Naruto Y Hinata en:

EL CASTILLO DE LA NIEBLA


«Capítulo 26»


La cantidad de tarjetas de invitación a todo tipo de actos sociales tenía abrumada a Hinata. Ella hubiera sido incapaz de desestimarlas, aunque le apetecía muy poco o nada acudir a fiestas o veladas de piano porque quería disfrutar de las atracciones de Londres. Afortunadamente Naruto era mucho más práctico: las tiró todas a la papelera. Aun así, entre Naruto y la condesa acapararon el tiempo de Hinata de tal modo que no tuvo ni un minuto para hacer lo que más deseaba: acercarse a las librerías y saber si M. Jutsu había publicado algo nuevo. Restaurantes, cafés, una extraordinaria noche en la ópera, teatro de variedades en las afueras, meriendas en los jardines de Vauxhall, carreras de caballos…

Tras los primeros días, no hubo forma de evadirse de la riada de visitas que comenzó a inundar la casa.

Hinata estaba de un humor de perros. Como duquesa, era imposible delegar sus obligaciones, así que soportó con estoicismo las audiencias. El duque de Konohagakure había sido un garbanzo negro tras la muerte de su primera esposa, pero parecía que ahora volvía a causar sensación. Seguramente, por casarse con una escocesa cuyo abuelo estuvo en el punto de mira de lady Tsunade Senju.

Por otro lado, Naruto se había llevado trabajo a la ciudad y se ausentó en repetidas ocasiones para solventar sus asuntos. Hinata llegó a pensar que era sólo una excusa para no tener que atender a las visitas.

Aquella tarde, sin embargo, Naruto se encontraba en casa. Revisaba y corregía documentación y ella trataba de centrarse leyendo. No lo conseguía porque no dejaba de preguntarse de qué tratarían los papeles en los que su esposo estaba tan interesado. Sabía que por sus manos pasaban importantes expedientes, pero siempre que se ponía a trabajar con ellos tenía la sensación de que le estaba ocultando algo.

Naruto oía los bufidos de Hinata, de modo que dejó lo que estaba haciendo, apuró su copa, cerró la carpeta y la guardó en el cajón. A punto de cerrarlo con llave, como hacía siempre que acababa el trabajo, ella cerró su libro con un golpe seco.

— ¿Vas a contarme qué te pasa?

— Me pasa que estoy furiosa. ¡Muy furiosa! — puntualizó.

— No lo había notado.

— ¡No te burles! Esta casa parece una sucursal de Trafalgar Square.

— Pensaba que te gustaría alternar con la flor y nata de Londres.

— Debo de haber recibido ya a media ciudad. ¡Sola! — enfatizó— . Y dentro de nada tendremos aquí al conde de Penwood y a su insípida hija.

— Podemos fugarnos.

— Sigue mofándote si quieres. — Tomó el libro de nuevo, pero no lo abrió— . Nunca sé si hablas en serio o en broma. Tú y tu condenado trabajo para la Corona. Hasta los trabajadores del puerto se toman sus días de descanso.

Naruto se acercó y la besó en los labios. Le entraron unas ganas inconfesables de olvidarlo todo, incluso el epílogo de la novela que estaba concluyendo, tomarla en brazos y llevarla a la habitación. Un vistazo al reloj le hizo desistir.

— Está bien. Si no quieres recibir a Penwood, Evans nos excusará. Siempre podemos decir que estás indispuesta.

— No quiero eludir mis responsabilidades.

— Te prometo que no habrá más audiencias. Por cierto, mañana es jueves. ¿Irás a LadyMask?

— Sí. — Se le alegró el gesto— . ¿Sabes?, las damas han abierto una apuesta.

— ¿Hacen eso?

— De sobra sabes que sí. ¿No las hacen los hombres?

— Y… ¿sobre qué apuestan?

— En esta ocasión, sobre la identidad de M. Jutsu. Si es hombre o mujer.

— Ya veo.

— Yo he jugado diez libras.

— ¿No fuiste tú la que le dijo a mi hermano que jugar era de tontos?

— No pude resistirme. Las apuestas están dos a una a que se trata de un varón; diez a una a que se trata de una mujer.

— Ajá. Creo que deberíamos irnos de Londres antes de que tomes adicción al juego.

