Naruto Y Hinata en:
EL CASTILLO DE LA NIEBLA
«Capítulo 14»
Cuando el mayordomo empujó la puerta del comedor cediéndole gentilmente el paso, Hinata estaba decidida a dejar las cosas claras con respecto a la señorita Fûka Bryton. Sin embargo, la sonrisa con que fue saludada por Naruto la desarmó completamente. Un cierto hormigueo le subió desde la planta de los pies a la boca del estómago. ¡Jesús! Con sólo dedicarle uno de esos deslumbrantes y pícaros mohínes conseguía desarmarla. Hinata empezó a temer que si él decidía seducirla, iba a costarle muy poco; de hecho, crecía momento a momento su atracción por él y, ¡maldita fuese!, en su fuero interno deseaba que se cobrase su deuda amorosa.
Retiró él su silla y se acomodó. De inmediato, los criados empezaron a servirles.
Hinata se relajó escuchándole hablar, explicándole los pormenores sobre la transacción comercial en Londres y, aunque no se extendió demasiado, intuyó que a dicho comerciante — o lo que fuera— no le había resultado fácil el trato con su esposo. El timbre de su voz, tan envolvente, no le permitía prestar la debida atención a sus comentarios. Se preguntó, una vez más, cómo era posible que a un hombre como él se le hubiese adjudicado tal halo de misterio.
A media cena mencionó, como de pasada, a la duquesa viuda, mostrando su adoración por ella en su semblante, que cambió al de un muchacho travieso.
— Excelencia — anunció Ebisu al entrar en el comedor para retirar los platos del postre— , un caballero le espera en su gabinete.
— ¿A estas horas?
— Parece un asunto importante, milord. Viene de parte de lord Guy.
Naruto asintió, dejó la servilleta, se disculpó y salió un momento, dejándola sola. Ella aprovechó para acercarse a los ventanales y atisbó fuera. Otra tormenta se cernía sobre Uzumaki House como un manto oscuro y tenebroso.
Naruto regresó al cabo de unos minutos. Sin decir palabra, se sirvió una copa de vino.
— Siento haberme ausentado.
— ¿Algo grave?
— Nada especial. Un recado. Ya sabes, no se debe hacer esperar a la aristocracia. — Se acercó a ella y observó el exterior— . Parece que esta noche habrá tormenta de nuevo.
— Sí, eso parece — musitó Hinata, que hubiera preferido la plácida conversación que mantenían sentados.
Naruto se acabó la copa de un trago.
— Un panorama nada alentador — murmuró él, tan cerca de su oreja que le llegó el calor de su aliento— . Una noche para estar acompañado.
Sonó a insinuación y Hinata se puso en guardia. No se atrevió a volverse por miedo a descubrir en su mirada la intención de cobrarse, al fin, sus derechos conyugales. Su pretensión inicial de jugar con él al galanteo quedó encerrada en el rincón más apartado de su cerebro. Naruto era demasiado hombre, demasiado guapo y demasiado seductor para competir contra él.
— Una noche para dormir — dijo en un hilo de voz, más acentuado por el leve masaje que iniciaban los dedos masculinos en sus hombros— . Estoy algo cansada, milord.
— Milady… — les interrumpió de nuevo Ebisu y ambos se volvieron— . Denki, el chico de las caballerizas… Me dijo que le hiciera saber que…
Hinata no le dejó terminar. Se recogió el ruedo del vestido y corrió hacia la salida diciendo por encima del hombro:
— Lo lamento, pero ahora eres tú el que debe disculparme.
Naruto se quedó allí varado hasta que Ebisu se aclaró la garganta y dijo:
— Parece que vamos a tener un nuevo potrillo, excelencia.
El duque no pudo por menos que asentir y salir en pos de su esposa. Iba a nacer un potro. Bien. ¿Y qué tenía ella que ver con eso?
Las caballerizas apenas estaban iluminadas y la única lámpara que había encendida y los relinchos de Sombra guiaron a Naruto hasta el establo donde la yegua iba a parir. Estuvo a punto de tropezar al toparse con la escena. El animal se encontraba tumbado y pujaba al tiempo que emitía fuertes bufidos. Sus grandes y oscuros ojos casi se le salían de las órbitas. Denki a un lado y Hinata al otro, intentaban calmarla.
— Vamos, bonita. Aguanta un poco más — decía ella.
El joven Denki lo vio y le saludó con un rápido movimiento de cabeza.
