Naruto Y Hinata en:

EL CASTILLO DE LA NIEBLA


«Capítulo 16»


Se fue despertando. La tibia claridad de la mañana inundaba el cuarto. Volvió la cabeza, buscándole, pero estaba sola. Desnuda y sola bajo el edredón. Por un instante se preguntó si no habría sido un sueño.

Llamaron a la puerta y entró Sâra. Arrastrando los cobertores, Hinata se levantó envolviéndose en metros de tela y esperó a que dispusieran su baño matinal. Dio una ojeada al reloj y se dio cuenta que eran casi las once. ¡Qué barbaridad! No recordaba haberse levantado nunca tan tarde desde hacía siglos.

Una vez a solas, se metió en la tina y se relajó. Su cuerpo vibró al contacto de la esponja, rememorando otros más ardientes e indecentes. Una vez fuera de la bañera, su mirada fue a fijarse en la pequeña mancha rojiza del edredón y las sienes le latieron como si la hubieran pillado en una mentira. Un ardor le subió al rostro. Desde luego que no había sido un sueño. Allí estaba la prueba. Una mezcla de plenitud y bienestar la embargó y no reaccionó cuando Natsu entró en la habitación.

Su aya le dio los buenos días y empezó su limpieza diaria. Con el cobertor en las manos se quedó quieta unos segundos y luego lo dejó a un lado para llevárselo. Entonces se dirigió a Hinata.

— ¿Te encuentras bien, niña?

Hinata asintió, se envolvió más en la toalla y rehusó su mirada.

— ¿Por qué nunca me hablaste de verdad de todo esto? ¿Por qué no me contaste que podía ser tan… tan…?

— Porque a una mujer mayor como yo ya se le han olvidado ciertas cosas, criatura — se congratuló íntimamente, complacida— . Por tu expresión, deduzco que el duque supo comportarse.

Hinata elevó los ojos al cielo. A cualquier cosa llamaba comportarse. Le dio un beso en la mejilla y evitó entrar en confidencias. Se secó y dejó que la ayudara a vestirse una pieza de muselina verde claro con ribetes blancos en el escote y el ruedo de la falda. Una cinta ancha rodeaba su talle. Se peinó con una simple coleta que recogió en un arete y echó un vistazo al espejo antes de salir. ¿Tenía ahora un aire vagamente mundano?

Ebisu le informó que su excelencia había salido a cabalgar, así que ella desayunó a solas, bulléndole mil preguntas en la cabeza. Unos momentos de privacidad le vendrían bien. Además, estaba famélica. No recordaba haber tenido nunca tanto apetito por la mañana.

La tormenta de la noche anterior había dado paso a una mañana fresca y encapotada que anunciaba otro aguacero, por lo que desistió de montar a Ensueño. En cambio, fue a ver a Sombra y a Terrón, al que prodigó algunos mimos antes de retirarse a leer. Aquella mañana no estaba para seguir anotando cambios en su libreta; los flecos de su venganza se estaban deshilando.

Se cruzó con Konan al entrar.

— Señora Konan.

— Sí, milady.

— Cuando regrese su excelencia, ¿querrán hacérmelo saber?

— Sí, señora.

La vio alejarse con su aspecto rígido y reservado que tanto la desagradaba. ¿Qué circunstancias habrían hecho de ella un ser tan solapado y distante? Como en anteriores ocasiones, le transmitió un punto de desasosiego y comprendió que a Natsu le incomodara su altanería. Pero se olvidó de ella de inmediato y se refugió en la biblioteca.

Buscó la última novela de M. Jutsu y ocupó uno de los sillones que daban al lado este. Se acomodó con las piernas dobladas bajo la falda y se zambulló en el misterio por el que transitaba su protagonista. Enfrascada en la lectura, apenas notó que el cielo se iba cubriendo de densas nubes negras y que la luz que entraba por el ventanal se extinguía.

— Milady. — La voz átona de Konan la sacó de su aventura— . Su excelencia la espera en el comedor.

Vio la hora en la esfera del reloj sobre la chimenea y cerró el libro. El tiempo había pasado sin darse cuenta.

— Gracias, señora Konan.

