Naruto Y Hinata en:
EL CASTILLO DE LA NIEBLA
«Capítulo 28»
La cara de Sâra se había transfigurado.
No recordaba Hinata una transformación tan artera ni tan cínica. Ya no tenía ante ella un rostro espantado, sino otro de mirada furiosa que destilaba un desdén infinito. Controlaba la situación y se ufanaba de ello.
— Tan bien como sepa leer usted, milady — replicó con sorna— . Por favor, suelte el candelabro.
Empuñaba una pistola cuyo cañón siniestro no dejaba de apuntar a Hinata.
La boca de la duquesa estaba seca, y su lengua, áspera como una bayeta. Tuvo que carraspear para que le saliera la voz.
— Así que es todo una trampa. No hay cartas, ni pruebas, ni cabellos. No hay nada.
— ¡Por supuesto que no! — Reía sibilina e hiriente— . ¿Para qué iba a querer yo esos trofeos tan macabros? No. La habitación está vacía. ¡Qué fácil ha sido engañar a todos! ¡Qué fácil! — Se regodeaba en su iniquidad— . Vamos, hágame caso y deje caer el candelabro, de poco le servirá.
Hinata acusó como una bofetada la certeza de la situación. ¿Qué podía hacer frente a una pistola? Abrió los dedos y el ruido seco de su arma improvisada estrellándose en el suelo le sonó a salmo funerario. Por el contrario, encontrarse por fin frente a frente con el origen de sus miedos, la serenó. Inhaló aire despacio, calmando la carrera acelerada de su sangre y empezó a pensar con frialdad.
— ¿Por qué?
Era una pregunta totalmente lógica y, sin embargo, Sâra parpadeó como si le sorprendiera.
— ¿Por qué? Por venganza.
— ¿Venganza de qué? ¿Contra quién?
— Contra el hombre que arruinó mi vida. Contra vuestro esposo, el encumbrado Naruto Uzumaki, duque de Konohagakure.
Respondió echando los hombros hacia delante, con la cara congestionada, escupiendo las palabras. ¿Qué podía haberle hecho Naruto a aquella mujer para maquinar varias muertes con tal de inculparlo? No tuvo que esperar. La respuesta quemaba en los labios de Sâra.
— Él mató a mi hermana.
Los ojos de Hinata se clavaron como dardos en los de la otra, lunáticos y desquiciados. Estaba loca. Naruto era incapaz de perpetrar semejante monstruosidad. Y se lo dijo.
— Estás desequilibrada.
Apenas pronunciar la frase se dio cuenta de la imprudencia. Un rictus malévolo distorsionó la cara de Sâra, que levantó la pistola y la apuntó a la cabeza. Hinata se negaba a mirar el negro agujero que la amenazaba.
— Retroceda. Vaya hacia el borde de la torre. — Hinata ni pestañeaba. No es que no entendiera lo que le estaba ordenando, es que no quería entenderlo porque era demasiado aterrador— . ¡Ahora!
El mundo se paralizó alrededor. Todo parecía irreal, como si estuviese inmersa en una pesadilla.
Hinata miró a su espalda. Fugazmente. Para fijar en su retina, unos pasos más allá, el borde del suelo que pisaba y la negra oscuridad, un abismo insondable cuyo final era un pozo mortal donde habían acabado la infeliz Amaru y la pobre Fûka. Su mente trabajaba a vertiginosa velocidad. ¿Qué hacer? ¿Cómo distraer a esa demente? ¿Las habría visto subir alguien? ¿Cabía esperar alguna ayuda? ¿Dónde se había metido, víctima de su insensatez y de una autoestima mal entendida?
— ¡Vamos! ¡Muévase!
Retrocedió muy despacio. Tenía que hacerlo para no provocar que le disparara o la empujara. Su pie tocaba ya casi el borde. Un paso más, sólo un paso más, y se precipitaría al vacío sin remedio. Pero no estaba dispuesta a morir esa noche. Porque amaba a Naruto y deseaba una vida entera a su lado. No se lo iba a poner fácil a esa psicópata, hija de mala madre.
El viento se había llevado las nubes y la luna envolvía sus figuras tornándolas fantasmales.
