Naruto Y Hinata en:

EL CASTILLO DE LA NIEBLA


«Capítulo 23»


Hinata floreció más, si cabía, con la presencia de su familia. Le hubiese gustado pasar cada minuto del día con ellos y, sin embargo, llevaba más de tres horas encerrada preparándose para el acontecimiento.

Se había bañado y Sâra — que sacaba a cada paso algo con que sorprenderla— , le había dado un masaje con aceite perfumado que la relajó; Natsu cepilló su cabello hasta que lo dejó brillante y sedoso para después trabajarlo en bucles que caían enmarcando su rostro y acentuando su juventud. Ambas se habían esmerado, ciertamente.

— Es una maravilla, excelencia — comentó Sâra alisando la falda del vestido— . Difícilmente hallaría un color más favorecedor para vos.

— ¿Te gustaría ponerte algo en el pelo? — le preguntó su aya— . ¿Unas lilas, quizá?

— Creo que no irían con la cadena. ¿Seguro que estoy bien? Los invitados han empezado a llegar, ¿verdad?

— El patio está repleto de carruajes.

Llamaron a la puerta y Bubby, que no había dejado de revolverlo todo, salió en estampida. Se puso a dos patas y comenzó a arañar la madera a la vez que lanzaba unos ladridos quejumbrosos. Natsu lo hizo a un lado, abrió y se encontró con Naruto.

— ¿Sí, excelencia? — preguntó cerrando ligeramente la puerta para impedir que pudiera ver el interior.

— ¿Puedo pasar? — El cachorrillo atacó el bajo de sus pantalones y él se agachó para tomarlo en brazos.

— Me temo que no, excelencia. — Natsu hizo caso omiso del gesto de estupor de Naruto— . Como ya sabe, el vestido debe ser una sorpresa.

— Señora Natsu…

— Excelencia…

Naruto no forzó la situación porque la gruñona que tenía delante no iba a dejarlo pasar, así que sacó una caja de su levita y se la entregó junto con el chucho, que emitió un gemido lastimero.

— Entregue esto a mi esposa, por favor.

— Sí, milord.

Y le dio con la puerta en las narices. A Naruto no le quedó más remedio que resoplar y alejarse hacia sus propias habitaciones. Aunque Deidara estaba ejerciendo las veces de anfitrión, debía cambiarse y bajar cuanto antes.

El contenido del estuche dejó a Hinata maravillada: una sarta doble de perlas perfectas, pendientes a juego y un exquisito adorno de perlas más pequeñas para el cabello. Tanto Sâra como Natsu se acercaron para admirar el regalo.

— Hay que reconocer que tiene buen gusto — no pudo por menos que comentar Natsu.

Le ajustó el collar a Hinata, que seguía muda, y le colgó los pendientes mientras Sâra colocaba el aderezo en el cabello.

— Parece una reina, señora — alabó la joven criada.

Choji se puso al servicio del duque apenas lo vio entrar. Naruto se quitó la chaqueta y cuando la emprendía con la camisa se fijó en la ropa dispuesta sobre la cama.

— ¿Qué es eso?

Choji carraspeó, enderezó la espalda y se encomendó a varios santos. La idea no había sido suya, pero así y todo a él le tocaba ahora lidiar con el duque.

— Su traje, excelencia.

Gris.

Era gris.

Total y condenadamente gris.

— ¿Y quién te ha dicho que voy a ponérmelo?

— Su abuela y su esposa, excelencia.

— Ya veo. Bien, Choji, soy mayorcito para elegir mi propia vestimenta, así que ya estás deshaciéndote de él. Acércame uno de mis trajes.

— No queda ninguno, excelencia — repuso el valet con un hilo de voz.

— ¿Qué has dicho?

— Que no tiene ningún otro traje para esta noche, excelencia. La duquesa viuda los mandó retirar.

— ¡Pero qué demonios…!

— ¡Ah, milord! No me haga responsable de esta trampa. No pude negarme a las órdenes de la duchesse. Su abuela dejó muy claro que usted se pondría este traje y no me dejó opción.

— ¿Y dónde se supone que está toda mi ropa, hombre de Dios? — se exaltó Naruto.

— Excelencia… el traje es perfecto. Por lo que sé, lo ha confeccionado vuestro sastre, el señor Dorwon y él conoce vuestras medidas.

— ¡Ya sé que él tiene mis malditas medidas! Pero se supone que eres mi valet y no el alcahuete de mi abuela. ¡Maldita sea! ¿Es que ahora haces de espía para ella?

