Espero y sea de su agrado
Siéntate conmigo
capítulo 2 de 3 [Quédate otros 5 minutos]
…
Después de que Uraraka y sus dos hijos se fueran del local, Bakugou bebió lo que restaba de su taza de café aún cuando ya estaba frío. Tomó con gran rapidez la servilleta manchada de labial color melón con la que Uraraka se había limpiado los labios, mirando a los lados para que nadie se percatara de lo hecho. Metió la susodicha servilleta usada en uno de los bolsillos de su chaqueta, se levantó de un salto y caminó hacia la salida con el semblante serio y un poco irritado.
Cuando llegó al pie de su motocicleta customizada, respiró más tranquilo, nadie lo había notado más que él. La culpa sacudió su pecho, ¿era acaso un pervertido? No, siempre que quiso a una mujer, la obtenía y eso era desde que el sexo opuesto lo atrajo. Sin embargo, Uraraka era un caso especial: La mejor amiga de su rival, después la novia, tiempo después la esposa y madre de los hijos que procreó con Deku y al final, la ex-esposa. Sinceramente, Bakugou se alejó lo más que pudo de ella cuando eran jóvenes y también de adultos porque él no quería las sobras, ser la segunda opción de nadie ni de ella aún cuando la atracción hacia Uraraka era tan innegable que le resultaba fastidioso pensar en su pequeño hurto de la servilleta usada.
Se rascó la cabeza, definitivamente no iría el sábado a celebrar el triunfo del hijo mayor de Ochaco. Sería un total desastre. Y humillarse a sí mismo es imperdonable, más cuando es el héroe número uno en los rankings mensuales de manera consecutiva desde hace ya 10 años.
Cogió el casco, ¿por qué eran tan dificil y a la vez acogedor volver a reencontrarse con su amor platónico de la academia? Habían pasado más de 30 años.
—¡Argh! — masculló colocándose el casco. Ojalá no hubiese tenido la gran idea de visitar esta cafetería random que se topó a mitad de su camino a casa después del trabajo. Montandose en la motocicleta, encendió los motores de un fuerte tiro del manillar para encenderla y ponerse en movimiento con ímpetu.
Atravesó las calles como si se tratara de un adolescente arrebatado por la pasión. El corazón latía fuertemente, la adrenalina ebullía a sus manos que terminaban apretando más el acelerador. Era un hombre muy abrasivo y apasionado, fuerte de emociones con las que tenía que lidiar porque sino, bien sabe su asistente personal lo que podría ocasionar un Bakugou con la adrenalina a flor de piel.
Sentía el aire golpear contra sus prendas.
¿Cuántos años tenía?
Se miró en el espejo izquierdo, sus ojos seguían siendo tan rojos como cuando reconoció por primera vez su reflejo cuando niño. Sólo había más vello facial, arrugas de expresión y un rostro más ancho. Había embarnecido como todo hombre a los 48. Sin embargo toda la vitalidad permanecía allí, en sus ojos, en su pecho. Era un hombre orgulloso que ha tocado el éxito por su fuerza. No le debía nada a nadie.
Todos sus éxitos y derrotas eran suyas. Engreído y soberbio de su vida.
Su único bache: La vida romántica.
Dios y todo el mundo sabía que Bakugou era un buen partido y que a más de 10 parejas de las cuales no podía dar una opinión objetiva puede contar. Sin embargo, nunca caminó al altar más allá de ser invitado en las bodas de sus amigos y socios. No es que haya huido de ello, por el contrario. Si hubiese podido casarse lo habría hecho, pero ninguna de sus relaciones sentimentales había creado un lazo especial para unirse en matrimonio.
Sabía el por qué.
Siempre les dijo a sus novias que prefería despuntar en su profesión y que habría días en las que reunirse sería casi nulo. Que habría días que si pudiesen verse él se iría antes de las 10 de la noche para irse a descansar. Que era poco romántico, muy hosco y que tal vez gritaría si lo hacían enojar. Nunca les haría daño, pero que ni se atrevan a engañarlo porque si era capaz de matar. Tal vez esa era una advertencia, pero sin duda eso alejó a muchas buenas mujeres de su vida. Rió mientras recordaba a todas sus parejas.
Eran buenas mujeres, algunas más que otras, pero le habían hecho feliz aunque sea por poco tiempo.
Pero, ahí su gran vergüenza, había una mujer en particular que sólo le provocaba inseguridad, intranquilidad, una potente atracción, decepción y tristeza a su pecho.
