Después varios días cruzando colinas de campos de trigo y viñedos, apareció en frente de los soldados una más alta coronada con altas torres, pequeños edificios y una muralla que los rodeaba a todos. Gimina era la ciudad más grande del reino de Terha más al norte de las montañas. Era una ciudad rica por el trigo y vino que cultivaban en el lugar y el comercio que aquello generaba y la artesanía.

Estaba anocheciendo cuando alcanzaron las puertas de la ciudad donde una mujer castaña y una niña los esperaban acompañadas por una decena de soldados. Kara detuvo su caballo a unos metros de distancia, bajó y anduvo hasta colocarse en frente de la mujer. La pequeña niña de unos seis años tímida se escondía detrás de su madre.

- Princesa Kara, aguardábamos su visita. Nos honra tenerla en Gimina. Mi nombre es Sam, soy la gobernadora de Gimina por la gracia del rey y esta es mi hija, Ruby. - dijo haciendo una reverencia hacia Kara e indicó a la niña que la imitara. La pequeña salió de detrás de su madre e hizo la reverencia.

Aquella niña enterneció a Kara que se arrodilló delante de la niña y sacó una pequeña figura de un caballo de madera negra y se la dio.

- Es bonito, ¿verdad? Se llama Arión. ¿Lo cuidas por mí?

La niña asintió y sonrió a Kara y empezó a jugar con el objeto.

Todos los soldados bajaron de sus caballos y, liderados por Sam, entraron en la ciudad.

- La verdad es que esperábamos que su llegada fuera hace un par de días, mi señora.

- Hemos tenido algunas complicaciones por el camino. Nada grave. Pero tuve que dejar algunos hombres atrás.

Aquella ciudad amurallada en su interior estaba totalmente cubierta de piedra, desde las casas hasta el suelo de las calles.

Los edificios, estrechos y de dos o tres pisos, estaban pegados los unos a los otros creando a veces calles anchas, como por la que estaban pasando, y otras por las que apenas pasaba una persona. También había palacios de los cuales salían torres que, por lo que le estaba explicando Sam mientras avanzaban, indicaban el grado de riqueza de la familia. Kara había logrado contar por lo mínimo diez torres mientras se acercaban. Imaginaba que aquellos palacios pertenecían a los antiguos miembros del consejo de gremios que gobernaba la ciudad antes de la llegada de la monarquía de la Casa de El. Eliminar gobiernos como aquellos había sido una de las primeras cosas que su familia había hecho al llegar al poder pues eran un nido de corrupción.

La mayoría de calles tenían pendiente más o menos pronunciada y parecía que todas conducían hasta la plaza mayor de la ciudad que se encontraba casi en la cúspide la colina. Allí estaban el templo de Rao, el palacio de la gobernadora coronado, también, por una torre, seguramente la más alta de la ciudad, y un pozo en el centro. Sam les guio a la parte más alta de la colina hasta la muralla de nuevo donde una pequeña puerta conducía a un antiguo palacio con un pequeño torreón fuera de los muros.

- En mi palacio, no hay espacio para acoger a todos los soldados que pensábamos que os iban a acompañar así que preparamos esta casa. Desde lo alto del torreón podrá ver prácticamente toda la ciudad. Solo algunas torres lo superan en altura. Si usted desea estar más cómoda, le puedo preparar una habitación y otra para su capitán en mi palacio.

- Agradezco su hospitalidad, pero prefiero quedarme con mis hombres. Sin intención de ofender. - contestó Kara amablemente a la mujer.

- No se preocupe. Tienen a su disposición varios criados para lo que necesiten, así como la comida.

- Muchas gracias. Ahora nos gustaría descansar. Pero mañana por la mañana querría discutir con usted los asuntos que nos han traído hasta aquí.

- Por supuesto. Hasta mañana entonces. - respondió Sam antes de dar media vuelta y alejarse del lugar con Ruby cogida de su mano mientras la niña se despedía de la niña con el caballo de madera en la mano.

Mientras los soldados guardaban los caballos en la cuadra, Kara subió a lo alto del torreón. Era una estructura circular sin ninguna entrada, con unas escaleras exteriores que llevaban hasta lo más alto. En realidad, no debía tener más de ocho metros de altura. Sin embargo, al estar situado en la parte más alta de la colina, permitía observar Gimina y sus alrededores.

