- ¡Hay que hacer algo! ¡A este paso va a quemar la ciudad entera! - gritaba furioso Ben Lockwood.
Después de que Kara diera con el primer hereje, envió a sus hombres a investigar los templos de los dioses antiguos que se suponía que debían estar abandonados y se encontró con que no hacía mucho allí se habían realizado ritos. Mandó a quemar cada uno de los edificios.
Después decidió hacer una caza de brujas y ordenó a sus hombres que buscaran en cada hogar signos de herejía. Cada casa donde había rastros de herejía fue quemada y los que vivían allí eran arrastrados hasta los calabozos a la espera de ser ejecutados.
- Normalmente no suelo estar de acuerdo con el señor Lockwood, pero tiene razón. Está quemando nuestros templos y es cuestión de tiempo que empiece con los prisioneros. - dijo el líder del gremio de los hilanderos.
- Hay que matarla antes de que nos mate ella a nosotros. - afirmó Ben.
- ¿Qué opina la Luthor? - preguntó el líder del gremio de los mercantes mirando en dirección a Lena que estaba callada en una esquina observando la discusión.
- Soy la primera que quiere ver a la princesa muerta, pero hacerlo ahora mismo pondría a Gimina en el punto de mira de la Casa de El. Lo mejor sería debilitarla sin atacarla directamente y, sobre todo, que parezca un accidente.
- ¿Alguna sugerencia? - preguntó burlón Ben.
- Tiene pocos soldados. Sería una pena que sufrieran un terrible accidente mientras están registrando alguna casa.
Era media tarde y Kara estaba en la plaza central viendo cómo los soldados iban trayendo gente. Hasta ahora había unos cinqueta de detenidos. Desde su posición podía ver como diferentes columnas de humo salían de entre las casas señal de que sus soldados están llevando a cabo la misión quemando cada resto de herejía.
La ciudad, ese día, se había levantado más silenciosa que nunca. La gente pasaba asustada por la plaza temiendo ser los siguientes en ser arrestados. No era algo que pasara desapercibido por Kara. Ella no estaba disfrutando para nada de aquello, pero adorar los antiguos dioses significaba ir en contra de Rao y la Casa de El.
De pronto, una fuerte explosión resonó en la ciudad y una estampida de gente salió corriendo de los callejones del este de la ciudad.
Kara no tuvo la oportunidad de ver el amanecer desde su mirador privilegiado esa mañana.
Después de la explosión, todo había sido un caos. La gente había corrido asustada en todas direcciones en estampida arrollándose los unos a los otros. Una columna espesa de humo negro había destacado de entre el resto y fue allí donde la rubia se dirigió. A medida que se había acercado, el olor a quemado era más fuerte. Al girar una última esquina, había podido ver a gente tendida en el suelo, algunos de ellos inconscientes, algunos de ellos gritando de dolor y a otros demasiado en shock para decir algo. Una de las casas tenía un gran agujero por el que salía el espeso humo. James había llegado poco después a su lado para mirar el horrible escenario.
Por lo que habían podido saber unas horas después, cinco de sus soldados habían encontrado un pequeño altar a los antiguos dioses en un taller de tintes. Algo había salido mal al quemarlo. James sospechaba que, cerca del altar, debería haber algún material explosivo y, con las llamas, estalló matando a los cinco hombres. Los trabajadores del taller que se encontraban fuera también habían sido heridos, pero, afortunadamente, el impacto fue más pequeño para ellos.
Era su culpa. Los soldados solo estaban siguiendo sus órdenes y ahora estaban muertos.
Se pasó el resto de la tarde y noche ayudando a apagar el pequeño incendio que se había generado y llevando los heridos al médico de la ciudad cuya consulta se encontraba en la plaza. La consulta no era muy grande y tuvieron que llevar parte de los heridos, los más leves, al palacio de la gobernadora.