— Lo lamento, excelencia — se disculpó— , pero Sombra tiene dificultades y milady deseaba…
— Naruto, trae un cubo de agua y jabón.
No dudó en buscar lo que se le solicitaba y lo puso al alcance de ella. Sin preocuparse del vestido que se recogió por encima de las rodillas, Hinata se remangó hasta los codos, se lavó manos y brazos a conciencia y centró su atención en la yegua. Introdujo una mano por la vagina del equino y tanteó.
— No está en posición.
Sombra lanzó otro relincho de dolor e intentó levantarse, pero Denki se tumbó sobre la cabeza de la yegua y ella le fue palmeando el lomo.
— Calma. Calma, preciosidad. Todo va a salir bien. Vamos a ayudarte, ¿de acuerdo?
Naruto creyó que vacilaba, pero no. Volvió a meter el brazo hasta casi el codo dentro del animal. Sombra piafó, inquieta y dolorida, y ella la chistó mientras restregaba su nariz por su vientre. La yegua se movía y ella no dejaba de calmarla. En la vida se había sentido tan inútil viendo trabajar a los dos, codo a codo, como uno solo, mientras él miraba asombrado y sin saber qué hacer.
— ¿Puedo hacer algo?
— Ayuda a Denki a que no se mueva, estoy a punto de… ¡Eso es! — dijo ella jubilosa impulsando a Naruto a arrodillarse junto a Denki tratando de contener los espasmos de la yegua que se obcecaba en levantarse. El entusiasmo de Hinata aguijoneó su corazón con un optimismo que le envolvió— . Empuja ahora, cariño. Empuja.
Sentada sobre sus talones, humedecidos y manchados de sangre sus brazos, despeinada, con el vestido arrugado alrededor de sus piernas, era el ser más hermoso que Naruto había visto nunca. Apartó los ojos de ella cuando la yegua lanzó un relincho y aparecieron los miembros anteriores del potro cubiertos por membranas por entre la vulva del animal. Entre los tres la mantuvieron acostada mientras empujaba. Por fin, vieron la cabeza del potrillo.
El nerviosismo de Naruto iba en aumento. Era la primera vez que asistía al parto de uno de sus hermosos animales y estaba fascinado. Entretanto, Hinata tiraba con decisión de los miembros del potrillo, justo en el momento en que una nueva contracción tensaba el vientre de Sombra y ésta pugnaba por expulsarlo. Una vez fuera, Hinata rompió la membrana del hocico y limpió los conductos nasales. El recién nacido se deslizó seguidamente fuera del vientre materno, aún recubierto de algunas membranas, mojado y unido a la yegua por un oscuro cordón umbilical.
— Lo estás haciendo muy bien, Sombra — Oía a su esposa como en un sueño— . Lo estás haciendo muy bien.
Denki dejó escapar el aire largamente contenido y se limpió el sudor de la frente en el antebrazo, a la vez que cruzaba una mirada embelesada con la muchacha, totalmente encandilado con ella.
A Naruto le aguijonearon unos celos que nada tenían que ver con la pasión sino con la comunicación espiritual entre ellos.
— Es una cosita preciosa — dijo el chico.
— Sí que lo es — asintió ella, limpiándose los brazos en la falda de su vestido y observando el color café del potro— . Un macho guapísimo, Sombra.
Como si les diera la razón a ambos, la yegua se movió a un lado para que se rompiera el cordón e izó la cabeza para mirar a su pequeño. Relinchó y volvió a acostarse, cerrando los ojos. Nunca un animal le había parecido a Naruto tan hermoso y se maravilló de la sabiduría de la Naturaleza. Acarició el hocico de Sombra.
— Buena chica — alabó.
Hinata y él también se miraron. En ella brillaba la satisfacción del trabajo bien hecho. Naruto reprimió inclinarse hacia ella y besarla. Todo lo que hizo fue estirar la mano y limpiar la mancha de sangre de su mejilla. Con la mayor humildad acertó a decir:
— Gracias.
Hinata se incorporó, se alisó cuanto pudo la falda y recolocó el cabello que había escapado de su peinado, definitivamente arruinados ambos.
— Déjales descansar un poco, Denki.
— Sí, excelencia. Y no se preocupe por nada, yo me encargo de lo demás. Dentro de unos minutos el potrillo estará husmeando las caballerizas.
— Mañana vendré a verlos. Si surgen problemas de fiebre o…
— Vaya tranquila, milady. Sombra y su hijo estarán bien atendidos.
