Naruto Y Hinata en:

EL CASTILLO DE LA NIEBLA


«Capítulo 3»


— ¡No puedo creerlo!

Naruto desvió su atención del periódico y la centró en su abuela que, a su lado, firme como un obelisco de granito, esperaba algún comentario. Sacó el reloj de su chaleco y echó un vistazo a la hora. Las ocho. Le extrañó que ella estuviera levantada tan temprano.

— ¿No podías dormir?

Tsunade Senju, duquesa viuda de Konohagakure, dejó escapar un siseo enojado y tomó asiento a su lado, sin contestar.

— ¿Te sirvo algo de desayuno, abuela?

— ¡Confírmame si es cierto lo que me ha dicho Chouji!

— Ese chismoso… ¿Cómo puedo tener un ayuda de cámara que se confabula con los propios parientes?

— Naruto…

Abandonó definitivamente la prensa sobre la mesa y se retrepó en su silla. Pero no contestó.

— Este tipo de noticias deberían ir acompañadas con un frasco de sales, muchacho — protestó la dama— . O con unas flores.

— ¿Préferez-vous des lis blancs ou peut-être des lis?

— ¡No me hables en francés! — estalló ella palmeando la mesa— . ¡No quiero azucenas ni lirios! ¡Ni cardos, qué diablos! ¡Lo que quiero es una explicación!

Naruto suspiró con cansancio y se sirvió otra taza de café al tiempo que decía:

— Es cierto, abuela. Escribí hace días al laird Hyûga pidiendo la mano de su hija.

— ¡Una escocesa, hija de un asno escocés!

— ¿Qué tienen de malo?

— Que son escoceses.

— Evidentemente — dijo muy serio, disimulando lo que le divertía su enojo.

A Tsunade Senju, sin embargo, no le pasó desapercibida la chispa de sarcasmo.

— Lo has hecho para fastidiarme, ¿verdad?

— Abuela, por Dios….

— Sí. Para fastidiarme — afirmó, rotunda— . Yo te llevo incordiando hace tiempo para que te busques otra esposa y tú me pagas pidiendo la mano de una escocesa. Nada menos que la nieta de Jiraya McKenna, ese condenado hijo del infierno que Dios ya debería haber llamado a su lado.

Naruto se acabó el café y se incorporó.

— No tienes nada contra los escoceses, grand-mère. Los dos lo sabemos. Y la Corona ha dado su consentimiento. Por mucho que lo intentes, no puedes hacerme creer que sigues enemistada con Jiraya McKenna. Eso es agua pasada. Lo que te irrita en realidad es que no haya contemplado la posibilidad de elegir a la damita que me presentaste el mes pasado.

— Es una joven educada. — Ella no cedía un palmo— . Hokuto Barrow es…

— Sosa. Insípida. Estúpida. Desesperante. ¿Quieres que siga, abuela?

— No es necesario. A la pobrecilla ya le has regalado suficientes epítetos desagradables.

— Si quieres saberlo, me aburrí como una ostra durante la hora que pasé con ella. No he visto nada más patético en mi vida.

— Pero es bonita.

— También la nieta de McKenna — dijo, recordando un rostro ovalado y un cabello oscuro como la medianoche.

— Chouji dice que la conociste en una fiesta. No sabía que hubieras cambiado de idea respecto a lo de acudir a los salones de Londres.

— Y no lo hice. Fui a elegir una esposa, como tú querías. Pero eso ya te lo ha contado Chouji, ¿verdad?

— Que no se te alteren las plumas, jovencito. Tu valet sólo hace su trabajo.

— Su trabajo es servirme a mí, no cotillear para ti.

— Hace ambas cosas a la perfección — sonrió ella, encantada de sacarlo de sus casillas.

Naruto prefirió callar para evitar decir algo inapropiado. Se agachó y la besó en la frente.

— Si me perdonas… Tengo mucho que hacer. Te deseo buen viaje a York si no nos vemos antes de tu partida.

— Podrías acompañarme.

— Mis ocupaciones me retienen aquí.

— Deberías dedicarte un poco más de tiempo a ti mismo en lugar de emplearlo todo para el gobierno y en ocuparte de tus tierras.

