¡Buenas! Antes de nada es muy importante que leáis y entendáis lo siguiente: El trabajo de "protector o protectora" no existe en Japón. Esta historia se lleva a cabo en un universo alterno, es decir, la historia no sigue el orden original de Ranma 1/2 pero si sus personajes, características físicas y personalidades.
Pediros perdón también por si se me escapa algún error de ortografía. La historia es mía, pero los personajes no me pertenecen, son todos de la gran Rumiko. Humildemente pido también que me dejéis un review para saber vuestra opinión acerca de la historia. Tanto bueno como malo, cualquier crítica es buena.
Agradecer todos los review que me mandais, los leo todos y son el motivo por el que sigo escribiendo.
Sin mas os dejo leer.
Ya llevaba casi una semana en casa de los Saotome, una interminable semana en la que mi señora se dio cuenta de lo patética que era como mujer. El primer día me puso a coser con Kimiko y Satsu, pues Kima estaba enferma y necesitaban ayuda con los kimonos de las princesitas de la casa.
Kimiko que era la mejor se ocupaba del de mi señora, Satsu del de la joven Ukyo y yo del de Shampoo. Intenté por todos los medios cambiar el kimono con el que tenía Satsu entre las manos, pero no pudo, ser por lo que tuve que dedicarme de lleno a arreglar esa tela de seda rosa y amarilla perteneciente a la persona que mas parecía detestarme en aquella casa. Mis movimientos con la aguja eran bastante torpes, me pinché más de una vez los dedos para desesperación de mis compañeras y los puntazos quedaron irregulares, mas a mis ojos el leve destrozo ocasionado por mi torpeza en el arte de la costura era fácilmente disimulable si no te fijabas mucho. Era una pequeña ilusa.
Esa tarde terminó con una Shampoo con un kimono mal cosido en la parte baja de la espalda saliendo a su paseo de la tarde a Edo. Cuando salió de casa con mi señora y la joven Ukyo casi me da un infarto al ver como la parte de abajo estaba mal zurcida y se hacía una enorme arruga enganchada por un hilo de seda, parecía que el ropaje se estaba cayendo a pedazos. Si se daban cuenta me matarían.
Satsu puso cara de horror cuando lo vio, seguramente deseando haberme vigilado más de cerca, pero no pudo hacer nada pues las señoras ya habían salido. La risa de Momo-chan resonó por toda la casa cuando se lo contamos – Eres única Akane-chan – decía entre suspiros y lágrimas producidas por su ataque de risa pensando que había cosido mal a posta el kimono de Shampoo.
Como era de esperarse, la china llegó hecha una fiera salvaje, reprochándome el haber estropeado su kimono a posta para que todo Japón se riera de ella, exigiendo prácticamente mi cabeza para pagar la humillación pública a la que había sido expuesta en su paseo de la tarde.
- No fue a posta, de verdad, no sé qué me ha pasado – dije nerviosa intentando explicarle a mi señora, que a diferencia de lo que Momoha y Shampoo pensaban, el incidente del kimono había sido sin querer – Jamás humillaría así a mi señora Nodoka.
Los ojos de la mujer me miraban serios pero luego tomó mis manos vendadas por los pinchazos y dijo – Pensaba que sabías coser.
- Sé coser mi señora.
La señora Nodoka soltó una risa – No querida, no sabes, tal vez tus ropas de pueblo, pero no sabes coser ropa de verdad – y miró a Shampoo que seguía con el rostro rojo de rabia y el pelo crispado. Parecía un gato a punto de atacar – Creo que no es prudente dejarte estar con las costureras.
- Pero señora…
- Prueba en la cocina – dijo Yuri que se había asomado por la puerta de la cocina al escuchar el alboroto.
Recuerdo temblar de pies a cabeza cuando tocaron el tema de la cocina. Nodoka- sama pareció meditarlo un minuto por lo que me arrodille frente a ella tocando con mi frente el suelo – Señora, de verdad, eso no, no sé ni hacer un arroz comestible.
- Eso es porque no has tenido una buena maestra – dijo la dulce voz de Ukyo. La miré asombrada, era la primera vez que la joven me dedicaba unas palabras y sospeché que era debido al incidente del kimono. No eran sospechas mías, esas dos no eran precisamente las mejores amigas, aunque eso tardaría un tiempo en descubrirlo – Inténtalo Akane-chan.
Y no pude más que aceptar. Esa noche se cenó sopa de miso, arroz con verduras y calamar. Recuerdo el temblor de mis pasos a la hora de servir la cena hecha con mis propias manos y recuerdo el grito de Ranma cuando se metió el arroz en la boca – ¡¿Pero que es esta monstruosidad?!
- Arroz, joven Ranma – respondí calmada.
- Tiene un raro sabor – dijo Mousse examinando el ennegrecido calamar en sus palillos.
- Sabe a truenos – contestó Ranma.
Nodoka miraba su tostado arroz y el calamar carbonizado de su plato con una ceja alzada. Suspiré, le había dejado bien claro a Meiko y Yuri que intentar enseñarme a cocinar era un caso perdido pero ellas se empeñaron. Cuando vieron mis platos estuvieron de acuerdo en que era un completo peligro entre fogones y que había que dejarle claro a mi señora que la cocina era paso prohibido para mí, ¿y cómo hacer eso? Sirviéndoles mis platos quemados.
- Señora – dije arrodillándome ante ella – lo lamento, esta cena es incomible, he dado mi mejor esfuerzo, pero como ve… tampoco ha servido.