— Pretendes que salte.
— Eso es. Usted acabará como lady Amaru y como Fûka.
— ¿Qué harás si me niego? ¿Vas a dispararme?
— Téngalo por seguro.
— Entonces fracasará tu plan. Se preguntarán quién me disparó, buscarán el arma, rastrearán el origen de la bala…
— ¡No sea estúpida! Tanto me da que muera de una u otra manera. Acabará allá abajo, como las otras mujeres que han pasado por la vida de su marido. ¡Del mismo modo que acabó mi hermana! Cuando encuentren su cadáver todo el mundo señalará al duque. Tres mujeres, tres muertes. Demasiadas, incluso para él.
— Cuatro — matizó Hinata, que tenía que ganar tiempo como fuera, un tiempo que se le agotaba— . Cuatro crímenes, Sâra. Porque Anko Mitarashi también está muerta y tú eres la responsable, ¿verdad? ¿Qué te hizo esa mujer? ¿Cómo murió?
— Fisgaba demasiado y estaba a punto de descubrirme — dijo con desdén— , pero no me endilgue ese cadáver, duquesa. No la maté. Al menos, no personalmente, aunque reconozco que sí di la orden.
— ¿Y a quién diste la orden, hija de perra? — tronó a su espalda una voz varonil cargada de desprecio.
Sâra volvió su brazo armado hacia el intruso al tiempo que profería una exclamación de alarma.
A Hinata casi se le doblaron las rodillas ante la visión de su esposo envuelto en una capa oscura, amenazador como un ser surgido del infierno que avanzó un par de pasos dividiendo su atención entre ella y su enemiga. Pero Sâra reaccionó encañonándola a ella otra vez.
— ¡Si se mueve, la mato!
Naruto se debatía entre su furor contenido y el pánico que le atenazaba. Todo su ser le pedía abalanzarse sobre Sâra y aferrarse a su cuello hasta sacarle dos palmos de lengua, pero lo retenía la vulnerabilidad extrema de su esposa. En las circunstancias presentes optó por la misma estrategia que había seguido Hinata: ganar tiempo, distraer a la execrable asesina; si lo conseguía, si le hacía bajar la guardia un segundo, solamente un segundo, tendrían una oportunidad.
— Si fuiste la inductora, ¿quién mató a la señora Mitarashi? — insistió.
— Usted debía de conocerlo bien, porque él soñaba con verlo muerto, excelencia.
— ¿Debía? ¿Soñaba? ¿Por qué hablas en pasado?
— Porque Zabuza Momochi no es más que un cadáver. Creyó que podría engañarme. ¡A mí! — rugió— . Pobre desgraciado. Nunca supo dónde estaba el límite de su codicia.
— Así que lo quitaste de en medio.
— Descanse en paz — resumió con sarcasmo, desviando ligeramente el arma.
Naruto no perdía detalle de cada parpadeo, de cada mueca, de su respiración agitada según narraba sus fechorías.
Por su parte, Hinata también se mantenía alerta, especialmente alerta en su delicada situación. Había adivinado que su esposo trataba de distraer a Sâra para saltar sobre ella. No había otro medio que entretenerla entre ambos. Chiflada o no, no podría cubrir dos frentes a la vez. Se había desplazado muy despacio, apartándose del borde, aprovechando la interrupción del duque.
— Naruto… — Sâra le prestó toda su atención y volvió a encañonarla.
— Retroceda o ni siquiera podrá despedirse de su marido.
Hinata no hizo caso. Era un riesgo que debía correr porque, de otro modo, ella podría despeñarse al vacío o Naruto acabar con una bala entre ceja y ceja.
— Naruto, asegura que tú mataste a su hermana.
Él cavilaba alternativamente las reacciones de Sâra y el tipo de arma que sujetaba con determinación: una pistola conocida como «rotativa», capaz de disparar varias veces sin tener que ser recargada. Se usaba en el ejército y era consciente de su mecanismo. Maldijo su mala suerte, porque de haber sido otro tipo de artefacto hubiera provocado que Sâra le disparase y así proteger a Hinata, pero no era el caso. Cuando oyó a su esposa se quedó en blanco.
