Naruto Y Hinata en:

EL CASTILLO DE LA NIEBLA


«Capítulo 18»


Hinata cerró los ojos y se abandonó a la agradable laxitud que invadía su cuerpo.

La velada había resultado perfecta. Hasta Ino se avino a suavizar la opinión que tenía de su marido después de que éste soportara con estoicismo la animada cháchara de las cuatro durante la cena. Una vez sacado a colación el tema de la fiesta, Naruto no se pronunció ni a favor ni en contra, y sólo se mostró muy expresivo ponderando el soufflé con que les sorprendió la señora cocinera. Incluso para un caballero de su temple, el parloteo de sesgo eminentemente femenino unido al anuncio de la pretendida celebración debía de suponer un ejercicio de paciencia considerable.

Hinata había creído advertir, sin embargo, que la coraza de indiferencia de su esposo se resquebrajaba. Envió recado por medio de dos lacayos tanto a los padres de Ino como al domicilio de Sakura, avisando a aquéllos de que su hija dormiría en el castillo y, en cuanto a Sakura y de mutuo acuerdo con su prima, que pasaría la noche en casa de los condes de Inuzuka. Tal y como había comentado la duquesa viuda, era cierto que el dragón se estaba ablandando. Así que aprovechó un primer momento de intimidad, cuando todos se hubieron retirado, para hablar con él sobre el dilema de Sakura. Tenía que conseguir que Naruto tomara cartas en el asunto. Él la escuchó sin abrir la boca y cuando terminó únicamente encogió un hombro y dijo:

— Ya veremos.

Después de tan parca y poco prometedora respuesta la había tomado en brazos y subido al cuarto. A ella le pareció que lo hacía con prisas y el corazón se le aceleró. Se sujetó con firmeza a su cuello y allí reposó su cabeza para esconder su sonrisa de complacencia.

Le había hecho el amor en completo silencio, lentamente y con dedicación, colmándola.

Tras el maravilloso momento, él se quedó dormido, pero ella fue incapaz de conciliar el sueño, y su mente revoloteó entre una maraña de preguntas.

La chispeante luz de las velas dibujaba extrañas figuras en el cielo raso y alargaba las sombras, que parecían moverse. En el exterior, la niebla, la odiosa niebla que siempre parecía lamer los muros de Uzumaki House, daba la impresión de ser más espesa. Si pudiera hacerla desaparecer… Se rebulló, inquieta.

— ¿En qué piensas?

Se ladeó un poco para mirar el rostro atractivo, varonil y relajado de Naruto.

— Creí que dormías.

— Lo hacía. Pero te mueves más que una ardilla.

Sus uñas acariciaron el pecho masculino y se entretuvieron luego en la pequeña protuberancia de un pezón. Esta se irguió y a ella se le desperezó un cosquilleo insolente. Su mano se desplazó hacia abajo, hasta pasar la barrera de su vientre. Y allí la dejó.

La intimidaba su propia lujuria. La intimidaba porque no era ésa la única sensación que se activaba cuando lo tenía a su lado. Era algo mucho más profundo. Y lo temía. Porque enamorarse de Naruto era muy peligroso si él no la correspondía. No podía negar que había demostrado con creces que la deseaba. Él había sabido elevarla hasta cumbres de placer insospechadas. Pero del deseo al amor existía un muro infranqueable que él no parecía dispuesto a derrumbar. ¿Acaso no había dejado claro que no creía en el amor? ¿Que para él era sólo una palabra?

— En la fiesta — le mintió.

El poderoso tórax del duque se irguió y se apoyó en un codo, sonriendo. Se desvanecían sus dudas y emergía el seductor.

— ¿Qué es tan gracioso?

— Pensé que tu mano ideaba la forma de arrastrarme otra vez a la locura.

Naruto la guio de nuevo y la colocó donde deseaba que estuviera. Los labios de ella se fruncieron en un mohín malicioso porque era allí donde quería haber llegado.

— ¡Ah! ¡Vaya! ¡Excelencia!— bromeó traviesa jugando con el mástil indecente.

