Naruto Y Hinata en:

EL CASTILLO DE LA NIEBLA


«Capítulo 17»


Tsunade Senju entregó a Ebisu el abrigo, los guantes y el coqueto sombrero que lucía. Se recolocó el cabello en la borrosa imagen del cristal empañado y preguntó:

— ¿Está mi nieto en casa?

— No, milady. Su excelencia fue a Londres. Asuntos del gobierno, al parecer. Aunque dijo que regresaría para la cena.

— Asuntos del gobierno. Siempre lo mismo. Nunca lo encuentro cuando tengo necesidad — gruñó la mujer.

— Está la duquesa, milady. ¿Desea que la anuncie?

Tsunade dio un respingo y se lo quedó mirando como si hubiera dicho algo raro.

— Lo había olvidado. — Le arrebató sus cosas y se volvió con pasmosa agilidad hacia la puerta— . ¡Manda cargar de nuevo mis baúles en el carruaje, Ebisu!

— Pero milady…

— No pienso quedarme bajo el mismo techo que esa condenada sangre McKenna.

— Milady, se equivoca, es una joven encantadora — dijo él pretendiendo atenuar uno de los arrebatos de la duquesa viuda— . Si espera a conocerla estoy seguro que…

— ¡Manda que carguen mis cosas!

— Sí, milady, pero…

— ¡Maldita sea, Ebisu! ¿Por qué no haces lo que te digo?

Al hacer su entrada en el hall, Hinata oyó la reprimenda al mayordomo. No le hizo falta más que una ojeada para adivinar la personalidad de la dama. Tenía el porte regio que tantas veces escuchara describir a su abuelo Jiraya.

— Ebisu — dijo Hinata amablemente— . ¿Por qué no sigues las instrucciones de la duquesa?

Tsunade Senju giró ciento ochenta grados dispuesta a hacer frente a la odiosa sangre escocesa con la que su condenado nieto había tenido el descaro de casarse… Pero se quedó muda.

Como en un sueño, se encontró el rostro terso de la joven, la tonalidad plata de unos ojos grandes y directos, su cabello lacio largo y oscuro salpicado de destellos azulados. Pero de alguna forma aunque la chica afortunadamente no tenia nada de aquel hombre fisicamente, algo se lo recordó, tal vez su forma de mirarla, de retarla.

En ese espacio, Hinata aprovechó para llegar hasta ella y plantarle dos besos en las mejillas.

— Bienvenida a casa, milady — saludó, doblando luego ligeramente la rodilla en graciosa deferencia— . ¿Ha tenido buen viaje desde York?

— Excelente — repuso la mujer después de aclararse la voz— . ¡Por el amor de Dios! Que alivio.

— ¿El qué, señora?

Tsunade no era dada a las palabras huecas, y mucho menos a las alabanzas. Siempre había sido directa sin que le importara lo más mínimo la opinión del resto del mundo, aunque con ello ofendiera. Su difunto esposo se lo había repetido en infinidad de ocasiones. Examinó a Hinata con detenimiento. De arriba abajo. Aplicando su gesto altanero con el que solía intimidar al resto de los mortales. Sí, sabía cómo apocar a sus interlocutores, algo que Naruto había heredado de ella.

— No te pareces en nada a tu jodido abuelo.

Ebisu quedo perplejo cuando la joven duquesa se limitó a reírse y Tsunade se quedó sin nada mas que decir.

— Si le soy sincera es el mejor cumplido que podía usted hacerme, excelencia — replicó Hinata— . Y si me permite, milady, le diré, con las palabras de mi abuelo, que usted es asquerosamente agraciada.

A Tsunade le asaltó un acceso de tos.

Ebisu, simplemente, no encontró dónde meterse.

Natsu, que pasaba por allí entonces, se afianzó al suelo, inmóvil, como si así pudiera evaporar lo que acababa de oír.

Hinata sonreía, con las manos cruzadas sobre el regazo, segura de haber hecho el comentario adecuado a la frase de la duquesa viuda.