—Hijo de perra… —se dijo así mismo al sólo pensar en la servilleta usada en su bolsillo. Decepcionado pero resuelto a guardar esa servilleta como recuerdo vergonzoso de todas esas bajas pasiones que despertaba Uraraka en él. —Viejo asqueroso. —se insultó, pensando en lo que haría en su casa con esa servilleta. Qué humillación, pero era un hombre y tenía que responder.
Una vez en su casa que se ubica en la zona residencial más exclusiva de Tokio. Metió la motocicleta en su garage, se quitó el casco y lo tiró al suelo. Entró a su sala sin quitarse las botas. Se acostó en el sillón de piel, con los mismos pies se quitó las botas que cayeron metros lejos de sus pies. Se quedó allí, boca arriba, viendo al techo. Su bolsillo izquierdo latía con fuerza que no podía ignorar a pesar de que quería ignorarlo. No se humillaría a sí mismo de tal forma.
Miraba lentamente cómo su mano se aventuró al bolsillo. Sí, tomaría esa servilleta y la tiraría a la basura. La tomó con delicadeza.
Oh dios, sabía que no lo haría.
No debía de porqué avergonzarse, era normal fantasear y dejarse llevar por ese vicioso sentimiento. No la estaba insultando ni dañaba la integridad de Uraraka, pues imaginarse esos labios contra los de él no le hacía daño más que a sí mismo.
Extendió la servilleta y la llevó a sus labios. Ahí estaba el rastro del labial de Uraraka. Dulce melón. Podía apreciar la pequeña boquita de Uraraka. Su meloso olor. Ah~ sus labios contra los suyos, no podría verla nunca más después de esto.
Al poco tiempo, se quedó dormido con la servilleta apretujada en su mano.
Después de aquel vergonzoso suceso, Bakugou siguió su vida con normalidad. Alimentar a sus perros, lavar su motocicleta, entrenamiento intenso, ducha y desayuno sano por la mañana para luego presentarse a su agencia, tomar las misiones especiales si había o simplemente para tomarse un café y salir a patrullar, salvar la ciudad o simplemente ayudar a ancianas a cruzar las calles. Después de sus horas de trabajo, hace el papeleo con su agente y comía algo ligero en la cafetería siendo acosado por los practicantes que ignoraba completamente.
Así hasta que por fin llegó el sábado.
No había intercambiado el número telefónico con Uraraka y ella había olvidado darle los detalles del lugar y horario exacto del picnic así que podía salirse con la suya y simplemente no ir sin ningún remordimiento de por medio. Con ligereza habitual, llegó a su agencia y cogió el café que bebía todas las mañanas antes de patrullar pero su bebida se malogró cuando Remi, su secretaria, se acercó corriendo hacia él con el teléfono en mano.
—¡Zero-sama!— Aulló con su voz chillona una vez cerca, tapando el altavoz del teléfono. —Una tal Uraraka Ochaco lo busca, ¿le paso la llamada o le digo que está ocupado?
Bakugou maldijo los directorios telefónicos.
—Pásame la llamada.
—Claro, señor. —Obedientemente, la secretaria le dijo a Uraraka que en unos segundos la comunicaría con él, para así pasarle el teléfono a Bakugou que dejó la taza sobre el microondas. Cogió la llamada.
—Uraraka, soy yo. —dijo Bakugou cuando la secretaria dio media vuelta para regresar a su puesto.
—¡Bakugou-san! —chilló tras la línea apenada. —Perdoname por llamar hasta ahora pero el trabajo, los niños y las tareas del hogar me hicieron dar por hecho que ya te había contactado para quedar con el lugar y hora en caso de que te fuera posible venir al picnic con nosotros. —explicó con culpa. —Si no fuera por Hiiro que emocionado me preguntó por ti ni me habría dado cuenta. ¡Disculpame pero por favor, ven si te es posible! Me harías muy feliz, y no sólo a mí, también a mis hijos.
—Mejillas, primero cálmate. —respondió Bakugou un poco aturdido por lo recién dicho por la castaña. —Yo también te debo una disculpa, nunca me contacté contigo.
—Ah bueno~
—¿Cómo que "ah~ bueno"? Ah~ bueno mi trasero. —respondió con enojo a la ligereza de Uraraka.
—Jajaja, tranquilo. —río tras la línea. —Me puedes pasar tu numero, para mandarte la ubicación con exactitud. El partido es a las 2 de la tarde en el estadio de la Universidad de Tokio. Hiiro juega para la subdivisión 17.