Hinata se sonrojó y le acarició el mentón.

— No volveré a hacerlo. Pero ésta la voy a ganar. He pensado en comprar un regalo para los niños de Katsuyu. Me gustaría pasar unos días con ellos a nuestro regreso. Ya estoy impaciente por ver al bebé.

— ¿Te gustaría tener uno?

Enmudeció, pero en sus pupilas reverberó un brillo especial. Había estado acariciando esa posibilidad durante los últimos días. Deseaba un hijo, pero ¿qué pensaba él?

Naruto esperaba su respuesta, pero ella callaba. La euforia de un posible embarazo y sus consecuencias subieron un tinte rosado a sus mejillas. A él, su posición le obligaba a tener un heredero, pero significaba una enorme responsabilidad para la que no sabía si estaba preparado. No, después de los tristes sucesos de Amaru. Además, le aterraba que el parto supusiera un riesgo para la salud de Hinata.

— ¿Es posible que estés…?

— Aún no. Y tampoco sé si tú quieres tener hijos — se atrevió a confesar.

— Cariño. — Naruto se colocó de hinojos ante ella y besó cada uno de los dedos de sus manos, que ahora estaban fríos— . Sería el regalo más extraordinario que podrías hacerme.

— Con tal de que nuestros hijos sean tan guapos como Gema y Kat…

— Aún más, porque se parecerán a ti.

— Adulador.

— Realista. Pero aunque fueran feos como demonios los amaría, porque serían tuyos.

— Cuando los tengamos, quiero criarlos yo misma.

— Mi amor, eres una duquesa. Las duquesas disponen de amas de cría.

— Mi madre lo hizo con nosotros cuatro y tenía una figura espléndida. ¡Oh, vamos! No deberíamos estar hablando de estas cosas, excelencia.

Naruto se divertía con su apuro. Se sentó en el suelo y apoyó la cabeza en el regazo de Hinata.

— Así que no está bien hablar de estas cosas. Señora mía, estamos casados, conozco tu cuerpo, hacemos el amor con frecuencia y no hay de qué avergonzarse.

Era cierto. Crear un bebé entre los dos era demasiado hermoso. Deseó poder tenerlo ya en su regazo. Pero, sobre todo, acariciaba la idea de ver a Naruto con su hijo en brazos. Sería un padre estupendo, de eso sí que estaba segura.

Naruto volvió a mirar el reloj. Se dijo que estaba en su casa, Hinata era su esposa y el resto del mundo podía irse al infierno. Se incorporó y la tomó en brazos.

— ¿Qué haces? Bájame ahora mismo.

— No lo haría aunque apareciese por esa puerta el mismísimo Satanás. Pienso llevarte a la cama.

— ¿Y qué pasa con el conde Penwood y su hija?

— Me importan un bledo, cariño.

La besó escaleras arriba pero no pudo llegar ni a la mitad. Un carraspeo de Evans lo impidió.

— Un caballero pide ser recibido, excelencia. Se ha presentado como el comisario Yahiko Parrish.

Naruto maldijo mentalmente. ¿Qué quería ahora ese sabueso?

— Hágale pasar al salón pequeño. Voy enseguida.

A Hinata no le quedó otro remedio que regresar al despacho y a su aburrida lectura. La animó sin embargo la carta que le entregaron de parte de Ino, pero al leerla se quedó desconcertada. Su amiga decía que necesitaba aclarar ciertas dudas y que se iba a Escocia. Preguntaba si su padre accedería a alojarla a ella y a su dama de compañía en Byakugan Tower. No hacía falta ser muy sagaz para adivinar que el repentino viaje estaba relacionado con su hermano Sai. Dobló la misiva y dejó escapar un suspiro. Parece que las cosas entre ellos empiezan a sugir. Pensó esbozando una sonrisa.

Tomó papel y pluma, contestó a Ino y luego escribió una nota a su padre advirtiéndole de la llegada de su amiga. Que el destino siguiese su curso, se dijo.

Naruto entró en el salón y el policía se puso en pie de un salto.

— Siento molestarle, excelencia, pero es importante. ¿Podemos hablar?

— Espero que sea breve, comisario. Tengo asuntos que atender. Puedo concederle solamente unos minutos. Siéntese, por favor. ¿Le apetece una copa?

