¡Buenas! Antes de nada es muy importante que leáis y entendáis lo siguiente: El trabajo de "protector o protectora" no existe en Japón. Esta historia se lleva a cabo en un universo alterno, es decir, la historia no sigue el orden original de Ranma 1/2 pero si sus personajes, características físicas y personalidades.
Pediros perdón también por si se me escapa algún error de ortografía. La historia es mía, pero los personajes no me pertenecen, son todos de la gran Rumiko. Humildemente pido también que me dejéis un review para saber vuestra opinión acerca de la historia. Tanto bueno como malo, cualquier crítica es buena.
Agradecer todos los review que me mandáis, los leo todos y son el motivo por el que sigo escribiendo. Me animan muchísimo creerme.
Sin mas os dejo leer.
1853
Había pasado un año y yo ya era una muchachita de doce años. Mi vida se volvió relativamente calmada desde que la señora Nodoka me había tomado como su aprendiz y mano derecha. Yuna había fallecido hace unos meses y Nodoka-sama me había nombrado su asistenta. Todo lo que necesitara mi señora yo se lo otorgaba.
Esta decisión no les había agradado para nada a mis compañeras, pero poco pudieron decir pues la palabra de mi señora Nodoka era ley. No me alegré de la muerte de Yuna como muchos pensaron, por aquel entonces era una niña inocente, pero a partir de 1853 la vida en Japón comenzó a cambiar y con el paso de los años terminé convirtiéndome en una persona fría por pura supervivencia.
Mis entrenamientos con Ranma, Ryoga y Mousse seguían siendo clandestinos y ya por aquel entonces podía permitirme el lujo de llamarles por sus nombres de pila en privado más en público seguían siendo el joven señor, Ryoga-kun y Mousse-kun.
El hombre panda cada vez entrenaba más duramente al joven señor así que mis entrenamientos se fueron espaciando en el tiempo, pero por suerte aprendía rápido y con un par de entrenamientos a la semana era más que suficiente. Ese año mis sentimientos por el heredero Saotome no hicieron más que crecer aunque en mi orgullo infantil me lo negara a mi misma.
- Ahora gira mientras golpeas – dijo Ranma. Esa tarde estábamos ensayando un kata bastante complejo que me estaba costando un poco más de lo normal – ¡No así no, al revés!
- ¡No me grites! – le increpé, el joven señor llevaba toda la tarde insufrible y de muy mal humor.
- ¡Te grito porque eres una torpe que no presta atención!
Me crucé de brazos en un gesto ofendido – Pues con Ryoga y Mousse no tengo problema, quizás seas tú el mal profesor.
-¡Ja! Soy el heredero y el mejor arte marcialista de Japón, es imposible que esos dos sean mejores maestros, lo que pasa es que son muy blandos contigo porque eres una niña – sonrió de medio lado, como siempre hacía cuando se iba a burlar de mi, esa acción hizo que me tensara – como si no fuera obvio que eres una marimacho, no entiendo tanta delicadeza.
Le lancé una patada que esquivó. Como podemos apreciar mi relación con el joven Ranma no cambió para nada ese año. Éramos amigos sí, pero él seguía burlándose de mí y llamándome marimacho cada vez que podía y yo como una niña estúpida me enamoraba cada vez más de él entre golpes y reclamos.
- ¡Eres un idiota Ranma Saotome! – lancé un puño a su cara y sin que lo previera lo tomó en su mano frenándo el golpe en seco. Intenté soltarme de su agarre pero no podía, a pesar de tener la misma edad, en fuerza Ranma me superaba.
El sonido de dos silbidos cortos y uno largo nos alertó, era la señal de los chicos que hacían guardia para que nadie nos viera. Eso solo significaba que alguien se acercaba y yo debía desaparecer del dojo. Rápidamente Ranma me soltó y di media vuelta para salir pero era demasiado tarde, Ryoga-kun entraba en la sala con gesto de pánico.
- Akane-chan, rápido escóndete viene el señor Saotome.
- ¿Dónde está mi padre?
- Girando la esquina – contestó mi amigo.
- ¡¿Qué?! – grité presa del pánico. De fondo se escuchaba el fuerte retumbar de los pasos del hombre panda contra la madera del suelo alertándonos de que estaba a punto de entrar. Antes de que pudiera pensar algo la fea y gorda cara de Genma Saotome se asomó por la puerta.
- Hijo, debemos… - calló al verme allí. Su cara se deformó en una mueca seria – Akane, ¿Qué haces aquí?
Mi cerebro iba a mil por hora buscando una excusa creíble pero entonces la voz de Ranma se adelantó – Le pedí a la sirviente de madre que viniera para darle un mensaje.
- ¿Un mensaje? – Preguntó incrédulo alzando su peluda ceja – ¿Para quién?
- Para madre ¿para quien sino? – respondió tranquilo. Pose mi vista asombrada en mi joven señor. Se le veía tranquilo y serio, como si hubiera mentido toda la vida – como es la mano derecha de madre desde que Yuna murió…
- Vieja arrugada – murmuró Genma Saotome entre dientes. Por lo que había visto y oído en el tiempo que conviví con la vieja pasa (que descanse en paz con Kami-sama) esta odiaba con todo su ser al amo y señor de la casa por todo lo que había hecho sufrir a Nodoka-sama y aunque en público era sumisa con él, en privado Yuna sacaba las garras. Creo que ese desprecio por el viejo hombre panda era lo único que nos unía ademas de la devoción hacia mi señora.
- Era una buena sirvienta padre – le reprendió ranma – pero como ahora madre decidió poner a esta en su lugar la he mandado llamar para decirle a madre que es mi deseo cenar esta noche Okonomiyaki.
- ¿Solo eso? – Preguntó Genma receloso, ante el asentimiento de Ranma el hombre panda se encogió de hombros – está bien te creo hijo y ahora – me lanzó una mirada glaciar que devolví para sorpresa del hombre quien sonrió de lado – creo que este no es tu sitio, vete a que mi esposa te enseñe a preparar un té decente.
- Su esposa es una gran maestra señor, y en sus labores es la mejor, ¿podemos decir lo mismo de usted?
- Niña insolente – gruñó.
Le lancé una férrea mirada plantándome ante él, a pesar de ser pequeña tanto en altura como complexión al lado de ese hombre no le tenía el mínimo miedo pues Genma Saotome era mucho hablar pero poco hacer, en otras palabras era un viejo cobarde – no permitiré que menosprecie a mi señora delante de mí – dije firme – y ahora si me disculpa me retiro – hice una leve reverencia y salí del dojo con paso digno. Por el rabillo del ojo vi la mirada divertida de Ryoga-kun quien intentaba disimular su sonrisa.
Salí del dojo con el pecho inflado de orgullo y una sensación de plenitud. Nadie iba a despreciar a mi señora delante de mí. Nadie. Ni siquiera su propio esposo. Lo que no pude ver entonces fue la mirada desconfiada que me había lanzado Genma Saotome que aunque pareciera idiota era más listo de lo que aparentaba.
1853 fue una fecha de cambio en Japón. Los problemas sociales en contra del shogun eran cada vez mayores y las revueltas en los pueblos y ciudades del país eran cada vez más frecuentes y aunque muchos partidarios del shogunato no quisieran aceptarlo, 1853 fue la fecha que marcó el fin de la era samurái.
Durante casi mil años los samuráis habían dominado la guerra en Japón, el señor panda no estaba a favor del shogunato y de sus políticas a pesar de estar casado con la hija de un famoso samurái.
Mi señora tuvo que renunciar a la vida que conocía al enamorarse de un hombre como Genma Saotome y yo sé de buena mano que si no fuera porque Kami la había bendecido con un hijo, mi señora se habría sometido al suicidio hace tiempo o habría matado al señor panda con sus propias manos. Yo no estaba a favor del shogun, debido al recuerdo de mi padre temblando ante la mención de aquel hombre, pero el mundo de los samuráis me llamaba terriblemente la atención, tanto su forma de lucha como su código de honor. Recuerdo que cuando me entere de que mi padre había renunciado a ser samurái por tener una familia pensé que era un poco tonto, pero decidí que yo sería una guerrera samurái por él y padre siempre me animó.