Ella preguntó a su esposo por encima del hombro:
— Deberíamos elegir un nombre. ¿Puedo?
— Por supuesto.
— Terrón. Es el color de la tierra húmeda donde ha nacido.
Hinata acarició de nuevo a la yegua, que respondió con un relincho agradecido, y se dirigió hacia la salida.
— ¡La mejor duquesa posible! — escuchó Naruto decir a un Denki abrumado, un segundo antes de seguir los pasos de su esposa.
La alcanzó antes de que traspasara la entrada.
— ¿Dónde has aprendido…?
— Amo a los caballos. Mi hermano Neji tiene magníficos ejemplares, es su pasión. Desde muy niña he estado vinculada a ellos, los caballos son muchas veces mejores que las personas. Y, desde luego, más leales.
Ella tenía razón. ¿Acaso a él no le habían defraudado frecuentemente las personas? Sin embargo, no así sus monturas.
— ¿Te apetece una copa? — ofreció. Él, desde luego, sí necesitaba una. O dos. Porque a la excitación del maravilloso acontecimiento del que acababa de ser testigo, se unía la efervescencia de estar al lado de una mujer cada vez más fascinante— . Aún es pronto.
— Estoy hecha un desastre…
— Estás preciosa.
— … necesito un baño — continuó ella como si no hubiera oído el cumplido— . Lástima del vestido, no creo que pueda salvarse.
— Eso no es problema, tendrás todos los que necesites. Conozco una modista en Londres que… — Cayó en la cuenta de haberse despreocupado por completo de las necesidades más elementales de su esposa. Ni siquiera sabía si Hinata disponía de vestidos suficientes o joyas acordes con su nueva condición.
— Excelencia — cortó ella elevando el mentón y endureciendo la mirada— . ¿No pretenderás pagarme el trabajo?
— Eeeeh…
— Mejor no digas nada. Felicidades por el nuevo potro, milord, y buenas noches.
Se perdió escaleras arriba y lo dejó sin capacidad de reacción. Se le había escurrido literalmente. Por si fuera poco, le había derrotado de palabra y de hecho, con desprecio olímpico a su ofrecimiento. Cabizbajo, se apoyó en el pasamanos y luego guio su vista al rellano por el que acababa de desaparecer.
Naruto se caracterizaba por saber siempre, en todo momento, cómo debía actuar. Sin embargo ahora, parado allí, como un estúpido, no sabía qué hacer. Hinata lo desubicaba. En muy poco tiempo se le había revelado fuerte de carácter, rebelde, fiel a sus principios y aficiones, bien fueran caballos o su escritora favorita. Una soñadora que hacía frente a la adversidad aunque fuera en forma de fantasmas. Un hada fascinante que no dudaba en hacer a un lado su feminidad y atender causas sin dilación por más que fuera el nacimiento de un potrillo. Una mujer que, además, no buscaba compensaciones ni cumplidos. Un cóctel de difícil digestión para alguien como él, acostumbrado a tratar con dos tipos de mujeres: las mentirosas y las interesadas, con aisladas excepciones, por supuesto. Su flamante esposa no parecía ni una cosa ni la otra y, por tanto, lo desarmaba. Pero, lejos de molestarle, lo seducía.
Subió a su propio cuarto. También su ropa dejaba bastante que desear. A Choji, su valet, no le gustó demasiado.
A la mañana siguiente apenas cruzaron unas pocas palabras durante el desayuno porque Naruto debía volver a Londres para ultimar detalles en relación con la nota recibida el día anterior. Pero Naruto se prometió regresar aquella misma noche. No volvería a cometer el error de quedarse a dormir en la ciudad. Su esposa le esperaba y él le debía una dedicación que no le había prestado a consecuencia de sus numerosos compromisos.
Por supuesto la proveería de los vestidos y alhajas necesarios, le gustara a ella o no. Mandaría limpiar las joyas ducales y se las entregaría.
Hinata, por su lado, pasó gran parte de la mañana en las caballerizas, embelesada con el potrillo, aunque ni siquiera Terrón pudo aplacar su mal talante. A media tarde reemprendió la tarea de anotar lo que quería renovar en ciertas habitaciones, jugando con la idea de gastar más de lo necesario como una venganza que remitía su estado de ánimo. Alejó de su mente los acontecimientos de la pasada noche. No quería pensar en ellos, no deseaba asumirlos porque la empujaban a la inestabilidad emocional.
