Naruto Y Hinata en:
EL CASTILLO DE LA NIEBLA
«Capítulo 25»
Los Hyûga y Jiraya partieron para Edimburgo al amanecer, excepto Sasuke, que había desaparecido en mitad de la fiesta y adelantado su regreso. Sorpresivamente, lady Tsunade decidió que hacía tiempo que no visitaba Escocia y decidió acompañarlos, pidiendo, eso sí, que la tuvieran al tanto de las investigaciones sobre el asesinato de la desgraciada criada. La dama estaba rejuvenecida y parecía haberse reencontrado con un pasado — llamado Jiraya— que se resistía a relegar de nuevo al olvido. Hinata se despidió de ellos con el corazón dividido entre su familia y su deber y prometió visitarlos muy pronto.
A media mañana lo hizo Ino y acto seguido Deidara, aunque algo remiso. Hinata lo abrazó con fuerza y arregló las solapas de su abrigo.
— Esperaremos tu carta. Recuerda que has prometido escribir tan pronto llegues a París.
— Y vosotros mantenedme al tanto de lo que suceda aquí. Naruto, de verdad, creo que debería retrasar el viaje — insistía— . Podríais necesitarme.
— No te atrevas a echarte atrás ahora, Deidara. Tienes un sueño que cumplir: convertirte en pintor. — Le instó a subir al carruaje y cerró la portezuela— . El inspector Yahiko ha confirmado tu coartada en el crimen y te deja libertad de movimientos.
— Pero ¿y tú?
— Prefiero afrontar el asunto sin tener que preocuparme por ninguno de vosotros, Deidara. Voy a llevar a cabo mis propias pesquisas y quiero tener las manos libres, por eso he animado a la abuela a acompañar a los Hyûga McKenna. Además, estoy loco por perderte de vista una temporada.
El joven asintió, admitiendo la broma, y estrechó con fuerza su mano a través de la ventanilla.
— Nunca pensé que podría sentirme tan cercano a ti, Naruto. Nuestras viejas diferencias…
— Lárgate de una vez. ¡En marcha! — gritó al cochero.
Hinata agitó la mano en señal de despedida al carruaje que se alejaba haciendo crujir la gravilla del sendero, y luego regresaron a la casa. Naruto abarcó su cintura y ella descansó la cabeza en su hombro, arropándose más en la capa.
— ¿Crees que aceptará pintarme cuando haya aprendido lo suficiente? — murmuró con un poco de melancolía.
— Supongo que sí. Aunque es probable que cuando lo haga seas ya una viejecita encantadora.
— ¡Oh, Naruto! — le recriminó la burla echándose a reír.
Tanto Natsu como Sâra insistían en que una de las dos debía acompañar a Hinata, pero la joven soñaba con disfrutar a solas de su marido.
— A fin de cuentas, viene a ser nuestra luna de miel — les dijo— . Y tendré la ayuda necesaria, aunque las echaré de menos.
Shion no tuvo inconveniente en indicar a Hinata algunas de las prendas que iba a necesitar durante su estancia en Londres, y antes de caer la tarde ya había nacido cierta afinidad entre ellas.
— Deberías hacerte socia de LadyMask — aconsejaba la condesa a punto de subir a su carruaje— . Avísame cuando llegues a la ciudad.
— ¿Qué es eso?
— Un club privado. Exclusivamente de mujeres, por supuesto.
Naruto oía la conversación de pasada. Conocía la existencia de aquel reducto donde algunas damas se reunían varios días a la semana. Shion había sido la promotora del club. Los varones tenían vedada la entrada, pero casi todos conocían qué temas y actividades se llevaban a cabo en él: la política exterior, los derechos de las mujeres, o las necesidades acuciantes en los barrios más desfavorecidos. Las damas de LadyMask organizaban distintos eventos con el fin de recaudar fondos para sus obras sociales. También se hacían apuestas, tanto o más elevadas que en White's, templo de los clubes masculinos. Ciertos caballeros ponían reparos a que sus esposas tuvieran relación con la condesa. Sobre todo, no comulgaban con el hecho de que sus mujeres pudieran hablar libremente de asuntos que creían privativos de los varones. Y muchas damas criticaban el club… si no formaban parte de él.
A punto de partir, el comisario Yahiko, cumpliendo lo pactado, se personó en el castillo, razón por la que hubieron de retrasar su salida. Los sirvientes eran muchos, y las machaconas preguntas de Yahiko alargaron el interrogatorio, así que atardecía ya cuando pudieron escapar de Uzumaki House.
