Naruto Y Hinata en:

EL CASTILLO DE LA NIEBLA


«Capítulo 4»


El sujeto depositó con cuidado la copa en la mesita y se centró en su interlocutor. Le había escuchado con atención, primero un tanto asombrado y luego con preocupación.

— ¿Lo has pensado bien?

— Seguramente no, pero es lo que he decidido — le contestó una voz distante y distraída.

— Naruto, es una equivocación.

— Posiblemente — asintió el duque— , pero mi decisión es irrevocable.

Shikamaru Nara apuró la copa y se sirvió otra generosa ración, tratando de mostrar cierta cordura en la conversación.

— ¿Vas a emborracharte? — le preguntó Naruto— . Eso debería hacerlo yo.

— Voy a emborracharme, sí. ¿Tienes algo que objetar?

— Nada en absoluto. — Al duque se le enturbió el humor, porque no quería violentar a su amigo— . Pero deberías calmarte, te veo nervioso.

— ¡Maldita sea, Naruto! — estalló Shikamaru— . Me citas esta noche para decirme que te casas con una mujer que ni siquiera conoces y ¿quieres que me quede tan tranquilo? La nieta de Jiraya McKenna, nada menos. Tu abuela debe de estar subiéndose por las paredes.

— Lo está.

— ¿No hay más jóvenes casaderas en Londres? ¿No podías haber elegido entre un centenar de muchachas bonitas y educadas y…?

— No empieces tú también, Shikamaru. Estoy más que harto. He sufrido una letanía implacable y he llegado al límite. Mi condenada abuela quiere que siente la cabeza y tenga un heredero para Konohagakure. ¡Es lo que voy a hacer! La señorita Hyûga me pareció adecuada, atractiva y manejable. Justo lo que necesito. Tenías que haberla visto en la fiesta, con un vestido amarillo quizá un poco soso… Una niña.

Shikamaru dejó un juramento a medias. Echó un vistazo alrededor y jugó con la urgente necesidad de abandonar a su amigo y engrosar uno de los muchos grupos de caballeros reunidos aquella noche en el club. Escapar de Naruto y su actitud era lo más apropiado. Como escocés, se sentía halagado, pero apreciaba de veras a Naruto, y preveía que su precipitada decisión sólo acarrearía problemas con la duquesa viuda. Intentó hacerle entrar en razón una vez más.

— La elección de una esposa requiere mucho tacto, amigo mío.

— Me informé sobre ella. Ha recibido buena educación.

— Por descontado que ha recibido buena educación, es una Hyûga y mitad sangre McKenna. Conozco a su familia desde que era niño. Mi abuelo fue amigo del viejo Jiraya.

— Entonces, ¿dónde está el inconveniente?

— Mejor diría yo inconvenientes, en plural. El primero, que no conoces a esa muchacha aparte de su nombre y su origen. Sin contar con que hubieras debido pedir permiso a su padre para cortejarla, hablar con ella…

— No quiero ni puedo perder el tiempo con esas sandeces, Shikamaru.

— El segundo — continuó— , es tu abuela. Sabes que odia a Jiraya McKenna desde hace una eternidad.

— Ésa es una vieja historia.

— ¿Lo es para la duquesa viuda? — ironizó Shikamaru— . Ella no olvidará nunca que la dejó plantada en el altar para fugarse con aquella chica del clan rival, con la que se casó a pesar de la oposición de todo el clan.

A Naruto le afloró una sonrisa.

— Tuvo muchas agallas el tipo, debo reconocerlo. Pero la abuela fue la mujer más feliz del mundo al casarse con mi abuelo, de modo que todo terminó bien.

— La humilló. Y ella juró delante del altar vengarse, conoces la historia. Todo Londres la conoce.

— Londres me importa un comino.

Shikamaru se recostó y suspiró, cansado de batallar. Discutir con Naruto era igual que darse de cabeza contra un muro.

— Te rompería la crisma si con ello entraras en razón.

— Evítate el intento. Te he contado mis planes porque quiero que me representes.

— ¿Cómo has dicho?

— Necesito que vayas en mi lugar — le aclaró Naruto— . Tienes que hacerme ese favor.

— Ahora sí que creo que te has vuelto loco.

— En cuanto reciba contestación del clan Hyûga aceptando el casamiento, quiero que vayas a Edimburgo y se celebre la boda por poderes.

Shikamaru dejó la copa con mano ligeramente temblorosa. Ni se atrevía a mirar a su amigo. En su interior, se enfrentaban su fidelidad de amigo y la vehemencia de marcharse y dejarle plantado, a solas con su enajenación.

— Creo que no he oído bien.