Kara se quedó allí observando como el Sol se ponía en el horizonte mientras su mente era un hervidero de pensamientos. Por un lado, estaba haciendo una lista de todo aquello que quería hacer a la mañana siguiente. Se esperaba un recibimiento más hostil por parte de Sam y aquello la desconcertaba. Por otro lado, se preguntaba cuán al norte había llegado a viajar Lena. ¿Estaría muy lejos? Se sabía que el lugar donde se escondían los Luthor estaba lejos de la capital al norte, pero ahora ella estaba en el norte.

Y la verdad es que Lena no estaba para nada lejos. Después de huir de la posada de los Graves y que fuera herida decidió ir a Gimina y pedir ayuda a Sam. Llegó como pudo después de hacer correr a su caballo tres días sin descansar. Sam la recibió con los brazos abiertos y le dio cobijo en su palacio y le proporcionó todos los cuidados necesarios.

Esa mañana, cuando el ejército real apareció entre las colinas, decidieron esconder a Lena en el palacio del líder del gremio de los herreros, un tal Morgan Edge. Aquel lugar era tan caótico que la propia familia se perdía allí. Era un buen escondite hasta que estuviera recuperada y pudiera continuar huyendo hacia el noreste, hacia casa.

Mientras tanto, esa noche había reunión de los gremios en los túneles subterráneos que conectaban cada rincón de la ciudad. Había cosas que, por muchas leyes que se hubieran impuesto, nunca cambiaban y, menos aún, en el norte.

Todos los líderes de los gremios y Sam estaban reunidos en círculo en un pequeño cruce de caminos estrecho iluminado apenas por un par de antorchas.

- Podríamos quemar fuego a la casa donde está y acabar con el problema de raíz. - sugirió el líder del gremio de la alquimia, Ben Lockwood.

- ¿Y mandamos una postal de invitación al rey, Lockwood? Primero se descubre lo de los Graves, seguido de la muerte de la princesa y tendríamos a ejército real completo dando tumbos por el norte. Debemos ser más inteligentes y seguir con el plan. Hay que fingir que todo está correcto y dejar que se marchen tranquilos. - respondió Sam serena.

- Hemos tenido que cerrar los baños porque los prohibieron. ¿Qué será lo siguiente? ¿Adorar a Rao? - se quejó Ben.

- Si es necesario, fingiremos ser raoistas. Cuanto antes la princesa se largue de aquí, antes podremos volver a nuestra vida normal. - razonó Sam. - Las reuniones del consejo de ahora en adelante se celebrarán aquí. No podemos arriesgarnos a que algún soldado real o la usurpadora nos vea. Ya está todo dicho. Nos vemos en la próxima reunión.

- ¿Que será cuándo? - preguntó insolente Ben.

- Cuando sea necesario y seguro, Ben. ¿O prefieres que te cuelguen como a los Graves? - bramó Lena.

- ¡Por Terha! – los interrumpió Sam antes de que empezaran una discusión. Durante los días que la morena había estado en Gimina, había sido evidente que Lena y Ben no se soportaban entre ellos.

- ¡Por Terha! - respondieron el resto dando por finalizada la reunión.

Entre murmullos de desaprobación, Ben se retiró seguido del resto quedando a solas Lena y Sam.

- ¿Cómo va la herida? - preguntó Sam a su amiga mientras le acariciaba el brazo.

- Es un arañazo. Pronto curará. Estoy preocupada, Sam. No me gusta que los kryptonianos estén metiendo sus narices por aquí.

- No te preocupes, Lena. Puedo encargarme de la princesa. La tendré dando vueltas en círculos hasta que se canse y se vaya.

- ¿Cómo no preocuparme después de lo de Otis y Mercy?

- Con el tiempo podremos vengarnos.

- Eso te lo juro por los antiguos dioses. Estoy esperando con ansias que llegue el momento adecuado.

- De momento, te puedes consolar pensando en que te has burlado de ella dos veces. Son dos pequeñas victorias…

- Y a qué precio… - le respondió Lena triste pensando en los hermanos Graves.

- Es hora de retirarnos. Es tarde y mañana tengo una reunión con una rubia. Descansa, Lena.