Mi señora Nodoka sabía de mi fascinación por las artes marciales y aunque en esa casa las mujeres tenían prohibido practicarlas, mientras Shampoo y Ukyo se dedicaban a aprender a cocinar con Meiko, Yuri y Nodoka-sama, labor en la yo era negada, mi señora Nodoka me prestaba lecturas que tenía escondidas de la vista de su marido.
Me fascinaban esas historias sobre todo la de Tomoe Gozen. Me gustaba no solo porque compartía nombre con mi peculiar amigo sino porque me fascinaba la valentía y determinación con la que actuó. Yo quería ser como Tomoe Gozen.
- Akane ¿Qué haces? – preguntó Momo-chan sobresaltándome.
- Nada en realidad – contesté. Detrás de mi amiga venía Sasuke. Aunque ya era prácticamente un hombre su cuerpo menudo y regordete seguía siendo el mismo que conocí hace dos años – ¿y vosotros?
- Limpiar – dijo encogiéndose de hombros mientras se sentaba a mi lado siendo seguida por Sasuke quien me sonrió – Sasuke –kun me está ayudando.
- ¿Quieres que me una a vosotros? – Mi amiga negó con la cabeza – puedo hacerlo.
- Lo sé, pero no hace falta.
Asentí levemente sabiendo perdida esa batalla. Si Momo-chan decía una cosa había que cumplirla, era aún más cabezota que yo. Miré a mi amigo – ¿y tú Sasuke? ¿Cómo va la lectura?
- Bien – respondió no sin un poco de dificultad. Desde hace unos meses Sasuke estaba aprendiendo a leer con mi ayuda y la de Momo-chan. Cada vez hablaba mejor y tartamudeaba menos y ya podía mantener conversaciones medio serias lo que me hizo replantearme que mi amigo no era tonto como muchos decían sino que era un poquito lento y que nunca nadie le había ayudado a mejorar, pero yo lo haría, yo le protegería de todo.
- ¿Seguro? – Pregunté inquisidora – no me engañes.
- Lo juro… onee-chan – la voz de Sasuke ya era grave pero no tosca como la de Taro o el señor panda. Era la voz de un hombre hecho y derecho, pero uno tímido y dulce – estoy practicando… quiero… me… mejorar.
Le di una sonrisa – Me alegro, cada vez hablas mejor y enseguida leerás de corrido sin tener que poner el dedo encima de la lectura.
Mi amigo sonrió ampliamente y el diente grande y torcido que tenía en la parte de arriba de la boca sobresalió entre los demás – Arigatou, onee-chan.
- ¡Oye! – Protestó Momo-chan en broma – como que yo no te he ayudado.
Sasuke-kun se sonrojó y se agachó disculpándose. Momo y yo nos miramos divertidas y explotamos en carcajadas – Es broma Sasuke-kun.
- Sois… ¡malas! – volvimos a reír viendo como el pequeño hombrecillo inflaba sus mejillas en un gesto infantil. Le abracé sin poder contenerme y el me devolvió el gesto, sabía que Sasuke siempre estaría ahí para mí.
Nos mantuvimos en silencio un rato simplemente haciéndonos compañía hasta que Momo-chan suspiró – Akane, ¿no has notado el ambiente tenso en la casa? – Yo asentí levemente – ¿hay algún problema?
Pensé un momento antes de hablar pues debido a que mi vida estaba ligada a mi señora mis compañeros siempre intentaban sacarme algún chisme de los señores pero yo normalmente mantenía la boca cerrada, pero con Momoha y con Sasuke sabía que podía hablar sin problema alguno pues primero se arrancaría la lengua antes de traicionarme así como yo también lo haría por ellos.
- Hay problemas en Edo…
Sasuke me miró preocupado, un brillo de temor recorrio sus ojillos de huevo y yo le sonreí intentando tranquilizarle – Siempre hay problemas en Edo – contestó Momoha con amargura – es una de las ciudades más importantes de Japón, con casi un millón de personas encerradas en esos muros los problemas están a la orden del día.
- Sí, pero esta vez es diferente – dije en un suspiro. Y no mentía. 1853 fue el detonante de una crisis interna, el mundo que conocíamos estaba a punto de cambiar y mientras mis compañeros eran ajenas a ello, el convivir todos los días con los señores me proporcionaba información privilegiada sobre la situación.
- ¿Cómo? – preguntó Sasuke con voz temblorosa.
- Cada vez hay más gente descontenta con el shogun pues los samuráis tienen un montón de privilegios mientras que la población vive prácticamente en la pobreza.
- Ya veo – dijo pensativa Momo-chan – en cierta parte es normal que el pueblo esté descontento, es el shogun quien otorga los privilegios a las familias samuráis – yo asentí levemente.
- Incluso algunos samuráis de bajo rango viven en la pobreza y se dedican a saquear a los mercaderes – dije con un tono de voz áspero. Gracias a los libros de mi señora Nodoka sabía de buena tinta que los privilegios otorgados a las familias samuráis eran ganados con esfuerzo y dedicación pero había algún que otro samurái que había logrado en un golpe de suerte subir de rango y ahora se dedicaban a ensuciar el nombre del guerrero.
- ¿Y qué hace el shogun? – preguntó Momo-chan.
- Según el señor Saotome el shogun ha reclutado a los samuráis del clan Aizu para intentar mantener el control entre los clanes y que finalicen las reyertas – dije seria – pero esto no es suficiente, Edo es peligroso hoy en día – y miré a mi amigo quien solía ir a menudo a comprar a la ciudad – ten cuidado Sasuke, no malgastes tu vida, si alguien te ataca solo corre y no mires atrás.
Mi amigo me miró con miedo y asintió. Me quedé más tranquila y proseguí – pero eso no es todo…
- ¡ah! ¿Qué hay más?
- Sí, según el viejo Saotome el descontento no está solo entre la población civil, algunos samuráis están también descontentos y le culpan de la situación económica – era una niña por aquel entonces pero por las historias que escuchaba sabía lo que era una guerra civil y por el panorama que pintaba el señor Saotome, temía que pronto se llevara a cabo una que terminara con nuestro mundo.
- Eso no es bueno para el shogun.
Negué con la cabeza. Iba a hablar pero el grito de Kimiko nos sacó de nuestra conversación. La puerta corredera se abrió de golpe y la mujer apareció ante nosotros con un gesto serio – Akane – chan, Momo-chan ¡¿Qué hacéis aquí tan tranquilas?!
- Estaba hablando Kimiko-san – contesté sorprendida por su seriedad.
- Es la hora de la cena, no debéis llegar tarde o la señora se enfadara.
- ¿Ya es hora de cenar? – pregunté sorprendida mientras que Momoha daba un gritito de angustia.
Kimiko asintió – vamos, id rápido antes de que lleguen los señores y vean que no estáis allí.
- ¿Ya están todos? – preguntó Momoha asustada.
- Faltáis vosotras y los señores – dijo mirándonos con desaprobación a Momo-chan y a mí – dad gracias que pasé por allí y vi que no estabais os podíais haber metido en un lio.
- ¡kuso! – Gritó Momo-chan poniéndose en pie mientras la seguía – Como no esté en mi puesto para servir la cena Nodoka-sama me mata.
Mi amiga me tomó del brazo y salió corriendo por el pasillo hasta el salón. Cuando entramos suspiramos aliviadas al ver que ni Nodoka-sama ni el señor panda habían llegado. Momo-chan se arrodilló en la puerta y yo tomé mi asiento habitual a la izquierda de Nodoka-sama.
- ¿Dónde estabais? – Preguntó curiosa Ukyo – si no llegáis a estar aquí cuando los señores lleguen…
- Lo sé, lo sé – dije nerviosa – estuvimos hablando y se nos pasó la hora.
- Suerte que llegasteis a tiempo – dijo Ranma.
Mousse asintió – Nodoka-sama es muy estricta con los horarios.