— Mujer, no soy de piedra. — Naruto enterró sus dedos en la cabellera oscura y la atrajo hacia sí.

Durante una milésima de segundo, sólo una milésima, el cerebro de Hinata rebobinó a propósito de Naruto, amor y deseo, pero mandó el cenizo pensamiento al infierno y se entregó a él sin reservas.

Naruto ya ardía, adherido a la piel femenina. Hinata lo arrastraba tras ella, lo lanzaba una y otra vez al tobogán del frenesí. En sus arrebatos lúbricos no era consciente del poder que ejercía sobre él. Junto a ella no había nada, salvo la necesidad de poseerla, beber el néctar de sus labios, oír sus apagados gemidos y rebasar ambos la cumbre del orgasmo.

Hinata no era una maestra del amor, ni siquiera una alumna aventajada, pero su belleza, el estímulo de su cuerpo joven y su actitud desinhibida hacían de ella un imán que focalizaba toda la pasión del duque.

— Hinata…

Ella era un capullo recién abierto y sólo él había libado su néctar. Únicamente él era su dueño. Casi sin darse cuenta dijo:

— Eres mía y…

Apenas expresarlo fue consciente de haber rebasado sus propios límites. Por unos segundos, no reaccionó. Porque había estado a un paso de comprometerse, de hablarle de amor. No podía caer en un sentimiento que sólo le había frustrado, como frustró a su padre. Apenas conocía a Hinata y su adicción a ella tenía forzosamente que ser el resultado de un celibato prolongado. No volvería a dejarse arrastrar por ninguna mujer. Nunca. Jamás. Había amado a su madre y ella le falló estrepitosamente al abandonarlo. Se enamoró — ¿se enamoró?— de Amaru y ella le pagó con desapego, infidelidad y quitándose la vida junto a la del hijo que esperaba. Del resto de las mujeres que se habían cruzado en su vida sólo cabía olvidar sus miras interesadas en busca de su fortuna y su influencia. Por tanto, debía poner límite a la ternura que le provocaba Hinata. Era eso, o renunciar a sus principios.

Pero la dureza de su miembro, ¡demonios!, no entendía de sutilezas morales. Por eso, cuando los dedos de Hinata lo abarcaron, se desquició, la tomó de la cintura y la montó sobre él.

Hinata se encontró encaramada, con Naruto dentro de ella, insolentemente expuesta y a la vez dominante. Se vio a sí misma impúdica pero se excitaba por momentos.

— Muévete, Hinata.

— ¿Qué?

— Cabalga sobre mí, pequeña.

Él pugnó hacia arriba presionando las caderas de ella y Hinata se aplicó al vaivén con entusiasmo porque, en cuanto empezó a moverse supo que, en efecto, era ella y no su esposo la que manejaba unos embates que a él lo transportaban a un estado sollozante. Las manos masculinas ascendieron desde sus caderas a sus pechos, los abarcaron, presionaron con dureza sobre ellos… Naruto cerró los párpados y se rindió a los espasmos del placer.

Hinata se maravillaba. Era dueña de Naruto, podía llevarlo al clímax y conseguirlo para sí misma.

Un Naruto pleno abrió los ojos y los fijó en la oscura masa del cabello de Hinata danzando aún alrededor de su rostro, cubriendo y revelando sus pechos sumidos en la misma danza. Era la imagen de un hada de los bosques. O de una bruja bellísima. Fuera lo que fuese, lo estaba hipnotizando. Destiló un estúpido orgullo masculino sabiéndose su dueño, pero también se acuciaron las dudas, porque se estaba dando cuenta de que ella podía hacer con él lo que quisiera.

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Hinata despertó a medianoche.

Las velas se habían consumido y Naruto no estaba, aunque persistía su olor y el calor de su cuerpo en la almohada y entre las sábanas. Revivió la última batalla sexual y se desperezó como una gata satisfecha.

No supo por qué, pero intuyó que algo andaba mal. Tenía la boca seca y una languidez que apenas le permitía mantener los ojos abiertos. Trató de enfocarlos pero se le nubló la vista.