—Muy bien hecho, ¿será becado en la universidad?
—Se definirá en este partido así que hoy es un día muy importante para él. —respondió con confianza y mucho orgullo.
—Mejor dame tu numero y te marco para confirmar.
—Okey, ¿tienes donde anotar?
—Sí. —cogió un bolígrafo que alguien había dejado cerca del horno de microondas. —Cuando quieras, mejillas.
—Jajaja, no me digas mejillas. ¿En serio estoy muy cachetona? Los años hacen a uno subir de peso— dijo preocupada.
—Me gusta así. —añadió Bakugou sin pensarlo dos veces. Silencio por parte de Uraraka. Mierda. —Dejando atrás tus inseguridades, tu número es…
Uraraka le dio el número y colgaron. Bakugou corrió para entregarle de vuelta el teléfono a la secretaria para después ir a su habitación personal de la agencia. Como era el número uno, lo consentían con ciertos privilegios: una secretaria personal, un asistente y contador, así como su propio espacio personal dentro de las instalaciones.
Cogió de su maleta su teléfono, escribió el número como contacto nuevo y sin pensarlo dos veces, otra vez, marcó. Uraraka no demoró ni 2 segundos al tomar llamada.
—Registrado. —aludió la castaña con alegría. Nunca le pasó por su cabeza de joven que compartiría su número de Bakugou y que éste tuviera el mismo gesto para con ella. Era de alguna forma, extraño pero muy divertido. Bueno, tampoco esperaba retirarse del mundo de los héroes para dedicarse a ser madre que procreó con su amor de la adolescencia. —Gracias Katsuki-san. Avísame si te será posible acompañarnos. En todo caso te enviaré nuestra ubicación a tiempo real para que puedas encontrarnos en el estadio fácilmente.
—Bien. —no supo qué más agregar, pero Ochaco espero a que el rubio hablara. Al notar el silencio dijo lo primero que cruzó por su mente. —¿Y qué tal el trabajo? —Pregunta que desconcertó a Ochaco quien esperaba un adiós.
—Bien, mucho papeleo porque ustedes los héroes nos quitan gran parte de nuestro trabajo de campo. —respondió. —No es una queja, pero el papeleo es estresante.
—Todos odiamos el papeleo. —añadió sin más.
—¿Y cómo va el trabajo? —ahora preguntó la castaña.
—Regular, ha bajado el índice de criminalidad en un 40% estos años.
—Bueno, eso se debe a que el héroe número uno está loco y los muele a golpes. —dijo haciendo mofa de la fama de brutalidad de Bakugou como Ground Zero. Cuestión que le sacó una sonrisa. Orgulloso de su fama de héroe poco compasivo.
—Sólo hago mi trabajo. —excusó con presunción.
—Como tú digas, Lord Murder. —bromeó.
—Oh, por favor, ¿aún recuerdas ese nombre? —llevó su mano a la frente. Había dicho muchas cosas de joven, algunas muy hirientes y mal intencionadas, pero también era un mocoso con mucha soberbia e ímpetu así que también era ocurrente. Todos sus amigos se han mofado de ello desde hace más de 30 puñeteros años. Uraraka fue una de las primeras en atreverse en ponerle un apodo alegando que como él ya les había puesto a todos uno, él debía tener el suyo. Qué hija de perra, ¿no?
—Claro, así como sigo siendo Mejillas o Cara Redonda. —se defendió, como años atrás lo había hecho sin miramiento alguno.
—No es mi culpa que de hecho seas cachetona y regordeta.
—Ya, no me digas gorda. —el rubio pudo ver cómo ella hacía un puchero tras la línea, ¿cuántos años tenía? Pero ello no lo sorprendía, de hecho, eso lo hacía querer decirle redonda con más ahínco, ver esas mejillas infladas como unos globos rosaditos, siempre le habían encantado…
Se azotó contra la pared por impulsividad.
—¿Todo bien? —preguntó tras la línea preocupada por el ruido del golpe.
—Sí, sólo el practicante siendo un inútil. —mintió para sobarse la frente como el idiota que era.
—¿Te estoy interrumpiendo?
—Al contrario, hiciste mi jodida mañana mucho mejor.
Bien, ya lo ha dicho.
—Quiero decir, con gusto iré al partido. Me encanta el futbol. —mintió otra vez.