Miré a Shampoo quien no había dicho nada, mantenía su vista en el suelo y en su boca se pintaba una sonrisa torcida, estaba segura que nos iba a delatar en cuanto los señores llegaran. Miré a Momo-chan preocupada y esta me devolvió la misma mirada entendiendo mi mensaje. Me daba igual que Shampoo se chivara de mi desliz pero que metiera en problemas a Momoha no me gustaba.
- Shampoo, si vas a decir algo, no digas nada de Momoha, dilo solo de mí.
La china me miró burlona – No, Shampoo no hacerlo, no poder mentirle a futura suegra.
- Haz conmigo lo que quieras pero a Momoha mantenla al margen.
- No, no, no… Shampoo no poder hacer eso – dijo ensanchando su sonrisa – Shampoo saber que molestar mucho a chica tonta, si dejar que Momoha irse tranquila y sin culpa, chica boba estar satisfecha, y Shampoo quiere hacer daño a chica fea.
- Eres una…
Mis palabras fueron cortadas por la seria voz de mi señora – ¿Y cómo vas a dañar a Akane-chan, querida Shampoo?
- Señora Nodoka – habló rápidamente Shampoo mientras mi señora tomaba asiento a mi lado – Akane y Momoha llegar tarde.
Nodoka-sama me miró y luego lanzó la vista a una cabizbaja Momoha para luego girarse a la china y decir – yo las veo en su puesto.
- Pero ellas llegar tarde, ya todos en nuestros puestos cuando ellas aparecer.
Nodoka - sama puso una mirada seria – pero cuando yo llegué ellas ya estaban en su puesto por lo que en lo que a mí respecta no han llegado tarde – el señor panda que había entrado detrás de mi señora soltó un suspiro cansado. Momo-chan colocó la pequeña mesa delante de mi señora quien tomando el tazón entre sus manos dijo – y además querida Shampoo, no me gustan para nada los chivatos.
- ¡Señora siempre reñir a Shampoo cuando llegar tarde y a ella pasárselo todo!
- Eso no es cierto – solté de repente captando la atención de los presentes – por si no lo recuerdas el otro día mi señora me regañó por no llegar a la ceremonia del té con el kimono adecuado.
No mentía, mi señora era muy buena conmigo pero si debía ser dura, lo era. La china iba a replicar pero el señor panda movió la mano haciéndola callar – Shampoo, querida hay problemas más graves en el mundo que son más dignos de comentar que el hecho de que Akane llegue tarde.
- ¿Ha pasado algo grave? – Preguntó Ryoga-kun – ¿Más problemas en Edo?
- Así es muchacho – respondió mi señor mientras comenzaba a cenar – Nodoka, es mejor que cuando vayas a Edo con las chicas os llevéis a Taro.
Mi señora dejó de comer y miró a su marido con el ceño fruncido. A mi señora le gustaba ir a pasear tranquila por Edo, nos llevaba a Ukyo, Shampoo y a mí con ella, a veces Momo-chan también nos acompañaba pero cuando llegábamos ella se separaba de nosotras y nos citaba en un lugar y a una hora indicada para volver. Yo no estaba muy conforme por lo que más de una vez la seguí sin que ella se diera cuenta. Le gustaba ir tranquilamente por los puestos de la ciudad comprando o charlando con la gente.
Una vez tuve la valentía de preguntarle porque le gustaba ir a Edo y me contestó que allí se sentía un poco más libre, que lejos de la vista de su marido podía dejar a un lado el dolor y olvidar por un momento su vida.
Por eso no le pareció bien tener que llevar a Taro con ella, con ese hombre tras nosotras mi señor tenía controlada a mi señora en cada paso que diera y ella no podía desconectar de la casa y su marido.
- ¿Por qué? ¿Las reyertas no cesan?
- No querida, es más se han incrementado – tragó el pedazo de pescado que tenía en la boca y continuó – además hace un par de horas ha llegado unos barcos de guerra americanos a nuestras costas.
Abrí los ojos de par en par y casi dejo caer los palillos. Yo no fui la única sorprendida, todos los presentes pusieron una mueca de asombro en su cara pues el pensar que unos americanos estaban en nuestro país era como despertarse un día y ver que el cielo era verde.
- ¿Americanos? – preguntó Ranma sorprendido – ¿En Edo?
Genma Saotome asintió solemne con la cabeza – ¿Y qué hacen aquí? – preguntó Ukyo con voz temblorosa. En sus ojos podía verse el miedo así como en los de Shampoo que intentaba disimular el temblor de sus manos. Yo no me puse nerviosa, al menos no mucho, los americanos no dejaban de ser personas corrientes, hombres mortales de carne y hueso como tú y como yo.
- Así es, por lo visto están a las órdenes de un tal Perry.
- ¿Y qué quieren? – pregunté esta vez yo. Me picaba la curiosidad pues no lograba entender que querría un hombre de otro país de Japón.
- Por lo visto quieren un tratado comercial – me respondió el hombre panda sin dejar de comer – el emperador está seguro de que el shogun no les dará cara y tendremos problemas.
- Pero… ¿eso quiere decir que entraremos en guerra con los americanos? – volví a preguntar. Las mujeres sufrieron un estremecimiento ante mis palabras mientras que los hombres solo se mantenían serios.
Genma Saotome se encogió de hombros – Quien sabe, todo está en manos del shogunato ahora – el señor de la casa se quedó unos minutos pensativo dejando por fin a un lado la tarea de comer. En sus gordas facciones pude ver por unos breves instantes la sombra del temor pero rápidamente desapareció y volvió a llevar los palillos a la boca – en fin, no os preocupéis por eso, simplemente cuando vayáis a Edo no vayáis solas, me preocupan mas los japoneses descontentos que un puñado de americanos.
- Así se hará – dijo mi señora seria. La miré unos segundos asombrada por su repentina sumisión pero no dije nada. Mi vista se dirigió a Momo-chan quien temblaba en una esquina de la habitación y luego la dirigí a los jóvenes señores quienes se lanzaban miradas entre ellos.
El resto de la cena no se volvió a tocar el tema. Ni esa cena, ni las siguientes.
Los días pasaban y los buques de guerra americanos seguían en la costa. Apenas podía entrenar pues Genma estaba sometiendo a los hombres a entrenamientos exhaustivos, supongo que por el miedo a que se librara una batalla contra aquellos extranjeros.
Por lo que el hombre panda contaba, ese tal Perry no estaba dispuesto a irse de Japón sin un acuerdo comercial y el shogun siempre les daba excusas para no reunirse con ellos. Supongo que tenía la esperanza de que se cansaran y decidieran irse, pero no fue así, cuantas mas negativas recibían mayor era su empeño en quedarse.
Mi amistad con Mousse se fortalecía cada día más. Cuando ambos teníamos ratos libres nos dedicábamos a pasear por los jardines, contándonos anécdotas de la infancia, debatiendo sobre los americanos o simplemente paseando en silencio. Mousse era un gran chico, educado y amable aunque a veces me sacara de quicio el enfado se esfumaba enseguida pues el chino era de los que no les costaba pedir perdón.
- Oye Akane – me dijo una tarde que estábamos sentados en un banco de piedra en el jardín bajo un árbol de sakura.
- Dime – miró a ambos lados como si buscara algún espía.
- Mañana los chicos y yo estamos libres pues el señor se va a una reunión de altos mandos de la corte imperial.
La felicidad me invadió el cuerpo. Si el señor de la casa se iba, yo podría volver a entrenar al menos un par de horas. Hacía días que mis entrenamientos habían sido cancelados ya que Mousse y el resto de mis compañeros se pasaban horas en el dojo encerrados pero con el señor panda fuera volvía a tener la oportunidad de juntarme con los chicos.
- ¿Volveremos a entrenar?
- Sí, los chicos no me han dicho nada, pero yo te entrenaré con gusto.
Asentí muy contenta y le brindé al chino la mayor sonrisa que le he dado a nadie. Esos días la casa estaba terriblemente tensa y se notaba un aire de miedo e inseguridad, un aire de melancolía y tristeza que me estaba empezando a ahogar, por lo que ese soplo de aire fresco fue como un revitalizante.