Después de bañarse se había metido en la cama, exhausta tras el parto de Sombra y por la excitación que Naruto levantaba en ella y que había conseguido mantener controlada. Pero ella era una persona que solía exteriorizar sus sentimientos y tener que atar corto los que él le provocaba resultaba agotador. Más de una vez, a través del semblante de su esposo, que cambió de estático y taciturno a admirativo y jovial cuando vio nacer al potro, le llegaron deseos de besarlo. Cada vez se hacían más fuertes y perentorios.
Sin embargo, no fue el recuerdo desestabilizante de Naruto Uzumaki lo que la mantuvo en vela buena parte de la noche, sino los ruidos. Los sonidos fantasmagóricos volvieron a repetirse en su recámara. Siseos, tintineo de cadenas, a veces susurros que imitaban las sílabas de su nombre.
El miedo inicial dio paso a la irritación. Porque ya no le cupo duda de que alguien la había tomado de conejillo de Indias para sus macabras bromas. Daría con el zumbón fantasma nocturno y le pondría de patitas en la calle, se juró.
A Naruto no le fue posible regresar esa noche y anochecía el día siguiente cuando volvió a Uzumaki House.
Ebisu le informó que Hinata estaba acabando de cenar y él se unió a ella presuroso apenas se aseó un poco y se cambió de ropa.
Al entrar, viéndola tan sola en el inmenso comedor, le pareció un gorrión enjaulado y se alegró de estar con ella, maldiciendo el trabajo que le había retenido en la ciudad. Se acercó, se inclinó y rozó ligeramente su mejilla con los labios.
— Lamento el retraso — se disculpó.
Los ojos de Hinata le siguieron mientras se acomodaba en la silla frente a ella. Se recuperó del estremecimiento que había provocado su tenue caricia y adoptó una pose de indiferencia, aunque seguía encontrándolo muy atractivo.
— ¿Resolviste tus asuntos en Londres? — preguntó, trazando círculos en un platillo auxiliar.
— Todo fue bien, sí. Gracias por interesarte.
Hinata esperó, en completo silencio, hasta que le sirvieron. Él había dado una respuesta concisa, así que no pensaba contarle nada. ¿Por qué iba a hacerlo? Ella no era más que su esposa, ¿verdad? Y las esposas estaban para lucirlas y tener hijos, no para compartir e intercambiar opiniones con ellas. Empujó su plato, dejó la servilleta sobre la mesa y se levantó antes de que uno de los criados tuviera tiempo de retirar la silla, que chirrió contra el suelo.
— Terrón y Sombra se encuentran perfectamente, por si te interesa saberlo — comentó— . Si me disculpas…
— Me gustaría que te quedaras a cenar conmigo. Tenemos que hablar.
— ¿Sobre qué? Tu ama de llaves puede darte un informe completo sobre los sucesos del día, Denki controla las caballerizas, tu valet te tiene preparada la ropa y Ebisu te mantiene dispuestas las misivas que llegaron a tu nombre. — Las cejas del duque se combaron— . Por mi parte, no he hecho otra cosa que anotar lo que quiero cambiar en algunas dependencias. Y tú en eso no estás interesado, ¿verdad?
Le dio la espalda y salió.
Naruto captó claramente la tosecilla divertida de uno de los sirvientes y no esperó más. Olvidando la cena, se incorporó, lanzó la servilleta en el plato y la siguió con largas zancadas.
Alcanzó a ver el ruedo del vestido cuando se perdía por el recodo de la galería del piso superior y aceleró el paso.
Que lo dejara con la palabra en la boca se estaba convirtiendo ya en una costumbre que no iba a derivar en norma, desde luego. No buscaba un enfrentamiento doméstico. Se trataba, ni más ni menos, de su necesidad de estar con ella, de acompañarla. ¡Y qué diablos! También de gozar de ella sin sobrepasar el límite acordado. No deseaba lidiar con su esposa, sino tenerla definitivamente en su cama; ese pensamiento le había estimulado durante todo el día.
A lo lejos, batió el fragor de la andanada de un trueno. Uzumaki House volvía a estar cercado por nubes negras y densas, algodones oscuros que pendían de un firmamento cargado de tormenta. El temporal que se avecinaba hizo recordar a Naruto la extraña presencia a la que Hinata se había referido y subió las escaleras de tres en tres.
Al doblar el recodo del pasillo frenó en seco y se quedó mirándola, a un par de pasos tan sólo.