— Lo has oído perfectamente. No puedo viajar ahora a Escocia, tengo multitud de asuntos que no pueden esperar.

— ¡Ni sueñes que voy a aceptar!

— Baja la voz — le avisó Naruto, molesto.

— ¡Santa Madre de Dios! Es el colmo. Eliges esposa casi por correspondencia, quieres emparentarte con un clan al que tu abuela negaría hasta la existencia, y ni siquiera tienes el coraje de ir en persona a por la chica. Definitivamente, Naruto, eres un imbécil.

Dos ojos de zafiros se clavaron en Shikamaru y el cuerpo del duque se puso rígido.

— ¿Irás o no?

— No. Claro que no.

El duque de Konohagakure guardó un silencio momentáneo. Y luego, en tono muy bajo, atacó sin piedad.

— Me debes un favor.

Shikamaru palideció. Era cierto, le debía un favor. Y un favor que nunca podría pagar lo suficiente. Naruto le había salvado de la bancarrota tres años atrás, cuando unas pésimas inversiones amenazaban con mandar al traste toda su fortuna. De poco le había servido su buen nombre ante los acreedores. Todos se apartaron de él, conocidos y familiares. Nadie quiso avalarle. Fue Naruto quien, arriesgando una cuantiosa cifra, le ayudó a salir a flote. Desde entonces, Shikamaru sólo invertía al dictado del abogado de Naruto, un verdadero lince de las finanzas. De la nada, volvió a ser un hombre rico. Y, gracias a eso, ahora podía cortejar a Temari Sabaku No, una belleza rubia y espigada de la que estaba profundamente enamorado. Sí, estaba con él en deuda casi de por vida.

— Duele que me lo recuerdes en estos momentos.

— Lo siento. Nunca te pedí nada a cambio, pero no tengo a nadie a quien recurrir.

A Shikamaru no se le escapó el tono decididamente directo y sin dobleces de su amigo. Naruto podía ser un asno insoportable en un instante y, al siguiente, trocarse en un ser tan encantador como para conseguir que una monja renunciara a sus votos.

— ¡Vaya, vaya! — Una voz hizo que se volvieran. Shikamaru elevó sus ojos al techo en busca de ayuda divina. Naruto apretó los dientes y su gesto se ensombreció.

— Haruno. — Saludó, áspero.

— Yo creí que el club era un reducto de miembros selectos. — Deslizó su ironía el recién llegado.

— Señor Haruno, si no le importa… — intervino Shikamaru, conciliador— , estábamos tratando un tema…

— Déjalo, Shikamaru. ¿Quiere tomar una copa con nosotros, tío?

El aludido se irguió, si bien su corta estatura no daba para mucho.

— No — contestó— . Esperaba más tino en la elección de sus amistades, Nara. Con toda seguridad, al conde de Sunagakure le desagradaría conocer con quién se codea su futuro cuñado.

— Le agradecería que dejara al conde al margen, Señor Haruno — repuso Shikamaru, sin disimular su desagrado.

A Kizashi Haruno le sacudió una risa estridente, lo que provocó que se paralizaran las conversaciones en las mesas contiguas. Nadie desconocía la enemistad entre ambos. Pero Naruto no deseaba ser el centro de atención, así que se levantó e hizo señas a un camarero que se personó enseguida con su sombrero y su bastón, obviando la presencia del otro.

— Hazme saber tu decisión esta noche, Shikamaru — dijo a modo de despedida— . Estaré en el hotel Central.

Se alejó sin más, dejando a Kizashi con la palabra en la boca, granate su rostro por el desplante, y a Shikamaru con un regusto de satisfacción pugnando por exteriorizarse.

.

.

Hinata se paseaba de un lado a otro como un león enjaulado.

El enojo y el desasosiego apenas la habían dejado descansar. Desde que regresara de Londres acompañada… mejor sería decir custodiada como una convicta, por sus dos hermanos, y se enfrentara a la ira de su padre, no había pegado ojo. Claro que la suya no era menos que la de su progenitor. En eso se parecían mucho, ninguno cedía. Estaba tan desalentada que ni siquiera había abierto el último libro adquirido, de M. Jutsu, por la que sentía idolatría.

Los libros eran una fuente inagotable de esparcimiento y su principal vía de escape. Los de la escritora en cuestión, de la que nadie conocía sino la inicial de su nombre, le habían regalado momentos maravillosos, dada su afición por la lectura de misterio y fenómenos extraños. La narrativa audaz e intrigante de M. Jutsu, una verdadera maestra en materia de esoterismo, la arrastraba siempre a un mundo sorprendente y oscuro donde podía dejar volar su fantasía.