Nodoka- san dejó los palillos a un lado y suspiró – Levántate y dile a Meiko y Yuri que hagan algo rápido.
- Ya está hecho señora – me apresuré a contestar. Mis compañeras habían cocinado aparte algo para alimentar a mis señores – Lo traeré enseguida.
Ella asintió y fui retirando los platos de todos sobre una bandeja de laca. Ranma me miraba burlón al igual que su estúpida prometida. Ryoga-kun me alzó el mismo el plato, sorprendiendo a todos. Recuerdo que su cara se puso roja como un farol, al igual que la de Ukyo, aunque me temo que la rojez de esta no provenía de la vergüenza, sino de la ira; en ese momento pensé que no volvería a hablarme como lo hizo esa tarde amable y tranquila, sino que a partir de ahora se convertiría en una Shampoo en potencia, todo por celos estúpidos. Y como no, el señor panda y Mousse fueron indiferentes.
Antes de salir di una leve inclinación y la señora Nodoka dijo – Akane, aléjate de la cocina.
-Si señora – lo último que escuché en la sala fueron las risitas burlonas de Ranma. Que gana tenía de estamparle todos los platos en la cara… Esa noche soñé que le obligaba a comerse todos los platos preparados por mí hasta que se pusiera azul.
La siguiente tarea que me dio la señora al día siguiente fue la de lavar la ropa, eso sabía hacerlo sin duda alguna. Lavé toda la ropa sucia de los que vivían en casa. La de entrenamientos de los hombres con fuerza, los kimonos de las señoras con delicadeza, la ropa de las criadas rápido pues no había tiempo que perder y la ropa de cama de mi señora me fue arrancada de las manos por Yuna quien me gruñó apretando sus feos y partidos dientes.
Yuna – san era la encargada de todo lo relacionado con la señora Nodoka salvo coser sus kimonos y que otra se metiera en su territorio no le gustaba para nada – Encárgate de lo tuyo niña, y déjame lo mío a mí.
- Hai, Yuna-san – dije firme frotando con fuerza la ropa de entrenamientos de Ryoga-kun. Cuando la mujer me dio la espalda le saqué la lengua con burla y volví a mis quehaceres. Me dolía la espalda y las manos y además sudaba como un ladrón ante un juez. Alcé la vista cuando me pasé el antebrazo sobre la frente y vi a lo lejos a Sasuke- kun ayudando a los jardineros a través de la ventanita del cuarto de lavado que tenía la casa.
Sonreí contenta, al menos Sasuke había encontrado su sitio. Me fije en que una vez pillaba el truco a las cosas era rápido y ágil, además de silencioso, más de una vez me había pegado un buen susto por entrar sigilosamente a la habitación donde yo estaba. Sería un buen ninja…
- Akane – chan – la voz de Nara me sacó de mis cavilaciones.
- Dime Na-chan – la niña me miraba con una sonrisa. Vestida con un vestido de sirvienta como el mío atado con una bonita cuerda roja a modo de obi me pasó un papel.
- De parte del señor Ranma.
Me sonrojé y tomé el papel que me tendía. Mis ojos buscaron a la espalda de la niña al emisario pero no lo encontré, seguramente se lo hubiera dado cuando Nara estaba ayudando a su madre a guardar los kimonos arreglados. La pequeña dio una leve reverencia y salió del cuarto de lavado.
Me sequé de mala manera las manos en la parte baja de mi corto vestido kimono y desdoblé el papel. Recuerdo que se me secó la garganta y que mis manos temblaban ¿Qué querría Ranma? ¿Sería una carta? ¿Una citación? ¿Tal vez un poema? Dentro de mi infantil mente se me ocurrieron mil y un posibles respuestas, más ninguna como la que me encontré al abrir el sobre.
Noté mi aura crecer, el fuego interior de mi alma estaba en plena ebullición y apreté el fino papel amarillento entre mis manos mientras una vena palpitaba en mi frente. No, no había sido una carta, ni un poema, más bien un par de trazos mal pintados con una horrible caligrafía que ponían un enorme "BUSU" y un dibujito idiota de un muñeco con trenza sacando la lengua que debía ser él.
Hice una bola con el papel y salí corriendo en busca de ese cretino que tenía por joven señor dejando atrás la ropa que aún me quedaba por lavar. Los pies me resonaban en la madera del suelo como si tuviera pesos en los tobillos y podía notar que las personas a mi alrededor me miraban asustadas.
A lo lejos, cerca del dojo vi a Mousse, con un traje marfil de entrenamiento en pose de loto. Debía estar meditando pero me dio exactamente igual, lo que quería era encontrar a ese bastardo trenzudo y hacerle comerse el mensaje. Me importaba poco que me echaran, o que tuviera que cometer seppuku, no pensaba dejar que nadie me pisoteara, por muy señor que fuera, aunque el fuera hombre y yo mujer, jamás nadie se burlaba de Akane Tendo y él no iba a ser el primero.
Yo era el río, el rio es fuerte y paciente, acumula energía hasta que encuentra la grieta que rompe la presa, y mi presa ya estaba rota.
- ¡Mousse! – el moreno dio un rebote y me miró curioso.
- ¿Necesitas algo Akane-san? – Mi relación con el joven Mousse era muy diferente de la que tenía con Ranma o Ryoga. Él no me trataba como un trapo como el joven señor, ni tampoco boqueaba como una carpa fuera del estanque como Ryoga. Me gustaba Mousse porque me trataba como un igual.
