dominio público que padre salía tarde de casa a gastarse nuestro dinero en bebida y mujeres. No me molestaba que padre buscara consuelo en otros brazos femeninos, al menos no a mí, pero lo que dolía es que esas mujeres no eran geikos, sino que siempre le veían escabullirse al barrio rojo del pueblo.
Entraba en el sobre las ocho de la tarde y no salía hasta bien entrada la madrugada. Lo sé, porque las primeras veces permanecía despierta sentada en la escalera de madera que une las dos plantas esperando a que llegara. La primera vez que vi a padre en esas circunstancias, borracho, rojo y sudado, lloré por él. La muerte de madre también me había hecho perder a mi padre.
Las largas horas de bebida en la noche, hacían que por el día se dedicara a dormir, por lo que descuidaba su trabajo de cortar maderas y cuidar nuestras cosechas. Los primeros meses el señor Yosida se portó muy bien con nosotros pues comprendía nuestro dolor, pero a medida que el tiempo pasaba terminó por cansarse y echó a padre, dejándonos sin un importante sueldo.
Con solo siete años tuve que aprender a llevar una casa y un campo. Aprendí a coser, limpiar, barrer, arar los campos, cosechar… Entre mi hermana Nabiki y yo, llevábamos a duras penas la casa.
Mi hermana mayor Kasumi, a pesar de estar casada, pasaba mucho tiempo en casa los primeros años, pues su marido veía cruel alejar a tres hermanas tan pequeñas que habían sido golpeadas por la vida con tal brutalidad. Nos pusimos muy contentas y agradecimos enormemente la bondad del buen doctor, más al tercer año de la muerte de madre, Kasumi decidió espaciar sus visitas y hacer vida matrimonial con su esposo, pues ya tenía quince años. Tofu insistió en que no importaba pero las tres hermanas sabíamos que era tiempo de que Kasumi fuera definitivamente esposa.
A pesar de que ya no viene tanto a vernos, nos encontramos en el pueblo o viene a casa a echar una mano, pero lo hace muy poco, sé que le duele ver a padre así. A mí me consuelas saber que en su matrimonio es muy feliz.
Nabiki por el contrario se prometió formalmente con Tatewaki Kuno a los dos años de la muerte de madre. Con tan solo diez años.
Como padre estaba en las condiciones que estaba, la familia Kuno no estaba muy por la labor de comprometer a su hijo y heredero con la hija de un granjero borracho y viudo, pero la insistencia de la joven pareja y los acuerdos que hicieron con Tofu, que fue quien hizo de cabeza de familia de las Tendo, consiguió convencer a la familia.
A mí por ese entonces me pareció una locura, hoy en día todavía me lo parece. Pero en esa época era muy normal casarse muy joven. Los años venideros Nabiki fue una completa bruja conmigo, ella era quien administraba la casa, el arroz que comeríamos, el dinero y las tareas que haríamos, tocándome a mí siempre lo más duro y la comida menos abundante. Creo que me culpaba de la mala fortuna que estábamos teniendo, es más, sabía que entre su círculo de amistades me llamaba Nonoshiri. Mi relación con Nabiki fue tensa esos cuatro años que pasaron, sobre todo cuando yo cumplí los diez porque en esa época su prometido empezó a rondarme para gran desagrado mío. No sé qué pretendía Tatewaki, pero no me gustaba la forma en la que me miraba, y a mi hermana tampoco, pero en vez de culparle a él, me culpaba a mí. Hoy en día recuerdo como me miraba cuando Kuno estaba en la misma habitación que yo, culpándome de que su prometido me prestara atención.
Yo por el contrario seguía igual que antes aunque un poco menos "otenba". Me negaba a pedir nada a nadie, pues sabía que pedir un favor llevaba a que tarde o temprano deberías saldar tu deuda y no quería tener que deberle nada a nadie como hacía Nabiki con sus préstamos chanchullos. A mis diez años solo había cambiado físicamente, en mi personalidad seguía latente el espíritu del río.
A mis diez años era alta, no tanto como Nabiki que con ahora doce años parecía una joven de dieciséis, pero alta. Mi cara se había afinado y notaba pequeños cambios en mi cuerpo pero nada grave, aún tenía esa aura de la niñez y ese espíritu libre que hacía que la gente del pueblo me mirara como un bicho raro.
El mayor cambio sufrido fue mi pelo. Al poco de morir madre, decidí dejarme el pelo largo, como ella siempre me pedía. Fue una forma de rendirle homenaje y pedirle perdón por haber pedido ese fatal deseo a la rana de oro. Fuera de eso, Akane Tendo, seguía siendo Akane Tendo.
Por aquella época mantenía la casa prácticamente sola; me encargaba de todos los quehaceres salvo de cocinar, eso era prácticamente imposible por mucho que lo intentara. Mis manos estaban llenas de callos y durezas debido al trabajo en el campo y entrenar. A pesar de que padre ya no tenía ánimo para entrenarme, yo seguía haciéndolo recordando todo lo que me había enseñado y perfeccionándolo a mi manera, siempre a orillas de Ogawa Chiisai.
