¡Buenas! Antes de nada es muy importante que leáis y entendáis lo siguiente: El trabajo de "protector o protectora" no existe en Japón. Esta historia se lleva a cabo en un universo alterno, es decir, la historia no sigue el orden original de Ranma 1/2 pero si sus personajes, características físicas y personalidades.
Primero de todo comentar que he recibido varios mensajes preguntándome si voy a dejar de escribir en este formato, que donde seguiré escribiendo y que pasará con esta historia. Bien, no se de donde habrán salido esos comentarios pero son falsos, seguiré escribiendo en fanfiction y esta historia no quedará inacabada. Puede que a veces tarde un poco mas en actualizar como esta vez pero eso depende de mi trabajo y de si las musas me acompañan. Que haya tranquilidad porque no dejaré de escribir ni de actualizar :)
En este capítulo Ranma y Akane van a vivir un momento un poco acorde a su edad y que muchos me lleváis pidiendo un tiempo, por otra parte comenzará a consolidarse su caracter y su historia.
Pediros perdón también por si se me escapa algún error de ortografía. La historia es mía, pero los personajes no me pertenecen, son todos de la gran Rumiko. Humildemente pido también que me dejéis un review para saber vuestra opinión acerca de la historia. Tanto bueno como malo, cualquier crítica es buena.
Agradecer todos los review que me mandáis, los leo todos y son el motivo por el que sigo escribiendo. Me animan muchísimo creerme y saber que nuevos escritores se animan a subir sus historias gracias a mi fanfic me hace sentirme muy especial, sois geniales, no tengáis miedo de escribir, si al principio sale mal pues que salga, fallar es la única forma de aprender y rectificar.
Sin mas os dejo leer.
Los días pasaron y Nodoka-sama y Ranma me obligaron a permanecer en cama recuperándome. Aunque protesté enérgicamente dejando claro que no era necesario al final caí rendida ante mi señora.
Los días que pasé en cama sirvieron para recuperarme más rápido y además Nodoka-sama y su hijo pudieron pasar tiempo a solas para despedirse. Me alegré de que mi señora pudiera pasar tiempo con Ranma, bien sabía que ambos estaban sufriendo.
Cuando me recuperé del todo Ranma y yo nos dedicamos a disfrutar de nuestra compañía. En cada hueco de la casa, en cada recoveco de Edo en cada despiste de los que estaban a nuestro alrededor, Ranma y yo dábamos rienda suelta a nuestro amor.
Los besos cada vez se hacían más demandantes pero nunca pasó de eso. Siempre usábamos excusas para desaparecer juntos, excusas que salvaguardaba Nodoka-sama. Shampoo estaba muy pendiente de Ranma y era lógico, ella también quería pasar tiempo con el que ella aun consideraba su prometido.
- Shampoo sufrir mucho partida de Ranma – decía siempre lloriqueando por las esquinas. Era como un pulpo, siempre le perseguía e interrumpía momentos en los que podíamos disfrutar de nuestra compañía. Gracias al ingenio de mi señora y a que éramos buenos artistas marciales y detectábamos rápidamente la presencia de los intrusos, Shampoo, a pesar de haber estado revoloteando alrededor de Ranma como una mosca, nunca nos pilló.
Los días pasaban y mis sentimientos eran contradictorios. Por una parte estaba feliz de compartir tiempo con Ranma, pero por otra me sentía muy triste pues cada día que pasaba se acercaba su partida.
La mañana antes de que Ranma y los chicos se fueran me encontraba en el jardín. Nodoka-sama había mandado a las chicas fuera junto con Ryoga y Mousse para darnos más intimidad ya que Shampoo había dejado claro que quería compartir con Ranma su último día pero a pesar de haber suplicado, llorado e incluso gritado no pudo negarse a obedecer los deseos de mi señora.
Sentada en mi habitual banco de piedra miraba melancólica el cielo pensando en si podría aguantar tanto tiempo sin ver a Ranma. Miraba las nubes con tristeza, observándolas alejarse con el viento que las empujaba, tan ensimismada estaba que no noté la presencia de Ranma hasta que este dio un mullido beso en la parte trasera de mi cuello.
Me giré asustada, encontrándome con unos ojos que me fascinaban – Ranma, me asustaste.
- Lo siento – me dijo sentándose a mi lado y poniendo su mano sobre mi muslo – no era mi intención.
- Lo sé, tranquilo, no importa – sonreí levemente al notar las leves caricias que daba en mi muslo con su pulgar – ¿Ya has preparado todo?
- Tampoco es que tenga mucho equipaje que hacer – dijo con tono molesto – no nos dejan llevar gran cosa.
Puse una triste sonrisa y apoyé mi cabeza en su hombro recibiendo a cambio un leve beso. Nos quedamos en silencio haciéndonos compañía mutua. Tenía unas tremendas ganas de abrazarle fuerte y esconderlo en un agujero donde jamás lo encontraran, me dolía el pensar que solo me quedaban unas horas para disfrutar de su compañía.
Quería tanto llorar, quería… quería tenerle siempre a mi lado. Solté un débil sollozo y Ranma se percató de mi malestar. Apretó mi mano con la suya y me acarició suavemente la cara llevándose la solitaria lágrima que había salido de mis ojos.
- No llores, no me gusta verte triste.
Me separé levemente para mirarle a los ojos, esos preciosos ojos azules que no volvería a ver en cuatro años. Era tan injusto, tan doloroso… Otra lágrima cayó por mi mejilla y Ranma volvió a quitarla ¿Qué haría sin él? ¿Cómo podría ser feliz si no le vería por la casa? ¿Cómo ser feliz si iba a estar alejada de el?
- Akane – protestó cuando las lágrimas cayeron por mis mejillas sin control – te he dicho que no llores.
- No es algo que pueda evitar – aparté con el dorso de la mano las gotas que salían de mis ojos. Lloraba por una mezcla de sentimientos, tristeza porque se iba, rabia por no poder marcharme con él, impotencia porque a pesar de saber injusta la situación no podía hacer nada.
Alzó mi rostro levemente y me regaló una preciosa sonrisa que no pude evitar devolver, aunque estaba segura de que esa alegría no llegó a mis ojos – te voy a echar de menos – susurré.
- Y yo a ti – me abrazó con fuerza y oculté mi rostro entre el hueco de su cuello mientras dejaba escapar todo el dolor de mi pecho. Apreté con fuerza su ropa entre mis puños y lancé largos sollozos que Ranma recogió sin queja alguna. Su mano baja y subía por mi espalda, tranquilizadora.
- Ya está, no llores mas no es como si me fuera a morir.
-¡No digas eso! – grité dándole un leve golpe en el hombro para mirarle con rabia. Entonces, recibí un golpecito en mi frente.
- Ya me estaba asustando – le observé curiosa sin entender sus palabras – tanta feminidad no va contigo, pensé que estaba perdiendo a mi marimacho.
Su comentario lejos de enfadarme me hizo gracia. Sabía que no lo había dicho por ofenderme, sino para quitar hierro al asunto y que dejara de llorar, así era Ranma. Solté una risa que pareció alegrarle – Así me gusta, así es como te quiero recordar, riendo.
- Lo sé, sé que no debería llorar pero… es mucho tiempo Ranma.
- Sí, a mí también me duele separarme de ti y lo sabes – sus palabras sonaron tan sinceras que mi corazón se calentó – pero te prometo algo.
De repente su voz se puso seria al igual que su gesto. Tomó firmemente mis manos entre las suyas y me obligó a mirarle directamente a los ojos – Akane, prometo que cuando vuelva nos casaremos.
- Ranma – murmuré sonrojada ante la seriedad que mostraba.
- Nos casaremos, estos cuatro años sin ti serán una tortura, pero merecerán la pena porque al volver sé que estaré por siempre a tu lado, hasta que me muera.
De nuevo las lágrimas volvieron a llenar mis ojos, no sabía si era cosa mía pero algo dentro de mí me decía que me estaba haciendo una proposición formal de matrimonio y Kami sabía que estaba más que dispuesta a decir que sí.
Ante mis lágrimas Ranma apretó más mis manos con delicadeza – Akane, eres lo más importante de mi vida, te quiero y quiero que seas mi esposa y la madre de mis hijos – mis ojos brillaron, mi corazón se aceleró tanto que en cualquier momento explotaría de felicidad – por eso te pregunto ¿me harías ese honor? ¿Te convertirás en mi esposa cuando vuelva?
Solté un sollozo ahogado, intenté hablar pero mis palabras no salían. No cabía más felicidad en mí, el hombre al que amaba me había propuesto matrimonio. Asentí varias veces con la cabeza dejando claro que por supuesto aceptaba.
Ranma tomó mi rostro entre sus manos y me miró con una sonrisa – ¿eso es un sí?
- Sí Ranma – dije con la voz entrecortada por la emoción – si me quiero casar contigo.
Casi no me había dado tiempo a terminar cuando sus labios chocaron con los míos de manera brusca. Era un beso de plenitud, un beso diferente al resto de los que nos habíamos dado. Este beso sellaba una promesa de amor.
No había mejor manera de pasar los últimos momentos a su lado, besándonos mientras nos jurábamos mutuamente amarnos siempre. Pasaron varios minutos y la falta de aire nos hizo despegarnos. Su nariz jugó levemente con la mía mientras me acariciaba el rostro – me has hecho el hombre más feliz del mundo.
- Aunque seamos jóvenes – susurré – se de sobra que quiero pasar el resto de mi vida contigo.