Choji negó vehementemente y él se dio por vencido.

— Bueno, déjalo estar. No puedo salir en cueros y no me queda tiempo. No voy a amargar la fiesta a nadie. Pero ésta me la pagarán.

Choji respiró aliviado y le ayudó a cambiarse. Cuando acabó de anudarle la corbata se retiró prudentemente.

— Le sienta espléndidamente, excelencia, si me permite opinar.

— Seguro. — Naruto se acercó al espejo. El color gris perla, de un tono casi idéntico al de los ojos de Hinata, le hacía parecer menos severo y hasta más joven. Choji estaba en lo cierto— . Reconozco que no está mal. Pero tendré una charla con la bruja de mi abuela y con mi querida esposa.

— Sí, excelencia.

— Claro que la tendré — se empecinó aún, admirando su atuendo— . Te lo juro.

El salón principal, que Tsunade había mandado mantener cerrado hasta esa noche, bullía ya de animación. Afortunadamente, la dama había dado muestras de mesura en esta ocasión y únicamente envió invitaciones a unas cien personas: lo más granado de la aristocracia de Londres y algunos amigos personales. A pesar de todo, a Naruto le parecieron una multitud.

Los sirvientes habían hecho un trabajo excelente, e incluso él podía advertir el brillo de las arañas y el reflejo de los ruedos de los vestidos de las damas en el pulido suelo de mármol. Se habían trasladado allí algunas estatuas y junto a los ventanales que daban al jardín se habían colocado maceteros de flores blancas.

— Espléndida — alabó una voz junto al oído de Tsunade.

— ¿Qué esperabas, Jiraya, execrable escocés? — repuso ella sin volverse, pero con una sonrisa en los labios— . Siempre se me dieron bien estos festejos.

— No me refería a la fiesta, Tsunade, sino a ti.

Ella, a su pesar, sintió un cosquilleo bajarle por la espalda al son de la adulación y el diminutivo. Se volvió para responderle algo ácido pero no pudo. Jiraya McKenna lucía el traje típico de Escocia. Y le sentaba maravillosamente. La mirada se paseó por los zapatos, las medias que enfundaban unas piernas aún fuertes, el kilt confeccionado con los colores de su clan: rojo, verde y negro. El sporran colgaba sobre su vientre liso.

— Estás guapo, escocés — admitió— . ¡Bendito sea Dios! Aún podrías enamorar.

Jiraya sonrió y sus dedos le acariciaron la barbilla.

— Solamente me interesaría enamorar a una mujer.

— Seguro que sí — murmuró ella, coqueta.

— Ya sé que sigues queriendo matarme, pero ¿qué tal si dejamos nuestra guerra para mejor ocasión y me concedes el primer baile? No me gustaría tener que lidiar después con los moscones que harán procesión para pedir su turno.

Tsunade vio que Naruto se les acercaba y se guardó la respuesta, dejándole adrede con la intriga.

El duque saludó al escocés y besó a la dama en la mejilla, fijándose en el extraño uniforme del servicio: rojo oscuro con botonaduras doradas para los camareros y delantales y cofias blancas para las criadas. Su mundo estaba patas arriba y a él no le gustaba la sensación de saberse manejado.

— Supongo que vuestra vestimenta, laird, no es también imposición de mi abuela — le dijo en tono mordaz.

— Eeeeeh… pues, no, claro.

— Lo celebro. Al menos alguien ha podido elegir a su gusto.

— No sé de qué te quejas. Estás más guapo que nunca. ¿Le diste tu regalo a Hinata?

— No me permitieron entrar en su habitación, pero se lo entregué a la señora Natsu.

— Ah, sí. Natsu seguía mis indicaciones.

— Me pregunto si dentro de cien años podré gobernar mi propia casa, grand-mère.

— Puede que sí, muchacho, puede que sí — bromeó la dama golpeándole en el hombro con el abanico y arrancando una risotada a Jiraya.

Los temores de la duquesa viuda respecto a la aparición de los Hyûga habían sido del todo fundados. Los tres jóvenes acaparaban la atención de los invitados y las damas empezaban a rodearlos. Algunas alababan su indumentaria y otras, más atrevidas, hacían preguntas o comentarios sobre sus faldas escocesas.

