Harry Potter NO me pertenece ni sus personajes, es de la propiedad de J.K Rowling.
Capítulo III: Frío descubrimiento (Editado)
Era la tercera vez en la noche que salía corriendo de su habitación, derecho al baño para vomitar. Ahora mismo, ya no tenía fuerzas ni siquiera para despegar su cara del retrete, mucho menos para ponerse en pie; pero sabía que no podía quedarse allí para siempre, además de que tenía que intentar dormir algo, por más poco que fuera, para estar apta el día siguiente y poder continuar con sus responsabilidades.
Tiró de la cadena, y con un esfuerzo sobrehumano, se cepilló los dientes y salió del baño en un tercer intento. Cuando fue a dirigirse hacia su cuarto, impactó contra una alta y fornida figura de porte aburrido al doblar en la esquina hacia las escaleras. Se alejó medio metro para ver a un Malfoy de brazos cruzados y apoyado contra la pared, con cara de nada. Por encima de él, el reloj señalaba las cuatro menos cuarto de la madrugada.
―¿Se puede saber a qué se debe tanto escándalo, Granger?
Aquellas palabras -roncas y susurrantes, como si tuviese miedo de romper el silencio que había en la sala- le hicieron desear que subiera su adrenalina en sangre; mas tenía tan pocas fuerzas que hasta le costó murmurar lo siguiente.
―Qué te importa. ―dijo, con obvias intenciones de rodearlo y seguir su trayecto. El rubio se interpuso ante ella.
―No podría importarme menos, pero es la tercera vez que el golpe de las puertas que azotas me despiertan. ―explicó sin dejar entrever ninguna emoción. Entrecerró los ojos, analizando la situación ―Si tienes tantos problemas para dormir podrías largarte a otro lado, o simplemente pedirle a la fofa de Madame Pomfrey pociones para dormir sin soñar.
Hermione se llevó los dedos al puente de la nariz, luchando con su dolor de cabeza que estaba siendo agravado por culpa de su estúpido compañero.
―Si no he tomado una poción para dormir sin soñar, es porque ya no le quedan.
Ella no se imaginaría nunca que Draco estaba teniendo una secreta lucha interna, en la que se encabezaban dos decisiones: la de ayudar a Granger, o la de dejar que se auto-consumiera vomitando.
Bah, tenía que ser claro... no era "ayudar" a Granger, más bien era evitar que la muy escandalosa le interrumpiera su descanso nocturno con sus corridas, sus golpes de puerta y sus tosidas tortuosamente altas. Era imposible conciliar el sueño así, por lo tanto, si le traía una de las muchas botellitas de poción para dormir sin soñar que tenía en su recámara, sólo iba a ser en su propio beneficio: para conseguir dormir sin tener que pasar por salvajes regresos a la realidad.
Hermione se quedó en una pieza cuando él se giró sobre sus propios talones y partió de regreso a su cuarto, dejándola sola. Se preguntó si a lo mejor había sido maleducada al no pensar en que no estaba sola allí, y que un segundo individuo intentaba descansar también. Apretó los labios con disconformidad: daba igual si se trataba de Malfoy... él seguía siendo una persona -desagradable, por cierto- y tenía derecho a dormir tanto como ella.
Suspiró y se dirigió hacia el sofá frente a la tenue chimenea crepitante. Al recostarse, notó que su cabeza comenzaba a punzar por culpa del dolor. En ese momento, la silueta de Malfoy hizo acto de aparición por segunda vez, tomando asiento en el otro sofá y apretando algo en su blanquecina mano. Posó sobre la mesa ratona de en medio lo que parecía ser una pequeña botella oscura y rectangular, y se cruzó de brazos nuevamente, mirando el débil fuego de la estufa.
La castaña la contempló con ojos recelosos, identificando su contenido casi que enseguida por su aspecto.
―No está envenenada, si es lo que te preocupa.
―¿De dónde la has sacado? ―decidió no hacer caso a sus palabras ―Pomfrey no tiene más desde hace casi unos tres días, y me dijo que no podría darme hasta conseg...
―O te callas y lo bebes, Granger, o me lo llevo y te pasas el resto de la madrugada con la cabeza metida dentro del inodoro. ―le interrumpió él. Hermione ya estaba acostumbrada a que las uñas de Malfoy fuesen su centro de atención cuando hacía de cuenta que estaba aburrido. Se frotó los dedos contra la tela de su suéter negro y siguió contemplándolas como si nada.
