Naruto Y Hinata en:

EL CASTILLO DE LA NIEBLA


«Capítulo 15»


Hinata se esforzaba por relajarse. Quería dejarse llevar pero se interponía ese recelo de toda mujer hacia el varón, inculcado desde siglos, que hacía de la virtud un trofeo. Naruto arremetía con sus besos y entonces se le olvidaban sus demonios personales y temblaba como una hoja. Su sangre emprendió una loca carrera por las venas. Era imposible mostrarse desapasionada cuando la besaba así, como si una mariposa batiera alas en sus labios. Era la suya una boca caliente que sabía a pecado. Suspiró al amparo de sus labios en su cuello, allí donde una vena latía errática. Cerró los ojos y se abandonó a sus brazos.

— ¡Eres tan hermosa, Hinata!

No, no lo era, se dijo a sí misma. No pasaba de ser bonita. Pero, viniendo de él, sonaba a música. ¿Qué mujer no se ablandaría ante la alabanza?

Naruto tanteó con los dientes la base de su cuello, se recreó en la clavícula, llegó al escote. Mientras, sus manos lisonjeaban su espalda, subían hasta los hombros, se deslizaban costados abajo. El suave masaje era una marea cálida que invadía a Hinata prestándose al juego erótico que hasta entonces le había sido denegado. Estaba ardiendo y respiraba entrecortadamente.

— Para, no sigas — suplicó.

Naruto obedeció a duras penas. Tenía la fruta madura, a su alcance, pero la abandonaría aunque la ansiaba como un loco. Apoyó su frente en la de ella y cerró los ojos con fuerza constriñendo su ardor, expeliéndose el aliento uno a otro, oscilando en un tobogán sensorial inexplorado para ambos por diferentes razones. Hinata temía porque desconocía y él, ahora se daba cuenta, porque en su afán erótico se estaba convirtiendo en un títere al que no reconocía.

Clavó la mirada en ella y Hinata se ahogó en las profundidades de sus ojos color azul. Tenía que decir algo. Lo que fuera. Era eso o pedirle que la tomase ya, y no se veía preparada aún.

— Se supone que ya hemos finalizado nuestro acuerdo, ¿no?

— ¿Importa realmente, mi bella duquesa?

¿Le importaba? En realidad creía que había tenido suerte casándose con él. ¿Cuántas de sus conocidas debían soportar a un marido de edad avanzada, o nada atractivo, o peor aún, agresivo? Naruto, por el contrario, era joven, misterioso y considerado y, a temor de lo comprobado, un gran seductor.

— ¿Otra copa? — ofreció.

Hinata no pudo reprimir una risita.

— Creo que sí quiere emborracharme, señor mío.

— «Señor mío» — repitió él, bromeando, y tan cerca de sus labios que estuvo a punto de auparse y besarlo— . Si de veras fuese tu señor no me rechazarías.

— No te rechazo. Llegamos a un acuerdo que…

— Lo sé — cortó él, agriando un poco el gesto— . No voy a obligarte. Tómate todo el tiempo que necesites, pero te aseguro que voy a cobrarme la deuda al completo.

— ¿No podríamos… dejarlo para mañana? — sugirió ella.

— No.

— Por favor.

— No, mi preciosa escocesa. — Y su semblante adusto le dijo a Hinata que estaba irremisiblemente perdida— . Esta noche. Creo que ya es hora de saldar el débito. Todas y cada una de las caricias.

— Es que… he perdido la cuenta.

— Yo, no.

La elevó en el aire tomándola de la cintura y con mucha delicadeza la sentó en el borde de la cama. Se situó frente a ella en cuclillas y empezó a levantarle otra vez la falda. Dobló la tela sobre sus rodillas hasta el punto donde se ajustaban las ligas. ¿Desde cuándo no veía una liga virginal? Había desvestido abalorios como éstos en rojo, negro, morado… pero nunca rosas y con florecillas blancas… Carraspeó y empezó a sacarle un zapato. La miró fijamente a los ojos y, con un guiño travieso, lo lanzó por encima del hombro. Ella rio, nerviosa, dejándole hacer. Repitió con el otro zapato que rebotó en el suelo con un ruido seco.

— Vamos a retomar nuestro juego — dijo él, tomando una de las ligas y liberando la media que se fue deslizando pierna abajo.

A ella le ardía la piel pero nada decía, sólo respiraba aceleradamente.

— Excelencia, creo que estás haciendo trampa.

Él apoyó la cabeza en sus rodillas al tiempo que decía:

— No sé si aguantaré esto, Hinata. Creo que nos hemos embarcado en un navío que naufraga por momentos.

— Pero la travesía es un mar de emociones, milord.

