Naruto Y Hinata en:

EL CASTILLO DE LA NIEBLA


«Capítulo 21»


Hinata dejó que Tsunade la ayudara a quitarse el vestido, una creación maravillosa de la modista, pero ella no estaba de humor para apreciarla. La muerte de Fûka Bryton pesaba en el ánimo de todos y era inevitable que no se hablara de otra cosa.

Hinata no podía pensar en nada que no fuera el maldito asesinato. Una y otra vez, con machacona monotonía, se le venía a la cabeza la confesión de su esposo sobre su relación con la muchacha. Y las arteras insinuaciones del juez. ¿Había terminado realmente el affaire de Naruto con la criada? ¿Dónde había estado él aquella noche? Esa pregunta la acuciaba. Porque cuando ella se había levantado al alba, decidida a acudir al duelo e impedirlo como fuera, había encontrado a su marido cambiándose una ropa que chorreaba agua y preparándose para la cita apalabrada con Tobi. Lo que más le extrañó era que la cama estaba intacta. Naruto no había dormido allí. Entonces, ¿dónde había pasado la noche? ¿Qué había estado haciendo?

Un torniquete doloroso punzaba sus sienes. Se decía que únicamente era una coincidencia, que tal vez se había quedado trabajando en la biblioteca, que había salido luego a respirar aire fresco, que le había pillado la lluvia… Pero todas y cada una de las respuestas que encontraba chocaban contra el muro de la duda y, lo que era peor, el propio Naruto hacía poco por despejarla. Se encerró en su mutismo y se negó a dar explicaciones una vez se hubieron ido el inspector Yahiko y el juez. No había conseguido sacarle una palabra. Ni siquiera acerca del duelo. Él sabía que ella había estado comiéndose los nudillos por el trato degradante que le había dispensado. Porque cuando le dijo que iría con él, se había limitado a mirarla de arriba abajo, la había agarrado del brazo, la había devuelto a su cuarto y había atrancado la puerta por fuera. Le había gritado algo muy feo, pero él ya había cerrado.

— Relájate, niña — oyó que la animaba Tsunade— . Todo se aclarará.

Se excusó tan pronto como pudo y se recluyó en su habitación. Sâra trajinaba dentro, pero Hinata apenas reparó en ella, sumida en sus cavilaciones.

Se sentó frente al tocador y el espejo le devolvió una imagen demacrada, con ojeras profundas sobre sus pómulos. Se levantó y caminó hasta los ventanales donde se masajeó las sienes para atajar el dolor de cabeza y suspiró. Habría dado cualquier cosa por tener a Sai a su lado. Él era el más atrevido de sus hermanos, el que le devolvía el ánimo y la aconsejaba. Pero Sai estaba a millas de distancia y ella debía enfrentarse sola a sus vacilaciones. Por si fuera poco, se les venía encima una celebración en la que tendría que lidiar con la flor y nata de Londres y sobrellevar la suspicacia de los escépticos que la supondrían poco adecuada para ocupar el lugar que le correspondía como esposa de Naruto.

Sâra limpiaba la superficie de la coqueta, más atenta a las reacciones de la duquesa que a lo que hacía y, así, volcó el joyero que cayó, desparramando las pocas joyas que contenía y un papel revoloteó hasta el suelo en el momento en que Hinata se volvía a ver qué ocurría.

— ¿Qué es eso?

— No lo sé, milady. Debía de estar en el joyero. Lamento mi incompetencia, excelencia, ahora mismo lo arreglo.

¿Una nota? Si ella no solía guardar… ¡Oh, demonios! Le martilleaba la cabeza.

— No te preocupes y léeme la nota, Sâra, por favor. — Volvió su atención al exterior. Abajo, un par de jardineros trabajaban en los parterres aunque lloviznaba otra vez.

Como no obtenía respuesta se volvió y encontró a Sâra con la nota en la mano y expresión turbada.

— ¿Y bien? ¿Qué dice?

— No sé leer, excelencia — confesó la joven.

Hinata se dio cuenta de su falta de tacto y trató de sonreír. Se acercó, tomó el papel.

— Está bien por ahora, Sâra. Ve a ver si Konan tiene algo que encomendarte.

— Pero milady, sus joyas…

— Yo las recogeré.