―¿Para qué tienes...? ―se mordió la lengua para detener su chispa curiosa, aquella que la obligaba a cuestionarlo todo cuando tenía alguna duda. Era más que evidente el para qué: para no sufrir pesadillas tampoco. Hubo un silencio incómodo, en el que sólo se oían las chispas de los leños al fuego. Se enfrentó a sus ojos grises, apresando con sus dientes su labio inferior como si así pudiera evitar el escape de su nueva e íntima pregunta:
¿Por qué la estaba ayudando?
«Probablemente para beneficiarse» pensó, sentándose para verle mejor a la luz natural de la estufa. Él no se movió ni un milímetro al observarla incorporarse; sin embargo, desde sus iris chispeantes gracias al brillo extraño ante las llamas, él entendía bien lo que significaba su mirada. Aquella perspectiva de Granger le dejó una sensación extraña en las manos, como si... como si sintiera ganas de tocar algo...
«Qué dices, estúpido...»
Cuando ella se puso de pie y se plantó frente a él, por algún motivo se tensó en su asiento. Hermione sólo agarró la poción y se cruzó de brazos, como si de pronto sintiera frío. Miró hacia un costado, al suelo, y con voz casi inaudible, susurró:
―Gracias.
Retomó camino hacia las escaleras, y desapareció en la oscuridad. Draco escuchó unos momentos más tarde el sonido de la puerta de la habitación cerrándose, y se dio cuenta de que había estado conteniendo el aire desde que su compañera se había parado del sofá. No había hecho nada, sólo la miró hasta que se largó de la sala, con toda la indiferencia que le pudo plantar.
Si ella le hubiera cuestionado el por qué de sus acciones, probablemente él le habría dicho que le molestaba el numerito que se montaba cada vez que se despertaba. Fue ahí cuando se dio cuenta de que, extrañamente, eso no era más que una incómoda excusa.
Fang le llenó el regazo de babas caninas, lo cual le arrancó una sonrisa cansada. Alargó su mano hacia la enorme mesa que estaba frente a ella, y tomó una gigantesca servilleta para limpiarse. Hagrid juntó las manos una vez que se alejó de la cocina, y las frotó entre sí, sonriendo.
―No sabes la ilusión que me hace que hayas venido, Hermione. ―declaró, tomando asiento de forma brusca, haciendo rechinar la silla de madera. La castaña sonrió, sintiendo un pequeño atisbo nostálgico que la llevó a recordar sus años anteriores en el colegio, cuando con Harry y Ron visitaban al semi-gigante.
―También te he extrañado. ―dijo con voz soñadora ―Harry y Ron estarán deseosos de venir.
―Sí, sí, he recibido correspondencia suya. ―le contó, ensanchando aún más su sonrisa -si es que eso era posible- ―Me han contado lo mucho que están haciendo en el Ministerio, y que el próximo mes, cuando se hagan un tiempo, pasarán por aquí de visita.
Bueno, eso no lo sabía... es decir, ninguno de los dos le habían siquiera insinuado algo como eso a Hermione.
―Eso demuestra lo mucho que te quieren, Hagrid.
Él se carcajeó un poco, pasándose los dedos por el ojo derecho; se notaba a leguas que Hagrid se había emocionado y que se le había escapado una lágrima. Se levantó de la silla de sopetón, provocando que la mesa se sacudiera.
―Mejor iré a preparar las tazas para el té, ¡ni siquiera es invierno y ya hace este frío!
Habló durante veinte minutos con el guardabosques sobre todo lo que hicieron ambos en el verano. Hermione, por motivos personales, se ahorró cosas en su interior que ni siquiera tenía el valor de querer rememorar o sacar a flote en su mente: no podía con ello. Para cuando se levantó de la silla, Hagrid ya la había envuelto en un cálido abrazo que por poco no le partió el cuello, pero que le conmovió tanto que sus ojos brillaron más de lo normal por culpa de unas torpes lágrimas que le amenazaron con salir de sus orbes. Se despidió de Fang, y se enfrentó a la brisa fresca de la intemperie al salir de la cabaña.
