Naruto Y Hinata en:
EL CASTILLO DE LA NIEBLA
«Capítulo 1»
Ducado de Konohagakure.
La niebla se filtraba a través de los muros como una mano húmeda y siniestra dispuesta a atraparla. Ululaba el viento en el exterior y ella se tapó los oídos para no oírlo. Tiritó de miedo, clavando su mirada en los leños de la chimenea, crepitantes lenguas de fuego que acaparaban su atención.
A Amaru, duquesa de Konohagakure, se le dilataron las pupilas al desviar su atención al rincón del cuarto donde otras veces se le había aparecido aquella silueta fantasmal. Donde oyera el tétrico susurro de una voz que parecía llegar desde el Más Allá. Ahora la rodeaba el silencio, pero ella sabía que volvería a buscarla. A ella y al hijo que llevaba en su vientre.
Fuera del castillo, el viento arreciaba en ráfagas sibilantes que, a modo de presagio, parecían indicarle que aquella noche se cumplía su plazo. Ahogó un sollozo y se cubrió hasta la barbilla con la sábana, pero no pudo apartar su errática mirada del rincón. Aguardó y rezó con toda la fe que pudo reunir para que el fantasma no volviera, para que la dejara en paz. Le castañeteaban los dientes y era incapaz de controlar sus estremecimientos.
El hálito helado que castigaba los muros cesó de súbito y una cortina de agua comenzó a golpear la imponente mole del castillo. Estúpidamente, Amaru se dijo que acaso el espectro no acudiese con un tiempo tan lamentable, y el insensato pensamiento produjo en ella un acceso de risa histérica.
Hacía sólo algunos meses que se había instalado en Uzumaki House y desde entonces su vida había cambiado por completo. Los muros grises, los interminables pasadizos, las galerías inferiores, incluso el gran salón donde se celebraban audiencias y se administraba justicia en tiempos remotos, le resultaron lúgubres y fríos. Odió el castillo apenas verlo. Como odió al hombre con el que su madre la obligó a casarse.
El clima de aquella parte del país tampoco ayudaba. Ni el terreno abrupto y áspero de los montes de Cumberland. Estaba acostumbrada a los pastos de su amado Gales, donde vivía, pero tuvo que dejar atrás su casa y sus amigos. Todo cuanto amaba. Era aún muy joven, apenas cumplidos los diecinueve, y con aquel matrimonio se evaporaron sus sueños de libertad. Ahora era la esposa de Naruto Uzumaki, duque de Konohagakure. Y esperaba un hijo.
Se sintió sola y atemorizada no bien lo hubo conocido. Era muy alto y ella apenas le llegaba al hombro; su complexión y su mirada dura y azul la hacían sentirse insignificante. De inmediato supo que no congeniarían. Y no lo hicieron. Por eso volcó su afecto en aquel criado de carácter débil, como ella misma, con el que se sentía cómoda. Al principio, Amaru había intentado poner distancia entre los dos, pero le resultó imposible. Cargaba sobre sus hombros con un apellido ilustre, con un título que no le permitía cometer errores. Una reputación que la ahogaba. Pero acabó teniendo al muchacho como confidente y de los secretos pasaron a roces sutiles. Eran almas gemelas y aunque les separaba su nivel social terminó por unirles un cariño sincero que les estaba vedado.
El aguacero azotaba con furia el cristal y a Amaru se le escapó un gemido que se convirtió en grito cuando la ventana se abrió de repente, baqueteando la pared y lanzando ráfagas de agua helada al interior, apagando las luces de las velas del candelabro que había dejado encendidas para que le infundieran valor. Saltó de la cama, y trancó de nuevo la ventana. La lluvia empapó su camisón y regresó al lecho tiritando. Las sombras se habían agudizado, pero no se atrevió a moverse, el miedo la paralizaba. Y sus pensamientos volvieron al hombre con el que ahora estaba casada.
Naruto la había tratado bien. Con corrección exquisita. Era un individuo extraño al que todo el mundo respetaba. Con ella se había comportado de modo caballeroso y siempre estaba pendiente de que alguien nunca él atendiera todas y cada una de sus necesidades.
Amaru asumió desde el principio que era solamente la vasija donde se engendraría un heredero. Esa era su función y no otra. Pero el cariño no tenía cabida en un matrimonio que no había supuesto más que una mera transacción comercial para el duque. Por fortuna, le había visto poco desde la boda, porque sus obligaciones ducales y sus compromisos con la Corona ocupaban todo su tiempo. Y ella se encontró desplazada, relegada como un objeto más y añorando su vida anterior.