Al otro lado del enorme salón, Ino Yamanaka charlaba animadamente con Sakura Haruno y otras dos jóvenes, Mirai y Moegi, hijas del conde Sarutobi. Un estallido de carcajadas hizo que se volvieran.

— Parece que allí hay animación.

— ¿Qué hacemos entonces aquí? Vamos — rió Ino, adelantándose a las otras muchachas.

Se fueron abriendo camino hasta que Ino y Sakura se pararón en seco al reconocer a los hermanos de Hinata. Sakura no pudo apartar los ojos del rostro atezado, varonil y atractivo de uno de ellos, aquel al que se enfrentó en Londres. Su cabello oscuro despedía reflejos a la luz de las lámparas y debió aceptar que estaba guapísimo. Ino tampoco podia despegar la mirada del mas joven.

— ¿Es cierto que el sporran sirve para sujetar la falda? — quiso saber una de las jóvenes que se lo estaba comiendo con los ojos.

— En cierto modo, sí. ¿Sabe, mademoiselle? Debajo del kilt no se lleva nada — le aclaró Sai.

Hubo un coro de grititos mezclado con risitas alborotadas y la muchacha se excusó, roja como la grana.

Ino se atragantó. A un caballero no se le hubiera ocurrido decir algo semejante, y su opinión acerca del escocés bajó varios enteros. Sin embargo, había oído en otras ocasiones lo que él acababa de confirmar y se preguntó… Se preguntó… ¡Jesús! Su imaginación se desbocaba…

— ¿Te encuentras bien?

— No — le contestó a Sakura, dando la espalda al grupo— . Necesito un vaso de ponche.

Sai no la perdió de vista y fue tras ellas, dejando a su padre y a sus hermanos las explicaciones a los curiosos.

— Buenas noches, señoras.

Ino no tuvo más opción que hacerle frente cuando Mirai y Moegi le devolvieron el saludo.

— Buenas noches, señor. — Sakura hizo las presentaciones correspondientes echando una mirada de reojo a su amiga, cuyo rostro había adquirido un tinte macilento— . Por lo visto, han acaparado la atención.

— Eso parece. — Sai se acercó a las jóvenes aunque su atención se centraba en Ino— . Milady, es un placer volver a verla.

— Nunca lo hubiera imaginado.

La respuesta, un tanto arisca, no le desanimó. Sus ojos oscuros, escrutaron los de la joven y bajaron con todo descaro hasta su escote. Ella se envaró y aunque hubiera querido alejarse, no pudo moverse. Sai la atrapaba, en Londres practicamente lo habia ignorado, pero ahora le era imposible. Era un insolente, un libertino. Aunque terriblemente seductor, acabó admitiendo.

— Me gustaría si me concede el primer baile, juro ser para vos vuestro caballero más entregado.

Ino abrió la boca. Y volvió a cerrarla. Sus acompañantes no se perdían ni un ápice de la conversación y ¿qué podía hacer ella? Mirai y Moegi no eran un dechado de discreción, y si se negaba muy bien podrían sacar a pasear sus cotilleos.

— Creo que tengo mi libreta de baile repleta, señor — contestó a pesar de todo.

Sakura suspiraba y las otras dos ensanchaban la sonrisa por si les ofrecía a ellas la oportunidad. Sai no demostró lo mucho que le fastidió su negativa, aunque le hubiese gustado retorcer el esbelto cuello de aquella arpía.

— A mí me encantaría concederle ese baile — insinuó Moegi.

— Yo se los concedo todos — apostilló Mirai, ridículamente insinuante.

Sai aceptó el ofrecimiento de ambas y se disculpó hasta más tarde. Aunque lo disimuló, Ino no dejó de observar el andar felino del hermano de Hinata y soportó con estoicismo la cháchara que emprendieron sus dos amigas en cuanto él se alejó. Sí, tenía el rostro de un ángel. Sí, tenía una mirada penetrante. Y unos hombros anchísimos. Y el porte de…

— … illoso — afirmaba Mirai.

— ¿Qué?

— Decía que es un caballero maravilloso.

— ¿Quién?

— Vamos, Ino. — Moegi le dio un ligero codazo para que reaccionara— . Hablamos de Sai Hyûga.

— Lo siento, estaba distraída. Tal vez si. Pero no podía negar que le gustaba lo que veía. Tal vez, demasiado.

.

.

.

Hinata se sujetó con firmeza al pasamanos. Sâra y Natsu no habían parado de decir que estaba radiante. Incluso la seca y avinagrada señora Konan, con la que se cruzó, la había mirado fijamente y asentido con la cabeza.