En cambio, descubrió una bandeja en la mesita de noche. ¿Cuándo la habían dejado allí? No recordó que nadie lo hubiera pedido pero había un vaso de ponche a medio acabar. Bostezó y se dejó caer. Se humedeció los labios. ¡Tenía la garganta como un estropajo! Alcanzó el ponche y se lo terminó de un trago. Un poco de líquido le resbaló por la barbilla y se lo limpió con los dedos, chupándoselos después. La idea de que la viera Natsu lamerse los dedos la indujo a una risa bobalicona. Su preceptora se pasaba la vida recriminándole ese tipo de cosas.

Con la cabeza rebosante de imágenes de Naruto desnudo, seductor y entregado, intentó regresar a los brazos de Morfeo. Por la mañana aclararía con su esposo el porqué de su desaparición a medianoche; ella quería despertarse con él al lado.

Mulló el almohadón y cerró los ojos. Entonces se rompió el hechizo.

Alguien la llamaba.

Un susurro espeluznante y ronco pronunciaba su nombre.

Escudriñó hasta donde permitían las sombras en tanto su espalda se contraía en un estremecimiento de miedo. Los contornos de los muebles parecían más alargados y amenazadores.

— ¡Hinata…!

Pegó un brinco y se quedó sentada. Registró los rincones con la mirada, se frotó los brazos, repentinamente helados. Aquel horrible sueño… o aquella deleznable broma se repetía. ¡Por Dios, otra vez no!

— ¡Hinata…!

Con una maldición en los labios echó a un lado las mantas y salió de la cama. El frío de las baldosas aguijoneó las plantas de sus pies. Se sujetó a una de las columnas del lecho y preguntó:

— ¿Quién demonios está ahí?

Le llegó una risa hueca y apagada que la hizo respingar.

Las piernas parecían negarse a sostenerla y tuvo que parpadear repetidas veces para aclarar la visión. Empezaba a notar los brazos pesados. Con un esfuerzo notable avanzó un par de pasos, vacilante, como una criatura aprendiendo a caminar.

— Naruto — gimió— . ¿Eres tú?

Nadie contestó, pero fue consciente de una respiración acelerada y sibilante. Abrió la boca para gritar, pero no pudo hacerlo, sus cuerdas vocales estaban atrofiadas. Tenía la mente abotargada. Dio un paso más y cayó de bruces. Apenas le dolió, como si toda ella estuviera hecha de gelatina.

A cuatro patas, medio atontada, insistió en alcanzar el punto desde el que llegaba el tenebroso siseo del visitante nocturno.

— ¿Quién eres? — interrogó de nuevo a la Nada, sin obtener respuesta— . ¡Maldito seas! ¿Eres una aparición?

Empezó a pensar que sí, que nadie del servicio se atrevería a atemorizarla de esa manera. Además, ¿por qué iban a hacerlo? Su ya menguada opacidad mental la afianzó en la seguridad de que se trataba de un espectro. Ella entendía de esas cosas, ¿no? ¡Si sería mema! Desvariaba y se dio cuenta. Sacudió la cabeza para despejarse, pero ni aun así se le iba la idea de que estaba siendo víctima de una aparición, y el recuerdo de la primera esposa de Naruto se le vino encima.

— ¿Qué quieres de mí?

— ¡La torre…! — Susurró el espanto— . Vete a la torre sur, Hinata…

Se quedó petrificada. ¡La torre sur! ¡Desde allí se precipitó al vacío la anterior duquesa de Konohagakure!

— ¡Basta ya, por Dios! — Se tapó los oídos— . ¡Déjame en paz!

El eco de una risa cascada retumbó en las paredes. Ella gritó. O creyó hacerlo. Después oyó un leve chasquido y una vaharada de aire helado cruzó el cuarto acariciándola como la mano de un muerto.

Luego, todo quedó en completo silencio.

Incluso el viento que azotaba en el exterior pareció remitir.

Cuando Hinata despertó a la mañana siguiente sólo recordaba haber sufrido una pesadilla, pero no pudo concretar de qué se trataba.

