Naruto Y Hinata en:
EL CASTILLO DE LA NIEBLA
«Capítulo 24»
El maestro de ceremonias anunció el inicio del baile y los músicos tomaron posición en la pequeña plataforma levantada al efecto en uno de los laterales del salón. Naruto, pendiente de Hinata, la observaba desde lejos a la vez que se esforzaba en atender los comentarios o saludos de sus invitados. No muy lejos de ella, Neji Hyûga se abría paso con escasa sutileza, sin importarle un ardite la etiqueta, acudiendo al rescate de su hermana asediada por quienes esperaban su turno.
— Creo que ésta es mi pieza, excelencia. — Neji enlazó a Hinata y casi la arrastró a la pista dejando tras de sí un reguero de comentarios.
— Les complaceré más tarde, señores — prometió ella por encima del hombro, respirando aliviada. Luego, aplicó un disimulado pisotón a su hermano— . Eres un bruto.
— Cariño, si no te llego a sacar de ahí te hubiesen desplumado.
— Sé cuidarme sola.
— No me lo ha parecido. Ese idiota de cabello zanahoria estaba a punto de echársete encima.
— No digas tonterías. Más valdría que te dedicaras a buscar alguna muchacha bonita en vez de servirme de carabina.
— Eso, después. Tengo una promesa que cumplir.
— ¿Qué promesa?
— Rescatarte y entregarte a tu esposo.
Hinata se hizo un poco hacia atrás para mirarlo a la cara. Neji bromeaba. Porque su esposo no urdiría semejante tontería.
— Por si no lo recuerdas, soy la anfitriona y me debo a nuestros invitados.
— Pues tu marido no parece estar muy de acuerdo con el babeo que revolotea a tus faldas.
Neji hizo que girara con un paso elegante, consciente de que eran el centro de atención.
— ¿Cuándo vas a decidirte a buscar esposa?
— Y ahora, ¿qué mosca te ha picado, chica?
— Eres el heredero del título, guapo, con fortuna y estás en edad de casarte. Deberías buscar a una buena muchacha, sentar la cabeza y establecerte en Bird Tower.
El gesto de Neji se ensombreció.
— El problema no es dónde sino con quién. Eso de las «buenas muchachas» es una frase hecha. Y no tengo intenciones de atarme a nadie — enfatizó.
Hinata se abstuvo de insistir limitándose a seguir el ritmo. En una de las vueltas distinguió a la duquesa viuda charlando animadamente con su abuelo.
— ¿Qué te parece? A ver si terminan por reconciliarse.
— Cuando pasé a su lado estaban discutiendo.
— ¿Discutiendo? Entonces ganará Tsunade — aseguró Hinata.
— Eso habrá que verlo.
Finalizó la pieza y Neji la llevó hasta el duque que, de inmediato, volvió a sacarla a bailar.
Ino comenzaba a irritarse.
El vizconde Inuzuka no le había hecho más caso que a una de las macetas del salón. Exponía las bondades de su negocio a quien quisiera escucharlo mientras ella se aburría soberanamente. Empezaba a pensar que, ofreciéndose como su pareja, se había aprovechado de ella para colarse en Uzumaki House.
— ¿Qué tal si me acepta una taza de ponche? — oyó.
Ino no necesitó volverse para saber de quién se trataba.
— Gracias, no me apetece.
— ¿Un baile, entonces?
— No.
— Ya veo. Está esperando a que su enamorado deje de lado sus negocios y la lleve a la pista. Permítame que le diga que el vizconde parece más interesado en los caballos que en usted, milady.
Notaba a Sai demasiado cerca de ella y eso la ponía nerviosa, pero no podía negar que él resultaba muy atractivo. Ya se lo había parecido cuando se presentó en su casa buscando a Hinata. Ella no era una enamoradiza ni estaba desesperada por encontrar pareja; muy al contrario, le sobraban pretendientes (ninguno tan gallardo como el escocés). Caballeros con título y fortuna (ninguno tan arrogante como Sai Hyûga). Hombres respetables que deseaban desposarla (ninguno tan osado y arrogante como aquel de ojos oscuros y penetrantes).
— Soy bastante impertinente cuando me interesa alguien — decía él, tan cerca de su oído que se le erizó la piel.