Normalmente al final de la jornada acababa muy sucia, tanto, que cuando iba al pueblo a los baños públicos, la gente a veces me miraba con asco, como si fuera una vagabunda que quiere robarles. No lo soportaba.
- Vaya, vaya ¿Quién está aquí? – me giré cuando esa voz se coló en mis oídos. Ese sábado por la mañana estaba en casa. Padre dormía la borrachera pues hacía un par de horas que había llegado de su salida nocturna y Nabiki estaba vistiéndose. Maldije mi mala suerte.
- Kuno – san, buenos días – contesté sin girarme a mirarle.
- Akane – chan, deberías tratarme con menos formalidad – dijo con un asqueroso tono pasteloso – Pronto seremos familia.
Yo apreté el trapo que tenía en mis manos, aguantándome las ganas de estampárselo en la cara y me giré para mirarle con una falsa sonrisa – Nabiki – chan esta vistiéndose, bajará ahora – dije ignorando su comentario – voy a avisarla.
Estaba dispuesta a salir de la habitación como alma que lleva el diablo. Me incomodaba terriblemente estar con Kuno en una misma habitación a solas. Cuando pasé por su lado me tomó firmemente un brazo, yo le miré asustada – Espera Akane- chan, no hace falta, la esperamos juntos ¿sí?
- No es apropiado – dije intentando soltarme – déjame ir Kuno.
Soltó una asquerosa risa que me hizo sentir ganas de vomitar. Apretó más mi brazo y me acercó a él, temblé asustada, no de Kuno, pues al menor movimiento pervertido le patearía esa estúpida cara sin problemas, pero la sola idea de que Nabiki entrara me causaba pavor, a saber qué pensaría de mí, aunque fuera inocente.
- Pero Akane, querida ¿Cómo dejar ir de mi lado a una bella mujer?
- No deberías decirme a mi tal halago, Nabiki es tu prometida.
- Hermosa sin duda – dijo son una socarrona sonrisa – pero no se compara a ti Akane – chan – Vi su mano moverse hacia mi cara para tocar mis mejillas y apretar. Estaba en una posición realmente comprometida e incómoda – Eres toda una bella flor.
- Te equivocas – dije moviendo la cabeza bruscamente para soltar su agarre – Ahora quita tus sucias manos de mi si no quieres que te las quite yo.
Kuno soltó una risa estridente – Eso es lo que me gusta de ti, que a pesar de todo, eres una guerrera fiera y hermosa – me miró con un brillo en los ojos que no había visto nunca pero que me resultó asqueroso – escapémonos akane. Escapémonos juntos.
- ¿Qué has dicho? – pregunté en shock
Kuno apretó más su agarre consiguiendo que saliera un débil quejido de mi garganta – Huyamos Akane, lejos de tu hermana, de todos. Huyamos, se mi esposa y seamos felices.
-¡Estás loco!
- Loco por ti pequeña princesa – no sabía que estaba pasando, en mi cabeza no podía caber la idea de que el prometido de mi hermana me estaba haciendo tan asquerosa proposición a pocos metros de su prometida. Vi que ponía una sonrisa socarrona en el rostro y poco a poco bajó su cabeza, acercando sus asquerosos labios a mí. El pánico y la rabia recorrieron mi cuerpo así como las aguas recorren el río embravecido. Dio un ligero paso hacia atrás alejándome mientras lanzaba hacia atrás mi brazo libre y apretaba mi puño.
- ¡Te he dicho mil veces que me das asco Kuno! – le pegué un puñetazo con tan fuerza que le tumbe en el suelo consiguiendo así que me soltara. El aire salía de mis pulmones agitado y tenía la vista fija en la cara del idiota arrugada por el dolor. De su labio salía un hilo de sangre – No te me acerques en tu vida Kuno.
-¿¡Que ha pasado aquí!? – la voz de mi hermana mayor me hizo salir del trance. Nabiki vestida en un favorecedor kimono azul se acercó y se arrodillo junto a su prometido con la cara descompuesta – Kuno – chan ¿Qué ha pasado? –
- Tu hermana… me hizo una proposición indecorosa – dijo con voz lastimera. Yo abrí los ojos de par en par, al igual que mi hermana quien me miró con rabia.
- ¡Mientes! – Grite – Nabiki… ¡fue el!
- Tu hermana intento seducirme querida mía – dijo dejándose mimar por mi hermana – Me dijo que me deseaba y que me escapara con ella, cuando me negué… ¡enfureció y me golpeó la cara!
Yo no podía creer lo que estaba presenciando. Comencé a temblar de ira y miedo. Mi hermana Nabiki se levantó lentamente con una mirada sombría y se acercó a mí. Cuando estuvo a mi altura me miró a los ojos. Yo no podía hablar, sabía que me iba a caer una buena reprimenda.
- Nabiki, lo juro, yo no fui… - decía desesperada intentando inútilmente que mi hermana me creyera – Él me dijo que me amaba, que quería estar conmigo, yo no…
Una potente bofetada me calló. Mi hermana estrelló su huesuda mano en mi mejilla con tanta fuerza que me volteó la cara. Aún hoy de vieja, recuerdo perfectamente el resquemor en mi mejilla derecha.
