Naruto Y Hinata en:

EL CASTILLO DE LA NIEBLA


«Capítulo 19»


Tsunade y Hinata repasaban lo que podía ser la lista definitiva de invitados cuando fueron interrumpidas por Ebisu.

— Una nota para Su Gracia — anunció, entregando un sobre a la joven.

Hinata lo rasgó y leyó. Arrugó las cejas y dijo con sorna:

— Definitivamente, el dragón se está ablandando.

Pasó a Tsunade la carta, se ajustó ésta los coquetos impertinentes al caballete de su señorial nariz y le dio un vistazo. Era de Sakura. Leyó en voz alta:

Querida Hinata:

Soy tan feliz que apenas puedo creerlo, y todo gracias a tu esposo. Ha tenido a bien escribir al conde de Sarutobi recomendando a Lee para el puesto vacante de administrador de sus fincas. No sé cómo se ha enterado de la capacidad de Lee para este trabajo, pero su señoría lo ha mandado llamar. Yo diría que mi padre ya lo ve con otros ojos. Hinata, por favor, transmite a Naruto nuestra gratitud por su generosa ayuda, aunque nosotros se lo agradeceremos en la fiesta.

Con todo mi cariño, vuestra prima,

Sakura Haruno

La duquesa viuda se quitó las gafas y se masajeó el entrecejo. Luego, se dirigió a Hinata.

— No lo puedo creer. ¿Qué estás haciendo con mi nieto, criatura? Llevaba años sin querer saber nada de esa rama de la familia.

— Fuera lo que fuese que ocurrió antaño, Sakura no es la responsable, y Naruto es un hombre maravilloso.

— ¡Ja! ¡Como Satanás cuando quiere llevarse un alma al infierno!

Hinata pensaba que tenían más o menos todo controlado para el festejo, pero se percató de su equivocación cuando hizo su aparición en el castillo la señora Haruna Wildes, acompañada por dos aprendizas, con el único fin de confeccionarle vestidos.

— Tengo un ropero nutrido — se quejó.

Era cierto. Su padre había sido generoso en ese sentido. Un dispendio en trajes nuevos era dilapidar el dinero, cuando existía tanta gente necesitada. Desde pequeña, su madre les había inculcado que debía ayudarse a los más desamparados, y para corroborarlo hacía frecuentes donaciones a instituciones de Edimburgo. Iban a gastar una cantidad excesiva en la fiesta y en alegrar un poco la vetusta cara de los viejos salones, así como algunos de los cuartos del castillo, por lo que engordar la factura venía a ser poco menos que inmoral.

Tsunade chascó la lengua y dijo:

— La duquesa de Konohagakure no puede vestir de cualquier modo.

— Le aseguro, milady, que mi vestuario, aunque no demasiado lujoso, no abochornará al duque.

— No lo dudo, criatura. Pero unos cuantos vestidos más no arruinarán a mi nieto y, además, a no tardar, tendrás que ser presentada en la Corte. La señora Haruna Wildes tiene que tomarme medidas a mí y bien puede aprovechar el viaje.

Hinata no tuvo más remedio que ponerse en manos de la modista. Dos días después juraba en arameo y le dolían hasta las pestañas: pasarse horas de pie, soportando pruebas y la punta afilada de algún alfiler iba poco con ella.

Naruto apenas se había dejado ver desde que llegase aquella inquisidora con cara de ángel pero con menos puntería que su hermano Sai.

— Definitivamente, el color Lila te sienta de maravilla.

— A mí me hubiera gustado más en verde.

— No, niña — intervino Natsu que parecía haber formando tándem con la viuda— . El Lila es tu color.

¡Cualquiera llevaba la contraria a esas dos! Se volvió un poco para verse reflejada en el espejo. Aunque no quisiera dar su brazo a torcer, el modelo le caía como un guante y realzaba el tono de su cabello. Claro que también realzaba las dichosas motitas de su nariz. Lo cierto era que le dolía la cabeza. Ya no estaba segura de si iban a invitar al conde de Aburame y contratar los servicios auxiliares de criados del pueblo o iban a invitar al conde de Pueblo y contratar los servicios de criados de Monferraux. En su cerebro bullían tantos nombres y títulos que le bailaban sin cesar.

En un arrebato se deshizo del vestido y lo lanzó sobre una silla.

— ¡Por todos los infiernos! ¡Basta! — La modista se persignó y se escabulló— . Necesito una hora libre. ¡Una hora sólo o acabaré loca! Empiezo a estar hasta las narices de todo esto.