Una vez más Ranma me abrazó fuertemente contra su pecho. Pasamos el resto de la tarde entre abrazos y besos, imaginando nuestro futuro juntos, como sería nuestra boda, cuántos hijos tendríamos, que nombres llevarían, si viviríamos en el dojo o nos iríamos… esa tarde me di cuenta de que a pesar de que lo hubiera negado toda la vida yo no era muy diferente al resto de las chicas, yo también ansiaba ser amada y formar una familia. Y no me avergonzaba admitirlo.
Pasaron las horas y llegó la hora de dormir. Shampoo estuvo toda la cena colgada del brazo de Ranma sollozando mientras que Mousse la admiraba con dolor. Me sentí fatal por mi amigo chino y más después de escuchar las duras palabras que le había regalado Shampoo aquel día en la escalera.
Nodoka-sama tampoco estaba de muy buen humor, se la veía apagada, triste. Estaba tan o más apenada que yo por la partida de su hijo, pero como Ranma nos había dejado claro todos estos días, era su deber y ante eso, ni ella ni yo podíamos hacer nada.
Caminaba por el oscuro pasillo de la casa, había salido al baño un momento y me disponía a volver a mi habitación cuando unos brazos me apresaron. Al girarme vi el rostro de Ranma que me hizo un gesto de silencio.
Tomó mi mano y me arrastró escaleras arriba hasta una puerta corredera de madera. Me tensé al darme cuenta de que me estaba llevando a su habitación. No dije nada, no luche contra él, solo me dejé llevar. Cuando recuperé la noción del tiempo me encontraba dentro del cuarto de Ranma.
Nunca había estado en la habitación de un señor, salvo la de Nodoka-sama. Miré curiosa todo lo que allí había. El cuarto de Ranma se asemejaba a una pocilga, estaba todo desordenado, ropa tirada por el suelo, varios papeles, armas por aquí y por allá, el futón deshecho en medio de la sala… incluso había una caja de lo que parecían dulces en una esquina. Negué varias veces ante el desastre pero unos fuertes brazos rodearon mi cintura y me abrazaron por detrás.
Sonreí con dulzura ante el gesto de mi ahora prometido aunque fuera un secreto y me giré aun en sus brazos. Con una sonrisa ladeada dije – es cosa mía ¿o me acabas de secuestrar?
- No sé de hablas – dijo Ranma fingiendo inocencia – yo solo he ido a decirle buenas noches a mi prometida.
- ¿A si? – comenté siguiéndole el juego. A pesar de la oscuridad podía distinguir su perfil, la poca luz que nos regalaba la luna me permitía poder observarle levemente por eso pude ver una sonrisa torcida en sus labios – pero podría haberse despedido de su prometida abajo.
- Ya, pero… prefiero hacerlo aquí, así no hay peligro de que nos vean o escuchen – murmuró levemente acercándose a mis labios – ¿no crees?
Ese último susurro consiguió que mis piernas temblaran y mi ansia por el creciera. Sin previo aviso estampé los labios en los suyos con fiereza y me aferré a su cuello. Ranma respondió con igual fuerza apretando nuestro abrazo y dando leves pasos haciéndome retroceder.
Mi cuerpo estaba ardiendo como cuando tienes fiebre pero no era un calor molesto, era un calor placentero que incrementaba a medida que los besos se profundizaban y sus manos paseaban por mi cuerpo.
Ranma soltó un gruñido ronco y me alzó con firmeza haciendo que le rodeara con las piernas por la cintura. Ese simple gesto me hizo jadear con fuerza y aferrarme aún más a él. La habitación daba vueltas, me sentía en una nube de felicidad y calor, calor que incendió hasta mi alma cuando mi espalda fue a parar a su futón y sus manos acariciaron mis piernas desnudas.
Un extraño sonido que nunca antes había escuchado en mi misma salió de mis labios cuando sus manos subieron por mis piernas con fuerza. Cerré los ojos y eché la cabeza hacía atrás cuando sus labios se pasearon por mi cuello, mis manos se aferraron a su espalda y mis piernas le abrazaron con más fuerza acercándole más a mí.
Una extraña sensación creció entre mis piernas cuando nuestras pelvis chocaron. Me desconcertó un poco notar algo raro allí pero un firme beso en mi cuello junto con un restregón de esa parte entre mis piernas me hizo ahogar otro gemido.
Me arqueé como una gata cuando sus manos subieron por mi costado y rozaron el borde de mi pecho. Mi yukata estaba alzado tapando solamente mi intimidad, dejando camino libre a Ranma para explorar mis piernas, además, noté como la parte de arriba se aflojaba sin llegar a soltarse. Pero me dio igual.
Agarré de nuevo su cara entre mis manos y le bese con fuerza cuando su mano agarró con fuerza mi pecho pero sin hacer daño. Ahogué un sonoro gemido en su boca mientras mis manos se pasearon por sus brazos y su costado y una de mis piernas acariciaba su cadera.
A diferencia de él que tenía las manos ocupadas recorriendo mi cuerpo yo era un poco más tímida pero no me quedaba atrás. Sobe con fuerza su espalda mientras hacía fuerza con mis piernas para repetir el roce de nuestras intimidades. Lo hice un par de veces sintiendo el fuego instalarse en esa parte de mi cuerpo. Ante esos movimientos Ranma gruño moviéndose el sin que yo le empujara creando un roce que me volvió loca y que hizo que me volviera a arquear de nuevo, cosa que aprovechó para hundir su cara entre mis pechos.
- Ranma – susurré cuando noté su mano apartar levemente la tela de mi yukata.
- Eres perfecta – susurró entre mis pechos – perfecta para mí.
Cuando su boca envolvió mi pecho di un gemido bajo, pues aunque quisiera gritar con todas mi fuerzas no podía permitir que nadie nos escuchara. Mientras Ranma seguía entretenido con mi pecho yo metí mis manos por su yukata acariciando por primera vez esa noche su espalda desnuda. Con tirones torpes bajé el yukata hasta sus codos, cosa que Ranma aprovechó para alzarse y quitar la parte superior dejándola colgada a los lados de su cuerpo.
Nos quedamos mirándonos jadeantes, en los ojos de Ranma había un brillo maravilloso, un brillo que me llevaba a cometer locuras como la que estaba cometiendo, un brillo que sin duda yo también tenía. Con cuidado alcé mis manos posándolas en su abdomen y subiendo lentamente hasta su pecho.
Ranma soltó un gruñido y volvió a lanzarse sobre mí besando mi cuello y masajeándome el pecho con pasión. A pesar de que sus manos apretaban con fuerza mi pecho, no dolía, más bien me gustaba esa brusquedad delicada. Ahogué un gemido en sus labios cuando volvió a mecerse sobre mí, primero lentamente y luego un poco más deprisa.
Nuestros labios se separaron levemente pero nuestras narices seguían en contacto mientras comenzábamos a gemir de manera suave. Cuando comenzó a ir más deprisa arañé su espalda en un gesto fiero que pareció encenderle más pues, apoyó sus antebrazos y comenzó una fricción rápida de nuestras entrepiernas.
Yo no podía para de lanzar sonidos de placer, mis manos en su espalda se agarraban con fuerza enterrando las uñas en su carne con cada roce. Una de sus manos dejó de apoyarse en el suelo y tomó uno de mis pechos dándole un fiero apretón que me encendió.
Mi mirada buscó la suya pero no la encontré pues tenía su rostro escondido en mi cuello, dejando ahí los leves gemidos y jadeos junto con algún beso. Desde mi posición solo veía el techo y los hombros y cabeza de Ranma moverse arriba y abajo sobre mí.
Necesitaba besarle, necesitaba sus labios con urgencia por lo que agarré su cara y le besé mientras él seguía moviéndose fuerte sobre mí. Con la garantía de que nuestros gemidos serían opacados en nuestras bocas, Ranma aceleró los movimientos consiguiendo hacerme gritar en su boca.
Estaba en una burbuja de placer que nunca antes había sentido, verle sobre mí, fiero, apasionado y sobretodo posesivo me hizo desear estar encima. Yo no soy una mujer sumisa, nunca lo he sido y nunca lo seré por eso aproveché el momento en el que Ranma frenaba sus movimientos para girarme rápidamente y dejarle tumbado.
Sonreí al verle abrir los ojos con sorpresa pero no iba a frenarme, debía entender quien tenía las riendas en aquella situación y esa era yo.
- ¿Pensaste que me iba a dejar dominar? – pregunté en un susurró. Lentamente me senté sobre su intimidad notando a través de la tela que a diferencia de mí que notaba una terrible y agradable humedad él estaba más bien duro.
No era estúpida, sabía que era eso que notaba y que nos había dado un latigazo de placer a ambos pero no tenía miedo pues el ansia y el amor que sentía por el opacaron cualquier otro sentimiento. Me agaché para besarle una vez más, siendo recibida con ansias. Cuando nos separamos volví a alzarme sonrojándome furiosamente al verle recorrer mi cuerpo con sus ojos.
- ¿Sabes? – Me dijo con suavidad acariciando mis piernas y llevando sus manos a mi cadera – siempre pensé que eras preciosa, pero verte así, medio desnuda, sonrojada y con el pelo alborotado… ¡Por Kami! Podría morir ahora y morir feliz.
Iba a contestar cuando sus manos me menearon sobre su cadera creando de nuevo esa agradable fricción que nos hacía perder la cordura. Desde mi posición podía observarle perfectamente, su cara deformada por el placer que de vez en cuando se inclinaba hacia atrás, sus mejillas sonrojadas, sus ojos oscuros de deseo, su boca entreabierta soltando jadeos y ahogados gemidos, la trenza medio desecha, su vena hinchada en su cuello… todo en el era perfecto.
Estaba borracha de placer, no sabía lo que hacía, simplemente dejaba que mi cuerpo me indicara el porvenir. Apoyé mis manos en las suyas que aferraban mi cadera y seguí con ese roce que tanto me gustaba. Si así se sentía con ropa de por medio no quería imaginarme sin ella.