- Fuera de mi casa – me dijo con voz potente. Yo solo podía mirarla con los ojos aguados por las lágrimas que se acumulaban – ¡Lárgate!
Salí corriendo como alma que lleva el diablo. Ni los geta me puse. Salí corriendo por la puerta que daba al jardín. Corrí y corrí todo lo que mis piernas me dieron. Las lágrimas bañaban mi cara por la impotencia de que mi propia hermana no me creía.
Corrí tanto que levantaba el polvo del camino. Llegué al pueblo y seguí corriendo, cruzándome con varias personas que me saludaron sin obtener respuesta y chocando con otras tantas. Esa falta de educación me saldría cara más tarde, pero en esos momentos era lo que menos me preocupaba, yo solo quería ir con la única persona que aún me amaba en esos momentos. Mi hermana Kasumi.
Me metí entre las callejuelas del barrio de comerciantes, gire a la derecha pasando entre las pegadas casitas de madera y volví a girar a la derecha. Allí de nuevo casas y casas pegadas unas a las otras con faroles a la entrada ahora apagados y al final, la casa de mi hermana. Corrí aún más rápido y me tropecé con mis propios pies cayendo sobre un charco negro. No me dio tiempo a sentir asco, rápida como una centella me levante y me acerqué a la puerta donde golpee tres veces con el puño cerrado.
Espere un breve tiempo y la puerta se abrió. Los ojos amables y marrones del Doctor Tofu me miraron sorprendidos. Cansada, llorosa y sucia, debí de ser una visión lamentable – Akane – chan…
- ¿Esta mi hermana? – no me importó ser una mal educada, solo quería el consuelo de mi hermana mayor. El doctor asintió y se hizo a un lado para que pasara. Me incline agradecida y entré en la casa de mi hermana.
A diferencia de la nuestra, la casa de mi hermana mayor era hermosa. También era tradicional, pero mucho más pequeña pues la parte grande de abajo se usaba para el consultorio de mi cuñado. Recuerdo muy bien el olor de la casa de mi hermana; limón e incienso. Las paredes estaban decoradas con imágenes del folklore y algunos escritos. Jarrones, vasijas y biombos decoraban la austera casita de madera de mi hermana.
Envidié a Kasumi en esos momentos. A su lado, yo vivía en una pocilga, por mucho que me esforzara por mantener la casa, una niña de diez años no puede hacerse cargo sola. Pero claro, eso antaño no lo veía.
Tofu me acompañó a la sala decorada únicamente con una mesa de madera. El tatami de paja era de un color amarillento claro. Miré avergonzada a Tofu cuando me di cuenta que la suciedad de mis pies había manchado tan bello suelo. Pero lejos de enfadar, el bueno de Tofu me regaló una sonrisa.
- No te preocupes pequeña Akane, tiene arreglo – me tendió un trapo que siempre llevaba dentro de su traje de médico – sécate las lágrimas, voy a por tu hermana.
Asentí agradecida y espere en silencio en esa sala, rememorando una y otra vez la situación vivida momentos antes. Nunca me había parado a pensar en lo que Nabiki sentía por mí, pero ese día me quedo claro que el sentimiento predominante era el odio. Me sorbí los mocos con fuerza y suspiré. Unos pasos me llamaron la atención y al momento la cara descompuesta de mi hermana se hizo presente.
Al igual que Nabiki, mi hermana Kasumi llevaba un precioso Kimono de manga corta rosa pálido con estampados de grullas blancas. Su cabello estaba peinado como el de las mujeres casadas pero seguía teniendo ese rostro infantil. No dejaba de ser una niña de dieciséis años, aunque en ese momento yo la vi como toda una mujer.
- Akane… - su voz rota del dolor consiguió devolverme la pena. Mis ojos volvieron a llenarse de lágrimas y bajé la vista apretando los puños y mordiéndome los labios fuertemente. Odiaba llorar como un estúpido bebe.
Mi deseo era lanzarme a los brazos de mi hermana mayor, pero estaba muy sucia y temía manchar el bonito traje de mi hermana, pero a ella no pareció molestarle. Sin darme cuenta se lanzó a mí, acunándome entre sus brazos como hacía cuando era pequeña. Aún recuerdo el olor y el calor de Kasumi. Es algo que nunca olvidaré.
Recuerdo que lloré en sus brazos mucho tiempo. Me aferraba a la tela de su kimono con fuerza, temiendo que solo fuera un sueño. Cuando me tranquilice, me separe levemente de ella, mirando con pena las manchas negras que su precioso traje tenía.
- Gomen ne Kasumi – dije bajando la mirada – Por mi culpa tu traje y tu tatami se ensucio.
Kasumi negó con la cabeza sonriendo débilmente – No sufras por ello Akane – chan, solo es un traje – entonces su vista se fijó en mi vestimenta. Yo no llevaba Kimonos tan bonitos como los de mis hermanas. Nabiki dijo que eran gastos innecesarios por lo que a los ocho años comencé a usar trajes de sirvienta. Kimonos de una sola capa azules o marrones bastante sobrios y raídos. Mi hermana solo me dejaba usar kimonos cuando venía alguien a casa, por ejemplo la vieja Namazu o Kasumi - ¿Qué haces con esta ropa?
