Naruto Y Hinata en:
EL CASTILLO DE LA NIEBLA
«Capítulo 22»
— Hoy no puedo dedicarle tiempo. Dile a la señora Wildes que todo está perfecto. Seguro que puede dar los últimos toques al vestido sin mí — pidió Hinata a Natsu antes de entrar en la biblioteca donde fue a sentarse en el brazo del sillón que ocupaba su esposo.
Naruto dejó de lado los documentos que estaba revisando.
— ¿Cómo sabías que me gustan las mascotas? ¿También te lo dijo tu cochero-espía?
— No. Fue Natsu. Yo diría que empieza a apreciarme. — Rodeó la cintura femenina, la sentó sobre sus rodillas y la besó.
— Hay que ponerle un nombre.
— ¿A quién?
— Al cachorro. ¿Qué te parece Bubby?
— El perro es tuyo, milady.
Hinata se abandonó poco a poco al contacto de unos dedos que diseñaban líneas en su espalda. Él parecía absorto en sus pensamientos y a ella le hubiera gustado conocerlos. Sabía tan poco de él… Cuanto más lo miraba, más atractivo le parecía. Viéndolo, se le olvidó la condenada nota que había recibido. Qué fácil había resultado enamorarse de aquel hombre que, en un principio, le pareció taciturno y lejano, intrigante y peligroso. Dolía que él no la correspondiera de igual modo, pero todo llegaría con el tiempo, estaba segura. Por el momento, se conformaría con lo poco que le entregaba. Esa línea de pensamiento la llevó a confesarle, en un arranque de sinceridad:
— Te amo.
Naruto no dijo nada, sólo la miró intensamente. Hinata se dio cuenta de que acababa de poner al descubierto sus sentimientos, pero ya no había marcha atrás. La pura atracción física se había tornado en algo más profundo y lo amaba, ésa era la verdad.
Naruto se levantó para dirigirse a la puerta. Hinata se quedó en vilo. ¿Tan impactante era que le hubiera confesado lo que sentía que ahora huía? ¡atolondrado! Ella no había pedido nada a cambio.
Pero él no se marchó, sino que cerró la puerta con llave. Cuando se volvió para mirarla, el corazón de Hinata se aceleró. Comprendió sus intenciones y se parapetó detrás del sillón.
— ¿No pensarás…? — Él asentía y seguía acercándose despacio, como un depredador, mientras se desprendía de la chaqueta— . Naruto, es de día. ¡Y estamos en la biblioteca!
— Nadie va a interrumpirnos, señora.
Eso era lo malo, pensó ella. Porque no tenía ánimo para oponérsele. ¡Qué demonios! Es que tampoco quería. En realidad, estaba deseando perderse en sus brazos.
Juguetona, lo esquivó y alcanzó el refugio de la mesa. Naruto se avino a participar en una pantomima que sabían ambos dónde terminaría. Su mirada se tornó lujuriosa y durante unos minutos se entretuvo en jugar al ratón y al gato.
— Voy a atraparte.
— Te advierto que soy muy buena en dar esquinazo, excelencia — bromeaba ella— . Mis hermanos rara vez conseguían pillarme.
— Yo no soy uno de tus hermanos.
— ¡Ja!
— Te atraparé. Y cuando lo haga… — Hizo un quiebro hacia la derecha para despistarla y sorteó la mesa con rapidez por el lado contrario. Ella dejó escapar un chillido mezclado con una risa burlona y se le escabulló con maestría— . Cuando te pille, voy a cobrarme todas las deudas amorosas que me debes.
A ella se le aceleraron las pulsaciones. Sabía que no tenía escapatoria y escucharle decir eso le agradó. Pero iba a hacerle desear lo que ella misma ansiaba. Amagó hacia un lado y cuando él volvió hacia allí lo engañó con un movimiento rápido y se alejó de nuevo. Naruto acabó abrazando el sillón, tropezó y casi cayó de bruces; a ella se le escapó una carcajada.
— Cuando te atrape — repetía él— , voy a tumbarte sobre la alfombra, te desnudaré y tu cuerpo entero quedará a mi merced.
