¡Buenas! Antes de nada es muy importante que leáis y entendáis lo siguiente: El trabajo de "protector o protectora" no existe en Japón. Esta historia se lleva a cabo en un universo alterno, es decir, la historia no sigue el orden original de Ranma 1/2 pero si sus personajes, características físicas y personalidades.
Pediros perdón también por si se me escapa algún error de ortografía. La historia es mía, pero los personajes no me pertenecen, son todos de la gran Rumiko. Humildemente pido también que me dejéis un review para saber vuestra opinión acerca de la historia. Tanto bueno como malo, cualquier crítica es buena.
Agradecer todos los review que me mandais, los leo todos y son el motivo por el que sigo escribiendo.
Sin mas os dejo leer.
El día que me sacaron de mi casa y me metieron en un sucio carro viejo sentí que una parte de mi moría pero que otra nacía. Moría mi parte inocente de niña de pueblo y nacía una parte de mi misma que estaba dormida, la de la joven superviviente.
Recuerdo dejar de llorar al poco de irnos, acurrucada en una esquina sin mirar a nadie. Me pasé horas escuchando el ruido que hacían las ruedas del carro al aplastar la tierra seca y el sonido que hacían algunos pájaros. El joven que me había atado los pies para evitar mi huida seguía allí, vigilándome con ojo de halcón. Era un infierno, pero gracias a Kami, hubo algo que me salvo de ahogarme en mi misma en ese carro.
El viaje se me habría hecho eterno si no fuera porque conocí a quien se convertiría en mi vasallo y guardián; Sasuke.
Recuerdo que el hombre panda paraba a lo largo de la noche en algunas aldeas a pedir comida o agua y nos ofrecía a los asistentes de la parte de atrás. Escuchaba al hombre que me había atado los pies, a quien más tarde conocería con el nombre de Taro, aceptar gustoso y escuchaba también balbuceos. Me resultó sorprendente darme cuenta de que había estado tan metida en mi tristeza que no me había dado cuenta de que había un tercer ocupante en la parte de atrás y que posiblemente ya estuviera ahí cuando me lanzaron dentro, más no quería ni mirarlo.
Rechacé sin mirar todas las ofertas de agua y comida que me hicieron esa noche. El hombre panda siempre mascullaba entre gruñidos – Niñata desagradecida.
Quise gritarle, escupirle en la cara mil verdades. Que no le debía nada, que era un ser vil y cruel por sacar a una niña de diez años de su casa a rastras en plena noche para hacerla su esclava, que no quería su asquerosa comida y que podía meterse su cantimplora de agua en sus gordas posaderas. Pero no lo hice. Me acurruqué en mi misma y dejé la mente en blanco.
Si no fuera por una gorda mano en mi hombro me habría dejado abrazar por la locura. Pero en un momento del viaje, mi desconocido compañero me movió ligeramente causándome un respingo. Alcé la mirada asustada y enfadada, cogiendo el palo de bambú que había en la esquina del carro y le amenacé sin palabras.
Vi entonces una imagen desgarradora. Un pequeño hombrecillo de no más de quince años me miraba asustado y tembloroso. Su cara era fea, sus ojos saltones eran de un color marrón oscuro y tenía un enorme diente que le sobresalía por sus finos labios. Además en su mejilla tenía varios pelos disparejos que parecían bigotes de gato.
El chico tenía el cuerpo gordo y menudo y temblaba como una hoja cubriéndose de mi amenaza con sus cortos brazos. Llevaba ropa de campesino, arrugada, sucia y rota, y tenía varios golpes, como si alguien le hubiera pegado. Había algo raro en su cara, algo que me decía que no era normal. Su miedo me encogió el corazón.
Bajé la vara de bambú – lo siento, me asustaste.
Taro nos miraba fijamente sin hablar. Yo me acerqué a el hombrecillo quien se abrazó a si mismo con miedo – No me temas, me tomaste por sorpresa – los ojos marrones y saltones del chico me miraron con miedo – No te haré daño, lo juro.
El hombrecillo asintió aun con un leve tembleque y arrastró hasta mí una bola de arroz en una hoja seca. La miré curiosa – ¿es para mí? – el joven asintió – No deberías molestarte. No la quiero, gracias.
No quería hacerle un feo a ese chico, pero no pensaba comer nada que viniera del hombre panda. Primero prefería la muerte a deberle algo a ese hombre. El hombrecillo me miró con tristeza pero volvió a empuja la bola de arroz – Que no la quiero, cómetela tú.
La risa de nuestro otro acompañante nos llamó la atención – Niña, deberías agradecerle al tonto este que te ceda parte de su comida. No muchos lo hacen – vi con asco como se limpiaba los dientes con una astilla de madera – parece que el tonto se ha enamorado de ti.