Mientras Hinata se despedía de Natsu, Naruto aprovechó para acercarse a las caballerizas y echar un vistazo al potrillo. Encontró a Denki con la nariz metida en unos papeles que, tan pronto le vio aparecer, recogió y guardó en una carpeta.
— ¿Qué tienes ahí?
— No es nada, excelencia. Como ya está todo listo, me tomaba un descanso.
— Déjame ver.
Denki le entregó lo que ocultaba a su espalda, un poco abochornado. Naruto abrió la carpeta y se encontró con un montón de dibujos a carboncillo. Los examinó despacio, gratamente sorprendido de la calidad de los trazos. Eran retratos de sirvientes en sus quehaceres diarios: la señora cocinera frente a los fogones; Natsu cosiendo; Konan Dumond de pie al final de una escalera; Ebisu y Choji conversando… Cada dibujo tenía debajo el nombre correspondiente. Se quedó prendado de un rostro sereno de inmensos ojos y melena al viento.
— Así que la Duquesa Perla, ¿eh?
El chico se sonrojó sin hallar acomodo a las manos, que acabó por ocultar en los bolsillos del pantalón.
— En el pueblo todos llaman así a la duquesa, excelencia. Es por sus ojos.
Sí, él lo sabía porque había sido Gamakichi el que había puesto el apodo. Habían lamentado que él y Katsuyu no hubiesen acudido a la fiesta, pero se habían negado aduciendo que habrían estado fuera de lugar.
— ¿Dónde has aprendido a dibujar?
— Me gusta desde que era pequeño, milord. Y vuestro hermano me prestó algunas láminas cuando venía de visita. Pero sólo practico en mis ratos libres, sin desatender mi trabajo y…
— Son realmente magníficos, Denki. — El muchacho se acaloró aún más— . ¿Me venderías el de la duquesa? Luciría espléndido enmarcado y sobre mi mesa de trabajo.
— ¡Oh, no, excelencia! — se alarmó Denki— . Quiero decir que… Bueno, yo… No quiero dinero, me encantaría regalárselo a milady.
— Gracias. Entrégaselo tú mismo a nuestro regreso, ¿te parece bien? — Revisó el resto de las láminas y le llamó la atención una cara rolliza: Fûka Bryton— . Me gustaría quedarme también con éste.
— Por supuesto, excelencia.
Naruto se quedó con el dibujo y le devolvió el resto.
— Cuida de los caballos hasta mi vuelta, chico.
— Sí, excelencia.
Al salir, Naruto dobló el dibujo y se lo guardó en la chaqueta.
Cuando entró en el hall, su esposa impartía las últimas instrucciones a Natsu y al ama de llaves.
— Pongan a trabajar a cuantos operarios necesiten — les decía— . Que empiecen por las habitaciones de arriba. Cortinas y alfombras. Desháganse también de los edredones y los cojines. Las nuevas telas llegarán en un par de días.
— El castillo va a parecer una feria, excelencia — protestaba Konan.
— Y vas a gastar un dinero innecesario — apoyaba Natsu.
— Pero daremos trabajo a hombres y mujeres del pueblo y cambiaremos un poco este mausoleo. — Descubrió a su esposo tras ella y se disculpó— . Me dijiste que podía incluso pintar el castillo de rosa si me apetecía. No has cambiado de idea, ¿verdad?
— Podrías pintar el Parlamento de verde y yo te apoyaría.
Ella agradeció su comentario aupándose y besándolo en la boca.
Separarse tan pronto de sus familiares supuso una dura prueba para Hinata, pero ya fantaseaba con pasear a caballo por Hyde Park, visitar tiendas o acudir al teatro. Más que nada, anhelaba dejar atrás por unos días los velos de niebla que envolvían el castillo. Le gustaba Uzumaki House, sus muros oscuros, sus torreones, los jardines, la paz que se respiraba en el entorno… Sobre todo, le atraía el halo de misterio que rodeaba el castillo y sus secretos, que estaba decidida a esclarecer. Pero también deliraba por escuchar música, asistir a una función o conocer a las atrevidas damas de LadyMask.