Tsunade Senju, por el contrario, que conocía bien el tejido, no perdía la calma.

— Vístete, Hinata. Hace frío y la nariz roja como una remolacha no te dejaría en buen lugar.

Natsu ayudaba ya a la joven con el otro vestido y se unió a la cantinela.

— ¿Qué pensabas que sería ejercer de duquesa de Konohagakure?

— Desde luego, no ser esclavizada por esa mujer.

— La señora Wildes es una excelente modista. La mejor de Londres.

— Pero le debe de fallar el pulso, porque soy el blanco de sus alfileres, ¡maldita sea! — Se dio cuenta de lo que estaba haciendo y rectificó— . No debería hablar así. Espero que no le diga a Naruto que…

— ¿Que maldices como un pirata? — Arqueó una ceja cómica— . Difícilmente se alarmaría, porque fue él quien me advirtió de esa costumbre tuya.

— Lo siento. Es mi…

— Tu genio escocés, ya.

— Intentaré controlarlo.

— Particularmente, no me importa. Incluso me divierte. También yo, como habrás observado, saco los pies del tiesto en muchas ocasiones.

— Con tal de que en la celebración estés a la altura… — la hostigó Natsu.

— Vale, vale, vale. No vuelvas a repetirme que tengo una lengua viperina, por favor.

Tsunade se echó a reír espontáneamente.

— ¡Qué sabrás tú de lenguas viperinas! Podría darte el nombre de un buen número de damas que, a pesar de sus refinados modales y sus palabras corteses, destilan veneno. Pero controla ese vivo genio que tanto me recuerda al bucanero de tu abuelo, pequeña.

— Aún le tiene aprecio, ¿no es verdad?

— ¿Aprecio a ese buitre nacido de un cuervo y una zorra? ¡Condenado sea al infierno!

Hinata celebró su salida con una carcajada, pero a Natsu no le hizo ninguna gracia.

— ¿Esta segura de no llevar sangre escocesa en las venas, excelencia?

— Puede que algunas gotas — respondió ella con sorna— . Bien, creo que es hora de tomarnos un respiro. Una taza de té me vendría estupendamente.

Hicieron un alto y, ya servidas, Hinata preguntó:

— Madame… ¿Sabemos cómo vestirá mi esposo? No me he atrevido a preguntarle.

— ¿Por qué te interesa eso?

— Me gustaría que por una vez lo hiciera de gris. Iría bien con él.

— Que yo sepa, Naruto sólo usa ropa negra y camisas blancas. — Frunció el ceño y clavó los ojos en su taza— . Supongo que va con su modo de ser, con su personalidad y con el deje de amargura que lo acompaña desde que…

— … desde que murió su anterior esposa — finalizó Hinata, harta ya del espacio que robaba a su marido la antigua duquesa de Konohagakure.

— Se ha sentido culpable durante mucho tiempo. Pero dejemos eso — zanjó Tsunade, visiblemente incómoda por el curso de la conversación— . ¿Me acompañarías a dar una vuelta por el jardín?

El aire era frío, pero aún resultaba agradable pasear entre la tranquilidad de los parterres de flores y los robles. Llegaron a la pequeña plazoleta rodeada de rudbequias de color amarillo brillante y cono púrpura, y Tsunade buscó acomodo en uno de los bancos de piedra. Hinata lo hizo a su lado y subió el chal que había resbalado de los hombros de la dama.

— Mi esposo y yo pasamos muchas tardes de verano escuchando música aquí.

— Me hubiese encantado conocerle, excelencia.

— Te habrías llevado bien con él. Era un hombre cabal. Y sensato, todo lo contrario a mí. A su lado encontré la paz. Mi hijo se le parecía mucho. — Una pátina de añoranza abrillantó sus ojos— . Al menos hasta que su esposa lo abandonó. Me pregunto a quién habrá salido mi nieto con ese carácter temperamental y déspota.

— ¿A su abuela? — bromeó Hinata.

— Acaso sí — se atrevió a afirmar— . Pero ¿debería enorgullecerme por cederle esa herencia?

— En el fondo, duquesa, usted es encantadora.

— ¡Que no te oigan! — Ensayó una mueca de horror— . Perdería el respeto que todos me tienen.