La muchacha hizo una reverencia y se marchó. Entonces Hinata desdobló el papel y leyó. Era una escritura de trazos regulares y letra grande. Y el mensaje, una canallada que la hizo tambalearse y acrecentó los dolorosos latidos de sus sienes.

La primera mujer de Uzumaki murió cuando Fûka se cruzó en su vida. Ahora, ella ha muerto porque ha llegado usted.
¿Se ha preguntado qué podría pasar si apareciera otra mujer en la vida del duque?

Dejó caer la nota y se llevó las manos a la boca como si con ello pudiera taponar su respiración agitada. ¿Quién lo habría dejado allí? ¿Quién podía haberlo escrito? ¿Querían prevenirla de un peligro?

Entonces llamaron a la puerta. De una patada desplazó la nota que fue a parar debajo del mueble. Recompuso el semblante, era su marido.

— ¿Te encuentras bien? — preguntó él.

Se fue acercando hacia ella, que permanecía estática porque veía enemigos por todas partes. Se negaba a creer que Naruto tuviera algo que ver con el asesinato de su esposa o con el de Fûka, pero ¿qué sabía realmente de él? ¿Qué había pasado en la torre sur aquella noche? Cuando él se inclinó para buscar la base de su cuello no hizo nada por corresponderle y sus miradas se cruzaron en el espejo.

— Estás afectada por todo lo que ha pasado. Tienes ojeras.

— No he dormido bien. Me preocupaba mucho el duelo.

— Lamento haberme comportado de modo grosero, Hinata, pero entiende que no podías venir con nosotros. Y, como te anticipé, al final Tobi no compareció.

— Esa no es razón para que me trates como a una criatura castigada y me enjaules como a una mascota — le recriminó— . ¿Qué pasó realmente? ¿Por qué no se presentó ese hombre?

Naruto se fijó en su expresión distante, en sus ojos que rehuían los suyos. Comprendía su estado de ánimo y su malhumor. Le acarició el lóbulo de una oreja y respondió:

— Le amenacé con retarle personalmente si no se iba de Londres.

Ella lo miró a través del espejo.

— No parece una acción propia de caballeros.

— Ese idiota no es un caballero. Pero debo reconocer que la carta que escribió a sus padrinos resultó de lo más convincente, tanto que indultaba a Deidara ante sus conocidos.

No estaban mal los métodos del duque de Konohagakure para solventar los problemas, pensó ella. Si algo le estorbaba, simplemente lo quitaba de en medio.

Para Hinata todo era un poco más complicado, se movía entre claroscuros, quería respuestas y no las tenía. Él, en cambio, se mantenía sereno, seguro de sí mismo, atractivo siempre, abriendo ahora su cofre y manoseando sus joyas. Se hacía difícil poner en entredicho su honorabilidad, aunque no podía negar que el temor se abría hueco en su mente. Pero ocurría sencillamente que se estaba enamorando perdidamente de él.

Fuera, el día estaba gris y desapacible, como su propio humor.

— ¿Qué tal ha quedado tu vestido?

La pregunta la devolvió al presente. Esbozó una media sonrisa que no llegó a sus ojos y respondió con soltura.

— Es precioso.

— ¿Me dejarás verlo antes de la fiesta? — Él seguía entretenido con sus joyas.

— Tu abuela me mataría si lo hiciera. Y Natsu la secundaría. Dicen que equivale a mi vestido de novia, puesto que nos casamos por poderes.

— Esperaré entonces. Estoy seguro de que no me defraudará. En cuanto a estos abalorios, ¿has decidido ya cuáles llevarás? — Acarició el borde del cofre con el dedo corazón.

Hinata se fijó en su mano elegante, de largos dedos. Los mismos que habían surcado su piel levantando oleadas de placer y que quería de nuevo sentir en su cuerpo. Lo deseaba. Aunque fuera insano dejar de lado esa otra realidad no resuelta, porque muy bien podía estar viviendo con un asesino.

Carraspeó y se acercó. El olor de su perfume llegó hasta ella. Cogió la gargantilla de oro y se la mostró.

— Era de mi madre — le aclaró.

A él le importaba un comino la joya. No podía concentrarse en nada que no fuera su perfil, su nariz, sus labios.