— Yo…
Se volvió para enfrentarle y fue su perdición. Él sonreía como un diablo e Ino se quedó prendada de su boca.
— Una pieza de baile — aceptó, desviando su atención antes que el rubor coloreara sus mejillas.
Al otro lado del salón, un grupo de caballeros acogía con regocijo el comentario de Tsunade Senju.
— Lo digo en serio, señores. Él me ganó por la mano, pero yo pensaba dejarlo plantado en el altar cuando el sacerdote me preguntara si lo quería por esposo.
Jiraya intervino entonces:
— Así que juraste matarme si volvías a verme cuando ya habías decidido dejarme.
— Un caballero nunca debe adelantarse a una dama, ¿no crees? — sentenció ella.
Naruto buscó por enésima vez a su esposa entre la concurrencia. Se la habían vuelto a arrebatar apenas acabó su baile y no pudo hacer nada por evitarlo. Cada vez que había intentado abordarla, alguien se le adelantaba.
En su calidad de anfitrión se debía a sus invitados y a unas formas, pero comenzaba a hartarse de tanto cumplimiento por más que, en su mayoría, se acercaran a él para felicitarle por su matrimonio. ¿De qué le servía a él estar casado con una belleza si no le dejaban disfrutar de ella? Iba a resultarle muy engorroso regresar a la vida social para poder satisfacer así a Hinata, pero ella parecía encontrarse en el séptimo cielo departiendo aquí y allá, siempre atenta y sonriente. Con tal de verla feliz él iría de cabeza al mismo infierno.
— Un penique por tus pensamientos, cuñado — ofertó Sasuke, entregándole una copa de champán.
Naruto aceptó la bebida y contestó:
— Una fortuna daría si yo mismo supiera por dónde van.
No dejaba de seguir la elegante cadencia con que Hinata se movía por la pista. Le perturbaba el modo en que sus sentimientos habían cambiado en tan poco tiempo. Hasta conocer a Hinata, la palabra «amor» que rondaba su cabeza con insistencia era únicamente algo que atañía a otros, no a él. Amor. Condenada expresión. Ella se le había metido bajo la piel sin darse cuenta y ahora cobraba todo el sentido, aunque le asustaba. Sí, el duque de Konohagakure, tildado de frío y distante, tenía miedo de no corresponder a su esposa como se merecía. Ella le había confesado que lo amaba. ¿Qué había hecho él, salvo enorgullecerse? Ni siquiera le había respondido. Es verdad que la deseaba. Pero estaba seguro de que la quería, con o sin sexo. Disfrutar del cuerpo de Hinata era sólo una parte; lo que ansiaba era tener su corazón.
Sacudió la cabeza y prestó atención a Sasuke.
— ¿Cómo lo estás pasando?
— Espero que mejore la noche — le contestó, señalando con disimulo a una joven.
— Hubiera creído que ibas tras las faldas de lady Karin.
— Demasiado peligrosa. Anda buscando marido. Se la cedí gustosamente a lord Hozuki. Suigetsu Hozuki. ¡Qué barbaridad! Tiene un nombre horrible.
— Por lo que sé, sus abuelos mantuvieron una agria disputa porque ambos querían que el muchacho llevara su nombre. Como no se ponían de acuerdo se decidieron por el del bisabuelo.
Sasuke no dejaba de observar a su cuñado. Estaba descubriendo en él un humor ácido que ni sospechaba y le resultaba gratificante.
— Deberías rescatar a mi hermana de las garras de ese palurdo con el que está bailando.
— Lord Moregan es un buen amigo. Y no debo acaparar a mi esposa, ya la rescató antes Neji.
— Yo lo haré de nuevo si me dejas montar ese semental negro que tienes. Es lo más hermoso que he visto en mi vida — le propuso.
Naruto asintió y el escocés cruzó entre los bailarines. Vio que hablaba con Moregan, enlazaba a Hinata y se fueron acercando.
— Es tu turno, cuñado.
Sasuke, soltó a Hinata e hizo una graciosa inclinación dejando el campo libre.
— ¿Por qué me parece que ese tunante y tú han hecho un trato? ¿Ahora te confabulas con mis hermanos?
— Va a costarme dejarle que monte a Tiniebla, pero era la única forma de poder bailar contigo sin quedar en evidencia como un esposo celoso. Y lo que es peor, aún no sé qué va a exigir Neji a cambio de su anterior rescate.