—¡Oh perfecto! En serio muchas gracias Bakugou-san. —agradeció con mucha ilusión. Sin duda era una buena madre. —Entonces llevaré salsa extra para los aperitivos. Sé de buena fuente que te gusta el picante.
—Deja de stalkearme, vieja pervertida. —bromeó proyectándose, carajo, ¿revisó su perfil en la web?
—Ya quisieras. —se burló. —Mis hijos me lo vienen diciendo desde que nos encontramos en la cafetería. Me exigieron que compraramos salsas para el picnic de hoy dado que te gusta.
Bakugou resopló, fue excitante mientras duró. Aún alegaba que no era un viejo pervertido. Cuestión que estaba más en duda hasta para él.
—Mi turno termina a las 4 si no hay ningún contratiempo, pero me tomará casi una hora llegar. —detalló.
—Maravilloso. Ojalá no haya ningún contratiempo. —deseó. —Entonces, Bakugou-san, te deseo un excelente día de trabajo. ¡Dales un buen puñetazo de mi parte a los villanos! Adiós. —con determinada voz, se alejó del altavoz del teléfono. Bakugou escuchó a su hijo exclamar desde lejos un somnoliento "buenos días" a su madre y ella colgó.
Bakugou sólo azotó el móvil al suelo. Fúrico. Estaba muy jodido.
Su asistente personal entró a la oficina del héroe sin tocar, traía en los brazos el tortuoso traje que Bakugou todos los días tenía que ponerse casi religiosamente para llevar a cabo su profesión. Saludó con un suave "ey" a lo que Bakugou ignoró. Su asistente recogió el móvil con una nueva línea en su cristal protector roto. Lo guardó en la bolsa deportiva de su jefe. Le dijo que ya era de prepararse para salir y sin chistar, obedeció y con ayuda de su asistente se vistió. Recibió las rutas para el día y el análisis de zona que el asistente se encargaba de hacer todos los días. Le pagaba muy bien.
Su asistente sólo levantó la ceja curioso de verlo tan pensativo pero no preguntó nada. Entendía a la perfección al héroe que empezaba acumular canas. Mientras no se metiera en su vida personal, Bakugou sería el más serio y comprometido al trabajo, disgustarlo, ¿para qué?
El día de Bakugou transcurrió con normalidad. Un pequeño delincuente que amagó a un ejecutivo del banco. Unos traficantes de estupefacientes y alguna que otra riña entre hombres usando sus peculiaridades. La gente lo seguía para pedirle fotos y autógrafos pero nunca se detenía alegando que eran sus horas de trabajo y no de estrella.
Cuando dio un cuarto para las dos de la tarde, recibió un mensaje. Estaba trabajando, no podía responder pero desobedeciendo un poco su estricto horario, sacó el móvil de su cinturón y abrió el mensaje. Era la ubicación a tiempo real de Uraraka junto con una foto: Hiiro con el uniforme puesto y con los dedos arriba. Un nuevo mensaje llegó:
[¡Listos para el partido! Hiiro te manda un saludo. Espera verte aquí cuando ganen el partido.]
Katsuki sonrió, feliz por algún motivo. Pensó en su padre, ya era un anciano carcomido por la edad que apenas podía sostenerse sobre sus pies. Hace un par de meses que no lo visitaba.
Caminó por la calle con una natural seguridad y autoridad. Sin saber qué responder.
[Informame cada detalle del partido.] Escribió de vuelta [Si pierden (que no será así), dile que tuve una importante reunión.]
No pasaron ni dos minutos cuando hubo una respuesta por parte de Uraraka:
[No perderán, así que no te olvides de traer tu trasero.]
Katsuki respondió: [Ok, estoy al pendiente.]
Entonces, a una hora de que el partido comenzó. Bakugou sintió vibrar por tercera vez su celular. Eran los mensajes de Uraraka que lo ponía al tanto del partido.
No los abrió hasta que faltaran unos minutos de las 4, caminando de regreso a su agencia, sintió como entraba una llamada. Era Uraraka quien le llamaba. Dudó en responder pero no duró mucho su duda pues tomó la llamada con un serio "qué pasa".
—¡GANARON! —Gritó con euforia tras la línea dejándolo sordo. —¡Prepara esas cervezas porque hoy brindaremos hasta emborracharnos! —la escuchó saltar pero sin tocar el suelo. Estaba flotando. Al fondo podía escuchar a la menor de los Midoriya lloriquear alegre por el éxito. —Bakugou, es repentino pero quiero decirte que gracias por todo. —empezó la castaña, llena de emoción en su voz que pronto se quebraría en llanto.
