Naruto Y Hinata en:

EL CASTILLO DE LA NIEBLA


«Capítulo 20»


Tobi Richmond había sido un problema hasta esa noche. Naruto nunca quiso interponerse entre él y Deidara por temor a que su él interpretara equivocadamente su intervención, pero conocía desde hacía tiempo los sucios manejos en los que se involucraba: apuestas, prostitución o robo, cualquier asunto era válido para Tobi con tal de conseguir unas libras con las que continuar su vida licenciosa. De modo que el duelo iba a proporcionar al duque la ocasión inmejorable para deshacerse de una vez por todas de la mala influencia que ejercía sobre Deidara.

Naruto no entró en el club, no quería que nadie relacionara su visita con los futuros acontecimientos, puesto que su intención era preservar el orgullo de su hermanastro. Envió aviso por medio de un camarero y esperó en el pasaje que había en la trasera del local.

La nota era lo suficientemente intrigante como para que Tobi aceptara entrevistarse con un extraño. Se excusó de la partida y salió a la calle. Llovía torrencialmente, de modo que caminó con premura resguardándose bajo el alero del edificio. Al distinguir al duque bajo la farola se paró en seco. La mortecina y titilante luz de la llama delineaba claroscuros en su rostro severo, tenía el rubio cabello pegado al cráneo y no parecía nada amigable.

— Excelencia. ¿La nota es…?

Naruto se acercó. Y sin aviso, lo tomó de las solapas y lo aplastó contra el muro.

— He venido a aclararte algo. No me gustas. Nunca me has gustado. Me importa muy poco que puedas morir mañana, pero no quiero ver el nombre de mi hermano mezclado contigo nunca más.

— No se puede parar el duelo, había testigos — balbució.

— Vale, muy bien. Pero tú vas a escucharme atentamente y harás exactamente lo que yo te diga. ¿Me estás comprendiendo? — La mirada atemorizada del otro acrecentó su vena perversa porque empezaba a divertirse. Tobi asintió y él, con una sonrisa lobuna, le sacudió el agua de las solapas— . Buen chico. Esta misma noche vas a irte de Londres.

— Pero es… imposible. Hay personas a las que…

— Esta noche, Tobi. Si tienes alguna puta de la que despedirte, lo haces por carta.

— Pero…

— Deja una nota a los amigos confesando que, en efecto, Deidara no sabía nada de su herencia. Y desaparece. A cambio de eso ingresaré mil libras a tu nombre.

— Yo… yo…

— Tienes — sacó el reloj del bolsillo de su chaleco y le echó un vistazo— cuatro horas. Ni una más. Y te lo advierto, Richmond: vuelve a dejar ver tu fea cara por Londres y será conmigo con el que tendrás que batirte.

— Como usted… Yo… Desde luego, no…

— Me costaría menos tiempo que el que se tarda en pestañear enviar tu culo con Satanás, lo sabes.

Tobi asintió repetidamente, pálido como un muerto. Parecía un chucho empapado. Naruto lo soltó y él resbaló muro abajo hasta quedar sentado. Allí se quedó, aturdido, recuperando algo de serenidad mientras veía alejarse al duque de Konohagakure. Pegó un bote cuando Naruto se volvió a encararlo desde la entrada de la calleja. Incluso en la distancia, sus frías pupilas lo taladraron.

— Cuatro horas, Richmond.

La oscuridad se tragó la poderosa figura del duque y Tobi se arrastró hasta encontrar una base en la que apoyarse. Trabajosamente se puso en pie. Casi ni le sostenían las piernas e imprecaba obscenidades. Rumiando su miedo se alejó del club, resultaba imposible entrar en las condiciones en que se encontraba, chorreando agua y rebozado en barro. Llamó a un coche de punto y subió después de indicar al cochero la dirección de su casa.

Durante el trayecto recobró el dominio de sí mismo y hasta esbozó una sonrisa torcida. Se le acababa de presentar una nueva oportunidad. Porque al no acudir al duelo quedaría como un cobarde, era cierto, pero no lo era menos que podría empezar una nueva vida en otra ciudad con el dinero que el duque le ofrecía. Uzumaki podía ser el sujeto más cabrón que hubiera conocido, pero nunca faltaba a su palabra.

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Fûka Bryton observó de reojo a su acompañante.

Desconfiaba, pero era la ocasión que había estado esperando. Si podía conseguir el instrumento que obligaría al duque a volver a ella, sería capaz de seguir al mismísimo leviatán. Sin embargo, cuando se acercaron a la escalera que ascendía a la torre sur, la detuvo la precaución. Hacía mucho que nadie de la servidumbre se atrevía a ir hasta aquella zona del castillo.

La lluvia azotaba los ventanales de la galería con un repiqueteo insistente y Fûka, víctima de un escalofrío, se arrebujó más en el chal que se había echado apresuradamente encima del camisón.

— ¿Quieres o no? — preguntó la voz ronca que salía bajo la capucha.

— ¿Está en la recámara de la torre?

— Sí.