— Sólo estoy cumpliendo un rol, excelencia — repuso ella, descubriendo una nueva faceta en él que le encantaba.
— ¿Qué te parece si olvidas tu papel de anfitriona durante, digamos… una hora?
A ella le brillaron los ojos. ¿El estricto duque de Konohagakure estaba proponiéndole escabullirse de su propia fiesta?
— Seamos serios, Naruto.
— ¡Al infierno con eso, señora mía! Estoy excitado desde que te vi bajar las escaleras.
Perderse con él era una propuesta apasionante. Le seducía jugar a transgresora. Estaba cansada de bailar y un interludio con su marido no dejaba de ser sugerente.
— ¿En tu habitación o en la mía, excelencia?
— Repitamos en la biblioteca — invitó él, malicioso— . Me encantó el… — Repentinamente se quedó callado y su atención se centró en una de las personas que entraba en el salón.
Hinata también los vio: Shikamaru Nara acompañado de dos mujeres. Y una de ellas era la última persona a la que esperaba ver esa noche. ¿Cómo dijo Ino que se llamaba? ¿Shion Mõyrõ? ¿Quién diablos la había invitado? ¿Cómo tenía la indecencia de presentarse allí siendo de todos conocido que había sido amante de su esposo? No les quedó otra alternativa que acercarse a recibirlos.
Hinata saludó efusivamente a Shikamaru y agradeció su presencia.
— Te echábamos de menos.
— No tanto como yo, duquesa. Quiero presentarles a mi prometida, lady Temari No Sabaku.
Hinata acogió las manos de una preciosidad rubia entre las suyas. Era alta y de mirada franca. Le agradó de inmediato.
— Gracias por venir.
— Hay alguien más a quien debes conocer — se aprestó a sugerir su marido.
— Ya nos hemos visto antes, aunque no hemos sido presentadas — repuso notoriamente contrariada.
Naruto le lanzó una mirada rápida. ¡Demonios! Sabía que tendría que darle muchas explicaciones por la presencia de Shion allí, era consciente de ello, pero la condesa era una amiga de verdad y lo que tenían entre manos era importante.
Hinata apreció que era una mujer muy hermosa, de rasgos aristocráticos y elegantes, de cutis perfecto. Sus ojos, grandes y profundos, rezumaban agudeza. Vestía un modelo azul oscuro que resaltaba su busto y su estrecha cintura y lucía primorosamente su cabello en un moño alto que estilizaba su esbelto cuello. Era lógico que su presencia acaparara la atención de los hombres, incluido su esposo. Cayó en el error de compararse y se halló a sí misma desfavorecida.
— Lady Shion Mõyrõ, condesa viuda de Leisser — la presentó Naruto.
Ambas se inclinaron gentilmente pero valorándose sin contemplaciones, como dos mujeres saben hacerlo. A Hinata la situación le pareció embarazosa. La esposa y la examante frente a frente. ¿O tal vez seguían entendiéndose?
— Es un placer, excelencia.
— Me alegra que haya podido acudir a nuestra fiesta, condesa Leisser.
— Shion, por favor. Naruto y yo somos viejos amigos.
Hinata sonrió como si le estuvieran clavando alfileres en los riñones.
— Sea bienvenida. Espero que se divierta. Tendrá que disculparnos, sin embargo, es el inconveniente de los invitados.
— Por supuesto. — A Hinata no se le escapó un rápido intercambio de miradas entre la condesa y Naruto.
— Antes de nada tenemos que hablar, Shion — cortó Naruto— . Cariño, estoy contigo en un minuto — le dijo a Hinata— . No olvides nuestro acuerdo pendiente.
Hinata se quedó encallada viéndoles alejarse, sin acabar de creer que él la hubiera dejado plantada. Quiso disimular su decepción pero una y otra vez su vista se dirigía hacia la salida del jardín, por donde habían desaparecido.
— ¿Celosa? — Se le acercó su hermano Sai.
— Más bien intrigada.
Sai se inclinó para decirle al oído:
— Se te da muy mal mentir, diablilla. Tus ojos te delatan.
— No digas estupideces.
— Vamos, princesa. Estás hablando conmigo. Te conozco.
— Vale. Estoy celosa, sí — admitió.