Ella permanecía con la mano en el picaporte de la puerta de su habitación, el cuello vuelto en la dirección de donde él venía. Las lámparas dibujaban reflejos azulados en su gloriosa cabellera. En el juego de luces y sombras del pasillo resultaba casi etérea. Era muy bonita.
Hinata pareció recuperar la iniciativa, hizo girar el picaporte, empujó… y el musculoso brazo de Naruto pasó por delante de su cara para sujetar la pesada hoja.
— ¡Me has asustado!
— No era mi intención. Y ya que me has estropeado la cena, me ha parecido prudente cerciorarme de que todo está tranquilo en tus habitaciones.
— ¿Cerciorarte?
— Dijiste que una visión, aparición, o lo que demonios fuese, estuvo aquí dentro, ¿no es verdad? — Al tiempo que hablaba la tomó de la cintura e hizo que entrara. Luego cerró la puerta a sus espaldas. Sin soltarla, caminó hacia la mesita de noche y encendió un candelabro. De inmediato la pieza se tornó cálida y se diluyeron las sombras— . ¿Dónde?
— ¿Dónde qué?
— ¿Dónde viste a esa… cosa?
— ¡Oh, vamos! Ya dedujimos que todo debió de ser una pesadilla.
— ¿Dónde? — insistió él.
Hinata temblaba ligeramente al señalarle los puntos donde presuntamente lo situaba. Naruto supuso que era una reacción lógica al recuerdo de su experiencia, pero lo cierto era que la agitación de ella se debía a su proximidad física dentro de su cuarto.
Naruto inspeccionó palmo a palmo cada hueco, rincón, cada dibujo del muro, cada ranura. Como ella hiciera, pulsó acá y allá, corrió incluso algún mueble y miró tras él.
Hinata no se perdió ni uno de sus movimientos. Centrado en lo que hacía, con pausa y paso a paso, le recordó a un animal salvaje al acecho, en busca de su presa, listo para saltar sobre ella. Se acomodó a los pies de la cama, se cruzó de brazos y esbozó una sonrisa mientras él trajinaba.
Al cabo de un rato Naruto se dio por vencido, tal y como le ocurriera a ella en su infructuosa búsqueda. Abrió cómicamente los brazos en señal de rendición.
— Soy incapaz de ver nada que me haga sospechar, si es que hubiera algo. Lo cierto es que el servicio conoce estos muros mucho mejor que yo, puede que pase meses sin que entre en según qué estancias… — Advirtió una chispa de humor en ella— . ¿Qué te hace gracia?
— Me pareció entender que todo había sido fruto de mi imaginación. ¿A qué se debe que cambiaras de opinión, milord?
Naruto se encogió de hombros, se acercó y se sentó a su lado. Hinata se tensó. El colchón se hundió bajo su peso. Tenerlo sentado en su propia cama no la tranquilizaba en absoluto, pero se obligó a permanecer quieta, aunque el olor corporal que desprendía su esposo provocaba en ella una calidez que la turbaba. Olía tan bien… ¡Estúpida!, se dijo. Estás donde debes, junto a tu marido y, tarde o temprano, deberás compartir con él mucho más que instantes de camaradería a la caza de espectros.
Tampoco Naruto estaba tan tranquilo como aparentaba. La cercanía de ella lo excitaba. Y su virginidad atizaba aún más su excitación. Pero también le provocaba zozobra. El sexo implicaba posesión, pero cuando pensaba en Hinata captaba un aura que tiraba de él más allá del aspecto físico. Por el rabillo del ojo vio que ella restregaba las manos sobre su ropa. Estaba nerviosa y tenía miedo. Un caballero se hubiera levantado y marchado de allí con un beso de buenas noches, pero él no estaba dispuesto a irse.
Entretanto, la tormenta se había hecho presente e inundaba el espacio de destellos blancos.
Justo entonces se abrió la puerta y Natsu entró. Las llamas titilantes de las velas del candelabro desdibujaban su rostro y el relámpago bordaba su silueta.
Se excusó ante la inesperada presencia del duque.
— No sabía que estaba aquí, excelencia.
— ¿Cómo demonios iba a saberlo, mujer? — gruñó Naruto, imaginando su entrada en pleno juego amoroso— . ¿Nunca llama usted a las puertas?
— No, si es la habitación de mi señora — respondió, sin embargo, un tanto altanera y molesta— . Pero me disculpo, milord. Lo tendré en cuenta de ahora en adelante.
— ¿Ha venido también en busca de fantasmas? — interrogó él con aspereza, incorporándose del lecho y acercándose a ella.