— ¿Su hermana? Ni siquiera la conozco.
— Tayuya Roran. ¿No le dice nada ese nombre? — Naruto negó y ello la enfureció más si cabía— . ¡Bastardo! ¿Ni siquiera se acuerda de ella? — Avanzó un paso hacia él y elevó el arma unos milímetros— . ¡Ella lo amaba!
— ¡Te digo que no sé de quién me hablas!
— Cornualles. Mansión de Fraülein Diermissen.
El cerebro de Naruto rebobinó. Había sido invitado de honor de la dama alemana alrededor de una semana, período durante el cual una muchacha buscaba comprometerlo haciéndose la encontradiza. Ya, ya recordaba…
— Nunca seduje a esa joven, es más, apenas hablamos.
— No. Nunca lo hizo. Pero ella se enamoró como una ilusa de usted y enfermó al conocer la noticia de su boda con lady Amaru. Perdió las ganas de vivir y acabó tirándose por la ventana. Usted la mató.
Hinata se mordía los labios para no gritar. Pero lo hizo porque Sâra se hizo atrás para poder encarar mejor a ambos y se vio de nuevo frente al negro agujero del cañón.
— ¡Ya basta! Vaya hacia el borde. Y salte.
— ¡Hinata, no te muevas! — gritó Naruto.
— ¡Salte o va a ver morir a su marido aquí mismo y luego la empujaré yo misma!
— Y en esas condiciones, ¿quién se va a creer que él me ha empujado? — la retó Hinata.
— Me crees una estúpida, ¿verdad? — Se echó a reír retrocediendo un poco más, sin perder de vista a ninguno de los dos— . Si le disparo a él y luego te empujo pensarán que trataste de defenderte y que caíste. Es una explicación coherente que, además, resuelve a la policía tres crímenes de un plumazo.
Se les acababa el tiempo. El oxígeno se resistía a atravesar la garganta taponada de Naruto. Para ser una loca, Sâra no dejaba nada al azar. Había pensado en todo. Vio que avanzaba hacia Hinata sin dejar de apuntarlo a él y se dijo que no cabía más demora. Era ahora o nunca. Tomó impulso en el preciso instante en que su esposa se replegaba hacia el borde de la torre. Hinata perdió pie y durante unos segundos eternos braceó por mantener el equilibrio justo entre el límite de la vida y el abismo.
Un alarido pavoroso rasgó el espacio y desapareció tragada por la oscuridad.
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Unos dedos como grilletes trabaron la muñeca de Hinata en el último segundo.
Su propio peso cayendo al vacío y el brusco tirón que la retuvo traspasaron su cerebro aterrado. Su cuerpo bailó en el aire y en el vaivén del retroceso golpeó su cabeza en el muro. Un chillido agónico se rompió en su garganta y su mano libre buscó un resquicio, cualquier resquicio al que agarrarse con desesperación.
Le dolía la cabeza y el costado, la muñeca y el hombro, como si le hubieran desgajado el brazo y un hilillo de sangre le caía por la frente… ¡Pero estaba viva! Balanceándose en el aire, a metros de una distancia negra que la separaba de una muerte segura, pero viva.
— ¡Aguanta, mi amor! — oyó que le gritaba Naruto.
Alzó sus ojos hacia él y en la oscuridad quiso ver unas pupilas febriles y un rostro desencajado por el pánico que le provocó un llanto histérico. La figura de Sâra se dibujó a espaldas de Naruto tan amenazadora como un leviatán.
— ¡Naruto, cuidado!
El aviso llegó tarde y el duque recibió una terrible patada en el costado que paralizó la energía de sus músculos. Evitó un nuevo golpe ladeando el cuerpo cuanto pudo y apretó aún más la muñeca de Hinata.
Sâra apuntó a la cabeza de Naruto riendo como una demente, la demente en la que se había convertido. Un instante más y lo mataría. Y Hinata caería sin remisión.
Fue precisamente entonces, creyendo que todo estaba perdido, mientras se confesaban un amor que no necesitaba de palabras porque sabían que iban a morir, cuando llegó hasta ellos la última voz que esperaban oír.
— Baja el arma, Sâra.