- ¡No le llames tonto! – grité ofendida. No entendía porque insultaba a ese chico – ¿Qué te hace pensar que es tonto?
- ¿Es que acaso no lo ves? – Con la cabeza señalo al chico quien mantenía la cabeza baja – Mírale, está claro que no es normal, sus propios padres nos lo regalaron, tiene un defecto en la cabeza. Nos lo dieron a cambio de arroz – recuerdo que la furia se apoderó de mi cuerpo cuando Taro soltó una risa burlona y el chico sollozó. Realmente me impactó su historia ¿Cómo unos padres venden a su hijo por un poco de arroz? ¿Tan crueles eran? ¿Es que era malo que tu hijo no fuera inteligente o diferente?
Me agaché y tomé la bola de arroz entre mis manos y luego busque con mis ojos los de aquel muchacho feúcho. Este me miró curioso y con una señal le mostré la bola en mis manos para luego comérmela para felicidad de él. Realmente fue agradable verle sonreír, era gracioso ver ese solitario diente sobresalir y esos ojos de huevo abrirse de par en par.
Me comí la bola de arroz por hacer agradable la estancia en ese carro para aquel raro chico, aunque hoy debo reconocer que tenía un hambre de mil demonios y aunque en aquel momento mi orgullo infantil negaba que la falta de alimentos en todo el día y no haber cenado hacía mella en mi pequeño cuerpo, hoy ya vieja puedo decir que sentía que mis tripas se devoraban entre ellas y que ese trozo de arroz me supo a gloria.
Me lo terminé rápidamente y luego miré al joven – ¿tienes nombre? – el asintió – ¿Cuál? – silencio. El chico miró tímido de nuevo al suelo y no habló – ¿Sabes hablar?
- Que va a saber hablar – dijo con burla Taro – es idiota.
Miré con rabia a ese hombre tan cruel y di un golpe con mi puño en la tabla de madera que hacía de suelo. Estaba frustrada con ese hombre.
- ¿Qué pasa ahí atrás? – la gruesa voz del hombre panda me sobresalto. Pegué un respingo y vi cómo nos miraba de reojo de hito en hito sin perder la vista de la carretera – ¿Qué ha sido ese golpe Taro?
- La princesa tiene genio – contestó simplemente – sabía que tenía unos buenos pulmones después de tanto grito y tanto llanto, pero por lo visto también tiene fuerza – dijo con una sonrisa burlona mirando a donde había golpeado.
Abrí los ojos sorprendida al ver que mi puño había dejado un enorme hueco en el suelo y si me asomaba podía ver el asfalto de piedra y tierra pasar rápidamente. Me asombré al ver que el camino tenía un extraño tono violáceo. Alcé la vista hacia el cielo y vi que estaba amaneciendo. Me fui de casa entrada la noche y ahora el sol estaba saliendo de detrás de las montañas tiñendo el cielo de morados y rosas oscuros que pronto pasarían a ser rojos y anaranjados.
¿Cuánto tiempo llevaba acurrucada en mi misma? ¿Y qué tan lejos estaba de mi casa?
- No quiero un ruido más, Taro.
- No señor – contestó el hombre. Ahora que empezaba a haber claridad pude ver mejor su rostro. Era un chico joven, no más de veinte o veintidós años vestido con extraños ropajes que estaba segura no eran japoneses. Parecía un traje para la lucha, tal vez chino o coreano, de un color azul verdoso. El mismo color que sus ojos. Su rostro era suave pero en sus ojos había un brillo de maldad que no me gustó nada. En su cabeza había un alborotado cabello café y tenía una sonrisa ladeada.
Era apuesto, no lo podía negar pero aun hoy en día el recuerdo de sus ojos malvados y crueles me da escalofríos.
Volví a centrar mi atención en el muchacho que miraba sorprendido el hueco que había dejado mi puño en el suelo y volví a insistir – ¿Me dirás tu nombre? – el chico me miró sin decir una palabra. Suspiré frustrada, esto me llevaría tiempo – Yo soy Akane.
El me miró, aun mudo. Levante mi mano y me apunté la nariz – Akane – y luego apunté la suya para quedarme callada. Volví a señalar mi nariz – Akane – señalé una vez más la suya y me quedé callada.
Bajé la mano asombrada cuando el levantó su corto y rechoncho dedo y me señaló la nariz – Akane – luego señaló su propia y chata nariz y dijo – Sasuke.
Taro que tenía una pose despreocupada apoyando su cabeza en sus manos medio tumbado en el carro se levantó como un resorte – ¡Habla!