- ¿Dónde está el idiota de Ranma?
Mi amigo puso una débil sonrisa en la cara – Si Nodoka-san te escucha hablar así de su hijo…
- ¡Me importa muy poco! – Le corté – ¿Dónde está?
- Salió a Edo con el señor Genma y Taro.
Bufé molesta y apreté la bolita que era la nota de Ranma. Mousse alzó una ceja y sus azules ojos me miraron curiosos.
- ¿Qué te ha hecho? – No hablé, simplemente le pasé la carta. La tomó y desdoblándola leyó el contenido. Lo vi fruncir el ceño para luego volver a doblarla, esta vez con cuidado. Luego me lo tendió y me dijo – Quémala, si esto llega a manos de Shampoo estarás en problemas.
Le vi levantarse y me pregunté porque esa estúpida nota me daría problemas con la china. Mousse se adentró al dojo no sin antes decirme – y por cierto, no eres fea. Nos vemos en la cena.
Noté mis mejillas sonrojarse pero no hice caso, entré rápidamente en la casa y me metí en la cocina donde un leve fuego estaba encendido. Recuerdo estirar de nuevo la nota que estaba arrugada como un abanico cerrado y puse la punta en la llama. Poco a poco el papel comenzó a arder, convirtiendo el papel en cenizas y mi ira en desilusión. Ranma no era mi dragón, no podía serlo.
- Ranma no baka.
Ese día encogí la ropa de entrenamiento de Ryoga-kun por haberla dejado demasiado tiempo en remojo al haber salido corriendo en busca del joven señor de la casa. Desde ese momento, Nodoka-san no me dejó lavar más que las ropas de los criados.
El siguiente día, Nodoka me asignó la plancha, y como no la rana de oro de Ogawa chiisai se reía una vez mas de mí y de mi deseo mal formulado, esa maldita rana solo me había traído mala suerte. Recuerdo entrar en la zona de costura donde varios ropajes se acumulaban en una montaña de varios colores y a su lado una pequeña plancha de hierro encima de un brasero cuyo mango había sido reforzado con paja seca reforzada para que quien la utilizara no se quemara.
Seguro que pensáis que me quejaba por la carga de trabajo que tenía, pero no, si me quejaba es porque la mayoría de esas ropas eran de Shampoo. Parecía que lo hacían a posta y realmente llegué a plantearme que alguien dentro de esa casa estaba fastidiándome para que me echaran rápido. Seguro que era Yuna, esa vieja pasa…
Una leve palmada en la espalda me hizo voltearme para ver el redondo y sonriente rostro de Momoha – Are, are, Akane-chan, vete con cuidado y estarás bien.
- Hai, arigatou, Momo-chan – mi amiga se fue a seguir con sus quehaceres mientras yo miraba con pesadez la montaña de ropa que me tocaba planchar. Suspiré derrotada y me acerqué a mi puesto, tomando un delicado yukata morado y blanco entre las manos. La seda era suave y posiblemente cara, recuerdo sudar como nunca debido al estrés, pues estaba segura de que si arruinaba alguna de esas prendas no tendría vida para pagarlas.
Tomé con cuidado la plancha y cuando me dispuse a poner el caliente metal sobre la tela Sasuke entró corriendo y gritó – ¡Akane onee-chan!
Miré asustada el rostro de mi amigo quien había alejado el yukata rápidamente entre sus manos. Le miré confundida – ¿Qué pasa Sasuke-kun?
- Ie, ie – decía como un loro tapando con su cuerpo la ropa de Shampoo. Yo fruncí el ceño, ¿es que me creía una inútil que no sabía planchar?
Le arrebaté rápidamente el yukata y volví a colocarlo en posición – No soy boba Sasuke, no quemaré la ropa de esa boba.
- Onee-chan – decía angustiado. Desde hacía unos días Sasuke me llamaba hermana, lo cual me hacía feliz. Yo le miré con el ceño fruncido para luego ver cómo me tendía una toalla. Miré la toalla, luego a la plancha y de nuevo a la toalla.
- ¿Me estas intentando decir que esa toalla debe ponerse encima del yukata para no quemarlo? – Sasuke asintió y yo le abracé con fuerza. Realmente no me estaba criticando, estaba ayudándome. Agradecía a Kami tener a Sasuke en casa de no ser así habría metido la pata de nuevo.
El pobre se puso de un color rojizo y juraría que de sus orejas salió humo. Sasuke no estaba acostumbrado a recibir muestras de aprecio, pero yo me encargaría de que no se sintiera solo nunca más. Cuando nos separamos dejó la toalla en el suelo al lado del yukata de Shampoo y salió corriendo.
Recuerdo sonreír y negar con la cabeza un par de veces mientras le veía desaparecer. Cogí la plancha de nuevo y di un largo suspiro – Kamisama, onegai da…
- Vaya, vaya ¿Qué tenemos aquí? – mi plegaria a Dios quedó a medias debido a la repentina aparición de Ranma en la escena. Giré mi rostro con violencia para verle apoyado en el marco de la puerta con los brazos tras la cabeza – ¿Piensas arriesgarte a planchar la ropa de Shampoo?
- Que te importa – bufé molesta hinchando las mejillas mientras fruncía el ceño, un gesto típico en mí.
Ranma puso una sonrisa burlona – Realmente eres muy tonta niña.
- ¿Y por qué soy tonta?