— No deberías preocuparte por esa mujer, sea quien sea. Tu marido está loco por ti, no hay más que verlo, y seguro que tiene una buena razón para ausentarse.
— ¿Al jardín?
— Al jardín o donde sea. Los asuntos privados deben tratarse privadamente.
Hinata iba a responderle pero sucedió algo inesperado: Sakura abofeteó a Sasuke. Exclamaciones de sorpresa paralizaron a las parejas más próximas atentas al desarrollo del incidente.
— Vuelva a acercarse a mí, y le juro que le pegaré un tiro — tronó la voz de la joven.
Antes de que nadie pudiera reaccionar, Sakura Haruno dio la espalda a Sasuke y se alejó con su dignidad por bandera y dejando un ambiente perplejo a sus espaldas.
Los asistentes cuchicheaban congregándose alrededor de Sasuke y Lee, que había resuelto mostrarse como un caballero ofendido.
— Por descontado, no rehusaré un duelo. — Le contestó Sasuke
Hinata se tambaleó y Lee sufrió un sobresalto, porque no era, ni de lejos, la respuesta que esperaba del escocés.
— Bueno, yo…
— ¿Cuándo y dónde, señor? — insistía Sasuke.
A Hinata le entraron ganas de romper algo en la crisma de su hermano. ¡Por todos los infiernos! Estaba arruinando su fiesta y obligando a Lee a aceptar un desafío.
— No creo que se deba llegar a… — empezaba Lee a excusarse mientras su frente se perlaba de sudor— . Aceptaré su palabra de que solamente ha sido un malentendido, Sasuke. Somos caballeros.
— Yo no soy un caballero.
— Y yo no pienso retar al cuñado del duque de Konohagakure, además Sakura le dejo claro todo, ella es mi prometida, no se entrometa.
Sasuke dio un paso hacia él, pero Hinata se interpuso entre ambos.
— Les ruego den por finalizada esta enojosa escena, señores. Si ninguno de los dos sabe comportarse, podemos prescindir de su presencia en Uzumaki House.
Lee aprovechó el capote para disculparse con ella y se fue tras Sakura. Sasuke, por el contrario, despedía fuego por sus ojos. Pero conocía a su hermana y supo que lo mejor era retirarse. Le hizo una exagerada reverencia y se alejó. Paulatinamente fue disminuyendo el interés de los invitados por el altercado, y éstos regresaron al baile o a los corrillos, aunque Hinata sabía que la escena iba a levantar ampollas.
Sai alcanzó a su hermano en las escaleras que subían a la planta superior.
— ¿Puede saberse qué te ha pasado? Nuestra hermana va a despellejarte.
Sasuke se encogió de hombros, como si no diera importancia al hecho de haber montado un escándalo, pero sus dedos no se apoyaban sino que se aferraban al pasamanos contradiciendo su aparente calma.
— Ya me conoces.
— Estoy empezando a pensar que no.
— No ha sido tan grave.
— En este ambiente, tu enfrentamiento con Lee será la comidilla durante mucho tiempo.
— Por mí como si se alarga hasta que el infierno se congele. No estaré aquí para escucharlos. Me vuelvo a Escocia.
— ¿Qué ha pasado? — preguntó Hinata a su amiga Sakura, que acababa de pedir su capa y su carruaje.
— No tiene importancia.
— No puedes irte ahora.
Lee llegó junto a Sakura
— Te acompañare a casa
—Esta bien. No voy a quedarme aquí ni un minuto más. Lo siento por ti Hinata, pero si vuelvo a ver a tu hermano… — Sacudió su cabello al mover la cabeza— . Discúlpame con mi primo. Buenas noches.
Hinata la vio aceptar su ropa, subir junto con Lee y alejarse sin encontrar palabras para detenerla mientras notaba que la ira crecía en su pecho.
— Un día de éstos voy a matar a Sasuke — le dijo a Ino— . Arruinar mi fiesta y hacer que Sakura se disguste… Definitivamente creo que le pegaré un tiro.
— ¿A quién vas a matar? — quiso saber Naruto, que llegaba en ese momento, muy atento al rostro acalorado de su esposa.
Ino le fue explicando y él iba asintiendo sin mostrar signos de pesar. Muy al contrario, se diría que le chispeaba la mirada.
— Cotilleo asegurado para los próximos meses.
