Naruto Y Hinata en:
EL CASTILLO DE LA NIEBLA
«Capítulo 12»
En el reloj que reposaba en la repisa de la chimenea se abrió una pequeña puerta labrada y el cuco anunció la una de la madrugada.
— ¿Otra copa?
Naruto desvió la mirada del artefacto y centró su atención en la mujer que tenía frente a él.
Alta y elegante. De porte distinguido, resultado de un duro aprendizaje, cabello rubio, enormes ojos y un buen hacer que supo labrarse hasta triunfar en sociedad, aunque él sabía que provenía de familia humilde. Pero se casó con Taruho Maier, conde de Leisser, un austríaco afincado en Inglaterra desde hacía años.
Ella había llegado a Londres en un carruaje cargado de baúles repletos de los últimos modelos confeccionados en París — en los que había gastado todo su dinero— y dispuesta a arrasar. ¡Y vaya si lo consiguió!
— Por favor — pidió Naruto.
Shion le sirvió, rozando su hombro como al descuido y volvió a sentarse. Ella era capaz de mezclarse con lo peor de la sociedad si la ocasión lo precisaba. En eso, eran almas gemelas. Su trabajo lo exigía a veces, y no hacía ascos a visitar, incluso, a Guren Dafont, la cortesana más conocida de Londres y dueña de uno de los locales más caros de la ciudad. Un garito con clase llamado Nirvana, casa de relax. Para los caballeros era un paraíso; para las damas, un prostíbulo y una sala de perdición.
Se lo llamara como se lo llamase, Naruto había sido cliente en algunas ocasiones, antes de casarse con Amaru. Y allí fue donde conoció a Shion Mõyrõ, a la que sacó de un aprieto. Ella intentaba reunir pruebas contra un sujeto deleznable, casado con una amiga, para facilitar la separación de ésta. Intimaron y se convirtieron en amantes durante un corto período, pero ahora eran solamente amigos. Buenos amigos. De otro modo, Shion ya le habría puesto de patitas en la calle hacía rato.
Naruto había llegado a su casa poco después de las nueve y media de la noche. Ella no estaba, así que se recluyó en el saloncito que ocupaban ahora, pidió a su mayordomo una botella de champán, y esperó su regreso.
La condesa apareció casi a medianoche y apenas supo de su presencia fue a verlo. Adivinó que se encontraba de un humor de perros y se sirvió una copa, se sentó frente a él y esperó a que hablara. Eso se había convertido casi en una tradición; cuando Naruto tenía problemas iba allí y ella ejercía de confesora.
No era el caso esa noche.
— ¿Abro otra botella?
— No — respondió Naruto, reclinando la cabeza en el respaldo— . Creo que es suficiente por hoy. Me encuentro algo mareado.
— Tal vez te apetece un café.
Volvió a negar y cerró los ojos por si conseguía mitigar el revoloteo de cientos de mariposas en su estómago.
— Bueno… ¿Vas a decirme qué te sucede o tengo que pasarme aquí toda la noche? No he parado de bailar ni un minuto en la fiesta de lady Periwinkle y tengo los pies destrozados.
Él abrió los ojos para contemplar un rostro nacarado y perfecto, sin mácula. Naruto sabía que podía contarle lo que fuera. Desde que la salvara del cabrón licencioso que trató de cortarle el cuello, había surgido entre ambos un lazo de amistad duradero, reforzado con el paso del tiempo. Más aún, la reclutó para algunas pesquisas de la Corona. Era muy útil, y muy hábil, indagando aquí y allá, y él se valía de ello y de su amistad. La única persona en toda la maldita Inglaterra que sabía de sus temores, de sus noches de insomnio, de sus pesadillas. La única que le había visto llorar abrumado por la desesperación de no haber llegado a tiempo de salvar a Amaru.
— ¿Sabes que me he vuelto a casar?
Shion asintió y se sirvió un poco más de champán. Para ella, era la mejor bebida, la única que podía consumirse a todas horas.
— ¿Cómo no saberlo? La noticia circula por todo Londres, Naruto. Lo que hace o deja de hacer el duque de Konohagakure siempre es un acontecimiento.
— Supongo que sí.