Desde pequeña albergaba la convicción de que Byakugan Tower alojaba aún al fantasma de un antepasado, un bucanero, contrabandista y asesino que llevó su inclinación por los poderes ocultos hasta el último grado. Decía la leyenda que su tatarabuelo contaba con un pequeño grupo de seguidores, a algunos de los cuales enseñó el verdadero secreto del Más Allá, prometiéndoles volver después de muertos. No obstante lo cual, seguía la leyenda, su tatarabuelo se desvivió por llevar a cabo obras de caridad. Pero a Hinata siempre le atrajo mucho más la parte oscura del personaje.

— Maldita sea — barruntó para sí y continuó paseando.

Con los años fue perdiendo la chiflada costumbre de buscar al tatarabuelo por las almenas y las mazmorras de Byakugan Tower aunque, a veces, una presencia extraña parecía que la observaba. Estaba convencida que era él. El Hyûga. Lejos de asustarse, eso la tranquilizaba, como si el espectro la protegiera. Y aunque provocaba la burla de sus hermanos, le importaba un ardite. Por eso, cuando cayó en sus manos uno de los libros de M. Jutsu, se entusiasmó. Le encantaba su modo de escribir y sus relatos de misterio y seres inmateriales la cautivaron. Poco a poco se fue haciendo con cada uno de sus libros, atesorándolos junto a sus amadas novelas románticas. Los había leído tantas veces que algunos mostraban los bordes desgastados. Y solía refugiarse en la lectura cuando estaba angustiada. Como era el caso ahora.

Sus pensamientos regresaron a su padre. Nunca antes lo había visto tan furioso.

— Padre — había argumentado— , estoy de acuerdo en que el viaje a Londres no…

— Querrás decir tu escapada — había cortado él.

— Lo admito. Hacerles creer que estaba en Aberdeen merece un escarmiento. Pero tampoco ha pasado nada. Solamente quería divertirme unos días y he estado acompañada en todo momento por Ino.

Su padre la había convocado en su despacho, donde solía aplicar sus reglas, y le pasó por delante de la nariz una carta que no le permitió leer. Además, le había gritado, lo que no era su costumbre. Terco, sí era, pero no solía perder los papeles. Incluso sus tres hermanos, emplazados también porque los acusaba de no haberla vigilado suficientemente, se sorprendieron ante su salida de tono. Y ella soportó, en medio de la habitación, igual que un reo al que se estuviera juzgando, una regañina sin precedentes.

Después de echarle en cara todo y más, pareció calmarse un poco. Pero fue sólo para asestarle la puñalada final:

— Te pide en matrimonio.

Hinata hubo de echar mano de todo su control para hablar, porque no atinaba.

— ¿Matrimonio?

— Eso es.

— ¿Después de delatarme? — Juró vengarse del desgraciado que había hecho llegar la carta a su progenitor, fuera quien fuese.

— ¡Él no te ha delatado, muchacha! — Volvió a retumbar la voz de su padre— . Pensó que estabas en Londres de visita. Está buscando esposa y te ha elegido.

— Como el que elige frutas en un mercado. O vacas.

— Se trata de un hombre importante. Un duque. Que Dios me proteja si entiendo sus razones para fijarse en una insolente como tú.

Sasuke amaba a su hermana. Como los otros. Para él, era la única mujer que merecía la pena, salvo cuando su genio escocés salía a flote y lo zahería. Lamentaba tan incómoda escena, pero la pequeña se había ganado a pulso un castigo. Sin embargo, casarla con un desconocido le parecía demasiado. Se fijó en su gesto desencajado y se dijo que le hubiera gustado ayudarla. Hinata no era una niña pero todos la veían así. Sobre todo, no la creía preparada para el matrimonio. Al menos, no lo estaba para dedicar su vida a un desconocido. Era independiente y demasiado audaz. Cuando cumplió doce años había decidido que se casaría sólo cuando se enamorara. Lo malo es que allí, el que llevaba la voz cantante era su padre.

— Padre — intervino conciliador— , no es justo que Hinata no pueda elegir al hombre que se ha de convertir en su esposo. ¿Podemos saber, al menos, el nombre de ese individuo?

Hiashi le dirigió una mirada que hubiera podido derretir un iceberg.

— ¿Es que no lo he dicho? Naruto Uzumaki, duque de Konohagakure.

A Hinata le subió la bilis a la garganta. Buscó apoyó en el respaldo de un sillón y allí se quedó, la mirada fija en su padre, sin poder articular palabra.