Eché mi cabeza hacia atrás cuando de nuevo una traviesa mano apretó mi pecho con lujuria. Aceleré levemente el movimiento pues una especie de instinto me decía que cuanto más rápido me moviera más placer obtendría. Le escuché gemir y cuando bajé mi vista sonreí satisfecha al verle jadear rápidamente con los ojos cerrados moviendo levemente su cabeza de un lado a otro.
- ¿Quieres que pare? – pregunté sibilina apretándome más contra esa parte de su cuerpo que tanto quería y de la que tanto se enorgullecía.
Sonreí al verle abrir los ojos de manera desmesurada – ¿Por qué crees eso?
- No sé, te vi negar, pensé que esto – apreté con intensidad nuestras entrepiernas haciéndonos jadear – no te gustaba.
- Todo de ti me gusta – dijo en su susurró – todo.
Antes de que pudiera pensar me volvió a girar quedando él una vez más en la posición dominante. Una vez me tuvo bajo su cuerpo agarró mi labio inferior entre sus dientes para luego decir – aunque me gustas mas así.
- Eres un engreído – susurré en broma haciéndolo reír. De nuevo nos besamos pero esta vez no había nada más que opacara ese contacto. No había restregones lujuriosos ni manos juguetonas, solo nosotros besándonos con todo el amor que teníamos para ofrecernos el uno al otro.
No eran besos apasionados, eran besos dulces, besos sin ninguna índole sexual, era como volver a revivir nuestro primer beso. Sus manos acariciaban con cariño mi cara, como si fuera una niña pequeña a la que debía proteger y sentí mi pecho explotar de felicidad. Eso era amor y yo había sido una idiota negándomelo. Todo el mundo debería sentir el verdadero amor al menos una vez en la vida, es una sensación que te llena tanto el cuerpo como el alma.
Noté de nuevo su mano moverse en mi pierna y subir dando una caricia que me puso la piel de gallina. Subía y subía y se acercaba a una parte peligrosa. Entre besos daba fuertes respiraciones dándome cuenta de la situación que estaba viviendo. Ranma y yo estábamos a punto de mantener relaciones sin estar casados. Le amaba, claro que le amaba pero ¿eso no sería una falta de respeto hacia mi señora? Estas cosas no estaban bien vistas fuera del matrimonio y por muy prometidos que estuviéramos, nuestra relación era un secreto. No podía dejarme llevar por el amor y la pasión, eso que estábamos haciendo estaba mal a pesar de sentirse tan bien.
Su mano alcanzó el interior de mis muslos mientras me debatía en una guerra interna. Apagar mi mente y dejarme llevar por mi corazón, o hacerle caso a la mente que me decía que no debía hacer eso que estaba haciendo.
¿Qué pesaba más? ¿Mi amor por Ranma o por mi señora? Ambos eran importantes para mí pero… con Ranma podría disfrutar de esto las veces que quisiera una vez estuviéramos casados, no podía insultar a mi señora de esta forma ¿o sí?
Pegué un bote cuando noté la punta de los dedos de ranma entre mis piernas y rápidamente le alejé de ahí. Rompimos el beso y nos quedamos perplejos, mirándonos entre asustados y asombrados.
- ¿Qué pasa? – me pregunta jadeante Ranma, supongo que no esperaba que después de todo lo que habíamos hecho le frenara de esa forma.
- Yo… yo – no sabía que decir, de repente la ansiedad y los nervios se apoderaron de mi cuerpo ¿Qué he estado a punto de hacer? ¿Cómo pude traicionar así a mi señora?
- Akane, tranquila – me dijo conciliador – dime que te pasa.
Aparté la mirada de esos preciosos ojos que me miraban con preocupación y una vez más ese día quise llorar – lo siento, lo siento Ranma no puedo.
- ¿Por qué? – Preguntó desesperado – antes estábamos bien, disfrutando.
- Lo sé pero… - alcé los ojos para enfocarlos en los suyos, intentando mostrarle todas mis dudas, todos mis miedos.
Ranma soltó un suspiro largo y temí que se hubiera enfadado conmigo. Era natural que lo hiciera, le había dado a probar un pastel y cuando iba a comerse la guinda le frené en seco, yo misma me habría enfadado en su situación.
- Lo siento Ranma – dije, necesitaba disculparme, necesitaba que entendiera mi punto de vista y me perdonara. No podía permitirme que se fuera enfadado – no puedo hacerle esto a tu madre.
- ¿Mi madre?
Asentí varias veces – no podemos hacerle esto Ranma, por mucho que nos apoye, hacer lo que estábamos a punto de hacer en su casa es un insulto hacia su persona. Es una mujer muy recta y no me perdonaría mancillar su honor y su casa de esta forma.
Ranma se quedó mirándome en silencio consiguiendo ponerme muy nerviosa. A penas parpadeaba.
- Por favor Ranma, cuando vuelvas y nos casemos podremos disfrutar de esto sin que nadie pueda meterse. Pero ahora mismo es un insulto hacia Nodoka-sama y eso no me lo perdonaría, le debo mucho.
Juraría que escuchaba su cerebro maquinar alguna excusa para seguir con lo que estábamos pero al no encontrar nada bajó la cabeza derrotado. No se apartó de mí pero tampoco me miraba a la cara por lo que me temí lo peor.
- Por favor Ranma, perdóname – susurré acariciando su mejilla – lo que menos deseo es que te vayas enfadado conmigo, si eso pasa yo me muero.
-¡Jamás me enfadaría por eso! – me dijo serio mirándome a los ojos – te quiero, te lo he dicho miles de veces, esperaría por ti el tiempo que haga falta.
Sentí un poco de alivio al escuchar sus palabras pero debía cerciorarme de que estábamos bien – ¿entonces no estas enfadado conmigo?
Soltó otro suspiro y luego beso mi frente con delicadeza. Al separarnos me miró con una dulce sonrisa – No, no pasa nada.
- ¿Seguro? – pregunté recelosa.
- Bueno, no te voy a mentir que me fastidia un poco que me dejes así – dijo haciendo alusión a aquella cosa dura que seguía presionando mi pelvis – pero mi amor por ti es más fuerte, además el ver cómo quieres y respetas a mi madre solo consigue que me enamore aún más de ti.
Me aferré con fuerza a su cuello y le abracé – eres el mejor hombre del mundo.
- Solo tú me conviertes en un buen hombre – susurró acunándome en sus brazos – no te preocupes, no estoy enfadado.
- Me alegro.
Sus manos acariciaron mi pelo, enredándose entre las hebras azuladas y despeinadas a cuenta del ejercicio pasional que habíamos tenido momentos antes. Nos quedamos en silencio abrazados bastante tiempo, sabíamos que en cuanto nos separáramos no nos veríamos en cuatro años y nos dolía.
- Espérame – me susurró – porque en cuanto vuelva te haré la mujer más feliz del mundo, te lo prometo.
- Te esperaré toda la vida si es necesario.
Ranma soltó una débil risa – no hace falta tanto tiempo, dame cuatro años. Cando vuelva comenzaremos una nueva vida. Juntos.
Esa promesa se convirtió en el motor de mi vida después de que se fuera. Ranma me había prometido un futuro juntos y eso era todo lo que necesitaba para ser feliz. Pasamos la noche juntos y abrazados en su futón y no se el pero yo esa noche me dormí con una sonrisa en su cara porque pasé la noche soñando con mi futuro junto a el.
A la mañana siguiente, antes de que saliera el sol me levanté y me fui a mi cuarto no sin antes darle un último beso ya que cuando nos despidiéramos frente a todos no podríamos hacerlo. El tiempo pasó lento, poco a poco el hogar Saotome se fue despertando aunque el humor era bastante triste.
Nodoka-sama no paraba de llorar y Ukyo berreaba en los brazos de su prometido. Fue un desayuno terriblemente triste. Genma Saotome por el contrario estaba de lo más alegre, supongo que estar lejos de su casa y ser libre durante cuatro años donde estaría lamiendo el culo del emperador le provocaba una dicha que no podía ni siquiera disimular.
- Se va cuatro años – dijo cuándo a las puertas de la casa Nodoka-sama abrazó fuertemente a su hijo – va a hacerse un hombre no a la guerra.
- Deberías entender que para una madre no hay dolor más fuerte que separarse de su hijo – escupió con rabia Nodoka-sama sin soltarle.
Yo me encontraba despidiéndome de Mousse – Ten cuidado.
- Lo tendré – me contestó aunque casi ni me miró, sus ojos estaban clavados en una llorosa Shampoo que esperaba su turno para despedirse de Ranma.
- Mousse, deberías aprovechar este tiempo para olvidarla – le expresé sincera.
Mi amigo me miró con tristeza – Lo sé, es lo que haré – nos fundimos en un abrazo. Me daba mucha lástima alejarme de Mousse, a pesar de que discutiéramos el chino se había convertido en mi mejor amigo junto con Sasuke. Solo esperaba que ese tiempo lejos de casa le sirviera para olvidarse de Shampoo – cuídate.
- Tú también – le dije con una sonrisa cuando nos separamos – y escríbeme.
- No lo dudes – me revolvió el pelo con cariño, como hace un hermano con su hermana pequeña.
Antes de poder protestar unos brazos me alzaron del suelo dándome un enorme abrazo de oso – ¡Adiós Akane-chan!
- Ryoga… me ahogas – contesté entre risas por su efusividad. Por encima de mi amigo pude observar la cara de malas pulgas que tenía Ukyo pero me daba igual, no pensaba dejar marchar a Ryoga sin despedirme de él.