El silencio se podía cortar. Pero entonces Tsunade rompió a reír y sus carcajadas se expandieron por el amplio hall, regresó el aire a los pulmones de Ebisu y Natsu recuperó el resuello.

Tsunade pasaba los dedos sobre sus párpados y el mayordomo, solícito, le entregó un pañuelo. Se secó las lágrimas y se lo guardó en la manga.

— De modo que tú eres la joven que se ha casado con el cabezota de mi nieto — comentó al fin.

— Tanto como un mulo, señora.

La dama volvió a reír de buena gana.

— ¡Por las barbas de un chivo! Es cierto que no te pareces, pero tienes el sello de los McKenna — musitó con un deje de añoranza— . Al pan, pan y al vino, vino, ¿no es cierto?

— Me temo que en ese aspecto, milady, la parte de mi abuelo Jiraya es muy marcada.

— ¡No seas descarada, niña! — Tsunade frunció el ceño, íntimamente complacida, sin embargo— . Ebisu… ¿qué haces ahí parado? Que vayan subiendo mis cosas.

— Pero milady, hace apenas un momento dijo…

— Su excelencia parece haber cambiado de opinión, señor Ebisu — intervino la joven— . Supongo que ya no le importa que convivamos bajo el mismo techo. ¿Es así, señora?

— Lo has escuchado todo, ¿verdad? Tienes temple, niña.

— Como ya le dije, en eso he salido a mi abuelo, milady.

— ¡Mejor no me recuerdes a ese bárbaro, criatura! Tu coraje merece que te dedique un poco de mi tiempo, pero no vuelvas a nombrar al c… — carraspeó— … a tu abuelo, o saldré por esa puerta y no regresaré.

Hinata asintió inclinando graciosamente la cabeza.

— Había pedido tomar el té en el salón verde, señora. ¿Tendré el honor de disfrutarlo con vos?

Tsunade suspiró exageradamente y dejó sus cosas en brazos del mayordomo.

— Charlemos un poco, aunque no te prometo nada. Que te quede bien claro que no me gustan los escoceses. ¡Ninguno! — advirtió, caminando ya con paso señorial hacia el salón.

Hinata guiñó un ojo al mayordomo y él intentó corresponderla con una sonrisa que se quedó en mueca. Natsu se santiguó y se atrevió a decir:

— No vamos a aburrirnos, señor Ebisu. No señor, no vamos a aburrirnos.

Pero lejos de cualquier confrontación se estaba desarrollando una charla amistosa y jovial.

La duquesa viuda se vanagloriaba de conocer a la gente, de saber por dónde podía ir. Era muy joven pero no le cupo duda de que Hinata Hyûga, ahora Hinata Uzumaki, podía competir con ella misma en arrestos. Y eso le agradaba enormemente, porque hacía ya mucho tiempo que no encontraba un adversario de categoría dispuesto a enfrentarse a ella.

Aunque había pedido expresamente a Hinata que no nombrara a Jiraya, sus preguntas revolotearon en torno a él. Cortésmente, se interesó por su viaje desde Escocia y si se adaptaba en Uzumaki House. Hinata respondía con respeto, pero informándole sin tapujos de lo que pensaba acerca de la espantosa decoración de ciertas habitaciones.

— Han estado siempre así.

— Lúgubres. Muy poco actuales.

— Sí. Es una forma de decirlo — admitió Tsunade.

Al otro lado de la puerta, Ebisu pegó el oído a la madera. Acababan de llegar visitas, pero no se atrevía a interrumpir. El rumbo distendido de la conversación le dio la pauta para anunciar a las dos damas que esperaban ser recibidas. Se ajustó la corbata, tironeó de los faldones de su chaqueta y llamó.

— Disculpen sus excelencias. Dos damas desean verla.

— ¿A quién desean ver, Ebisu? — preguntó Tsunade.

— Perdón. — Se le subió el sonrojo— . Me refería a lady Hinata, excelencia.