Me gustaba entrenar con Mousse, no era el mejor guerrero de todos, el joven Ranma le daba mil vueltas como peleador pero era un maestro paciente que decía las cosas con calma y no a los gritos y maldiciones como el joven señor.
- ¿Cuándo empezaremos?
- Temprano – me contestó – antes de tus clases de la mañana.
- ¡Genial! Tengo muchas ganas de – mis palabras se cortaron debido al retumbar de un cañón en la lejanía. Mousse se puso en pie de un salto, yo le imité y miramos a la lejanía. Desde nuestra posición solo veíamos el muro que rodeaba la casa pero el sonido venía desde la dirección en la que se encontraba Edo.
- ¿Eso ha sido el sonido de un cañón? – preguntó Mousse sorprendido. El retumbar de otro cañonazo me tomó desprevenida por lo que mi mano se posicionó en el brazo de mi compañero y amigo en un intento inconsciente de buscar refugio.
- Tranquila – me susurró abrazándome – No es nada, debe ser…
- Que hermosa pareja – dijo una socarrona e irónica voz que conocíamos muy bien. Nos separamos de un brinco y nos giramos para enfrentar a nuestro captor. Ante nosotros Ranma Saotome tenía una cara que se podría comparar con la de un perro hambriento frente a un trozo de carne.
Mi amigo frunció el ceño encarando al joven señor que estaba cruzado de brazos como si esperara una explicación – Akane se ha asustado.
- ¿Ella? – Preguntó señalándome con la cabeza – Pensaba que ser una damisela en apuros era algo propio de chicas, no de niños con pelo largo.
Mi cara se tornó roja debido al coraje a tal grado de que notaba el calor salir de mi cuerpo – ¿Hablas de mí?
- ¿Quién más sino? – Me preguntó burlón para luego soltar una carcajada – Además de torpe llorona.
- ¡No soy una llorona! – grité furiosa.
- Sí que lo eres, una niña marimacho, torpe y llorona que tiene que protegerse en los brazos de alguien como el – espetó con veneno señalando al chino.
- ¿Alguien como yo? – preguntó Mousse con un tono hosco.
- Sí, un torpe, una torpe y un torpe, tendrás hijos torpes y nietos torpes – la manera tan infantil que Ranma tenía para insultarnos me sacaba de mis casillas. A día de hoy lo recuerdo y me río a carcajadas pero en mi tierna infancia deseaba ahogarle en el lago – la familia de torpes.
Tuve que morderme la lengua para no escupirle en la cara que si Mousse era un tonto y un torpe él también lo era pues la sangre les unía, pero no podía hacer eso, prometí guardar el secreto a mi señora, y antes muerta que traicionarla. Por eso apreté los puños y conté hasta cien.
Un nuevo cañonazo nos hizo olvidar la pequeña disputa y tensarnos, ya eran demasiados como para ser pacíficos. Nos miramos entre los tres sin saber que hacer hasta que la voz de Tomoe nos habló.
- Señor Ranma, señor Mousse – me miró con la ceja alzada supongo que no esperaba verme en compañía de ellos dos – Akane, entrad en casa, órdenes del señor.
- ¿Qué pasa Tomoe? – pregunté al ver el miedo en las facciones de mi amigo.
- No lo sé parece que esos americanos están lanzando cañonazos – explicó mientras me tomaba del cuello del kimono sin delicadeza para hacerme caminar dentro de la casa – Por favor señores, dense prisa.
Mousse y Ranma entraron en la casa tras de mí. En una sala la señora Nodoka tomaba el té tranquila mientras que Genma Saotome a su lado movía nerviosamente la pierna arriba y abajo. Sus manos estaban escondidas dentro de las mangas del kimono pero aun sin verlas supe que le temblaban.
- Madre ¿Qué ocurre? – preguntó Ranma acercándose a mi señora quien le sonrió para tranquilizarle.
- No es nada hijo, esos americanos están causando un pequeño alboroto.
- ¿Pequeño alboroto? – Preguntó la temblorosa voz de Momo-chan – señora, si siguen así tumbaran la ciudad de Edo.
Observe asombrada como los criados estaban apretujados unos contra otros en la esquina de la sala. La pequeña Nara se abrazaba a las piernas de su madre mientras esta le acariciaba la cabeza con cariño intentando transmitirle un poco de la calma que ella misma no tenía. Tomoe y Jiro estaban abrazando a sus esposas, Daisuke, Yuka y Sayuri hacían piña entre ellos para reconfortarse, Meiko acariciaba la espalda de su hermana que estaba terriblemente asustada mientras que Sasuke era una pequeña bolita temblorosa sentada junto Momoha. Me giré para buscar con la vista a las jóvenes de la casa y lo que vi removió mi estómago.
Shampoo estaba aferrada al brazo de Ranma como un pulpo. El joven señor la miraba turbado intentando soltarse del agarre. Una corriente eléctrica me recorrió desde la punta de mis pies hasta el final de mi pelo. Una ira abrumadora me recorrió y noté un nudo en la garganta. Quise gritar y patalear, exigir que se soltara pero no podía hacerlo. No sabía que era esa desesperanza que sentía, no entendía porque notaba mi bilis subir por mi garganta ni porque mis dientes se apretaban, no sabía que me pasaba. La respuesta era simple, celos.
Los mismos celos que veía reflejados en la cara de Mousse que estaba sentado apoyando su espada en la pared con la vista fija en la dulce pareja. Otro cañonazo retumbó en la casa y Shampoo pegó un grito aferrándose más a su prometido.
- ¡Ranma! ¡Shampoo tener miedo! – estaba segura de que no tenía tanto miedo como aparentaba pues Ukyo que era bastante más cobarde que ella estaba bastante tranquila en los brazos de Ryoga quien le daba leves golpecitos en la espalda.
- Son solo cañones Shampoo – dijo aburrido Ranma mirando a la china – y están muy lejos.
- Pero tener miedo – dijo apretando un poco más su agarre – proteger a Shampoo.
El joven señor soltó un suspiro cansado. Noté el crujir de una taza de porcelana y llevé mi vista a la única persona que estaba tomando té en esa sala. Mi señora fulminaba con la mirada a Shampoo.
- Señora – dije captando su atención – la taza, está a punto de quebrarse.
Nodoka-sama miró la pequeña grieta en el extremo superior del recipiente y lo soltó dejándolo en la mesa – esa niña puede con mi paciencia.
- Es normal que esté asustada – contesté – ¿Por qué los americanos bombardean Edo señor Saotome? ¿No se supone que solo quieren un acuerdo comercial?
- Como advertencia – me contestó con una falsa voz segura el hombre panda – El shogun lleva días ignorando sus peticiones de reunirse con él, esta es su forma de decir "Estamos aquí, armados y no tenemos prisa por irnos"
- ¿Crees que el shogun les atenderá? – preguntó esta vez mi señora.
- No lo sé, pero debería – la voz del señor de la casa tembló ligeramente – los samuráis empiezan a cansarse de la presencia de esos extranjeros en Edo y al shogun no le interesa que su propio bando se ponga en su contra.
Mi señora me miró y yo le devolví la mirada cuando otro cañonazo impactó en la ciudad. Mi señora miró el techo de la casa – ¿Cómo es posible que los cañones se escuchen tan cercanos si nuestra casa está tan alejada de la ciudad?
- Son cañones mucho mejores que los nuestros – contestó el señor Genma – todas sus armas están mucho más desarrolladas que las nuestras gracias a esa gran ley que no permite la entrada y salida de nadie, esto es lo que causa esta marginación del país.
- Acabará cediendo – contestó Nodoka-sama.
- Más le vale, sino sus queridos y anticuados samuráis pondrán precio a su cabeza – la mención a los samuráis de forma tan irónica hizo que mi señora se tensara. Tomé su mano para intentar tranquilizarla y por lo visto funcionó porque su postura se relajó.
Fui a sentarme con sasuke cuando los cañonazos se hicieron más seguidos. Mi pobre y regordete amigo era un manojo de nervios por lo que me acerqué a él para reconfortarle. Pasé mi mano por su espalda y Sasuke-kun dio un brinco.