- Pues claro que habla – comenté contenta – Te llamas Sasuke – el asintió – ¿Cuántos años tienes? Yo tengo – levanté mis dos manos extendiendo la palma hacia arriba – Diez.
Sasuke levantó sus dos palmas y luego, tras cerras una mano dejó abierta solo una palma. Me estaba diciendo que tenía quince años – No eres muy hablador ¿verdad? – dije con una sonrisa lo que le hizo sonrojar. Yo me encogí de hombros, no importaba que no hablara mucho, Sasuke me transmitía tranquilidad, algo que valoraba mucho teniendo en cuenta que estaba metida en un mugriento carro con dos hombres que me llevaban a un sitio desconocido donde me convertiría en sirvienta de unos señores. Genial, el deseo a la rana de oro me había salido perfecto – ¿Y porque no morirme y tener la libertad eterna? – el pensamiento sarcástico es algo muy propio de mi personalidad y algo que ponía los pelos de punta a madre. Decía que las damas no hablaban con ironía o sarcasmo. A padre por el contrario le encantaba.
Padre… recuerdo que pensé en mi padre, en donde estaría y en si se habría dado cuenta de que su pequeña hija había sido vendida. Bajé la vista con dolor, seguro que no se había ni dado cuenta de que ya no estaba ni estaría nunca en casa… padre ya no era el de siempre.
La mano regordeta volvió a posarse en mi hombro captando mi atención. Sasuke puso una mueca triste al ver mi afligido rostro. No quise que se pusiera triste por mi culpa por lo que sonreí débilmente y lo hice sonrojarse – No te preocupes Sasuke – kun, estoy bien, solo recordé a mi padre.
El asintió y se sentó a mi lado, con una posición graciosa. Sentado con las piernas flexionadas hacia su pecho y de brazos cruzados. Me pareció una posición incómoda pero bastante curiosa. Intenté imitarle fallando un par de veces, dándome cuenta que sus piernas cortas ayudaban a que el estuviera cómodo pero había prácticamente imposible al resto sentarse así. Además que el que tener las piernas atadas no ayudaba tampoco. Solté una risa al sexto intento fallido y Sasuke volvió a sonrojarse.
- Vaya Hime, para ser tan pequeña tienes una risa preciosa – dijo la voz de Taro. Yo le miré con el ceño fruncido y el colocó sus manos tras su cabeza sacando pecho – Que pena que tengas cara de enfado constante y tan mal carácter, serías una buena candidata a esposa.
- Yo no seré esposa de nadie – dije con rabia. Taro me miró con asombro.
- ¿No es lo que quieren todas? Tener un buen marido, una casa…
- Pues yo no – contesté sin variar mi humor ni un segundo – Eso déjaselo a las niñas tontas cuya única preocupación es si su Kimono azul pegará con el obi que le regaló su pretendiente número cinco.
Taro puso una malvada mueca en su cara que intentaba ser una sonrisa – Interesante…
- ¿Qué es interesante?
Se encogió de hombros y se acomodó contra la pared del carro mientras cerraba los ojos – Tu, eres interesante.
- ¿Por qué? – volví a preguntar.
- Y preguntona – dijo para después suspirar – No seas tan metomentodo y se una niña buena. Te até los pies una vez, no me hagas también amordazarte.
Miré mis piernas atadas y suspiré frustrada. Cada poco ese idiota me las movía un poco, para que no se me durmieran, pero no me desató ni una vez. Sentí un cosquilleo del tobillo hacia abajo y bufé frustrada. Posiblemente cuando me soltaran las piernas me iba a costar mucho caminar.
- Oye – dije para intentar captar la atención de ese hombre. Soltó un ruidito con la garganta para hacer ver que me escuchaba – Desátame, por favor, me duelen las piernas y si no me desatas no podré caminar cuando lleguemos.
- No – contestó simplemente.
- Por favor, empiezo a notar el hormigueo en los pies.
Él se levantó con un bufido y se acercó a mí ante la asustada mirada de Sasuke. Me tomo de los tobillos y me meneo las piernas aliviando un poco el hormigueo pero seguía teniendo los pies semi dormidos – eso no sirve, siguen hormigueando.
- No te voy a soltar, no quiero más intentos de huida.
- ¡No huiré! – Grité frustrada – ¿A dónde iría? Estamos en medio de la nada, no hay aldeas a los que ir y además estoy sin dinero y lejos de mi casa ¿Para qué me valdría huir? Soy pequeña pero no estúpida.
El pareció meditarlo un minuto pero su mirada fría no me ayudaba a saber que estaba pensando. Nada bueno, seguro. Fue entonces cuando el hombre panda giró su fea cabeza y dijo – Tiene razón Taro, desátala. Ya no tiene donde huir y si intentara escapar tiene las piernas tan cortas que la cogeríamos en dos zancadas – yo suspire frustrada. Ese bobo tenía razón. Ya no había escapatoria – desátala.