— Londres no es más que un circo de cotillas, lo sabes. Y tú has dado la gran campanada casándote con tu escocesa. Nadie ignora el asunto de tu abuela con la familia del abuelo de ella Jiraya McKenna.
— Una vieja historia.
— Que todo el mundo se ha apresurado a sacar a relucir. Dicen que tu nueva duquesa es muy bonita.
— ¿Eso dicen?
— Sí, eso dicen.
— Y ¿qué más se rumorea?
— Ino Yamanaka se ha encargado de hacer correr la voz. También he oído que Sakura, tu prima, va contando a quien quiera escucharla que es una muchacha encantadora y con temple. Ideal para duquesa, según ella. Y los sirvientes no son mudos. Se dice… — Hizo una pausa que captó la total atención de él— . Se dice que es un ángel en los dominios de Satanás.
Naruto soltó una carcajada que nada tenía de divertida.
— No están equivocados. Un ángel habitando en la misma guarida del monstruo que asesinó a su anterior duquesa.
— ¿Por qué te desprecias de ese modo? — le recriminó— . ¿Por qué sigues torturándote? ¿Qué te puede importar a ti lo que diga el mundo entero? ¡No la mataste!
Naruto se masajeó la cabeza. Empezaba a dolerle, como cada vez que sacaban el tema.
— Si he tenido alguna vez una amiga, ésa eres tú. Gracias.
— Ahora tienes una esposa con la que compartir tus inseguridades. ¿La quieres de verdad o la boda ha sido un puro trámite?
Al no obtener respuesta, se acercó, apoyando sus antebrazos en las rodillas de Naruto. Sus ojos violeta, escrutaron el rostro severo.
— ¿Dónde está el problema?
Él la apartó con delicadeza y se levantó. Mil y una imágenes bullían en su mente componiendo un rompecabezas que no acertaba a ordenar. ¿Cuál era el problema? ¡Como si tuviera la menor idea! Pero necesitaba sincerarse con alguien, confesarse.
— Prometí darle tiempo para que se vaya acostumbrando a su nueva situación de esposa y duquesa.
La condesa escrutó las distintas emociones que pasaban por su cara. Suspiró y se incorporó. Jugueteó con el cabello rubio y le acarició la nuca, tan tensa como él mismo.
— Así que ésas tenemos. Tu nueva duquesa te ha calado.
No le gustó lo que oyó. Se apartó y recogió su chaqueta y su capa.
— Me voy. Ya te he molestado demasiado.
— Puedes guardarte tus secretos — rezongó ella ante su huida— . Y sí, márchate. Soportar a un hombre cocido por su propia estupidez no es la mejor compañía.
Los ojos masculinos se enturbiaron un segundo para ceder luego en un gesto de rendición.
— Supongo que me lo merezco.
— Lo mereces — convino ella, tomando su atezado rostro entre las manos y dibujando sus labios con los pulgares— . Naruto, sabes que puedes confiar en mí. Ambos hemos estado casados, hemos convivido con la traición, pero el amor existe. Y me parece que tú te estás enamorando como un provinciano.
— ¡Por descontado que no! ¿Qué te hace pensar eso? Además, apenas la conozco.
— Pero vienes a mi casa y te pasas horas bebiendo. ¿Qué quieres que piense?
Shion era demasiado intuitiva, Naruto era un libro abierto para ella. Le sugería que Hinata Hyûga estaba convirtiéndose en algo más que una esposa de compromiso. No le gustaba el cariz que tomaba la conversación. No le gustaba en absoluto. Se puso la capa un tanto azarosamente. Tenía que irse.
— Excepto mi abuela y tú, todas las mujeres me han fallado, mi madre primero y después Amaru. Tengo dudas de que Hinata vaya a ser distinta, y yo me hice la promesa de no volver a enamorarme.
Ya en la puerta, la voz suave de la condesa le dejó un mensaje cargado de razones.
— ¡Si serás idiota! Como si el corazón entendiese de promesas.
Shion le vio bajar las escaleras deprisa, cruzó el cuarto y se asomó a la ventana para contemplar cómo se alejaba calle abajo y montaba en el carruaje aparcado en la esquina del parque. Respiró hondo y movió la cabeza con pesar. ¿Por qué la mayoría de los hombres sacaban las uñas cuando se sentían atrapados en las redes del amor?