— ¡Qué engorro! Tanto título me confunde. Un simple «milady» estará bien para mí mientras dure mi estancia. Haz pasar a esas señoras. Supongo que no te importará que me quede a haceros compañía, Hinata.

— Me encantaría, milady. Por favor, señor Ebisu, encargue más té.

Él se retiró y muy poco después Hinata dejó escapar un grito de alegría, se levantó y abrazó a su mejor amiga.

Ino Yamanaka se inclinó ante la duquesa viuda, a quien conocía desde hacía tiempo. Pero no había llegado sola: su acompañante permanecía en el umbral, pálida como un cadáver. Sakura Haruno evitó la hosca mirada de Tsunade Senju.

— ¡Ya era hora de que te dignases pisar esta casa, jovencita! — le reprochó la dama a modo de saludo— . Ven aquí, niña, quiero verte. Y dame un beso. A fin de cuentas, somos familia.

Sakura había sido literalmente arrastrada por Ino hasta el castillo. No era su intención realizar una visita de cortesía a Hinata Hyûga, pero las circunstancias obligaban. Desde luego, encontrarse allí con la viuda no entraba en sus planes, pero se acercó, hizo una reverencia y la besó en la mejilla.

Natsu entró con nuevos servicios de té, situación que Hinata aprovechó para suavizar la tensión.

— ¡Las he echado de menos! — les confesó mientras servía.

Poco a poco se fueron relajando y no tardaron las cuatro en enfrascarse en los últimos chismorreos de Londres.

— Pues Temari No sabaku está preparando su boda — comentó Ino.

— De modo que ese "problemático" de Shikamaru Nara acabará por llevarla al altar — gruñó la mujer, aunque sonreía— . Porque imagino que es él.

— Sí, excelencia — afirmó Ino— . Están enamorados. Dicen que la boda será en la próxima primavera.

— ¿Es posible que la última moda en Inglaterra sea emparentarse con los escoceses y yo no me haya enterado?

El comentario de Tsunade enmudeció la tertulia y Sakura miró de reojo a Hinata, pero Ino se anticipó en una réplica sin acritud y muy al punto.

— En efecto, excelencia, está de moda. El duque mismo es el mejor ejemplo.

— Vaya que sí. Y nada menos que con el apellido que más detesto.

Hinata disimuló una sonrisa. Aquella mujer no se callaba ni debajo del agua, pensó. Pero Sakura se removía incómoda, echando disimuladas miradas a la puerta.

— ¿Tienes algún problema, niña? — le preguntó Tsunade dándose cuenta de su inquietud.

— No, excelencia.

— Si temes que tu primo aparezca por esa puerta y te eche con cajas destempladas, olvídalo. Estás aquí como mi invitada. Y como invitada de su flamante esposa. Ni siquiera ese demonio se interpondría entre ambas. Otra cosa sería si se tratara de tu padre.

— Gracias, milady — se sonrojó.

— Bueno — intervino Ino— . No podíamos dejar que Hinata se aislase entre estas paredes sin noticias de lo que se cuece por el mundo. Desde que se ha casado no sabíamos nada de ella.

— No me tiene encerrada, Ino, si es lo que insinúas.

— Tú dirás lo que quieras, pero a mí me parecía que sí. Ni siquiera se ha dado la clásica fiesta de presentación.

— Arreglaremos ese descuido de inmediato — aseguró Tsunade— . Una gran celebración es lo que hace falta para que Uzumaki House vuelva a la vida.

— A vuestro nieto no le hará ninguna gracia, milady.

— ¡Al diablo con él! Y bien, Sakura, ¿qué has hecho desde la última vez que te vi? ¿Tienes algún pretendiente?

La muchacha enrojeció hasta la raíz del cabello y bajó la cabeza sin atreverse a responder, pero Ino les confesó:

— Hay un joven, sí. Rock Lee.

— Ino…

— ¿Por qué ocultarlo? Lee es un joven educado. Lo conoció hace unos meses mientras compraba libros en Bond Street. Chocaron y los libros acabaron por los suelos.