- Hai – con sus delgadas y callosas manos desató el nudo y yo sentí que una oleada de placer me invadía el cuerpo. Empecé a mover las piernas, los tobillos, me masajee los pies (los cuales además de dormidos estaban fríos pues me había arrastrado de mi casa sin darme tiempo a ponerme unos geta) todo con una sonrisa de satisfacción en la cara.
- Deberías agradecerme.
- En tus sueños – le desafié yo. Taro me miró con sus ojos una vez más. El hombre panda soltó una risa desde la parte de adelante del carro y Taro se movió de nuevo a su posición anterior. Sasuke me miraba asombrado, posiblemente no estaba acostumbrado a enfrentarse a los demás y menos a gente del tamaño de Taro o el hombre panda.
Las marcas en su cuerpo revelaban que posiblemente le habrían pegado muchas veces, y que estaba acostumbrado a los abusos. Apreté los puños con furia y tomé una decisión, si Sasuke y yo terminábamos trabajando en la misma casa, nadie se metería con él. Yo le defendería.
Pasaron unos minutos en los que reinó el silencio, solo roto por el sonido propio del carro y algún ronquido de Taro que cabeceaba. Miré a Sasuke que jugaba con los dedos de su mano sentado a mi lado ¿sabría el a dónde íbamos? ¿Tendría idea de lo que harían con él? ¿Lo llevarían a servir a una casa o tal vez lo meterían en el ejército samurai? Rogué a Kami que no fuera así, Sasuke no se veía muy listo y mucho menos fuerte, un día en la guerra y estaría muerto.
- Sasuke – el me miró con sus ojillos de huevo - ¿sabes a dónde vas? – el asintió con la cabeza – ¿vas a Edo? – el negó. Sentí un leve alivio, si no iba a Edo eso significaba que no le enrolarían en el ejercito del emperador o algún shogun.
Le miré y volví a preguntar – ¿Vas más allá de Edo? – el asintió – ¿A luchar? – el me miró confuso. Yo tomé el palo de bambú y fingí desenvainar una katana – guerra, lucha ¿tu pelearas en el ejército? – me hizo gracia las cara de terror que puso el pobrecito, aun hoy en día lo recuerdo, ver su cara tensarse y su piel palidecer. Negó repetidamente – ¿entonces, vas a servir en una casa? – Sasuke asintió y yo me sentí feliz ¿iba a estar en la misma casa que yo? ¿No estaría sola y rodeada de extraños?
- ¿Sabes para quien trabajaras? – pregunté y el asintió. Quizás eran los mismos que me habían comprado a mí. Debía averiguarlo, pero no recordaba el nombre. Nabiki lo había comentado cuando los espiaba pero no me salía su nombre, era Sao… algo, ¿Saoko? ¿Saorome? ¡Ya estaba! - ¿Trabajaras para los Saotome? – el asintió y yo sonreí abiertamente ¡sí que estaría en el mismo lugar que yo!
- Mirad que bien, juntitos para siempre – dijo con burla Taro mientras se desperezaba y se asomaba por el borde de la carreta. Abrió los ojos y puso una sonrisa ladeada – Señor, ¿podemos parar un rato en Edo? – preguntó al hombre panda quien soltó un gruñido que quería decir "no"
Taro bufó y nos miró con burla – Asomaos a la carreta pero sin hacer ninguna tontería – esto último lo dijo mirándome fijamente a los ojos, posiblemente para hacerme ver que no pensaba dejarme escapar – Seguro que no habéis visto una ciudad así en vuestra vida.
Sasuke y yo nos miramos curiosos y nos asomamos levemente por el borde de la carreta. Note que el pie de Taro, enfundada de una sandalia de paja trenzada me sujetó por el borde del Kimono que se arrastraba por el suelo en un burdo intento de sostenerme para que no saltara del carro.
Rodé los ojos y luego me centré en la enorme ciudad que se alzaba ante nosotros. Abrí la boca sorprendida y miré a mi nuevo amigo que tenía la misma expresión que yo. Ambos éramos de pueblos pequeños con un par de casas, unos baños públicos y algún templo y tiendas, pero esto que se alzaba ante nuestros ojos era una maravilla. Nunca había visto tantas casas, palacios, comercios y templos juntos. No me había fijado hasta que Taro nos lo dijo que habíamos entrado en una de las ciudades más grandes y poderosas del país, donde había sucedido aquella historia que le contaba su padre, la de los cuarenta y siete ronin.