El ama de llaves se inclinó levemente y se marchó. Hinata pensó en subir a cambiarse pero desestimó la idea y aceleró el paso para unirse a Naruto. A medida que avanzaba por la galería, sus pasos se hicieron más lentos. Deseaba y temía encontrarse con él y no acertaba a saber cuál de los dos sentimientos prevalecía. Expulsó aire convulsivamente cuando uno de los criados, al verla llegar, abrió y le cedió el paso.

Y su corazón se detuvo ante él, de espaldas, con un hombro recostado con indolencia en uno de los ventanales. Al oír la puerta, Naruto se volvió y sus ojos se pasearon con descaro desde los suyos hasta la punta de los escarpines, como si la estuviera valorando.

Hinata revivió la intimidad que habían compartido y se sonrojó sin poder evitarlo. Una vez más, se dio cuenta de lo impresionante que resultaba su marido. Y lo esmeradamente vestido que aparecía, lo que no se podía decir de ella.

— Buenos días, excelencia — saludó, avanzando hacia la mesa y mostrando una entereza que no tenía, porque lo que quería realmente era salir corriendo.

Naruto se adelantó a uno de sus sirvientes y retiró una silla para que ella la ocupara. Se acomodó en la de enfrente y esperó a que les sirvieran. No le pasó desapercibido el desasosiego de la muchacha, de manera que con un gesto despidió al servicio y quedaron a solas.

A ella le comía la incertidumbre. ¿Qué pensaría Naruto de ella? Porque la noche anterior pareció gozar con su desparpajo, pero ahora… ¿Cómo era posible que ella se hubiera comportado de un modo tan descarado? Se le vinieron a la mente las desvergonzadas caricias que le prodigó, la forma en que le había apretado las nalgas para exhortarle a poseerla, la entrega desinhibida con que lo besaba… Hubiera querido desaparecer.

Naruto adivinaba su turbación. A él le asaltaban otras dudas. Al despertar y encontrarse junto a ella en el lecho revuelto, le acometió la desazón. La ternura había escalado sus defensas alojándose en el centro de su corazón y estaba confundido. Por eso había salido a cabalgar. Esperaba que el aire fresco, el espacio abierto y el ritmo de una buena galopada le ayudaran a poner en orden sus pensamientos. Sin embargo, sólo había podido volver a ella, rememorando cada segundo, cada beso, cada gemido…

— Lo siento — se avino a decir Hinata.

— ¿El qué?

— Lamento no haberme cambiado para la comida. Y también, mi actuación de anoche. Supongo que me comporté como…

— ¿Como qué? ¿Como una mujer de verdad? Yo creo que estuviste maravillosa.

Hinata parpadeó, se mordió el labio inferior y sus dedos tamborilearon sobre la mesa.

— ¿No estás enfadado?

— ¿Enfadado?

— Las damas no suelen… No pueden… dejarse llevar por ciertas cosas.

— ¿De veras? ¿Qué cosas?

¿Se burlaba de ella? Intentó descubrir un indicio socarrón en su rostro, pero únicamente encontró su gesto de siempre, un tanto interesado quizá. Bien, si él se lo ponía difícil, ella no iba a echarse atrás. Irguió los hombros para darse ánimo y respondió:

— Ser activas. Tocar y acariciar, por ejemplo.

— ¡Ah!

— Imagino que fue un… arrebato de curiosidad.

— Arrebato de curiosidad, ¿eh? — repitió él, afianzando los codos en la mesa, cruzando los dedos y apoyando la barbilla en ellos— . ¿Puedes explicarme qué significa, exactamente, un arrebato de curiosidad?

Hinata suspiró. Dándose tiempo para encontrar las palabras adecuadas, tomó la servilleta y la colocó sobre sus rodillas. ¿Estaría bien pedir un whisky en ese momento, aunque nunca lo había probado? No, mejor una botella. Emborracharse como una cuba. Al menos, así, no entraría en su juego. Había oído decir a sus hermanos que el alcohol provocaba entumecimiento en el cerebro. Justo lo que ella necesitaba en ese momento.

— Una esposa debe ser recatada — continuó.

