Kara se despertó alarmada porque se oyó un gran alboroto en la calle. Miró a su alrededor y Lena no estaba en la habitación. Por Rao, que no le hubiera pasado nada.

Se puso las botas y salió corriendo, o lo más parecido a correr que podía. Cruzó la puerta y detectó que el ruido venía de la playa. Siguió el ruido hasta que llegó a lo que parecía el puerto. Una muchedumbre se acumulaba alrededor de lo que parecía una grúa de madera. Se acercó allí y se abrió paso entre la gente hasta que logró ponerse en frente. Allí estaba Lena, sujetando los papeles en los que había estado trabajando y dando órdenes a hombres y mujeres cargados de herramientas y materiales.

La morena estaba tan concentrada en lo que estaba haciendo que no notó a Kara acercarse a ella. Por eso pegó un pequeño respingo cuando notó una mano sobre su cintura. Se giró con cara enfadada dispuesta a girarle la cara a quien fuera que se atreviera a tocarla hasta que vio que era Kara la que estaba pegada a ella y la recibió con una sonrisa.

- ¿Qué está pasando aquí? - preguntó Kara con curiosidad.

- Nos está ayudando a arreglar la grúa. - informó Nia Nal que, a pesar de que haber estado todo el rato al lado de Lena, Kara no había visto. - ¡Incluso la está mejorando! - dijo ilusionada.

- ¿Y te hacen caso? - preguntó curiosa y divertida Kara que aún no se había despegado de Lena. Con el susto que se había llevado, no iba a separarse de ella en un buen rato.

- Aquí, una que sabe lo que se hace. A diferencia de ti, mis ideas suelen ser buenas. - bromeó Lena y Kara se echó a reír.

Estuvieron un rato más allí, Lena dando indicaciones a los trabajadores y Kara admirando aquello. Cuando el Sol empezó a desaparecer por el horizonte, llegó la hora de descansar. Kara, Lena y Nia emprendieron el camino de vuelta a la posada. Nia iba algo adelantada hablando con otras chicas del pueblo.

- Siento por irme sin avisar. Seguro que te pensabas que me había escapado.

- Sí, la verdad es que hubiera sido un poco rastrero que aprovecharas para escapar mientras yo estaba durmiendo.

- Lo siento, Nia me ha venido a avisar que los chicos querían empezar a trabajar cuanto antes poco después de que tú te quedaras dormida y he preferido dejarte descansando.

Cuando llegaron a la posada, los padres de Nia les ofrecieron cenar con ellos y ellas aceptaron. Lena subió a limpiarse antes de cenar y Kara se quedó abajo haciendo compañía a aquella agradable familia que tan amablemente las había acogido. Kara los estuvo ayudando con la faena de la posada hasta que fuera la hora de cenar y Lena bajara de la habitación.

Nia Nal se acercó a Kara para hablar con ella mientras hacían tiempo esperando a Lena.

- Si no es una pregunta muy indiscreta, ¿qué ha podido hacer Kiera para que la lleves prisionera hasta la capital?

Kara, al principio, no entendió de qué le estaba hablando Nia hasta que prestó atención al nombre que había dicho. Se rio por dentro por el nombre que se había inventado Lena, claramente burlándose del suyo.

- La verdad es que es un secreto. Si te lo contara, te tendría que matar. - bromeó Kara. Nia Nal rio como respuesta.

- Sea lo que sea, espero que el castigo no sea muy grande. Estos días nos ha estado ayudando mucho por el pueblo. Incluso le ha contado diferentes remedios con hierbas a la médica.

Kara suspiró. No quería ni pensar en lo que le harían a Lena cuando llegaran a la capital. Pero era una Luthor, no la podía soltar por mucho que hubiera ayudado a aquella gente. Kara pensaba en todo aquello mientras seguía trabajando. Lena no tardó mucho más en bajar.

- Vaya, la princesa sabe hacer trabajo sucio. - susurró Lena divertida en su oído solo para que Kara la pudiese oír.

- Y tú sí que tardas en limpiarte hoy precisamente que toca trabajar.

- ¡Oye! Estaba trabajando en el plano de la grúa. He pensado en una manera de aumentar la cantidad de peso que puede levantar.

- Sí, claro. Excusas para no ensuciarte las manos.

- Evidentemente, para eso ya estás tú.

Su conversación fue interrumpida por Nia que llegó para decirles que ya podían ir a cenar. Los posaderos se disculparon por haber hecho trabajar a Kara cuando era una invitada y ella respondió que era su forma de agradecer que las hubieran tratado tan bien.