- Lo siento – cuando me bajó me dio un delicado abrazo en comparación con el anterior – cuídate y entrena mucho, cuando vuelva tendremos un duelo para ver cuánto has mejorado.
- No sé quién me entrenara pero tranquilo, lo haré.
- El viejo Matsura se encargara ahora de las clases.
Solté una leve carcajada – Genma me ha prohibido entrar en la clase de Matsura, según él no quiere que le dejemos en ridículo. Sasuke y yo estamos vetados en las clases – la cara de Ryoga y Mousse era de horror pero para quitarle hierro al asunto me encogí de hombros – me quedo sin amigos y sin entrenador ¡genial!
- Pronto volveremos – dijo la voz de Ranma a mi espalda – y yo mismo me encargaré de entrenarte.
Me giré para observarle. Sus preciosos ojos azules me miraban oscurecidos, estaba triste. Le conocía, conocía todas y cada una de sus expresiones y su cara me decía que estaba tan dolido como yo.
Me lancé a su cuello y le abracé con fuerza siendo rápidamente envuelta en sus brazos. Aspiré su perfume para grabarlo bien en mi cerebro y poder acordarme de él, supongo que él pensó lo mismo porque enterró la cara en mi cuello e hizo lo mismo.
- Cuatro años, cuatro años y podremos estar juntos para siempre – me susurró en el oído.
- Cuatro años y seremos felices – le susurré yo.
Apretó aún más su abrazo y con la voz más dulce que jamás le haya escuchado dijo en un murmullo – te quiero.
Mis piernas temblaron y temí no poder aguantar mi propio peso por lo que me tuve que aferrar aún más a él. Mis ojos picaban por las terribles ganas de llorar que me entraron, pero no debía hacerlo, no podía dejar que su ultimo recuerdo de mi sea una Akane llorosa.
Con toda la fuerza que pude reunir le dije en un largo suspiro que yo también le quería. Nos separamos sin querer hacerlo pues en cuanto nos soltáramos estaríamos separados cuatro malditos años.
- ¡Venga! ¡Llegamos tarde! – gritó Genma subido a un caballo marrón que temí que partiera a la mitad – ¡Dejaos de idioteces que no tenéis seis años!
Ranma me lanzó una rápida mirada y tras recibir otro fuerte y rápido abrazo de su madre se subió en su caballo al igual que el resto de mis amigos y partieron junto a Genma. Desde la puerta les vimos partir y cuando ya solo eran manchas en el horizonte pude por fin dejar caer las malditas lágrimas que me había aguantado.
Shampoo y Ukyo subieron a sus habitaciones pero yo me quedé haciendo compañía a mi señora que estaba destrozada. Ese día la casa Saotome se sumió en un horrible silencio que ponía los pelos de punta. La tristeza invadió la vieja casona los siguientes días pero sabíamos que poco a poco debíamos volver a la vida normal.
Dos semanas después de que los chicos se fueran recibimos noticias de Ranma, en una carta escrita a su madre le explicaba que estaba contento de estar allí, que los senseis eran de lo mejor y que estaba entrenando muchísimo.
También le pedía que me dijera que me echaba de menos y que ya tenía ganas de verme. Me alegró tanto leer esas simples palabras…
- Por favor señora, cuando le escriba dígale que yo también le echo de menos.
- Lo haré - me contestó seria.
Nos encontrábamos en la sala preparando la clase de historia de Japón. Ayudaba a mi señora a colocar todos los manuscritos y libros que usaría para la clase. Al poco rato llegó Ukyo con cara de mal humor y se sentó frente a mi señora agarrando sus enseres.
Nodoka-sama la miró con la ceja alzada – ¿estás bien Ukyo?
- Sí señora, siento mis modales – contestó con seriedad. No hice mayor caso pues últimamente Ukyo andaba de un humor de perros con todo el mundo pero ese día era diferente, no se veía de mal humor, se veía colérica – Akane.
El tono tan grave con el que se dirigió a mí me sorprendió, normalmente ni me hablaba y cuando lo hacía no parecía tan enfadada ¿Qué podría haber pasado?
- Dime Ukyo.
- Ryoga te manda saludos – escupió con rabia – en todas y cada una de sus malditas cartas me pide que te de saludos.
¡Con que era eso! El muy idiota… agradecía de corazón que Ryoga pensara en mí pero no veía necesario comentárselo a su prometida, y más si esa prometida es Ukyo que era una celosa patológica. Con mi mejor falsa sonrisa dije:
- Agradezco sus saludos, por favor dile que yo también le mando recuerdos.
La vi apretar sus puños – lo haré.
Nodoka-sama observaba la conversación en silencio y me dio una velada orden con la mirada. Me pedía que arreglara ese mal humor.
- Ukyo, quiero que te quede claro que Ryoga y yo somos amigos. No hay nada más, no me interesa.
- Pues si es así no veo la necesidad de mandar tantos saluditos – los celos eran más que palpables en su tono de voz.
- Es mi amigo, es normal que nos mandemos recuerdos ¿es que tú no te acuerdas de Ranma?
-¡Pues claro que me acuerdo de Ran-chan, cada día!
- ¿Y porque tu si puedes acordarte de el pero Ryoga no puede ser mi amigo?
- ¡Por que no es lo mismo! – me gritó.
Me crucé de brazos en un intento de dejarle claro que su opinión no me parecía bien – eres muy egoísta. Tú puedes tener amigos pero Ryoga no, eso no es justo.
Ukyo se quedó callada un momento y cuando pensé que me iba a reprochar algo simplemente arrugó el entrecejo y se quedó callada. Una parte de mi pensó que al final la muchacha había entrado en razón, lastimosamente tiempo después me quedó claro que me había equivocado.
Nodoka-sama abrió su libro con tranquilidad – ¿Dónde está Shampoo?
Ukyo alzó la vista y su semblante furioso se convirtió en uno de nervios. Alcé una ceja cuando la vi juguetear con sus dedos como un niño cuando le pillan haciendo una travesura – Shampoo, ella… esta… esta en Edo comprando ¡telas! Sí, eso.
Nodoka-sama al igual que yo notó que mentía y que estaba intentando cubrir a la china pero a diferencia de mi señora yo si sabía lo que Shampoo estaba haciendo en Edo. Desde que escuché su conversación con Mousse en la escalera la había vigilado sin que se diera cuenta. Cada dos días se iba temprano por la mañana y viajaba a Edo, supongo que a ese matasanos del que hablaba Mousse y volvía un par de horas más tarde con gesto cansado.
Debía decirle a mi señora lo que sabía pues Nodoka-sama ya empezaba también a sospechar – Ukyo ¿me estás diciendo la verdad?
Antes de que la asustada muchacha pudiera responder la puerta corredera se abrió de par en par y por ella apreció Shampoo con gesto apresurado – Sentir mucho demora, Shampoo entretenerse en Edo.
Nodoka-sama la observó en silencio mientras se acomodaba en su lugar con una falsa sonrisa – Shampoo, ¿Qué tanto haces en Edo?
Noté como la china se tensaba un momento en su lugar, pero fue muy rápido, apenas unos segundos. Puso en su cara una mueca que aparentaba ser una sonrisa conciliadora – Shampoo y señora Ryugenzawa hacerse buenas amigas – explicó – hoy enseñarme varias telas y entretenernos, sentirlo mucho, no volver a pasar.
- Eso espero – habló seria mi señora. Me di cuenta de que Nodoka-sama me lanzaba miradas de reojo, miradas donde me explicaba que no creía ni una palabra a Shampoo. Con un leve movimiento de cabeza le lancé un mudo mensaje para que entendiera que más tarde le contaría lo que sabía.
- Bien, nos quedamos en el principio del Sakoku, ¿Quién sabría decirme algo acerca de la batalla de Sekigahara?
La clase pasó con normalidad siendo yo, una vez más, la alumna distinguida. No es por presumir pero en las clases en las que el cerebro era la principal herramienta les daba mil vueltas a mis compañeras. No quiero desmerecer a aquellas mujeres que ven importantes los trabajos que destacan por su feminidad, Kami me libre, pero para ser sinceros a mi parecer una mujer es más poderosa si tiene conversación de temas políticos que de flores.
Shampoo metió la pata un par de veces, Ukyo también y siendo justos yo también me equivoqué, no hay nadie perfecto. La clase pasó lenta y cuando terminamos Nodoka-sama les dio una hora libre antes de que empezara el entrenamiento de baile y shamisen, clases en las que yo no participaba.
- Puedes aprovechar para descansar o para estudiar – me dijo Nodoka-sama una vez estuvimos solas.
- Arigatou, señora – mientras recogía los papeles planteé en mi cabeza un plan para explicarle a mi señora lo que sabía sobre Shampoo. Temía que se enfadara por no contárselo antes por eso debía ser muy delicada al contar la historia.
- Señora – dije con voz queda captando su atención – tengo algo que contarle.
Nodoka-sama dejó en la mesa los papeles y se colocó frente a mí de manera elegante, como ella sabía – Te escuchó.
- Verá, hace un tiempo escuché una conversación de Mousse y Shampoo – mi señora me escuchaba en silencio, con interés y al no encontrar una muestra de enfado o reproche continué – no quería escucharla pero pasaba por ahí y…
- No me importa que seas una cotilla – dijo con seriedad – siempre y cuando la información sea útil.
- Sí, si señora – su tono de voz me asustó un poco pero no creía que estuviera enfadada, más bien impaciente – bueno, el caso es que… en la conversación Mousse le rogaba a Shampoo que dejara de visitar a un médico en Edo.
- ¿Un médico?
Asentí levemente – Así es señora, por lo visto, Shampoo lleva un tiempo visitando a un matasanos recomendado por la señora Ryugenzawa para… ya sabe… sangrar.