Muy a pesar de la señora Wildes, Hinata decidió tomarse la tarde libre y dedicarse a la lectura. Sin embargo, antes de entrar en la biblioteca, fue abordada por Natsu, que casi la arrastró hacia el salón de música.

— He estado sonsacando al servicio. Y no me agrada lo que he averiguado, niña.

Su niñera movía el cuello a un lado y otro, como si buscara algún intruso tras los muebles o las cortinas.

— Bien. Cuenta lo que sea.

— Konan Dumond no me gusta.

— ¡Por favor, nana! Me lo has dicho hasta la saciedad.

— Sí, lo sé. Pero antes de ella hubo otra ama de llaves. Anko Mitarashi.

— ¿Y? Un cargo nunca es perpetuo, y si encontró un trabajo mejor y se marchó…

— ¿Te he dicho acaso que se marchara de Uzumaki House? — Interrumpió Natsu, acompañando sus palabras con la expresión de sus manos en movimiento— . ¿Te lo he dicho?

— No, pero imaginaba que…

— Mitarashi murió. Asesinada.

A Hinata se le puso el vello de punta. ¿Qué pretendía contándole eso? ¿Qué tenía que ver con el hecho de que Konan no le agradara?

— Es mucha casualidad, ¿no crees? — insistía.

— Natsu, si no te explicas, mejor te callas. ¿Qué casualidad? ¿Hay algún vínculo entre la señora Konan Dumond y la anterior ama de llaves?

— No lo sé. Lo que sí puedo asegurarte es que nadie del servicio hace buenas migas con el cuervo, y adoraban a la señora Mitarashi. Enmudecen si pretendes profundizar en busca de información. Es como… Como si tuvieran miedo.

— ¡Qué tontería!

— Estupidez o no, deberías intentar sonsacar a la duquesa viuda. Puede que ella sepa más sobre esa muerte.

— Así que quieres que le pregunte a la abuela de mi esposo sobre un asesinato que ocurrió hace…

— Anko Mitarashi murió tres meses antes de que la antigua duquesa de Konohagakure se tirara desde la almena de la torre sur.

Venía a ser una insinuación de que Konan podría haber tenido algo que ver con el crimen. ¡Choqueaba sin duda alguna! Matar a alguien para conseguir su puesto de trabajo era tanto como imaginar que los caballos podían volar. Despidió a su aya y se encaminó hacia la biblioteca, pero su imaginación había enfilado ya el sendero de la curiosidad que tantos quebraderos de cabeza le daba siempre.

Tan distraída iba que no se percató de la presencia del duque. Tomó mecánicamente la novela de M. Jutsu y se propuso acabarla aquella misma tarde; no podía ser que estuviera relegando su buena costumbre de dedicar un rato diario a la lectura. Se sentó, dobló las piernas bajo la falda, pero no abrió el libro, sino que se quedó mirando fijamente su lomo y el título de letras doradas: Ocultismo y más allá. ¿Realmente ocultaba algo la señora Konan? ¿Habría tenido su esposo algún papel en el suceso? ¡Qué curioso!, se dijo. Si la memoria no le fallaba, había prometido a Shikamaru Nara ser un grano en el culo de su excelencia y, sin embargo, todo lo que le preocupaba ahora era exonerarle a él de cualquier atisbo de culpa. ¿Cuándo había reemplazado su lejanía y animadversión por ese otro sentimiento que la guiaba a confiar ciegamente en él?

Naruto la observaba sin moverse. Había tenido un sobresalto al verla entrar. Disimuladamente, guardó en un cajón las páginas que acababa de escribir y en las que desentrañaba el misterio de Morey Manor, un caserón en el que se habían cometido seis asesinatos. Estaba a un paso de acabar su nueva novela, Noche sin luna, pero la llegada de su abuela y los condenados preparativos del evento que se habían sacado de la manga lo mantuvieron alejado de la pluma. Desde luego, lo que no quería de ninguna manera era que su esposa descubriera el manuscrito y, lo peor de todo, que era él nada más y nada menos que la encantadora M. Jutsu, su autora predilecta.

Su prudencia resultó innecesaria, porque Hinata no había reparado en él y parecía estar en trance.

— Hinata… ¿te encuentras bien?

Ella pegó un brinco y se le cayó el libro de las manos. Clavó sus grisaseos ojos en Naruto como si le hubieran salido cuernos y rabo. Recuperó la novela y se esforzó por aparentar tranquilidad.

— No te había visto.

— Así que ahora he pasado a ser el hombre invisible.