Al otro lado de la calle, alguien más seguía con interés el andar felino de Naruto. Alguien oculto entre las sombras, alejado de la luz de las farolas que, a tramos, iluminaban la calle solitaria.
Shion no reparó en el personaje.
Naruto, abrumado por sus propios demonios, tampoco lo hizo.
Pero esa persona memorizó el lugar y su entorno, una zona elegante y apartada. Un punto inmejorable para urdir una encerrona.
Aquella noche, Naruto tampoco regresó al castillo.
Hinata cenó en su recámara, en compañía de Natsu. Resultaba un tanto intimidatorio y desalentador hacerlo a solas en el amplio comedor rodeada de boato y atenciones de sirvientes erguidos y callados como estatuas. Echaba de menos las animadas conversaciones en Byakugan Tower alrededor de la mesa. Desanimada y abatida, apenas probó bocado.
Natsu se acababa de marchar, no sin antes dejarla arropada como a una criatura de corta edad, cuando llamó Sâra, que entró llevando una bandeja que depositó sobre la mesita de noche.
— La señora Konan supuso que le agradaría un vaso de ponche antes de dormir, milady. Lo preparó ella misma. Se avecina una tormenta y parece que va a ser fuerte.
— Gracias. Lo cierto es que el tiempo está desapacible.
Sâra avivó el fuego de la chimenea antes de salir. Como si hubieran cerrado una celda, Hinata se encontró realmente sola, se dejó resbalar entre las sábanas y se cubrió hasta la barbilla. Permaneció así, sin moverse, mirando las llamas y pensando si no sería infantil pedirle a Natsu que pasara la noche con ella.
Había una tensión amenazante en el castillo. Lo notaba en los huesos. Era indeterminada e intangible pero ella la percibía latente, viscosa y fría. Conseguía enervarla y, a la vez, alimentar su curiosidad. Seguramente M. Jutsu podría recrear el ambiente opresor que describía en sus libros si pasara unos días allí.
Se incorporó un poco y tomó el vaso de ponche. Más tranquila, se dijo que era una consumada estúpida dando tanto vuelo a su imaginación. Pero no podía remediarlo. Nunca se había resistido a un misterio y no iba a hacerlo ahora.
— Parece mentira, Hinata Hyûga — oyó su propia voz— , que seas la misma persona que persiguiera al fantasma de su tatarabuelo.
Dejó el vaso, volvió a meterse entre las mantas y tiritó acompañando el fogonazo de un relámpago al que siguió el ensordecedor sonido del trueno.
Por un instante, sólo por un instante, deseó que su esposo hubiera regresado ya. Junto a Naruto, el castillo parecía menos siniestro. Claro que no dejaba de ser una majadería pretender tener a un demonio cerca para ahuyentar a otros.
Otro trueno sucedió al anterior. Se acurrucó un poco más porque tuvo la convicción de que iba a ser muy difícil dormir esa noche. Soltó una maldición, sopló las velas y se subió las mantas por encima de la cabeza.
Fuera, en la galería, unos ojos inquietos observaron que palidecía la luz que se proyectaba por debajo de la puerta..
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Satisfecho y prevenido, el oscuro personaje abandonó su escondrijo una vez se alejó el carruaje de Naruto, caminó un tramo y montó en un coche negro y cerrado, estacionado lejos de las luces. Sin embargo, no se puso en marcha. Dentro, no había luz alguna, de modo que, al subir, no pudo ver la cara de quien ya ocupaba el vehículo.
— Le dije que es un sitio perfecto.
— En efecto — asintió, tratando de adivinar las facciones de la otra persona en el lóbrego interior— . ¿Cuándo actuaremos?
— No quiero que nos precipitemos.
— Hay mucho dinero en juego. Quiero quitarlo de en medio cuanto antes.
— Pero yo necesito mi tiempo.
— ¿Para qué?
— Tengo mis propios planes.
— Lo que tiene es una deuda conmigo…
— El dinero — dejó escapar una risa gutural— es el pago a vuestro favor. Total, ¿qué tuviste que hacer? Acabar con la mujer debió de resultar muy fácil.