Yahiko se acomodó de nuevo y aceptó el licor que saboreó con agrado. No habló hasta ver que el duque tomaba asiento frente a él.

— Y bien, comisario…

— No he podido sacar nada en claro de mis interrogatorios a su personal — confesó— . Al parecer, nadie vio ni oyó nada la noche en que mataron a Fûka Bryton.

— ¿Y…?

— Tiene usted fama de hombre duro, severo y… peligroso.

— Lo sé.

— Sin embargo, sus criados no sueltan prenda. O les paga muy bien o realmente lo aprecian.

— Espero que sea lo segundo. No soy tacaño con mis colaboradores, comisario, pero tampoco les pago para escudarme en su silencio. ¿Ha venido a decirme solamente eso?

— No. No, claro que no. — Se removió, incómodo— . Soy un policía. Y debo confesar, modestamente, que soy bueno en mi trabajo. He llegado a la conclusión de que no tiene usted nada que ver con el asesinato de esa muchacha.

— Me alegra oírlo. Pero eso no resuelve la autoría de un asesinato en mi casa.

— ¿Qué tiene el juez Orochimaru contra usted, excelencia?

La pregunta pilló a Naruto por sorpresa.

— ¿Por qué piensa que puede tener algo en mi contra?

— No soy ciego.

Naruto se acabó su copa de un trago.

— Orochimaru trató de hacerse con las propiedades de un buen amigo mío. Y yo le fastidié el negocio. Digamos que aún no lo ha digerido.

— Ya entiendo. — Se echó otro trago al coleto y permaneció con la mirada fija en el duque durante un tiempo que a Naruto le pareció eterno. Luego, con mucha calma, aventuró— : ¿Ha pensado, excelencia, que la muerte de su criada y de su anterior esposa pueden estar relacionadas?

— ¿Qué quiere decir?

— Que tal vez, sólo tal vez, lady Amaru no se suicidó.

.

.

.

A Hinata la aparición del comisario la tenía en ascuas. Deseaba fervientemente que Naruto la pusiera al corriente. Después de dar salida a las cartas tomó un libro, pero era incapaz de concentrarse. Casi prefería que Penwood y su hija se presentaran de una vez.

Empezó a dar vueltas, demasiado intranquila para estarse quieta. Ojeó volúmenes de las estanterías; ninguno le interesó demasiado. Recolocó la mesa ordenando el tintero y la pluma, la lámpara… Sus ojos se quedaron clavados en el cajón, apenas abierto. Naruto se había olvidado de cerrarlo. Alargó la mano y la retiró de inmediato. No quería fisgar en las cosas de su esposo. Al fin y al cabo, ¿qué documentos guardaría allí? ¿Secretos de Estado? ¿Algún discurso que debería pronunciar ante la Cámara?

Ocupó la silla y jugueteó con la pluma, pero el cajón era un imán para su vista.

— ¿Qué tiene de malo? — se contradijo. Y lo abrió. Dentro, se encontraba la carpeta con la que le viera trabajar con frecuencia. La mano le temblaba y un sentimiento de culpa arraigó en ella, pero la curiosidad era demasiado grande. La dejó sobre la mesa y acarició el tacto de la piel manoseada. Respiró hondo y la abrió.

Y se quedó tan fuera de sí que hasta dejó de respirar. Porque lo que tenía ante ella era ni más ni menos que un manuscrito: Noche sin luna. «Por M. Jutsu.»

— ¿M. Jutsu? — El susurro de su voz se perdió presa de una impresión convulsa. La maquinaria memorial de Hinata comenzó a procesar transmitiendo palpitaciones a sus sienes. ¡No podía ser!— . ¡M. Jutsu! — Pasó hojas. Leyó, leyó… Cerró la carpeta de golpe y se pasó las manos por la cara. ¡Increíble! Su escritora favorita no era sino el seudónimo utilizado por su marido. El escéptico duque de Konohagakure. ¡Con razón defendía el muy bellaco que no se trataba de una mujer! ¿Por qué se lo había ocultado? ¿Es que se avergonzaba de escribir historias tan estupendas?

Frenética, revisó el resto del cajón y halló la respuesta en una carta de puño y letra de su esposo. Era escueta, pero no dejaba margen a la duda.