— Lo lamento — se disculpó Hinata.
— ¿Lamentarlo? ¿Por qué? Señora, la fiesta va a ser un éxito, en parte, gracias a tu hermano. Los escándalos son la salsa de este tipo de celebraciones.
A punto estuvo Hinata de decirle que, entonces, él había contribuido notablemente también. Ni uno solo de los invitados había sido ajeno a su retirada al jardín en compañía de la que fue su amante. Airada, no desperdició la ocasión para alejarse de él sin responder.
— Deberías mantenerte alejado hasta que se calme. — Sai le hablaba a su espalda— . La llegada de la condesa y la escenita de mi hermano la han irritado sobremanera.
— ¿Qué pasa con Shion?
— Shion... ¿Asi se llama?, una manera muy familiar para llamar a esa dama.
— ¿Tratas de decirme algo? Porque no lo pillo.
— Hinata está celosa.
— ¿Estás bromeando?
— No. Y creo que vas a necesitar una buena excusa.
— No suelo dar explicaciones. La condesa de Leisser es una buena amiga y teníamos un asunto que tratar.
Sai se encogió de hombros, palmeó su espalda y se fue tan discretamente como llegó dejando a Naruto con sus cavilaciones. Si hacía partícipe a Hinata de su conversación con Shion todo se iría al traste y deseaba sorprenderla.
De momento, era mejor mantenerlo en secreto. Pero no podía permitirse que su esposa elucubrara cosas absurdas, de modo que caminó resueltamente hasta la pista.
— ¿Me permite un momento, lord Millors?
La pareja de Hinata cedió galantemente. Naruto abarcó la cintura de su esposa, pero ella clavó los talones en el suelo.
— Eso ha sido una descortesía.
— Tengo que hablar contigo y no puedo esperar.
— ¿Has acabado ya con la condesa? ¿Has decidido que ahora sí tienes tiempo para mí?
¿Sai había dicho «celosa»? ¡Diablos! Lo que estaba era enfurecida.
— Bailemos, señora. Nos están mirando.
— ¿No dices que los escándalos son la salsa de las fiestas?
Naruto hubiera jurado que ella tenía ganas de abofetearle. La tomó del brazo y ella le siguió fuera de la pista. Sonrió a los invitados con los que se cruzó, pero se soltó de un tirón en cuanto estuvieron a solas y se dirigieron a la biblioteca.
— Tenemos que hablar, Hinata.
— No es el momento. Tal vez más tarde.
— Por favor.
El tono de Naruto no dejaba lugar a una negativa, así que lo siguió de mala gana. Cuando la puerta se cerró tras ellos se volvió para increparle, pero Naruto no le dio tiempo, la estrechó contra su pecho y la besó. Ella se zafó y cuando lo consiguió trató de recomponer sus ideas.
— Así que estás celosa de Shion.
— Fue tu amante, ¿no?
— Lo fue, sí — admitió él— . Pero de eso hace ya mucho tiempo, cuando Shion acababa de enviudar. Y no te había conocido a ti.
— No la precede una buena reputación.
— Tampoco la tengo yo. Por favor, siéntate. — Esperó a que se acomodara y se ubicó en el brazo del sillón— . Shion es una mujer que ha superado muchas dificultades. La casaron muy joven. Y el maldito Leisser era un desgraciado que la humillaba y maltrataba. Yo la ayudé a soportar aquella etapa, sólo eso.
— ¿Convirtiéndola en tu amante?
— No. Eso sucedió después de que enviudara. Shion siempre ha tenido una gran integridad, aunque es cierto que no se adapta a las normas establecidas, lo que le ha procurado muchas críticas.
Hinata se removió y se alisó su ropa, reticente a encuadrar a la condesa en otra perspectiva que no fuera la de rival.
— ¿Qué pasó con el conde? ¿Cómo murió? ¿Lo mataste?
— Me hubiera gustado, pero no.
Hinata necesitaba creerle. Era su marido y parecía sincero. Pero aún aleteaba en su cabeza la maldita nota que había encontrado. ¿Y si estaba confundida con él? ¿Y si le entregaba su corazón y él se lo devolvía destrozado? ¿Y si realmente… había algo oscuro en su proceder en relación con la muerte de la duquesa y de Fûka?