— Pues más o menos, porque casi no te he visto desde que llegó la modista.

— Señora mía, paso por soportar la cháchara de mi abuela, pero aguantarles a todas a la vez hablando de trapos, ni lo sueñes. Por cierto, ¿qué lees?

— Algo que no te gusta, mi señor.

— A vueltas con ese M. Jutsu, ¿eh?

Hinata esbozó una sonrisa. Suspiró, sin ganas de lidiar de nuevo con él sobre el sexo de la autora.

— ¿Te molesta si me quedo un rato? Prometo no interrumpirte.

Naruto asintió y ella abrió el libro, centrándose de inmediato en la lectura. Con cautela, él volvió a sus folios, se centró en las últimas líneas y siguió escribiendo. No pudo poner ni dos frases. Insistentemente, sus ojos se desviaban hacia Hinata. La escasa luminosidad se filtraba a través de los ventanales proyectándose en su cabello y arrancándole destellos cuando movía la cabeza.

Hinata, abstraída en la historia, cambió de postura. Movió un pie hasta que su escarpín(zapato) cayó sobre la alfombra y se masajeó el pie derecho.

A él se le espesó la saliva en la garganta. Nunca le había parecido tan erótico un gesto tan simple. Sin mirar, alargó el brazo para mojar la pluma, pero sus nudillos golpearon el tintero, volcándolo.

— ¡Mierda! — escupió a la vez que se echaba hacia atrás.

Hinata lo vio manotear como un poseso, intentando salvar las páginas del desastre. Se levantó para ayudarlo, pero, antes de que se acercara, Naruto recogió los papeles, arrugándolos, los guardó en un cajón y lo cerró de golpe.

— ¡Qué desastre! — se lamentó ella en busca del secante para absorber el reguero negro que se extendía por el mueble— . ¿Eran documentos importantes?

— Nada que no se pueda rehacer. Sigue con la lectura — dijo percatándose de la mancha de tinta en la manga de su chaqueta— . ¡Vaya cuadro! — exclamó.

Hinata creía que su reacción era un tanto intempestiva, hecho que corroboró al verlo sacar una llave de su bolsillo, cerrar el escritorio y salir dando un portazo. O le ocultaba algo o le mentía. ¿Por qué si no se tomaba tantas molestias en poner a buen recaudo sus papeles? De pronto, el contenido del cajón cobró para ella un interés inusitado.

.

.

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Faltaban pocos días para la celebración y, sin previo aviso, Deidara Uzumaki se presentó en Uzumaki House.

Hinata salía del cuarto de costura y el joven atravesaba la galería como un tifón. Faltó poco para que se la llevara por delante. Llegaba desaseado y notablemente malhumorado, y ni siquiera le dedicó un saludo, limitándose a preguntar:

— ¿Dónde está mi hermanastro?

— ¿Qué sucede?

— ¿Dónde demonios está?

— Trabajando en la biblioteca. ¿Vas a…? — Deidara se alejaba ya a largas zancadas dejándola con la palabra en la boca.

Fue tras él, temiendo un encontronazo con su marido y llegó a tiempo de oír la voz alterada de Naruto.

— ¡¿Un duelo?!

No se atrevió a interrumpirles, se limitó a entrar sin intervenir con su corazón galopando desbocado al conocer el motivo de la visita de Deidara.

— ¿Estás de broma? — retumbó el vozarrón del duque.

— No he podido evitarlo.

— ¡Condenado estúpido! — se lamentó Naruto— . ¿Quién es tu rival?

— Richmond.

— ¿Tobi Richmond? ¡Pero si es uno de tus mejores amigos!

— Mi amigo, sí. Mi amigo hasta que fui esta mañana al banco.

— ¿Al banco? — se extrañó Naruto— . De acuerdo, veamos qué ha pasado. Siéntate y cuéntame.

Deidara apoyó las palmas en la mesa y se encaró con su hermano.

— ¿Tenías que ocultarlo? — le espetó— . Sí, claro, qué pregunta tan estúpida. Tenías que mantenerlo en secreto, como todo lo que haces.

— ¿A qué demonios te refieres?

— ¡A tu jodido dinero!

Un músculo vibró en el mentón de Naruto. Hinata quiso evitar que la discusión llegara a mayores, por lo que se decidió a tomar al joven de un brazo y le instó a calmarse, poniendo distancia entre ambos.

— Vamos. No puede ser tan grave, tranquilízate.