Una vez estuvo todo hecho, Kara, James y el resto de soldados se habían llevado los cadáveres de sus compañeros para hacerles un funeral digno a la mañana siguiente y rezaron para que Rao cuidara de sus almas. Cuando acabaron, mandaron a sus soldados a acabar con las pocas inspecciones que quedaban y James y ella fueron hasta el palacio de Sam para comprobar si necesitaban más ayuda a lo que Sam les contestó enfadada que ya habían hecho bastante.
Todos ellos estaban destrozados física y mentalmente, tanto sus soldados como ella misma. Cinco de sus hombres habían muerto y varios civiles estaban heridos. James había insistido en que necesitaba descansar, pero Kara no estaba dispuesta a enfrentar su sentimiento de culpa en sus pesadillas y se había negado a ir a dormir. James, en cambio, regresó a la casa a descansar.
La rubia se sentó en la silla del despacho de Sam como James llevaba días haciendo y se sumergió entre el papeleo. La habitación tenía todas las paredes tapizadas con gruesas telas bordadas con motivos florales. La gran mesa del despacho estaba situada en el centro de la estancia iluminada por una gran ventana a su derecha.
Ya prácticamente habían acabado los registros, así que tenía que empezar a planear las ejecuciones de los herejes. El número de detenidos había aumentado hasta unos setenta. ¿De verdad iba a quemarlos a todos vivos? El rostro del hijo del primer hereje le cruzó la mente.
Al cabo de unas horas, Sam entró a su despacho para encontrarse a la rubia profundamente dormida encima de los papeles. La morena pensó en qué fácil sería acabar ahora con ella. Si Ben Lockwood hubiera estado allí seguro que la rubia ya estaría muerta.
Un murmullo de la rubia interrumpió los pensamientos de Sam. ¿Le había parecido entender "Lena"? ¿Kara sospechaba que Lena estaba en Gimina?
Esto era algo que necesitaba discutir con el consejo, igual que las consecuencias de su fantástica idea para matar los soldados que había acabado con la consulta del médico y su palacio llenos de civiles heridos.
Justo en ese momento la rubia abrió los ojos sobresaltada y miró confundida a Sam.
¿Dónde estaba? No lograba orientarse o entender qué estaba pasando. Tuvo que enterrar la cabeza entre sus manos durante unos segundos para hacer memoria de todo lo que había pasado las últimas horas. No, no había sido una pesadilla.
- Mi señora, ¿os encontráis bien? - preguntó Sam rodeando el escritorio para situarse al lado de Kara.
- Ha sido un día muy largo, o días. No lo sé, he perdido la noción del tiempo... - aceptó Kara sin fuerzas.
- Quizá necesitáis descansar.
- Es difícil con la casa llena de gente que te recuerda lo que ha pasado. No sé ni cómo mirar a mis hombres a la cara. - dijo derrotada.
- Si me permitís la sugerencia, entre los viñedos que rodean la ciudad hay una pequeña cabaña. Allí seguro que podréis descansar en paz. Se os ve agotada.
Kara se lo pensó. No era buena idea salir sola sin protección fuera de los muros, pero no quería tener que mirar a la cara a ninguno de sus soldados. Quería, por una vez en el último mes, relajarse en paz y sin tener que preocuparse por nada más.
- Supongo que no me hará ningún daño.
- Si queréis puedo mandar a alguien a acompañaros hasta allí.
Kara negó con la cabeza.
- Si me indicáis cómo llegar, es suficiente.
Después de unas breves indicaciones, Sam prestó uno de sus caballos a Kara, así como algo de comida y la rubia salió disparada de la ciudad.
Hasta que no estuvo fuera no se dio cuenta de lo mucho que había necesitado respirar aire fresco del exterior. Aunque su plan era ir directamente a dormir a la cabaña, quedó ensimismada por el paisaje y por los campos. A pesar de ser invierno, el paisaje era hermoso. Se preguntaba cómo debía ser en verano.