— Fue una cosa tan tonta… — susurró Sakura, recordando el vuelco que le había dado el pecho.

— Los paquetes volvieron a manos de nuestra amiga… pero su corazón se quedó en poder de Lee — se empecinaba en apabullarla Ino.

— ¡Qué romántico! — palmeó Hinata.

— Me encargaré de que reciba invitación — aseguró Tsunade Senju— . A primeros del mes entrante, antes de que el dichoso clima nos congele el trasero a todos.

Hinata e Ino asintieron entusiasmadas, pero Sakura se removió en su asiento como si tuviese un puercoespín bajo la falda.

— No podrá ser, excelencia. El señor Lee no… Quiero decir que….

— Lee no tiene ni un penique — acabó Ino por ella.

— Mi padre no permite que me pretenda, milady. Lee no ha tenido demasiada suerte en la vida. Es inteligente y trabajador, pero apenas gana para vivir y mantener a su padre que esta en cama. — Sus ojos empezaban a cubrirse de una película acuosa.

Hinata sabía muy bien lo que era luchar contra eso. Lo que era enamorarse de alguien sin fortuna. Allá, en Edimburgo, ella había asistido al entierro de una buena amiga. Una muchacha que prefirió morir antes que enfrentar el destino sin el hombre al que amaba. La negativa de su familia a concederle su mano a un don nadie precipitó todo y, dos días después de su entierro, el muchacho apareció ahorcado en su domicilio. Dos vidas truncadas y un denominador común: el cochino dinero. Su empatía hacia Sakura fue absoluta.

— No soy buena compañía en estos días — dijo la muchacha, levantándose— . Lo siento. No debería haber venido.

— Entonces, ¿por qué lo has hecho, prima?

La potente voz de Naruto las sobresaltó. El corazón de Hinata inició un alocado galope viendo su masculina dejadez en el vano de la puerta.

Naruto se desembarazó del abrigo, que dejó sobre el respaldo de un sillón y se quitó los guantes con meditada calma. Su acerada mirada se posó en cada uno de los rostros femeninos al tiempo que insinuaba una ligerísima inclinación de cabeza.

— Señoras…

Tsunade no disimulaba su orgullo. Desde luego, era un hombre que podía quitar el aliento a cualquier dama. Lo encontró un poco más delgado, más severo, incluso más mordaz.

Sakura estrujó la tela de su falda entre los dedos y mirandolo de frente le dijo:

— Ya me iba, excelencia.

La primera reacción de Naruto al llegar y enterarse de la visita, le había agriado el humor. Casi había reventado a su montura por el puro placer de estar junto a Hinata y encontrarse un inesperado compromiso le fastidió. Era un proceder egoísta, lo sabía, pero quería a su esposa sólo para él.

— Siéntate, Sakura — pidió, sacando a relucir sus rudos modales.

— Es tarde, excelencia — repuso Ino, levantándose a su vez.

— Por favor.

Ino estaba a punto de replicar, pero él le sonrió de tal modo que se avino a aceptar.

— Continúen con su charla, señoras. Les robaré el tiempo justo de saludar a mi abuela.

Cruzó el salón con aquel aire disoluto, resuelto y gatuno que le caracterizaba, se inclinó y besó a la dama.

— Me alegra tenerte de vuelta en casa, *grand-mère.

Luego se volvió hacia Hinata. En sus ojos azules apareció un fugaz destello y le importaron un comino los preceptos sociales. Pasó una mano tras la nuca de ella, se agachó y la besó en la boca.

— Espero encontrarlas a la hora de la cena — ofreció, sin mirar a otro punto que no fuera el rostro acalorado de su esposa— . Ahora, si me disculpan… Las veré más tarde.

Se fue y las dejó con el silencio de su estela. Luego, todas comenzaron a hablar a un tiempo.

— ¡Por las barbas de un chivo! — repitió por segunda vez en el mismo día Tsunade Senju— . Niña, me parece que acabarás por domar al dragón.

.

.

Continuará...


Dedicado a: Hime hinatita,
tratare de actualizar varias diario xD