Iruka:

Te haré entrega del manuscrito Noche sin luna dentro de unos días. Tal y como convinimos, te encomiendo los arreglos necesarios para que los beneficios de las ventas sean transferidos al orfanato de St. Michael.

Con afecto,

Naruto

Así que en ésas estábamos. Ella sabía muy bien qué era el orfanato de St. Michael. Las damas de LadyMask habían logrado una colecta estupenda para el mismo destino. Y Naruto le decía al tal Iruka, indudablemente su editor, que debía desviar los ingresos de las ventas al hospicio.

Se quedó en blanco. Ahora entendía el motivo por el que Naruto se mostraba tan remiso a que ella ocupara la biblioteca. Entendía por qué guardaba bajo llave la carpeta. Una vaharada de amor tan profundo que le dolía se expandió por su pecho. ¡Y ella había llegado a dudar de él! ¿Cómo pudo haber sospechado en algún momento estar casada con un homicida?

Dejó todo tal y como lo había encontrado y cerró el cajón. ¡Bien!, pensó. Naruto tenía derecho a guardar su secreto, no sería ella quien lo sacara a la luz.

— Eso sí — se dijo al tiempo que estiraba los brazos sobre la cabeza y se desperezaba— , me ha fastidiado la apuesta en LadyMask.

Sin embargo, resultó complicado esconder una sonrisa traviesa cuando se encontró con Naruto, que se despedía del comisario Yahiko. Conocer la verdadera personalidad de su adorada M. Jutsu aceleraba sus pulsaciones.

Pero Naruto, hermético el gesto, ni se dio cuenta de su estado de ánimo. Apenas desapareció el policía exigió la presencia de los dos nuevos criados que se habían incorporado al servicio.

— Quiero vigilancia las veinticuatro horas del día — les decía— . Si fuera preciso, pidan la ayuda de algún hombre más, pero la casa debe estar bajo observación en todo momento. Y siempre que mi esposa salga, uno de ustedes la acompañará.

— ¡Naruto! ¿Qué significa eso de…?

— Ahora no, Hinata. Luego hablaremos. Señores, pónganse en movimiento.

Al mismo tiempo que éstos se marchaban, aparecía Evans con un sobre que entregó al duque.

— Naruto…

Sin hacerle caso, Naruto leyó la nota.

— Es de Gamakichi.

— ¿Alguna dificultad con el embarazo de Katsuyu? — se interesó, relegando a un segundo término el impacto que le supuso saber que los criados no eran sino guardaespaldas.

— No. Es otro asunto.

— ¿Qué asunto?

— Te lo contaré más tarde, tengo que salir.

Él ya se estaba poniendo el abrigo que Evans, siempre atento, le tendía. Pero a ella tantas preguntas sin respuesta la estaban conmocionando. ¿Qué ocurría? ¿Es que no pensaba explicarle nada?

— ¿Vas solo o te acompañará uno de tus esbirros? — le preguntó, ya en la puerta, manifiestamente irritada.

Naruto se quedó parado. No le cupo duda alguna que la había disgustado el hecho de enterarse de que iba a ser vigilada en adelante a cada paso que diera.

— Son policías de Bow Street.

— Bueno es saber que tenemos sabuesos en casa.

— Lo lamento si te desagrada, pero así están las cosas. Y acatarás mis órdenes. Ni se te ocurra escabullirte, Hinata, ya no estás bajo la custodia de tu padre sino bajo la mía.

— La tuya y la de esos policías, ¿o no? — replicó con voz alterada.

— También.

Le vio bajar los escalones apresuradamente y atravesar el camino de piedra. Mientras lo observaba, la rebeldía se le despertó. Cerró de un portazo y subió a sus habitaciones murmurando.

— Si conseguí escabullirme de Edimburgo, ningún policía del tres al cuarto va a impedir que lo haga de esta casa.

Muy a su pesar y aunque intentó pasar desapercibida saliendo por las cocinas, también allí había apostada vigilancia. Esperaría su regreso y aclararían definitivamente la situación. No permitiría tener a nadie pisándole los talones sin una razón de peso. Y, hasta ahora, no se le había dado ninguna.

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Continuará...