Mientras expresaba él sus intenciones, se iba quitando la camisa y a ella la embargaban las ganas de rendirse y fundirse con él para que la hiciera exactamente eso. Hinata salivó ante toda aquella extensión de piel y supo que estaba a un paso de quebrantar todas sus reservas con tal de acariciarlo.
— Señora — le oyó decir con voz ronca— , el juego ha terminado.
Se humedeció los labios, repentinamente secos y abrió mucho los ojos cuando lo vio descalzarse y trajinar con la delantera de los pantalones.
— ¿Vas a quedarte desnudo?
— Como Dios me trajo al mundo.
— Eres un pagano.
— Y tú una bruja que me enloquece.
Hinata lo observaba extasiada, respiraba entrecortadamente, tenía que retenerse para no ir hacia él y tocarlo. Mil y una preguntas burbujeaban en su cabeza. ¿Podía haberse enamorado de un asesino? Su corazón le decía que no.
— Quítate el vestido, Hinata.
Un sofoco le pintó a Hinata las mejillas de rojo. Naruto se mostraba ante ella sin pudor alguno y completamente excitado. Sin una palabra, empezó a luchar con los corchetes, pero los dedos le temblaban tanto que no acertaba. Le dio la espalda y él se apresuró a ayudarla. Se inclinó para besar cada porción de piel que iba descubriendo y luego le bajó el vestido que quedó atascado en sus caderas.
Hinata jadeaba con el tacto de las manos de su esposo en su cintura, que la desnudaban apresuradamente. Le parecía que estaban haciendo algo indebido, clandestino, pero los dedos masculinos la estimulaban, la excitaban, avivaban la llama que la consumía. El vestido y la enagua cayeron en un susurro de tela que se prolongó con un suspiro de liberación.
Naruto hizo que se volviera para deleitarse con una visión que le quitaba el aliento.
— Eres preciosa.
A ella le sonó como una oración y se sintió así, perfecta y única. Cuando intentó quitarse las medias, él la detuvo.
— Déjatelas puestas — le pidió, como el niño que solicita una golosina— . Así estás perfecta. Y muy erótica.
Hinata se sonrojó aún más. Nunca se había imaginado a sí misma tan carnal y sensual. Se humedeció los labios cuando él abarcó sus pechos y los sopesó en las palmas de sus manos.
— ¡Dios! — gimió Naruto.
Los tomó en su boca y barrió las defensas de Hinata, que se arqueó hacia él, ofreciéndose. Y Naruto se apoderó de su entrega, se dejó arrastrar por el deseo que lo consumía, saboreó, lamió y succionó sin tregua.
Ella no se quedó quieta. Le acarició los hombros, la espalda, recorrió sus muslos, buscó sus nalgas y las apretó, pegándole aún más a ella. La demostración viril de su excitación contra su vientre la hacía rodar hacia la locura.
— También yo quiero tocarte.
Naruto inspiró con fuerza, la tomó de los hombros y miró su rostro arrebolado. Soltó el aire poco a poco, palpitó su miembro embravecido y la ensoñación de rendirse a las caricias de Hinata lo embriagó. Devoró su boca plena y luego se tumbó en la alfombra.
Hinata navegó por unos segundos en un mundo imaginario donde se desvanecían sus principios y sus escrúpulos. Su marido se le ofrecía, la instaba a abominar de cualquier traba moral, a disfrutar de su cuerpo. Se sintió un poco pérfida, pero se le antojaba tan excitante que sucumbió. Se arrodilló a su lado y extendió sus manos para dejarlas varadas en su pecho. Se encontró en un escenario extraordinariamente libidinoso y desvergonzado. El cuerpo de Naruto estaba tenso, y gotitas de sudor perlaban su frente, pero no se movió, esperando que fuera ella la que tomara la iniciativa. Hinata se inclinó y le lamió una tetilla.
Él retenía el aire. Tenerla desnuda allí, sobre él, y estarse quieto a expensas de ella, iba a matarlo. Elevó los ojos al techo y se clavó las uñas en las palmas de la mano cuando los labios femeninos dejaron un reguero ardiente que bajó hasta su vientre. Hinata le besaba alrededor del ombligo, en los costados, masajeaba sus piernas, la parte interior de sus muslos. El dolor de los testículos se hacía insoportable. Necesitaba entrar en ella, vaciarse, pero aquella hechicera, en su inexperiencia, lo estaba llevando a la demencia. Se comportaría como un colegial si no pensaba en otra cosa, así que se esforzó por evadir su mente cuanto antes…
«Tengo que ir a la feria del ganado…»
Hinata depositaba pequeños besitos en sus rodillas.