- Es lo que llevo siempre.
- ¿Y tus Kimonos? – pregunto contrariada. Sabía de buena mano que Kasumi nos regalaba sus Kimonos viejos. Estos pasarían a Nabiki, para luego ella cederme los suyos a mí, pero como me dijo una vez, un trapo no debe vestirse de sedas, sería un insulto para quien ha obrado tal belleza de la costura, por lo que sus kimonos vieron eran vendidos en el mercado mientras ella se quedaba con los de Kasumi.
- Los vendió.
Kasumi no dijo nada pero pude ver en ella un leve tono de dolor en sus ojos. El dolor iba acompañado de algo más, una silenciosa disculpa. Kasumi me estaba pidiendo perdón con la mirada por haberse ido.
- ¿Qué ha pasado Akane?
Yo suspiré pues no quería recordar más esa horrible escena, pero había venido a su casa por lo que debía contestarle sinceramente – Esta mañana Kuno se presentó en casa… - vi que mi hermana se tensaba un poco. Era de la opinión de que un hombre no debía pulular por las casas donde hubiera mujeres sin supervisión, y menos si estos eran unos pervertidos como Kuno.
- ¿Te hizo algo? – nunca había escuchado tal tono de voz en mi hermana Kasumi. Yo baje la vista una vez más avergonzada y no contesté. Kasumi inspiró profundamente y dijo – ¿Te hizo algo?
- Contesta Akane – la voz de Tofu hizo que nos giráramos. El buen doctor estaba de pie a la entrada del salón. Su gesto siempre dulce ahora era serio.
- No – me miraron con incredulidad – Bueno, lo intentó, pero no le dejé.
- ¿Es por eso que Kuno – san tiene el labio roto? – preguntó. Levanté el rostro con un enorme sonrojo. Me moría de vergüenza solo de pensar que el bueno del doctor había oído algo acerca de mi golpe a Kuno. Pero me tranquilizó enormemente ver que intentaba disimular una sonrisa. – He ido hasta tu casa y lo he visto, sus padres estaban como locos exigiendo un castigo para ti.
Yo asentí y Kasumi suspiró – Akane – chan, las chicas no deberían ir por ahí golpeando a la gente.
- ¡Me dijo cosas malas! – grité con ira. Aunque yo solo fuera una niñita asustada no era tonta. Sabía que las intenciones de Kuno conmigo no eran buenas y que lo que me había propuesto rozaba lo indecente – Es un hentai, me dijo que me fugara con él y que nos casáramos.
Kasumi miró a su marido y este se sentó a nuestro lado cruzándose de brazos – Eso dice el, pero al revés. Te acusa a ti de descocada y de querer seducirle.
- ¡Pero si es una niña! – Dijo Kasumi levantando levemente la voz – Ella... no podría.
- No he dicho que le crea – contestó Tofu – Pero debemos arreglarlo cuanto antes para que Akane pueda volver a casa. Nabiki está muy enfadada.
- ¿No me puedo quedar con vosotros? – pregunté desesperada. Ellos me miraron con pena y supe que la respuesta era negativa, aunque no me lo quisieran decir directamente – Puedo ayudar en la casa. Se coser, y limpiar y…
- Tu sitio no es este Akane – me dijo maternalmente Kasumi – yo tengo que vivir con Tofu pues soy su mujer y tú debes volver a casa.
- Pero Nabiki me ha echado.
Tofu movió con tensión su cuello a ambos lados – En eso tiene razón Kasumi – mi hermana mayor miró con ojos afligidos a su esposo quien sonrió levemente – Es la hermana mayor, ahora dueña de la casa al estar tu padre en el estado en el que está. Si Nabiki no quiere que Akane vuelva…
- No puedo dejar a mi hermanita en la calle – dijo abrazándome protectoramente. Yo me aferre también a ella. Era la primera vez en cuatro años que volví a sentirme querida.
- No lo haremos, yo iré a hablar con Nabiki y llegaremos a un acuerdo.
- ¿Ahora? – preguntó Kasumi. Tofu asintió y de entre sus vestimentas sacó un pequeño paquete que me tendió.
- Es un kimono limpio Akane – chan. – Yo lo tome haciendo una leve inclinación para agradeceré el gesto – Vete a los baños, aséate y tira ese traje de criada. Cuando termines vuelve a tu casa.
- ¿Estaréis vosotros allí cuando vuelva? – pregunté temerosa.
Tofu se agachó a mi lado y me palmeó con cariño la cabeza, como si fuera también su hermanita pequeña – No nos moveremos hasta que estés en casa Akane – chan.
Yo asentí no muy convencida. Lo último que quería hacer era volver de nuevo a casa con Nabiki mas sabía que debía hacerlo porque Kasumi y Tofu no podían mantenerme. Ahora mi destino dependía de un padre ausente y una hermana tirana.
