Después de días viajando durante los cuales se habían encontrado ladrones, jabalís, precipicios y todo tipo de obstáculos campo a través, se volvieron a encontrar con el camino real. De hecho, se podía ver desde donde estaban la posada de los Graves, o lo que quedaba de ella. El árbol donde deberían estar colgados los dos hermanos estaba talado. Alguien los había bajado de allí y habían mandado un mensaje claro a Kara y al rey. No se iban a doblegar ante ellos.

Pasaron de largo el lugar. Volvieron a adentrarse campo a través hasta la hora de acampar.

- ¿Fuiste tú la de la posada? ¿Los sacaste tú? - preguntó Kara a la morena que se encontraba sentada en frente de ella comiendo su cena.

Lena negó como respuesta. Realmente, la morena no tenía ni idea de quien había sido. Es más, en el norte, cualquiera podría haberlo hecho.

- No somos muy queridos por aquí, ¿verdad? - añadió Kara y suspiró. - Si te soy sincera, me gustaría no tener que ir ejecutando gente.

Lena levantó la vista para mirar a la rubia. Ella tenía la vista fija en el fuego.

- Pues no haberlo hecho. - le respondió secamente.

- No es tan fácil. La ley es la ley. - dijo Kara volviendo la mirada hacia la morena.

- Son vuestras leyes, no las nuestras.

- Son las mismas para todos. Están para protegernos.

- No, están para reprimirnos. Eso es lo que hacen vuestras leyes en el norte.

- Porque os negáis a acatarlas.

- Porque no aceptamos doblegarnos ante unos invasores.

- Y vuestra solución es la violencia.

- La primera en usar la violencia aquí fuiste tú, princesa. Primero, con los Graves y, después, en Gimina.

- ¿Y qué iba a hacer? No sois inofensivos, precisamente. - gruñó furiosa Kara. - Respóndeme a esta pregunta. Si no hubiéramos hecho absolutamente nada en Gimina, ni registros ni detenciones, ¿nos habríais dejado ir sin más cuando hubiéramos tenido todo en orden?

- Te lo creas o no, ese era el plan. Pero cuando empezaste a quemar media ciudad, temíamos que empezaras a quemar a la gente también.

- Según la ley, eso debería haber hecho.

- ¿Y por qué no lo hiciste?

- No soy tan cruel como te gustaría creer.

- ¿Así que aceptas que la ley está mal? ¿Que el castigo por no rezar a un dios que nos impusisteis es desmesurado?

- No he dicho eso.

- No cumpliste la ley, princesa. ¿Te convierte eso también en traidora?

- ¡No iba a dejar la ciudad llena de niños huérfanos! - gritó Kara levantándose violentamente. Tuvo que respirar hondo un par de veces para recuperar el control. - No soy una traidora. Hago lo que creo que es mejor para Terha.

- Ya somos dos.

La tensa conversación acabó allí. Ninguna de las dos dijo nada más antes de ponerse a dormir.

A la mañana siguiente, ya levantadas y preparadas para emprender la marcha, Kara dirigió sus pasos hacia el oeste.

- ¿Dónde vamos? - dijo Lena parando el caballo sorprendida.

- A la capital, como desde hace días. - le contestó Kara como si no fuera obvio.

- Qué graciosa. El paso de montaña está en esa dirección. - explicó Lena señalando en otra dirección a la que pretendía coger la rubia.

- Llevamos todo el viaje evitando la gente porque cada vez que nos cruzamos a alguien, tenemos problemas. ¿Te sorprende que no vaya a un sitio donde hay centenares de personas?

- Espera, ¡¿quieres cruzar las montañas por el desfiladero?! - exclamó Lena horrorizada. Kara simplemente se limitó a encogerse de hombros. - Es la peor idea que has tenido en tu vida. Y desde que te conozco, has tenido muy malas.

- ¿Prefieres ir por el paso de montaña? Estoy segura que hay decenas de soldados que se alegraran de verte. - le contestó seria Kara.

Lena tragó saliva. Era cierto, el paso de montaña no era una buena opción para ella. Pero los bandidos del desfiladero no le debían lealtad a nadie. Como las encontraran por allí, ya podían rezar a todos los dioses antiguos y a Rao para que tuvieran piedad de ellas. Kara emprendió de nuevo la marcha y Lena la siguió.

- Por lo menos, vayamos por el terreno alto.

- ¿Por qué?

- Porque como vayamos por las zonas bajas, desearé haber pasado por el paso de montaña.

- Está bien.

Tal y como le había pedido Lena, habían ido siempre viajando a la máxima altura posible ocultándose entre la vegetación. Y Kara entendió por qué Lena le había pedido ir por allí. Desde su posición había podido ver a bastantes bandidos moviéndose por la parte baja. Incluso había visto un pequeño pueblo abandonado que les servía de refugio.

Cuando acamparon esa noche no encendieron el fuego y, a pesar de que no quedaba mucho para que acabara el invierno, en las montañas, el frío era insoportable. Además, esa noche era luna nueva y no había ningún tipo de luz que iluminara su entorno.