— Ya veo.

— Decorosa.

— ¡Oh!

— Discreta.

— ¿Sí?

Ella estrujó la servilleta. No, el maldito duque no se lo estaba poniendo nada fácil.

— Y supongo que debe contener ciertas apetencias — acabó, mirándole fijamente.

— ¿Lo has aprendido en tus libros?

— Eeeeh… Pues, no.

— Entonces, ¿quién te ha dicho semejante memez?

— No te burles de mí, por favor.

— Hinata — le habló delicadamente— . ¿Te encuentras bien?

— ¿Bien?

— No me burlo en absoluto. Quiero saber si estás molesta.

Un repentino calor ascendió desde su estómago a las mejillas. ¿Estaba hablando de anoche? ¿Por qué todos parecían interesados en su estado de salud?

— Estoy perfectamente.

— Bien.

Naruto desplegó su propia servilleta sobre su rodilla y la alisó varias veces como si necesitara de un planchado. No sabía por dónde empezar. ¡Maldición! Todo aquello era nuevo para él. Su esposa era una muchacha fuerte, pero sin duda debía de encontrarse incómoda después de… Carraspeó y la observó detenidamente. Estaba preciosa. El rubor teñía sus mejillas y destacaba sus pequeñas pecas en su cara. Quería acariciarlas, besarlas, hundir sus dedos en la mata de cabello y soltárselo para volver a disfrutar de su tersura. ¡Condenado fuera si no deseaba volver a llevarla a la cama!

— ¿Te hice daño anoche?

— Apenas nada — le respondió. No sabía cómo disimular que temblaba. No sabía dónde poner las manos, ni si mirarlo o no.

— De aquí en adelante será mejor — afirmó, acariciándola con la mirada— . Te lo prometo.

— ¿Mejor? — El tenedor que sostenía se quedó a medio camino y en los ojos de ella reapareció su chispa traviesa— . ¿Lo prometes, excelencia?

Carraspeó Naruto y se rebulló en la silla sorprendido por una erección incipiente. La comida había perdido ya todo su interés. Estiró sus brazos por encima del inmaculado mantel y tomó las manos de su esposa.

— Mucho mejor, mi flor escocesa.

.

.

.

Naruto sacudió la cabeza y una miríada de gotitas salpicó a su alrededor.

Hacía frío y el cielo aparecía encapotado y triste, pero al menos el baño helado le había calmado los nervios. Sobre todo, había aplacado hasta la nimiedad el apéndice de su anatomía que insistía en hacerse presente bajo los pantalones cada vez que se encontraba cerca de su esposa. No era un sátiro pero sí era deudor de su masculinidad. Por eso escapó de los muros del castillo tan pronto como pudo. Hinata le había mirado entre esperanzada y dubitativa y él, como un cretino, se había escabullido entre excusas de documentos que no podían esperar.

Había intentado concentrarse en su nuevo manuscrito pero con resultados nulos. La palabra «fuego» le jugó la mala pasada de traerle a la mente a Hinata, y a partir de ahí su inventiva se fue al garete. Así que había escapado a la laguna.

Supuso para sí mismo acerca de su escaso control cuando se trataba de ella. Le costaba asumir lo absorto que se encontraba con la muchacha cuando apenas hacía unos días era una perfecta desconocida.

— Ha sido un deslumbramiento pasajero — se dijo en voz alta.

Pero invocando las manos de su esposa sobre él estuvo a punto de volver a tirarse al agua. Al parecer, de poco le había servido el chapuzón. Escupió una imprecación y se puso los pantalones. Estaba helado y tenía obligaciones que cumplir, no podía pasarse el día allí.

Metió los brazos en las mangas de la camisa y se quedó a medio camino.

— Hola, excelencia.

Naruto se volvió. Fûka, tras el tronco de un árbol, lo observaba con descaro. «Goloso» era un adjetivo perfecto para describir el rictus de sus labios.

— ¿Cuánto tiempo llevas ahí?

— Un rato, milord.