Vi el palacio a lo lejos y me sentí cohibida ante el tamaño de semejante casa ¿y si la casa de los Saotome era como esa? ¿Cómo iba a ser yo capaz de limpiar todo eso? ¡Ni con la ayuda de Sasuke terminaríamos!
La carreta caminaba entre la gente. Muchas personas diferentes, de diferentes rangos que se diferenciaban perfectamente por la vestimenta. Campesinos, campesinos, samurái, campesino, monje, geisha, geisha, campesino, paria.
Me asombró la diversidad de gente que había en esa gran ciudad. Mi cabeza se movía de un lado a otro, examinándolo todo, intentando quedarme con todo lo que mi mente pudiera recordar y lo que más claro tengo en mi memoria fue la cara de Taro al pasar por un barrio lleno de casas destartaladas de madera. A las puertas de esas casas había varias jóvenes, algunas hermosas, otras no tanto, con sus kimonos levemente abiertos mostrando más piel de lo políticamente correcto, con sus largas melenas sueltas o semi recogidas y con una falsa sonrisa en la cara. Me asombró de sobremanera ver que su obi no estaba atado hacia delante, sino hacia atrás. Pensé que eran comerciantes o campesinas pero no, eran las prostitutas de Edo, por eso la cara de Taro.
Se me revolvió el estómago cuando vi a una chica no mucho más mayor que yo hablando con un hombre como el señor Panda. Esta sonreía y le daba golpecitos en el brazo mientras el hombre se inflaba como un pavo. Caí en la cuenta de que esa joven podría haber sido yo y sentí nauseas.
Me alejé del borde de la carreta y me pegué a la parte contraria, alejándome de la visión del barrio rojo de Edo. Sasuke me miró asombrado y Taro puso un gesto burlón – ¿Qué pasa? ¿La princesita nunca ha visto putas? ¿Qué pasa princesa, tienes miedo de acabar así?
- Yo nunca me venderé a un hombre.
- No es malo venderse, lo malo es la forma en la que te atas el obi – dijo con una sonrisita volviendo a asomarse. A medida que pasábamos vi como las jóvenes sonreían coquetas a Taro. Podía ser un imbécil, pero seguía siendo guapo y mejor que todos esos viejos arrugados que se alborotaban en las puertas de sus casas.
Me asombró que a plena luz del día, hombres vestidos con trajes militares anduvieran por un barrio de mala muerte a la vista de cualquiera. En mi pequeño pueblo el barrio rojo abría bien entrada la noche y cuando salía el sol sus puertas se cerraban ¿Por qué aquí era diferente?
- Son madrugadoras – dijo Taro haciéndome mirarlo confusa ¿es que además de idiota ese hombre leía mentes? – lástima que tengamos que llegar a casa del señor, sino iría a visitar a mi preciosa Tsuki.
No quise seguir escuchando sus asquerosas historias y me desconecté del mundo. Me abracé a las rodillas mientras salíamos de esa gran ciudad amurallada y dejábamos atrás todas esas casas, comercios y templos. Vi como poco a poco la gran ciudad se hacía más pequeñita, perdiéndose a la distancia.
- Ya casi llegamos – dijo la voz grave del hombre panda – Vosotros dos – dijo refiriéndose a Sasuke y a mí - Mas os vale ser una buena compra, sino en menos que canta un gallo os meto en el carro y os suelto en Edo. A uno con los samuráis y a otra en el barrio rojo.
Taro soltó una risita - Siempre está bien tener un inútil que recibe los golpes de entrenamientos de los samuráis – y luego me miró recorriéndome el cuerpo, de la misma forma que lo hacía Kuno y me noté temblar – y siempre es bueno que haya putas nuevas. A los hombres nos gusta la carne fresca.
- Yo no veo a ningún hombre por aquí más que Sasuke – ese fue mi estúpido intento de hacerle enfadar, de ofender, pero más que molestar parece que le hice gracia.
- Eres única Hime.
Nos quedamos de nuevo callados y entramos en una zona verde y cuidada. Era precioso ver los campos de cultivo y arrozales y las montañas coronando el valle. A lo lejos podía distinguirse el humo de Edo, pero estaba tan alejado que ya no era humo, sino nubes naciendo.
- Llegamos – dijo la voz ronca del hombre panda mientras frenaba el carro y los que íbamos atrás dábamos una sacudida. Yo no me moví, no quería cabrear más a ese desagradable hombre. Lo escuché bajarse del carro y caminar rodeándolo para asomarse por el borde. A la luz del día era aún peor. Esa cara arrugada, gorda y fea, coronada por una nariz ancha y con las aletas gruesas y abiertas. Sus labios finos y su mandíbula cuadrada. Sus orejas eran como dos molinillos saliendo de debajo de su turbante.