Fue ahí mismo, debajo del porche de la casucha, que lo vio. Con su bufanda de Slytherin enroscada en el cuello, y con una gorra negra que tapaba casi todo su cabello platino -a excepción de unos mechones rebeldes en su frente, que se sacudían con el viento-. Draco permanecía de pie frente al monumento que reencarnaba la vívida imagen de Snape, su antiguo profesor de Pociones antes de que la Segunda Guerra Mágica se desatara.
Recordó que Snape era el padrino de Malfoy, y que había muerto luchando a favor de la liberación del mal del Mundo Mágico. También recordó que Malfoy no estaba entrando a clase de Pociones desde hacía ya una semana, y que dentro de quince minutos tenía que estar en las mazmorras para llegar justa de tiempo a dicha asignatura.
Rememoró todo aquello, mas no sintió pena ni siquiera al pensar que llegaría tarde.
En vez de subir la pequeña colina que la llevaría al cálido castillo, emprendió caminata hacia el chico, sin quitarle los ojos de encima. Él estaba de perfil, y parecía mantenerse muy concentrado contemplando el homenaje.
No la notó hasta que ella frenó a su lado, con las manos metidas dentro de una horrenda campera muggle de tela aparentemente dura, desgastada y llena de bolsillos y botones saltones. Se paró allí a hacer lo mismo que él: arrastrar los ojos por toda la extensión de la estatua.
―Todo un castillo y tú aquí. No estoy interesado en que me sigas, Granger, mi buena acción de la noche anterior no fue para que lo malinterpretaras y te enamoraras de mí.―partió al medio el silencio con sus inexpresivas palabras, sin mirarla. Ella rodó los ojos de tal forma que hasta le dolió un poco.
Qué idiota.
―En quince minutos empieza Pociones.
―Sí, y si no te apresuras de seguro llegarás tarde. ―esbozó una seca sonrisa ―No vaya a ser que tu intachable asistencia se vea afectada...
―Llegaremos tarde. ―lo corrigió, pateando un poco los pies para apartar el frío. Por más extraño que sonara, Draco no sintió nada dentro de él... ni enojo, ni necesidad de mandarla al diablo por meter sus narices en donde nadie la llamaba. Nada.
―Prefiero mil veces estudiar Pociones desde los libros que pidieron este año para el curso. ―soltó. Ella se fijó en que no traía puesta su insignia de Premio Anual, y entrecerró sus párpados.
―La teoría difiere de la práctica, Malfoy. ―esta vez inclinó la cabeza, en busca de su rostro. El rubio aún mantenía sus iris gris oscuro en el monumento, sobre un único punto. Hizo una pausa antes de proseguir, relamiéndose los resquebrajados labios ―Vas a perder Pociones si sigues faltando, y es tu deber como Prem...
―Por los cojones de Merlín, Granger, cállate.
Por primera vez en lo que iba del día, la encaró. Tenía la larga túnica del colegio ondeando debajo del... bueno, de la cosa esa a la que daba por sentado ella llamaba "abrigo", y una gorra azul que, con dos tirantes a cada lado -los cuales finalizaban en dos pompones de lana... ¿acaso Granger no tenía un espejo en su habitación? ¿O es que se ponía lo primero que hallaba en el armario?- aplastaba su cabello rebelde. Sin embargo, sus rizos sobresalían a montones en donde la gorra terminaba, y así su pelo parecía una segunda bufanda encima de la que traía con los colores de Gryffindor.
El enfado que había comenzado a generar Malfoy, se esfumó con la siguiente ventisca de brisa helada que impactó contra ambos. Hermione tenía las mejillas ardiendo por el cambio de temperatura, y los labios morados del frío. Sus ojos habían adquirido un tono más oscuro por culpa de las nubes grisáceas que tapaban el sol aquel día, y sus pestañas parecían más espesas. Draco se sintió turbado internamente al darse cuenta de que estaba analizando por completo a su antigua enemiga de la infancia como si fuese otro monumento más.
Hermione, por otra parte, se sintió pequeña. Malfoy había ganado mucha más altura desde el año anterior, y escondiendo su cuerpo dentro de aquel abrigo enorme y negro, tenía el aspecto de un hombre... no del muchacho que en realidad era. Su rostro parecía deformado por la, ¿curiosidad? Y su ceño, al igual que siempre, estaba ligeramente fruncido, como si estuviese ofendido. Las manos del aludido se mantenían a cada lado de su cuerpo, con la piel expuesta al frío. Sus mechones libres de la gorra, se sacudían violentamente de un lado a otro, con un brillo opaco gracias a la falta de completa luz solar. Sus ojos estaban oscuros, casi negros... y sus pestañas, casi blancas.