Asintió, con el corazón saltándole en el pecho y siguió los pasos de quien la precedía ascendiendo la vieja escalera, aguijoneando su cerebro las antiguas historias sobre aquel recinto donde, según contaba la leyenda, estuvo retenida una antigua dama hasta que murió, completamente loca. De eso hacía más de trescientos años. Pero aún se decía que su espíritu vagaba por las almenas de Uzumaki House. Irguió los hombros y acabó de subir; ella no creía en aparecidos.

Llegaron al final. Una pesada llave accionó la oxidada cerradura. Los goznes de la puerta chirriaron con el ruido del tiempo anestesiado y una corriente de aire helado la azotó. Una mano gentil en su espalda instó a Fûka a salir primero y la lluvia la sacudió sin misericordia.

El viento difundía su lamento, una canción triste que erizó el vello de la muchacha. De pronto lamentó estar allí, haber subido a la torre donde halló el final la anterior duquesa. El valor comenzó a fallarle. Ladeó la cabeza en espera de su guía y una mano le cubrió la boca al mismo tiempo que un brazo atenazaba su cuello por detrás. Sólo pudo emitir un gemido sofocado mientras era arrastrada. Con los ojos saliéndosele de las órbitas y el rostro congestionado, hizo un desesperado intento por liberarse. Su aullido de socorro quedó atrapado en su garganta y se le emborronó la vista.

Fûka intuyó que iba a morir. El pavor más absoluto la inmovilizó unos segundos, pero se aferró a su salvación que la impulsó en un último empeño: se retorció, manoteó en el aire y quiso alcanzar la cara de su verdugo. Sus dedos se engaritaron a la capucha, quimera del rostro al que no pudo llegar. Una mueca salvaje curvó sus labios amoratados. El ejecutor apretó más. Y más. Y más… Fûka perdió el conocimiento y su cuerpo, flácido, se derrumbó inerte.

El agresor hizo frente al viento y la lluvia mientras acompasaba su respiración. Arrastró a Fûka al borde mismo de la torre y después, con una frialdad absoluta, la empujó hacia el vacío.

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Uno de los sujetos era una masa maciza. No había otro adjetivo para describir un cuerpo robusto y grande, un cuello ancho y corto y todo el aspecto de un perro de presa. Un tipo vulgar que no parecía demasiado inteligente. Sin embargo, lo era, en su trabajo resultaba imprescindible.

El otro, por el contrario, era alto y delgado, sumamente elegante. Sus ojos oscuros y perspicaces lo abarcaban todo: Orochimaru Murdock. Lord. Juez.

Naruto lo conocía bien. Demasiado bien para su desgracia.

El fulano de aspecto hosco asintió tras escuchar la declaración del duque y miró de reojo al juez.

— Les agradezco a todos que hayan contestado a mis preguntas. En principio, lady Tsunade y lady Hinata están fuera de sospecha, es imposible pensar que ellas, dadas sus características físicas, pudieran haber reducido a la víctima. En cuanto a usted, señor — le dijo a Deidara— , comprobaré su coartada, por supuesto, aunque acepto la palabra del resto sobre que no conocía a la difunta señorita. Pero tendremos que interrogar al servicio, excelencia.

— Lo imagino — asintió Naruto.

— Mal asunto. — Chascó la lengua— . ¿Se movió el cuerpo cuando fue encontrado?

— No, inspector.

— Bien. — Guardó un dilatado silencio. Sabía que esa práctica ponía a prueba el sistema nervioso de aquellos a los que interrogaba. Sirvió un poco de agua en un vaso y bebió. Después carraspeó y miró directamente a Naruto— . ¿Sospecha de alguien, excelencia?

— Como no sea de mí mismo….

A Yahiko Parrish la respuesta lo desubicó. Como a todo el mundo en aquella sala. Hinata retuvo una exclamación y se sujetó con más fuerza a la mano de Tsunade que, sobresaltada, no acertaba a entender la ligereza de su nieto. Deidara, en una esquina del salón, abotonaba y soltaba alternativamente su chaqueta para disimular su incomodidad. Cuando creía que todo estaba resuelto tras llegar al lugar del duelo y encontrarse con que Tobi no se había presentado, pero sí había dejado una carta que lo exoneraba ante todos, se topaban con un problema mucho mayor: un posible asesinato. Él no sabía cómo ayudar, pero centró toda su atención en el interrogatorio y en el rústico personaje que sondeaba a su hermanastro.

Yahiko se acercó a los ventanales y allí se quedó un momento, meditando. Era inspector de policía con experiencia y en contadas ocasiones conseguían sorprenderle. El duque de Konohagakure acababa de hacerlo. En sus ojos azules se había dibujado la calma serena de quien se sabe protegido por su reputación, influencia y título. Eso le desagradaba. Él provenía de una familia humilde y se había encaramado a su cargo con enorme esfuerzo, trabajando dieciséis horas al día y en ocasiones jugándose la vida, así un año tras otro, a pesar de lo cual únicamente había logrado hacerse con una casa pequeña y oscura y una cuenta con la que hacía malabarismos para sacarla de los números rojos. Lo que peor soportaba era la indiferencia con que solía tratarlo la encumbrada aristocracia. Observando el lujo que lo rodeaba, se le tensó el nudo que tironeaba de su estómago. Su excelencia, una persona poco habitual entre la nobleza de Londres, tenía poder. Y contactos. Sin duda alguna, el juez Orochimaru había decidido acompañarlo para interceder porque, a fin de cuentas, también él formaba parte de la élite en la que se movía Naruto Uzumaki, a pesar de que, hasta entonces, el magistrado no había intervenido, y había dejado que le interrogara con libertad.

