Naruto Y Hinata en:

EL CASTILLO DE LA NIEBLA


«Capítulo 13»


Desestimando buscar pasadizos, empezó a tomar nota de todo cuanto quería cambiar empezando por su cuarto. Cortinas, edredón, alfombras… Luego continuó con otros del piso inferior. Mandaría traer las mejores telas de Londres y se gastaría una pequeña fortuna. Era una venganza pobre, pero tan buena como cualquier otra contra un esposo insensible que se había casado con ella para enclaustrarla horas después en aquella vieja mole acartonada.

Fue viendo dependencias y preguntándose por qué colores hubiera apostado su madre. Su memoria le provocó un acceso de ternura. Si la viera ahora su madre… La echaba tanto de menos… Evocó su espíritu alegre y se abrazó, girando sobre sí misma.

— Me satisface que su soledad no haya agriado su humor, señora.

El saludo varonil y sorpresivo de Naruto la sobresaltó. Se volvió a mirarle desconcertada. Naruto presentaba un aspecto lamentable. Volvía con la ropa arrugada, aunque así y todo le quedaba como un guante. El cabello, revuelto y despeinado, le caía rebelde sobre la frente. La barba crecida, Los ojos inyectados en rojo… Podría jurar que no había dormido. Su aspecto la llevó a una conclusión para la que no hizo conjeturas: había estado de juerga. Se enojó, pero no lo exteriorizó.

— Uzumaki House tiene mucho que mostrarme, milord — repuso tirante— . Y como en algo debo ocupar mi tiempo, nada mejor que ir paso a paso. A solas.

Naruto admitió la indirecta con una mueca. Era cierto que la había dejado sola varios días, pero estaba agotado y le dolía la cabeza. No era cuestión de discutir las chispeantes invectivas de su esposa.

Asumía haberse comportado como un idiota. Al dejar a Shion estaba decidido a regresar a casa y, sin embargo, no encontró el valor suficiente para hacerlo y enfrentarse a ella. Se había perdido por los peores tugurios y había bebido auténtica bazofia que, mezclada con el champán ingerido previamente, acabó por tumbarlo. Había despertado de madrugada, desmadejado en una esquina. Su cartera, su reloj y su capa habían desaparecido y, por si fuera poco, lo atacaba una resaca de mil diablos.

Sabía que presentaba un aspecto lastimoso, pero no pensaba dar explicaciones. Nunca lo había hecho y no iba a empezar ahora. Pero le dolió que ella lo mirara de arriba abajo y no dijera palabra. Necesitaba un buen baño y dormir hasta el día siguiente, pero le costaba moverse, cautivado por su cuerpo delgado, sus ojos, su boca, su cabello…

— Creí entender que este lugar le parecía lúgubre. ¿Sabe que se le conoce como el Castillo de la niebla?

— Un mausoleo, sí. Oí el nombre en alguna parte. Muy adecuado.

— ¿Quiere decir que es muy adecuado para el castillo o para un hombre como yo? Es curioso, incluso con buen tiempo la niebla se abraza a la torre en la que… — Enmudeció y en su cara se dibujó una pena que venía de dentro— . Supongo que va con el viejo edificio como las moscas van con los caballos.

Ella no replicó, pero era justamente lo que estaba pensando.

— ¿He oído mal o tenemos reunión familiar? — preguntó él.

— Vuestro oído es excelente, milord. He mandado a Natsu que me avisara… si llegaba.

— ¿No puede esperar?

— No. Pero no le robaré mucho tiempo, imagino que desea descansar y cambiarse, se le ve fatal. Sólo quiero aclarar algo que ocurrió anoche.

¡Demonio de mujer! Cada vez que abría la boca era para lanzarle un dardo.

— Si me da unos minutos, estaré encantado de tomar un café con vos, señora.

— Lo espero en el comedor.

Naruto hizo una cómica reverencia y ella le dio la espalda, alejándose con un contoneo de caderas realmente incitador. Naruto siguió el movimiento como un lobo hambriento y su cuerpo, aún exhausto, respondió de inmediato.

Subió los escalones de tres en tres y se tomó el tiempo justo para lavarse un poco y cambiarse de ropa. Choji puso el grito en el cielo al ver el estado de las que llevaba puestas. Pero tampoco a él le tenía que dar explicaciones.