Sus ojos de huevo estaban plagados de lágrimas y sus tupidas cejas temblaban – onee-chan.
- Esta todo bien – le tranquilicé sobándole la espalda y brindándole una sonrisa – no pasa nada, los cañones están muy lejos.
- Me da miedo – tembló como un niño asustado a pesar de su edad. El gracioso bigotillo con cuatro pelos mal puestos que le había salido se movía de arriba abajo.
- Yo te protegeré, tranquilo – tomé su mano para darle tranquilidad y sonrió levemente. Se pegó a mí y poco a poco dejó de temblar y gimotear a la par que los cañonazos desistían. El silencio inundó el ambiente, recuero que fue como si el mundo hubiera frenado en seco. No se escuchaba ni siquiera a los pájaros, ni el viento… todo estaba en silencio.
- Creo que ya terminar todo – dijo Shampoo separándose levemente de su prometido.
- Que aguda – contesté irónicamente. La china me fulminó con la mirada por lo que solo pude sonreír al igual que Ryoga quien disimuló su risa con una leve tos.
El señor de la casa se puso en pie y se acercó a la puerta del salón que daba al jardín, pero justo cuando su temblorosa y gorda mano estaba a punto de abrir la puerta reculó y dijo – Jiro, sale y ve hasta la puerta, a ver si divisas Edo.
El pobre Jiro se tensó y su piel palideció como si toda su sangre hubiera abandonado su cuerpo. Jiro era un gran hombre pero bastante cobarde, lo cual era entendible, nunca había tenido que luchar, ni pelear ni nada por el estilo, su vida era servir a los señores y su mujer Satsu, una aburrida vida tranquila y sin sobresaltos.
Di un leve suspiro y me levanté, los presentes me miraron con curiosidad – ¿A dónde vas? – me preguntó mi señora.
- Ha mirar cómo está Edo – contesté tranquilamente. Decidí salir en lugar de mi compañero cuyos ojos cansados y temerosos brillaron de felicidad – Satsu-san está muy asustada y su marido debe protegerla, yo iré.
- Pero Akane, podría ser peligroso – dijo Momo-chan débilmente.
Negué con la cabeza y sonreí – No, para nada. Edo está muy lejos y es solo salir a la puerta, no te preocupes.
- Pero querida, no deberías ir tu – comentó mi señora con tono amargo mirando a su marido – eso debería ser trabajo de hombres, y dado que aquí los hombres no tienen agallas…
- Insisto señora – respondí cortando por primera vez en mi vida sus palabras. Los marrones ojos de mi señora me analizaron profundamente, como solo ella podía hacerlo, suspiró y asintió al darse cuenta que nada me haría cambiar de parecer.
- Espera – me dijo Mousse – Voy contigo.
- No hace falta.
- Pero…
- Mousse – le corté con la voz dura, no era una damisela en apuros a la que un hombre debía salvaguardar – he dicho que no es necesario.
Mi amigo chino asintió y se acomodó de nuevo contra la pared. Salí por la puerta que daba al jardín y pude escuchar el estremecimiento general cuando abrí la puerta. Era como si creyeran que tras aquella puerta de madera y papel hubiera un ejército americano esperando para apresarnos, pero en vez de encontrarme un ejército ante mis ojos, encontré una calma absoluta.
El jardín estaba igual que cuando lo dejamos, los arboles de cerezo, los bonsáis, las flores, el lago… todo estaba igual que lo dejamos. Cerré la puerta no sin antes echar un vistazo a los presentes quienes me miraron con un brillo extraño en los ojos ¿admiración tal vez? No estaba segura.
Avancé por el jardín en dirección a la puerta principal. Pasé por el pequeño puente de madera que cruzaba el enorme lago de las carpas y avancé. El silencio seguía siendo el mismo y aunque no lo quisiera admitir, eso me ponía los pelos de punta. La casa de los Saotome era siempre ruidosa y llena de vida y ahora estaba sumida en el más profundo silencio.
Llegue a la enorme puerta de madera y quitando el seguro la abrí y salí al exterior. Nada, todo estaba igual que antes. El camino de piedras, la vegetación…. Todo estaba como lo habíamos dejado, solo que a lo lejos, la borrosa figura que era la ciudad de Edo humeaba, como si la hubieran quemado.
- No puedo ver nada – murmuré para mí misma. El enorme muro que rodeaba la ciudad no me permitía ver nada. Bufé frustrada pues entraría a casa sin más noticias que la visión de humo que ni siquiera sabía de donde venía.
Miré a mí alrededor pensando una solución. No podía ir hasta Edo, ningún carro pasaría por allí tras el ataque e ir andando no era la mejor opción porque tardaría demasiado. Además de que acercarse hasta allí podría resultar peligroso.
Di una patada a una piedra que había en el camino, no podía entrar en casa sin noticias para mi señora – Alguna solución debe de haber…
Miré a mi alrededor una vez más y entonces la respuesta me golpeó, el muro de la casa era enorme, pero no lo suficiente, pero el tejado de la casa era perfecto, solo debía subir hasta arriba del todo y mirar.
- Eso haré – me dije dándome ánimos mentales. Cerré la puerta y puse el seguro de nuevo y corrí veloz hacia la puerta principal de la casa. Durante el tiempo que fui sirvienta encontré una puerta que daba al tejado en el desván donde mi señora guardaba los kimonos y algunos objetos que no usaba.
Subí las escaleras de dos en dos remangándome el kimono por encima de las rodillas para poder dar zancadas más grandes. Si alguien de la casa me veía con esas pintas pensaría que era una niña pervertida que iba mostrando sus encantos de forma poco decorosa, pero me daba igual. Además todos estaban demasiado asustados encerrados en el salón como para salir a deambular por la casa.
Debido a mis fuertes pisadas la puerta del salón se abrió y la cabeza de Kima se asomó - ¿Akane? ¿Qué pasa? ¿A dónde vas? ¿Qué has visto?
- ¡Al tejado! – Le grité desde la planta alta – ¡esperar!
Llegué al desván y abrí la puerta. El aire estaba caliente y denso, muy denso. El polvo me atravesó la nariz que comenzó a picarme levemente pero no me importó, moví un par de cajas y vi la pequeña puertecilla que daba al techo. Me subí encima de una caja bastante dura y empujé la puerta.
Tuve que usar un montón de fuerza pues estaba prácticamente pegado, supongo que eso era debido a los años que llevaba cerrada. Cuando la conseguí abrir el viento fresco me golpeó la cara y un rayo de luz me hizo cerrar los ojos levemente.
Por el pasillo escuchaba varios pasos apresurados y la voz de mi señora llamándome, pero no hice caso. Usando la fuerza de mis brazos y piernas trepe hasta salir por el agujero y llegar al tejado de la casa. Las tejas estaban sucias y en algunas se veían pequeños musgos resbaladizos. Me puse en pie con mucho cuidado para no caerme y miré en dirección a Edo.
- Akane, ¡akane! – Gritaba mi señora – ¿Qué haces ahí arriba? ¡Ten cuidado!
- ¡Akane-chan! ¡Baja ahora mismo! – me gritaba Momoha con voz temblorosa.
Yo hacía oídos sordos a sus reclamos pues la vista que tenía desde allí era increíble. Edo apareció ante mis ojos y más allá pude ver incluso el mar donde se distinguían manchas negras enormes que supuse que eran los barcos americanos.
- ¡Akane! – Gritó esta vez el hombre panda – ¿Qué ves?
- ¡Edo! – Respondí – ¡Y el mar!
- ¿Está todo bien? ¿Ha habido una batalla? – Preguntó el joven Rama – ¡Espera que subo!
- ¡Ni se te ocurra! – escuché a mi señora gritar. El joven señor soltó un quejido por lo que supongo que Nodoka-sama le había tomado de la oreja como hacía siempre que le regañaba – ¡y tu señorita baja ahora mismo!
- La muralla… - musité. La muralla de Edo había caído por un lado y varias casas estaban derruidas. También había pequeños fuegos desperdigados, de algunos barrios salían grandes columnas de humo.