Las mujeres eran un mar de emociones a flor de piel.
—Ey, basta. —pidió Bakugou, no quería escucharla llorar. —No he hecho ni mierda.
—Sí, sí que lo haz hecho. —escuchó el gimoteo. —Deku nunca estuvo ni siquiera atento a los torneos. ¡Y me da mucha rabia el pensar que tú…!—un golpe en el pecho, eso fue lo que sintió el rubio con eso último. —, tú, un compañero de la academia que no había visto desde hace ya unos buenos años, esté más atento del partido de mi hijo. Me pone triste, muy triste el pensar que él podría estar aquí pero no lo está… y eso me duele, no por mi, sino por mis bebés… —comenzó el sollozo por unos segundos hasta que abruptamente terminó y recuperándose tan pronto como pudo, continuó. —En fin, te esperamos. Gracias Bakugou-san. —colgó.
Bakugou se quedó parado como idiota a mitad de la calle en blanco. Miró a sus lados.
—Deku hijo de perra. —sólo pudo atinar a decir y continuó.
Cuando volvió a la agencia, le pidió a su asistente que prepara un regalo para un adolescente apasionado por el fútbol. Le dijo a la secretaria que preparen enseguida su segunda motocicleta. Se vistió con un pantalón de vestir, una camisa anaranjada y un blazer que tenía de repuesto en su oficina. Con unos zapatos de vestir sin calcetines. Se amarró el cabello en una pequeña coleta y se lavó la cara y la barba.
Nervioso. Sus manos le sudaban.
Frunció su entrecejo, ya no era un crío. Pero el pensar volver a verla agitaba su pecho. Ojalá sólo sea un picnic normal, felicidades y un adiós. Miró el reloj.
Salió de su oficina esperando por fin la llegada de su valet que le hizo la entrega de su motocicleta mientras se bajaba de ésta. Bakugou hizo una seña de buen trabajo y se montó en su favorita deportiva, una Kawasaki ninja h2r. Una motocicleta que podía usar para trayectos veloces y desapercibidos, no era el momento para su harley crucero. Una vez tirando de su manillar, salió disparado en su moto. Sin colocarse el casco, burló la ley por unos minutos.
Los policías y los mismos héroes no lo detendrían. Que se jodan todos, él había ofrecido su vida a la seguridad social, mínimo que le den cierta libertad a la hora de conducir. .
Tendría un picnic con la ex-esposa de su amigo de la infancia y rival. Se sentía tan mal el sólo pensarlo, pero era igual de excitante, era una novedad y no hay nada más excitante que lo nuevo. Aunque, si lo pensaba muy bien.
No era algo nuevo.
Recordó muy atrás, hace más de 20 años, cuando la boda de Midoriya y Ochaco se anunció. Lo vio en un portal de noticias una mañana mientra se alistaba para el trabajo. No sabría describir el sentimiento que se manifestó, de hecho, le daba en gran parte igual pero sentía también una gran desilusión, como si hubiese perdido algo, algo que le traía cierta emoción a su vida.
Cuando asistió a la boda, siendo manipulado por su viejo amigo Kirishima, bailó un vals completo con la novia. Ese momento sólo podía sentir emoción. Ojalá el novio hubiese sido él.
Uraraka sonreía gallardamente porque lo había traído personalmente de su mesa para sacarlo a bailar. Ella le decía que estaba muy feliz por verlo aquí y acompañarla en el momento más feliz de su vida. Bakugou sólo bramaba cansado de dar vueltas por todo el salón o porque todos se reían de él, quejándose de todo menos por sostenerla de las manos suavemente. Ella reía alegre, dando de vueltas. Él sólo podía seguirle el paso y sonrojarse por tenerla tan de cerca por segunda vez.
El faro se puso en rojo. Se detuvo abruptamente, recordaba la primera vez que bailó con ella. Sonrió sintiéndose un verdadero tonto. Lo había olvidado.
Cuando llegó al estacionamiento, marcó al número de Uraraka. Le dijo que ya estaba aquí y que los alcanzaría en unos minutos. Llegó después de 15 minutos y saludó a Uraraka y a la menor Midori, estaban en la salida del estadio, esperando por él y por su hijo que aún estaba con su equipo recibiendo una plática de su entrenador. Midori corrió a abrazarlo, era igual de confianzuda que su madre que también se acercó y lo recibió con un beso en la mejilla.