Su padre la mimó desde la cuna. Se le escapó un hondo suspiro al recordarlo mientras le narraba historias hasta que el sueño la vencía y procurándole cualquier capricho. Su muerte repentina lo cambió todo. Su madre era una mujer fría y calculadora, y la propuesta del duque significó para ella una baza con la que alcanzar, por fin, la posición social que siempre había deseado y no encontró en vida de su esposo. Casarla a ella con uno de los hombres más ricos del país le supuso un triunfo personal.
Amaru no podía negar que su marido, Naruto Uzumaki, trataba a todos con justicia. Los criados y arrendatarios se mostraban complacidos con su aplicación de la ley. Pero ella no estaba cómoda. El duque la amedrentaba.
La lluvia pareció remitir y Amaru se recostó en los almohadones preguntándose si no sería más sensato acudir a la habitación de su esposo. Debería haberse sincerado con él después de la tercera aparición. Con seguridad, Naruto hubiera puesto en fuga al espectro. Sin duda lo habría hecho. Era un hombre aguerrido que se hubiera enfrentado incluso a las fuerzas del infierno.
Ahora, sin embargo, le parecía pueril despertarle a media noche para advertirle de sus visiones. ¿Qué pensaría, salvo que eran fantasías paranoicas? ¿Cómo iba a explicarle que estaba aterrorizada por una sombra que la visitaba desde el mundo de los muertos? Y aunque estaba convencida de que aquella noche debía temerlo más, si cabía, la paralizaban sus propias dudas.
Oyó lo que le pareció un rasgado de ropas. Como si las arañaran. Atisbó en la oscuridad, pero no vio nada. Intentó relajarse diciéndose a sí misma que todo era fruto de su imaginación y que el embarazo la tenía demasiado tensa.
— ¡Amaru…!
Se llevó el embozo de la sábana hasta la boca, espantada. ¡Allí estaba otra vez! Se le erizó el vello de la nuca y se hundió en los almohadones, con los ojos abiertos como platos.
— Déjame en paz — suplicó temblorosa.
Una risa cascada y neutra rompió el silencio acompañada de un arrastrar de cadenas. Otro susurro. Y de nuevo la voz pastosa y rota que la enloquecía.
— ¡Ha llegado la hora, Amaru…!
Echó las mantas a un lado y corrió hacia la puerta. No podía quedarse allí. El miedo la ahogaba, el corazón le latía con fuerza retumbándole en los oídos, temblaba como una hoja. Resbaló, cayó dolorosamente de rodillas y miró hacia atrás. No veía a nadie, pero sabía que estaba allí, acechándola, persiguiéndola, amenazándola. Se incorporó con pesadez porque el abultamiento de su vientre y sus piernas hinchadas la entorpecían. Tenía que escapar porque el espectro quería acabar con ella y con su hijo. Y amaba al ser que estaba gestando. Necesitaba ser fuerte por él.
Con un impulso desesperado abrió la puerta y salió a la galería seguida del ruido de las cadenas que se deslizaban por el suelo al ritmo de unos pasos, y se lanzó a una carrera enloquecida. Deseaba gritar, pero no podía, el nudo de pánico que ceñía su garganta se lo impedía.
Recogió el ruedo del camisón y corrió como una posesa hacia las habitaciones de su esposo, al otro lado del pasillo. Maldecía el hecho de que estuvieran tan alejadas de la suya porque ahora, más que nunca, necesitaba su ayuda y su protección. Pero el ser infernal que la perseguía parecía estar en todas partes y se lo topó de frente, cortándole el camino. Amaru volvió sobre sus pasos y huyó en sentido contrario, alejándose así de las dependencias del duque.
Despavorida, los ojos saliéndosele de las órbitas, se desplazaba sobre las frías baldosas tan rápido como le era posible, intentando perder de vista al ser que seguía sus pasos. Y en su inconsciencia, se fue dirigiendo hacia la torre sur.
Sus pies descalzos pisaron el primer escalón de la angosta escalera que ascendía a la torre, perdió la estabilidad y cayó de bruces, golpeándose el vientre. Se ahogó en el dolor pero se obligó a levantarse y, medio a gatas, subió la escalera, presa ya de histéricos sollozos. Su largo cabello le cubrió el rostro, tropezó una vez más, volvió a caer…
El espectro la seguía. La seguía. Y alternativamente reía y la llamaba.
Amaru consiguió llegar al final. Sólo pensaba en escapar. Pero las pisadas de aquella esencia infernal ganaban escalones subiendo tras ella. El tintineo de las cadenas la estaba volviendo loca. Al llegar a la puerta recordó que siempre estaba cerrada y el terror la paralizó. Desquiciada, empujó con todas sus fuerzas y, por alguna causa, la madera cedió. Por su propio impulso, cayó de bruces. La lluvia la golpeó sin piedad. Arrastrándose, rasgando la fina tela de su camisón, se alejó cuanto pudo. Los truenos la ensordecían y los relámpagos la cegaban. Frenética, volviendo sobre sí misma, sin levantarse, buscó al fantasma mientras el aguacero caía sobre ella. En su desvarío, se acercó al borde de la torre.