— ¿Fantasmas, excelencia?
Naruto comprendió que la buena señora no estaba al tanto de las visiones de Hinata.
— ¿A qué ha venido, señora Natsu?
— Todas las noches ayudo a la pequeña. Quiero decir a milady, a acostarse.
— Pues hoy no la necesita. — Le arrebató el candelabro— . Nos vendrá bien algo más de luz, gracias. — Y, como la criada no parecía haberse enterado, se inclinó hacia ella y casi rozó su nariz con la suya— . Buenas noches, señora. Que descanse.
Natsu parpadeó como si saliera de un trance. Miró al duque a los ojos y luego a Hinata. Allí estaba de más. Enrojeció, agachó la cabeza y se fue.
— Buenas noches, milord. Buenas noches, milady.
— Que descanses, Natsu — contestó la joven.
Hinata aguantó hasta que él cerró la puerta y cruzó el pasador con deliberada lentitud. Luego dio rienda suelta a la tensión acumulada, se dejó caer sobre el colchón con los brazos en cruz y comenzó a reír.
Naruto, embobado, oyó una risa franca y plena que le contagió. Se encontraba ante una mujer exultante que se mostraba al natural, abandonándose de un modo infantil y sin tapujos.
Nunca había conocido a ninguna tan hermosa.
Ni tan deseable.
El escaso control de que había hecho gala hasta ese momento se evaporó y un segundo después se encontró sobre ella, rozando sus labios con los suyos.
El espíritu de Hinata se elevaba y se entregó a la caricia con cierta timidez. Naruto despertaba en ella pasiones desconocidas. Intrigaba, provocaba cierto temor pero, sobre todo, la atraía. Tenía un magnetismo primitivo, misterioso y depredador que anulaba su voluntad. Se vio a sí misma acorralada, como pieza de caza, pero no le importó y se dejó llevar.
— Hinata… — susurró él sobre su boca.
Naruto había conocido a muchas mujeres. Tal vez, demasiadas. La cantidad de matrimonios de conveniencia entre la aristocracia abonaban el campo de los libertinos. Los hombres se casaban para disponer de dama en su casa y en previsión de descendencia, a ser posible, un varón; las mujeres lo hacían para amarrar la seguridad que proporciona un matrimonio. Ni unos ni otras, en la mayoría de los casos, amaban a su cónyuge. Tan sólo se dispensaban afecto y no siempre. Una buena cosecha para calaveras y almas atormentadas como la de Naruto Uzumaki. Llevaba tanto tiempo consiguiendo los favores de damas relajadas y asaltando camas de señoras casadas que cuando abrazó el cuerpo de Hinata se sintió como un estudiante ante su primer examen.
— Naruto… espera.
Hinata se ahogaba. El temor a lo que se avecinaba la paralizaba. La inundaba un deseo anhelante de abrazarlo, de acariciar cada músculo de su cuerpo firme y masculino, pero no sabía cómo debía actuar. Dar rienda suelta a sus apetencias podía darle una imagen equivocada a su esposo. Se ablandó en sus brazos preguntándose si no era vulgar desear besarlo de nuevo, apretarse contra él, gozar de su contacto.
Él se apoyó sobre los antebrazos y escrutó su rostro.
— ¿Estás asustada?
— Sí.
— Sólo estoy cobrando parte de mi deuda — bromeó, para calmarla.
— Ajá.
— ¿A cuánto asciende nuestra cuenta pendiente?
Hinata tragó saliva trabajosamente y rehuyó su mirada.
— Dos o tres caricias.
— Pequeña mentirosa. Alguna más, si la mente no me falla.
— Te falla, milord.
Naruto se rio con ganas.
Acarició sus labios con la punta de la lengua y le masajeó la nuca y el cuello, trazando círculos de fuego en su piel. Su mano moldeó uno de sus pechos… Pero ella no respondió como esperaba. O su esposa era un témpano de hielo o él estaba perdiendo las dotes de seducción que se le suponían.
Se hizo a un lado y se apoyó sobre un codo. Ella tenía el rostro sonrosado y los labios humedecidos y plenos. En sus ojos brillaba una chispa incierta que la hacía más deseable.
Al mirarle, el corazón de Hinata dio un vuelco; él parecía decepcionado.
— ¿Qué pasa? — le preguntó casi sin voz.
— Dímelo tú. Estás envarada y distante.