Nodoka-sama se mantuvo en silencio, se llevó la mano a su mentón de manera pensativa y lanzó un murmullo que no llegué a escuchar – Esto es serio Akane.
- ¿Serio? – pregunté sin comprender, quizás temiera por la vida de Shampoo. Era comprensible, a pesar de que yo también la odiaba no quería que muriera sola en una sucia mesa de carnicero.
- Llevo un tiempo pensándolo, la notaba extraña y pensé en mandas a Sasuke seguirla. No creo que ese medico pueda hacer algo, Shampoo es yerma ya me ha quedado claro.
- ¿Yerma? – Pregunté sorprendida – ¿eso quiere decir que no puede tener hijos?
- Así es, no es seguro pero un médico de confianza me ha dicho que si no ha sangrado hasta ahora posiblemente no lo haga, si a los dieciocho aún no hay rastros de madurez será seguro que no puede tener hijos.
- Eso la destrozaría, ella cree que la principal meta de una mujer es parir.
- En parte no se equivoca, las mujeres nacemos para ser madres es nuestro destino – explicó muy seria – no es obligatorio por supuesto pero a veces las mujeres no pueden desempeñar la función para la que estamos diseñadas.
- No coincido señora – espeté seria, no podía creer que alguien como mi señora tuviera esos arcaicos pensamientos – yo creo que una mujer tiene la capacidad de traer niños al mundo, una hermosa capacidad sí, pero no una obligación. Cada mujer decide sobre su cuerpo.
Nodoka-sama me miró callada y entonces cuando pensaba que me iba a gritar como una loca puso en su boca una media sonrisa – sin duda, no hay mejor mujer para mi hijo que tú.
Me sonrojé furiosamente y bajé la mirada. Desde la noche en la que nos despedimos y pasó eso en la habitación de Ranma me avergonzaba cada vez que mi señora decía cosas así. Solo esperaba que nunca se enterara de lo que estuvimos a punto de hacer.
- Akane – habló de repente sacándome de mis pensamientos – temo por Ranma.
- ¿Por qué? – Pregunté con ansiedad – ¿está mal? ¿Le ha dicho algo en sus cartas? ¿Está herido?
Mi señora alzó la mano para frenar mi ansiático monologo – No, él está bien pero temo que Genma haga una de las suyas. Tenemos dos frentes abiertos Akane. Por un lado el intento de Shampoo de sangrar a como dé lugar. Por otro está Genma y este es más peligroso que Shampoo.
Podía notar la voz de mi señora crispada – Señora no creo que el señor Saotome haga algo contra Ranma. No allí, rodeado de gente.
- No le conoces – dijo con una triste sonrisa – por salirse con la suya es capaz de vender su alma – la observé en silencio. Su semblante preocupado me entristeció – no podemos permitirlo.
- Señora confíe en Ranma – dije solemne. Los ojos de Nodoka-sama se alzaron con rapidez y se enfocaron en los míos – Sé que el señor Saotome es un tramposo pero no tema, Ranma es inteligente y quiere estar conmigo, me ama y yo a él, no se dejará vencer por su padre.
- ¿Tanta confianza tienes en mi hijo? – preguntó mi señora.
Clavé mis ojos en ella, sus pupilas bailaban con las mías y me cuadré muy recta, tal y como ella hacía cada vez que se enfrentaba a un enemigo. Con la voz más seria y profunda que encontré afirmé mis sentimientos – Sí, señora. Confío.
Nodoka-sama se asombró ante mi seriedad pero luego sonrió levemente mirándome con cariño. El ambiente seguía siendo serio pero su cantarina risa descuadró mi pose altanera – Ya veo, te has convertido en toda una mujer.
- Yo confió en su hijo señora, confío en él y en su amor. Por eso sé que jamás va a desistir, usted misma lo ha dicho, cuando cumpla los diecisiete ya será un hombre con voz y voto y no tendrá que hacer caso a las órdenes de su padre. Un año y seremos libres.
- Definitivamente ya eres toda una mujer – reafirmó mi señora – ¿Cuándo dejaste de ser esa niña bocazas e impulsiva y te convertiste en una preciosa y fuerte señorita?
- Gracias a usted señora, todo lo que soy es gracias a usted – Nodoka-sama acarició maternalmente mi mejilla.
- No sabes lo feliz que soy al saber que te tendré como nuera – mi pecho se expandió como el de un gallo en medio de un corral. Sentí orgullo al saber que una mujer como mi señora me aceptaba como una igual en su familia – gracias Akane, ya estoy más tranquila.
- Tranquila señora, todo irá bien. Ya lo verá.
- Eso espero querida. Eso espero.
Tras esa charla en la sala Nodoka-sama tenía más controlada a Shampoo y aunque solía hacer la vista gorda muchas veces mandaba a Sasuke que la siguiera. Según Nodoka-sama mi amigo sería un gran ninja si tuviera el entrenamiento adecuado.
- Es ligero, silencioso y se camufla como una mariposa entre las flores – había dicho una tarde mientras le observábamos limpiar el patio.
- Es una pena que ya no podamos entrenar – lancé una triste mirada al dojo. Desde nuestra posición se escuchaban los gritos de los alumnos entrenando. Me moría de ganas de entrar y unirme a ellos, pero lo tenía terminantemente prohibido.
- Haremos algo – me dijo mi señora – todos los días entrenaremos dos horas por la mañana y dos por la tarde.
Me giré para observarla sorprendida – ¿nosotras?
- ¡Claro quien más! – Contestó – y quita esa cara, soy mil veces mejor sensei que ese idiota de Genma, empezamos mañana. Avisa a Sasuke.
Y con esa simple frase comenzaron mis entrenamientos con mi señora. Como bien nos había dicho Sasuke y yo practicábamos sin descanso dos horas todos los días tanto por la mañana temprano antes del desayuno como por la tarde tras la cena.
Era un entrenamiento durísimo, mi señora no tenía piedad y no nos dejaba parar hasta que nuestros músculos dejaban de responder. Nos entrenó tanto en combate a manos desnudas como con armas, los pies me sangraron como nunca antes lo hicieron producto de las ampollas ya que según mi señora unos pies delicados de señorita no podían aguantar una batalla por eso me mandaba correr y arrastras los pies por la madera del dojo hasta endurecerlos.
- ¡Vamos, vamos cúbrete arriba! – gritaba mi señora a Sasuke mientras entrenaban con la espada y mi pobre amigo se defendía como podía.
Aquella tarde tras la cena mi señora nos había llevado al dojo a entrenar con las espadas, pero no eran simples boken de madera, no. Mi señora nos había entregado Katanas reales y filosas – si no defendéis, estáis muertos – fueron sus únicas palabras al empezar el entrenamiento.
Veía a mi amigo defenderse como podía de los ataques certeros de mi señora, sudaba de miedo y esfuerzo ya que mi señora era una maestra muy exigente. Nodoka-sama dio un par de golpes que sonaron metálicos por el cruce de las katanas y tras hacer un giro de muñeca desarmó a Sasuke quien temblaba como una hoja al ver la katana de mi señora alzarse y bajar como un rayo hasta frenar justo encima de su cabeza.
- Y estas muerto.
Sasuke se puso pálido y cayó de sentón al suelo haciéndome reír. Nodoka-sama le tendió la mano para ayudarle a levantarse – debes estar más alerta y no dudar, eres rápido e inteligente, usa el cerebro – le movió la cabeza con delicadeza a los lados – y ataca.
Entonces fue mi turno de entrenar. Me posicioné frente a mi señora y comenzamos una lucha encarnizada. Vagábamos por todo el dojo atacando y defendiendo produciendo sonidos metálicos de choque que me hacían vibrar. Desde que mi señora me entrenaba era muy feliz, Nodoka-sama era la mejor sensei que hubiera tenido nunca, sin desmerecer a padre.
Era rápida y mortal, usaba su astucia e inteligencia a su favor, mientras peleaba estudiaba al oponente con ojo crítico para adelantarse a su estrategia y movimientos además de que su técnica era limpia y elegante, no había duda de que mi señora venia de una poderosa familia samurái, es más, si hubiera querido nos habría matado con dos movimientos.
- Vamos Akane, puedes hacerlo mejor – lanzó un golpe de katana que bloquee con la mía, forcejeamos unos segundos y nos echamos rápidas para atrás. Nos miramos a os ojos, recuerdo como me miraba, con orgullo y eso no hizo más que aumentar mi motivación, di un grito de guerra y me lancé hacia ella, había visto un hueco entre su hombro y su cuello y estaba dispuesta a aprovecharlo pero antes de rozarlo siquiera Nodoka-sama alzó su katana haciéndome frenar en seco.
Mi arma salió volando y se clavó a los pies de Sasuke que nos observaba con los ojos muy abiertos. Tardé un instante en entender que había pasado, mi señora me había desarmado y vencido con una facilidad que era casi pasmosa.
- Estas muerta – bajé mi vista con cuidado y vi la filosa arma pegada a mi costado. Si hubiera sido una batalla real estaría partida en dos.
Mi señora se separó de mi alejando la katana de mi cuerpo – no deberías ser tan impulsiva, piensa – dijo dándose unos golpecitos en la sien – estudia a tu oponente, ten paciencia… y vence.
- Si señora – mi voz salía temblorosa pero no por miedo a Nodoka-sama, sabía que jamás nos haría daño alguno, sino por la adrenalina del momento. Había sido asombroso, hoy en día recuerdo el movimiento de mi señora y se me eriza la piel. No cualquiera podría hacer ese ataque tan rápido, solo un gran guerrero con años de experiencia sería capaz de tener esa certeza y rapidez y sus movimientos.