Bajó al comedor esperando un aluvión de críticas por parte de Hinata, por otra parte absolutamente justificado. No imaginaba ni por asomo lo que iba a oír apenas entrar.

— No sé de qué está hablando, señora — contestó una vez la hubo escuchado paladeando un sorbo de café.

— ¿De verdad? — continuó ella incisiva— . Es posible que se haya tratado de… una novatada, pero sabe Dios que no añado ni un ápice.

No bromeaba, hablaba totalmente en serio. ¡Por el amor de Dios! ¡No le faltaba más…!

— ¿Quiere decir, señora, que anda a la captura de fantasmas? — le preguntó con sorna.

Hinata perdió los papeles. Había pasado una noche horrible y ahora él se burlaba en su cara. Agarró lo primero que tenía a mano. Sólo unos buenos reflejos permitieron que Naruto esquivara la taza que pasó junto a su oreja y se estrelló unos metros más allá. Pasmado por su reacción, no se movió hasta que la vio coger un plato. De un salto se acercó y la sujetó por los hombros. Ella se revolvió como una cobra, pero él la zarandeó y acabó empotrada en un pecho duro y atrapada entre unos brazos que parecían cadenas.

Fue un choque de personalidades en el que ambos permanecieron así, mudos y paralizados.

Completamente azorado, Naruto dejó de respirar. Se le aceleró el pulso.

— Suéltame — exigió ella, tuteándole.

No podía. Por dos razones poderosas: la primera, que tenerla pegada a él lo excitaba; la segunda, que no estaba seguro de su integridad.

— Cálmate y hablemos como personas civilizadas, Hinata — la tuteó a su vez.

Ella alzó la cabeza para mirarle a los ojos. Lo lamentó de inmediato porque perdió el hilo de la disputa. Inhaló aire y se relajó, asintiendo. Lo empujó al verse libre y volvió a ocupar una silla. Naruto lo hizo a su lado, sin preocuparse del único criado que se mantenía, muy serio y erguido, junto a la puerta, como si no hubiera visto y oído nada.

— No creo que nadie se arriesgue a perpetrar una broma tan desagradable. Menos, a la duquesa — comentó él muy serio— . En cuanto a mí, ni siquiera estuve en casa.

Hinata se mordió la lengua. Se estaba comportando como una estúpida.

— Piénsalo, porque yo no miento. Alguien estuvo en mi cuarto. Y no es la primera vez.

Al duque no le cupo duda de la convicción de su esposa.

— ¿Pudo ser una pesadilla?

— No.

— ¿Una mala digestión?

— No.

El gesto de Naruto se ensombreció. ¿Qué explicación podía darse a algo tan absurdo? ¿Podría alguien haber entrado en su cuarto? Lo dudaba. Sin embargo, ella no se descomponía y exhibía la firmeza de lo que aseveraba.

— Tal vez la lectura de algún libro…

— Sé muy bien cuándo estoy despierta. Y ni siquiera las novelas de M. Jutsu hacen que me olvide de la realidad.

Una mezcla de asombro y jactancia embargó a Naruto, que ahora sí clavó en ella su mirada.

— ¿Lees a M. Jutsu?

— Leo casi todo lo que cae en mis manos. Aunque mi lectura de evasión preferida es la suya, en efecto.

— ¿Por qué?

— Porque es una escritora increíble — continuó ella, un poco renuente al cambio de tema— . Consigue como nadie embelesar al lector con narraciones que sobrevuelan el esoterismo. Es una mujer extraordinaria.

Naruto no sabía si echarse a reír o maldecir. Cuando empezó a escribir con ese seudónimo lo último que hubiera imaginado es que le pudieran confundir con una fémina.

— ¿Mujer? ¿Por qué piensas que M. Jutsu es una mujer?

— Un hombre no suele contar las cosas perfilando ciertos detalles femeninos como ella lo hace. — Le dedicó una mirada de suficiencia, como si él no fuera capaz de captar eso— . He leído todos sus libros y sé de lo que hablo. Tiene sensibilidad.