- Y tú, Sam. Buenas noches. - le respondió mientras se giraba, aunque antes de llegar a voltearse del todo, añadió: - Y, por favor, ten cuidado…

Sam asintió antes de dar media vuelta y desaparecer por uno de los túneles.

Así que la princesa estaba allí… Lena se preguntaba si Kara sabía que ella estaba en Gimina. Era un detalle importante. Si la rubia sospechaba algo, estaban todos en grave peligro, sobre todo Sam.

Era el tercer amanecer que Kara veía en Gimina. No sabía por qué sus pesadillas, que tenían como protagonista a cierta morena de ojos verdes, se habían intensificado al llegar a la ciudad y no conseguía dormir más de cuatro horas por noche. Cada día había visto salir el Sol desde el torreón. Aquella mujer se estaba convirtiendo en su obsesión. Soñaba con encontrarla y hacerla su prisionera. Soñaba con llevarla hasta la capital y recibir el premio por su cabeza. Eran los pensamientos que inundaban su mente un día tras otro.

Y lo preocupante es que el problema no eran solo las pesadillas. El otro día creyó verla entre el gentío del mercado. Evidentemente, al intentar seguirla simplemente se había desvanecido. Empezaba a creer que se estaba volviendo loca.

Pero lo que Kara no imaginaba era que realmente sí había llegado a ver a Lena. Ese día la morena se había escabullido de su escondite para vigilar los pasos que seguía la rubia. Cuando sus miradas se cruzaron ese día, Lena corrió a esconderse en los túneles y rezó para que no la hubiera llegado a reconocer.

Kara descendió las escaleras del torreón para encontrarse un par de soldados durmiendo a las puertas de la casa. En los pocos días que llevaban allí, los hombres se habían relajado tanto que bebían hasta altas horas de la noche en la taberna y luego no eran capaces ni de llegar hasta sus camas.

Cuando llegó al comedor, James ya estaba sentado comiendo su desayuno.

- ¿Otra vez pesadillas? - preguntó el hombre cuando vio aparecer a la rubia. Kara se limitó a asentir y se sentó dejando caer el peso de su cuerpo en el banco al lado de James. Estaba agotada.

James se había dado cuenta que Kara no lograba descansar por las noches. Llevaba casi dos semanas en ese estado e iba empeorando cada día.

- A lo mejor aquí tienen un remedio para ayudarte a dormir, Kara. No puedes seguir así. ¿Qué es lo que te atormenta? - preguntaba preocupado James.

- No es nada, no te preocupes. Y no me voy a tomar nada estando en territorio enemigo. No podemos bajar la guardia.

- Sigues sin fiarte de Sam.

- En Gimina no podemos fiarnos ni de nuestra sombra. Sabes lo que dicen los informes. En esta ciudad hay algo que no cuadra, ni lo que entra ni lo que sale de sus murallas. ¿Has encontrado algo en las cuentas de Sam?

- De momento, todo parece estar en orden. Es una pena que Winn no esté aquí. Seguro que él podría ver algo que, a mí, se me escapa.

- Tranquilo, si hay algo ahí, seguro que lo encuentras. Yo seguiré patrullando las calles. A ver si queda algún soldado sin resaca para que me acompañe.

- Deberías hablar con ellos. A este paso se van a acabar el vino de toda Gimina.

- Eres su capitán, seguro que te hacen más caso a ti que a mí. ¿Te importa? - le pidió Kara. James aceptó en respuesta. Él hablaría con los soldados.

Desayunaron en silencio ya que Kara era incapaz de mantener una conversación decente en ese estado. Cuando acabaron, Kara se fue a su habitación a asearse. El agua la ayudó a disipar un poco la niebla que había en su cabeza y se vistió con la única muda que le quedaba decentemente limpia.

Su equipaje apenas constaba de un par de mudas para llevar bajo su armadura de cuero y otra muda por si en algún momento tenía que actuar como princesa de Terha, aunque esperaba que eso no pasara.