Nodoka-sama nos mandó seguir entrenando, esta vez entre nosotros mientras ella nos observaba y corregía. No me costó mucho ganar a Sasuke, era un buen guerrero pero no tenía mucha fe en sí mismo, temblaba y dudaba mucho pero era entendible ya que nunca nadie había confiado verdaderamente en él, ni siquiera el mismo Sasuke.
- Vamos chico, atácala tiene una abertura en la cadera – ante las palabras de mi señora mejoré mi defensa – ala, demasiado tarde.
Sasuke me lanzó un par de golpes que terminaron con el desarmado y mi arma apuntando a su estómago. Nodoka-sama suspiró y se acercó a mi amigo, le tendió el arma y coloco sus manos sobre las de él poniéndole en una postura que no parecía muy cómoda – eres un hombre pequeño, aprovéchalo, eres más rápido y ágil que ella, no dudes, colócate así y bloquea todos tus huecos – Sasuke asentía y hacía caso a todo lo que mi señora decía – Akane, intenta atacarle.
Busqué con mi mirada algún hueco, pero no encontré ninguno. Para mi sorpresa Sasuke se lanzó contra mí pillándome desprevenida, me ataco con la espada en alto y por poco no consigo cubrirme.
- ¡Eso es Sasuke! – alentaba mi señora.
Mi amigo dio otro paso y movió su espada hacia mi cuello donde la dejó quieta, me había vencido. Mi señora le aplaudió felicitándolo consiguiendo que mi amigo se sonrojara y aunque me había fastidiado mucho que Sasuke me venciera me alegré por él.
- Muy bien Sasuke-kun – dije dándole una palmadita en la espalda – me has vencido muy rápido.
- Ha sido… es decir… yo no sé cómo lo he hecho – tartamudeo mi amigo tímidamente.
- Porque me has escuchado y has tenido fe en ti mismo – aclaró mi señora.
Asentí levemente – Eres muy bueno Sasuke, pero no confías en ti debes apagar esa vocecita de tu cerebro y creértelo, es más, en un combate real me habrías matado.
- ¡No digas eso! – Me gritó asustado – jamás… jamás te haría daño onee-chan.
Sonreí ante la dulzura en las palabras de mi amigo – lo se Sasuke.
Mi señora dio un par de palmadas – bien, creo que por hoy es suficiente, has mejorado mucho Sasuke y tu también - sonreí con orgullo ante las palabras de mi señora – aunque aún sigues siendo algo lenta.
Fruncí el ceño sacando una risa en Nodoka-sama. No me gustaba que me llamaran lenta, yo no era lenta ni mala luchadora, mi principal problema es que nunca había tenido un maestro decente hasta que mi señora se decidió a entrenarnos.
Cuanto más tiempo pasaba entrenando con ella más claro me quedaba el hecho de que Nodoka-sama era mejor sensei y guerrero de lo que Genma Saotome sería nunca. En apenas unas semanas Sasuke y yo habíamos avanzado más que todos los años que pasé bajo el mandato del hombre panda.
Nodoka-sama era una guerrera colosal y cada día que pasaba crecía mi idolatría hacia ella pero el día que por fin sentencie esos sentimientos de admiración y cariño fue una noche tras el entrenamiento. Había sido un día agotador y el entrenamiento más duro que habíamos tenido hasta el momento. Mi señora me pidió quedarme un momento lo cual me dejó un tanto intrigada, Sasuke se despidió y nos dejó solas en el dojo. Mi señora estaba bastante seria lo cual me tenía altamente preocupada, no sabía si me diría que era un caso perdido y que no me quería entrenar nunca más, o quizás quería decirme que o mejoraba o me echaría de aquella casa.
Todo pensamiento que tenía en aquel momento era oscuro, triste y devastador para mí, más grata fue mi sorpresa al observarla arrodillarse en medio del dojo e invitándome con una sonrisa a ocupar mi sitio frente a ella.
- Akane-chan, por favor acércate – obedecí veloz su orden. Que me hubiera llamado Akane-chan me relajó bastante pues nadie usa ese tono amistoso si va a discutir con alguien. Una vez estuve frente a ella sentí algo de impaciencia, mi señora no se movía solo me observaba sonriente, supongo que esperando que yo le preguntara que quería de mí.
- Mi señora, ¿puedo ofrecerle algo? – Pregunté con interés – sabe que cualquier cosa que ordene la llevaré a cabo.
- Tentador querida, pero no – contestó aumentando su sonrisa – el día de hoy quiero tener un gesto contigo que llevas mereciéndote muchos años.
Alcé una ceja al verla sacar de su obi un pequeño objeto alargado envuelto en un papel de seda blanco. Nodoka-sama quitó con delicadeza el pañuelo dejándome ver un pequeño puñal. Mi corazón comenzó a acelerarse pero no de miedo, sino de emoción ¿era eso lo que yo creía que era? Había leído muchas historias de mujeres samuráis pero no podía ser posible que mi señora tuviera ese gesto conmigo ¿o sí?
- Mi señora – me atreví a decir con voz temblorosa – ¿es eso lo que yo creo?
Nodoka-sama asintió – Esto es un kaiken, Akane. Un arma que entre las familias de samuráis es un regalo de madres a hijas – quise llorar de emoción al ver cómo me tendía el arma, lo tomé con cuidado y admiré su letal belleza – Kami no me ha bendecido nunca con una hija propia pero hace seis años el destino te trajo a mi puerta y a mi vida y te juro Akane, que tu presencia para mí ha sido un regalo ya que veo mucho de mi en ti.
- Mi señora – dije conteniendo las ganas de llorar. Que mi señora, la mujer a a que mas idolatraba en el mundo comparara su persona conmigo era el mayor halago que hubiera recibido jamás – usted siempre ha sido muy buena conmigo, yo soy la que debería agradecer que me haya brindado su techo, su comida y su cariño.
Nodoka-sama acarició mi mejilla con cuidado borrando la solitaria lágrima que caía por mis mejillas – Me has dejado claro tu gratitud durante todos estos años, Akane-chan pero yo nunca te he mostrado la mía.
- Con que me entrene y me permita ayudarla y servirla es gratitud suficiente.
- No Akane, no lo es – habló seria – por eso con este regalo quiero que sepas que a partir de hoy te acogeré como a una hija propia, para mi eres de mi sangre.
- Señora, le agradezco mucho el detalle – apreté el kaiken contra mi pecho – es un honor para mí.
Nodoka-sama se mantuvo unos segundos mirándome en silencio, quise preguntarle si pasaba algo, si se lo había pensado mejor pero como siempre, mi señora se adelantó – Akane-chan, sé que tu vida ha sido dura, te quedaste sin padres muy niña, tu propia hermana te vendió a un extraño y aquí ha habido momentos en los que no lo has pasado bien – sus palabras se clavaron en mi pecho como fuego ardiente, las verdades duelen y mi señora me había dicho una gran verdad que no podía negarle, había sido muy infeliz pero ahora mi vida estaba cambiando gracias a ella y a Ranma – pero prometo a partir de este día que nunca más serás infeliz, te protegeré como tú me proteges a mí, somos una sola Akane.
- Sí, mi señora – hablé emocionada.
Antes de reaccionar noté unos brazos rodearme. Mi señora me abrazaba con cariño, como una madre protectora… la abracé de vuelta, intentando mostrarle todo mi cariño, mi respeto y mi admiración. Para mí, Nodoka-sama era un pilar fundamental en mi vida, era mi señora, mi sensei y esa noche se había convertido en mi madre.
Nodoka-sama y la casa de los Saotome era mi hogar.
Poco a poco nos fuimos separando y mi señora me tomó las mejillas ladeándolas de forma juguetón consiguiendo que soltáramos una carcajada – A todo esto – habló de repente separándose y buscando algo entre los pliegues del obi.
Sacó un papel arrugado y noté que su mirada se hacía muy brillante – Tenemos carta de Momo-chan.
Me puse tan contenta al saber que mi amiga nos había escrito. Con rapidez tomé la carta y la leí, mi amiga me comentaba que pasaría a vernos en dos semanas y que tenía muchas cosas que contarnos. Mi corazón dio un brinco al leer las buenas nuevas ¡Momo-chan volvería a casa! Aunque fueran un par de horas estaríamos juntas como siempre ¡era tan feliz!
- Señora, esto son grandes noticias – Nodoka-sama asintió varias veces.
- Podremos entregarle personalmente el kimono que le hemos confeccionado – apreté la carta contra mi pecho como si fuera un cachorrito indefenso, sonará infantil pero ese gesto me hacía sentirme más cerca de Momoha.
Esa noche la pasamos prácticamente en el dojo, ninguna tenía ni pizca de sueño gracias a la emoción de saber que mi mejor amiga vendrá a visitarnos, había tanto que preparar… Nos fuimos al futón pocas horas antes de que amaneciera y no se mi señora, pero yo esa noche fui la muchacha más feliz de la tierra, convirtiéndose aquel en el segundo día más feliz de mi vida. El primero obviamente fue cuando Ranma me declaró sus sentimientos.
Ranma… su rostro pasó por mi mente segundos antes de dormirme profundamente, no sabía que estaba haciendo pero estaba segura de que me echaba tanto de menos como yo a él. No veía el momento de que esos cuatro años pasaran para volver a estar entre sus brazos.
Pasó una semana y me encontraba bastante desanimada a pesar de todo lo bueno que me había ocurrido en un corto periodo de tiempo, mi prometido a penas escribía y cuando lo hacía eran cartas escuetas dirigidas a su madre. Sabía que no podíamos correr el riesgo de escribirnos y que el hombre panda descubriera nuestra relación, pero eso no quitaba el hecho de que me doliera el corazón no tener ni una noticia suya.