Antes de encaminarse a Londres dieron un rodeo para visitar brevemente a Gamakichi y katsuyu, interesarse por su estado y hacerles prometer que, si surgían inconvenientes, llamarían al médico personal de Naruto. Los niños recibieron la visita del escandaloso Akamaru como un regalo del cielo y de inmediato se pusieron a corretear por la cocina, alimentando los ladridos del chucho con sus juegos.
Mientras Katsuyu y Hinata hablaban, Naruto llevó a su amigo aparte y le entregó el dibujo de Fûka.
— Lamento tener que pedirte este favor, Gamakichi, pero es importante. Necesito saber si ella se veía con alguien.
Gamakichi asintió sin despegar los ojos del boceto.
— Haré lo que pueda.
— Me quedaría más tranquilo si Katsuyu se traslada al castillo hasta que nazca el bebé.
— Ya la conoces. Es dura como el pedernal y aún falta para el parto. — Plegó el dibujo y se lo guardó— . Te avisaré si averiguo algo.
Anochecía ya cuando se despidieron, pero el trayecto era corto y Naruto esperaba llegar a Londres para la hora de la cena.
Hinata, arropada con las mantas y procurando mantener quieto a Akamaru, empeñado en asomarse por la ventanilla y sin cesar de ladrar, ni se enteró de que un par de hombres a caballo seguían al carruaje. Naruto, por el contrario, estaba muy pendiente de ellos. Él tenía asuntos de los que ocuparse en Londres, pero le reconfortaba saber que los dos policías de Bow Street vigilarían cada paso de su mujer.
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La casa era un edificio de ladrillo rojo y tejado oscuro, situado en un barrio tranquilo. Grande, cuadrada y sobria, a Hinata le encantó de inmediato el cuidado jardín que la rodeaba y el caminito de piedra flanqueado por setos.
Un individuo alto, correctamente vestido, de edad indefinida y cabello canoso les abrió la puerta incluso antes de que llamaran, como si les estuvieran esperando. Tras él, formaba un grupo de seis personas.
— Bienvenidos, excelencias. Mi nombre es Evans y soy el mayordomo. Todos deseamos que su estancia en la ciudad sea muy grata y estamos honrados de haber entrado a su servicio.
Hinata apenas lo escuchaba, absorta en la contemplación del solemne hall que presidía el escudo de los Uzumaki: sobre fondo blanco, un círculo naranja formado por espirales de color negro. Debajo, el lema familiar: «Audacia, Justicia y Lealtad». Hinata se dijo que nunca una consigna había sido tan apropiada para un hombre como su esposo.
Luego se fijó en las dos espléndidas arañas y en la doble escalera de piedra. Desde el hall se abrían dos pasillos, a derecha e izquierda.
Naruto asentía en silencio al comprobar el aspecto que presentaba la casa. Hacía mucho tiempo que no ponía los pies en ella y la recordaba fría y desangelada. Shion había hecho un trabajo formidable acondicionándola.
— Gracias, señor Evans. Y gracias a todos los demás. — Como uno solo les brindaron una reverencia colectiva— . Supongo que habrán encontrado cómodas sus dependencias.
— Muy cómodas, milord. Hemos intentado que todo quedara a su gusto.
— Lo han conseguido. Señor Evans, esta noche llegarán dos sirvientes más — dijo de pronto Naruto— . ¿Será tan amable de acomodarlos y buscarles ocupación?
— No pensé que se necesitara más servicio, milord… Me encargaré de todo, por supuesto.
— Gracias.
— ¿Cenarán ahora, excelencia?
— Cualquier cosa, sí. Una bandeja con algo de fiambre y un caldo caliente estará bien. Haga que lo suban a la habitación.
Evans dio un par de palmadas y todos los criados se dispersaron excepto dos de ellos que salieron para hacerse cargo del equipaje.
Hinata, un tanto intrigada, preguntó:
— ¿No tienes suficiente con seis personas a tu servicio que traes dos más de Uzumaki House? Milord, no pensaba que fueras tan esnob.
— Estoy intrigado por los arreglos que Shion ha hecho en la casa. — Eludió responder y ofreció su brazo— . ¿Echamos un vistazo?
Durante un buen rato recorrieron las distintas dependencias acompañados por los lloriqueos de Akamaru, que olisqueaba lo que ya eran sus nuevos dominios. Dos salones, un despacho, una pequeña biblioteca, una salita para el té…
Hinata dejó escapar una exclamación al sentirse repentinamente alzada en brazos.