Pero ella estaba aterrada.

Todos esperaban su presencia, iba a ser el centro de la fiesta y Naruto la presentaría formalmente. No quería dejarle en mal lugar, pero asumir el rol de duquesa aún se le hacía cuesta arriba.

Natsu la empujó ligeramente y le susurró:

— Baja de una vez, niña.

— No puedo moverme.

— Ninguna Hyûga ha huido ante las dificultades.

— Da la casualidad de que soy la primera Hyûga que se convierte en duquesa. Y todo esto me viene grande. Me da pánico hacer algo indebido.

— Sé tú misma.

Irguió los hombros, se encomendó a todos los santos escoceses y comenzó a bajar despacio. Sólo faltaba que tropezara y cayese. No quiso ni pensarlo. Lejos de cohibirse, el pensamiento la rearmó de ánimo, aun cuando las conversaciones empezaron a decaer y los invitados le fueron prestando atención a medida que se hacía presente. Todas las miradas estaban fijas en ella y se vio como Juana de Arco camino de la hoguera. Afortunadamente, distinguió a su esposo abriéndose paso entre los asistentes y se le olvidó todo lo demás. ¡Cielos! ¡Qué atractivo estaba de gris sin su habitual rigor negro!

Naruto se mantuvo al pie de la escalera. La admiración de sus ojos acabó por afianzar la seguridad de Hinata, que le regaló una caída de pestañas. Él no esperó, acortó la distancia que les separaba y abarcó su talle con un brazo posesivo.

— Estás preciosa — alabó, acercándosela más. El suave aroma que emanaba de ella le azotó de manera insospechada, haciendo que deseara besarla.

— Tú también estás muy guapo con ese traje.

— De eso hablaremos más tarde — repuso él con un leve fruncimiento de ceño. Hinchó el pecho con el orgullo de un pavo real y se dirigió a sus invitados— . Damas y caballeros, les presento a Hinata Hyûga, duquesa de Konohagakure.

Una salva de aplausos recibió el anuncio, acabaron de descender y de inmediato se vieron rodeados. Hinata recordó los consejos de Tsunade y no dejó de sonreír al tiempo que intentaba recordar nombres y títulos.

Muchos de los invitados estaban allí por una única razón: chismorrear sobre la joven escocesa que se había convertido en la nueva duquesa. Tampoco faltaban los que simplemente habían acudido para disfrutar de la fiesta, ya que hacía años que Uzumaki House no se engalanaba para un evento social. Ambas causas constituirían un filón para posteriores rumores de salón con que se amenizarían las veladas durante los próximos meses. Pero es que además existía un aliciente inigualable: la enemistad de la duquesa viuda con Jiraya McKenna. Ni uno solo de los allí presentes dudaba que el encuentro entre ambos supondría un acontecimiento.

Hinata conocía a unos pocos asistentes y tenía referencias de la mayoría. Recibió parabienes sin reservas y hasta ella misma se permitió la licencia de una risa sin protocolo cuando alguien se preguntó, en voz alta, cómo era posible que un ermitaño como Naruto hubiera podido casarse con una joven tan encantadora.

— Me tiemblan las piernas — le dijo a su esposo cuando pudieron quedarse a solas.

— Estás increíblemente hermosa. Y eres la envidia de las damas.

— Sólo espero que las solteras no me despellejen por haber robado al hombre más atractivo de toda Inglaterra.

Para Naruto supuso una sorpresa un halago que no esperaba. ¿Así lo consideraba su esposa? Se inclinó y depositó un beso breve en sus labios como agradecimiento. Ella se sonrojó y echó un rápido vistazo alrededor, gimiendo al darse cuenta de que la caricia de su marido no había pasado desapercibida.

— Estás preciosa cuando te acaloras.

— Calla.

— Aunque mucho más cuando hacemos el amor.

— Por favor…

— Y me encantan tus pecas.

— Naruto…

— Y tu boca — continuó él, intentando olvidar que estaban en público— . Y tu pelo. Y tus ojos cuando estás a punto de…

Hinata le tapó la boca pero se le escapó un mohín pícaro.

— Hazme esos halagos cuando estemos a solas, pero no ahora, por favor.

Naruto depositó un beso en el interior de su muñeca y sus ojos azules brillaron de anticipación.

— Te haré mucho más que hablarte de lo bonita que eres.