Una tarde Sasuke se puso enfermo por lo que solo entrene yo con Nodoka-sama. No le gustaba que le llamara señora pues según ella el kaiken que me había regalado me excluía de llamarla así, pero para mí era una costumbre llamarla de esa forma y no me veía llamándola simplemente Nodoka, a día de hoy aun me incomoda pensar en ella como Nodoka solamente.
Esa tarde el entrenamiento fue un poco más suave y cuando finalizamos mi señora me mostró una carta de Ranma – tiene un mensaje para ti – me dijo mi señora.
Casi le arranqué la carta de las manos, buscando desesperada alguna palabra de amor de Ranma, notaba mi corazón encabritado y una leve ansiedad al leer la carta y no encontrar el mensaje para mí.
Cuando di con el sentí una calidez en mi pecho que solo puede causar el amor, el amor más profundo y puro, el amor que yo sentía por Ranma y que según esa carta me era correspondido. Aún recuerdo esos garabatos mal hechos que decía – mi dulce Akane, no puedo escribirte por ahora estamos muy ocupados y apenas tengo tiempo además de que sería muy arriesgado y podría destrozar nuestros planes, pero créeme que cuando cumpla diecisiete en breve, por fin podremos gritar al mundo que nos amamos y lo que es mejor, que nos casaremos. No hay minuto del día que no piense en ti, pronto terminara esta tortura y estaremos juntos de nuevo. Con amor, Ranma.
Quise llorar, dolía tanto saberle lejos, dolía tanto estar separada de el… le amaba con tal intensidad que incluso me daba miedo, solo me consolaba el saber que él también me amaba con igual intensidad y que pronto se acabaría esa tortura y podríamos estar juntos.
Noté una mano posarse en mi hombro y al girarme vi a Nodoka-sama con una triste mueca en su rostro que fingía ser una sonrisa – Yo también le echo de menos.
Bajé mi vista de nuevo hacia esa carta que tanta felicidad me había brindado, todos mis fantasmas desaparecieron en el instante en que leí las bellas palabras del que sería mi marido. Noté también la tristeza de mi señora y me sentí un poco mal, no quería que estuviera triste por lo que intenté quitarle hierro al asunto.
- Amo a su hijo, pero su letra es horrible.
Nodoka-sama me miró perpleja unos segundos y temí haber metido la pata, pero cuando estaba dispuesta a disculparme por mi atrevimiento la escuché soltar una carcajada – tienes razón – dijo tomando la carta con delicadeza y guardándola con cariño en su kimono – cuando vuelva ese señorito va a tener clases extra de caligrafía.
Las dos comenzamos a reír como buenas amigas, como dos familiares compartiendo un momento divertido. Terminamos sentadas en el suelo del dojo contando historias de nuestra vida, bueno, mejor dicho, ella contaba historias sobre su vida yo solo la escuchaba fascinada mirándola como si fuera una especie de buda contándome el secreto de la vida.
Me contó historias de Ranma cuando era solo un bebe, como lloraba cuando el ama de cría se le acercaba, me contó cuando se perdió en Edo y lo encontró vendiendo espadas con un señor del mercado, me contó también historias de cuando ella era una niña y de como su padre la entrenó con los mejores maestros samuráis y un poco de su historia con el hombre panda, de cómo se enamoró de él y como su familia renegó de ella al casarse.
- Siento mucho escuchar eso, mi señora.
Nodoka-sama se encogió de hombros – no me tengas pena, ha sido esa decisión la que ha marcado toda mi vida y ha forjado mi carácter.
- ¿A qué se refiere con que ha forjado su carácter? – pregunté intrigada.
- Yo solía ser una niña muy alegre, mis senseis decían que era buena en el combate pero que tenía demasiada bondad y que siempre me apiadaba del enemigo – me sorprendí al escuchar eso, no es que mi señora fuera un ogro malvado pero no podía imaginar a mi señora siempre sonriente y vibrante, normalmente mi señora solo mostraba esos sentimientos con su círculo más cercano, con los demás era un tempano de hielo.
Nodoka-sama soltó una risita al ver mi cara – No me mires así, créeme que al casarme con Genma tuve que hacerme fría y… no tener piedad ya que si me dejaba llevar por mis sentimientos acabaría muriendo de pena.
- Lo pasó muy mal ¿verdad?
- Así es – murmuró bajando levemente la mirada – yo lo tenía todo, todo lo que pudieras imaginar… era feliz, tenía una familia que me amaba y que me dio una magnifica educación tanto intelectual como en artes marciales, podía haberme casado con hombres con mucho poder - su voz se quebró levemente cuando dijo esas palabras y noté como empezaba a enfurecerse. Sus ojos se tornaron más oscuros y la vi apretar los puños con fuerza – pero Genma apareció en mi vida con mentiras y falsas palabras de amor eterno, fui una niña estúpida, no hice caso a mis padres y… me case con él.
- No fue estúpida – reclamé con algo de ira – estaba enamorada.
- Me avisaron Akane, mis padres sabían que Genma no era trigo limpio y no les hice caso. Me casé con él y me desheredaron, aunque lo más duro para mí fue escuchar a mi padre, aquel con el que más conectada me sentía de toda mi familia, que para él estaba muerta.
Entendía su dolor, yo también había perdido a mi padre, no de la misma forma y gracias a Kami padre nunca me había hablado así, pero en cierta forma él también me había abandonado a mi suerte dejándose morir cuando madre nos dejó. Podía entender su dolor y su rabia perfectamente por eso le tomé con delicadeza la mano dándole una caricia conciliadora.
- La entiendo, pero no se martirice. Como bien dijo esa decisión forjó su camino y gracias a ella tiene a su hijo que la ama con locura.
Nodoka-sama me dio una triste sonrisa – tienes razón mi pequeño es lo que me da las fuerzas para seguir – me dolía el alma al verla tan abatida pero en cierta forma se me hinchaba el pecho de orgullo al saber que mi señora confiaba lo suficiente en mi como para contarme su historia, sus pensamientos y sus fantasmas.
- No está sola mi señora – dije firme – tiene a su hijo y me tiene a mí, si la vida le ha puesto esta prueba y ha tenido que convertirse en una mujer dura es porque Kami así lo ha decidido.
Nodoka-sama se quitó con mucha rapidez una delicada lagrima que no tuvo tiempo de caer por su mejilla ya que a mi señora no le gustaba mostrar debilidad. Como ella bien dijo, el casarse con el hombre panda y enfrentarse a sus mentiras y desplantes le habían enseñado a no mostrarse nunca débil ante nadie.
- Bien – dijo de repente con la voz más animada – yo ya te he contado sobre mí, ahora cuéntame sobre ti.
- No sé qué podría contar que no sepa ya, mi señora.
- Cuéntame sobre tu padre, tengo entendido que estabais muy unidos.
Sentí un poco de tristeza al recordar mi relación con padre – así es, era la persona a la que más quería en el mundo, pero cuando madre nos dejó el… cambio. Nos abandonó a nuestra suerte a mis hermanas y a mí.
- Amaba mucho a tu madre ¿verdad?
Asentí con firmeza – no creo poder conocer a nadie que ame a su mujer con la misma intensidad que mi padre amaba a mi madre, a pesar de que estuvieran en desacuerdo en muchas cuestiones, ellos siempre se apoyaban.
- ¿En que estaban en desacuerdo? – me preguntó mi señora. Me daba un poco de reparo contar estas cosas ya que me sentía en una especie de interrogatorio, pero era justo, mi señora me había contado muchas cosas de su vida poniendo su total y absoluta confianza en mí por lo que yo debía corresponderla de igual forma.
- En la forma de educarme. Madre era una señora muy arraigada a las tradiciones, para ella era inaudito que una mujer peleara. Mis otras dos hermanas eran muchachas femeninas y delicadas, muy hermosas y luego estaba yo, la pequeña y la más marimacho. Solía llevar el pelo corto y pelearme con los niños del pueblo provocando que la gente murmurara sobre mí y poniendo a madre de mal humor y consiguiendo que nos peleáramos.
- Eso es horrible – exclamó mi señora - eras solo una niña.
- Era un pueblo pequeño y todos nos conocíamos, todo el mundo estaba al acecho de un nuevo escándalo para comentarlo y despellejar a los involucrados y a su familia, por eso madre no soportaba mi forma de ser, solo conseguía que la gente hablara de nosotros a nuestras espaldas – vi en los ojos de mi señora un brillo de enfado y me apresuré a aclarar la situación – no me confunda, mi madre me amaba pero, ya sabe… no quería que la gente la criticara por no saber criar a sus hijas.
- Pero tu padre no era así…
Negué con la cabeza mientras una sonrisa se formaba en mi cara, el simple hecho de recordar a padre me ponía muy contenta pero a la vez sentía la punzada del dolor pues su rostro y el de madre cada vez se veían más difuminados en mi mente – padre me amaba como era, me decía que yo no iba a ser la esposa de algún hombre, que yo había nacido para ser alguien grande, que yo era el río y que no me podía dejar vencer.
- Son unas hermosas palabras de un padre hacia una hija – me dijo mi señora con dulzura – ¿él te entrenaba?
- Así es, desde que tengo uso de razón padre me llevaba a la orilla del Owaga chiisai a entrenar – mi señora alzó una ceja curiosa – es el nombre que le puse al riachuelo que pasaba al lado de nuestra casa.
- Comprendo… ¿y tu padre a que se dedicaba?
- Era campesino – dije con orgullo – y cortaba madera para venderla en el bosque.
- Vaya, que interesante.
- Pero en su juventud fue un gran arte marcialista, daba clases a chicos en el pueblo mientras entrenaba para ser un gran guerrero, pero un día conoció a madre, se casó y abandonó sus sueños.