— Y ahora, madame, ya que en Uzumaki House no te hice los honores de un recién casado, permíteme llevarte hasta nuestra habitación como un amante esposo.
Naruto subió las escaleras, tomó la galería de la derecha y empujó la primera puerta. El perrillo se coló entre sus piernas y ladró ridículamente, como si diera su conformidad a lo que veía. A Hinata también le agradó la amplitud de la pieza, iluminada ya por varios candelabros y el fuego de una chimenea encendida.
— Demonio de mujer — murmuró él.
El cuarto había sido totalmente remodelado. Los delicados visillos de la cama con dosel estaban abiertos y permitían apreciar un antiguo cabecero de madera labrada con escenas de caza recién restaurado. El edredón era blanco y dorado, a juego con los cojines dispersos en gracioso desorden. Cortinas blancas con cordones y borlas dorados y una alfombra clara que cubría en parte las losas oscuras conferían un aire acogedor e íntimo.
— Es preciosa — musitó Hinata.
— Este cuarto era oscuro. E impersonal. Creo que nadie había cambiado nada desde que vivía mi bisabuelo. Shion ha hecho un trabajo excelente.
— Ha tenido que gastar una fortuna.
— Seguramente me ha arruinado — bromeó— . Pero ha valido la pena.
Entraron los sirvientes con los baúles mientras Hinata inspeccionaba un cuarto adyacente que resultó ser un baño.
— ¡Naruto, tienes que ver esto!
Él agradeció el servicio a los criados, agarró a Akamaru del collar y lo puso en las manos de uno de ellos. Cuando salieron, llevándose al intranquilo chucho, dio dos vueltas a la llave. Se unió a Hinata y pegándola a su pecho la besó en la coronilla.
— ¿Acabas de echar a mi perro o sólo me lo ha parecido?
Él no contestó. Estaba muy ocupado acariciando las tentadoras curvas que tenía al alcance de sus manos y, de paso, admirando el trabajo que se había hecho. Donde estuviera un antiguo espejo había ahora otro de cuerpo entero que ocupaba toda una pared; había desaparecido la vieja grifería. El mármol verdoso que antaño recubría las paredes había sido sustituido por otro de color rosado pálido. Naruto empezó a pensar que Shion se había excedido en los gastos, pero lo dio todo por bien empleado al recibir en el cuello el beso insinuante de su esposa que decía:
— Voy a llenar la bañera.
Hiinata lo miró con picardía por encima del hombro, abrió el grifo y empezó a desabrocharse la capa. Al momento, él estaba presto en su ayuda. Le quitó la capa, el vestido, las enaguas, los zapatos, las medias… Ella se dejaba hacer, enardecida a medida que se desprendía de sus ropas. Lo último que quería era escapar de unas manos que levantaban en ella lenguas de deseo.
Naruto la envolvió en sus brazos cuando estuvo desnuda y a ella se le olvidó por completo el baño, ansiando que la llevara a la cama. Pero se encontró dentro de la bañera tal y como había dicho. Suspiró resignada y se sumergió en el agua caliente. Al incorporarse vio a Naruto deshaciéndose de sus ropas.
— Apresúrate.
Se quedó ante ella, completamente desnudo, consumido por el apetito de unirse a ella, pero exponiéndose a la glotona curiosidad de su esposa.
— No sé si es justo que tengas tan espléndido cuerpo. — Alabó su ego masculino.
Naruto se acercó despacio. Le costaba respirar ante la visión de unos pechos perfectos, dos montículos gemelos y mórbidos apenas velados por la espuma.
— Eres tan hermosa…
Hinata se sentía realmente así. Él conseguía que se viera a sí misma única, deseada, amada. Extendió los brazos que clamaban por él y Naruto no se hizo rogar. Se metió en la bañera haciendo rebosar el agua, se acomodó, la tomó por la cintura para acoplarse a su espalda. Esa postura le permitía tener su pequeño trasero sobre su miembro excitado y, a la vez, abarcar sus pechos, acariciar su vientre o juguetear con el nido de rizos de su entrepierna.
Hinata se recostó y cerró los ojos, dejándose mimar. Las manos de Naruto trazaban círculos sobre su piel, la seducían y relajaban a un tiempo.
— Tómame — le exigió, moviéndose sobre su masculinidad, más traviesa y desvergonzada que nunca.
Cuando salieron del baño, el agua se había enfriado. Y la cena también.
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Continuará...