Era un contraste aterrador... porque para ella, era un contraste llamativo.
―No eres más que un prepotente irresponsable. ―murmuró la chica, sacando su mano del bolsillo de su campera tejana para colocar su pelo detrás de su oreja. Apretó los labios, como si hubiera oprimido las ganas de decir algo más, y se giró sobre sí misma, trazando una nueva dirección hacia la ladera que la llevaría al castillo.
Draco la miró hasta que la perdió de vista.
―Miércoles, viernes y domingos, los Premios Anuales estarán presentes en el patrullaje de los pasillos. Durante toda la semana, a ustedes los Prefectos se les repartirán distintos horarios y rutas de recorrido.
Luna jugueteaba con un collar de aspecto retorcido y colorido, como si hubiera tomado un arco iris y le hubiera hecho nudos antes de colgárselo al cuello. La rubia muchacha tenía sus ojos puestos inocentemente en el silencioso Malfoy, que no dejaba de cambiar de posición una y otra vez ante la mirada incómoda y poco discreta de Lovegood.
Hermione rasgaba un pergamino con su pluma marrón anotando casi cada una de las palabras que brotaban de los labios de la directora, como si fuera información vital para sus EXTASIS. De pronto alzó la mano.
―¿Los horarios de los Premios Anuales serán siempre los mismos?
―Sí, lo único que cambiará para ustedes son las rutas. ―agregó Minerva, buscando algo en un rollo de papiro con sus gafas puestas. Cuando lo halló, carraspeó ―Ya conocen las reglas: no quitar más de treinta puntos por alumno, nada de hechizos para el castigo, no retener objetos ajenos... ―apenas enunció la última cosa, sus ojos vidriosos se incrustaron en un Malfoy ya de por sí contrariado ―, ¿ha quedado claro?
―Sí. ―murmuraron casi todos, y los que no, asintieron. El ruido furioso de la pluma siendo arrastrada por el papel viejo no pareció molestar a casi nadie: ya era costumbre que Hermione Granger escribiera todo tipo de cosas, hasta la más obvia. Draco rodó los ojos.
―Las rondas darán inicio la semana que viene, el lunes. Estamos a miércoles, así que estén atentos a sus horarios. Apenas tenga tiempo, se los dejaré en la cartelera al lado de la entrada al Gran Comedor y...
―¡Vaya! ¡Pero qué grata reunión hay en este avivado despacho, Minerva!
Absolutamente todos se quedaron helados al escuchar aquella voz. El silencio dejó oír el instante en el que a Hermione se le partía la pluma al medio, por haber ejercido fuerza de más sobre la hoja. Lentamente, los diez alumnos allí alzaron la mirada hasta un gran retrato que apareció sin más detrás de la directora.
―Albus, no puede salir de su sitio en la pared... creí que ya lo habíamos hablado. ―pidió con cansancio la mujer, quitándose los lentes para después agarrarse el puente de la nariz.
Draco quedó más pálido de lo normal al ver a Dumbledore retratado en aquel lienzo, moviéndose tal y como si estuviese ahí mismo. El anciano vio que el rubio le miraba mucho más de lo común, y enunció una sonrisa tan amable que a Malfoy le vinieron ganas de salir corriendo del pánico. Todos sus fantasmas... todos regresaron en el momento menos indicado, para recordarle que él no era más que un maldito desgraciado en aquel mundo.
―Permíteme ser cortés, Minerva. ¿Alguno quiere un caramelo de limón?
―Yo sí, señor. Gracias. ―La voz dulce de Luna se hizo notar en la tensión ambiental que se había instaurado en el despacho.
McGonagall suspiró, agitando su varita en el aire. Un tarro de vidrio lleno de dulces cítricos apareció sobre la mesa, y Luna extendió su pequeña mano blanca para atrapar algunos entre sus dedos.
―Bueno, finalizando esta reunión, tengo que comunicarles que cada Casa tendrá que ser responsable con el toque de queda a las nueve de la noche... de lo contrario, se les sancionará hasta con cincuenta puntos menos.