- Pues porque lo digo yo, se te ve en la cara – dijo despreocupadamente consiguiendo que mi ira incrementara – tienes cara de niña tonta.
- Y tú tienes cara de cerdo.
Ranma frunció el ceño – Marimacho.
-¡No soy marimacho! – grité harta de Ranma, sus insultos y su sonrisa burlona. Cada día me caía peor, no me gustaba su presencia. Definitivamente, él no era mi dragón, ese niñito tonto y consentido no podía ser mi dragón.
Me miró con superioridad – sí que lo eres, no sabes hacer nada de lo que hacen las chicas. U-chan es muy buena cocinando y Shampoo igual, tu eres una niña torpe.
- ¿Y que te importa?
- Pues que cuando seas mi esposa moriré de hambre porque no sabes hacer un simple arroz – dijo con toda la tranquilidad del mundo.
Recuerdo que el corazón se me paró al instante y mis pupilas se clavaron en mi joven señor que miraba al suelo despreocupado. No podía creer lo que había dicho, mi corazón volvió a acelerarse y mis mejillas se sonrojaron hasta tener un color rojo cereza.
No sabía que pensar, y sobretodo no sabía porque esas palabras me hicieron tan feliz si yo no quería ser la esposa de nadie… ¿Qué me estaba haciendo Ranma?
Entonces, como un huracán arrasándolo todo, la risa de Ranma resonó en la habitación sacándome de mi burbuja. Le miré curiosa reírse sujetándose la barriga – ¿De qué te ríes?
- De ti – dijo continuando sus carcajadas – Te lo creíste boba.
Fruncí el ceño y tuve que reprimirme para no tirarle la pesada plancha de hierro en la cabeza. Todo había sido una mentira, una vil burla, me sentí estúpida y muy enfadada – Déjame trabajar, pesado.
- No puedo creer que pensaras que me quería casar contigo – decía entre risas – definitivamente eres una tonta.
Estampé la plancha contra el suelo en un estruendo y mirándole a los ojos dije – ¡No pienses que me puse nerviosa porque quiero ser tu esposa, me puse nerviosa al imaginar mi vida con un tonto como tú! – Mis gritos le sorprendieron porque paró de reírse y me miró con sus ojos azules abiertos de par en par. Sorprendido – ¡No me interesa ser tu esposa ni la de nadie! ¡Yo no seré una simple mujer que espera que su marido le traiga el arroz a casa! ¡No nací para eso! ¡Yo tengo el espíritu del rio! ¡Idiota!
Un breve silencio se instauro entre nosotros, simplemente nos quedamos mirándonos el uno al otro a los ojos, yo enfadada, el sorprendido, pero nada más. Ni una palabra. Pude ver un brillo en sus ojos, un brillo que no supe descifrar pero que desapareció cuando giró su rostro y soltó un bufido.
- No hace falta que jures que no te casaras nunca. Eres tan fea que nadie se fijaría en ti jamás – iba a decir algo ofensivo contra su persona pero entonces volvió a poner sus manos tras su cabeza y poniendo una sonrisita torcida dijo – Espero que te largues pronto de aquí, no soportaré un día más tu fea cara, aunque con lo que has hecho… creo que esta noche dormirás en la calle - y el muy infantil me sacó la lengua en un gesto de burla.
Arqué una ceja sin tener muy claro porque decía eso ¿es que el muy bobo se iba a chivar a su madre por la discusión? – ¿Y que se supone que he hecho?
El señaló al suelo y yo desvié la vista curiosa para luego notar que mi alma se iba a mis pies. Empecé a ponerme pálida y a temblar, Ranma soltó otra risa y escuché sus pasos alejarse por el pasillo mientras yo seguía con la vista clavada en la plancha de hierro encima del fino yukata de Shampoo en el cual se empezaba a distinguir una mancha del color del óxido.
Dio un chillido y retiré el objeto metálico para ver que efectivamente, en medio de la prenda había una enorme quemadura. Sentí mi ira renacer de nuevo, como pasaba siempre que Ranma aparecía en escena y temblé de pies a cabeza, pero no por miedo a lo que me pasaría, sino de rabia, por su culpa había sido descuidada, por su culpa había quemado el yukata de la china, y por su culpa me iba a meter en un buen lío… Ranma… estúpido Ranma, me las iba a pagar.
Comencé a inspirar y expirar levemente, para a la tercera vez coger una gran bocanada de aire y gritar con todas - ¡RANMA NO BAKA!
Esa noche, tras recibir una regañina monumental por parte de la señora Nodoka y un montón de gritos e insultos por parte de Shampoo, tuve que servir la cena de los señores. Nodoka – san me dijo que le debía un montón de dinero por el yukata quemado, lo cual iba a pagar trabajando. Recuerdo que pensé que no tendría vida para pagarlo y que si por causas del destino, tenía descendencia ellos deberían seguir pagando mi deuda. Y todo por culpa de Ranma.
Al menos no me habían echado.
Esa noche, como supondréis Shampoo me hizo la vida imposible. Me pidió que le cambiara el tazón tres veces, que le sirviera agua y más tarde té. Se quejó mil veces de mis habilidades como mujer y sobretodo de mi mala educación a la hora de servir. No debemos servir solo con una mano, las rodillas juntas, no mires a los ojos al retirar un plato, bla, bla, bla…
En un momento de la noche, Shampoo me había hecho cambiarle el plato cinco veces, y cuando puse el pescado frente a ella esperando que esta vez fuera de su agrado, lo miró torcida y dijo – Saber ¿Akane? Shampoo pensarlo mejor – sabía que tendría otra petición estúpida y tuve que contar hasta diez para tranquilizarme – no querer cenar mucho, mejor que preparen a Shampoo Domburi.