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Natsu le alcanzó unas medias de seda blancas y Hinata se levantó el ruedo de su combinación para colocárselas.

— ¿Qué te ha pasado?

Se fijó entonces en los moratones cárdenos de sus rodillas y encogió un hombro.

— Anoche tropecé y me caí — le dijo, acabando de colocarse las ligas con rapidez y cubriendo los cardenales.

— ¿Que te caíste? ¿Cuándo fue eso? — Se interesó sujetando ante ella un vestido color guinda.

Hinata no quiso entrar en detalles. Tenía la mente embotada y únicamente recordaba retazos de lo sucedido. Se puso el vestido y dio la espalda a Natsu para que le abrochara los incontables botones. Pero su aya insistía.

— ¿Dónde te caíste?

— No tiene importancia, nana. Creo que me levanté a medianoche y topé con algo.

Natsu no quedó demasiado convencida. Ella, desconfiada por naturaleza, se olía algo raro, intuía que la joven no estaba siendo sincera. Esperó a que Hinata se sentara frente a la cómoda y le cepilló el cabello para recogerlo después en un moño alto que acentuaba la delicadeza de su rostro y la esbeltez de su cuello.

— ¿Se han levantado ya Sakura e Ino?

— Hace más de media hora.

Ella miró de reojo el reloj y frunció el ceño. Las diez. Se extrañó, últimamente se dormía a menudo. A pesar de todo, esa mañana se encontraba agotada, y de buena gana hubiera vuelto a meterse en la cama.

— No he dormido demasiado.

— Ya imagino — rezongó Natsu con el tonillo condescendiente de quien está de vuelta de las cosas— . Es natural entre recién casados. — Hinata enrojeció pero ella se aplicó a los últimos toques del peinado y luego contempló su obra. Al ver que no se levantaba la observó más atentamente— . Te están esperando para desayunar. Tus amigas pretenden regresar a Londres esta misma mañana.

— Ya voy. — Se puso los pendientes y se incorporó cansinamente.

— Por cierto, no paraban de hablar de los vestidos que tendrían que encargar para la fiesta. ¿A qué fiesta se refieren?

— A la que me servirá de presentación como duquesa de Konohagakure. Lamento haber olvidado comentártelo.

— Creí que tu esposo no era partidario de ese tipo de acontecimientos.

— En realidad, no ha sido idea suya.

— Seguro que no — renegó por lo bajo.

Hinata suspiró. Si había una persona capaz de importunar en el mundo, ésa era Natsu. No callaba nunca lo que pensaba ni aunque la amordazasen.

— ¿Qué es esto? — oyó que le preguntaba con la bandeja en las manos.

— Ponche.

— Eso ya lo veo — dijo, metiendo la nariz en el vaso.

— Es un detalle de la señora Konan.

— No me gusta esa mujer.

— Ya lo sé, me lo has dicho mil veces. Tampoco es que sea santo de mi devoción, pero hace bien su trabajo. He pensado descargarla de algunas de sus obligaciones. Yo podría encargarme de ciertas tareas, ¿no te parece?

— ¿Tareas? ¡No digas tonterías! Ahora eres una duquesa, y las duquesas no se encargan de cambiar las sábanas de las camas o preparar el té.

— Sabes que nunca he estado tediosa.

— Pues monta a esa preciosa yegua que te regaló el duque. Ve a Londres. Sumérgete en obras de caridad. Gasta un montón de dinero en ropa o empieza a redecorar este mausoleo de una vez. Tu marido no te negará nada. Por lo que he podido ver, a ese diablo podrías pedirle la luna y él ordenaría que la descolgaran.

— ¡Natsu!

— Está bien, está bien, está bien. Ya me callo.

— Contén un poco tu lengua. ¿No es lo que me dices a mí siempre? Naruto es…

— Ya, ya. El que te mantiene despierta toda la noche.

— ¡Eres imposible!

La dejó y salió. Estuvo a punto de chocar con quien acaparaba todos sus pensamientos. Como una aparición, espléndido, sólo vestía camisa, su chaqueta colgaba de un hombro y tenía el cabello húmedo.