«Espero reunirme con el encargado de las reparaciones del ala este…»
La boca de ella se entretenía en sus muslos…
«Debo desarrollar mi discurso ante la Cámara…»
… y se iba acercando a su entrepierna.
— ¡Hinata, por Dios! — sollozó sin poder contenerse ya, elevando el cuerpo y apoyándose sobre los codos.
— No he terminado, excelencia — repuso ella con desinhibida picardía.
A Naruto lo devoraba un fuego interior. Su miembro latía dolorosamente exigiendo satisfacción. ¡Infiernos! Hubiera acabado o no con semejante tortura, él era incapaz de soportar más si no quería derramarse ya mismo. Febrilmente la tomó de la cintura, la tumbó y se colocó encima. Abrió las piernas de Hinata con una rodilla y se enterró en ella.
Hinata lo abrazó, elevó la pelvis, se unió a él. Pasión contra pasión, piel contra piel, boca contra boca. Los embates de ambos se aceleraron, buscaron la culminación y la encontraron al unísono.
En la cima del placer ella gimió sin pudor y él balbucía su nombre.
.
.
.
La estaban sacudiendo. Protestó y abrió los ojos.
— Hinata…
— Hummm…
— Vamos, despierta. — El aliento de Naruto hacía cosquilla en su cuello— . Ebisu ha llamado un par de veces y van a pensar mal de nosotros.
Hinata se espabiló de golpe y se sentó. Su esposo yacía a su lado, sobre la alfombra, y estaba aún completamente desnudo. Se sonrojó, estiró la mano para alcanzar su enagua, se cubrió y tuvo que apelar a todo su control para atreverse a mirarlo a la cara.
No acababa de creerse que hubieran hecho… que hubieran estado… Se levantó y se subió la prenda por las piernas.
— Una vista deliciosa — ronroneó él centrando su atención en el triángulo entre sus piernas, lamentando que la tela lo cubriera.
— ¡Levanta de ahí, maldita sea! — le instó, buscando el resto de su ropa.
Él seguía en dejada pose, reclinado sobre un codo, desnudo, como un dios pagano. Sin poder dejar de mirar a su esposo y desnuda también de medio cuerpo para arriba, ella no pudo disimular una breve hinchazón de sus pezones, que él captó muy complacido.
Hinata le exhortó a moverse, recogió el vestido y se lo pasó por la cabeza. Luego empezó a buscar sus horquillas, diseminadas por todos lados. Se recogió el cabello y trató de acomodarlo dignamente.
El duque se estiró como un felino y suspiró.
— ¿Te importaría ayudarme, Naruto? No quiero ni pensar lo que van a rumorear los criados.
A Naruto le importaba un comino lo que pudiera cotillear la servidumbre. Si pudiera elegir, se quedaría allí indefinidamente, disfrutando de su mujer. Pero se levantó ágilmente, encontró un par de horquillas y la ayudó a recolocarse el cabello sin dejar de sonreír como un maldito.
El repique de una nueva llamada hizo dar un respingo a Hinata, en tanto Naruto se ponía los pantalones. Razonablemente cubierto, abrió la puerta antes que ella pudiera detenerlo.
— Sí, Ebisu. ¿Qué sucede?
— Han llegado, milord. Hace rato — anunció el mayordomo, tieso como una tabla, sin atreverse a desviar los ojos de sus zapatos— . Los he hecho pasar al salón verde.
— Pida que nos disculpen unos minutos más.
Cerró y se mantuvo de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho. Hinata estaba ahora roja como la grana, porque si Ebisu hubiera forzosamente imaginado un escarceo al saberlos encerrados en la biblioteca, Naruto se lo acababa de confirmar abriendo a medio vestir.
— ¿Quién ha llegado? — Le dio la espalda para que le abrochara los corchetes.
— Es la segunda sorpresa de la que te hablé.
Hinata esperaba algo más, quizá una pista, pero él no parecía dispuesto a soltar prenda.