Yo miré a la señora Nodoka quien asintió solemne. Con un suspiro retiré el plato de la china y me retiré de la sala para pedirles a las cocineras el nuevo antojo de Shampoo. Espere paciente sabiendo que ese comportamiento era un castigo para mí pero que lo que buscaba era afectar al resto.
A las cocineras por tener que cocinar a la velocidad de la luz lo que la señorita pidiera, para Daisuke, Sayuri o Yuka, que se encargarían de lavar los trastes que ella a ensuciado para nada, y para el resto que no podía comer hasta que los señores terminaran, es decir, lo que Shampoo buscaba era poner al resto del servicio contra mí, que me quedara sola…
Cuando me dieron el Domburi preparado lo coloqué en la bandeja laqueada y fui a servirlo, rogando internamente que a esa bruja de pelo morado le pareciera ya suficiente castigo o que tuviera el hambre suficiente para comer de una vez y dejarme en paz. Antes de salir di una leve inclinación a las cocineras de la casa y dije – Sumimasen… - Necesitaba pedirles perdón, necesitaba que supieran que me apenaba saber que tenían que trabajar el doble por mi culpa.
Yuri me miró y con una sonrisa me dijo – ve, antes de que se enfade y la cosa empeore.
Asentí y dando una leve inclinación tome de nuevo la bandeja laqueada y salí rumbo al salón donde todos me miraron. Me acerqué a Shampoo por detrás y me arrodille a su lado para ponerle el plato frente a ella. Tome la bandeja y la deje a un lado en el suelo y esperé paciente, viendo como los ojos de la china inspeccionaban el plato; recuerdo sudar frío y rogar al cielo clemencia. Cuando la vi tomar los palillos y empezar a comer solté un suspiro satisfecho por lo que me dispuse a recoger la bandeja y alejarme para arrodillarme en una esquina junto a Momoha quien me miraba con tristeza, pero antes de que pudiera hacer nada la voz de Shampoo me llamó.
- Akane, creo que tu deber disculpa por destrozar yukata de Shampoo.
- Hai – dije haciendo una inclinación aunque ella ni siquiera me miraba – Sumimasen. Machigaemashita, joven Shampoo.
Ella seguía de espaldas a mí pero se giró levemente para mirarme por encima del hombro con unos ojos fríos que demostraban maldad. Este gesto me enfureció ya que me miraba como si fuera un trapo, un perro callejero, un ser inmundo al que daba asco tocar o mirar. Aunque fuera mi superior yo no pensaba acobardarme frente a una niña de mi misma edad, por muy señora que se creyera por lo que le sostuve la mirada demostrándole que no me daba ningún miedo y que mucho menos la respetaba. Ella frunció el ceño y se giró para seguir comiendo – Niña fea y tonta.
Una ola de enfado me recorrió de pies a cabeza peor preferí ignorarlo – Me retiro ya, si necesitan algo, háganmelo saber.
- Sí. Shampoo necesitar algo – dijo rápido Shampoo.
Estaba harta de ella, harta de sus estupideces pero debía aguantarme, no quería enfadarla más y que mis compañeras salieran escaldadas de nuevo por mi culpa, por lo que dije – dígame, joven Shampoo.
- Me gustaría que a partir de hoy tu llamarme joven señora, ya que tan pronto como poder, yo casarme con Ranma.
Recuerdo pensar que primero me arrancaría la lengua antes de considerar a Shampoo mi señora. Era cierto que en un futuro lo sería pero no iba a darle la satisfacción de verme postrada ante ella como una esclava, no hasta que no diera el "sí quiero" y no me quedara de otra, pero por ahora teníamos diez años solamente, por lo que aun quedaba mucho para que ese día llegara y tuviera que dejar a un lado mi orgullo, así que mientras pudiera le dejaría claro que ella no era mas que yo.
- Prefiero que no joven Shampoo, mi señora es Nodoka-sama, usted aún no tiene el título.
- Pero Shampoo casarse con Ranma.
- Lo se joven Shampoo – repetiría mil veces el "joven Shampoo" solo por fastidiar, no iba a darle el placer – pero hasta que no se case no será señora, sino una igual.
- ¡Yo no ser tu igual! Maldita pobretona – dijo mirándome con odio. Tuve que morderme el interior de las mejillas para no tirarle del pelo con furia, esa niña me hartaba demasiado pero no podía dejarme llevar por la rabia.
Simplemente di una leve inclinación y cogiendo mi bandeja laqueada me dispuse a retirarme por fin. Entonces una vez más Shampoo dijo – ¿saber? Shampoo no tener mucha hambre hoy. Creo que no cenar hoy, una lástima que cocineras esforzarse tanto para nada – dijo posando los palillos junto a su cuenco.
Entonces exploté. Esa arpía había hecho trabajar sin parar a mis compañeras, haciendo miles de platos para luego decir que no quería cenar. Todo su esfuerzo a la basura… era una niña caprichosa y malvada.
Sentí que mis músculos se movían solos. No era consciente de que mis manos se habían alzado sujetando con fuerza la bandeja laqueada, preparados para darle un golpe tremendo en esa hueca cabeza.