- ¿El calor humano no es una opción? - preguntó Lena.

- Te quiero a más de un metro de distancia de mí. Como te me acerques, te dejo inconsciente.

- No hacía falta ser agresiva.

Cenaron en silencio, alerta por si percibían algún sonido extraño. Pero los bandidos estaban acostumbrados a moverse en las sombras sin hacer ruido, así que Kara y Lena no se dieron cuenta de que las atacaban hasta que ya los tuvieron encima.

Kara logró deshacerse de algunos de ellos, agarró a Lena e intentaron llegar hasta los caballos, pero allí había más bandidos esperándolas. Corrieron en otra dirección y los dejaron un poco atrás. Se podían oír sus voces en la distancia junto con una luz.

- Libérame y dame el cuchillo.

- ¿Qué? ¡No!

- No puedo ni correr ni luchar así. ¿Quieres que nos capturen?

Cada vez las voces eran más fuertes y había más luz. Kara no tuvo más remedio que hacer caso a Lena, la agarró de la mano para asegurarse que no se separaba de ella y emprendieron la carrera otra vez dejando las manillas atrás.

Un cuerpo pesado se abalanzó contra Kara y la mandó al suelo. Lena logró apuñalar al atacante antes que pudiera hacerle nada y ayudó a Kara a levantarse y continuar corriendo.

Y, sin darse cuenta, se habían metido en uno de los campamentos que los bandidos tenían por allí. Delante de ellas, había cuatro de ellos. Kara desenfundó su revólver y su espada y Lena se preparó con el cuchillo en posición defensiva.

Antes de que ninguno de los otros le diera tiempo a atacar, Kara ya había disparado a una mujer que cayó al suelo muerta y lanzó una estocada contra otro que la logró esquivar. Lena esquivó el ataque de un hombre y consiguió apuñalarlo.

Kara estaba luchando espada contra espada contra el bandido. Ella era mejor y no tardó mucho en ganar. Cuando se giró para encarar al siguiente enemigo, se la encontró de frente apuntándola con una escopeta. Pero la mujer no logró disparar porque un cuchillo viajando por el aire se le clavó en el pecho.

- De nada. Te he ganado. - le dijo Lena con burla acercándose a Kara. Kara miró a su alrededor para darse cuenta que Lena había matado a tres de los bandidos, mientras ella solo a dos.

- De momento. - le contestó entrecerrando los ojos.

- Agradecería no cruzarme con más bandidos, la verdad. - respondió Lena y como si los hubiera invocado, las voces a través del bosque se volvieron a hacer presentes.

- Cojamos lo que podamos de provisiones y corramos. - dijo Kara. Cargaron con lo que pudieron y se alejaron de allí.

Empezaba a amanecer y a colarse la luz del Sol entre las ramas de los árboles cuando Kara se dio cuenta que Lena no estaba por los alrededores. La morena había aprovechado que estaba libre para intentar escapar. Kara volvió sobre sus pasos y encontró el rastro de Lena. Lo siguió y no tardó mucho en dar con ella. Kara era bastante más rápida. Se abalanzó contra ella y la inmovilizó contra el suelo. Lena intentó forcejear y coger el cuchillo, pero Kara se lo impidió.

- ¡Vaya! Te había perdido. - mintió Lena haciéndose la inocente.

- Eso me había parecido a mí, por eso te he venido a buscar.

- Gracias por preocuparte por mí, no hacía falta.

- No quería que te quedaras sola en un sitio tan peligroso.

- ¡Qué considerada!

- Mira, tengo un regalo para ti. Unas fantásticas pulseras hecha con cuerdas. - dijo Kara mientras empezaba a esposar a la morena con unas cuerdas que había robado de los bandidos.

- Déjame una mano libre por lo menos. - le pidió Lena a lo que Kara se la quedó mirando confusa.

- Que te tenga que explicar cómo atarme es bastante humillante. - se quejó Lena. - Ata la cuerda a una de mis manos y lleva tú el otro extremo.

- ¿Y cómo sé que no te vas a soltar?

- Porque es evidente que salir corriendo de ti es extremadamente efectivo. Si me soltara e intentara escapar, me atraparías igualmente. Pero al menos así puedo luchar si nos vuelven a atacar.

Kara estuvo pensando unos instantes.

- ¿Por qué me has salvado? - le preguntó Kara.

- ¿Perdón?

- Antes me has salvado dos veces la vida. Podrías haber dejado que me mataran y escapar.

- ¿Instinto? - contestó Lena, aunque vio en la cara de la princesa que esa respuesta no le servía. - Tú me salvaste de los soldados. Podrías haber dejado que me violaran. Te debía una. Ahora ya estamos en paz y te puedo matar en cuanto quiera.

- Entonces mejor te ato las dos manos. - rio Kara y Lena la acompañó.