— ¿Es una promesa?

Él fue a contestar pero se le anticiparon unos cuantos jóvenes que les rodearon solicitando un baile a la anfitriona. Hinata le fue arrebatada y Naruto no encontró forma de recuperarla. No era de buena educación acaparar a la dama y él debía atenerse a unas normas por mucho que le fastidiaran aquella noche, de manera que se alejó en busca de una bebida, allí donde Sakura e Ino departían con el vizconde Inuzuka, el acompañante de Ino, y otro caballero al que no conocía.

— Me agrada que hayan venido, señoras. Vizconde… Señor…

— Mi padre no puso impedimento alguno ante la carta que recibió de la abuela. ¡A saber qué decía! — le contestó su prima— . Ya la conoces.

— Seguro que alguna lindeza — bromeó él.

— Es muy posible — confirmó Sakura— . Naruto, me gustaría presentarte a Rock Lee.

— Es un placer, excelencia. — El joven estrechó con vigor la mano que Naruto le tendía— . Y quiero agradecerle personalmente el interés que me ha dispensado. No lo olvidaré.

— No hay nada que agradecer. Al parecer el conde le ha tomado aprecio.

— Bueno… Intento servirle lo mejor que sé. Y él admite mis puntos de vista de buen grado.

— Algo sé de eso, sí. Según dice, tiene usted excelente olfato.

Naruto concedió algunos minutos al enamorado de Sakura y atendió su opinión sobre la cría caballar para las carreras, observando complacido que su prima asentía a cada afirmación del joven como si él hubiera escrito las Sagradas Escrituras. Unos meses antes le importaba poco si su prima era feliz o no, pero habían cambiado muchas cosas desde entonces y todo gracias a Hinata. Ahora, el concepto de familia había adquirido para él otra dimensión.

La conversación fue aprovechada por el vizconde que acaparó a Naruto por completo con la propuesta de un presunto inmejorable negocio de equinos. Por cortesía, escuchó una exposición que empezó a extenderse más allá de lo razonable. Para colmo, su prima, Lee e Ino se excusaron y se alejaron dejándole a solas con él.

La fortuna hizo que Neji se acercara a ellos.

— ¿Puedo hablar un momento contigo, Naruto? Es importante.

— Por supuesto. ¿Conoce a mi cuñado, Neji Hyûga, vizconde?

— Nos han presentado, sí — repuso éste sin disimular el rechazo a la interrupción.

— Bien. Discúlpeme, por favor. Disfrute de la fiesta.

Neji lo tomó del brazo y lo alejó.

— Espero que no hayas hecho mucho caso a ese tipo — dijo Neji convenientemente apartados.

— Me proponía un negocio.

— También me lo propuso a mí en cuanto fuimos presentados. Debe de tener necesidad de dinero. Y el negocio es un fiasco.

— ¿Qué es eso tan importante que tenías que decirme?

— En realidad, nada, pero me pareció verte cara de aburrimiento y tu esposa está rodeada de un buen número de moscones. — Neji señaló con el mentón hacia el nutrido grupo de caballeros que hacían corro a su hermana— . Creo que te va a costar trabajo recuperarla.

— Es muy posible que me bata en duelo con alguno de ellos antes de que acabe la noche — gruñó Naruto.

Neji se limitó a palmearle la espalda y decir:

— La rescataré para ti. Pero recuerda que me deberás un favor, cuñado. Que me cobraré.

El joven se acercó al corro con aire desenvuelto y Naruto caviló que, aunque no quería reconocerlo, tanto varón halagando a su esposa no le agradaba. Era ilógico, lo sabía. Y muy poco racional. Pero una desazón le acuchillaba el pecho al verla sonreír a otro hombre. Si eran celos estaban allí ahora, zahiriéndole. Sufrirlos era algo que nunca imaginó. Le hubiera gustado tomar el puesto de Neji que sin duda sabría cómo apartarla de los babeantes admiradores, pero él era el duque de Konohagakure y no le estaba permitido comportarse con vulgaridad y montar una escena. Los maridos no demostraban celos de sus esposas y las damas hacían la vista gorda a los coqueteos de los maridos. Así era la sociedad y él nada podía hacer por cambiarla.

Además, aquélla era la noche de Hinata, ella era la estrella de la fiesta y él deseaba que disfrutara por encima de todo. Se obligó a contenerse, dispensó atenciones y sonrisas y no rehusó algo que echarse a la garganta.

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Continuará...