— ¿Con pendientes a juego? Me gustaría que dispusieras de las joyas de la familia, pero no es posible porque las están restaurando. Tal vez quieras acercarte a Londres y elegir algo. Podría acompañarte, si lo deseas — insinuó, trazando una línea desde su hombro hasta el codo que provocó en Hinata un estremecimiento.

— No es necesario, gracias. — Alargó el brazo para dejar la cadena y librarse de su caricia y le mostró un par de aros pequeños— . Estos servirán.

La mano de Naruto se quedó suspendida en el aire. Cerró el puño, dolorido por su reacción.

— Hinata…

— Estoy muy cansada. Discúlpame con tu abuela para la cena, por favor.

Naruto hinchó el pecho y expulsó el aire lentamente. Deseaba más que nada en el mundo quedarse allí, envolverla en sus brazos, besarla, hacerle el amor y olvidarse de la muerte de Fûka y de las tragedias de la vida. Pero no era un estúpido: Hinata lo estaba despidiendo con toda elegancia. Se inclinó, besó ligeramente sus labios y se encaminó a la puerta.

— Diré que te suban una bandeja. Buenas noches.

— Buenas noches.

Antes de salir, aún tuvo tiempo de decir:

— Tengo dos sorpresas reservadas para ti mañana. Espero que sean de tu agrado.

— Seguro que sí. — Trató de ser agradecida pero sin convicción.

Cuando se hubo ido, Hinata se metió un puño en la boca y rumió su inquietud. Se agachó para recuperar la nota y volvió a leerla. Sacudiéndose en silenciosos sollozos la acercó a la llama de una vela y luego abrió la ventana y tiró los restos.

Un momento después, llegó Sâra con algo de cena y un ponche caliente. En completo silencio, depositó la bandeja, saludó y se marchó. Hinata apenas probó bocado, pero se bebió la leche, se desvistió y se metió en la cama.

Recapacitó sobre las pesadillas o las visiones que había estado teniendo desde que llegara al castillo. Tenían que ser una advertencia, ya no le cabía duda. ¿Por qué se la incitaba a ir a la torre sur? Eso la intrigaba. Siempre pensó que tenía un sexto sentido para las percepciones intangibles, tal vez sobrenaturales, y ahora se reafirmaba esa idea.

Ella no era una mujer débil ni estúpida. Tarde o temprano descubriría el misterio que se encerraba entre aquellos muros. Sólo debía estar preparada y tener los ojos bien abiertos.

El cansancio acabó por vencerla y se quedó dormida.

Naruto se le apareció en el sueño. Un aura dorada le rodeaba. Después se fue transformando en figura demoníaca. Su rostro se desdibujaba, se encorvaba su cuerpo hasta adquirir una forma retorcida que se aproximaba a ella con las manos convertidas en garras… Hinata gimió y se revolvió entre las sábanas. Gritaba pidiendo ayuda, pero nadie la oía. El monstruo la tomaba entre sus brazos, la arrancaba de su cama y la conducía a través de un túnel oscuro, muy oscuro, escaleras arriba hasta una puerta que se abría chirriando. Se encontraba en la torre y la cellisca la atería de frío y casi no podía ver.

El espantoso ser en el que se había convertido su esposo la empujaba hacia el borde de la almena y ella apenas podía resistirse. Cayó de rodillas y él seguía arrastrándola hacia la oscuridad…

A punto de ser arrojada al vacío, gritaba desesperadamente… Entonces, despertó.

Sobrecogida, bañada en sudor, su mirada desquiciada barrió cada rincón del cuarto. Estaba sola. Suspiró entrecortadamente y se pasó las manos por el rostro.

— Sólo ha sido un mal sueño — dijo en voz alta.

Clareaba ya el día cuando se levantó, con un cansancio infinito y el miedo alojado aún en su pecho.

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No bajó a desayunar y Natsu, extrañada por su ausencia, no tardó en personarse en su habitación.

— ¡Santa Madre de Dios! — Le puso una mano en la frente— . ¿Qué te pasa, niña?

Hinata sabía que no tenía buen aspecto. Se le habían profundizado las ojeras y tenía los ojos hinchados.

— No es nada. He pasado mala noche.

— Es algo que se está repitiendo con frecuencia. Podías haberme avisado. No tienes fiebre, pero estás demacrada.

— Te digo que no es nada.

— ¿No estarás enferma?