Esta se revolvió como una cobra, dilatados sus ojos por la pistola que, a su vez, la apuntaba a ella.
Konan Dumond avanzó un par de pasos hacia el borde de la torre sin quitarle la vista de encima, obligando a Sâra a dar la espalda a las escaleras.
— Baja el arma — repitió con brusquedad— . Siempre es mejor ir a presidio que recibir un balazo.
Como respuesta, una risa bronca.
— Si me entrego, acabaré en la horca. Dispare si se atreve, Konan, pero dudo que tenga tiempo de matarme antes de que yo acabe con ellos.
El ama de llaves dudaba: aunque alcanzara a Sâra no tenía la certeza de que ésta no disparara al duque. La seguridad de ambos estaba en sus manos. No se atrevió a disparar porque sólo cabía retroceder haciendo que Sâra avanzara hacia ella y Naruto aprovechara para izar a su esposa hasta la seguridad.
Soltó su pistola, alzó las manos en señal de rendición, y retrocedió aún más. Como había previsto, Sâra acortó distancias, elevó su brazo armado y la apuntó a la cabeza.
— Adiós, señora Konan. Mis saludos a Satanás.
Su dedo se crispó sobre el gatillo…
Sus labios se curvaron en una sonrisa siniestra…
El tremendo golpe sacudió la cabeza de Sâra. Sus ojos desvaídos querían buscar el origen del intenso dolor que la privaba de visión y de voluntad. A cámara lenta, inertes sus miembros, sus pupilas archivaron un rostro inesperado y una mano que enarbolaba el candelabro que había perdido Hinata.
Natsu repitió el golpe a la vez que Konan se tiraba hacia su propia pistola y la empuñaba desde el suelo. Pero ya no necesitaba utilizarla. Al borde de la torre, el cuerpo de Sâra, desmadejado, perdió todo equilibrio y se sumió en el vacío.
La nana de Hinata contempló su caída, a la que acompañó el eco siniestro de la muerte al estrellarse en el patio.
— Dale tú los míos a Lucifer, hija de puta — se despidió la escocesa escupiendo a la noche.
Los duques, inmersos en su épica personal, se debatían en un combate sin tregua aferrándose a la fe de su naturaleza que pugnaba incansable por quebrar la presión que ejercía Hinata.
Naruto disciplinó toda su energía encauzándola a sus brazos. Natsu y Konan tiraban de las piernas del señor de Konohagakure con la misma determinación que éste aplicaba sobre las muñecas de Hinata. Palmo a palmo, los ojos de ella se iban acercando más y más, en un esfuerzo titánico que la fue arrebatando al abismo. Al límite máximo de la fuerza y la tensión, Naruto consiguió que el pecho primero, y el vientre después, de su esposa, se arrastraran por el suelo del torreón.
No hubo palabras. Sólo alientos sobrecogidos que se elevaban entrecortados con una gratitud sin fin cuyo destinatario era el cielo.
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Yahiko apuró su copa y aceptó un poco más de brandy.
— Gracias. Estoy de servicio, pero ¡qué demonios! creo que es una buena ocasión para saltarse el reglamento — bromeó, levantando un coro de afirmaciones cómplices.
Naruto asintió complacido. Cerrado el capítulo trágico, lo que necesitaban todos era un poco de sosiego. Y el policía estaba allí precisamente para eso: para poner punto final a ciertos interrogantes. Para empezar, Konan Dumond, la supuesta ama de llaves desdeñosa y antipática, no era sino una eficiente policía con varios años de servicio en la nómina de Bow Street. Una sorpresa gratísima que agigantó su figura a ojos de todo el mundo, sin distinción.
— Empezamos a sospechar — contaba Yahiko— tras la desaparición de Anko Mitarashi, excelencia, una muchacha que trabajaba para usted.
— Apareció ahogada, sí. Su muerte nos conmovió, claro está. Pero se nos dijo que pudo tratarse de un accidente…
— … de no haber sido por un golpe en la nuca provocado por un objeto punzante — acabó Yahiko— . Las pesquisas nos llevaron hasta Sâra Roran, su amiga íntima quien, casualmente, ocupó su puesto en el castillo. La señora Konan se hizo cargo del caso y buceó hasta averiguar su verdadera identidad. Nos preguntamos entonces por qué una dama como ella buscaba servir en Uzumaki House.