Con una leve inclinación salí de la casa y me coloqué unos geta nuevos y pequeños que había en la puerta de la casa de Kasumi. Posiblemente mi cuñado los había comprado al volver para mí. Suspiré frustrada, y me encaminé rumbo a los baños públicos.
Caminé con la mirada gacha sin mirar a nadie, escuchando los murmullos de la gente del pueblo, tachándome de rebelde, de desagradecida, algunos incluso comentando que era un demonio que podía adquirir forma humana venida al mundo para causar desgracias. Aceleré mi paso dejando atrás a esa multitud de gente que se atrevían a acusarme sin conocerme, simplemente dejándose llevar por lo que Nabiki y sus amigas decían de mi.
Entré en los baños y me saqué la sucia y rota ropa de encima con rabia. Agradecí enormemente que a mí alrededor nadie me prestara atención, al menos así podría tener un momento de paz para mi sola.
Me froté con fuerza el cuerpo queriendo quitar la asquerosa sensación que la mano de Kuno había dejado en mi piel. Me sentí asqueada y dolida de que mi propia hermana me tuviera en tan baja estima ¿Qué le había hecho yo a Nabiki? ¿Por qué me odiaba de esa manera? ¿Será porque me culpaba de la muerte de madre? ¿O era tal vez que su prometido siempre revoloteaba a mí alrededor? No lo sabía y creedme, a día de hoy, todavía no lo sé. Supongo que es algo que me llevaré a la tumba.
Me tiré el agua por encima para quitar los restos del jabón y caminé enrollada en una pequeña tela a la bañera de agua caliente para intentar relajar mi tensionado cuerpo. Me metí en la bañera más alejada y vacía que pude, acurrucándome en una esquina de esta, abrazando mis piernas con mis brazos echa un ovillo.
Deseé con fuerza no ser Akane Tendo, deseé con fuerza entender a Nabiki y deseé aún más fuerte recuperar a mi padre. Todo en la vida me había salido mal y cuando pedí el deseo a la rana de oro todo empeoró. Madre estaba muerta, padre prácticamente también y yo me sentía más encerrada que nunca.
Solté un suspiro y levanté la vista para mirar a un hombre que observaba a una mujer que había en el otro lado del baño. La muchacha de no más de veinte años estaba en una enorme bañera, sola igual que yo con su largo pelo recogido en un mal peinado moño con las mejillas encendidas y un rostro amable. El hombre en cambio, era un cuarentón al que yo conocía pues trabajaba con padre la madera. Sabía que tenía dos hijos mayores, uno de ellos me tiró un día del pelo en la festividad del pueblo por el mero placer de hacerlo. Su mujer, una joven de buena familia del pueblo no muy agraciada era una de las mujeres que malmetía a madre contra mí junto a la vieja Namazu.
Ese hombre casado tenía un brillo en la mirada, un brillo asqueroso que le recordó al que tenía Kuno cuando la miraba. El viejo pervertido recorría con los ojos la poca figura que podía ver desde su posición y babeaba. Rápidamente aparté la mirada de ese hombre pues me estaba incomodando enormemente la situación. Miré de reojo a la joven que sonreía coqueta y recuerdo que abrí los ojos enormemente al descubrir que esa joven estaba encantada siendo el objeto de deseo del viejo pervertido.
Recuerdo que empecé a darle vueltas a la situación tan descarada frente a mis infantiles ojos. Preguntándome una y otra vez como era posible que esa bella y joven muchacha disfrutara de las miradas lujuriosas que le lanzaba ese hombre… ¿es que Nabiki pensaba que al igual que esa muchacha yo disfrutaba de las miradas de Kuno? ¿Podía ser eso el motivo principal de su odio hacia mí?
Miré un momento mis manos arrugadas debido al tiempo en el agua y luego cerré los puños con determinación. Iba a ir a casa y hacer entender a Nabiki que las miradas lujuriosas de su estúpido prometido no me gustaban, más bien me daban muchísimo asco.
Me levanté y enrollé mi cuerpecito en la toalla para luego salir corriendo y vestirme a toda prisa. Salí de los baños, me puse mis geta y como me dijo Tofu, tiré los harapos al primer callejón que vi, quizás a alguien le valiera para hacer trapos de limpieza.
Caminé con decisión por las calles del pueblo que a esa hora estaban iluminadas por farolillos de papel rojo que colgaban de las casas. Algunos hombres, desfilaban en hileras con sus ropas de baño camino al mismo lugar del que yo venía, conversando animadamente sujetando un palo de bambú donde estaba colgado un farol igual al de las casitas. Miré maravillada como todas esas personas hacían un reguero de luces tintineantes de aquí a allá y recuerdo que me parecieron una serpiente de fuego.
Caminé entre la gente y salí del pueblo, tomé el caminito de tierra y fui hasta casa. Había muy poca luz pero la luna era más que suficiente ayuda para saber dónde pisaba. A lo lejos divisé mi casita de madera, la jaula donde llevaba viviendo a duras penas diez años de mi vida. Me acerqué rauda dispuesta a frenar de una vez a mi hermana y darme mi lugar en la casa. Normalmente entraba por la puerta como las personas normales, pero la luz de las velas y los faroles en el saló me indicaron que mi familia, o lo que quedaba de ella, estaba reunida allí, por lo que rodeé la casa dispuesta a entrar, pero lo que oí me dejó petrificada.