— Fácil o no, fui yo el que me jugué el cuello perpetrando el asesinato y merezco un pago que ya está tardando. Por otro lado, quiero acabar con el duque.
— Todo a su tiempo. Ya le di un adelanto.
— Que no cubre lo que acordamos. ¿De dónde sacara el resto del dinero que me debe?
— Sé dónde se guardan las joyas de la familia y no creo que sea difícil hacerme con ellas. En el castillo, además, hay obras de arte; algunas de las cuales, sin demasiada protección. Supongo que sabrá colocar la mercancía, aunque tampoco me importa.
— Está hablando con un hombre de negocios. Vos traedme las chucherías y yo me encargaré de convertirlas en dinero.
— Hágalo fuera de Londres. Aquí sería más fácil que alguien reconociera las joyas.
— No se preocupe por nimiedades. Pero se lo repito… Le he ayudado a estar donde quería y aún no he visto los beneficios. Yo cobro siempre a mis acreedores.
— ¿Es una amenaza? ¡Ya le he dicho que pagare! Me recuerda a una vieja llorona, Momochi. Con las joyas tendrá más que suficiente para saldar nuestra deuda, pero tiene que esperar un poco más.
— ¿Por qué? Podría matar al duque la próxima vez que venga aquí y olvidarme de nuestro trato. ¿Qué saca usted de este asunto?
Una voz opaca y resentida levantó ecos en el carruaje.
— Venganza, amigo mío — contestó— . Pura y simple venganza.
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Hinata abrió los ojos poco a poco, embutida en un sopor extraño, y echó una ojeada a la recámara.
— ¿Natsu?
Nadie contestó y ella volvió a acurrucarse en los cobertores oyendo de fondo el retumbo incesante de los truenos.
— ¡Hinata…!
Aturdida, se removió en el lecho y se tapó la cabeza. Deseaba dormir. Profundamente. Su cerebro se debatía entre la consciencia y el embotamiento, pero el susurro apagado se repitió.
— ¡Hinata…!
Amodorrada, se sentó y parpadeó repetidamente para alejar las telarañas de la somnolencia. Tenía borrosa la visión. Se restregó los párpados y atisbo más allá de los contornos de los muebles. Pensó que podía haber sido un sueño y cuando estaba decidida a regresar a los brazos de Morfeo, volvió a escucharlo.
— ¡Hinata…!
Se le erizó la piel y un estremecimiento la recorrió de pies a cabeza. Abriendo los ojos como platos y luchando contra el letargo, prestó toda su atención. Algo no iba bien. Ella solía despejarse apenas abrir los ojos y, sin embargo, en ese momento, no era capaz de reaccionar, su pensamiento se nublaba y se cerraban sus párpados.
— Sâra… ¿eres tú?
Tampoco obtuvo respuesta. Hinata se pellizcó para confirmar si soñaba. Achicó la mirada. El fuego se había consumido. El pálido resplandor de un relámpago lejano le permitió ver la habitación un segundo.
— ¿Naruto?
Nada. Solamente el silencio que rompía, cada vez más lejano, el fragor de la tormenta. ¿Le había parecido oír un ligero chirrido metálico?
Se abofeteó para despejarse. Con una extraña pesadez en los miembros, echó las mantas a un lado y puso los pies sobre la mullida alfombra.
— Si eres tú, Natsu, cabeza de alcornoque, juro por todas las almas de los Hyûga que…
Una carcajada espasmódica la paralizó y se le formó un nudo en las tripas. Parpadeando repetidamente para evitar sumirse de nuevo en el sopor, avanzó un paso.
— ¡Hinata…!
Jadeante y horrible, semejaba un siseo de ultratumba.
Hinata tragó saliva y avanzó un paso más.
— La broma dura ya demasiado — dijo con la firmeza que pudo reunir.
A modo de contestación, otro trueno rasgó la noche y un destello relampagueante atravesó la recámara de lado a lado permitiéndole ver, o acaso imaginar, una sombra que se movía, confundiéndose luego en la oscuridad. Hubiera jurado que se trataba de una figura humana y entonces sintió miedo de verdad.
— ¡Estás condenada, Hinata…!