La respuesta fue como un bálsamo para él. Terminó de sacarle la media y la emprendió con la otra, demorándose, acariciando su pierna con deliberada lentitud, lo que provocó en ella una gran turbación.

La postura en la que se encontraba, casi arrodillado ante ella, estaba barrenando su voluntad. Sólo tenía que separar un poco sus rodillas y… Se le escapó un suspiro entrecortado. «Despacio chico — se dijo— . Despacio. No revientes al caballo antes de llegar a la meta».

— ¿Nos arriesgamos un poco más, señora?

A esas alturas, incluso para Hinata, cualquier duda rozaba la incoherencia. No respondió. Él tomó su silencio como una aceptación y abarcando sus tobillos con las manos comenzó a subir. Arriba, arriba… Para cuando su mano derecha alcanzó los rizos ocultos bajo el calzón de seda, a Hinata le retumbaba ya el corazón en las sienes y estaba segura de que iba a sufrir un colapso.

— ¡Dios…! — gimió, echando el cuerpo hacia atrás y apoyándose en los codos— . Por favor… ya es suficiente.

Naruto se paró y respiró tan hondo que el aire le hizo daño en los pulmones. Estaba haciendo acopio de toda su fuerza de voluntad, pero si ella insistía en interrumpirle iba a agotar sus reservas: la tumbaría en el lecho, le levantaría el vestido y la tomaría de una maldita vez, saltara o no por los aires el jodido pacto.

— Estoy demasiado excitado para dejarlo ahora, Hinata — se sinceró— . No me pidas…

— ¡No podré aguantarlo! — sollozó ella, rodando sobre el colchón y alejándose.

Su exclamación fue una cuchillada para Naruto. Se incorporó con rapidez poniendo distancia entre ambos.

— ¿Tan horrible te resulta que te toque?

Ella le miró como si estuviera loco.

— ¿Horrible? No, claro que no. Es… es… ¡No sé lo que es, maldita sea! Nadie me ha hecho esto antes.

A Naruto se le iluminó la cara con una sonrisa que fue un fogonazo de dientes blancos y parejos. Echó la cabeza hacia atrás, con los brazos en jarras, esperando.

— ¡No te atrevas a burlarte de mí!

— No me burlo, mi arisca escocesa. — Se tumbó a su lado, boca abajo, como un felino en reposo, con un brazo sobre su talle— . Lo que te pasa es normal. Es el agasajo físico que invade a cualquier mujer a la que le están haciendo el amor.

— ¿Todas sienten lo mismo?

— Bueno… — Le dedicó un mohín de tunante— . Todas las que tienen la suerte de tener a un amante experto en su cama.

— ¡Menudo engreído! — se burló ella— . Eres tan presumido como lo sería un buen escocés.

— Seguramente.

— Innegablemente, excelencia. Presumido e irritante.

— Pero he conseguido excitarte.

— Ni siquiera un poquito.

— Eres una mentirosa encantadora.

— ¿Por no darte la razón?

— No puedes negar que he alborotado tus plumas, paloma.

— Además, pedante.

Él pasó sobre su nariz la yema de un dedo.

— Si no lo he entendido mal, no puedes controlar el deleite que sientes cuando te acaricio.

— Puedo hacerlo perfectamente — repuso, aunque sabía que no era más que una excusa torpe.

— ¿No deberíamos, entonces, seguir practicando tu control, milady?

La garganta de Hinata se convulsionó tragando una saliva que se le había agotado. Él era su esposo. Un hombre sumamente atractivo y, hasta entonces, extraordinariamente galante. Era posible que lo que se decía de él fuera cierto, pero cada vez le daba menos crédito a rumores que él se encargaba de desmentir con hechos. Si Naruto había seducido a su anterior esposa del mismo modo en que lo estaba haciendo con ella, era imposible imaginar que se hubiera suicidado. Aprovechándose de la necesidad masculina, decidió ser un poco perversa y se tumbó, con los brazos por encima de la cabeza.

— ¿Puedo yo tomar un poco de parte activa en nuestro trato?

Naruto no disimuló su asombro. Su miembro, endurecido y rampante, se incrementó de tamaño un poco más. Para enfriar sus pulsaciones alargó la mano y se entretuvo en quitarle las horquillas. El cabello de Hinata se desplegó sobre el edredón. Entrelazó sus dedos en aquella masa que le fascinaba y contestó:

— Podrías, claro está.

Ella le acarició la mejilla, donde despuntaba ya la barba. El roce la incentivó. Naruto tomó su mano y posó sus labios en el dorso de la muñeca. Sus miradas se cruzaron, se quedaron prendidas, se aceleraron sus respiraciones.

Y Hinata Hyûga supo que estaba irremediablemente perdida.

Naruto la dejó hacer.