A pesar de su amable recibimiento, Sam había mostrado desagrado por tenerlos allí. Nunca dio muestras de no querer colaborar con ellos, pero no los quería merodeando por Gimina. Kara sabía que la monarquía de la Casa de El no tenía mucho soporte en el norte, así que no le sorprendía la actitud de Sam. Mientras la morena obedeciera y no traicionara la corona, podía pensar lo que quisiera. Con todo esto, se había ahorrado cenas incómodas y artificiales así que ella estaba feliz por ello.

Se puso solo el peto de la armadura y el cinturón con su espada y su revólver. Después de unos días paseándose por allí, había visto que Gimina era un lugar pacífico y no era necesario llevar toda su armadura por la ciudad.

Después de buscar un rato por las habitaciones de los soldados, logró encontrar dos sin demasiada resaca y se fueron a dar una vuelta por la ciudad. Para ser temprano en la mañana, la ciudad tenía una vitalidad comparada con la capital: mercaderes con vinos, textiles, cuero y carne se amontonaban en los puestos del mercado y la gente, sobre ellos.

Kara se dio cuenta que allí había una buena cantidad de gente y mercancía del extranjero. Eso sí que era una sorpresa. No sabía que Gimina fuera tan importante. Supuso que algo tenía que ver con el hecho que la frontera norte del reino con Daxam no quedaba lejos.

Después de dar un par de vueltas y ver que todo parecía correcto, salieron del barullo y se pasearon por las callejuelas de la ciudad. Casi se había recorrido cada centímetro de la ciudad, pero aún había zonas por las que no había pasado nunca.

El mercado era el lugar donde parecía estar toda la ciudad concentrada a esas horas porque el resto de Gimina estaba desierta. De algunas casas o talleres, salía el sonido de trabajadores haciendo sus tareas. Gimina no solo debía su fortuna al comercio solo, también era famosa por sus artesanos.

En una de las calles estrechas se sorprendió al pasar por delante de uno de los palacios. Por lo que le había explicado Sam, a pesar de que la morena gobernaba la ciudad y el consejo había sido disuelto, los gremios seguían existiendo y concentrando riqueza. Aquel palacio, por ejemplo, tenía la fachada cubierta de mármol blanco y rojo en franjas horizontales. Barato no era. También salía de la fachada un banco que rodeaba todo el edificio donde había gente sentada. Parecían estar esperando algo. Evidentemente, aquel palacio también tenía su alta torre.

Antes de ir a Gimina, había estudiado los gremios que habían existido. Por el escudo que decoraba por todos lados el edificio, dedujo que era del gremio de alquimia. Lockwood era el nombre de la familia si no recordaba mal.

Siguió andando entre callejuelas y, en una de ellas, Kara pudo ver a un niño en medio de la calle jugando con unos pequeños muñecos y se acercó.

El niño, al principio, se asustó al verla. Kara se arrodilló delante de él y le sonrió. Algo colgando en el cuello del niño llamó su atención. Consiguió que el niño dejara de tenerle miedo y estuvo jugando con él un rato.

- ¡Qué collar tan bonito! ¿Me lo dejas ver? - preguntó Kara al niño fingiendo genuina curiosidad. Parecía un amuleto. - ¿Quién te lo ha dado?

- Mis padres. Dicen que así, Amate me protegerá. ¿Quieres uno? - le contestó el niño ilusionado.

Si mal no recordaba Kara, Amate era el nombre de uno de los antiguos dioses, aunque tampoco nunca había prestado atención a esos nombres. Ella solo sabía que Alex le había enseñado siempre a eliminar cualquier cosa que tuviera que ver con ellos.

- Claro, pequeño. ¿Me podrías llevar con tus padres a ver si me dan uno también?

- Ven, mi casa está por aquí. Mi padre está allí, seguro que te regala uno. Los hace él mismo. - dijo el niño agarrando la mano de Kara y arrastrándola por algunas calles mientras sus soldados los seguían de cerca. Después de girar en un par de esquinas, el niño se detuvo delante de una puerta. - Es esta. - señalaba el niño la puerta.

- ¿Me llevas con tu padre?

El niño asintió y arrastró a Kara hacia el interior mientras ella hacía un gesto a los soldados para que esperaran allí. Se encontró a su padre trabajando en una pequeña forja que parecía ser para joyas.

- Mira, papá. Traigo visita. - saludó el pequeño entrando feliz al taller. - Esta chica me ha dicho que quiere conocerte.