- ¿Cómo has podido Nabiki – chan? es solo una niña.
La lastimera voz de mi hermana mayor contrastó en gran medida con la de Nabiki, que era fría como el hielo que se acumulaba en los tejados de casa – Una maldita mocosa que solo ha traído desgracias a esta casa.
Sentí un escalofrío recorrerme de pies a cabeza. Si antes Nabiki me hablaba con desagrado en su voz, ahora solo podía ver la ira escapando por todos los poros de su cuerpo. Me asomé levemente, intentando que no me vieran y consiguiendo echar un leve vistazo al panorama.
Mi hermana Kasumi, juntos a su marido estaba sentada en la mesa justo en frente de Nabiki que estaba acompañada de Kuno y su padre. No me había fijado hasta ese momento lo mayores que eran todos y lo pequeña que era yo. Nabiki ya no era una niña, ahí sentada, con esa determinación en los ojos y su prometido a su izquierda sentí a mi hermana más mujer que nunca. Una mujer llena de odio…
- Pero es tu hermana – contestó Tofu intentando poner paz.
- Una hermana que coquetea descaradamente con mi prometido y que cuando él la rechaza le golpea violentamente.
- Eso no es lo que ella ha dicho.
- Me importa poco lo que ella diga, no me va a poner en contra de mi prometido – dijo seria mi hermana. Kasumi miró a su marido quien tenía la vista fija en la pareja frente a él. Desvié la vista a sus puños y vi que los tenía apretados.
- ¿Y eso es suficiente razón para venderla? – Abrí los ojos de par en par cuando escuché las palabras de Tofu, ¿venderme? ¿Venderme a quién? No podía creer que mi hermana mayor me hubiera echo eso, ¿Por qué? ¿Y a donde me llevarían? ¿Eso significaba que no vería a mi familia nunca más?
- He de admitir que eso es una fuerte razón – dijo tranquila con una ladeada sonrisa en sus labios – pero esa no es la principal – con parsimonia tomó una taza de té y lo acercó a sus labios levemente, haciendo el amago de beber, solo mojando sus labios.
- Pero Nabiki – chan – la voz de mi hermana Kasumi sonaba angustiada haciendo que se me apretara el corazón – ¿A quién la has vendido? ¿Y para qué? ¡Tiene diez años por Kami - sama!
Nabiki hizo un movimiento con la mano para callar a nuestra hermana mayor que estaba al borde de las lágrimas – No seas tan dramática Kasumi, no la he vendido a una casa del barrio rojo, tranquila, tampoco soy tan mala, aunque se lo merece.
- ¿Entonces dónde? – preguntó impaciente Kasumi – Nabiki, por favor, ¿no hay otra solución?
- No la vendí hoy, ya lo hice hace un par de semanas, le iba a dar la noticia esta mañana si no fuera porque la muy bruta golpeó como un animal a mi Kuno – chan.
- ¿Hace unas semanas? – Preguntó Tofu – ¿Y por qué no nos lo dijiste antes? Es mi cuñada y también debo opinar.
Nabiki se encogió de hombros y Kuno carraspeó con un tono señorial que me hirvió la sangre. Tatewaki era hijo de un terrateniente del pueblo, venía de una familia acomodada y con aires de grandeza, aires que había heredado – Querido cuñado, he intentado persuadir a mi amada prometida, pero no he podido.
- Te lo agradezco Kuno – san.
El hombre asintió y vi cómo se le inflaba el pecho – Es imposible que os la quedéis vosotros, tú no puedes hacerte responsable de la pequeña Akane – chan – la forma en la que dijo mi nombre me revolvió el estómago – tu deber es para con tu familia.
- Akane es mi familia – contestó el buen doctor. Deseé llorar en ese momento, agradeciendo a Kami que al menos, alguien en esta familia si me apreciaba.
- Sí, pero ya no directamente. Kasumi al casarse contigo ya no es parte de la familia Tendo, ahora es tuya – me molestó enormemente que Kuno hablara de mi hermana como si fuera una mercancía, un buey que se podía comprar – y cuando yo me case con Nabiki heredaré su casa y vendremos a vivir aquí, haciéndome total responsable de los Tendo.
Nabiki asintió – Kuno y yo vamos a casarnos la próxima primavera.
Kasumi abrió los ojos sorprendida – ¿Tan pronto? ¡Pero si eres una niña!
- Tú tenías mi misma edad cuando te casaste hermana.
- Las circunstancias fueron distintas – contestó Tofu.
- Eso es lo de menos – dijo con un tono burlón – Ya he sangrado, soy una mujer, ya puedo dar hijos por lo que me casaré con Kuno. No solo nos tendremos que mantener nosotros, también a padre, por si no te das cuenta no se vale por sí mismo. No pienso mantener también a esa niña egoísta y caprichosa. Me enteré de que una casa andaba buscando servicio y les hablé de mi hermana, aceptaron, me han dado unas cuantas monedas.