— De modo que ella ya no es tu amante…
— No tengo más que una amante, Hinata, y eres tú. — La atrajo hacia él e inhaló el aroma de sus cabellos, depositando un beso breve en su coronilla— . Cariño, te juro que…
— No jures. No lo hagas.
— Hinata, mírame. — Puso un dedo bajo su barbilla y la obligó a alzar el rostro. En sus ojos se reflejaba una duda que a él le arrancaba un trozo de alma— . Mírame y dime si me crees tan estúpido como para buscar en brazos de otra mujer lo que te he entregado a ti. Te amo, Hinata.
Hinata se quedó sin habla. Siempre parco en palabras, nunca se había sincerado con ella hasta ese punto. Escrutó en su mirada, que encontró limpia y sincera y se despojó de sus reservas.
— ¿Me… amas?
— ¿Lo dudas, acaso? No puedo explicarte cómo ha ocurrido. Incluso he luchado contra ese sentimiento. Tenía miedo, Hinata. Aún lo tengo. Pero sí, te amo.
— Yo creo que me enamoré completamente de ti cuando llegué aquí, y eso que parecías temible, mirándome de aquel modo frío y desdeñoso.
— Creo que lo hacía como protección. Me asombraste. Esperaba a una muchacha insípida y se me presentó todo un carácter, desinhibido y valeroso que fue demoliendo mis defensas.
Hinata se acurrucó contra él. Había soñado tanto con esas palabras que la dicha la embargaba.
— Tú dijiste que no creías en el amor.
— Y no creía. Ni siquiera sé si sabré amarte como te mereces. Sólo sé que te necesito a cada instante, a cada momento del día y de la noche.
Ella apoyó la mejilla en su pierna. Al lado de Naruto se encontraba en la gloria, lo amaba y acababa de oír una sencilla declaración que suponía el fin de la angustia que la había estado matando. Sí, se sentía feliz. Sólo una sospecha empañaba su júbilo. Porque si su esposo era un hombre íntegro… ¿quién estaba intentando horadar su confianza en él? ¿Por qué? ¿Con qué enemigo debía enfrentarse?
— Naruto… ¿Conoces a alguien que te odie tanto como para calumniarte?
— Es posible — asintió él, frunciendo levemente el ceño— . Soy un duque. Nunca estaré libre de insidias. Por otro lado, me he creado algunos enemigos, tanto entre la aristocracia como en el Parlamento… — Se calló que también se los había buscado entre los delincuentes y los asesinos— . ¿A qué viene esa pregunta?
— Me hicieron llegar una nota.
Naruto guardó silencio y esperó una explicación. Pero la cabeza de Hinata barajaba la conveniencia de contarle toda la verdad porque, tal vez, estuviera destapando la caja de Pandora.
— ¿Y bien? ¿Qué decía esa nota? — se aventuró Naruto ya que ella mantenía su mutismo.
— Insinuaba que Amaru murió cuando Fûka apareció en tu vida. Que ella había muerto cuando llegué yo. Y que yo, por tanto, podía ser la siguiente…
Un silencio espeso se adueñó de la biblioteca. Luego él se levantó, blasfemó y quedó de pie, de espaldas a ella, rememorando su pasado con Amaru, los temores que le asaltaban. Nada que tuviera que ver con la situación presente pero que le inducía a ponerse en guardia.
— ¿Tienes aún esa carta?
— Me deshice de ella. La quemé.
Tuvo conciencia entonces que llegaba hasta ellos la música y los sonidos del salón. Sus invitados lo estaban pasando bien mientras él se debatía entre la incertidumbre y la incredulidad. ¿Quién podía odiarle tanto como para querer sembrar cizaña entre él y su esposa o acaso tramar algo contra ella? Deseó que la maldita fiesta acabara, que se marcharan todos.
— Naruto, cuéntame — rogaba ella— . Soy tu esposa. Te amo. Pero no podemos vivir con la sombra de Amaru entre nosotros. Necesito saber qué pasó.
Naruto se tensó. ¿Qué podía contar? ¿Que había sido un marido detestable? ¿Que nunca le había prestado la atención que merecía? ¿Qué tal vez por eso acabó loca y se suicidó? Hasta entonces nunca se había confesado con nadie, salvo con Shion. Pero Hinata tenía razón, no podía seguir huyendo de una culpa que lo atormentaba y le hacía despertarse algunas noches con el fantasma de la muerte de Amaru acosándole. Aquello no debía interponerse entre ellos dos.