- Abajo princesa – me dijo Taro agarrándome por el pie arrastrándome hacia fuera del carro, seguidos por Sasuke que temblaba como una hoja. Yo me moví, me revolví e intenté zafarme del agarre de ese hombre que me pasó de un empujón hasta el hombre panda.
Los dedos de ese hombre eran tan toscos como su cara. Gruesos y grandes me apretaban el brazo con la fuerza de mil hombres. Estaba segura de que me dejaría marca. Me hizo caminar por un camino de tierra seca que me recordó al que iba desde mi casita de madera hasta el pueblo. Me moví frenéticamente y alcé la vista sorprendiéndome ante lo que vi.
La casa de los Saotome no era el palacio de Edo, pero si era enorme. Debía tener como tres pisos, era tradicional, de madera y papel. A simple vista juré que su habitación más pequeña debía medir cinco o seis tatamis y luego adosado tenían una especia de mini vivienda ¡un dojo! Los Saotome tenían un dojo.
- Mas os vale comportaros cuando os presente a la señora de la casa – dijo el hombre panda.
- ¿Y porque nos presentas a la señora y no al señor? – pregunté con fastidio. Pensé que ese hombre nos veía demasiada poca cosa como para presentarnos ante su señor.
- No seas idiota niña, al señor de la casa ya le conoces – dijo mirándome fijamente a los ojos mientras paraba de caminar. Le miré confusa y dijo - Yo soy el señor de esta casa. Me llamo Genma Saotome.
Abrí los ojos sorprendida y asustada. Ese horrible hombre panda era el dueño de la casa, el dueño de mi vida de ahora en adelante… Quise gritar, llorar y patalear frustrada al imaginar que si ese hombre era tan odioso, su mujer posiblemente sería igual. Volvió a sacudirme del brazo y me hizo caminar hasta la puerta principal. Entró y una mujer mayor parecida a una pasa se inclinó dándole la bienvenida.
El hombre panda gruñó y dijo – Yuna, ¿y mi esposa?
Unos pasos lentos y suaves resonaron por la entrada y de una sala apareció la mujer más hermosa que haya visto jamás. Sus enormes ojos eran marrones y su rostro no era malvado, más bien apacible pero serio, frio… como sin alma. Su pelo de un extraño castaño rojizo estaba recogido de la forma habitual que lo llevaban las mujeres casadas y su kimono era exquisito, de un azul oscuro con adornos de flores amarillas en sus mangas y parte baja. Esa mujer era como un contraste de su marido, mientras él era tosco y feo, ella era delicada y hermosa.
- Has vuelto, anata – el anata lo dijo con un toque burlesco, como si lo escupiera con veneno.
- Así es querida mía y mira que te he traído de regalo – dijo soltándome abruptamente haciéndome caer a los pies de la mujer – Recién traídos del interior.
- ¿Es alguna de las hijas de tus amantes de Pontocho?
El veneno en las palabras de la bella mujer parecía que estaban colmando la paciencia del hombre panda – No querida, es de un pequeño pueblo del interior de Yokohama – miré al hombre confusa ¿Yokohama? ¿Así se llamaban los terrenos donde vivía? Realmente no lo sabía, padre siempre me decía que no era de mi interés saber de donde era pues tarde o temprano saldría de allí para no volver.
La mujer me miró fría y yo baje la vista avergonzada. Por primera vez ese rostro me dio miedo – ¿También tienes amantes en Yokohama?
- ¡No es mi hija Nodoka! – gritó frustrado el hombre panda a su esposa ¿así que mi nueva dueña se llamaba Nodoka? Alcé la vista levemente para mirarla de nuevo pero ella ya no me prestaba atención, ahora sus ojos estaban clavados en su marido quien por lo visto además de feo y malvado, era un ifiel – Me pediste que buscara aun nuevo criado, la compré, aquí la tienes ¿Qué más quieres?
- Es muy joven.
Temblé al pensar que esa mujer me quisiera echar ¿A dónde iría? Dudaba que el hombre panda me llevara de nuevo a mi casa y lo más seguro es que Nabiki ya hubiera derrochado el dinero que le dieron por mí. Alcé la vista asustada e hice la mayor reverencia que había dado jamás sorprendiendo a los adultos presentes – Por favor, señora, le ruego que me acepte, soy joven, sí, pero he cuidado de mi hogar desde que mi madre murió y mi hermana mayor se casó.
- ¿Cuándo fue eso? – preguntó la mujer con voz dura.