Él había iniciado el cortejo, pero era extraordinario que ella quisiera explorar también su cuerpo.

Hinata dejó que su curiosidad se paseara por el cabello del duque, por sus pómulos, su nariz y su mentón. Tiró del nudo de la corbata, la arrojó por encima del hombro como hiciese él con sus ligas y soltó los primeros botones de su camisa poniendo al descubierto su cuello, su pecho subía y bajaba, pero Naruto se mantuvo quieto, aunque lo que más deseaba en el mundo era abalanzarse sobre ella, arrancarle la ropa y hacerla suya.

Ella se incorporó y se sentó sobre sus talones para poder acceder más plenamente a él.

Estaba casada, se repetía. Casada con un hombre cuyo cuerpo deseaba descubrir. Quería ponerle freno a tan impíos pensamientos, pero él era un reto al que no podía oponerse. Y Naruto tenía demasiada ropa encima.

Abrió su chaqueta y paseó las palmas de sus manos por la tela de su camisa rastreando los fuertes músculos de su pecho y el retumbar de su corazón. Quiso asaltar más botones, pero se quedó parada. Clavó sus ojos en los de él, entornados en ese momento.

— ¿Voy bien?

Naruto se estaba ahogando, pero asintió, tenso como una cuerda de violín.

Hinata acabó de quitarle la chaqueta y luego trabajó los ojales uno a uno, con deliberada parsimonia. Sí, pensaba. Sí. Le subía rubor a las mejillas, le temblaban ligeramente los dedos, pugnaba en su bajo vientre una necesidad desconocida. Seguramente no se estaba comportando como una dama, pero ¡al infierno con las normas!, quería hacer lo que estaba haciendo. Acababa de descubrir lo que era la seducción y tendría que aprender cómo se comportaba una buena alumna.

Se le atascó el botón más próximo a la cinturilla del pantalón intimidada por el indecente bulto de su masculinidad. Él retiró sus manos, tiró de la tela, rasgándola, y se sacó los faldones. Un brote de agitación impaciente cruzó por los ojos de Hinata ante el torso moreno totalmente expuesto para ella. Le tocó con precaución, exclamando aliviada.

— ¡Qué suave!.

¡Por Cristo crucificado! Naruto perdía el raciocinio por segundos, ya ni recordaba cómo se respiraba. Había planeado seducirla con calma, desnudarla despacio, colmarla de mimos, ir descubriendo su cuerpo poco a poco. Sin embargo, las tornas se habían cambiado. ¿Cuándo había perdido los papeles? ¿Cuándo se había convertido en la presa? Las pequeñas manos masajeaban su pecho con naturalidad, atizándole con punzadas de excitación. Se le nublaba la vista, le dolía cada músculo, estaba siendo torturado… Pero quería seguir así, un juguete en manos inexpertas que le quitaban la razón.

— Puedes pedirme que pare cuando quieras, tal como tú me decías — le provocó ella.

Naruto apretó los párpados y sus manos se convirtieron en puños que se cerraron sobre el edredón. Como respuesta, se le escapó un gemido que ella interpretó como una licencia para seguir. Así que, acalorada por su propia desfachatez, la emprendió con los botones de la bragueta.

Y él la obsequió con un lamento que la paralizó cuando rozó su miembro.

— No es así, ¿verdad?

¡A la mierda si era así!, se dijo el duque. Alargó las manos, sus dedos se engarfiaron en las hombreras del vestido de Hinata y se lo bajó hasta la cintura, profiriendo una exclamación que impulsó más, si cabía, aquella parte de su anatomía que lo martirizaba. Sus ojos se quedaron atrapados en la piel nacarada, en los montículos gemelos de unos generosos pechos perfectos, altivos, que culminaban en areolas oscuras de pezones enhiestos. Los abarcó en sus manos, trémulas como las de un colegial, sopesándolos, clamando por saborearlos.

Hinata echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos. Su cabellera rozó las piernas de él.

— ¡Oh, Señor…!

Había oído que, a veces, el fuego de la pasión envolvía a los amantes en una bruma roja. Siempre creyó que no eran más que bobadas de novela romántica pero comprobaba ahora su veracidad. Flotaba en una nube de deseo incontrolado, la arrastraba una ola imparable. Sus manos, varadas aún en la bragueta del pantalón, se ciñeron a su virilidad. Oyó el siseo del aire escapándose entre los dientes de él y de nuevo se quedó quieta.

Naruto le acariciaba la espalda, los hombros, la cintura. Dejaba un rastro de fuego por donde pasaban sus dedos.