— Subiré a cambiarme.
— A mí me gustaría repetir.
— ¡Muérdete la lengua!
Abrió y pasó a su lado dejando en el aire un sutil perfume que invitaba a Naruto a preguntarse si no debía retenerla y mandar al diablo a los recién llegados. Se encogió de hombros y recogió su ropa y sus botas. Después, ascendió las escaleras de dos en dos hasta su propia recámara. Se cambió y salió al mismo tiempo que Hinata lo hacía de la suya con el aspecto de una mujer que no hubiera roto un plato. Se había puesto un vestido color crema y recogido su cabello en una coleta que apretaba una cinta amarilla. Simplemente, preciosa.
— Perfecta para recibir visitas — alabó, ciñendo su cintura y caminando a su lado.
— Suelta, tunante — le palmeó— . Eres peligroso.
— ¿Yo, señora?
Siguieron en silencio, pero antes de entrar en el salón donde les aguardaban, la hizo volverse y la besó. Por un momento, ella se olvidó de la visita, pero luego le puso las manos en el pecho y se distanció.
— Ahora no.
— ¿Más tarde?
Ella se mordió los labios. Naruto tenía la expresión de un chiquillo que planea alguna trastada.
— Eres incorregible, ¿verdad? Y en Londres se creen que eres un tipo juicioso. Si supieran… ¡Vivir para ver!
— Querida — él encogió un hombro y alzó la mano para acariciarle los labios, hinchados de sus besos— , hasta el duque de Konohagakure puede perder la sensatez si se le ofrece una ninfa desnuda en su propia biblioteca.
— ¡Calla! — Le tapó la boca, sofocando su actitud risueña— . ¿Donde está tu abuela? ¿Y Deidara? No me encuentro con ánimo para lidiar ahora con una visita.
— Mi abuela se fue a visitar a una antigua amiga en el pueblo y mi hermastro se prestó para acompañarla. — Torció el gesto— . Una salida francamente inoportuna, porque voy a necesitar ayuda.
Natsu llegaba a la carrera, recogiéndose el ruedo del vestido para no tropezar. Y lucía una sonrisa de oreja a oreja. Dedicó una reverencia a Naruto y le dijo:
— Gracias, excelencia.
A Hinata no se le escapó el cruce de miradas entre ambos. ¿Qué estaba pasando allí? Su aya parecía encantada con su esposo del que, no hacía mucho, no paraba de despotricar. No le dio tiempo a preguntar, porque Naruto abrió y le cedió el paso.
Las cinco figuras que aguardaban se levantaron como una sola y Hinata se explayó en un grito de júbilo antes de lanzarse a los brazos de uno de ellos, que la estrechó contra su pecho.
— ¡Papá!
Naruto se mantuvo en un segundo plano mientras su esposa abrazaba a todos y cada uno de los invitados y Natsu los saludaba efusivamente. Le invadió un ramalazo de envidia al advertir el ambiente festivo de la familia. Hinata pasaba de unos brazos a otros y reía. Un tipo de pelo largo castaño, alto y sin duda atractivo la elevó en el aire y dio vueltas con ella. De no saber de quién se trataba le hubiera sacudido a gusto.
Después de un rato, su esposa volvió a dedicarle su atención. Tenía los ojos arrasados en lágrimas de agradecimiento y en ese preciso instante Naruto supo que podría dar la vida por aquella hermosa escocesa. Cualquier cosa con tal de hacerla feliz. Ella le tendió la mano y él la tomó.
Hubo una expectación silenciosa durante la cual el duque se enfrentó a los rostros de los recién llegados.
— Mi esposo.
La escueta y rotunda presentación de Hinata expandió el pecho de Naruto.
— Hiashi Hyûga, excelencia — se presentó quien primero abrazara a la muchacha, tendiendo la mano. Naruto se la estrechó con fuerza— . Mi suegro, Jiraya McKenna y mis hijos, Neji, Sasuke y Sai.
— Caballeros, bienvenidos a Uzumaki House.