— Me debo, casualmente, a la Corona. Y mi padre ni siquiera me dejó las tierras, abuela. Recuerda que la mayoría estaban hipotecadas cuando murió. No pienso volver a esa situación. Y no me interesan las fiestas, si es eso a lo que te refieres.

— Hubieras podido elegir a la muchacha que se te hubiese antojado si sólo…

— Ya la he elegido.

— ¡Por el amor de Dios, muchacho! Ves una cara y decides pedir a la joven en matrimonio. ¿A eso le llamas tú elegir?

El duque se pasó la mano por el cabello. Aquella discusión empezaba a exasperarle.

— Dejemos clara una cosa, abuela. Yo no tenía intención de buscar una esposa. Tú eras la que estaba obsesionada por el asunto. ¿Qué diferencia hay entre desposarme con una de las casaderas que me has estado poniendo delante de las narices o elegir una al azar? El matrimonio es como el juego, se gana o se pierde en virtud de las cartas que a uno le tocan. Tanto da que los naipes los reparta un marqués o un malviviente. Yo, al parecer, llevo siempre la baraja equivocada, así que poco importa la mujer elegida. Y sí, me decidí por ella cuando oí su apellido. Oh sí, cuando recordé porque se me hacía conocido, ella es la nieta de Jiraya Mckenna, así es!... el padre de la madre de la chica.

La duquesa viuda lo miró con irritación. Se levantó, dio media vuelta con elegancia y se dirigió a la puerta. Antes de salir le dijo:

— Sólo espero que pruebes tu propia medicina, Naruto. Y que esa muchacha te destroce el corazón.

Naruto volvió a sentarse al quedarse a solas y suspiró resignado.

— Ya me lo destrozaron una vez…

.

.

Hinata estaba encantada.

Desde el baile, había recibido un sinfín de invitaciones para otras fiestas, ramos de flores y cajas de bombones que, en su mayoría, regaló a los sirvientes.

Cerró los ojos, paladeó un bombón y sonrió. Era su perdición.

— Delicioso.

Ino entró en el saloncito acompañada por una muchacha de cabello rosa y lacio, largo hasta la cintura.

— Hinata, quiero presentarte a una buena amiga. Sakura Haruno.

— Es un placer.

— El placer es mío, señorita Hyûga. No pude acudir a la fiesta porque mi padre se encontraba algo delicado, pero estoy encantada de conocerla. Todo Londres habla de usted.

A Hinata le saltaron todas las alarmas porque en nada beneficiaba estar en boca de todos.

Ino encargó un servicio de té y las tres se sentaron. Durante un rato charlaron de temas triviales, hasta que salió a colación Sasori Trenton, el chico perlirrojo que había dejado a Hinata plantada en medio de un baile.

— Se ha encargado de contarlo por cada rincón — decía Sakura.

— A ese muchacho le valdría más mantener la boca cerrada.

— Sería mortal — determinó Hinata— . Ya es aburrido cuando habla, así que si se mantiene callado debe de resultar un suplicio.

— Siento de veras que Uzumaki apareciera en la fiesta. Si pudiera evitar llevar su misma sangre, yo…

— ¿Son parientes? — preguntó Hinata.

— Vamos, Sakura. — Ino le dio unos ligeros cachetitos en el dorso de la mano— . No tienes nada que reprocharte. La familia es algo que uno no elige.

Hinata se fijó en la muchacha, que se removía incómoda. No se parecían en nada. Sirvió un poco más de té para las tres y luego comentó, como de pasada:

— Así que estás emparentada con Naruto Uzumaki.

— Somos primos. Pero no nos hablamos desde hace tiempo. Y todos preferimos que siga así.

— Es un poco extraño, siendo familia.

— El duque se negó a pagar una deuda contraída por mi padre — explicó Sakura, elevando la barbilla con gesto ofendido— . Papá nunca se lo ha perdonado. Y yo, tampoco.

— Tal vez el duque no contaba con fondos en aquel entonces.

— Uzumaki es asquerosamente rico, Hinata — la informó Ino— . Asquerosamente rico.

— No nos ayudó porque nos odia — siguió Sakura— . Todo lo que tenga que ver con su madre, mi tía, es tabú para él. Tuvimos que recurrir a conocidos, hipotecar nuestra casa… Fue horrible.