— Ella me habló de sus miedos — se sinceró, con la vista perdida en las sombras del jardín— . Una vez me dijo que había visto extrañas figuras que le hablaban, que la perseguían durante la noche. Ruidos que la aterrorizaban. No hice caso. No tenía tiempo para iniciar una cruzada que pusiera fin a sus fantasías.
— Puede que no fueran fantasías, Naruto. Al menos, no creo que lo hayan sido las mías.
Recordó muy bien cómo habían revisado las habitaciones de Hinata. Podía tratarse de una coincidencia, pero ahora ésta tomaba tintes de verdadera pesadilla. Porque su desaparecida esposa, asustadiza como era, se creyó las apariciones y acabó desquiciada. Así lo había creído. No era el caso de Hinata, racional y decidida. Si a ella la habían acosado las mismas extrañas manifestaciones, con patrones diseñados para infundir el temor, entonces se enfrentaba a un enemigo. Y estaba entre ellos.
— La noche en la que Amaru murió — continuó diciendo acercándose de nuevo a ella y tomando asiento— , llegué tarde. Las filtraciones de su idilio llegaron a mis oídos y mi estúpido orgullo me llevó a ausentarme. Me devanaba los sesos preguntándome si el hijo que esperaba era realmente mío o del hombre con el que me estaba engañando.
— No puedes culparte por no haber estado a su lado.
— Necesitaba que ella misma me confesara su culpa — seguía él— . Acudí a su recámara, irritado, decidido a que hablara. No estaba. Oí ruidos al final de la galería. La puerta de acceso a la torre estaba abierta y la tormenta azotaba el castillo. Fue un mal augurio. Corrí hacia la torre. No me da apuro afirmar que, pese a odiarla, en ese momento corrí como un condenado, loco de aprehensión. — Se volvió a mirar a Hinata con los ojos acuosos— . No llegué a tiempo de evitar la tragedia. Amaru estaba al borde de la torre, con medio cuerpo ya en el vacío. Creo que grité, no lo sé. Luego la vi caer, perderse entre la niebla, en la oscuridad.
Hinata lo abrazó por la cintura, tratando de consolarlo.
— Murió sin poder sacarme de la duda espantosa. Nunca podré estar seguro de si murió llevando a mi hijo en las entrañas o al hijo de otro. El desgraciado se suicidó cuando se supo la noticia de la muerte de Amaru; sólo entonces supe quién era.
— Lo siento.
— Lo de Fûka vino como consecuencia de todo ello. Una joven bonita, melosa, y estaba siempre allí donde mirase. Supongo que me dejé llevar porque necesitaba a alguien en quien refugiarme.
— No hace falta que me cuentes más.
— Pero yo quiero hacerlo, Hinata — la abrazó con más fuerza— , para que no quede ni una duda entre nosotros.
— Yo no las tengo ya, Naruto.
— Tú eres un corazón puro, cariño. Y yo un espíritu resentido que…
— Te amo. — Se alzó de puntillas y lo besó— . No te atormentes culpándote de algo que pudiste remediar. Eres un hombre honesto, aunque un poco… Bueno, muy arrogante. No me importa tu relación con Fûka. Como dijo Natsu, eras un hombre viudo que no había jurado celibato y tenías todo el derecho del mundo a tener una amante.
— Ni siquiera fue eso. Fûka no fue sino una vía de escape, mi amor. Algo a lo que aferrarme cuando desfallecía. Mi madre nos dejó cuando yo era un niño. ¿Qué puede hacer una criatura para que lo abandone su madre? Yo la amaba más que a nada y me falló, como me falló Amaru. Por eso me atrincheré, por eso no quería creer otra vez en el amor, dolía demasiado. Pero yo no maté a Fûka, Hinata.
— Llegué a dudar, ¿sabes? — le confesó— . La noche del suceso llovía, apareciste empapado sin más y tu cama estaba sin deshacer. Lo lamento.
— No dormí en casa porque fui a hablar con Tobi Richmond para que no se librara el duelo con Deidara.
— Ahora lo sé. Creo que hasta Natsu confiaba más en ti que yo misma.
— ¿Tu aya? Pero si aprovecha la menor oportunidad para zaherirme.