Naruto se atragantó. ¿Así que tenía sensibilidad? Viniendo de ella era un halago, sin duda, aunque en el mundo en que se movían quizá se tratara más bien de un insulto a su masculinidad. Si se lo contaba a su editor se moriría de risa.

— Interesante. — Zanjó el tema porque no quería bucear en aguas profundas— . Volviendo a lo de anoche…

— Anoche estaba despierta. Bien despierta. Aunque…

— Aunque, ¿qué?

— Me sentía un tanto extraña. Como si hubiera bebido.

— ¿Bebiste?

A ella le entraron ganas de sacudirle.

— La duda ofende. — Él la miraba con interés, pero intuía que con crédito escaso. No conseguiría nada insistiendo, de manera que se encogió de hombros— . Dejemos el asunto, seguramente no estaba del todo despierta, como dices.

— ¿Qué fue exactamente lo que viste, Hinata?

No supo si se mostraba complaciente, pero Hinata suponía que lo hacía como pago a su ausencia. Le fastidiaba que la juzgase superficialmente como a una mujer alocada con la cabeza llena de fantasías.

— Nada concreto — repuso— . Olvida el asunto.

— Necesito que me digas qué pasó — insistió Naruto.

Hinata rememoró la noche anterior. Lo pasó mal, pero no era sencillo de exponer. Hizo ademán de levantarse y la mano de Naruto la retuvo.

— Una sombra. Y una voz.

— Una voz…

— Pronunciaba mi nombre.

— ¿Se trataba de un hombre o de una mujer?

— ¿Los fantasmas tienen sexo? — El conato de broma no funcionó— . No lo sé. Era un tono ronco, sibilante, me amenazaba y sonaba la madera o tal vez el suelo, como si resbalaran sobre él… Para captar lo que digo hay que vivirlo a solas en plena oscuridad. Vamos, zanjemos el tema.

Choji solicitó permiso y tras obtenerlo, entregó un sobre al duque.

— Milady — saludó a la joven— . De la duquesa viuda, excelencia.

Naruto dio un par de vueltas al sobre y lo abrió. Era un escrito escueto, como solían ser siempre las misivas de su abuela. Estaba cansado y el dolor de cabeza persistía martilleándole las sienes, una molestia que se había acentuado al prestar atención a las inquietantes revelaciones de su esposa. Porque le recordaron otras, de hacía ya mucho tiempo. Como una nota al final de un escrito, su abuela decía que regresaba.

— Nos comunica su llegada — suspiró, dejando el papel sobre la mesa— . Ordena a la señora Konan que tenga lista su habitación, Choji, por favor — El valet asintió y se marchó y él se volvió hacia su esposa— . Espero que no choques con ella, Hinata.

— Y yo, que no me culpe por lo que sucedió hace años. — Naruto parpadeó porque, en cualquier caso, él iba a estar en medio— . Conozco la historia desde que nací.

Naruto asintió. ¿Cómo no iba a conocerla? Media Inglaterra y toda Escocia supo de ello cuando sucedió y ahora él revivía el escándalo con su boda. Ensayó un gesto para tranquilizar a la muchacha y en un impulso irrefrenable se inclinó y la besó en la mejilla.

— Nos veremos a la hora de la comida.

Hinata permaneció sentada mientras él se marchaba. Antes de salir se volvió a mirarla una vez más y dejó una frase en el aire:

— Por cierto… esposa, tú y yo tenemos alguna intimidad pendiente.

.

.

.

Según entró en la biblioteca se le desdibujó su percepción de la misma y le atacó un golpe de tos.

¡Condenada mujer!

Era verdad. No exageraba al afirmar que llevaba cuatro baúles repletos de libros.

¿Qué demonios había hecho con su refugio? Revisó las estanterías; en el lugar que antes ocuparan sus libros, descansaba ahora una innumerable colección de novelas. Tomó una al azar. ¿Románticas? Bufó como un gato escaldado, pero luego se fijó en que había un buen número de M. Jutsu. ¡Era cierto que su esposa había adquirido muchas de sus publicaciones! Remiso a dar crédito, leyó los lomos de los ejemplares: Obsesión, Lágrimas negras, Sacrílego, La maldición de Beth, Hojas muertas… ¡Estaban todas! Incluso Ocultismo y más allá, su última obra. Un ensayo sobre las fuerzas ocultas del Universo que había hecho correr ríos de tinta y relamerse a su editor. Un verdadero éxito de ventas.