— Disculpa mi ignorancia, pero no acabo de entender. ¿Qué tiene que ver la madre del duque en todo esto?

Sakura se entretuvo un momento con los pliegues de su falda, inmaculadamente pulcros, buscando las palabras adecuadas.

— Tú no conoces la historia, claro — dijo al fin— . La madre de Naruto les abandonó cuando él apenas tenía diez años. Aquello le destrozó. Y es la causa de que piense que todos los que somos parientes de ella somos iguales. Por eso no quiso hacerse cargo de una deuda que hubiera sido una minucia para él.

Hinata saboreó su té lentamente, sin dejar de mirar a la otra por encima del borde de la taza. Y empezó a pensar que, en efecto, si lo que contaban era cierto, Naruto merecía la fama que se había ganado. La familia siempre es la familia y, si su madre había cometido un desmán, ni el padre de Sakura ni la joven tenían la culpa.

Cortó la conversación la aparición del mayordomo, un tipo envarado como un tronco.

— Señorita Hyûga, dos caballeros solicitan ser recibidos.

Ino dio unas palmaditas de complacencia.

— Ya empezamos con los pretendientes.

— Me temo que no es ese tipo de visita, milady.

— ¿No? — se extrañó— . ¿Han entregado sus tarjetas?

— No, milady.

— ¿Sus nombres?

— Tampoco.

— ¡Qué impertinencia! Diga entonces a esos caballeros que no podemos recibirlos.

— Sí, milady… Aunque ellos afirmaron que la señorita Hyûga los atendería.

— ¿Yo? Pero si no les conozco…

— Para ser sinceros, más te valdría no conocernos, Hinata — interrumpió una voz gutural.

A Hinata se le pararon las pulsaciones. Los dos intrusos irrumpieron en la sala sin esperar a ser admitidos, haciendo a un lado al criado. Dos ejemplares impresionantes ataviados con típicos trajes escoceses. Pero su asombro duró lo que un suspiro, porque se levantó de inmediato y fue hacia ellos para abrazarlos.

— ¡Sai! ¡Sasuke! ¿Qué hacen en Londres?

— ¿No vas a presentarnos?

— Caballeros… — intervino el mayordomo.

— No pasa nada, Julius — le dijo Hinata— . Son mis hermanos.

Se tomó de sus manos y les instó a acercarse a sus compañeras.

— Ino Yamanaka, hija del conde — presentó— . Me han oído hablar de ella muchas veces.

— Milady.

— Un placer.

— Ella es la señorita Sakura Haruno.

Sasuke les hizo una reverencia; Sai, por el contrario, obvió a Sakura y se quedó mirando fijamente a Ino, hasta que Hinata le dio un codazo.

— ¿Tomaran el té con nosotras? — Se permitió hacer las veces de dueña de la casa. Sin esperar respuesta pidió— : Julius, por favor, dos servicios más.

Hinata les animó a que tomaran asiento, uno a cada lado de ella, contenta pero un poco intrigada por su repentina aparición en Londres.

— ¿Neji ha venido con ustedes? ¿Qué hacen aquí? ¡No pueden imaginar lo bien que lo estoy pasando! Tenemos invitaciones para unas cuantas fiestas y… Me acompañaran, imagino…

— Padre quiere que regreses de inmediato — la cortó Sai en tono seco.

Se le fue el color del rostro. ¡Sería tonta…! Por descontado, se dijo, la visita no podía ser casualidad. Su padre había descubierto el engaño y ellos habían viajado con la única misión de llevársela a Edimburgo. Intercambió una rápida mirada con Ino y sonrió como si le estuvieran clavando alfileres. Si sus dos díscolos hermanos hubieran estado allí por accidente, ella habría sabido el modo de conseguir su silencio. Pero no era el caso. Se alisó la falda, cada vez más nerviosa.

— ¿Papá está muy enfadado?

— ¿A ti qué te parece, mocosa?

— ¡Oh, Sasuke!

— No me extrañaría nada que te diera una zurra cuando regreses a Byakugan Tower — aventuró Sai.

A Ino se le escapó una exclamación, pero Hinata se mantuvo impasible.

— No ha sido tan grave.