Hinata le pasó un brazo por la cintura y se pegó a su costado. Fue un acto reflejo que el duque agradeció profundamente porque se encontraba un tanto incómodo. Él, que había departido con los hombres más importantes del reino y visitado el salón del trono en repetidas ocasiones, se sentía fuera de lugar. A fin de cuentas, ahora no estaba frente a ningún ministro, sino delante de la familia de su esposa, y recaían sobre él cinco pares de ojos que auscultaban cada uno de sus movimientos.
Carraspeó y les indicó que tomaran asiento mientras Ebisu hacía acto de presencia portando un carrito con bebidas y algunas delicias gastronómicas y Natsu se retiraba discretamente.
— Gracias a Dios que hemos llegado a tiempo para la fiesta — gruñó el patriarca de los McKenna, alto, pelo largo y blanco, fornido aún y elegante— . Las carreteras inglesas son realmente espantosas.
— Abuelo…
— No he dicho nada que no sea cierto. En realidad, Inglaterra no tiene demasiadas cosas de las que presumir. — Retó sin recato al duque.
Hinata enrojeció pero Naruto supo capear el temporal. Se recostó en el asiento y cruzó las piernas con un aire de lo más relajado.
— Mi abuela ya me advirtió sobre su humor ácido, laird, así que no va a ser fácil que yo entre al trapo.
Sai el menor de los Hyûga no se ahorró un comentario distendido.
— Me parece, abuelo — le advirtió con los ojos clavados en los de su cuñado— , que acabas de encontrarte con la horma de tu zapato.
Hiashi se removía en su asiento. Mientras a su alrededor la conversación giraba a propósito de los últimos acontecimientos en Europa y Hinata intervenía como uno más, él trataba de establecer la personalidad de su yerno. La acogida del duque había resultado sincera, tenía que admitir que las propiedades de Uzumaki eran más suntuosas de lo que él esperaba y su hija parecía feliz. Sí, se la veía radiante. Estaba cambiada. La encontraba… más mujer. Indudablemente, el matrimonio le había sentado bien. Y no fue ajeno a las miradas entre ambos y el modo en que Naruto Uzumaki atendía cada sugerencia de Hinata.
Se fueron abordando temas de actualidad e, inevitablemente, lo más candente de la vida del castillo. El duque les puso al día de los incidentes sin ocultar un solo detalle. Ni siquiera su antigua relación con Fûka Bryton.
Se decidió entonces continuar la conversación tomando una copa en otro salón, circunstancia que aprovechó Hinata para excusarse, actitud que cambió el semblante de Naruto.
— ¿Y dice, excelencia — le preguntó Hiashi— , que la policía sospecha de usted?
— No exactamente. Por lo que sabemos, cualquiera pudo cometer el asesinato. Pero el juez Orochimaru y yo no mantenemos buenas relaciones desde hace tiempo. Me interpuse en uno de sus negocios y no me lo ha perdonado. Por desgracia, ha tomado mucho interés por la investigación.
— ¿Se basan en indicios sólidos o solamente ocasionales, excelencia? — quiso saber Sasuke.
Naruto se fijó en su cuñado y le agradó lo que vio. Sasuke era un tipo guapo, como todos ellos, muy seguro de sí mismo, un punto arrogante y, desde luego, bastante orgulloso. Vio en él su propio reflejo y no le cupo duda que tenían muchas cosas en común.
— Mi nombre es Naruto para la familia y los amigos, Sasuke.
— Lo tendremos en cuenta.
— No hay nada concreto — continuó Naruto— . Fûka era una muchacha un tanto… alocada. Si tengo que hacer caso de las habladurías del servicio, a quien he interrogado por mi cuenta, tenía relación con un par de individuos, algo que no he podido comprobar aún.
— ¿Pudo ser el asesino alguien ajeno al castillo? — intervino Neji.
— Uzumaki House está aislado y custodiado. Lo más probable es que cualquier persona ajena a la casa llamara la atención.
— ¿En qué podemos ser de utilidad? — se ofreció Sai — . Cuente con nosotros, por supuesto. Esto afecta también a Hinata.
— Te lo agradezco, Sai, pero, sinceramente, no se me ocurre qué podemos hacer salvo esperar a que la policía ate cabos.
— ¿Mi nieta está segura? — intervino Jiraya.