A media tarde, el hambre llegó y subió a la cima de una de las pequeñas colinas que rodeaban Gimina. Se sentó allí mismo sobre una roca con vistas a la ciudad y comió lo justo y necesario para saciarse. La cabaña no quedaba muy lejos. Empezaba a necesitar urgentemente dormir horas de sueño decentes.
Llamar cabaña al lugar quizás era ser exagerado. A duras penas era una pequeña estructura hecha de ramas con un montón de paja en su interior. Pero, en su estado, era más de lo que necesitaba. Ató el caballo a un poste y se echó a dormir profundamente.
Sam había aprovechado que Kara estaba fuera de la ciudad y que sus soldados estaban dormidos o borrachos en la taberna para convocar una reunión urgente del consejo.
- ¿Se puede saber que ha sido eso? Habéis herido a nuestra propia gente. - les recriminaba Sam.
- Lo importante es que solo han muerto soldados. El resto se pondrá bien. - intentaba calmarla Ben.
- ¿Lena? - preguntó Sam a la morena consciente de que seguramente el plan había sido todo cosa suya. Ben era demasiado estúpido para pensar algo tan sofisticado.
- A mí no me mires. - dijo Lena levantando las manos. - Alguien puso explosivo de más. - añadió mirando a Ben.
- Era para estar seguros de que era efectivo. - se defendió Ben. - Y visto como ha salido todo, podríamos decir que ha sido todo un éxito. Tenemos que planear el siguiente ataque.
- Nada de siguientes ataques. Matar a más soldados solo llamaría aún más la atención. Además, es posible que Kara sospeche algo. - informó Sam.
- ¿A qué te refieres? - preguntó Lena preocupada.
- Esta mañana me la he encontrado dormida en el despacho y estaba murmurando tu nombre, Lena. Quizá sabe que estás aquí. - le dijo mirándola fijamente.
La morena recordó el día en el que se había cruzado con Kara por el mercado. Entonces, sí que la había reconocido. Tenía que contárselo a Sam, en privado.
- Si sospechara algo en tu contra, Sam, ya lo sabríamos. Es bastante descarada en cuanto a su justicia. No hay que alarmarse. - dijo Ben sacándole hierro al asunto. - Están debilitados hay que dar otro golpe, es el momento.
- No, si hacemos algo ahora aumentarán las sospechas. Debemos esperar a que las aguas se calmen. Y necesitamos saber por qué murmuraba el nombre de Lena. ¡Por Terha! - dijo Sam dando por acabada la reunión a lo que todos respondieron al unísono y se fueron.
- ¿Podemos hablar un momento, Sam? - le dijo Lena antes de que la otra morena se fuera.
- ¿Sucede algo?
- Si te dijera que es posible que la princesa sospeche que estoy en Gimina porque me vio un día por el mercado, ¿qué me dirías? - preguntó algo temerosa Lena.
- Que espero que estés bromeando. ¿Cómo se te ocurre?
- Me estaba asegurando que la princesa no metiera las narices donde no tocaba.
- ¿Estás segura de que te vio? ¿Te intentó seguir?
- No lo sé, me fui antes de comprobarlo como comprenderás.
- Vamos a dejar que se tranquilicen las cosas antes de hacer nada más. Y tú, estate quietecita. - bromeó Sam a lo que Lena respondió echándose a reír.
Tuvo un despertar algo extraño Kara. Era consciente que había vuelto a soñar con Lena, para variar, pero esta vez no lograba recordar qué había pasado, ni tan siquiera si había sido una pesadilla o no.
Pero algo más no estaba bien a su alrededor. ¿Era el lugar dónde se había quedado dormida? No, sabía perfectamente dónde estaba y por qué. ¿Qué más no encajaba?
Campanas, estaban sonando las campanas de la ciudad.
Salió rápido al exterior para ver una gran columna de humo negro que contrastaba con el cielo naranja del atardecer. Se montó en el caballo y corrió dirección a Gimina. ¿Qué había pasado ahora?