— Buenos días, milady.

— Buenos días.

— Lamento no haberte esperado para desayunar, pero no quise despertarte. ¿Has descansado bien?

A Hinata no le pasó inadvertido el brillo pícaro de sus ojos azules.

— Poco — contestó, esforzándose en disimular su estado de ánimo sabiendo que Natsu estaba muy atenta a lo que hablaban aunque trajinaba ya por la habitación— . ¿Y tú?

— Poco. — Refrendó su respuesta acompañándola con un guiño.

— Nadie parece haber descansado demasiado esta noche — osó farfullar Natsu.

Hinata puso los ojos en blanco y él se mordió una mejilla para sofocar la risa. Agachó la cabeza para besarla suavemente en los labios y dijo:

— Nos veremos luego.

Se fue alejando hasta el final de la galería, hacia sus propias habitaciones. Ella se preguntó por qué lo dejaba ir. El beso, aun ligero, la había acalorado y hubiera querido más. Irguió los hombros y bajó al comedor.

Por su parte, Naruto cerró la puerta de su recámara y se apoyó en ella. Volvía a estar excitado.

— ¿De qué puñetas me ha servido el baño helado?

Transcurrieron varios días desde la visita de sus amigas. Ino se había ofrecido a confeccionar la lista de invitados, que luego cotejaría con la duquesa viuda. La dama se encargó de dar las instrucciones pertinentes para una limpieza en profundidad y que todo resplandeciera para la celebración, encargando a la señora Konan el control de ese trabajo. Aunque Hinata siempre había sido un espíritu activo, tanto barullo moviendo muebles, cambiando alfombras y retocando detalles aquí y allá la sobrepasaba. Por el contrario, Tsunade parecía incansable. Se la oía decir:

— No, no, no. Esos candelabros allí, Konan. Aquí deben ir las macetas de flores. Ebisu, por el amor de Dios, haga que retiren ese mueble. ¿Dónde están los tapices? ¿Por qué nadie los ha bajado aún?

— Ahora mismo, milady.

— Y ¿dónde demonios se ha metido Choji? — Seguía la duquesa viuda— . Si piensa que sólo debe atender las necesidades de mi nieto, haga el favor de decirle que el duque puede ponerse los calzoncillos él solito. Lo necesitamos aquí y ahora.

— Sí, Su Gracia.

— Milady, milady… — refunfuñaba— . Déjese de tanta gazmoñería y búsquemelo.

— Como mande, milady. — Se ahogaba el mayordomo, que salía de estampida para indagar dónde se encontraba el valet de Naruto

Tsunade Senju era incombustible. Dominaba todo cuanto la rodeaba, lo dirigía a su manera pero tenía la precaución de pedir opinión a Hinata, haciéndola partícipe del desbarajuste en que había convertido el castillo. Incluso consultaba algunas cosas con el ama de llaves. Entre ambas, y con la inestimable ayuda de Konan y la señora cocinera, confeccionaron una lista con las distintas delicatessen que se ofrecerían durante la fiesta, las numerosas cajas de champán que se iban a descorchar, los manteles, las velas…

A Hinata le asombraba el vínculo de camaradería que había surgido entre ambas cuando, para ser sincera, había esperado hallar una enemiga en la duquesa viuda.

Al anochecer, agotada, se dejaba caer en brazos de Naruto. Nunca una fiesta había representado para ella un dolor de cabeza. Pero claro, las celebraciones en Byakugan Tower eran más una reunión de amigos que otra cosa. Ahora era muy distinto: Tsunade Senju quería una velada a lo grande.

Naruto no aportaba ni una sola idea y arrugaba el ceño cuando le interrumpían con cuestiones de última hora para el dichoso festejo, pero no se quejaba. Y aguantaba las diatribas de su abuela a propósito de la conveniencia o no de que tal o cual persona acudiera a Uzumaki House, con una paciencia increíble.

— ¿Los Shimura? — Protestaba la dama escudriñando la lista enviada por Ino— . ¡Ni aunque el culo de Satanás se congele! Ese idiota de Danzo aquí no pinta nada. El conde de Tenro, no. Lady Mei Terumi, tampoco.