Ya menos irritado y sin poder evitar sentir cierta satisfacción, se dejó caer en un sillón. Hinata había tomado su rincón favorito al asalto, sin consultarle. No, eso no era cierto. Lo había hecho. Y él, indiferente, ni le dio permiso ni se lo negó, así que ahora debería pechar con las consecuencias. Desde luego, no pensaba cambiar sus hábitos. La biblioteca era el único reducto de todo el condenado castillo donde se podía concentrar para escribir y tenía vedado que se le interrumpiera.

Llamó a Ebisu y le anunció:

— Vamos a hacer algunos cambios. Empieza a quitar esta hilera de la librería.

— Pero excelencia… la señora duquesa…

Naruto no esperó y comenzó a apilar las novelas de su esposa en el suelo.

— Si quiere usar mi biblioteca… — dejó la frase en suspenso— . Los colocaremos más arriba.

— Obligará a milady a utilizar la escalera.

— ¿Y?

Ebisu se encogió de hombros y se puso a la tarea. Casi había terminado cuando el duque rectificó.

— Lo he pensado mejor. Vamos a dejarlos como estaban.

— Sí, excelencia.

Naruto repasó sus volúmenes y le fue pasando algunos al mayordomo. Viejos libros en francés, en italiano, un par de estudios de botánica, piezas sueltas de teatro…

— Manda traer algunas cajas. Supongo que en el desván nos harán el mismo servicio. Y coloca los de mi esposa en el lugar que ocupaban.

Estaban embalando cuando apareció Hinata. Lo primero que pensó era que se llevaban sus libros, pero no. Eran los de su esposo. Acababa de ganar una pequeña batalla y eso activó su buen humor.

— Espero que el pequeño ajuste no te incordie demasiado.

No obtuvo respuesta. Pasó un dedo por una estantería y lo sopló.

— Ya sé que éste es tu panteón, pero no estaría mal que permitieras que se hiciera una buena limpieza.

— Me gusta así.

— Empiezo a pensar que no hice una buena elección trayendo mis libros aquí.

— Si es tu gusto, puedo mandar que los saquen ahora mismo.

— ¿Veo en tus ojos un atisbo esperanzado, esposo?

— ¿Puedo estarlo?

— En realidad, no.

Naruto miró al alto techo clamando paciencia.

— Sólo espero que no nos importunemos el uno al otro. Esta biblioteca ha sido hasta ahora mi refugio.

— Tu madriguera.

— Puedes llamarlo como gustes. Estará a tu disposición excepto cuando yo esté aquí.

— ¿No es lo suficientemente grande para que…?

— Hay ocasiones en que manejo documentos reservados y necesito privacidad.

— Yo no molestaré. Ni siquiera te darás cuenta de que estoy aquí.

¿Bromeaba?, se preguntó paseando sus ojos por ella. Apenas la conocía pero tenerla cerca constituía todo un suplicio porque no podía pensar en otra cosa que volver a besarla.

Hinata se paseó lentamente y, como si quisiera afianzar su derecho a estar allí, probó la comodidad de los sillones, situados junto a los ventanales orientados al este y acompañados por otros frente a la chimenea. Los ojos azules no se perdían ni uno de sus movimientos.

— ¿Qué lugar sueles ocupar? — preguntó ella.

— El de ese rincón.

— Así que te gusta leer por la tarde.

— Más bien por las noches. Hasta ahora las he tenido bastante desocupadas. Pero ahora las cosas van a cambiar, ¿no te parece, esposa mía? — insinuó con un descaro que erizó la piel de Hinata.

Mezquino. Se regodeaba recordándole su nueva condición y, por tanto, sus obligaciones. Haciendo oídos sordos a su alusión, tomó uno de sus libros sólo para tener algo en las manos y evitar transmitirle sensación de inseguridad. Pero sabía que estaba a su merced. Le recorrió un estremecimiento y Naruto lo notó.

Se acercó a ella y, suavemente, se quedó con el ejemplar. Ocultismo y más allá, rezaba el título.

— Deberías huir de estas lecturas si te asustan.