- ¡Akane contesta! – Gritó Mousse – ¿esta Edo bien?
- ¡Sí! – contesté asomándome por el hueco por el que había entrado.
Mi señora dio un grito de espanto y se acercó – Akane cuidado ¡te vas a caer!
- ¡Tranquila señora, estoy bien, intentaré subir un poco más a ver si diviso algo!
- ¡No! – Gritó mi señora con brusquedad – baja ahora mismo.
- No pasará nada mi señora, tranquila.
- Dejarla – dijo con veneno Shampoo – si caerse del tejado tener un problema menos.
Mi señora le lanzó una mirada que si pudiera matar habría decapitado a la china – ¿Crees que es momento para decir eso?
Yo rodé los ojos aburrida, los comentarios de Shampoo eran tan habituales y repetitivos que ya ni me ofendían. Volví a mirar a Edo y con cuidado me moví. El peso de mi cuerpo hacía que las tejas viejas tintinearan o se moviera.
- Si voy caminando me caeré – murmuré para mí misma. Decidí agacharme e ir caminando a cuatro patas. Subí y subí hasta que llegué arriba del todo. Con piernas temblorosas me puse en pie y desde allí pude ver con más claridad. Aunque Edo estaba alejado y era prácticamente un borrón si entrecerraba los ojos podía distinguir las casas y el puerto en la bahia.
- ¡Están desembarcando! – grité asombrada. Fue tal mi asombro al ver tantos americanos saliendo de esos barcos que resbale con una teja suelta y me caía rodando. Pegué un grito brutal mientras caía por el tejado intentando inútilmente agarrarme a algún lado.
Llegué al borde y cuando ya estaba preparándome para caer y darme el golpe de mi vida una mano regordeta y sudada me agarró por la muñeca salvándome la vida.
Abrí los ojos y me descubrí con medio cuerpo colgado del techo y el otro medio siendo sujetado por mi salvador. Alcé los ojos y vi el rostro asustado de Sasuke.
- Sasuke-kun…
- Onee-chan, tranquila – me dijo con algo de dificultad. Tiró de mí hasta que subió mi cuerpo completamente al tejado. Le abracé fuertemente pegando mi cara a su cuello. El hombrecito me abrazó con manos temblorosas y soltó un débil gemido de tristeza – Casi mueres…
- Tú me salvaste Sasuke-kun – dije separándome de él dándole una gran sonrisa – Eres mi héroe.
Mi regordete amigo se sonrojó como una amapola y comenzó a balbucea y a jugar con sus dedos. Solté una risita – Vamos a bajar de aquí antes de que nos matemos.
Mi amigo asintió y me tomó de la mano, ambos temblábamos levemente por el susto y con su ayuda bajé encontrándome de lleno con unos protectores brazos.
- ¡Akane! ¡Por Kami que susto más grande cuando te escuchamos caer! – mi señora me había abrazado fuertemente enterrando mi cara en su pecho como una madre hace con su hijo. Sentí una calidez agradable.
- Siento haberla preocupado, fue un accidente.
Tomándome por los hombros me separó de ella para mirarme a la cara con dureza – ¡No vuelvas a hacer una tontería así! ¿Me oyes? ¡Casi me matas del susto! – mi señora me agitó como hacía una madre intentando que su hijo entrara en razón ante la travesura que ha realizado, asentí avergonzada y bajé la mirada. Mi señora estaba enfadada y todo era mi culpa por no haberle hecho caso.
Esperaba que me moliera a palos por semejante falta de juicio peor en vez de eso sus suaves manos me tomaron el rostro para levantarlo – Gracias a Kami estas bien, ¿estas herida? ¿Te duele algo?
Su mirada reflejaba preocupación, la misma que ponía cuando Ranma se dañaba, sonreí agradecida – Estoy bien de verdad, por suerte Sasuke estaba ahí para salvarme.
Nodoka-sama sonrió una vez más y me volvió a abrazar con fuerza, me gustaba esa sensación, era igual que cuando padre me abrazaba, era un abrazo protector, lleno de cariño y alegría de saberme a salvo.
- ¡Akane! ¡Estas sangrando! – gritó Sayuri. Su dedo apuntaba a mi pierna izquierda donde un enorme tajo en el gemelo sangraba abundantemente. Mi pierna estaba bañada en el líquido carmesí y el kimono estaba rasgado.
Jiro se acercó a mirarme la pierna – es un corte limpio pero no es muy profundo, tal vez una teja estaba rota y al resbalar se cortó.
- No es nada de verdad – dije al ver que la cara de mi señora se deformaba en una mueca de preocupación – ni siquiera duele.
- Hay que curarte o cogerás una infección – habló con tono serio Jiro – no es broma Akane, esas tejas llevan años sin ser limpiadas, puede infectarse.
- Todos al salón – la voz de mi señora era fuerte pero calmada. En su tono se notaba la tensión, supongo que producida al ver que en realidad si me había hecho daño por mi obcecación en subir la tejado.
- Pero Nodoka querida – dijo el hombre panda – queremos saber que ha visto…
- ¡He dicho que al salón! ¡Todos! – Gritó haciéndonos pegar un brinco – Tomoe, toma a Akane y bájala a la sala para curarle ese corte.
- Si señora.
Me aparté dando un paso atrás y dije – No es necesario, puedo caminar.
- Yuka, vete a por el botiquín y llévalo a la sala – luego se giró para mirarme con unos ojos que me hicieron sentir un escalofrío – y tu señorita estas castigadísima, hasta nueva orden.
Todos nos detuvimos a mirarla unos segundos. Parpadeé curiosa ante lo dicho por mi señora ¿castigada? ¿Acababa de ser castigada? Llevaba años sin que me castigaran, para ser más exactos, fue madre la que me castigó por última vez por mancharme el kimono de barro jugando a cazar ranas y eso pasó meses antes de que ella muriera.
- Nodoka, querida – dijo el señor Saotome con una sonrisa en la cara – No puedes castigarla, no es tu hija. Azotarla si, ¿castigarla? No es tu trabajo.
Mi señora se volteó para mirarle tan rápido que juraría que se podría haber dislocado el cuello. El gesto del hombre panda cambio radicalmente de la burla al temor, porque mi señora enfadada, daba miedo – Haré lo que me plazca, lleva en esta casa años y para mí es como si fuera mi hija, y si debo castigarla por haber cometido una imprudencia la castigo ¿queda claro?
- Cristalino querida – reí disimuladamente ante el temblor en la voz del hombre panda, no dejaba de ser gracioso como un hombre de tales dimensiones temiera a una delicada mujer como mi señora.
- Pues ahora todos al salón ¡vamos! – los presentes comenzaron a bajar rápidamente mientras que Tomoe me tomaba en brazos. Iba a protestar pero el largo dedo de mi señora me apuntó – Ni una palabra señorita, ahora bajaras con Tomoe, te curaremos y nos dirás que has visto.
- Sí, mi señora – susurré bajando la vista. No quería admitirlo pero estaba muy feliz por el hecho de ser castigada. No me malinterpretéis, no era algo bueno, pero el saber que para mi señora era como una hija me había puesto extremadamente contenta, podían cortarme la pierna si querían que nada borraría la sonrisa de mi cara, mi señora, la dueña de mi vida, aquella que me había comprado a mi propia hermana y podría tratarme como un trapo si quisiera me castigaba como si fuera su propia hija, mi cariño era reciproco, era como volver a estar en casa con madre, tener una familia… estaba contenta.
Una vez en el salón Kimiko me limpiaba con mucho cuidado la herida que era enorme. Por la adrenalina y el miedo que pasé no lo había notado, en el momento en que me la hice no sentí nada, pero ahora dolía como un demonio.
Solté un quejido y mi compañera apartó el paño levemente – Lo siento Akane-chan, pero debemos limpiarlo bien.
- Agradece que no hay que coserlo – dijo Yuri – una vez cocinando me corte y Kima me tuvo que coser el tajo, los kimonos los coserá muy bien, pero a las personas…
- ¡Oye! – Gritó la aludida – Ni siquiera te quedó cicatriz.