Ahogó un grito. La sombra se desplazó con rapidez y ella reaccionó volviéndose en busca del candelabro. Le pareció oír la puerta y, cuando pudo encender una vela e iluminar su entorno, se encontró sola. Registró la habitación como lo hiciera la ocasión anterior, pero no había nadie.
Recitó en silencio todas y cada una de las palabrotas aprendidos de sus hermanos y salió a la galería. El largo pasillo estaba completamente a oscuras. Habían apagado las lamparillas que se quedaban encendidas durante toda la noche. Cerró y trancó la puerta, agitándose en ella un temor basado en la realidad: dos veces no podía ser un sueño.
Se acercó al aguamanil y se lavó la cara. Completamente despejada, prendió todas las velas y se dedicó a revisar las paredes por si hubiera algún resorte. Incluso detrás de los muebles. No encontró nada ni a nadie. Sólo ella y la inquietud que le habían sembrado. ¿Por dónde había salido entonces su macabro visitante nocturno?
Dejó el candelabro y se sentó en el borde del lecho, fijándose en el lugar en el que momentos antes advirtiera la figura humana.
¿Cómo había salido de allí?, se preguntaba, tercamente. ¿Quién era? ¿Por qué quería asustarla? ¿Se había filtrado por el muro? ¿Se trataba acaso de un fantasma? Se rio de sí misma porque, de ser un espíritu, ésta sería la vía de escape más lógica.
No eran horas de seguirle el juego al intruso, pero con la luz del día iba a poner el cuarto patas arriba hasta dar con la respuesta. Porque tenía que existir una. Sin tenerlas todas consigo, regresó al abrigo de las mantas.
Se levantó apenas clareó. Se lavó cara y brazos, se puso el primer vestido que encontró y bajó a desayunar. Su estómago, un poco indispuesto, no le permitió más que un café y una tostada. Minutos después regresó a su habitación y empezó con sus pesquisas.
Pidió ayuda a dos criados para que la ayudaran a separar los muebles de la pared y luego los despidió. Inspeccionó cada rincón, el interior del armario, tras la cómoda, debajo de la cama… Empujó los grabados que adornaban las columnas, una a cada lado del ventanal, tanteando, buscando que cedieran y descubrieran algún pasadizo. Todo fue inútil.
Natsu la encontró con la cabeza metida detrás de un sillón.
— ¿Qué se te ha perdido?
Hinata dio un respingo y se golpeó contra el muro. Frotándose, se levantó y se sacudió la falda.
— Buenos días, Natsu.
— ¿Qué buscas? ¿Qué es todo esto?
— Un pasadizo.
— ¿Un…?
— Esto es un castillo, ¿verdad? Y en los castillos existen galerías secretas, corredores que unen las habitaciones, túneles que se usaban en otros tiempos para escapar. — Su criada la miraba con los ojos muy abiertos y se dio cuenta de que se estaba poniendo en evidencia— . ¡Bah! No me hagas caso.
— Si lo hago acabaré tan loca como tú, niña.
Hinata empezó a pensar que quizá se estaba excediendo. ¿Cabía la posibilidad de que fuera una broma? No. Nadie podía permitirse esa ligereza. Fue algo muy real pero difícilmente explicable, y liarse a buscar pasadizos secretos no la haría más sensata a los ojos de nadie. Se quitó la ropa que llevaba y dejó que Natsu le abrochara el vestido que había elegido por ella. Pero se negó a que la peinara y se limitó a mejorar su apariencia recogiéndose el cabello en una trenza que dejó suelta a la espalda.
— ¿Ha regresado mi esposo?
— Afortunadamente, no — contestó la otra, bastante seca.
¿Quién era? ¿Quién demonios era? ¿Por qué? La noche anterior no se le iba de la cabeza y apenas oyó la cháchara de Natsu a propósito de Sâra. Si Neji, Sasuke o Sai hubieran estado allí, no le habría cabido duda de a quién señalar. Sabía de sus bufonadas. Pero sus hermanos estaban lejos. La cuestión estaba aquí. En Uzumaki House.
— Hoy cabalgaré un rato, Natsu. No te preocupes si no regreso para la comida.
— Pero, ¿adónde vas?
— Necesito alejarme un poco de este ambiente.
— Pide que te acompañe un sirviente, no conoces este territorio.