Cuando el padre levantó la cabeza para mirar a la extraña, se quedó blanco. Kara sonrió confiada, el padre la había reconocido perfectamente.

- ¿Por qué no vas a buscar a mis amigos fuera y les dices cómo llegar hasta aquí? Diles también que uno vaya a buscar a más amigos. Y, pequeño, espera fuera a que los mayores hablemos, ¿vale? - le dijo Kara arrodillándose para hablar con el niño.

Una vez el niño los había dejado solos, Kara encaró al hombre del taller que había dejado todas sus herramientas a un lado.

- Mi señora, es un placer tenerla aquí. ¿Qué le trae por mi humilde taller? - preguntó nervioso el hombre.

- Tu hijo lleva un amuleto dedicado a los antiguos dioses. Lo has hecho tú, ¿verdad?

El hombre no respondió y se limitó a tragar saliva. El soldado hizo acto de presencia y se cuadro detrás de Kara.

- Si le pido a mi soldado que busque signos de herejía en tu taller, ¿cuántos objetos crees que va a encontrar?

- Mi señora, piedad. No le he hecho daño a nadie. Solo soy un simple joyero. - dijo el hombre mientras se arrodillaba delante de Kara. No podía evitar sentir algo de pena por el hombre y toda su familia, pero la ley era la ley.

- Cualquier forma de culto a otro dios que no sea Rao está prohibido y considerado como un castigo grave cercano a la traición. Tienes tiempo hasta que mis soldados lleguen para sacar todo lo de valor que quieras salvar. El resto de objetos que queden serán destruidos.

Dicho esto, el hombre empezó a recoger herramientas y materiales y a llevarlos hasta la calle donde los estaba acumulando en un montón. Mientras tanto, ella y el soldado esperaban dentro del taller a que llegaran los otros.

- Mi señora, ¿no está siendo muy indulgente?

- Cuando lleguen los otros, destruid todo lo que haya aquí. Apresad al hombre y llevadlo hasta la plaza mayor. Servirá de ejemplo. - dijo antes de irse de la habitación.

- Cómo ordene.

Kara salió de la casa a tiempo para ver llegar a una decena de sus soldados. El padre, que se encontraba fuera, miraba con horror cómo entraban en su hogar mientras el pequeño se escondía entre sus piernas.

Cuando los soldados hubieron acabado con el interior salieron fuera y apresaron al padre. El niño lloraba desconsolado preguntando por qué se llevaban a su padre. Kara se arrodilló delante de él y le explicó que su padre había hecho algo malo y tenía que ser castigado e hizo entrar el niño en la casa.

Cuando Kara llegó al centro de la plaza, cerca del pozo, la gente se empezaba a acumular alrededor del hombre detenido que estaba arrodillado con la cabeza gacha dentro de un círculo formado por los soldados.

Kara entró en el círculo y se dirigió a la multitud que crecía por momentos.

- Este hombre ha sido hallado culpable de herejía y será castigado por ello. - empezó Kara y se oyó un murmullo general. Kara sabía cuál era el castigo, pero provocar a la multitud con una ejecución era demasiado arriesgado en ese momento. - El castigo es ser quemado en la hoguera, pero he decidido ser piadosa esta vez. Recibirá veinte latigazos y será obligado a trabajar en el templo de Rao durante el próximo año. Y lanzo una advertencia al resto de herejes que haya en esta ciudad: o renunciáis a vuestros antiguos dioses o pasaréis por el fuego.

- ¡¿Se puede saber qué está pasando aquí?! - se oyó la voz de Sam gritar entre la multitud. No tardó mucho en abrirse paso y encontrarse de cara con Kara.

- Este hombre es un hereje y debe ser castigado. ¿Alguna objeción, gobernadora?

Kara pudo ver cómo Sam tensaba su mandíbula, esperaba que diera alguna señal de rebeldía, pero en cambio solo asintió y bajó la cabeza.

Un soldado se encargó de ejecutar el castigo. Mientras tanto, Kara se acercó a Sam para hablar con ella.

- Si hay un hereje, habrá más. Quiero que indique a mis hombres donde estaban situados todos los templos de los antiguos dioses de la ciudad. En algún lugar se tendrán que reunir.