Solté una breve risa que fue interrumpida por otro lamento cuando Kimiko volvió a posar la gasa en mi herida. Me sentía un animalito de exposición pues el resto de los integrantes de la casa estaban sentado a mi alrededor sin dejarme vía de escape.
Por el rabillo del ojo vi como el hombre panda estaba impaciente por que le contara que había visto, pero le quería hacer sufrir un poco más, que se ahogara en la desesperación, a ver cuánta paciencia tenía.
- Mira que herida te has hecho por cabezota – dijo Ryoga-kun – tienes que tener cuidado Akane.
- No ha sido nada, en un par de días estará curado.
- ¡Te podrías haber matado! – Me gritó el heredero Saotome – ¡Casi mueres!
- Fue un accidente, no lo hice a posta – le recriminé – además Sasuke me protegió.
Los ojos azules del joven Ranma se oscurecieron y su cara se transformó en una mueca de mal humor, una mueca que yo conocía muy bien pues siempre la ponía cuando las cosas no salían como él quería – Eres una niña torpe – bufó.
- ¡Basta de tonterías! – Gritó Genma Saotome dando un golpe en el suelo – Niña, dinos que has visto.
Medité un momento las palabras que le diría al hombre panda, y para que mentir, medité más tiempo de lo normal para verlo desesperarse, era muy divertido hacerle perder la paciencia – Edo ha sido atacada por la flota americana.
- Eso ya lo sabemos – me contestó con rudeza – ¿Qué más?
Me llevé la mano al mentón haciendo como que intentaba recordar algo, las aletas de la nariz del hombre panda comenzaron a moverse de forma nerviosa y proseguí – Los cañonazos han destrozado una parte de la muralla y por lo que pude distinguir algunas casas han sido destruidas pero no mucho más – y no mentía para haber lanzado tantos cañonazos Edo estaba medianamente bien – Más que un ataque parecía una amenaza.
- ¿Para nosotros? – preguntó asustada Ukyo.
- No – respondí – para el shogun obviamente.
- ¿Cómo lo sabes? – me preguntó de nuevo Ukyo.
- No han atacado más que la muralla, la parte que cedió hizo que varias casas fueran destruidas pero si hubieran querido habrían acabado con toda la ciudad y no lo han hecho, en cambio las reyertas internas sí que la están destruyendo.
- ¿Qué más viste? – me preguntó esta vez Mousse con interés.
- No mucho – contesté sincera frunciendo levemente el ceño pues Kimiko me había vendado muy fuerte la pierna – No se puede distinguir demasiado debido a la lejanía con la que nos encontramos pero he visto que en algunas zonas de la ciudad había varios incendios.
- Motines – contestó en un murmullo el hombre panda.
- Creo que si – dije sobando la venda que me había colocado mi compañera y moviendo levemente la pierna buscando algún malestar – También vi a lo lejos como los americanos desembarcaban.
- ¡¿Desembarcaron?! – Gritó con temor Daisuke – ¿Atacarán la ciudad?
- No creo, si no lo han hecho ya…
- ¿Entonces para que desembarcan?
- Para presionar al shogun – dijo el señor de la casa – Han demostrado su fuerza y superioridad, ahora queda esperar que el shogun ceda.
- ¿Y si no cede? – preguntó el joven señor.
Genma Saotome meditó unos segundos y contestó – en ese caso puede que si tomen la ciudad, pero tal vez ese cabezota ceda de una vez, es solo un tratado comercial, no le interesa una guerra que no puede ganar.
Hubo un breve silencio en la sala. Todos estábamos sumidos en nuestros propios pensamientos, los míos sin duda no estaban en los cañonazos de la tarde sino en cómo mi señora me había tratado, como una hija, como un igual.
La cena de ese día fue silenciosa, nadie hablaba, ni siquiera Shampoo, supongo que por aquel entonces era solo una niña asustada ante el pensamiento de una guerra. Cuando llegó la hora de acostarse las chicas fueron las primeras en retirarse, seguidas por Ryoga-kun y Mousse y poco a poco los criados se fueron retirando. El hombre panda estaba tirado en el salón borracho hasta las trancas por el sake servido en la cena.
- Chicos, es tarde, id a la cama – habló mi señora, el joven Saotome se levantó y yo con dificultas le imité. En la herida notaba pinchazos leves pero podía caminar.
- Le prepararé la habitación mi señora – dije haciendo una inclinación.
- No, Momoha lo hizo ya antes de acostarse – me contestó suavemente – tu descansa.
- Pero…
- es una orden, Akane – solo pude asentir y dar una leve inclinación mientras que Ranma se acercaba a besar su mejilla.
- Oyasumi madre.
Nodoka – sama sonrió ampliamente devolviéndole el cariñoso gesto a su hijo – Oyasuminasai – cuando el joven Ranma se giró mis ojos toparon con los suyos los cuales me lanzaron un mensaje silencioso, un mensaje que aun sin palabras entendí "tenemos que hablar"
- Ranma, asegúrate de que Akane va a la cama.
- Sí, madre – salió de la sala dejándonos solas, de nuevo le di una inclinación y dije:
- Oyasuminasai, mi señora, gracias por su preocupación el día de hoy, no merezco el honor.
Mi señora me miró con una sonrisa dulce en su cara – no digas tonterías, me preocupo por ti como me preocupo por mi Ranma, Akane, te lo he dicho, eres mi mano derecha y protegida – sonreí levemente agradeciendo de corazón sus palabras – pero sigues castigada.
Solté una leve risa ante su rostro severo, ese rostro que solo una madre sabe poner – Hai, señora, me retiro ya.
- Oyasumi, Akane-chan.
Cuando salí del salón vi a Ranma al pie de las escaleras cruzado de brazos y con el rostro levemente tenso. Supuse que no le habría hecho ni pizca de gracia que su madre me tratara como una hija más, teniendo en cuenta que para él era una pobretona torpe.
- Oyasuminasai, joven Ranma – dije inclinándome. No tenía gana de pelear con él, el día había sido agotador y la pierna me dolía, solo quería ir a dormir.
- No necesitas que ese idiota de Sasuke te proteja – soltó con veneno sorprendiéndome. Me giré para mirarle con los ojos abiertos de par en par y las mejillas rojas. En su rostro no había vergüenza ni burla, solo determinación – Ni a ese torpe de Mousse.
- Son mis amigos – contesté defendiéndoles.
- Me da igual quienes sean o que sean para ti, ellos no deben protegerte, ese es mi deber.
Esas palabras impactaron en mi corazón como una flecha. No sabía cómo tomarme esa declaración, quizás le estuviera mal interpretando pero unas cosquillas nacieron en la boca de mi estómago y mi corazón comenzó a acelerarse. El joven señor se acercó a mi levemente y con sus manos tomó las mías – Akane, yo Ranma Saotome, juro protegerte siempre, hasta que seamos viejos – mis mejillas se calentaron aún más sin saber que decir – No tienes que estar en otros brazos que no sean los míos ¿entendido?
Inútilmente solo pude asentir con mi cabeza. Ese leve movimiento pareció calmar ese mal humor dentro de él. Apretó levemente mis manos y se mordió el labio inferior mientras apartaba la vista y la clavaba en el suelo.
No sabía que iba a hacer ahora, era una niña sorprendida, asustada y levemente enamorada de ese pequeño grosero, por mucho que me lo negara. Éramos dos niños empezando un juego peligroso, éramos dos pequeños tomados de la mano a los pies de una enorme escalera haciendo una solemne promesa.
Ranma subió su mirada azulada hacia la mía y en sus ojos ahora apareció otro brillo, el de la vergüenza, el mismo brillo que seguramente yo también tenía. Me mataba la ansiedad y las manos me hormigueaban entre las suyas, parecía que el joven señor quería hacer algo pero que no se atrevía.
Abrió la boca y la cerro, volvió a abrirla pero la cerró nuevamente y cerró los ojos con fuerza. Iba a preguntarle si estaba bien cuando unos labios impactaron en mi mejilla. Fue un beso rápido y bruto, resonó levemente cuando lo rompió pero había sido un beso.