- Tenía seis años señora – dije rápidamente aun con la frente tocando el suelo – Mi hermana mediana me odiaba, y me hacía cuidar del hogar y de los cultivos de mi padre, el cual entró en una profunda tristeza y se encerró en sí mismo olvidándose de vivir y de sus hijas.
La mujer no decía nada, pero sentía su mirada clavarse en mi como alfileres – Le ruego señora que me acepte, se lavar, planchar, coser, cultivar… ¡pelear! ¡Pelearé por usted si hace falta! Lo único que no puedo ofrecerle son mis servicios de cocina, para eso soy inútil.
El silencio invadió la sala y sentí mi desesperación crecer a pasos agigantados, pero la señora Nodoka soltó un suspiro y dijo – Esta bien, quédate. No necesito más cocineras, tengo muchas – levanté la vista agradecida y volví a inclinarme.
- Arigatou gozaimasu – ella asintió con la cabeza y miró por detrás de su marido donde la tímida cara de Sasuke asomaba.
- ¿Y él?
- Un regalito – dijo empujándole para que se quedara junto a mí, temblando – Sus padres nos lo dieron por un poco de arroz.
- Señora por favor, le ruego que también le deje quedarse – dije abogando por mi amigo – Es un poco tímido y no habla mucho, pero si me lo permite le enseñaré todo lo que se, aunque no sea mucho.
Tras un breve silencio la señora Nodoka volvió a asentir – Bien, será tu responsabilidad. Si hace algo malo, pagáis los dos – yo asentí y le indiqué a Sasuke que hiciera una reverencia como yo lo hacía.
- Yuna – dijo la voz de la mujer provocando que la arrugada viejecita pegara un bote – Llévalos a los baños y dales su ropa nueva, la de la chica guárdala, es un kimono nuevo, la de el… quémala. Cuando estén listos llévales a la sala de las seis esteras, le presentaremos al resto de la casa.
La mujer asintió acercándose a nosotros y nos tomó a cada uno de un brazo para levantarnos. Solté un quejido de dolor; para ser tan vieja tenía fuerza la condenada. Nos apresuró por el largo pasillo pasando junto a unas enormes escaleras de madera. Miré curiosa hacia arriba pero no vi nada.
La casa por dentro era más hermosa que por fuera. Me recordó a la casa de mi hermana Kasumi solo que no olía a limón, esta olía a cerezo. Estaba decorada sobriamente, con jarrones, cuadros y estandartes que más tarde descubriría que era el emblema familiar de los Saotome y los Uesugi, la antigua familia de la señora Nodoka antes de casarse con Genma Saotome. Por lo visto, la señora Nodoka descendía de una gran línea de samuráis, eso me sorprendió y me hizo tener curiosidad en aquella mujer.
Mientras la vieja me lanzaba dentro del baño y me tiraba un traje de sirvienta que constaba de un kimono azul con rayas blancas de tela gruesa y un par de cuerdas blancas a modo de obi, pensé en la señora Nodoka, en porqué miraba con tanto odio a su marido y sobretodo porque se había dejado convencer tan fácil en que me permitiera quedarme en su casa y que acogiera también a Sasuke.
Mientras me bañaba me preguntaba quién era Nodoka Saotome y que había detrás de esos ojos opacos y sobretodo me preguntaba - ¿Qué será ahora de mi?
Aclaraciones:
Kami: Es la palabra japonesa para aquellas deidades que adoran en el sintoísmo.
Hime: Princesa. Normalmente la traducción de "princesa" es Hime-sama, pero Taro suprime el "sama" dándole un toque informal y burlesco al apodo hacia Akane. La llama princesa en un tono sarcástico.
Obi: Es el equivalente al cinturón en la ropa tradicional japonesa. Se utiliza tanto en Kimonos como en Yukatas (kimono de verano). Su función es mantener el kimono en su sitio y mantener bien cerrada la parte delantera. Es un elemento complicado de poner y esencial en la vestimenta tradicional japonesa.
Hai: Sí.
Geta: Zapato tradicional de madera japones.