— Me encanta pintar y quiero ir a estudiar a París. No sé… me pareció buena idea ver la posibilidad de que me concedieran un crédito. Tobi me acompañaba y se ha enterado de todo. Así que dime: ¿cómo puedo tranquilizarme si voy a enfrentarme a él al amanecer? — respondió a voces dando un tirón para soltarse.

Hinata no se caracterizaba precisamente por su paciencia, de manera que lo empujó en dirección a un sillón, donde cayó sentado. Lo desafió brazos en jarras y el ceño fruncido.

— Deja de rebuznar. Puede que tu hermano te consienta un comportamiento de cavernícola, pero yo no. Tienes dos opciones: o te calmas y nos explicas con educación lo que ha sucedido, o sales por esa puerta y no vuelves.

Deidara se quedó absolutamente en blanco, sin capacidad para responder. No esperaba que ella reconviniera ni que Naruto permaneciera estático, sin intervenir. No sólo no intervino, sino que admiró la determinación de Hinata. Era la primera vez que alguien dejaba mudo a su hermano.

— ¿Eso es lo que se denomina genio escocés? — preguntó Deidara un tanto mohíno.

— No tienes idea de lo que es el verdadero genio escocés, te lo aseguro. Bien, estamos esperando… — Y fue a sentarse en el brazo del sillón que ocupaba su esposo.

Deidara tardó un poco en encontrar las palabras. Cruzaba y descruzaba los dedos y evitaba mirarlos.

— Hubo una apuesta de caballos. Una carrera entre el semental de Pigton y la nueva adquisición de lord Hidan. Sólo quería ganar unas libras.

— ¿Nadie te dijo nunca que apostar es de tontos? — lo instigó Hinata.

— No suelo hacerlo, pero vi una oportunidad de ganar dinero fácil. Bueno, eso no viene a cuento. El caso es que el señor Hözuki no estaba en el banco y me atendió su ayudante, Kabuto Yakushi…

Dejó el nombre ahí, flotando en el aire, dando a entender algo que Hinata no captó. Naruto no ayudó, limitándose a dar vueltas a la pluma entre sus largos dedos.

— Kabuto Yakushi — repitió ella al ver que ninguno de los dos parecía dispuesto a seguir— . ¿Y…?

— Yakushi es un borracho — dijo Naruto— . No me explico los motivos por los que Hözuki lo mantiene aún en su puesto.

— Sí, se le suele soltar la lengua — confirmó Deidara, en tono ácido.

Naruto se olía lo que podía venir.

— ¿Qué te dijo exactamente?

— Me puso al corriente de mi cuenta bancaria y del contenido de algunos documentos que tienen en custodia.

— ¡Mierda!

— De mi bien nutrida cuenta bancaria, en realidad — puntualizó— . No de la que manejo habitualmente, sino de otra. De una que un alma caritativa abrió a mi nombre hace años y en la que religiosamente se ingresan cinco mil libras anuales. Y de las escrituras de la casa de Montfierre, de Swanton Manor y de las cuadras de MollyField. Una fortuna de la que podré disponer al cumplir los veinticinco años.

Naruto guardó silencio, un silencio que rompió Hinata.

— ¿Tú no sabías nada de eso?

— No tenía ni idea. Mi querido hermanastro y el señor Hözuki lo mantenían en secreto.

— Bueno, pero… Es una estupenda noticia. No entiendo tu enojo por saber que eres dueño de una fortuna. Y tampoco comprendo qué tiene que ver eso con el duelo.

— Siempre he vivido como un paria. Como el hermanastro del duque de Konohagakure. El hijo ilegítimo reconocido en última instancia por un padre que me favoreció con una herencia de migajas.

— He pagado todos tus gastos, ¿no? — protestó Naruto.

— Sí. Pero mis amigos me aceptaron por lo que era, un don nadie sin dinero ni privilegios. Y ahora resulta que soy un tipo rico y Tobi me ha dado de lado. Me llamó todo lo que te puedas imaginar, porque piensa que los he estado engañando, que no soy más que un esnob egoísta. — Se pasó los dedos por el revuelto cabello— . Hace un mes Tobi se vio en dificultades para pagar una deuda de juego y yo no pude prestarle un penique porque tenía otra similar. ¿Lo entiendes ahora?

— Y llegaron a las manos.

— Sí. Le di un puñetazo para que se callara. Tuve que aceptar el duelo cuando me escupió a la cara su lista de oprobios.