Bakugou sólo volvió la mirada hacía un lado, ocultando su ligero sonrojo. Uraraka se había vuelto más maternal y mucho más femenina con el pasar de los años. Descubrió que no le disgustaba en lo absoluto.
—Iremos al parque cercano al estadio en cuanto aparezca. —explicó Uraraka alegre. El rubio sólo atinó a decir "ok". La jovencita Midori se balanceaba de su brazo izquierdo, diciéndole que ella era cinta negra en karate y que sus amigas enviadiaron sus fotos con él en la cafetería y otras tantas cosas que no supo qué decir. Uraraka reía por debajo, su hija solía agobiar a medio mundo, pero se vió interrumpida cuando una voz gritó.
—¡Ma! —gritó Hiiro al salir del estadio, corriendo con total efusividad. —¡Pase la prueba! ¡Seré becado y jugador oficial de la subdivisión 21! —y una vez cerca, tomó a su madre de la cintura, elevandola unos centímetros sobre el suelo. El joven lloraba de alegría, sosteniendola con total firmeza que hizo a la madre llorar también. —Seré el mejor jugador del mundo aún sin peculiaridad, te lo prometo, ma. —la bajó al suelo, abrazándola fuertemente. —Gracias… por todo.
Y madre e hijo comenzaron a llorar. Midori también, aunque trató de ocultarlo.
Bakugou sólo suspiró cansado. No eran más hijos de Deku porque no eran más llorones.
Después de unos 5 minutos, Bakugou se acercó a Hiiro con una muy pequeña bolsa de regalo que había guardado en su blazer.
—Muy buen trabajo, Hiiro. —y tomó su mano, depositando allí el regalo. Hiiro sonrió de oreja a oreja. Orgulloso y feliz también por tener a su héroe número uno aquí presente. —Abrelo.
Hiiro miró a su madre quien afirmó con la cabeza. Con emoción, abrió la pequeña bolsa de regalo, con premura metió los dedos sacando una tarjeta. Hiiro lo leyó en voz alta: Membresía vitalicia de LandSport, el gimnasio de más alto rendimiento para verdaderos deportistas.
Sus ojos se iluminaron y corrió a abrazarlo.
—¡Muchas gracias! —dijo al separarse. —Muchas gracias, Ground Zero.
Bakugou elevó sus hombros como si no fuera nada, pero hizo una nota mental de que sin duda aumentaría el salario de su asistente. Era el mejor.
Uraraka a su vez agradeció con una profunda reverencia, siempre había sido un problema llegar a fin de mes pagando los gimnasios de Hiiro, con esta membresía podría aliviarse un poco y no quebrarse los dedos para ajustar las cuentas.
Después de ello, caminaron tranquilamente hacia el parque cercano al estadio. Era una zona tranquila y verde, donde los árboles brindaban un fresco aire otoñal junto con el rojo atardecer del pronto otoño, las tardes eran más largas y frías. Un clima que hizo a la mujer mayor arroparse con su chamarra. Los dos adolescentes iban farfullando sus cosas, diciendo que habían ayudado en la preparación de la comida y blah blah blah. En realidad, no es que a Bakugou no le importara, pero no podía evitar entristecerse por esta vista rojiza y fresca.
No soportaba el frío, pero le resultó tan ajeno pero tan propio este sentimiento de calidez. Verse caminar por el camino de piedra en medio de los árboles del tupido parque junto a la mujer castaña cuyas mejillas redondas y muy rosadas a leguas se podían palpar frías, adelante, dos adolescentes riendo, cotilleando y sobre todo intercambiando sonrisas con él y su madre…
Si no hubiese puesto todo su empeño, una lágrima habría rodado por su fría mejilla. Suspiró.
Era como aquel día de la boda junto a ella bailando.
Los dos muchachos decidieron poner el picnic bajo un arce rojo, tendieron la manta y sacaron los alimentos para repartirlos, presumiendo lo supuestamente acomedidos que eran con su madre que sólo alzó la ceja. Bakugou se sentó entre los dos adolescentes y tranquilamente disfrutaron del bello atardecer con los deliciosos emparedados de Uraraka, su ensalada y unos quesos con aceitunas.
—Compré cerveza. —ofreció Uraraka sacando dos cervezas de lata de la canasta. —Empecé sin ti en el partido. —se excusó un poco apenada.
—Claro. —y tomó la lata, viendo cómo los dos hijos de Uraraka se quejaban de que ellos también querían probar. Molesta les dijo que no hasta la mayoría de edad.