―Dumbledore, vuelva aquí inmediatamente... ¿acaso no ha oído las limitaciones que tiene que cumplir? ―se oyó a lo lejos una voz desconocida, seguramente de otro cuadro de otro director de Hogwarts.
―Ya voy. ―el cuadro empezó a transportarse hacia un recoveco que había más al fondo. Antes de desaparecer, dijo ―Sean bienvenidos a otro año en Hogwarts.
A la salida de la reunión, Hermione y Luna optaron por irse juntas a la cena en el Gran Comedor.
―Me gusta tu nuevo collar, Luna. Va contigo. ―confesó Hermione, mientras metía en su bolsa un libro con las anotaciones. La rubia dibujó una grata sonrisa en sus labios.
―Espanta a los Hispkey's. ―como si hubiera dicho algo normal y coherente, la castaña asintió. Ya había aprendido hace tiempo a mantener una conversación estable con la pequeña Lovegood, y eso constaba en decir que sí a todo lo que no formara parte de la realidad.
―¿Cómo esta Neville? ―inquirió, colgándose ahora la bolsa al hombro.
―Ha estado ayudando en El Quisquilloso. Sus aportes e ideas han sido muy útiles, y trabaja muy arduamente... yo valoro mucho eso. ―explicó Luna, sin dejar de retorcer entre sus dedos el collar ―Ahora está muy comprometido con Herbología y parece gustarle.
―Es muy bueno saberlo. ―dijo con sincera alegría Hermione ―Harry y Ron están en el Departamento de Aurores, tomando lecciones.
―Debe ser fascinante. ―comentó dulcemente ―Yo creo que el año que viene sólo seguiré ayudando a papá con el periódico.
Hermione decidió quedar en silencio. Ella estaba estudiando todas las ramas que podía rendir, y también las que no, para que cuando fuera en busca de trabajo, todas las puertas a empleos estuvieran abiertas y a su disposición.
―Yo aún no tengo muy bien pensado qué haré el próximo año. ―suspiró con cierto cansancio, pasando sus ojos por las nuevas escrituras de las paredes que habían en el pasillo, las cuales iban relatando pedazos de la Segunda Guerra Mágica con ilustraciones en movimiento, sin sonido.
―Es mejor que te concentres en el presente, no deberías preocuparte por algo que llegará dentro de más de diez meses. ―hubo una pausa ―¿Has podido contactar a tus padres este verano?
Aquello le propinó un golpe seco al pecho, que le quitó momentáneamente el aire de los pulmones. Con cierta dificultad, mantuvo su rostro impasible de emociones y trató de deshacer el nudo que se había generado en su garganta.
A todo esto, Luna seguía sumida en una burbuja que le hacía ver inocente.
―N-no... no he podido dar con ellos. ―respondió al final, sintiendo que las manos empezaban a sudarle. Trató de normalizar su respiración ―Es decir, sí he podido dar con ellos... la cuestión es que... que ellos...
―No te recuerdan. ―la ayudó Lovegood, doblando en una intersección hacia la derecha. Algo se resquebrajó dentro de Hermione, como si algo se estuviera rompiendo al escuchar la verdad otra vez.
―No... no me recuerdan. ―admitió en un murmullo.
Luna tomó el brazo de la muchacha a su lado, y la apretó afectuosamente, sonriéndole de la manera más dulce que pudo.
―Aún. ―animó la Ravenclaw ―¿Qué tal si hoy en la cena me siento contigo y Ginny?
Ninguna de las dos notó -entre alumnos con los que se iban cruzando en el camino- que un par de ojos grises las seguía sin quererlo, pues también se dirigía hacia el Gran Comedor. Lo que menos sospechaban, es que también había oído cada una de las palabras que mantuvieron entre ambas, y que ahora había descubierto algo bastante... peculiar sobre cierta castaña y su vida personal.
¡Buenas!
¿Qué tal? Estos días estuve divagando por otros mundos (historias y series), y un anime me cautivó por completo. Cuando terminé el último capítulo y me di cuenta de que no saldría otra temporada hasta dentro de bastante, me quise morir.
Centrándome en el tema importante: traje una entrega algo corta, pero que se encargó de tocar ciertos puntos sobre la situación emocional de algunos.
Como siempre, mil gracias a todos los favoritos y seguidores, y a los reviews por supuesto.
Sin más para agregar, ¡nos vemos en ls próxima!
Mayqui, ¡cambio y fuera!