Jadeando, prisionera del delirio, muda de terror, se apoyó en el muro. Sus helados dedos agarraron la piedra resbaladiza y cubierta de líquenes y consiguió ponerse en pie al segundo intento. Entonces oyó de nuevo aquel sonido que parecía salido de un sepulcro. Se volvió, con los ojos dilatados por el miedo, sacudida por el llanto y temblando de frío.
Allí estaba.
Aquella cosa se silueteaba en la oscuridad.
Una masa informe y aterradora. Donde debería estar la cabeza sólo había una capucha vacía. Y dentro de ella…
El grito desgarrador de Amaru se mezcló con el estampido de un trueno, sofocándolo.
Los ojos, si es que eran ojos, semejaban solamente dos puntos brillantes y fieros que la obsesionaban.
— ¡Amaru…!
La joven duquesa de Konohagakure dejó escapar un nuevo alarido y retrocedió un paso, gesticulando con las manos para alejar la infernal visión que se le iba acercando.
— ¡Nooooo!
Sus piernas toparon con algo, perdió la estabilidad y su cuerpo se ladeó peligrosamente. Sus pies resbalaron y se precipitó hacia al foso del castillo. Mientras caía hacia las tinieblas, se repitió aquella negación a lo irrefutable, aquel grito desesperado, ronco y dolorido, desgarrador.
.
.
Algunos meses después…
Naruto se despertó de repente, alterado y cubierto de sudor. Sus ojos se movieron de un lado a otro buscando situarse en el mar de oscuridad que le rodeaba.
Tardó unos segundos en darse cuenta de que había sufrido una pesadilla. Una más. A pesar del tiempo transcurrido no desaparecían, se repetían una y otra vez, acosándole con insistencia.
— ¿Qué sucede? — preguntó una voz somnolienta a su lado.
Parpadeó, totalmente desubicado y se incorporó para encender una vela. Una mujer ocupaba el otro lado de su cama. Aturdido, se preguntó qué hacía allí, hasta que recordó. Echó a un lado las mantas y se levantó. Se frotó los párpados. Un dolor agudo en las cuencas de los ojos le anunciaban la impertinencia de una jaqueca. Soltó una imprecación y encendió un par de velas más. En la penumbra localizó su batín arrugado en el suelo y se cubrió con él. Fijó los ojos en su compañera y ella le regaló una sonrisa lánguida.
— ¿Qué haces aquí?
El tono desabrido y brusco la despabiló por completo. Si le quedaba alguna esperanza de intimidad posterior con él, desapareció de inmediato. Salió de la cama, recogió sus ropas y tal como estaba, sin vestirse siquiera, con una disculpa en los labios, se encaminó a la salida.
Naruto se mesó el revuelto cabello echando hacia atrás los irritantes mechones que le caían sobre la cara. El sonido de la puerta al cerrarse estalló como un trueno en su cerebro y otra grosería se le vino a los labios. Se dejó caer cuan largo era sobre el lecho desordenado que aún olía a sexo.
Permaneció así mucho rato, como alelado, absorto en la superficie del techo. Le sacudió un escalofrío, eslabón final de su angustioso sueño. Su difunta esposa gritaba y gritaba, corría y corría, y tropezaba… Caía al vacío… Las imágenes de su muerte, agobiantes y descarnadas, le perseguían desde aquella noche con el aleteo negro de un ave de presa. Y la frustración regresaba a él con cada pesadilla, en oleadas, espantosa y opresiva, dejándolo abatido y descompuesto. Porque, en cada sueño, él trataba de alcanzarla, de evitar lo inevitable, de salvarla. Y se sentía tan inútil en la alucinación como lo había sido en la realidad. No había llegado a tiempo y ella se precipitó al vacío desde lo más alto de la torre.
Revivió con una sacudida el impacto seco de su cuerpo al estrellarse contra el suelo.
Se recostó en el cabecero y estiró la mano para alcanzar la jarra de vino que había dejado junto a la cama la noche anterior. Bebió con avidez y el líquido le cayó como un puñetazo en el estómago, pero le hizo recobrar la cordura y poner coto a sus lamentos. Se levantó y se acercó al ventanal, acomodándose en el asiento de piedra. El sol empezaba a despuntar ya en el horizonte y él volvió a preguntarse qué sentido tenía su vida.