— No, Natsu. Es sólo cansancio.

— Te traeré algo de desayunar. Y una tisana.

— Sólo me apetece un café bien cargado.

— Una tisana — insistió la otra— . Y un par de panecillos.

Hinata no la contradijo porque sabía que era inútil. Cuando regresó y dispuso todo sobre la mesita, se esforzó en comer un poco y se bebió la mitad del brebaje. Sin prestar atención a la cháchara animada de Natsu, se entregó a sus hábiles manos, que recogieron su cabello en un rodete y la ayudaron a vestirse.

¿Quién la ponía sobre aviso? ¿O acaso trataban de volverla loca? ¿Era eso lo que había pasado con la anterior duquesa? ¿La asustó alguien hasta el punto de hacerle perder la razón? ¿Podía ser Naruto un asesino? ¿Había tenido algo que ver con la muerte de Fûka? ¿Había…?

— Buenos días, señoras.

Dio un respingo al oír su voz. Natsu les dejó solos de inmediato. La sangre de Hinata emprendió una alocada carrera. Su esposo vestía únicamente unos pantalones negros, botas relucientes y una camisa blanca con el cuello abierto que dejaba al descubierto buena parte de su pecho. Cautivada, recordó el sabor de su piel, su tacto. Se rehizo y le devolvió el saludo.

— Te estás volviendo holgazana — la regañó él de buen humor— . Te he estado esperando para desayunar. ¿Te encuentras bien?

Ella no acertó a contestar. Naruto hurtó uno de los panecillos y le dio un mordisco.

— No he descansado.

— ¿Por culpa de la tormenta?

— Sí — mintió ella.

A Naruto no le pasó por alto que ella parecía esquivar su mirada. La tomó del mentón obligándola a levantar la vista.

— ¿Qué es lo que pasa, Hinata?

— Estoy cansada. Creo que volveré a acostarme.

Él supo que le mentía. Y que volvía a rechazarle. Pero lo aceptó porque comprendía que a ella pudiera sobrepasarle lo sucedido. Tenía que darle tiempo.

— Entonces te mostraré tu primera sorpresa más tarde.

Hinata se había olvidado por completo de su comentario de la noche anterior. Hizo un esfuerzo por serenarse y esbozó un mohín zalamero.

— Preferiría que fuera ahora. ¿Qué es?

Él no quiso darle pistas, pero le dedicó un guiño, enlazó su talle y bajaron. Hinata enmascaró su nula predisposición y dejó que la guiara. Notaba flojedad en las piernas y tenía seca la garganta. Cada terminación nerviosa de su cuerpo saltaba cuando la rozaba. De buena gana se hubiera dado media vuelta y encerrado en su habitación.

Pero entonces se encontró con una cestilla en medio del hall, adornada con un enorme lazo verde. Interrogó a Naruto con los ojos y él asintió.

Intuyó lo que podía haber en el interior pero necesitaba verlo: era un cachorro blanco, el más bonito que hubiera visto nunca. Se agitaba y hacía unos ruiditos muy graciosos, entre gimientes y gorjeantes, con unos ojillos suplicantes que miraban a todas partes. Lo tomó en brazos y lo acurrucó contra su pecho, y el perrillo hizo como que ladraba y le lamió la mano.

Hinata se volvió hacia su esposo. Naruto sonreía tan satisfecho que hizo que ella se sintiera culpable. ¿Era ése el hombre del que dudaba? ¿A quien en Londres apodaban el Duque Diablo?

Naruto tomó al animal que pareció protestar y casi desapareció entre sus grandes manos. Le hizo una carantoña, se lo devolvió, y el perrillo se acurrucó junto a ella metiendo el hocico en su regazo.

— ¿Te gusta?

Hinata se encontró perdida, porque en el semblante de su marido se reflejaba el sosiego que a ella le faltaba. No había sombras esquivas, sólo satisfacción enamorada.

— Es precioso. Gracias.

Llamó a Sâra y le entregó el animalito.

— Dale un poco de leche tibia, por favor.

— Sí, milady.

Una palma masculina se deslizó por su espalda. Su calor atravesó la tela del vestido y se expandió hasta su nuca. Cálido y tan próximo, le entregó sus labios y se apretó a él.

— Gracias — repitió.

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Continuará...