—Por dios Uraraka, tú muy bien sabes que lo harán cuando no los veas. Es mejor que aprendan a beber contigo que con desconocidos. —dijo como si fuera lo más obvio, pero siendo claros, Bakugou no probó el alcohol hasta los 24 años porque esas mierdas no le interesaban. Ochaco lo miró molesta porque tenía razón, pero la mamá era ella, así que no retrocedió y volvió a decir que no. Bakugou se puso a reír, no podía hacer nada por esos muchachos.
Así transcurrió el tiempo hasta que vibró el celular de Uraraka, era una llamada entrante de Midoriya. Su rostro cambió drásticamente o eso notó Bakugou. Tomó la llamada y apartándose un poco, habló por unos minutos con el padre de sus hijos. Al poco tiempo regresó con el celular en mano mientras con la otra tapaba el altavoz.
—Su padre, quiere hablar contigo Hiiro. —dijo dándole el telefono a su hijo feliz de que su padre se acordara del evento. —Midochan, habla con tu padre.
Midori se levantó y con su hermano se sentaron en un árbol cercano para platicar cómodamente con su padre que llevaban meses sin verlo.
A su vez, Uraraka sólo resopló y se sentó a un lado de Katsuki que tomaba la cerveza tratando de ignorar la atmósfera incómoda. Pero seamos sinceros, a él también le daba curiosidad.
—Uraraka. —empezó katsuki sin verla a los ojos. —Nunca lo pregunté porque no era mi jodido asunto, pero, ¿por qué te retiraste del mundo de los héroes? —la pregunta la tomó por sorpresa, pero con una sonrisa respondió.
—Por mis hijos. —se acercó más Bakugou que esta vez se obligó a mirarla a los ojos. —Muchos me calificaron de ser una mujer débil por no sobrellevar mi carrera de heroína y de madre, pero no quería perderme la esplendorosa vida de mis hijos. Quiero estar allí cuando lo necesiten.
—Algo muy valiente a la hora de escoger, muchos no escogen y pierden ambos. —Una evidente referencia a Deku. Ochaco sólo frunció el entrecejo, había dado al clavo.
—No sé si valiente, pero sí. —miró a sus hijos al fondo. —Sólo no quería ser como Deku, un padre ausente carcomido por el trabajo y las responsabilidades sociales. Es muy egoísta, pero sólo quiero estar para ellos y nada más. —sonrió con gallardía. —Ahora me toca a mí: ¿Por qué nunca te casaste? Yo quería que me sacaras a bailar en tu boda. —bebió de su cerveza.
—No te hubiese sacado a bailar, no jodas. —pero río entre dientes, sí lo hubiese hecho porque ella sería la novia. Dio un gran sorbo. —Contestando a tu pregunta, nunca me casé porque ninguna de mi relaciones llegaron a los 3 años. —Uraraka notó lo más comunicador y abierto que era, algo que hace mucho tiempo atrás no habría hecho ni borracho. —Cuando cumplí dos años con una ex, ya comenzaba a sentir ansiedad por la boda y los hijos. Patético.
De un gran sorbo, bebió el resto de su cerveza y pidió otra a la castaña que pronto le dio una nueva lata. Katsuki la abrió y la efervescencia de la cerveza activó un recuerdo que ambos compartían pero que recordaban de diferente modo. El recuerdo de la boda de Ochaco con Deku, cuando ella lo había sacado a la pista de baile y antes de que terminara el vals, alguien abrió las botellas de champagne, haciendo que el eco de la burbujeante bebida resonara en sus oídos, haciéndolos ver por fin a su alrededor. A Uraraka la hizo feliz, Deku habría abierto las botellas para hacer un emotivo brindis. Bakugou por otro lado sólo sintió ansiedad al sentir cómo el tacto de las suaves manos de Uraraka se apartaban. Percatandose que los 5 minutos que bailaron no eran suficientes.
Ambos se miraron a los ojos, como si el recuerdo los hiciera consciente del recuerdo del otro. Ochaco puso su mano sobre la mano de Bakugou que sostenía la lata de cerveza recién abierta.
Sus manos ya no eran tan suaves y las manchas de la edad empezaban a aparecer, sin embargo aquellas almohadillas rosaditas persistían, aún suaves y placenteras al tacto.