- No creo que lo abandonara – me corrigió – puede que su sueño cambiara al conocer a tu madre, puede que cuando se enamoró su sueño de pelear pasara a un segundo plano y deseara ser padre de familia.
- Puede ser – murmuré – recuerdo que un día había discutido con mi madre y padre me había regañado, me dolió mas eso que cualquier golpe del mundo, para mi padre era como una especie de dios por eso el pensar que me odiaría para siempre me dio mucho miedo.
Nodoka-sama soltó una leve risita – te perdonó rápido ¿no?
- Así es, recuerdo que ese día padre me comentó que tenía miedo de que hubiera una guerra, por aquel entonces la reyertas en los pueblos eran muy fuertes y padre temía a una guerra civil por lo que me pidió que si le pasara algo protegiera a madre y a mis hermanas, recuerdo preguntarle ¿Por qué yo? ¿Por qué solo me entrenaba a mí y no ha Kasumi o Nabiki? Su respuesta me dejó atónita.
Desvié mi mirada para observar a mi señora quien me escuchaba atentamente, me resultaba doloroso recordar aquellos felices días que nunca más volvería a vivir y que guardaba con celo en mi cabeza ¿estaba bien compartirlos? Esa pregunta vagó por mi mente unos instantes pero al ver la mirada comprensiva que me otorgaba mi señora entendí que si los compartía con alguien, la más indicada era ella, mi señora.
- Siempre me había contado la historia de su amigo y vecino, un hombrecillo que había sido sacado de su casa para ser samurái, ese hombre le encontró y lo adoptó como su aprendiz, se convirtió en su sensei y padre siempre decía que era el mejor guerrero del mundo. Recuerdo también como padre siempre comentaba orgulloso que su sensei le había apodado Soun "Tora" Tendo porque era como un tigre, aunque para mi padre siempre había sido un roble, grande, fuerte y poderoso pero siempre dispuesto a darte cobijo.
- Eso es precioso Akane.
Sonreí levemente ante sus palabras – me contó que cuando conoció a madre y le dijo a su sensei que quería dejar las artes para casarse se puso furioso y le castigó duramente pues según él su destino era ser un guerrero y ganar grandes guerras como alguna vez había hecho el, pero padre siguió negándose y Happosai terminó llevándole a un oráculo para…
- ¡Espera! – el grito que dio mi señora me hizo botar en mi sitio y mirarla asustada. Mi señora estaba levemente inclinada hacia delante con una mano levantada hacia mí y una sorprendida expresión en su rostro, como si hubiera visto a un muerto renacer de sus cenizas.
- ¿Qué ocurre? – Pregunté preocupada – ¿está bien? ¿Le ocurre algo?
- El nombre – dijo con ansiedad – el nombre del sensei de tu padre ¿Cuál era?
- Happosai, mi señora – contesté sin entender su estado – ¿ocurre algo con ese hombre? ¿Le conoce?
Mi señora parecía seguir en un estado de sorpresa. Sus ojos estaban abiertos de par en par al igual que su boca. Me acerqué a ella levemente y fue cuando por fin reaccionó – Señora, de verdad me está asustando.
- Lo siento – se disculpó – pero es que, no puedo creer que… que pequeño es el mundo.
- ¿De qué habla? – pregunté ya desesperada.
Nodoka-sama me miró con un brillo especial en la mirada – Happosai fue mi sensei, el me lo enseñó todo cuando era una niña, pero un día se marchó, dijo que tenía algo que hacer y desapareció sin dar explicación alguna, la última noticia que tuve de él es que estaba enseñando a una joven promesa de Yokohama – mis ojos se abrieron de par en par al igual que lo habían hecho los de mi señora momentos antes – creo que lo has entendido.
- Su sensei… ¿su sensei es el mismo que el de mi padre?
- El destino ya estaba escrito querida Akane – dijo Nodoka-sama con una gran sonrisa tomando mis manos entre las suyas – ya estaba escrito que nos conociéramos.
Me recuperé levemente de la sorpresa y pensé en las palabras de mis señora ¿el destino no había unido? ¿Yo estaba destinada por nacimiento a encontrar a los Saotome? ¿A encontrar a mi señora? ¿A encontrar a Ranma?
La realidad me golpeó en la cara con la fuerza de un toro bravo. Recuerdo la conversación de padre donde me comentaba que el rio debía encontrar al dragón, lo primero que pensé al ver a Ranma es que él tenía el espíritu del dragón… ¿podía ser que nuestro destino realmente estuviera ya escrito?
- Akane – me llamo mi señora sacándome de mis pensamientos. Moví mi cabeza de un lado para reaccionar.
- Sí, disculpe estaba distraída.
- ¿En qué pensabas? – me preguntó.
- Pensaba en la conversación que tuve con padre… en ella me decía que el oráculo les dijo a él y a Happosai que él no estaba destinado a ser un guerrero pero que alguien nacería en la familia Tendo con la fuerza del río que se convertiría en una leyenda en cuanto conociera a aquel con el espíritu del dragón – bajé la mirada avergonzada por lo que iba a decir – y lo primero que pensé al mirar a Ranma a los ojos es que él era mi dragón.
Nodoka-sama tomó mi mentón subiendo levemente mi cabeza para que le mirara a los ojos – Akane, eso es maravilloso se ha cumplido el destino.
- Pero no soy una leyenda viva – dije con reticencia.
- Eso puede ser una metáfora Akane, puede que no se refiriera a una leyenda de la que todos hablen, sino de la superación de uno mismo, de cómo tú rompes las barreras que nos han inculcado a las mujeres.
Me quedé pensativa un momento, analizando las palabras de mi señora – Puede que tenga razón, Ranma fue quien comenzó a entrenarme.
- ¿Lo ves? – la voz de mi señora era la voz de alguien emocionado – ¡Si es que lo sabía! ¡Sabía que tu llegada a nuestras vidas no era una casualidad!
- No señora – dije yo también feliz – era mi destino conocerles.
- Y yo no puedo estar más agradecida a Kami.
Nos miramos emocionadas y sonrientes, había sido una revelación el saber que Kami había tejido sus telarañas del destino para que termináramos conociéndonos y viviendo juntos, dándome una segunda oportunidad para ser feliz sirviendo a mi señora y casándome con Ranma.
Era muy feliz, terriblemente feliz y sabía que mi señora también, me lo decían sus ojos y desee que esa felicidad se mantuviera para siempre. Lástima que las cosas nunca ocurren como uno desea.
Aclaraciones:
Onee-chan: Hermana mayor.
Sensei: maestro, profesor.
Sakoku: fue una política de relaciones exteriores del Shogunato Tokugawa, donde nadie, fuera extranjero o japonés, podía entrar al país, o salir de él, bajo pena de muerte. Estuvo en vigencia desde 1639, cuando fueron expulsados de Japón todos los extranjeros europeos, particularmente los comerciantes y misioneros católicos provenientes de España y Portugal que habían llegado a las islas japonesas en gran número durante la segunda mitad del siglo XVI. La instauración del sakoku no implicaba el aislamiento completo de Japón, sino que todas las relaciones comerciales o culturales de Japón con el resto del mundo serían mantenidos en un nivel muy reducido, y siempre bajo el control directo del bakufu, impidiendo así que cualquier súbdito japonés intentase mantener contacto con extranjeros de modo particular. De hecho, este último supuesto estaba severamente prohibido. El bakufu pretendía con ello eliminar la posible amenaza de ataque extranjero que implicaba la presencia de misioneros católicos españoles o portugueses, considerando que ambas potencias mantenían importantes colonias en Asia Oriental (como Filipinas o Macao); en esos años aún persistía la unión política de España y Portugal y el Shogunato Tokugawa temía un ataque militar español o portugués y consideró que prohibir el libre contacto con los extranjeros era una forma de impedirlo.
Batalla de Sekigahara: Fue una batalla decisiva en la historia de Japón que tuvo lugar el 21 de octubre del año 1600 en Sekigahara (hoy prefectura de Gifu). Durante este conflicto se enfrentaron los ejércitos de las dos principales facciones del país: por una parte, quienes consideraban que Toyotomi Hideyori, hijo de uno de los grandes unificadores del Japón, era quien debía convertirse en el dirigente del país. Por otra parte, la facción de los que apoyaban a Tokugawa Ieyasu, uno de los daimyō (señores feudales) más prominentes del país, para que se convirtiera en el dirigente. La victoria del «Ejército del Este» de Ieyasu le mereció pasar a la historia como «El último de los grandes unificadores de Japón» junto con Oda Nobunaga y Toyotomi Hideyoshi. Además, le despejó el camino para que obtuviera el título de shōgun, máxima autoridad política y militar en Japón durante esa época. A partir de entonces se establecería el shogunato Tokugawa, el último shogunato de la historia y el cual duraría más de 250 años al frente del gobierno.
Kaiken: Pequeña daga que era un regalo típico de madres a hijas en las familias samuráis. Aunque pueda parecer un bonito y simbólico regalo tiene un significado "oscuro". El kaiken se regalaba para que las mujeres pudieran llevar a cabo el harakiri en caso de que fuera necesario. Las mujeres nobles podían enfrentarse al suicidio por multitud de causas: para no caer en manos del enemigo, para seguir en la muerte a su marido o señor, al recibir la orden de suicidarse, etc. Técnicamente, el suicidio de una mujer no se considera harakiri o seppuku, sino «suicidio» a secas, jigai en japonés. La principal diferencia con el seppuku es que, en lugar de abrirse el abdomen, en el jigai se practicaba un corte en el cuello, seccionándose la arteria carótida con una daga con hoja de doble filo, es decir, el kaiken. Previamente, la mujer debía atarse con una cuerda los tobillos, muslos o rodillas, para no padecer la deshonra de morir con las piernas abiertas al caer.
Tora: Tigre.