— No. Es sólo que… — Volvió la cabeza— . No estoy muy segura de cuánto ha de durar cada caricia. Y tampoco sé en qué consiste realmente cada una de ellas.
A Naruto le embargó una infinita ternura y un súbito arrebato de culpa, algo que no contaba para alguien como él, para quien la debilidad era solamente una palabra.
— Yo te enseñaré. Tú únicamente me indicarás cuándo crees que es bastante.
Ella asintió, no demasiado convencida. Si cada caricia era como el beso que acababa de recibir, no pensaba abrir la boca para detenerlo.
— Así iremos llegando a un punto en el que, al final, perderás tu virginidad.
— No soy tonta — se ruborizó.
— En la laguna hablaste de confianza — siseaba Naruto besando con delicadeza su mentón y tanteándola de nuevo— . ¿Podrás confiar ahora en mí?
Ella no respondió y los pozos grises que eran sus ojos se humedecieron. Para Naruto fue un mazazo porque no sabía quién humillaba a quién. En ese instante dudó si abrazarla o estrangularla.
— Mírame, Hinata. — Ella obedeció— . ¿Vas a confiar en tu esposo?
Hinata estaba a un paso de echarse a llorar. ¿Podía confiar realmente en él? ¿En un hombre con la leyenda que arrastraba de su anterior esposa?
— No lo sé — gimió, con voz quebrada.
Naruto se incorporó. Rearmándose de paciencia paseó por la habitación, mesándose el rubio cabello. Navegaba en un mar de dudas. Deseaba que ella se le rindiese, que lo amara y… ¡Por Cristo! Lo estaba volviendo loco, pensó llegado a ese punto. El amor no existía, los hombres y las mujeres se guiaban por el dinero. Por el sexo. Y él era un loco si pensaba que con los besos derribaría la muralla que ella debía de haberse levantado apoyada en el rumor.
Ella lo miraba, contrita. Un hombre así, pendiente de ella, que se acomodaba a su ritmo, que controlaba sus impulsos viriles para no violentarla, podía tener defectos. Claro que sí. Pero si de algo estaba completamente segura era de su bondad. Tenía poder y era su esposa; podía disponer de ella y de su cuerpo cuando quisiera sin dar cuentas a nadie, pero se retenía ante su recelo. No podía ser mala persona.
¿Por qué no había respondido simplemente que sí? ¿Por qué siempre tenía que ser tan franca? Su maldita lengua sólo le acarreaba situaciones comprometidas.
Naruto se acercó al ventanal y recostó un hombro contra el muro. Fuera, las ráfagas de lluvia azotaban la piedra y únicamente pudo ver negrura. La misma que oscurecía su alma. Tenía un nudo doloroso en la garganta y una daga de desprecio hacia sí mismo que se retorcía en su estómago. Seguramente no merecía una esposa como ella, o tal vez se había equivocado al unir de nuevo su vida a una mujer, porque el rencor y la culpa lo habían acompañado demasiado tiempo y no sabía si era capaz de acoplarse a otra persona.
— Confía en mí — le pidió otra vez.
Fue una súplica. Cada fibra de Hinata vibró al oírle. Quería darse a él, sí, pero aún dudaba. Se impulsó para levantarse y se le acercó. Naruto ni siquiera la miró, pero sabía de su cercanía por el siseo de sus ropas y el halo de su perfume. Ella alzó su mano y acarició el severo rostro.
El liviano roce aceleró los latidos de Naruto, pero no se movió. Le dolía cada músculo del cuerpo por la necesidad de abrazarla, pero estaba dispuesto a ejercer de eunuco antes que someterla y asustarla.
— Enséñame.
Aquello fue otra súplica.
Se volvió, la rodeó con sus brazos y su boca, hambrienta, selló la de ella. Su lengua obligó a Hinata a dejarle el paso franco. Fue un beso exigente que embriagó a Hinata como copas de buen vino, saboreando esencias ignoradas, que la instaba a arremeter con su lengua con el mismo ímpetu que ponía Naruto. Sus brazos se enroscaron al cuello masculino con vida propia. Hasta que el contacto de una mano en su pecho hizo que retrocediera un poco y se quebró el encanto.
— Creo… creo que… ya he pagado la primera caricia.
Naruto hubo de esforzarse para no gritar. Para no arrancarle la ropa, contemplarla desnuda sobre la cama, colmarla de besos y fundirse en su carne de mujer. Las malditas normas que urdieron entre ambos le estaban matando, pero había dado su palabra y la cumpliría. Se fue separando de ella y abrió un mueble-bar del que extrajo un botellón y dos copas.