Todos los ojos presentes me miraron con asombro, todos menos los de la china que confiada me daba la espalda. Era mi oportunidad, la oportunidad de vengarme; justo cuando estaba bajando la bandeja directa a esa cabeza el grito de Momoha me hizo frenar en seco:
- ¡Akane-chan! – todos los presentes observamos el gesto de terror de mi compañera quien me miraba con miedo. Dándome cuenta de lo que estaba a punto de hacer baje lentamente la bandeja hacia mi pecho.
Sentí una inmensa vergüenza y unas terribles ganas de llorar. El hombre panda me miraba con un enorme gesto de asombro en sus regordetas y bruscas facciones, Mousse que siempre tenía un rostro frío y serio tenía abiertos los ojos de par en par dejando entre ver mejor que nunca el azul de sus pupilas.
Ryoga y Ukyo me miraban entre satisfechos y sorprendidos, y Ranma tenía los palillos a mitad de camino y su boca abierta, dejando claro que no había esperado semejante acción por mi parte.
Más los ojos que más vergüenza me dieron fueron los de mi señora. Nodoka-sama me miraba intrigada y seria, como retándome a dar un paso más, midiéndome, esperando al acecho un tropiezo que le diera la oportunidad de echarme. Su rostro no reflejaba sorpresa, sino seriedad.
Shampoo se dio la vuelta y me miró curiosa – ¿Qué tanto mirar?
Yo solo me levante rápidamente aun abrazando con fuerza la bandeja y salí corriendo de la casa. No sabía a donde me dirigía y ni siquiera me puse zapatos, solo dejé que mis pies me guiaran, aunque no me llevaron muy lejos. A mitad del camino me tropecé con una piedra y me caí justo en frente de un pedestal.
Las primeras gotas de lluvia comenzaron a caer lentamente y yo me senté en un bordillo del pequeño altar, por suerte el techo me resguardaba de la lluvia y no me mojé. Me abracé a mí misma y enterré mi cara en mis rodillas soltando un suspiro ahogado. La había liado, había hecho algo muy malo y posiblemente la señora Nodoka estaría muy enfadada.
Escuché un trueno resonar a lo lejos, como si Raijin me estuviera echando la bronca por haberme dejado llevar por mis impulsos. Una solitaria lágrima cayó por mi mejilla y luego otra y otra más. Mis lágrimas caían como las gotas de lluvia, una tras de otra y sin parar.
Recuerdo que pensé que lo mejor era no volver jamás a la casa de los Saotome si quería mantener mi pellejo intacto. Pensé en Shampoo y Ranma y la pareja tan perfecta que hacían el uno con el otro, él era un idiota y ella una niña despiadada, estaban hechos el uno para el otro. Pensé en la mirada de la señora Nodoka y pensé en Sasuke ¿que le pasaría ahora que yo le había abandonado cobardemente?
Pero sobretodo pensé en mi casa, en mi padre y mi hermana Kasumi. Un trueno más fuerte de lo normal me recordó a mi madre, era como si ella, desde el cielo me reprendiera por mi comportamiento nada femenino, como si ese trueno fuera su voz diciéndome – Akane, levántate, ve a casa de esa familia y haz lo que tienes que hacer.
Sonreí con tristeza al pensar en mi madre regañándome para que fuera a pedir perdón a esa casa y me comportara como toda una señorita, podía verla frente a mí, con su bonito y liso kimono diciéndome – Akane-chan, es de mala educación salir de una casa así sin avisar, está muy mal lo que has hecho, akane, vuelve y discúlpate y asume las consecuencias como una dama.
Solté otro suspiro, debería volver y suplicar perdón, pero mi orgullo no me dejaba, yo no había hecho nada malo, solo estaba siendo yo misma. La niña mal humorada, bocazas y para nada femenina, esa era yo, no una mala copia de mi hermana Kasumi. Yo no era un corderito, tranquilo y sumiso que se deja guiar por su pastor, yo era el río, era libre, acumulaba mi energía cuando me ponían barreras y las destrozaba cuando tenía la suficiente fuerza. No pueden domar al río...
No sé cuánto tiempo estuve allí, pero mis músculos estaban entumeciéndose, por la posición y por el frio que empezaba a tener. No sabía qué hacer, era un mar de dudas; una parte de mí me decía: aprovecha y lárgate lejos, empieza una nueva vida o vuelve a casa, lo que sea menos esto.
Pero otra parte decía: deberías volver, la señora Nodoka te dio un techo, comida y ropa cuando tu hermana te vendió por unas monedas, estas en deuda.
Mi cabeza me estaba matando y yo aún no tenía muy claro que hacer cuando a lo lejos resonaron unos pasos. Unos geta caminaban hacia mí, pisando la tierra mojada lentamente. No levanté la cabeza e intenté no hacer ruido ahogando mis sollozos, con un poco de suerte no me verían y yo podría seguir allí sola, lamentando mi existencia, pero los pasos se detuvieron ante mí.
- Akane – abrí los ojos de par en par y levanté mi vista enfocando mis llorosos ojos en la imagen frente a mí.
Allí estaba Nodoka-sama, a techada por un paraguas rojo laqueado con una seria expresión. Temblé como una hoja, seguro que había venido a cortarme la cabeza por mi osadía. Se acercó un paso más a mí y yo me encogí y entonces pude ver por primera vez la compasión en los ojos de esa mujer.
Me tendió su blanca mano y yo la miré sorprendida, no sabía qué hacer. Una débil sonrisa se formó en sus labios, pequeña, casi imperceptible, pero ahí estaba – No temas Akane, no te haremos nada.