Pasaron las cenas entre risas y anécdotas. Nia les contó que en unos días serían las fiestas del pueblo en las que celebraban la llegada del buen tiempo y el mar tranquilo y rezaban a Rao por un año con buena pesca. Les pidió que se quedaran para verlas. Según ella, eran algo que se tenía que vivir una vez en la vida.

Antes de que se les hiciera muy tarde, decidieron que era hora de irse a la cama y volvieron a su habitación. Además, Kara estaba bastante recuperada pero tanto tiempo activa había hecho que el dolor en su costado aumentara.

- ¿Por qué los has ayudado?

- Sé más específica.

- Has ayudado al pueblo con la grúa y todo eso. ¿Por qué? Son raoístas fieles a la corona.

- Para mí, solo son terhanos inocentes. Ellos no tienen la culpa de nuestras guerras. No han hecho daño a nadie. ¿Por qué no debería ayudarlos? A mí, no me importa a qué dioses recen.

Las dos se tumbaron en la cama y Lena, como había hecho la noche anterior, se acomodó sobre el hombro derecho de Kara. La rubia, esta vez, no se tensó cuando notó que la morena tomaba esa posición y cogió la posición más cómoda para las dos.

Kara y Lena, a lo largo de los días, adquirieron una nueva rutina: por la mañana, la morena trabajaba en la grúa mientras la rubia se quedaba en la habitación durmiendo y leyendo. Por la tarde, en cambio, Kara solía hacer compañía a Lena en el puerto o se iba a dar una vuelta por la playa.

Kara extrañaba la capital y el mar era como una pequeña parte de su hogar. Tenía ganas de volver. Y a la vez, no. No quería admitirlo, pero le gustaba la compañía de Lena, quedarse dormida y despertarse abrazada a ella. Era una sensación nueva y adictiva. Siempre podían quedarse en aquel pueblo para siempre. Nadie las conocía allí.

Pero, ¿en qué estaba pensando? Lena y ella ni tan solo eran amigas. Eran una Luthor y una Zor-El y estaban en guerra.

Kara se encontraba en la parte alta de un pequeño acantilado a las afueras del pueblo observando el horizonte. Lena le había dicho que seguramente esa tarde acabarían con las obras en la grúa. Quizá en un rato bajaría a ver si habían acabado.

Desde su posición podía ver todo el pequeño pueblo blanco a sus pies. Las fiestas de las que les había hablado Nia serían al día siguiente y se podía ver a todo el mundo cargando cajas arriba y abajo y colocando la decoración. Debería ir a ayudarles como agradecimiento por todo lo que habían hecho por ellas desde que habían llegado.

En unos diez minutos, Kara llegó al puerto donde los obreros ya estaban recogiendo los materiales y herramientas. Lena no estaba muy lejos de allí y parecía animada hablando con algunos de ellos.

Justo cuando la rubia estaba llegando hasta Lena, el grupo se disolvió quedando la morena sola de espaldas a Kara.

- ¿Cómo va? ¿Habéis acabado? - le preguntó Kara cuando estuvo cerca.

Lena se giró con una sonrisa en los labios y asintió feliz.

- La grúa ya está totalmente arreglada.

- Enhorabuena. ¿Vamos a dar una vuelta, entonces?

- ¿Qué tienes en mente?

- Ayudar con las fiestas.

- Kara, no creo que sea buena idea que hagas grandes esfuerzos.

- Pero si ya estoy bien.

- ¿Te crees que no me doy cuenta de las muecas de dolor que haces cuando llevas demasiado tiempo de pie o sentada?

- Tampoco es para tanto.

Viendo que la rubia era demasiado tozuda para dar su brazo a torcer, Lena se lanzó a hacerle algunas cosquillas. Kara hizo un gesto rápido para protegerse y soltó un leve quejido y una mueca de dolor.

- ¿Lo ves?

- Eso es jugar sucio.

- Encima de que me preocupo por ti... Vamos a dar una vuelta por el pueblo, pero nada de cargar peso o hacer esfuerzo de más. Vamos. - respondió Lena y, arrastrando a Kara agarrándola de la mano, la guio de nuevo al interior del pueblo.

Lena había pasado bastante más tiempo en el exterior que Kara así que se dedicó a hacerle de guía explicándole quien vivía en cada casa y todas las historias del pueblo que Nia le había contado. Pasaron por la plaza mayor donde estaba el templo a Rao. Las puertas estaban abiertas de par en par y la gente se dedicaba a decorar tanto el interior como el exterior de manera que parecía que el templo se expandía hasta la plaza y la convertía en parte del edificio.