En otras circunstancias hasta le hubiera gustado su desfachatez. Sin embargo, le molestó haber sido espiado por ella mientras se bañaba desnudo. Se abotonó la bragueta ante su mirada hambrienta. De pronto, se encontró ridículo, intentando preservar un pudor que ahora ya no tenía sentido. Lo tuvo antes, cuando estaba en cueros. Acabó de abotonarse la camisa y ella, servilmente, le alcanzó las botas y se arrodilló para ayudarle a calzarlas. Se las arrancó prácticamente de las manos.

— Puedo hacerlo yo solo, gracias.

Ella se sentó sobre sus talones sin perder detalle de sus movimientos.

— ¿Puedo decirle que tiene un cuerpo espléndido, milord?

— Puedes decir lo que te venga en gana, Fûka. ¡Pero no vuelvas a seguirme!

— Antes no le importaba que lo hiciera.

Fue a reprenderla, pero se contuvo. Tenía razón. Amaru había resultado ser una mujer frígida, al menos para él. Su apatía al sexo le había obligado a un celibato demasiado largo y, a su muerte, buscó la satisfacción en brazos de la joven. Hasta cierto punto, podía entender que ella quisiera mantener viva su influencia sobre él, pero ¿no había dejado claro a la moza que todo había terminado? Su propio tío solía llamarlo a veces bastardo, y su comportamiento con ella podía definirse así: la había usado cuando le había convenido pero no había hecho nada por hacerle saber que todo había terminado definitivamente.

— Fûka — le habló sosegadamente, poniéndose la chaqueta— . Las cosas han cambiado.

— Mi deseo por vos no, milord.

— Debes entender que…

— Que se ha casado de nuevo, ya lo sé. ¡Bah! Una escocesa. Tan fría como vuestra anterior esposa, ¿no? Yo puedo darle esa chispa que le falta.

Naruto no pudo evitar esbozar una mueca. Hinata era escocesa, desde luego. Y terca. Y deslenguada. Y atrevida. Pero ¿fría?

El inusitado brillo en los ojos azules del duque puso a Fûka en guardia. Se puso de pie y lo retó preguntando:

— ¿Ha yacido con ella? — Él no respondió, pero lo delataba su silencio— . Ya entiendo. Me ha dejado de lado.

— Tuvimos una aventura que surgió de mutuo acuerdo, pero que ahora debes olvidar.

— ¿Olvidar que ha sido mío y ahora es una vulgar escocesa quien lo acoge en su cama?

— ¡ Fûka!

Naruto la sujetó clavando los dedos en sus hombros. Lo traspasó una vena violenta que controló de inmediato.

— Estás hablando de mi esposa y de tu duquesa. — La zarandeó, soltándola luego y caminando hacia su montura— . No voy a consentir una palabra más. Lo mejor es que te encuentre otra casa. ¡Se acabó, Fûka! Hablaré con la señora Dumond.

A ella se le escaparon las lágrimas, se mordió los labios y fue consciente de que había llegado el fin. Se había hecho tantas ilusiones… Si él hubiera tardado un poco más en casarse de nuevo… Si hubiera habido tiempo para concebir un hijo… No había tomado precauciones. Por descontado que no. Deseaba un embarazo, porque, bastardo o no, sabía que él no la habría dejado tirada, habría tenido al menos el reconocimiento económico como madre, y su hijo, quizá, una herencia ducal. Así de simple. ¡La madre de un hijo del duque de Konohagakure!

La llegada de la nueva duquesa había dado al traste con todos sus bonitos planes. ¡La odiaba! ¡La odiaba y deseaba que tuviera el mismo final que lady Amaru!

No tenía nada que hacer allí y se fue por donde había llegado.

A escasa distancia, alguien que había escuchado el escueto diálogo alargó los labios en una sonrisa despectiva. Tenía un as en aquella partida de cartas y pensaba aprovecharlo. Fûka Bryton era ese as. Con sus cortas entendederas, sería incapaz de disimular la mortificación del rechazo. Todos se darían cuenta de que el duque la había despreciado. E inevitablemente llegaría a oídos de la nueva duquesa que acabaría preguntándose, cuando apareciera su cadáver, quién tendría mayores motivos que el duque para acabar con ella.

Porque Fûka iba a ser asesinada.

.

.

Continuará...