Nunca consideró su matrimonio con Amaru como algo más que un trato. Y en él, ninguno de los dos ganó nada y ambos perdieron mucho. Ella la vida y él… Maldijo el instante de debilidad en el que una cara bonita ganó la batalla a su determinación inicial de no casarse. Porque fue su lujuria la que había matado a Amaru. De no haber contraído matrimonio, de haber hecho honor a su juramento de soltería, ella seguiría viviendo felizmente en Gales y él no se habría convertido en un ser taciturno, agrio y huraño, atormentado por un suceso dramático que no dejaba de perseguirle. Amaru había sido una mujer débil, siempre temerosa y escasamente resuelta a cumplir el rol que se le exigía. Su muerte le pesaba como una losa. Y su mortificación era mayor porque ella, en su delirio, había acabado con lo que él más deseaba: un heredero. Sólo el germen de una duda amainaba su dolor. El que sembrara aquel sirviente que segó su existencia colgándose de una viga de la cocina, dando paso a un rumor que se esparció como la pólvora. ¿Realmente el hijo que Amaru gestaba era suyo?
Golpes que devastaron su alma y minaron su orgullo.
No podía evitar sentir ira cada vez que pensaba en ello. Porque era consciente de que Sora Trenan, el sirviente que siempre se comportó como el perrillo faldero de su difunta esposa, pudo haber engendrado el vástago que hubiera llegado a ser su heredero. Pero nunca sabría la verdad y eso le encolerizaba. Ya no podría quitarse de la cabeza la duda lacerante de que ella, la mujer a la que dio su apellido, a la que convirtió en su duquesa, le hubiera convertido en un cornudo.
¡Condenado fuera si consentía en volver a pasar por el altar! Lo que menos deseaba en el mundo era casarse de nuevo, volver a confiar en una mujer. ¡Al infierno Konohagakure, su herencia y su puñetera descendencia!
Primero su madre y después Amaru le habían fallado estrepitosamente. Y la traición de ambas se atrincheraba en su alma, enconándose cada día que pasaba. De niño, se preguntó un millón de veces si su madre les habría abandonado por su culpa, por algo que él hubiera hecho. Siempre tenía la sensación de que las frecuentes discusiones con su padre no eran más que el reflejo de su odio hacia él, y marcaron aquella parte de su niñez. Ahora, cuando ya creía recuperada su confianza, surgía de nuevo la alevosa sospecha del engaño de Amaru.
Así que el resentimiento hacia el bello sexo se había pegado a él desde la noche en que ella murió, como una lacra de la que no podía, ni quería, librarse. Mejor recelar de ellas que aparecer de nuevo ante todos con la tacha de un infeliz.
Por desgracia, la Corona no opinaba lo mismo. Y, lo que era peor, tampoco su condenada abuela. Era la mujer más terca de la Creación y parecía haberse confabulado con Satanás para volverlo loco. Él acababa de cumplir Veintisiete años, ya no era un adolescente y estaba capacitado para elegir una esposa por sí mismo, de haberla querido. Pero no la quería. Sin embargo, tanto para su abuela como para el Estado eso carecía de importancia. ¡Por todas las calderas del infierno! Apenas habían pasado unos meses de la muerte de Amaru cuando se veía acosado por distintas candidatas a ocupar el puesto de duquesa de Konohagakure. Y no encontraba forma de librarse de tan despiadado hostigamiento.
Por eso había decidido, por fin, dedicarse a la tarea de buscar esposa. Por ese mismo motivo se había emborrachado la noche anterior y llevado a aquella mujer a su cama. Sin duda estaba perdiendo los papeles. Pero era eso, casarse de nuevo, o acabar a los pies de los caballos de las pautas sociales. No tenía más remedio que ceder, se casaría, tendría un heredero, ¡y que el infierno se llevara a todos!
Se acercó a la cama y tiró del cordón de llamada a la servidumbre. No hubo de esperar para que su valet asomara por la puerta.
— Buenos días, milord — le saludó— . ¿Ha descansado bien?
— Perfectamente. Como si me hubieran pateado durante toda la noche.
— Si me permite decirlo, señor, son las secuelas de la bebida.
— Ojalá siguiera borracho. Que me preparen el baño, por favor. Y consígueme algo para el dolor de cabeza.
Su ayuda de cámara asintió y se marchó y él regresó al hilo de sus cavilaciones.
Odiaba Londres. No era más que una ciudad donde la aristocracia se prostituía en los pasillos del poder y en el boato de las fiestas. Alimañas vestidas de seda y rostros empolvados, insensibles a los menos favorecidos y preocupados solamente por su propio encumbramiento. Nunca estuvo cómodo entre ellos. En eso había salido a su padre. Además, era conocido su desapego entre la alta sociedad. Eso sí, su fortuna le franqueaba la entrada inmediata a cualquier evento. Y no había padre que no soñara por tenerlo como yerno. Al fin y al cabo, ¿qué importaba su fama de hombre poco accesible con tal de casar a la niña? Él había alimentado una imagen de indiferencia y no tenía intenciones de modificarla. Era el escudo con que se protegía de invitaciones molestas.
Entonces llegaron sus criados, y tras saludarle empezaron a preparar el baño.
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Continuará...