Continuaron por las callejuelas alrededor que también estaban siendo decoradas de la misma manera. El pueblo estaba quedando hermosamente decorado. Kara no recordaba nunca una fiesta así en la capital.

Las mujeres llegaron de vuelva al mar y Kara pidió andar por la arena. Le encantaba su tacto en los pies.

- ¿Echas de menos el mar? - le preguntó Kara con curiosidad.

- No lo recuerdo mucho. - le contestó Lena sincera. Kara la miró confundida. - Cuando nos fuimos de la capital, apenas tenía más de cinco años. Toda mi vida me la he pasado en las montañas. Si te soy sincera, no estoy acostumbrada al mar ni al calor del sur.

- Cuando tenías la oportunidad, te metías en el agua mientras estábamos viajando. - respondió Kara. Se soltó de la mano de Lena y se quitó las botas. Lena, en cambio, prefirió continuar con sus zapatos puestos. Cuando estuvo, continuaron con su paseo por la arena. Caminaban por la orilla, Kara dejando que el agua del mar llegara hasta sus pies.

- ¿Y qué? El agua del mar es muy diferente.

- Es agua. - rio Kara lanzando una patada contra las olas y salpicando un poco.

- Pero está salada. - se quejó Lena. - Con el agua del río me podía hasta limpiar. Con la del mar, lo único que consigo es una incómoda capa de sal.

- Quejica...

- Fue a hablar la que no soporta el frío. - bromeó la morena.

- Supongo que estamos acostumbradas a cosas diferentes.

- Cierto, hemos crecido en sitios muy distintos.

- Entonces, ¿no te gusta el mar? - insistió Kara.

- Claro que me gusta. Pero no es lo mismo para ti que para mí.

Estaba empezando a anochecer. Llegaron hasta unas rocas que había cerca de la orilla. Kara las escaló y se sentó. Cuando se giró para ver si Lena la seguía o no, se la encontró con los brazos en jarra mirándola con una ceja levantada.

- ¿Qué? Tampoco he hecho un gran esfuerzo. Cuerpo kryptoniano, ¿recuerdas? - bromeó Kara.

- Solo cuando te interesa. - rio Lena y siguió a Kara hasta sentarse a su lado.

Estuvieron un rato allí sentadas observando como el Sol se escondía tras el horizonte escuchando el sonido del mar y de algunas gaviotas que volaban cerca. La brisa del mar era aún algo fría. El invierno todavía se negaba a desaparecer del todo.

Era prácticamente de noche cuando decidieron volver de nuevo a la posada. Nia Nal y sus padres las saludaron cuando las vieron llegar.

- Me han dicho que ya habéis acabado con las obras. - comentó ilusionada Nia a Lena.

- Sí, hasta hemos podido probarla. Tiene buena pinta.

- No sabes cómo te lo agradecemos. Sin la grúa, hubiéramos tenido problemas para descargar los barcos.

- Gracias a vosotros por acogernos de esta manera. La verdad es que no tenemos como pagaros. - intervino algo avergonzada Kara.

- Con todo lo que ha hecho en el pueblo, no os tenéis que preocupar por nada. Estamos en paz. - dijo la madre de Nia. - Ahora os subimos la cena.

- Tranquila, ya nos encargamos nosotras. - le respondió Kara. La madre de Nia volvió a la cocina y Nia se quedó con las dos explicándoles lo maravillosa que era la fiesta del día siguiente. Prácticamente les hizo jurar a las dos que asistirían.

- Primero, al atardecer, honraremos a Rao para que nos ayude y nos proteja en el mar. Después, celebramos una gran cena todos juntos. Y, para acabar, tocarán música hasta el amanecer. - explicaba ilusionada.

La madre de Nia no tardó en aparecer con una bandeja con la cena de las dos. Subieron a la habitación y cenaron en calma. Kara estaba algo cansada y quería irse a dormir temprano así que se prepararon para dormir.

Kara se sentó en la cama mientras Lena acababa de ordenar los platos vacíos de la cena encima de la mesa. La rubia decidió que ese era el momento de su venganza y empezó a hacerles cosquillas a Lena. La morena se removió entre sus brazos y la acabó empujando sobre la cama. Antes de caer, Kara la agarró del brazo y la arrastró con ella. Quedaron la una tumbada encima de la otra, muy cerca, como la otra vez había pasado, solo que ahora se estaban riendo las dos cómodas con la cercanía.

- ¿Qué haces? - preguntó la morena desde de arriba de la rubia.

- Te las debía de antes.