— Esto es de locos — murmuró Hinata.

— En un abrir y cerrar de ojos me he quedado sin amigos gracias a ti — continuó arponeando Deidara— . Y voy a batirme con uno de ellos. Por eso he venido. Para que me expliques.

— ¿Qué hay que explicar?

— ¡No quiero tu jodido dinero, hombre!

— ¡No es mi dinero, condenado seas! — estalló Naruto acortando la distancia que los separaba y sujetándolo por las solapas de la chaqueta hasta ponerlo en pie— . No es mi dinero, idiota, sino el de nuestro padre.

— Nuestro padre no dejó un puñetero penique, sólo deudas.

Naruto lo soltó y éste volvió a derrumbarse en el sillón.

— Deudas, sí. Dejó muchas. Demasiadas. Pero las tierras estaban ahí y volvieron a dar su fruto. Los negocios prosperaron. Si nuestro padre no hubiera dejado Uzumaki House, los terrenos que lo circundan y el resto de las propiedades, aunque todo hipotecado, ahora tú y yo estaríamos en la indigencia.

— Yo no hice nada para levantar la fortuna de la familia.

— Tú no eras más que un mocoso berreón cuando él murió. ¿Qué ibas a hacer?

— Padre sólo me dejo una pequeña cantidad y…

— Sus errores fueron suyos. No me compares con él. Te reconoció como legítimo gracias a la insistencia de la abuela, porque no quería reconocer su fracaso como esposo. Pero yo no soy nuestro padre. ¡Maldita sea, Deidara! ¡No soy él, aunque lleve su título!

— Lo sé, lo sé — admitió el joven.

— Eras mi hermano. Me importa un bledo si no tuvimos una madre común. Y sigues siendo mi hermano, aunque te cueste entenderlo. — Hinata asistía fascinada a la conversación— . Hablé con Hözuki hace años, sí — continuó Naruto— . Y entre los dos planeamos una estrategia financiera para acrecentar tu herencia. Eso sí, fui yo el que insistió en que no pudieras hacerte cargo de ella hasta los veinticinco, cuando hubieras sentado la cabeza.

Hinata no podía creerlo. Su esposo no sólo estaba irritado, sino que parecía hasta avergonzado. ¡Por haber cuidado de su hermano! También se había sonrojado cuando ella le había leído la carta de su prima agradeciéndole su intervención para con Lee. Una ternura infinita derritió cualquier vestigio de duda que pudiera tener hacia él. El frío, distante y altanero duque de Konohagakure no tenía un trozo de metal por corazón, sino un blindaje que lo protegía y que, en ocasiones como la presente, se resquebrajaba exponiendo la bondad de sus actos. Se hubiera tirado a su cuello para besarlo por la abnegación con que había afrontado su futuro y el de su hermano, su generosidad y el espíritu con el que había soportado su carga desde que era un muchacho. Tan sólo se acercó a él y se abrazó a su cintura, recibiendo un beso en la cabeza como agradecimiento a su gesto de apoyo.

— Deidara, deberías hablar con tu amigo — le dijo a su cuñado— . Explícaselo. Y cancelen ese estúpido duelo.

— Tobi no me escuchará.

— Entonces no es tan buen amigo como creías.

— Posiblemente — admitió— . La verdad es que me he rodeado de algunos personajes… tal vez evitables. El caso es que tengo que batirme con él si quiero mantener mi honor intacto. Hubo testigos, no tengo otra salida.

— Entonces, seré tu padrino — sentenció Naruto.

Deidara se quedó perplejo. Naruto no era nada partidario del uso de la violencia. Se colocaba una máscara para amedrentar, por eso trabajaba para la Corona.

— ¿Lo dices en serio?

— No voy a dejar que vayas solo a esa cita.

— Gracias. Nunca pensé que…

— Nunca piensas, — gruñó Naruto palmeándole los hombros— . ¿Por qué no te quedas a cenar? A la abuela le encantará verte.

— Y atosigarme con sus consejos y sus cosas.

Hinata permaneció en la biblioteca cuando ellos salieron. Se sentó y recogió las piernas bajo el trasero. Los hombres eran seres simples. Daban cuatro voces, aclaraban sus diferencias y como si no hubiera pasado nada. Ya estaba. Todo solucionado. ¡Por todos los santos! ¿Y qué pasaba con el duelo?

— Dios creó a los hombres para complicar la vida a las mujeres — concluyó.

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Continuará...