Naruto asintió. A pesar de su cabello blanco y las arrugas que surcaban su rostro, el laird conservaba la planta y el atractivo que tantas veces comentara su abuela. No resultaba extraño que Tsunade Senju hubiera estado enamorada de un hombre que todavía mantenía rasgos imponentes.
— Todos cuantos trabajan aquí cuentan con mi confianza. Por si acaso, he contratado los servicios de dos agentes de Bow Street. Hinata no lo sabe, y espero que no se les ocurra mencionarlo, pero estará vigilada las veinticuatro horas del día.
— No quiero pensar en su reacción si se enterase por terceras personas — pensó Hiashi en voz alta.
— No tiene por qué saberlo.
— ¿Esos agentes son de fiar?
— Por completo. Tengo buenos contactos y he pedido los mejores. Se harán pasar por dos nuevos criados de apoyo para la fiesta.
Jiraya McKenna chascó la lengua.
— No me fío demasiado de los policías ingleses.
— ¡Ni yo de un embustero escocés! — le respondió una voz bien timbrada, haciendo dar un respingo a todos.
Tsunade Senju los observaba desde la entrada. Se pusieron en pie y Naruto elevó una plegaria al cielo para que su abuela no le arruinara la velada. Si insistía en su amenaza permanente de matar a Jiraya McKenna en cuanto lo tuviera delante, iban a tener problemas. Deseó como nunca que no hubiera aparecido, al menos hasta que él pudiera haberla preparado para la visita de los familiares de Hinata.
La duquesa viuda atravesó la habitación absolutamente altiva. Con la espalda muy derecha, el mentón ligeramente elevado y echando chispas por los ojos, su grácil caminar acaparó la total atención del laird McKenna. Al llegar a su altura, se retaron en silencio, con esa intensidad de dos almas complejas que no se sabe bien si se atraen o se repelen, o tal vez ambas cosas a la vez.
— Sigues tan repugnantemente bien plantado como cuando eras joven, condenado escocés del demonio — la oyeron decir en un auditorio en el que parecía haberse detenido el tiempo.
— Y tú tan impúdicamente hermosa… aunque con la misma lengua viperina. Pensé que los años ablandarían tu carácter, pero veo que me equivoqué. ¿Cuándo te comportarás como una verdadera dama, Tsunade?
— ¡Antes muerta, Jiraya! — apostilló ella. Tomó asiento en una de las butacas y obvió las presentaciones— . ¿Nadie va a ofrecerme una copa?
Fue el propio Jiraya quien se aprestó a servirla. Con una botella en la mano la interrogó en silencio y ésta, enarcando una ceja, asintió imperceptiblemente. El escocés sirvió entonces brandy en un vaso y le añadió un chorrito de agua. Cuando se lo entregó, la dama no pudo evitar un deje de añoranza.
— Aún te acuerdas.
— No he olvidado ni un segundo de lo que pasamos juntos, Tsunade.
— ¡Descarado! — Para asombro de Naruto, su abuela enrojeció a la vez que carraspeaba evitando los ojos del escocés— . Naruto, Deidara ha ido a Londres. Por si surgen problemas con tu tío. Quiero que Sakura esté en la fiesta aunque deba ir yo misma a buscarla.
— No creo que se oponga.
— Ese desgraciado sería capaz de no respirar y ahogarse con tal de fastidiarte y lo sabes. — Dio un sorbito a su copa y arrugó la nariz— . Has perdido mano, Jiraya; me gusta más suave.
— Lo he cargado a propósito, milady. Por la impresión, ya sabes…
— No he olvidado que juré matarte si volvíamos a encontrarnos, Jiraya. No me tientes.
— Hace años te encantaba que lo hiciera.
— Hace años era una estúpida romántica. Y tú, un bucanero de tres al cuarto.
— Que consiguió arriar tus velas.
Naruto se encontraba aturdido en medio de aquella guerra dialéctica. Nunca había visto a su abuela bromear y, ¿por qué no decirlo?, coquetear. Si allí no había chispa, él tomaría los hábitos.
— Bien — suspiró la dama, obviando la última andanada del escocés— . Ya que estás aquí con toda tu prole, desembucha y cuenta qué sucede por esas tierras salvajes. Y tú, muchacho — viró sus ojos a Naruto — ya me explicarás qué es todo eso de los dos agentes de Bow Street.
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.
Continuará...