— ¿Quiere usted decir que Sâra fue quien mató a…? — El policía asentía.
— Konan se trasladó a Cornualles, hizo preguntas, indagó. Así supo del suicidio de la hermana de Sâra y de la posterior desaparición de ésta. Pero no teníamos pruebas y había que encontrarlas. Tras la muerte de lady Amaru, nuestras sospechas se acentuaron y llegamos a la conclusión de que la motivación era tan vieja como el ser humano: la venganza.
— Entonces, ¿por qué no la detuvieron? — preguntó Hinata.
— Sâra estaba loca, excelencia, pero era muy lista. Se preparaba siempre una coartada. Pero no quisimos bajar la guardia. Cuando murió Anko Mitarashi decidimos que teníamos que actuar desde dentro, y presentamos la candidatura de la señora Konan Dumond para ocupar su puesto, contando con la agencia de colocación que nos facilitó las falsas referencias.
— Sâra no mató a mi antigua ama de llaves, lo hizo Zabuza Momochi — comentó Naruto.
— Su cómplice, sí. Naturalmente, lo eliminó cuando supuso un estorbo para ella. Hoy mismo ha sido encontrado su cuerpo. Estábamos pues, ante un caso complejo, excelencia. Sâra Roran vivía con una obsesión. Le culpaba de la muerte de su hermana y sólo pensaba en vengarse de usted, no importaba a cuántos tuviera que llevarse por delante.
— ¿Y Fûka? — quiso saber Natsu.
— Imaginamos, aunque esto nunca lo sabremos, que fue tal y como ella dijo: era sólo un peón más para inculpar al duque de Konohagakure. — Habló esta vez la propia Konan— . Lamento no haber intuido que se iba a servir de ella hasta ese punto. Rebuscando en sus pertenencias, sin embargo, hallé algo que me llevó directamente hacia nuestra psicópata: opio. Sâra y ella ocupaban el mismo cuarto, como saben.
— ¿Y qué tiene que ver el opio en todo este asunto? — preguntó Natsu.
— Ahora lo entiendo. Era lo que me suministraba en el ponche, ¿verdad? — intervino Hinata— . Diciendo que lo preparaba usted.
— En efecto. Y estamos casi seguros que bajo sus efectos lady Amaru se quitó la vida.
— Cansancio, pesadez, sopor, sueños en duermevela y alucinaciones — concretaba Hinata— . Todos los efectos que yo sufría y que me impulsaban a dirigirme a la torre. A causa de la droga veía figuras y oía ruidos y voces fantasmales en mi cuarto, aún no tengo claro cómo no me di cuenta, supongo que entre el terror y el opio se me escapan los detalles. Era ella y yo creí que se trataba de un espectro, tenía ventaja puesto que jugaba con mi miedo y mi letargo. Sâra enloqueció a Amaru para que saltara de la torre e intentó hacer lo mismo conmigo. — Un escalofrío sacudió su columna vertebral— . No sabe cómo siento haber dudado de usted, Konan.
— No tiene importancia, excelencia. No me preocupaba eso. Con lo que tuve que bregar fue con la desconfianza permanente de su criada. — Sonrió a Natsu que escuchaba muy ufana— . No tuve más remedio que confiarme a ella cuando ustedes se desplazaron a Londres, era como un perro de presa y empezaba a dificultar mi trabajo. Entre ambas mantuvimos vigilada a Sâra día y noche, hasta donde nos fue posible, aunque no pudimos impedir el asesinato de Momochi. Fue Natsu quien la vio dirigirse hacia la capilla y gracias a ella está usted ahora viva. De no ser por su arrojo, atizando a Sâra cuando yo estaba desprovista de mi arma…
Hinata alargó su mano y tomó la de su nana en un gesto que hacía inútil toda palabra.
— A todos los efectos, para evitar complicaciones legales — puntualizó Yahiko— , ha sido Konan quien acabó con la vida de esa pobre desgraciada en cumplimiento de su deber. A Natsu le queda el honor de haber salvado tres vidas esta noche, excelencia.
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FIN