— Te llevabas bien con ella, grand-mère — intervino Naruto.

— Tú lo has dicho: me llevaba. Hasta que encargó un vestido idéntico al mío el año pasado y tuvo la osadía de estrenarlo dos días antes que yo.

El duque de Konohagakure podía haberse escabullido con cualquier pretexto, pero callaba y asentía, resoplaba o suspiraba, acompañando a su esposa cuando su abuela le encargaba que comprobara si se estaban haciendo las cosas como se debía.

Los días transcurrían movidos, pero las noches eran un reconstituyente delicioso. Naruto se comportaba de un modo tan encantador que Hinata no acababa de creerse que se pudiera ser tan dichosa. Cuando subían a la habitación — siempre a la de ella— , su esposo la desnudaba lentamente, besando cada trocito de piel que iba descubriendo, sofocándola, agitando su deseo. Una vez colmados, al primer bostezo de ella replegaba sus apetencias, hacía que se tumbara boca abajo y masajeaba sus hombros, espalda y piernas hasta sumirla en el sopor. Luego, cuando ella se dormía, la arropaba, la besaba en la frente y se marchaba.

Naruto se perdía únicamente a media tarde, recluyéndose en la biblioteca hasta la hora de la cena. Hinata hubiera deseado en más de una ocasión aislarse con él y dedicar un tiempo a la lectura. Echaba de menos imbuirse en las fascinantes historias de su novelista preferida, pero era imposible con la abuela duquesa rondando por todas partes; no la dejaba ni a sol ni a sombra.

Día a día, Hinata florecía. Y Natsu, a pesar de criticar lo que ella consideraba una actividad de locos y un gasto excesivo, iba suavizando poco a poco su opinión sobre el duque, seguramente por el grado de felicidad que transmitía su niña.

Otro factor ayudaba: Hinata no había vuelto a sufrir las inquietantes visitas nocturnas. Incluso el fantasma de Uzumaki House parecía haberse tomado unos días de asueto ante el delirante ajetreo para preparar la fiesta. Hinata trataba de relegar las extrañas experiencias al rincón más apartado de su mente, aunque ocasionalmente reaparecían al empujar la puerta de su recámara. Tentada estaba de comentarle a Naruto que habían vuelto, pero al final optaba por posponerlo, sobre todo si se encontraba en sus brazos. No quería que su reiteración sembrara dudas en su esposo sobre su estabilidad emocional.

Una tarde, haciéndose acompañar por dos criados que transportaban a las buhardillas unas cajas, se plantó ante una escalera semiescondida en la que no había reparado antes. Era estrecha, oscura y empinada.

— ¿Adónde lleva? — les preguntó.

— Sube a la torre sur, excelencia.

La desangelada voz del ama de llaves hizo que diera un respingo. Allí estaba, a su lado. ¿De dónde había salido? Un instante antes no había nadie en la galería salvo ella y los dos sirvientes. Disimuló esa inquietud que siempre le producía su presencia.

— ¿A la torre sur?

— Eso es, señora. Pero la puerta de acceso está clausurada.

— Ya.

— Por si milady no lo sabe, la anterior esposa de su excelencia se despeñó desde esa torre.

Hinata sintió que el color se le iba de las mejillas. Sí, claro que lo sabía. Todo Londres lo sabía. Toda la maldita Inglaterra lo sabía. Pero diríase que Konan se solazaba sacando a colación el macabro suceso.

— Gracias — musitó, esquivando la mirada fría y el semblante severo del ama de llaves— . Creo que la duquesa viuda necesita de sus consejos.

Konan se alejó con el mismo sigilo con el que había llegado, y Hinata no pudo evitar echar otro vistazo a aquellas escaleras. Controló un estremecimiento y continuó andando pero con desasosiego al sentir que unos ojos invisibles vigilaban sus pasos, lo que espoleó más su curiosidad. Tarde o temprano visitaría aquella torre; enfrentarse con sus miedos era el mejor remedio para desecharlos definitivamente.

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Continuará...