— Sí, pero es que le cuesta reconocer que ha tomado cariño a un inglés.
En los ojos de Naruto destelló un amago de buen humor, pero no abandonó el hilo de su discurso.
— Por supuesto, la nota que te enviaron era anónima.
— Por supuesto, sí. Naruto, tiene que ser alguien de Uzumaki House.
Él asintió, porque ya había llegado a la misma conclusión.
— Mañana mismo nos trasladaremos a Londres. No quiero que permanezcas un segundo más entre estos muros.
— ¡Pero ésta es mi casa! ¡Nuestra casa!
— Está decidido, Hinata. Si te sucede algo yo…
— No va a pasarme nada. Yo no soy una muchachita frágil como Amaru y tampoco soy Fûka. ¿Sabías que una vez perseguí al fantasma de mi tatarabuelo por todo Byakugan Tower? Sé cuidarme, Naruto. Además, las apariciones no me asustan demasiado, los libros de la señora Jutsu me han vacunado.
— Cariño, esto no es un juego — gruñó Naruto, maldiciendo haber escrito alguna vez historias dirigidas a un público que reclamaba novelas con un lado oscuro. Aquellos libros eran una fuente de ingresos que luego destinaba a los orfanatos, pero ahora lamentaba haber alimentado la mente calenturienta de su esposa, que se creía una heroína a la caza de un fantasma o, lo que era aún más grave, de un asesino— . Tratan de hacerme daño y, quien sea, sabe que eres mi punto débil, que me lo pueden hacer a través de ti.
— Pero Naruto, entre ambos podríamos…
— Fin de esta conversación, señora mía — cortó él un tanto brusco— . En cuanto la fiesta finalice nos iremos de aquí. Tengo una casa en Londres y Shion… — El ceño de Hinata se fruncía— . Creo que ya no viene al caso que guarde el secreto: Shion ha estado acondicionando esa casa a instancias mías. De eso estuvimos hablando cuando llegó. Quería darte una sorpresa.
— ¿Entonces…?
— Ha tenido algún problema con la contratación del servicio. La casa ha estado cerrada durante largo tiempo y yo quería saber cómo iban los arreglos, cuándo podría llevarte a Londres y lucirte como mi esposa en sociedad, en el teatro, en la ópera, en… — El brillo de sus pupilas ya era un regalo. Tenerla así, a su lado, dichosa y entregada, era un lujo que no quería perder por nada del mundo.
— Creo que tendré que pedir disculpas a la condesa.
— Te llevarás bien con ella, es una mujer admirable. Y ahora, duquesa… Hay otro asunto que tratar. — La tomó en sus brazos y la acomodó sobre la mesa.
— Naruto, no irás a… No puedes… La gente…
Podía. Por descontado que podía.
Metros de su vestido se enroscaron en su cintura exhibiendo unas piernas esbeltas enfundadas en medias de seda blanca. Las manos de Naruto se pasearon desde los tobillos hasta el borde de las ligas bordadas y sus ojos adquirieron el tono velado de un goce anticipado. Ella sabía que debían volver al salón, pero sus dedos largos y apremiantes que apenas la rozaban hacían subir su temperatura. Permanecer así, absolutamente expuesta, con las piernas abiertas, era impúdicamente pecaminoso, era sexo en estado puro. Y le encantaba.
Naruto se demoró en la piel femenina, extasiado de su tacto.
— No me hagas esperar…
Naruto nunca había oído una frase tan dulce. Luchó con los botones de sus pantalones, torpes los dedos y acelerados los latidos del corazón. Él no actuaba con premura, solía calibrar sus pasos, pero allí, en ese momento, se condujo con urgencia.
Fue una unión rápida, de cuerpos ansiosos y enfebrecidos, afanados en saciarse, codiciando la liberación. Podían haberse derrumbado las torres de Uzumaki House y ellos habrían permanecido ajenos porque sólo eran conscientes de la pasión de poseerse, de saborear un vínculo que acoplaba sus cuerpos y ensamblaba sus almas.
Hinata consiguió regresar a la Tierra al notar que su esposo la arropaba. Se le escapó un lamento por tener que volver a ser mortal y se apoyó en él cuando la bajó de la mesa.
— Deberíamos ir pensando en hacer el amor en una cama, excelencia — susurró.
.
.
Continuará...