Como si la hubiera picado una avispa, Hinata le arrancó el libro y lo estrechó contra su pecho.

— No me asustan — le rebatió— . Me encantan. Creo que éste es el mejor de todos.

— Sí, eso he oído. Al parecer el autor ha fidelizado un número exagerado de adeptos — repuso Naruto, íntimamente agradecido de que ella tuviera tan buena opinión de sus obras.

— Ese tipo, como tú lo llamas, es una mujer.

— ¿Por qué insistes en eso? Nadie sabe a ciencia cierta de quién diablos se trata.

— Lo intuyo.

— Pues transmite la imagen de una mujer retorcida.

— ¿Retorcida? — se escandalizó ella, devolviendo el libro a su lugar— . ¿Por qué retorcida? ¿Porque describe sin complejos situaciones que nos sobrepasan?

— Tiene demasiada imaginación.

— Milord, el mundo está lleno de fenómenos extraños. Nadie tiene respuestas del Otro Lado, de qué pasa después de morir. Y es innegable la existencia de fuerzas…

— ¡Por Dios! — se rio él— . ¿Tratas de decirme que estamos rodeados de fantasmas?

— Sólo digo que ciertos hechos no tienen explicación y M. Jutsu intenta indagar en ellos. Sombras, sonidos difusos, movimientos de objetos. ¿Nunca has tenido la sensación de que hubiera alguien a tu lado, aunque no pudieras verlo?

— ¡Paparruchas! — exclamó Naruto. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto con una escaramuza dialéctica. Su esposa defendía sus causas con un ímpetu encomiable, lo que acrecentaba su deseo por ella.

Hinata, mientras, lo observaba. Era igual de tozudo que su hermano Sasuke, dos asnos que se burlaban de todo aquello que no giraba en su órbita. Decidió que no merecía la pena discutir con semejante zoquete y así se lo hizo saber:

— No voy a perder ni un minuto más con un escéptico que se mofa de estos temas, señor mío. — Naruto enarcó una ceja— . Y si te molesta que mis libros sin «perfil cultural» hagan juego con tus tediosos volúmenes de «ingenio intelectual», mandaré que los quiten.

Era una inmejorable oportunidad para reconquistar su biblioteca, pero ya se había hecho a la idea de tenerla cerca mientras leía. No hubo opción para argumentar. Hinata salió airadamente y cerró la puerta con demasiado impulso.

Hinata aprovechó la tarde para intimar un poco más con Sâra. La criada resultó ser una caja de sorpresas, despierta, amena y también una enamorada de las historias de intriga. Disfrutó escuchando alguna de sus anécdotas y la tranquilizó que, en cierta forma, nombrara con cariño a la duquesa viuda.

Cuando Sâra regresó a sus obligaciones, Hinata subió a su habitación. Natsu tenía preparado para ella un vestido de color salmón, ajustado en el pecho, de hombros descubiertos. Sencillo, pero elegante y… ¡Y como los demás, tenía añadida una horrible tira de encaje! Sin contemplación alguna, la arrancó.

— Si mañana encuentro un solo vestido así, empezaré a pensar que quieres regresar a Byakugan Tower.

La fiel aya abrió la boca para responder pero no dijo una palabra. Pocas veces había visto a su niña tan furiosa y aunque sabía que no hablaba en serio en lo referente a alejarla de su lado, el mensaje era nítido. Hinata no admitiría injerencias en su manera de vestir. Suspiró y se preparó para otra tediosa tarde de costura.

Recogió el cabello de la joven en un peinado alto sobre la coronilla y le entregó unos aretes de oro y una pequeña gargantilla. Al mirarse en el espejo, Hinata advirtió que la prenda dejaba demasiada piel al descubierto. Era exactamente lo que quería. Asintió a la superficie que ahora le devolvía la imagen de una mujer casi mundana.

Oyó la puerta cerrarse y se volvió. Natsu se había marchado silenciosamente. Se culpabilizó porque, sin pretenderlo, había amenazado a su criada. De todos modos no creía que tuviera que preocuparse, Natsu la conocía desde niña y sabía que todo había sido fruto del enfado momentáneo. Eso sí, debería tener unas palabras con Konan por haber inculcado en Natsu patrones de moda tan conservadores. Había olvidado el asunto, pero tenía que enfrentarlo.