Me quedé de piedra con la boca levemente abierta. Mis manos que seguían apresadas entre las suyas comenzaron a sudar. Mi mirada clavada en la de mi joven señor estaba perpleja – Etto… Oyasumi… ¡y ni una palabra de esto a nadie! – y tras decir esto se giró rápidamente y subió las escaleras rumbo a la habitación.
Yo estaba estática sin creerme lo que acaba de pasar, mi joven señor me había hecho prometer que solo él me protegería y no solo eso, ¡me había besado! Llevé levemente la mano a la mejilla besada como asimilando lo que acababa de pasar.
Sin prácticamente parpadear me moví levemente para girarme e ir en dirección a mi habitación en la planta baja. Mi mano aún estaba en mi mejilla y mi boca y ojos seguían abiertos de par en par mientras que mi cara y cuello parecían un farol en verano.
Cuando entré en la sala Momo-chan, Sayuri y Yuka estaban dormidas. La habitación estaba en penumbra levemente iluminada por la poca claridad de la luna a través de las rendijas de las paredes. Me senté en mi futón que ya estaba preparado, seguramente gracias a Momoha, y suspiré.
Ni siquiera me cambié de ropa y la incomodidad que sentía en la pierna herida desapareció, solo me tumbé y suspiré de nuevo, conmocionada por lo sucedido. Ese día fue terriblemente agotador, física y mentalmente, pero fue un día feliz. En la oscuridad de mi habitación con la mano en mi mejilla besada, sonreí como una idiota rememorando una y otra vez la sensación de los labios de Ranma Saotome sobre mi cara mientras que en mi cabeza sonaba su voz haciéndome prometerle que solo él me protegería.
Como podréis entender, esa noche dormí poco, pero cuando por fin concilié el sueño en mi cabeza seguía estando ese niño grosero de ojos azules que sin quererlo me estaba robando el corazón.
Aclaraciones:
Okonomiyaki: es una comida japonesa que consiste en una masa con varios ingredientes cocinados a la plancha. La palabra okonomiyaki está formada por el honorífico o, konomi y yaki cuyo significando es "cocinado (a la plancha) a su gusto". Algunos ingredientes comunes son la cebolleta o cebolla de verdeo, carne, calamar, camarones, vegetales, kimchi, mochi y queso. Una vez listo el okonomiyaki, este es cubierto con salsa de okonomiyaki, mayonesa, aonori y katsuobushi. Estos ingredientes se proporcionan aparte para utilizarlos al gusto del consumidor.
Tomoe Gozen: Fue una de las pocas guerreras samurái u onna bugeisha en la Historia de Japón, durante el período de las Guerras Gempei (1180–1185). Según El cantar de Heike: 'Tomoe era especialmente hermosa, de piel blanca, pelo largo y bellas facciones. También era una excelente arquera, y como espadachín era una guerrera que valía por mil, dispuesta a confrontar un demonio o un dios, a caballo o en pie. Domaba caballos salvajes con gran habilidad; cabalgaba por peligrosas pendientes sin rasguño alguno. Cuando quiera que una batalla era inminente, Yoshinaka la enviaba como su primer capitán, equipada con una pesada armadura, una enorme espada y un poderoso arco; y ella era más valerosa que cualquiera de sus otros guerreros.' Se estima que Tomoe (nombre que significa Círculo perfecto) nació en torno al año 1157 en una familia de samuráis, por lo que, como era costumbre, todas las mujeres de su familia se entrenaron en el manejo de la naginata, lo cual era necesario para proteger el hogar. Tomoe luchó durante las Guerras Gempei, un enfrentamiento entre los clanes Taira y Minamoto que duró cinco años. En el año 1184 tomó Kioto tras ganar la Batalla de Kurikawa. Cuando finalmente el clan Minamoto venció, su esposo Minamoto no Yoshinaka fue acusado de conspiración por el shōgun Kamakura, Minamoto no Yoritomo, lo que provocó que el Emperador lo declarara enemigo del Estado y lo mandara ejecutar. Según algunas fuentes, Tomoe moriría en la Batalla de Awazu en 1184, donde también moriría su marido usándose a sí misma como cebo para que su amado tuviera tiempo de llevar a cabo una muerte honorable. Sin embargo, El cantar de Heike asegura no sólo que Tomoe fue uno de los cinco Kiso que permanecieron con vida al final del duelo, sino que también explica que Tomoe no era esposa de Yoshinaka, sino sólo una asistente. Otras fuentes aseguran que Tomoe fue derrotada por Wada Yoshimori y se convirtió después en su esposa. Convirtiéndose en monja tras la muerte de éste. Nunca se ha comprobado la autenticidad de la existencia de Tomoe, salvo lo escrito en Heike Monogatari. Aun así, la tumba de su asistente femenina Yamabuki Gozen sí se ha encontrado, y la mayoría de sucesos narrados en El cantar de Heike son considerados verdaderos por los historiadores. La palabra gozen no es un apellido, sino un título honorífico que se concedía mayormente a mujeres, aunque también a algunos hombres.
Clan Aizu: Aizu es un área que representa el tercio oeste de la Prefectura de Fukushima en Japón. La ciudad principal del área es Aizu-Wakamatsu. Durante el período Edo, Aizu fue un dominio feudal conocido como Aizuhan y parte de la provincia de Mutsu. Los gobernantes (daimyō) a lo largo de gran parte del periodo Edo fueron del clan Hoshina, ex altos servidores del clan Takeda. Al comienzo del siglo XVII el principal de la familia, Hoshina Masamitsu, adopta al hijo ilegítimo del segundo shōgun Tokugawa Hidetada, y como resultado la fortuna de la familia Hoshina crece cada vez más. Hoshina Masayuki, el adoptado, aumentó en importancia durante el mandato como shōgun de su medio hermano Tokugawa Iemitsu, incluso actuando como regente durante la minoría de edad del cuarto shōgun Tokugawa Ietsuna. En el fin del siglo 17, la familia Hoshina fue autorizada a usar Tokugawa, la cresta malva Matsudaira y el apellido, y desde entonces fue conocido como el Aizu-Clan Matsudaira, con el nombre Hoshina utilizado solamente para los documentos internos. Aizu fue reconocida por su desarrollo en artes de combate, y mantenía en armas constantemente cerca de 5000 guerreros y firmes normas de conducta en la guerra.
Kuso: Mierda, maldición.
Matthew Perry: Matthew Calbraith Perry (1794-1858) fue un naturalista y oficial naval de EE. UU. Nacido el 10 de abril de 1794 en Newport (Rhode Island) y fallecido en Nueva York el 4 de marzo de 1858. Rompió el aislamiento internacional de Japón y lo forzó a abrirse a los demás países extranjeros e impulsó el tratado de Kanagawa. Durante la Intervención estadounidense en México, ocupó el puerto de Frontera y la ciudad de San Juan Bautista, en el estado de Tabasco. Antes de su viaje al Lejano Oriente, el comodoro Perry había leído los libros disponibles acerca del Japón Tokugawa. Su investigación incluso incluyó consultas con el cada vez más conocido japonólogo Philipp Franz von Siebold, quien había vivido en la isla neerlandesa de Dejima, por ocho años antes de retirarse a Leiden en los Países Bajos.
Oyasuminasai / Oyasumi: Forma de decir buenas noches, la primera es más correcta y formal. La segunda es más informal típica de padres a hijos o entre amigos.
Japón en 1853: En la historia comenzaremos a hablar de la época Bakumatsu a partir de este capítulo. Se denomina Bakumatsu a los sucesos que comprenden los últimos años del periodo Edo de la historia de Japón, cuando el shogunato Tokugawa llegaba a su fin. Esta etapa está delimitada por los grandes acontecimientos ocurridos entre los años de 1853 y 1867. La mayor división político-ideológica durante este período fue entre los ishin shishi, un incipiente nacionalismo antioccidental que creció entre los Tozama-daimio («señores externos») y el gobierno del Shogun, incluyendo el cuerpo de élite Shinsengumi, que se produjo tras la llegada del Comodoro Matthew Perry a costas japonesas. El punto decisivo del Bakumatsu fue la guerra boshin.