- No eres nada rencorosa... - rio Lena. Estaba tan cómoda... Bajó hasta la rubia y le dejó un beso en la mejilla y otro y otro... hasta llegar a la comisura de los labios de Kara. Cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, frenó y se quedó mirando fijamente los ojos azules que tenía tan cerca. Estos la miraban fijamente con una mezcla de deseo y miedo.

Kara carraspeó y giró la cabeza.

- Estoy cansada. Quiero dormir. - susurró Kara apartando suavemente a Lena y se colocó para dormir de espaldas a ella.

La morena suspiró. Desde la primera noche que durmieron juntas, Lena se moría de ganas de besar a Kara. Lo sabía. Y no quería aceptarlo. Porque estaban en guerra. Kara la arrastraba hasta su muerte en la capital y ella se estaba dejando llevar. Hacía noches que Kara no se preocupaba de cerrar la puerta ni de que no escapara. Era tan fácil huir y, sin embargo, allí estaba ella: observando como su captora le daba la espalda mientras dormía.

No quería darle más vueltas a lo sentía, sabía que no lo podía controlar y que pelearse contra ello no serviría de nada. Se tumbó ella también en la cama dándole la espalda a la rubia. Estaba casi dormida cuando notó como Kara se movía y un brazo pasaba por encima de ella rodeándola por la cintura. Y se durmió.

Cuando Kara se despertó, tenía la cabeza de Lena sobre su pecho, sus brazos rodeaban la cintura de la morena y sus piernas estaban entrelazadas.

Lena notó como Kara se despertaba y acomodó su cara en el cuello de la rubia y suspiró. Kara dejó un beso sobre el pelo de la morena y apretó su cabeza contra la de ella en un gesto cariñoso.

- ¿Qué estamos haciendo? - susurró Lena.

Pero Kara no contestó porque ella tampoco tenía la respuesta.

Por la tarde, Kara y Lena salieron a pasear por el pueblo después de prometer tres veces a Nia que irían a las fiestas.

Anduvieron cerca de la costa y Kara llevó a Lena hasta el acantilado del día anterior. Por el camino, Kara recordó todo lo que habían andado una al lado de la otra desde que salieron de Gimina. Esperaba que J'onn estuviera bien y que todo estuviera en orden. Lo que la llevó a recordar la conversación que habían tenido él y Lena cuando se encontraron.

- Cuando os encontrasteis J'onn y tú allí, en Gimina, le dijiste que los años le habían pasado factura. ¿Te acordabas de él?

- Un poco. La última vez que lo vi, yo tenía cinco años. La verdad es que dije eso solo para meterme con él.

- Ya... - respondió Kara pensativa mirando el camino. Lena se había acostumbrado a leer esa expresión en ella.

- ¿Me vas a preguntar lo que quieres saber? - respondió Lena frenando en seco y mirando hacia Kara. Estaban ya en la parte más alta del acantilado.

- ¿Te acuerdas de mí? - preguntó mirándola de vuelta.

- ¿Que si recuerdo una bola de pelo rubia haciendo travesuras por todo palacio? Más o menos. - rio Lena y continuó andando. Empezaron a bajar del acantilado por el otro lado, alejándose aún más del pueblo. Al otro lado se abría paso una pequeña cala con playa de arena. - Alex iba loca persiguiéndote y cuidando de ti. Al principio te odiaba un poco ¿sabes?

- ¿Al principio solo? - rio Kara.

- Me robaste a mi mejor o única amiga. En palacio, teníamos poco donde elegir. Robaste toda la atención de Alex.

Llegaron a la arena y se acercaron hasta las olas. No tardaría mucho en empezar a atardecer.

- ¿Y la tuya no?

- Yo prefería leer.

- Pero si tenías cinco años.

- En el mundo hay gente que le gusta entrenar su cerebro y no solo el cuerpo. Deberías intentarlo. - bromeó Lena y salpicó a Kara con un poco de agua de la orilla.

- ¿Algún día te cansaras de llamarme idiota? - rio Kara.

- Cuando dejes de serlo.

Se quedaron un rato en silencio paseando por la orilla. Kara se detuvo a mirar el mar y suspiró.

- Echo de menos a Alex.

- Hablas de ella como si fuera tu hermana. - dijo Lena deteniéndose a su lado mirándola.

- A efectos prácticos, lo es. - hablaba Kara con una triste sonrisa. - Después de que mis padres murieran durante la conquista, mis tíos no quisieron saber nada de mí. Ya lo sabes. Tú estabas allí. Si los Danvers no me hubieran acogido como su hija, no sé qué habría sido de mí.