— No. Ciertamente. Si hubieras regresado a casa sin más, quizá con alguna excusa… Padre te hubiera perdonado, como en tantas otras ocasiones. Lo malo es que se ha enterado de tu paradero a través de una carta, y cuando salimos hacia aquí no había quién le soportara.

— ¿Una carta? ¿De quién?

— Ni siquiera nos mencionó el remitente — contestó Sai— . Parecía… asombrado.

— Lamentarse no sirve de nada, pequeña, así que prepara tus baúles, nos marchamos.

— Pero… el conde Yamanaka no está en casa. Debo despedirme de él, agradecerle su hospitalidad y…

— Seguro que tu amiga sabrá disculparse en tu nombre.

— Sí. Sí, desde luego — asintió Ino, azorada— . No debes preocuparte por eso, Hinata. Papá lo comprenderá.

— ¿Cuánto tiempo tengo? — preguntó Hinata de mala gana, vacía de argumentos.

— Partimos en una hora — zanjó Sasuke.

— ¡Una hora! ¡Condenado seas, hermano! En ese tiempo no podré guardar ni los sombreros.

— Ese no es mi problema — dijo él, levantándose— . Una hora. Ni un minuto más. Volveremos a buscarte. Y procura no retrasarte o la zurra te la daré yo en lugar de esperar a que lo haga padre. Francamente, no me ha hecho ninguna gracia tener que viajar a esta decrépita ciudad.

Ino contuvo la respiración y Sakura abrió los ojos como platos, porque tomó el comentario como un insulto. A ella la preocupaba el problema al que se enfrentaba su nueva amiga Hinata y salió en su defensa.

— ¿Es ésta la educación que reciben los escoceses? No creo que sean ésas las formas, señor, aunque se trate de su hermana. Debería disculparse con ella. Y con nosotras.

Sasuke se quedó perplejo. Estaba acostumbrado, como su padre, a que su palabra fuese ley. Y he aquí que una muchacha inglesa, demasiado delgada y remilgada para su gusto, se permitía llamarle al orden.

— Señorita… ¿Harungo?

— Haruno — rectificó ella muy tiesa, sabedora de que conocía perfectamente su apellido y solamente intentaba irritarla.

— Bien. Señorita Haruno — contestó mirándola de arriba abajo, con insolencia, haciendo que ella se encrespara aún más— . Lamento si la he molestado. Por lo que veo, los ingleses siguen siendo bastante estrechos. Y en cuanto a pedir disculpas a mi hermana… Por favor, déjelo de nuestra cuenta y métase en sus asuntos.

A Hinata no le llegaba la camisa al cuerpo. El desplante de Sasuke era del todo inadmisible. Nunca había osado comportarse de un modo tan grosero. Mucho menos, ante una dama. Tenía un carácter fuerte, era un engreído y un cabezota, pero no desconsiderado con una mujer. Desgraciadamente, acababa de evidenciar una imagen de cavernícola. Incluso Sai, asombrado de su proceder, guardó silencio cabizbajo.

Sasuke ni se despidió. Simplemente salió. Sai, por el contrario, se excusó, abandonando después la salita.

Hinata estaba descompuesta. Consternada, se dejó caer en un sillón, roja de indignación.

— Lo lamento, Sakura. No sabes cómo lo siento.

— No te disculpes por él. No lo merece. — Sakura le apretó el brazo cariñosamente.

Hinata agradeció su comprensión que sabía sincera. Pero ella no iba a perdonar a Sasuke fácilmente. Era un bárbaro. No le justificaba su inquina hacia los ingleses por más que le hubieran retenido en prisión durante meses, acusado de un delito que no cometió. Aunque era bien cierto que ella entendía que ciertas cicatrices tardan mucho tiempo en sanar, su comportamiento no tenía excusa: había sido indigno, abiertamente irrespetuoso. Lo que era peor, había faltado al respeto a una anfitriona que, se la acababan de presentar y era su amiga.

— Su proceder ha sido lamentable — les confesó a ambas— . Lo siento. Pero ahora el escollo va a ser mi padre. — Un nudo apretaba su estómago imaginando el momento en que hubiera de enfrentarse a él— . Ahora sí que la he liado buena.

.

.

Continuará...