A pie, estaban avanzando bastante más despacio que a caballo. Pero volver atrás a recuperarlos no era una opción. Además, se notaba que estaban cruzando las montañas en el relieve. Las pequeñas colinas habían dado paso a grandes montañas. Un gran río recorría un pequeño valle que seguía su forma. Intentaron continuar andando por la parte más alta de las montañas, pero muchas veces se levantaban paredes de piedra que las separaban de la cima.

Consiguieron alcanzar la cima de una pequeña montaña y ante ellas apareció el desfiladero. Una enorme montaña parecía haber sido cortada por la mitad por el río. Dos paredes de roca verticales de centenares metros de altura separaban el agua de la cima. Se había creado un gran pasillo natural para el agua del cual no se veía el final.

Desde donde estaban, se podía distinguir un pequeño y estrecho sendero al borde del río que lo acompañaba a lo largo del recorrido. Lena y Kara estuvieron un rato paradas admirando el paisaje.

- ¿Sabes que las cuerdas me están dejando unas rozaduras horrorosas? - se quejó Lena.

- Por enésima vez hoy, Lena, no te voy a soltar.

Llevaban un par de días de camino a pie y Lena se había pasado el rato pidiendo de diferentes maneras que Kara la soltara. A la rubia, le molestaron las cinco primeras veces. Después se acostumbró a escuchar las quejas de la morena.

- Esta no es la formada adecuada de una princesa para tratar a una dama.

- Porque eres una dama delicada que necesita protección. - rio Kara.

- Espero que a las otras las trates mejor que a mí… - bromeó Lena esperando que Kara se sonrojara de nuevo, pero parecía que la rubia ya se había acostumbrado a este tipo de comentarios.

- A ti te doy un trato especial. - le contestó después de guiñar un ojo. Lena solo se rio como respuesta. - ¿Cuántos metros de largo tiene el desfiladero?

- ¿Tengo cara de biblioteca?

- No, pero normalmente te conoces todos los sitios por los que pasamos.

- Cariño, estamos más al sur de lo que yo había estado en veinte años.

- Bien, no queda mucho para el atardecer. Busquemos algún sitio para pasar la noche. ¡Por Rao! ¿Por qué hace tanto frío? No queda nada para la primavera. - se quejó Kara.

- Si esperas que haga calor aquí arriba, puedes morir congelada.

Después de andar un rato, encontraron un gran árbol cuyas ramas se habían levantado creando un pequeño refugio entre ellas.

- Para negarte el otro día a que durmiera cerca de ti, buscas sitios con mucho espacio vital para las dos.

- ¿Alguna idea mejor? Ni que no te hubieras metido en mi cama ya.

- Y te gustó.

- Ya te gustaría a ti.

- No lo niegues.

Kara se rio negando con la cabeza. No iba a darle el gusto a Lena a aceptar que empezaba a gustarle su compañía. Se había acostumbrado a sus bromas mordaces y hasta le empezaban a hacer gracia.

La verdad es que llevaban semanas viajando juntas solas. Vivían en una especie de burbuja. Lena no podía evitar sentir una especie de vínculo que la unía a aquella princesa pretenciosa después de todo por lo que habían pasado después de salir de Gimina. A veces, incluso tenía que recordarse a ella misma quien era cada una y por qué estaban viajando.

Se sentaron a comer un rato y descansar. Andar no era igual de cómodo que ir a caballo y las dos empezaban a notar el desgaste. Estaban cansadas. No tardaron mucho en querer las dos irse a dormir. Así que llegó el momento de meterse en el agujero.

- Tú primero. - le dijo Kara a la morena.

- No, tú. No pienso dormir contra la pared.

- Olvidas que soy yo la que sigue al mando.

- Solo porque te dejo.

- Como sea, métete que quiero dormir.

Al final, Lena obedeció y se metió entre quejas. Kara se quitó las armas y entró también. Lena se había tumbado en paralelo a la pared y Kara tenía un pequeño agujero para tumbarse a su lado. Suspiró, al menos esa noche no pasarían tanto frío.

Se tumbó boca arriba y dejó las armas lo más lejos posible de Lena. La morena, en cambio, estaba tumbada sobre su costado con la espalda contra la pared. Apenas había un palmo de distancia entre las dos y Kara no podía evitar estar tensa.

- Kara, ¿eres consciente de que ya hemos dormido juntas? Creo que sobrevivirás. - se burló Lena.

- ¿Te has dado cuenta que me has llamado por mi nombre?

- No es la primera vez.

- Normalmente solo lo haces cuando estás enfadada o nerviosa. ¿Cuál de las dos es hora? - se burló de vuelta Kara.

- Touché, princesa. Quizá me pone tenerte así. - le susurró en el oído la morena. Kara pegó un bote cuando la notó tan cerca y se dio media vuelta dando la espalda a la morena que se echó a reír.

Kara decidió ignorar a la morena y cerró los ojos para dormir. El cansancio no tardó en hacer efecto y se quedó dormida.

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Próximo capítulo el jueves:

- Dame una razón para no romperte el cuello.