- ¿Cuánto cuesta para ti tu hermana Nabiki? – preguntó tenso Tofu.
Vi como Nabiki crecía su sonrisa y se cruzó de brazos en una clara pose de suficiencia – mil doscientos.
Abrí los ojos sorprendida, eso era muchísimo dinero, más del que hubiera visto nunca. Más incluso del que ganaba padre en cuatro años en el trabajo de la madera. Parecía que la cifra también sorprendió a Kasumi y Tofu porque se quedaron estáticos por un momento. Sentí el ego de Nabiki inflarse en su delgado y alto cuerpo y soltó una risita parecida a un maullido de gato – ¿Qué pensabais? ¿Qué la vendería por menos? Podría tener una esclava de por vida pero ya veis, en el fondo solo busco lo mejor para ella.
Sabía que mentía, la burla en su voz me hizo saberlo. Apreté fuertemente los ojos y los puños, intentando no gritar y maldecir desesperadamente. Temblaba, temblaba de ira, de desconcierto, de miedo… mi pequeño cuerpo era un cúmulo de sentimientos que estaba a punto de explotar.
- ¿A dónde ira? – preguntó Kasumi.
- A una buena casa cerca de Edo – el miedo creció aún más, eso quedaba muy lejos de mi casa. No había estado nunca, pero hace años padre viajaba a Edo a comerciar y siempre estaba un par de días fuera. Temblé como una hoja mientras Nabiki le explicaba a mi hermana mayor cual sería mi destino – Allí la señora de la casa enseña a las jovencitas de buena familia a ser una buena mujer y ama de casa. El padre es un militar que entrena a los chicos. Ella se encargará del hogar. Menos de la cocina, eso les dejé claro que era imposible, lo que recortó mucho el dinero que recibimos – oí un bufido salir de la boca de mi hermana – hasta para eso da problemas.
- ¿Serán buenos con ella? – preguntó Kasumi de nuevo.
- Ese ya no es problema nuestro – aunque ahora mi vista estaba fija en mis pies me imaginé a Nabiki encogiéndose de hombros como siempre hacía cuando quería dar por zanjada una conversación. Sabía que mi destino ahora mismo estaba en manos de mi hermana Nabiki, por más que lucharan Tofu y Kasumi, Kuno tenía razón. Al casarse con el buen doctor mi hermana renunció a su familia biológica convirtiéndonos en familiares de segunda – Le irá bien, ese monstruo siempre tiene suerte.
Escuché un débil sollozo y tuve que comprobar si fue mío o de Kasumi. Me toqué la cara encontrándola seca. No, no fui yo la que sollozó, había sido Kasumi – ¿Cuándo vendrán a por ella? – preguntó Tofu con pesar en la voz.
- Hoy.
No pude aguantarlo más. A toda prisa salí de mi escondite y grité un potente – ¡No! – que retumbó por toda la casa. Los cuatro me miraron asombrados. Desde el jardín podía ver el sufrimiento en los ojos de Kasumi y la burla en los de Nabiki – No pienso irme, esta es mi casa.
- Sí que te iras – contestó Nabiki con desdén – Han pagado mucho por ti y yo no pienso aguantar un día más tu fea cara. En cuanto los Saotome vengan a por ti te largas.
¿Los Saotome? ¿Esa era la familia a que me había vendido mi propia hermana? ¿Cómo serían? ¿Cuántos serían? Un montón de dudas se arremolinaron en mi mente, yo no quería irme, no podía irme con mi padre en la situación en la que estaba. No podía dejar a Kasumi ni Tofu, no quería… no quería.
- ¿No es tu sueño? – Preguntó con burla Nabiki – ¿Salir de aquí? Pues lo has logrado.
- Esta también es mi casa – dije subiendo al salón y mirando a Nabiki con furia. Ya estaba harta de ser siempre la desvalida. Estaba harta de ser de la que abusaran, estaba harta de todo y de todos. No iba a aguantarlo más – si no estás a gusto lárgate tú con tu asqueroso prometido, que para que lo sepas – dije acercándome a mi hermana que me miraba enfadada – ¡Me repugna!
- ¡¿Cómo te atreves?! – Gritó furiosa Nabiki dando un golpe a la mesa – Esta casa es mía, ¡mía! Es mi herencia, en cuanto me case con Kuno yo seré la señora Tendo y tú no serás nadie, una simple y mugrosa sirvienta ¡lo que siempre has merecido ser! Pequeña Kawa – dijo esto último con un tono de burla y exploté. Apreté mi puño como horas atrás había hecho dispuesta a golpear por primera vez en mi vida a mi propia hermana pero una gran mano me detuvo.
Mire sorprendida a Tofu quien me agarraba la mano con seriedad – Akane – chan, no les des el gusto…
Sorprendida asentí y destensé los músculos de mi mano. Una vez me relaje Tofu la soltó y mi mano cayó débilmente para colocarse a un lado de mi cuerpo. No podían obligarme, ¡no podía conformarme!