Los cuarenta y siete ronin: Este hecho histórico se desarrolló aproximadamente entre 1701 y 1703 y es la leyenda más famosa que ejemplifica el código de honor samurái:el Bushidō (En la tradición japonesa, el bushidō es un término traducido como "el camino del guerrero", un código ético estricto y particular al que muchos samuráis o "bushi" entregaban sus vidas, que exigía lealtad y honor hasta la muerte). Estos hombres fueron un grupo de samurái que se vieron obligados a convertirse en rōnin (samurái sin señor), después de que su daimyō (señor feudal de más bajo rango que un shogun) se viera obligado a cometer el seppuku (ritual de suicidio), por haber agredido a un alto funcionario del gobierno llamado Kira Kozukenosuke en la Gran Mansión del Shogún (el shogun tenía tanto miedo al poder de los samuráis que estaba totalmente prohibido desenvainar un arma en presencia del shogun, hacerlo significaba la muerte). Los vasallos, muerto su señor, idearon un plan para vengarlo, el cual consistía en asesinar principalmente a Kira. Pero Kira sospechando un plan para acabar con su vida, contrató guardias. Así, para que este bajara la guardia, tuvieron que esperar aproximadamente un año y medio. Cuando llegó el día y la hora acordados, de todos los vasallos del clan, sólo acudieron 47. Pero no se arredraron, asaltaron la casa de Kira y lo mataron. Llevaron su cabeza al templo Sengaku, donde estaba enterrado su señor. Y después de presentarla delante de su tumba y rezar, se entregaron a las autoridades, que los sentenciaron a cometer seppuku.
Paria: Durante el periodo de Edo (1600-1868) existieron dos clases sociales que se encontraban en lo más bajo de la pirámide social. Hablamos de los eta y los hinin, grupos que por sus trabajos y sus orígenes sufrían todo tipo de discriminación y es que la influencia del sintoísmo y el budismo se hizo notar en este sentido, ya que se tendía a evitar personas y cosas relacionadas con la sangre y la muerte, que eran vistas como cosas "sucias". Los Eta eran los "extremadamente impuros", generalmente por el tipo de ocupación que tenían sus miembros: matarifes, empleados en funerarias, curtidores, dedicados a teñir tejidos, trabajadores del bambú, cartoneros, verdugos, carceleros, etc, mientras que los hinin eran los "no humanos" y entre las ocupaciones de sus miembros encontramos a entretenedores ambulantes, adivinos, curanderos, prostitutas, mendigos, etc. Existía una subclase de hinin registrados, llamada kakae y otra de hinin no registrados. Los eta y los hinin no podían salir de esa clase social, es decir, el trabajo se pasaba de padres a hijos y toda una familia era marginada. Los eta solían casarse con otros eta y los hinin con otros hinin pues era impensable que un chico de buena familia se casara con una eta. Es decir, naces marginado y mueres marginado.
La forma en la que se ataba el obi: La forma en la que te atas el obi dice mucho en una mujer tradicional japonesa. Mientras que las mujeres o las geishas y maikos lo llevaban atado hacia atrás, las prostitutas llevaban atado el obi hacia delante. Esta diferencia surge debido a que una geisha o un ama de casa se ata el obi por la mañana y se lo desata por la noche para ir a dormir. En cambio las prostitutas trabajaban con muchos hombres una sola noche y no tenían tiempo para atarse y desatarse el nudo del obi a la espalda pues un obi es una pieza extremadamente complicada de poner y quitar, por eso el nudo de las prostitutas va hacia delante, para aligerar el tiempo y poder ponérselo y quitárselo cuando quiera.
Tatamis: Suelo típico de la casa japonesa. Suele ser de paja trenzada y tiene unos diámetros ya seleccionados, por lo que las casas se miden por tatamis. Por ejemplo: "mi casa mide cuatro tatamis"
Pontocho: Pontochō es uno de los cinco hanamachi o distritos de geishas de Kioto, conjuntamente llamados gokagai. Al igual que el popular barrio de geishas de Gion, Pontochō es emblemático por la arquitectura tradicional de las casa de geishas, casas de té, tiendas tradicionales y restaurantes de alta cocina que allí se aglutinan.
Anata: Querido. Es la forma en la que las mujeres llaman a sus maridos cariñosamente.
Arigatou Gozaimasu: Agradecimiento formal. Se suele usar con personas que tienen un estatus social más alto que el tuyo, incluyendo supervisores, adultos mayores, maestros y personas que acabas de conocer que parecen mayores que tú.
Sala de las seis esteras: Es una forma de decir "sala de seis tatamis". Los tatamis también son llamados esteras y que una casa mida seis tatamis quiere decir que es muy amplia. En las salas mas amplias y lujosas era donde tradicionalmente los anfitriones recibían a sus invitados. Nodoka no trató a Akane y Sasuke como criados, al ofrecerles la sala de las seis esteras los trató prácticamente como invitados de honor.
Clan de los Uesugi: Fue un clan samurái japonés descendiente del clan Fujiwara y especialmente destacado por el poder que tuvieron sus miembros durante los períodos Muromachi y Sengoku (aproximadamente durante los siglos XIV al XVII). El clan se dividió en tres ramas principales, los Ōgigayatsu, Inukake y Yamanouchi Uesugi, quienes ganaron una considerable influencia. El clan alcanzó gran fama mediante Uesugi Kenshin (1530-1578), uno de los principales daimyō del período Sengoku.