— Le he contestado aceptando el casamiento — continuó dejando caer despectivamente la carta que revoloteó en el vacío y acabó sobre la alfombra— . De manera que puedes ir preparando el ajuar, muchacha. No repares en gastos. Uzumaki desea que la boda se celebre a finales de este mismo mes.

Hinata consiguió enderezarse, aunque le temblaban las rodillas. Su cara era una máscara pálida. Recordó todas y cada una de las historias que arropaban la personalidad del duque. Y su porte elegante, orgulloso y siniestro. Sobre todo, su mirada helada. Se retorció las manos y se atrevió a peguntar:

— ¿Sabes algo sobre él, papá?

— Es una de las grandes fortunas de Inglaterra además de consejero de la Corona.

— ¿Eso es… todo?

— ¿Qué más hace falta saber? No te entrego a un mendigo y a las mujeres les hace feliz el dinero.

— A mí no me importa su fortuna.

— Has acabado con mi paciencia, Hinata Hyûga. — Solamente la llamaba así cuando estaba francamente enojado— . Estoy harto de tus escapadas, de tus andanzas y de tus argucias. Reconozco que la culpa es mía, por no haberte controlado desde que tu madre falleció — confesó con pesar— . Necesitas alguien que te dome, hija, porque me siento viejo ya para bregar contigo. Y tienes edad para estar casada. De hecho, deberías tener ya un par de niños que alegraran la vida de este pobre viejo.

— Pero, papá…

— Te casarás. Es mi última palabra.

— Padre — dijo Neji, adelantándose— . Tal vez deberíamos pensarlo con más calma— . Es un Uzumaki.

— Aún no me he convertido en un viejo chocho, hijo. Sé muy bien a quién pertenece ese apellido. Pero es agua pasada.

— Al abuelo no le hará ninguna gracia… — se atrevió a comentar Sai, el menor de los hermanos.

— Su abuelo nunca odió a esa familia. Sólo decidió no casarse con una mujer que no le amaba.

— Ella juró vengarse, padre.

— ¡Tonterías! Después de tantos años, se va desvaneciendo una equivocación de juventud. Además, Tsunade Senju fue feliz y se convirtió en duquesa. ¿Qué más puede pedir una mujer?

— Casarse con un hombre del que esté enamorada — protestó Hinata.

— Y tú podrías haberlo hecho de no haber rechazado a media Escocia, jovencita. Byakugan Tower ha sido un desfile de pretendientes desde que cumpliste los diecisiete, pero has dado calabazas a todos. Hubiera querido tener una hija modosa, pero me salió algo más parecido a un perro de presa. ¡Así que se acabó, muchacha! Te casarás a finales de mes.

Neji se acercó y pasó un brazo sobre los hombros de su hermana, que parecía a punto de desmayarse. En ese momento habría dado algo por haber finalizado las obras de Sarutobi Tower, el viejo castillo a orillas del lago que había recibido en herencia del viejo Hiruzen McSarutobi, un loco solitario y sin familia al que había salvado la vida y que años después, al morirse, le había legado su castillo, así como una escasa fortuna. Por desgracia, Sarutobi Tower estaba necesitando de muchas reformas. De ser otra la situación, se habría enfrentado a su padre y se hubiera llevado a Hinata de allí, evitándole un futuro nada prometedor.

— Casarla con un Uzumaki no es un castigo proporcionado a su travesura, señor — aventuró Sasuke.

— Yo sólo tengo una palabra, hijos. Y ya la he dado. Nada de lo que digan cambiará el texto de la carta con que he respondido al duque de Konohagakure.

A Hinata le azuzó una rabia sorda. No estaba en la mejor situación, pese a lo cual, exteriorizando el vivo genio heredado de su padre, se opuso a éste con determinación.

— ¿Cómo has podido aceptarlo sin consultarme? — Su voz se elevó y sus ojos se anegaron en lágrimas de humillación— . No conoces en absoluto a ese sujeto, papá.

— Ni falta que me hace.

— Cuentan de él cosas horribles. ¡Mató a su esposa embarazada!

Hiashi lamentaba más que su hija todo aquello. Y también le apenaba perderla tan pronto, aunque era cierto que le desesperaba cada vez que trasgredía las normas. ¡Era tan parecida a su madre, a la que amó profundamente…! Incómodo bajo la hosca presión latente de sus hijos, sin duda en desacuerdo con él, caminó hacia la puerta.

— Es viudo, sí — aceptó antes de salir, sin atreverse a mirarlos— . Su esposa, trastornada por el embarazo, se lanzó desde una de las torres.

La puerta se cerró y Hinata estalló en sollozos que ninguno de sus hermanos pudo calmar.

.

.

Continuará...