Naruto Y Hinata en:

EL CASTILLO DE LA NIEBLA


PROLOGO


Se quedó allí, afrontando un silencio que rompía el repicar monocorde de la lluvia azotando las baldosas, en un goteo helado con el que un cielo preñado de nubes oscuras castigaba la tierra y mezclaba con sus lágrimas amargas.

El espanto de un cuerpo grotescamente retorcido yacía en un charco de sangre. Un cuerpo que había sido esbelto y grácil en vida. Pero la muerte lo teñía de ignominia convirtiéndolo en una masa estrafalaria, en los restos de un organismo que repugnaba.

Dejó caer la carta que la víctima escribió antes de arrojarse al vacío para estrellarse fatalmente contra el suelo. En ella contaba que era imposible seguir viviendo, que sus esperanzas se habían roto, que el hombre por el que respiraba se había casado y esperaba un hijo.

El papel revoloteó y fue a posarse sobre el charco de sangre que seguía manando de su cabeza abierta. Se empapó en rojo y las letras se fueron diluyendo bajo la lluvia incesante y desaparecieron, se difuminaron como se desvaneció la risa de la muchacha que ahora yacía muerta.

Pero sus ojos habían leído y jamás podría olvidar las palabras escritas. Como tampoco olvidaría nunca al causante de aquella desgracia: Naruto Uzumaki, duque de Konohagakure.

Y ante el cuerpo que cuidó y amó, por el que habría dado hasta su último aliento, el testigo mudo de la tragedia elevó su mirada al tenebroso cielo y juró venganza.

— Sí —dijo en voz alta, quebrada por el llanto— . El duque Uzumaki pagará. Dedicaré a ello mi vida entera si es preciso.