— No te preocupes, me las arreglaré.
Ni por todo el oro del mundo iba a privarse de montar en libertad, se dijo apenas salir.
Aunque era temprano, el jovencísimo Denki ya trajinaba en las caballerizas.
— Buenos días.
— Buenos días, excelencia. ¿Va a montar a Ensueño?
— Por favor.
El muchacho preparó el caballo y la ayudó a subir.
— Tenemos una yegua a punto de parir, milady — comentó— . Si todo va bien, dentro de poco vendrá otro potrillo al mundo.
— Algo me dijo Natsu… ¿Cuánto le falta?
— No creo que pase de esta noche, excelencia.
— Avísame cuando empiecen las contracciones, Denki. Sea la hora que sea.
— Pero el parto puede llegar a…
— Sea la hora que sea — insistió.
El chico asintió y ella taconeó los flancos de Ensueño saliendo al galope.
Se alejó de Uzumaki House sin saber exactamente hacia dónde se dirigía y, sin proponérselo, llegó al estanque que le había mostrado su esposo. Descabalgó, ató las bridas a una rama y se acomodó en el borde del agua. Trinaban los pájaros y un tenue sol parecía querer dar respiro a los habitantes de aquellas tierras desterrando los velos de bruma. El terreno estaba empapado por la tormenta de la noche anterior y olía a hierba mojada. Le encantaba aquel olor e inspiró, agradecida de la maravillosa tranquilidad que otorgaba la naturaleza.
Cortó una ramita y se dedicó a formar círculos en el agua, a semejanza de lo que hiciera su marido, de quien evocó sus caricias. Su mente la había llevado otra vez hasta él. Lo desechó, se levantó y volvió a montar con la ayuda de un tronco caído. No estaba acostumbrada a divagar sin horizonte productivo y tampoco a que la dieran de lado. Si su flamante esposo había decidido hacer su vida en Londres, por ella no había problema, pero no pensaba languidecer esperando. El castillo necesitaba reformas, ¿qué mejor momento para comenzarlas? Decidió que era hora de volver.
Nada más llegar fue recriminada.
— ¿Por qué te has marchado sola?
— No seas pesada, Natsu. Nunca me he caído de un caballo y no me hace falta compañía. Necesitaba estar sola.
— Ya no eres la niña Hyûga. Eres la duquesa de Konohagakure.
— Te repites demasiado — protestó, con Natsu pisándole los talones.
— Pero Hinata…
— Quiero que se me avise en cuanto Naruto aparezca — cortó— . Ni un minuto después. ¿Me has entendido, Natsu?
— Perfectamente, excelencia.
Hinata rio con cariño, acortó distancias y la abrazó. ¡Ah! cotorra la sobreprotegía tanto que se enfadaba por cualquier cosa.
— Nana, por favor. Es importante.
— Está bien, pero ¿vas a contarme qué te pasa hoy? Te has levantado alborotada.
— No sucede nada — contestó sonriente sin reparar en la chica que se acercaba cargada con una buena provisión de sábanas limpias— , pero es muy posible que le rompa la crisma al duque en cuanto lo vea.
La criada sofocó una risita cómplice y Hinata advirtió entonces, tarde ya, su presencia.
— Buenos días, excelencia.
La señora Konan… Hinata hinchó los cachetes y dejó escapar el aire de golpe.
— No aprenderás — amonestó la escocesa— . ¿Qué van a pensar de ti?
— Lo siento.
— De poco sirve ya. ¿Qué te ha hecho tu esposo para que estés tan furiosa con él?
Llegaron a su habitación, se quitó los guantes y los tiró sobre la cómoda.
— Me ha olvidado.
— Pero ¿qué dices?
— ¿Tú ves lógico que mi esposo me deje sola casi al día siguiente de casarnos? Pero me las va a pagar.
Natsu no dijo nada. ¿Qué podía argumentar? El condenado duque de Konohagakure se había portado como un escurridizo atolondrado y ella estaba de acuerdo con su niña. Pensó que sería mucho mejor dejarla con su enfado a solas.
— Controla tu genio escocés o tendremos problemas, Hinata.
— ¿Qué haría yo sin mi conciencia particular?
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Continuará...