No supo cómo, pero su vestido acabó en el suelo y se encontró totalmente desnuda. El pudor y una pizca de culpa la dejaron sin respuesta. Estaba flotando y se dio cuenta de que ahora yacía boca arriba y él separaba sus rodillas. Ella le había llevado hasta allí, había jugado a excitarle, pero, tan próxima a la definitiva unión, se agarrotaba, aunque también clamaba por ella. Él fue consciente, hizo un esfuerzo por apartar la mirada del triángulo de seda entre sus muslos y clavó los ojos en los de Hinata.

— No me pidas que pare ahora.

— No… pienso… pedírtelo…

Naruto acabó de desnudarse. Hinata se convulsionó al oír el ruido de las botas cayendo al suelo, pero no desvió su atención un ápice cuando él se bajó los pantalones con prisa y los echó a un lado. Un aire denso se arremolinó en su garganta. Su marido era una estatua de bronce. Magnífico. Vagó su mirada por un cuerpo delgado y fibroso de brazos fuertes, torso amplio, vientre plano y piernas largas y proporcionadas. Pero también por un apéndice que despuntaba entre sus muslos: altanero y orgulloso, como su dueño.

Excitado como nunca antes había estado, Naruto permaneció de pie junto a la cama, permitiendo que ella lo contemplara. El trepidar de su corazón lo ensordecía, le vibraba un músculo en la mejilla y no sabía dónde poner las manos. Esperaba como el estudiante al que van a entregar la nota de un examen, agitado y bullendo por derramarse. ¿Dónde quedaba su reputación de libertino?

Ella, arrobada, extendía los brazos llamándole.

Entonces sí. Entonces se dejó llevar, se perdió en el remolino que lo arrastraba. Hacia el triunfo o hacia la destrucción. Le daba igual. Se olvidó por completo del juramento que había hecho tras la muerte de Amaru, abjuró de sus demonios permitiendo que éstos treparan al caballo de su deseo y pisotearan sus antiguas heridas. Fue arcilla en que amasaban las manos de la mujer que había convertido en su duquesa.

Subió al lecho y se tumbó sobre ella. Su miembro se guió a la entrada del éxtasis. Ella estaba húmeda y era suya. Sujetó las muñecas de Hinata con una mano sobre su cabeza y bajó la suya para succionar de un pecho que se irguió al contacto de su lengua. Empujó. Y se encontró con la sutil barrera de su virginidad que lo petrificó momentáneamente. No quería dañarla. Por nada del mundo.

Era incluso capaz de retirarse si ella se lo pedía, hasta ahí llegaba su locura. Pero oyó un canto de ángeles que le condujo al paroxismo:

— No voy a romperme, Naruto. Y te deseo.

En un solo movimiento cruzó la defensa. Ella se tensó unos segundos y luego se relajó. Él se quedó quieto, dejando que se fuera acoplando a él. Le ardía la piel, el corazón trotaba como un potro desbocado, perseguía una alucinación…

El cúmulo de sensaciones que anegaban a Hinata era un tobogán al infinito. Se movió un poco debajo de él para encontrar acomodo y se topó con sus ojos embebidos.

— Así que esto es hacer el amor — balbució.

— No, mi belleza, no — contestó él entrecortadamente— . Esto es tan sólo el umbral.

Salió de ella volviendo a entrar, en vaivenes sin tregua, embestidas lentas y alargadas que la deslizaban lejos de la cumbre y volvían a remontarla a ella.

Hinata impulsó las caderas hacia él, se unió a sus acometidas, le aprisionó los glúteos con sus piernas. Él le soltó las manos y éstas volaron para aferrarse a sus nalgas y apretarlo hacia ella. Sintió que la calidez inundaba todo su ser y se encaramó en la cresta del placer en espasmos que modulaban gritos de plenitud.

Naruto, recostado sobre un codo, no podía dejar de mirarla. Era un hada. Y dormía como una criatura. Tenía el rostro arrobado, los labios hinchados y sonreía. Con cuidado para no despertarla, le besó la mejilla.

Su esposa.

Se endureció reviviendo los momentos pasados. Aún estaba confundido, porque no acababa de entender qué le había sucedido. Había perdido el control y se había dejado llevar. En realidad, era ella quien había marcado los tiempos. Hinata tiritó y gimió en sueños. Tiró del edredón, ella protestó y se colocó boca abajo y él acabó por cubrir a ambos. En la chimenea apenas quedaban los rescoldos del fuego, pero él se negaba a levantarse para avivarlos. Le resultaba imposible abandonar la cama, algo que hacía siempre después de una batalla amorosa.

Era la primera vez que una mujer le hacía perder la cabeza. Cayó en la cuenta, además, de que Hinata lo había conseguido sin proponérselo. Tendría que ir con pies de plomo si quería evitar volver a caer en las garras de una mujer, corriendo el riesgo de enamorarse. No estaba preparado para esa experiencia.

.

.

Continuará...