Mis ojos se aguaron de nuevo y me lancé a los pies de la mujer, tocando con mi frente el suelo mojado – Señora Nodoka, onegai… perdóneme… de verdad… no quería yo…
Entonces sentí como se arrodillaba a mi lado y me levantaba la cara. Me miró como una madre mira a un hijo y de la manga de su Kimono sacó un pañuelo blanco y limpió mi frente embarrada – Ya hablaremos de esto más tarde, ahora vamos a casa.
Abrí los ojos sorprendida y asentí. Nodoka-sama me tomó de la mano y me levantó a techándome junto a ella bajo su paraguas. Recuerdo que durante el camino a la casa ninguna habló pero que su mano derecha descansaba sobre mi hombro protectoramente. Al llegar al hogar de los Saotome, Momo-chan y Sasuke me abrazaron entre lágrimas gritando lo contentos que estaban por que hubiera vuelto al igual que Meiko y Yuri quienes me dieron un abrazo contentas de que no me hubiera pasado nada mientras me conducían a la cocina para que cenara algo.
Incluso Satsu y Kima junto a sus esposos se asomaron para decirme que estaban felices de que siguiera en la casa. Poco a poco el resto de mis compañeros se acercaron para hacerme saber que estaban felices de que no me hubiera ido a excepción de Yuna quien me gruñó. Momo-chan me preparó un baño para que me quitara el estrés del día y yo lo agradecí de corazón. Una vez me bañé fui directa a la habitación donde me tumbé encima de mi futón y suspiré.
No sabía porque Nodoka-sama me había recogido esa noche, no entendía porque después de meter la pata tantas veces, después de hacer todo de una forma tan poco protocolaria no me había expulsado de su casa.
Suspiré tapándome hasta las orejas fingiendo dormir cuando Momoha entró a la habitación y se preparaba para dormir. Yo no quería ver ni hablar con nadie, estaba siendo todo demasiado extraño y confuso. Con diez años podría jurar que había vivido mucho más que Momoha y Meiko juntas, lo cual viéndolo desde mi perspectiva adulta es algo bastante triste, pues no tuve la oportunidad de ser niña, la vida y mis deseos malditos me obligaron a crecer muy pronto.
Esa noche me tumbé en el futón pensando por qué la señora Nodoka me había ido recoger bajo la lluvia; estaba confundida, sí, pero también sentí un calor especial en el estómago cuando la vi con su paraguas y su bonito kimono, frente a mí, tendiéndome la mano, el mismo calor que sentí cuando Momo-chan y Sasuke me recibieron tan contentos… la sensación de sentirse querida… esa sensación que no había sentido desde que madre murió.
Era agradable.
Aclaraciones:
Kimono: es el vestido tradicional japonés, que fue la prenda de uso común hasta los primeros años de la posguerra. El término japonés mono significa 'cosa' y ki proviene de kiru, 'vestir, llevar puesto'. El corte, el color, la tela y las decoraciones varían de acuerdo al sexo, la edad, el estado marital, la época del año y la ocasión. El kimono se viste cubriendo el cuerpo en forma envolvente como tipo regalo y sujetado con una faja ancha llamada obi. Tradicionalmente los kimonos deben ser cosidos a mano.
Edo: a veces romanizado como Jedo, Yedo o Yeddo, es el nombre que tuvo Tokio hasta 1868, año de la restauración Meiji. Fue la sede de poder del Shogunato Tokugawa, que gobernó Japón entre 1603 y 1868. Durante este período la ciudad creció hasta convertirse en una de las grandes urbes del mundo y lugar de una cultura urbana centrada en la noción de un "mundo flotante" también llamado Ukiyo (nombre con el que se describe un estilo de vida urbano principalmente de tipo hedonista que se desarrolló en Yoshiwara, un Distrito rojo en Edo)
Hai: Sí
Ninja: Hay que diferenciar entre Samurai y Ninja. Los ninja o shinobi eran un grupo militar de mercenarios entrenados especialmente en formas no ortodoxas de hacer la guerra, en las que se incluía el asesinato, espionaje, sabotaje, reconocimiento y guerra de guerrillas, con el afán de desestabilizar al ejército enemigo, obtener información vital de la posición de sus tropas o lograr una ventaja importante que pudiera ser decisiva en el campo de batalla. Para sus propósitos utilizaban una amplia gama de armas y artefactos como espadas, shuriken o cadenas, además de ser expertos en la preparación de venenos, pócimas y bombas. Del mismo modo, eran entrenados en el uso del «arte del disfraz», que utilizaban a menudo para pasar desapercibidos dependiendo de la situación imperante en el lugar en el que se tuvieran que introducir, a diferencia de la típica vestimenta con la que hoy día se les identifica. Los ninja fueron tanto temidos como utilizados por los líderes militares debido a que su naturaleza era totalmente contraria a los ideales del samurái. En el caso de los samurái, el daimyō no podría exponerlos a trabajos como el espionaje o asesinatos encubiertos, debido a que si eran descubiertos su reputación quedaría destrozada. Por ese motivo preferían contratar a ninja, los cuales procedían generalmente de clases sociales bajas, para que realizaran ese tipo de trabajos.
Obi: Es el equivalente al cinturón en la ropa tradicional japonesa. Se utiliza tanto en kimonos como en yukatas. Su función es mantener el kimono en su sitio y mantener bien cerrada la parte delantera. Es un elemento complicado de poner y esencial en la vestimenta tradicional japonesa.