Abrió un frasquito de perfume y se lo pasó por debajo de las orejas y por las muñecas. Antes de taparlo, sonrió y se echó unas gotas entre los senos. Naruto se la había estado comiendo con los ojos en la biblioteca, enviándole mensajes sin pudor. Bien. Si él quería jugar a la seducción, ella no iba a desestimar una partida.

Salió muy decidida, pero a medida que bajaba la escalera descendía su ánimo. ¿Sería capaz de incitarlo y después rechazarlo? Tenían un pacto de caricias y, aunque había días acumulados, él no podría llegar demasiado lejos. El corazón empezó a palpitarle alocadamente al imaginar que la besaba. Pero nunca había sido una cobarde y ahora era una mujer casada. Asumiría sus responsabilidades y una de ellas era dar un heredero al ducado.

Dobló por la galería de acceso al comedor.

La voz melosa de una mujer hizo que aminorara el paso hasta detenerse. Agudizó el oído casi sin pretenderlo captando una conversación. Se quedó paralizada.

— ¿… con la duquesa? — Escuchó que decían— . Pienso que no. Milord prefiere en su cama a una mujer con mi temple.

Hinata se cubrió la boca con una mano. ¿Quién decía eso? ¿Hablaba de su esposo?

— Fûka, estás más bonita cuando no piensas — susurró una voz ronca y demasiado familiar.

Hinata se apoyó en la pared del corredor. ¡Naruto! Su maldito marido y la que había sido su amante. ¿O aún lo era? ¿Continuaba la relación con la criada?

— ¿Voy a vuestra recámara esta noche? Le he echado mucho de menos, excelencia — se ofreció sin tapujos.

— Tengo trabajo.

— No me importa la hora.

— Fûka…

— Vamos, milord… Lo conozco bien. Usted es un hombre que necesita una buena hembra y a mí no me importa que se haya casado de nuevo…

— Exactamente — cortó él en tono brusco— . Me he vuelto a casar.

— Eso no es impedimento, excelencia.

Naruto no tenía tiempo para discutir y quería acabar con aquello. La chica era insistente y, probablemente, se creía con algún derecho por haber estado un par de veces en su cama. Había intimado con ella poco tiempo después de la muerte de Amaru, pero su relación había terminado. Se había tratado de una simple transacción comercial, un pacto entre adultos. Él había pagado generosamente el tiempo de Fûka y ella le había proporcionado un poco de placer. Ahí acababa todo. Pero no quería mostrarse grosero y que ella se fuera despechada.

— Ya veremos, Fûka — dijo, sin comprometerse a nada— . Ahora tengo que irme.

Hinata oyó las pisadas firmes y seguras de su esposo al alejarse y apretó los dientes. Así que ¡ésas teníamos!, se dijo. ¡Estupendo! Habría que buscar otra casa para la criada, a fin de cuentas no la culpaba de haberse dejado seducir por Naruto. Pero a él… ¡A él iba a ponerle un ojo morado!

— Mande llamar cuando guste, milord — se despidió Fûka.

Hinata tuvo el tiempo justo de parapetarse tras una columna cuando la otra pasó muy cerca, en dirección al ala del servicio. Respiró hondo, apretó los puños, se obligó a desfruncir el ceño y dobló definitivamente la esquina.

Una sombra se le echó encima y se topó con una exclamación de sorpresa.

La señora Konan se la quedó mirando: sus nervudas y pálidas manos cruzadas sobre el regazo, las cuencas de los ojos hundidas, un semblante agrio y melancólico que discurría hasta la comisura de sus finos labios.

— Me ha asustado usted, Konan.

— Lo lamento, milady.

— Ahora que la encuentro… — dijo, recordando el asunto de la indumentaria.

— No debe preocuparse por esa muchacha, señora — se anticipó el ama de llaves— . Su excelencia se deshará muy pronto de esa descarada.

Hinata se irritó profundamente. Que todo el personal estuviera al tanto de los devaneos de su esposo con aquella chica era humillante, pero no le quedaba más opción que bregar con ello. Decidió dejar el tema de los escotes para mejor ocasión. Muy digna, se limitó a despedirse.

— Buenas noches, señora Konan.

.

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Continuará...