Unos golpes en la puerta de la casa nos asustaron. Nabiki se levantó con una sonrisa y dijo – Deben ser ellos – temblé de nuevo como una hoja en un árbol en pleno otoño. No podía ser real, no podía creerlo. Mi hermana salió de la habitación y yo me aferré a Kasumi quien me abrazó fuerte mientras sollozaba y susurraba en mi oído – Se fuerte, se valiente, Kawa, mi pequeña Kawa…
Un hombre vestido con un Kimono blanco, bastante corpulento y con un turbante que tapaba su calva miró la escena con un gesto sombrío. Era como si no tuviera sentimientos. Era como mirar una talla de piedra – ¿Cuál es? – preguntó con su voz profunda y ronca mirando a mi hermana Nabiki quien solo me señalo con el mentón. El asintió y se acercó a mí. Empecé a gritar y a llorar, aferrándome a mi hermana quien también gritaba y lloraba.
- Vamos, no tengo toda la noche – dijo de nuevo con voz grave intentando alejarme de los brazos de mi hermana.
-¡No quiero! ¡No quiero ir! ¡Quiero ver a mi padre! – Gritaba pataleando y llorando – ¡Padre! ¡PADRE! – grité y grité entre súplicas y lágrimas, pero mi padre nunca apareció. No estaba ya en casa…
El señor se separó de mí y se secó el sudor de la frente. Ahora que le veía de cerca no era corpulento, era más bien gordo. Su traje blanco y su prominente barriga le hacían parecer un oso panda mal humorado. Y el que hablara entre gruñidos no hacía más que acentuar su parecido.
Me agarró con brusquedad cuando me pilló desprevenida y me levantó en el aire sobre su hombro derecho. Me arrancó sin piedad de los brazos de mi hermana quien dio un grito de angustia ante mis súplicas y lloros. Recuerdo que grité y grité y grité… grité tanto que los siguientes días mis cuerdas vocales me dolían levemente.
Lloré, pataleé, supliqué, pero nada sirvió. Ese hombre me sacó en volandas de mi casa una noche para separarme de mi hermana Kasumi y mi padre. Recuerdo que me lanzó con brusquedad dentro de un carro de madera y paja con enormes ruedas. Dentro del carro había otro hombre con aspecto rudo que me sujeto en cuanto intenté saltar del carro.
- ¡Que no se mueva! – gritó el hombre panda mientras subía a la parte delantera para guiar al caballo que nos transportaba. El hombre rudo tomó una cuerda y me intentó atar los pies. Pataleé con fuerza acertando un golpe en su cara, eso le enfureció. Con rudeza me tomó de los pies y me ató sin miramiento, evitando que huyera.
- ¡Akane! – el grito desgarrador de mi hermana me dolió. Me asomé por el borde del carro y estiré la mano mientras gritaba y este se ponía a andar. Grité estirando la mano intentando inútilmente alcanzar a mi hermana que estaba siendo sujetada por Tofu mientras lloraba. Vi su silueta alejarse de mi mientras el carro se ponía en marcha y me alejaba de esa casa.
El último recuerdo que tengo de ese día fue la cara de satisfacción de mi hermana Nabiki. Nunca podré olvidar esos ojos mezquinos mirándome como si dijeran "he ganado".
Nunca.
Aclaraciones:
Yokai: Son una especie de demonios pertenecientes al folclore japonés. Algunos tienen partes animales, partes humanas o ambas, como los Kappa o los Tengu.
Barrio rojo: Como se define a los barrios de prostitutas.
Geiko: Otra forma de decir Geisha. Las Geiko no son prostitutas sino artistas que los hombres contratan para entretenerles. Una geisha nunca es tocada y puede tener relaciones con un hombre solo si ella lo desea, además puede tener un danna o protector quien es el encargado de mantener a la mujer. Para los japoneses es un honor estar en presencia de las geishas y muchas mujeres afirman que no les importaría si su marido tuviera una aventura con alguna.
Nonoshiri: Maldición.
Otenba: Marimacho.
Ogawa Chiisai: Algo así como pequeño arroyo.
Geta: zapato tradicional de madera japonés.
Tatami: suelo típico de las casas japonesas. Suele ser de paja trenzada y tiene unos diámetros ya seleccionados por lo que las casas se miden por tatamis, por ejemplo: "Mi casa mide seis tatamis"
Kimono de manga corta: En japón cuando las mujeres estaban solteras llevaban un peinado determinado y un Kimono con las mangas largas parecidas a las de las maiko. Cuando una mujer se casaba, se cambiaba el peinado y las mangas de su kimono pasaban a ser cortas.
Hentai: Pervertido.
Kami: es la palabra en japonés para aquellas deidades que se adoran en el sintísmo.
Kawa: Río.
Namazu: Según la mitología japonesa es un siluro (o pez gato) que vive en las profundidades y puede producir terremotos.
Tema de la herencia familar: En japón es típico que cuando una pareja se casa y la mujer se va a vivir con el hombre, esta pierde su apellido de soltera y se convierte en un miembro de la familia del novio. Cuando es al revés y es el novio quien se va a vivir a casa de la mujer, este pierde su apellido y se convierte en un miembro de la familia de la mujer. En este caso, Kuno sería el heredero de los Tendo junto con Nabiki pudiendo administrar la fortuna familiar.