Busu: Es un insulto directo. Significa Chica extremadamente fea.
Seppuku: El seppuku, harakiri o hara-kiri (corte del vientre) es el suicidio ritual japonés por desentrañamiento. El seppuku formaba parte del bushidō, el código ético de los samuráis, y se realizaba de forma voluntaria para morir con honor en lugar de caer en manos del enemigo y ser torturado, o bien como una forma de pena capital para aquellos que habían cometido serias ofensas o se habían deshonrado. La ceremonia del seppuku es parte de un ritual más elaborado que se realiza generalmente delante de espectadores clavándose un arma corta en el abdomen, tradicionalmente un tantō (arma corta de filo similar a un puñal de uno o de doble filo con una longitud de hoja entre 15 y 30 cm) y realizando un corte de izquierda a derecha. La práctica de seguir al amo en la muerte por medio del harakiri es conocida como oibara o tsuifuku. Previamente a ejecutar el seppuku, se bebía sake y se componía un último poema de despedida llamado zeppitsu o yuigon, casi siempre sobre el dorso del tessen o abanico de guerra. En el fatídico momento, el practicante se situaba de rodillas en la posición seiza, se abría el kimono (habitualmente de color blanco, que aún hoy sólo visten los cadáveres) se metía las mangas del kimono bajo las rodillas para impedir que su cuerpo cayera indecorosamente hacia atrás al sobrevenirle la muerte, envolvía cuidadosamente la hoja del tantō en papel de arroz puesto que morir con las manos cubiertas de sangre era considerado deshonroso y procedía a clavarse la daga en el abdomen.
El ritual completo consistía en clavarse el tantō por el lado izquierdo con el filo hacia la derecha, cortar hacia la derecha firmemente y volver al centro para terminar con un corte vertical hasta casi el esternón. Pero, naturalmente, esto resultaba demasiado doloroso y al mismo tiempo desagradable para el público. Fácilmente podía resultar en la salida de parte del paquete intestinal que se desparramaría por el suelo. Además el samurái no moría al instante, sino que sufría una agonía de varias horas. Puesto que ni el practicante de seppuku quería sufrir tanto, ni al público le apetecía contemplar ese macabro espectáculo, se ponía a disposición del practicante un ayudante en el suicidio, kaishaku en japonés. Este kaishaku era a menudo seleccionado para tal fin por el propio condenado. Numerosas veces era un amigo o un familiar. Su misión era permanecer de pie al lado del practicante y decapitarlo en el momento apropiado. Ese momento solía ser establecido de antemano a voluntad del suicida. Lo más habitual era acordar una señal que tendría que dar el que se disponía a morir, tras la cual el ayudante actuaba con rapidez mortal.
Las mujeres nobles podían enfrentarse al suicidio por multitud de causas: para no caer en manos del enemigo, para seguir en la muerte a su marido o señor, al recibir la orden de suicidarse, etc. Técnicamente, el suicidio de una mujer no se considera harakiri o seppuku, sino «suicidio» a secas, jigai en japonés. La principal diferencia con el seppuku es que, en lugar de abrirse el abdomen, en el jigai se practicaba un corte en el cuello, seccionándose la arteria carótida con una daga con hoja de doble filo llamada kaiken. Previamente, la mujer debía atarse con una cuerda los tobillos, muslos o rodillas, para no padecer la deshonra de morir con las piernas abiertas al caer.
Ranma no baka: Un insulto más, una forma de decir "Ranma, eres un tonto"
Owaga chiisai: Algo así como pequeño arroyo.
Are, are: Es una expresión de denota asombro como ¡Anda! o ¡Hala! Pero de forma informal.
Arigatou: Gracias.
Onee-cha: Hermana mayor. Cabe destacar que aunque Akane sea más pequeña de edad que Sasuke, este la llama a ella "hermana mayor", es decir, Sasuke la considera su superior y la respeta como a una adulta y no como niña.
Ie: No.
Yukata: Es una vestimenta tradicional japonesa. Se usa principalmente para los festivales de verano o estaciones cálidas. Es mucho más ligero que el kimono al no tener la capa que cubre normalmente a este. Por así decirlo, el yukata es el kimono de verano.
Kami: Como se conoce a las deidades sintoístas.
Kamisama, onegai da: Es una forma de empezar una plegaria. Literalmente significa "Dios, por favor…" o "Dios te pido por favor/te ruego…)
Domburi: Es un plato típico de Japón. Consiste en un cuenco que contiene pescado, carne, verduras, u otros ingredientes cocinados juntos y servidos sobre arroz.
Sumimasen: Lo siento. Se utiliza para pedir perdón cuando hemos 'hecho algo mal' (aunque haya sido sin querer como le pasó a Akane)
Sumimasen. Machigaemashita: Expresión igual que "Sumimasen" aunque esta es más formal y significa algo así como "Lo siento, me he equivocado"
Raijin: Es el dios shinto de los truenos y rayos en la mitología japonesa. Su nombre deriva de los kanjis japoneses kaminari (trueno) y shin (dios). Suele ser representado junto a Fūjin, el dios del viento. Normalmente aparece como un oni tocando un tambor (taiko) para crear truenos. Las creencias tradicionales atribuyen el fracaso de los mongoles en su intento de invadir Japón en 1274 a una tormenta llamada normalmente kamikaze (viento divino) creada por él.
Onegai: Una forma de pedir por favor.