— Un poco de brandy nos vendrá bien.
— Te dije que no bebía. ¿Quieres emborracharme, milord?
— Tan sólo hacer una pausa, señora, o se doblegará mi voluntad y entonces toda la deuda no me parecerá bastante.
Hinata aceptó la copa y probó un poco del licor. El líquido le quemó la garganta y el calor se acrecentó al llegar al estómago.
— ¿Cómo es que hay provisión de brandy en la habitación de una dama? Es algo que me he estado preguntando desde que lo descubrí.
— Este cuarto solía estar a disposición de Shikamaru. El brandy es suyo. Cuando fue a buscarte a Escocia mandé que lo reacondicionaran con perfil femenino, pero olvidé el armario hasta ahora. — Vio que ella había terminado su copa y arqueó irónicamente una ceja— . ¿Mejor?
Hinata asintió. El alcohol había calmado un poco sus nervios. Naruto acarició sus dedos al quedarse con su copa en un roce estudiado. Acabó la suya de un trago y el vidrio tintineó ligeramente. ¡Qué curioso! El implacable duque de Konohagakure temblaba como un mozalbete. Él, que presumía de hombre cerebral y frío y de tomarse el sexo como mero pasatiempo.
Su esposa, con las manos cruzadas sobre el regazo y la cabeza un poco ladeada, parecía estar esperando una clase. Y nada más lejos que verse a sí mismo como un profesor en esos momentos. Sobreponiéndose a la deriva de sus pensamientos, la atrajo de la cintura y se agachó frente a ella. Su mano derecha levantó el ruedo del vestido de Hinata y se posó en su tobillo. Notó que se tensaba.
— Una caricia puede tener muchas formas, Hinata — insistía, restregando su mejilla en la suave tela al tiempo que su mano ascendía pierna arriba y llegaba hasta la rodilla. Se fue incorporando poco a poco y su boca dibujó besos sobre el vestido en el vientre femenino, el estómago, la protuberancia del pecho. A medida que se levantaba, lo hacía también la falda y la exposición de la pierna de ella.
Hinata cerró los ojos con fuerza. Se estaba ruborizando y el pudor la abandonaba. Se abrieron como resortes cuando él alcanzó sus glúteos y empezó a masajearlos en tanto sus labios se perdían en el escote.
— Recuerda que puedes ordenarme parar cuando quieras — le oyó que decía contra su cuello.
«¡Por todos los infiernos! ¡Ahora no! ¡Que no se detenga!», pensó ella.
Naruto proseguía su exploración. Los pechos se le hinchaban, pugnaban sus pezones con la tela, le ardía la piel. Y él no cejaba en su papel de sátiro, pero se controló. Fue desposeyéndola de ropa que siseaba al caer y rodeó su estrecho talle para pegarla a él. Por si ella se decidía a frenarlo, posó la boca en la de ella, pero no la besó, sino que se limitó a pasar la punta de su lengua por las comisuras de sus labios. Su erección, bregando en sus ajustados pantalones, lo estaba matando y le invitaba a apretarse contra su pelvis, haciendo ostentación de su lujuria.
— ¡Oh!
Naruto se retiró un poco para mirarla a la cara. Le brillaban los ojos como piedras preciosas y sus mejillas habían adquirido la entonación sonrosada de un melocotón maduro.
— ¿Estás bien? ¿Quieres que pare?
Ella estaba fascinada. ¿Por qué nadie le había explicado nunca todo aquello? ¿Por qué Natsu había sido tan parca en sus ilustraciones? Se daba cuenta de que no sabía nada de seducción, de libido, de deseo. Tenía que aprender y no tenía tiempo porque su cuerpo clamaba por apagar una llama que la abrasaba. Los agasajos de su esposo eran un señuelo al que no podía, ni quería, resistirse.
Un misterio. Y, como tal, acaparaba su instinto para desentrañarlo.
— No. Por favor.
Los labios de Naruto se ubicaron en el hueco que conformaba su cuello y su hombro. Sus manos abarcaron sus pechos y apretaron suavemente. Ella dejó escapar una ahogada exclamación que se materializó en su entrepierna humedecida y paró su avance sujetándolo de los hombros.
— Esto es… Es… — titubeó.
— Es sólo lo que nos demandamos uno a otro, duquesa.
— Sí, pero…
— Entrégate a mí, Hinata — susurró él— . Confía.
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Continuará...