Ochaco sonrió, mirando a los ojos a Bakugou mientras pasaba sus dedos sobre el dorso de éste. Era una mano muy grande, robusta y llena de quemaduras además de tener un pulgar medio salido. En una pelea casi de lo arranca por la intensidad de sus ataques explosivos así que su apariencia era hosca y poco atractiva. Pero, a pesar de ello, Uraraka no dejó de acariciarla.
—Mejillas… —inició él, con la voz rasposa. Tanto gritar lo había dejado un poco ronco y más cuando la mano de esa mujer lo tocaba sin más. —¿Recuerdas qué pasó después de nuestro pequeño vals en tu boda?
—Sí… —respondió apartando su mano. —Te fuiste. —añadió con un tono más serio. Bakugou miró a la copa del arce rojo, como si allí estuvieran los recuerdos de aquella noche.
—Me fui porque esa noche sentí que si no me iba, iba a cometer una locura….—hizo un breve pausa. —, tal vez, robar a la novia.
Las mejillas de Uraraka se encendieron. Miró a sus hijos por el rabillo del ojo, ellos seguían allí tumbados en el césped hablando con su padre alegremente. Volvió su mirada a Bakugou que ya la esperaba.
—Pensé que había sido por ser mala anfitriona. —quiso desviar el tema.
—También, además la comida estuvo fatal.
Estuvieron en un silencio incomodo por unos minutos hasta que los adolescentes se volvieron a unir en la manta. Diciendo que habían hablado con su padre sobre sus competencias y éxitos, así como su encuentro con Ground Zero. Dijeron que se sorprendió el saber que allí estaba el explosivo héroe, pero mandó sus saludos.
Después de beber las dos últimas cervezas, Bakugou se puso de pie y le dijo a los chicos que fueran por más cerveza y lo que quisieran del konbini, dándoles su billetera y credencial, que si mostraba su permiso de héroe, si les podrían vender alcohol. Uraraka llamó su atención, diciéndole que no les de ideas.
Los adolescentes al ver dentro de su billetera abrieron los ojos como platos, ¡los secretos financieros de Ground Zero depositados en sus manos! Ni tarde ni perezosos, aceptaron y corrieron al konbini más cercano, ignorando la dura mirada de una molesta Uraraka.
—Bien, así tendremos más tiempo. —dijo él una vez con los adolescentes lejos.
—Me parece perfecto. —lo miró desafiante. —¿Entonces me veías tanto en salón de clases porque te gustaba y no porque te caía mal? —sonaba entre escandalizada y entre vanidosa.
—Me caías mal, ni te emociones.
Hablaron de la academia, de cómo les había ido a todos en sus carreras heroicas. De los noticieros y de los fans. De cómo Katsuki casi se volaba el brazo derecho en una misión peligrosa y el por qué Uraraka había pedido el divorcio y su retiro oficial de la asociación de héroes. Hasta llegar al punto en donde, la noche y las luces del parque hicieron que la aparición de los dos adolescentes con bolsas de frituras pareciera casi un sueño. Por fin tenían tiempo para platicar abiertamente entre los dos.
—Bakugou...—empezó la castaña un poco dudosa. —¿Quieres seguir bebiendo en mi casa? Podemos ver una película con mis hijos, y después abro un vino para celebrar.
—Mañana tengo que trabajar. —se excusó. Vigilando que los adolescentes no llegaran tan pronto y escucharan la conversación.
—Sólo 5 minutos entonces. Si te quedas sólo 5 minutos más, te prometo sacarte a bailar por segunda vez.
—Dirás por tercera vez. —corrigió el rubio, haciendo que los recuerdos de aquella noche regresaran a una olvidadiza Ochaco que dio un ligero respingo.
Su pecho latió fuertemente. Recordó esa noche, la fiesta de graduación de su generación. Esa noche que Deku, sin avisar por confidencialidad de una misión, no llegó, dejando a Uraraka sin pareja. Esa noche que ella sacó a bailar por primera vez a Bakugou que tampoco tenía una pareja de baile. Aquella noche que le pisó los mocasines y él le invitó a su recamara para prestarle una sudadera ya que el tonto de Denki le había tirado el ponche encima.
Esa noche donde, por error, terminó sintiéndose ligeramente atraída por el mejor amigo y rival de su novio. Arrastrada por la adrenalina de lo prohibido.
Noche donde el primer beso que guardaba para Midoriya terminó en los labios equivocados. En los labios de Katsuki que cooperó sin problemas a la pequeña travesura de la cara redonda.
Tenemos a la culpable.