— Explíquenos eso, excelencia — pidió en un tono seco, sin volverse, con la vista clavada en las gotas de lluvia que resbalaban por el cristal.

— Mantuve cierta… relación con la señorita Fûka Bryton.

— Ya veo — escrutó, ahora sí, el rostro de Naruto— . ¿Y dice que ese… vínculo había terminado?

— Sí.

— ¿Se había mostrado la joven interesada en continuar esa relación, excelencia?

— Sí. — Naruto no dudó.

— ¿Incluso después de su reciente boda?

— Le dejé muy claro que todo había terminado, pero… — Tomó aire y observó a Hinata de reojo. Él estaba tranquilo pero no podía escapar a esta situación sumamente embarazosa.

— … Se mostraba impertinente. — Orochimaru, hasta entonces callado, acabó la frase por él.

— Supongo que ésa sería una definición correcta — aceptó el duque entornando ligeramente los ojos.

Yahiko, un tanto asombrado del repentino giro que daba el interrogatorio con la intervención del juez, guardó silencio por si él pretendía seguir preguntando. Orochimaru se recostó en su asiento con una mirada vivaz.

— De manera que la muchacha empezaba a ser un problema — dejó caer.

A Naruto empezó a no gustarle el sesgo que tomaba el asunto.

— Si usted lo ve así…

— No me negará la chocante similitud de la muerte de esta chica y la de su esposa — argumentó el juez.

Un indicio de inquietud cruzó el rostro de Naruto. Hasta ese momento, el juez se había mantenido en un segundo término, fuera de plano, pero ahora salía a escena. Lo había estado esperando. Conocía su animadversión hacia él. La conocía desde hacía años, cuando se propuso hundir a Shikamaru Nara y él no se lo permitió. Orochimaru rumiaba aún haber perdido su envite personal y las propiedades del escocés, objetivo que persiguió desde el inicio. Él propició la caída de su amigo, al adquirir todos y cada uno de los pagarés firmados por Shikamaru para reclamar después la cuantiosa deuda.

No. El astuto juez no le había perdonado aunque le hubiera puesto un pagaré sobre la mesa para evitar la quiebra de Shikamaru, le había arruinado un negocio inmejorable.

— ¿Está insinuando algo, milord?

— ¿Que pudo matarla usted, Uzumaki? ¡No, por Dios! — Ensayó una risa vacua que agudizó los rasgos crueles de su cara— . Usted no se mancharía las manos en algo así. — Se levantó y cruzó una mirada con el duque, al que no iba a perdonar que le privara de ser ahora mucho más rico. Tenía a Uzumaki cogido por las pelotas y no pensaba soltarlo— . No se me ocurriría acusarlo de nada. De momento.

A ninguno de los presentes le pasó desapercibida una enemistad latente entre ambos. Yahiko, viendo que no pensaba continuar, carraspeó y preguntó:

— ¿Cuándo puedo interrogar a sus criados, excelencia?

— Cuando guste, inspector. A su entera disposición, no sólo el servicio sino el personal de la casa al completo. Aunque, si me lo permite, me gustaría pedirle algo.

Yahiko asintió, armándose de paciencia. Uzumaki iba a recordarle su cuna y a… insinuarle que echara tierra sobre el asunto. Después, dejaría caer en su bolsillo una buena cantidad de libras y tema resuelto. Al fin y al cabo, únicamente se trataba de una simple criada. ¡Dios! Si hubiera aceptado todos los sobornos que se le habían ofrecido desde que era inspector, hoy sería rico. Los jodidos aristócratas pensaban que todo se solucionaba con unas cuantas monedas.

Pero no era eso y Naruto Uzumaki volvió a sorprenderlo.

— Damos una fiesta en un par de días. Si fuera posible retrasar un poco sus pesquisas le quedaría muy agradecido. No querríamos enrarecer el ambiente ni dar pábulo a las lenguas que situarían la muerte de mi anterior esposa y este caso en el mismo plano, teniendo en cuenta, tal y como ha apuntado lord Orochimaru, la semejanza de algunas circunstancias.

Yahiko estaba al tanto del desgraciado episodio, si bien no intervino para nada en él. Analizó la petición del duque y se puso en su lugar. Podía considerarse razonable.

— Por mí no hay inconveniente. ¿Lord Orochimaru?

El juez no iba a ser la nota discordante, una pequeña tregua a nadie perjudicaba. Accedió, no podía hacer otra cosa.

— Espero, por el bien de todos — avisó, sin embargo— , que ni uno solo de sus criados se evapore de la noche a la mañana, Uzumaki.

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Continuará...