- ¿No te has preguntado nunca como hubiera sido tu vida si no hubieran muerto?

- Sí, claro. Pero, ¿de qué serviría? - respondió encogiendo los hombros. - No puedo cambiar el pasado. ¿Tú te has preguntado cómo sería tu vida si tus padres no hubieran traicionado al rey intentándolo matar?

- La verdad es que no, nunca. - respondió simplemente Lena. Kara la miró sorprendida. - Creo que mis padres hicieron lo correcto. A veces, he pensado en cómo sería si lo hubieran conseguido.

- ¿Qué crees que habrían hecho con Kal y conmigo?

- Os habrían matado también para ahorrarse problemas en un futuro.

- ¿Te parece bien matar a niños inocentes?

- No, pero un niño con sangre real se puede convertir en un problema. Vosotros matasteis a nuestro rey cuando invadisteis Terha. ¿Sabes qué edad tenía?

- No.

- Once.

- No lo sabía. - contestó Kara, realmente no sabía nada de aquello y nunca había preguntado al respecto. El ambiente estaba un poco tenso así que intentó bromear para relajarlo. - ¿Me has llamado "bola de pelo"? - le preguntó dándole un suave golpe sobre el brazo. Lena agarró la mano de Kara y la entrelazó con la suya reduciendo la distancia entre las dos.

- Tenías dos años la última vez que te vi. Y los dramas que provocabas en palacio... - rio Lena mirando sus manos. - Una vez desapareciste y nadie te encontraba. Se pasaron todo el día buscándote. Al final, Alex te encontró en la fuente del patio interior dándote un chapuzón.

- Alex aún se mete conmigo sobre eso. - rio Kara. - ¿Y tú no me buscaste? - le preguntó balanceando sus manos a un lado y otro.

- Prefería encerrarme en la biblioteca a perder el tiempo buscándote. - bromeó Lena colocando un dedo de su mano libre sobre el hombro de Kara y empujándola un poco. Kara tiró de la mano que tenía cogida y la acercó tanto que casi chocaron sus cuerpos.

- Así que soy una pérdida de tiempo. - rio Kara pasando el brazo libre por detrás de la cintura de Lena evitando que volviera a intentar escaparse.

- ¿Aún no te ha quedado claro? - dijo Lena colocando las dos manos sobre los hombros de Kara. La rubia entonces colocó el otro brazo también tras la morena. Estaban tan cerca que podían notar el aliento de la otra golpearlas cuando la otra hablaba.

- Pues bien, que te gusta pasar tiempo conmigo. - reía Kara perdida en los ojos verdes que tenía delante y le devolvían la misma mirada.

- ¡Qué creído te lo tienes!

- ¿Y por qué no te has ido? ¿Por qué no has escapado cuando has tenido la oportunidad?

Y Lena bajó su mirada a los labios de Kara. Como respuesta, la rubia también miró a los de la morena y se mordió su propio labio. Lena subió la mirada de nuevo a los ojos azules para ver dónde estaba mirando la rubia y ya no pudo aguantarse más.

Colocó sus manos a ambos lados de la cabeza de Kara y junto sus bocas en un suave contacto. Se separó de la rubia de nuevo y se la encontró con los ojos cerrados y la boca entreabierta. Kara suspiró y Lena volvió a unir sus labios.

El contacto empezó suave, calmado. Los movimientos de Kara eran tímidos y Lena llevaba el ritmo del beso. Kara apretó el contacto en su cintura y juntó sus cuerpos más aún. Lena pasó los brazos por detrás de la cabeza de Kara y se abrazó a su cuello.

Lena lamió los labios de Kara, pidiéndole permiso para entrar. La rubia la recibió tímida, dejándose guiar por las caricias de Lena. Pasaron los minutos, Kara empezó a coger valentía y comenzó a devolverlas y una pequeña batalla empezó en sus bocas. La temperatura subía y subía.

Unas explosiones provenientes del pueblo alertaron a Kara que se separó totalmente de Lena mirando al pueblo temiendo ver una columna de humo o algo por el estilo. Desde donde estaban no podía ver nada.

- Solo son petardos. Los estaban colocando esta mañana. - explicó Lena acercándose de nuevo a Kara y apretándole en brazo intentando calmarla.

Kara miró a Lena. Tenía los labios hinchados. ¿Qué acababa de pasar? ¿Cómo había dejado que eso pasara? Con un movimiento brusco separó su brazo y se alejó de Lena en dirección al pueblo.

- Nia nos matara si no llegamos a la fiesta. - añadió mientras huía de Lena.

La morena suspiró y la siguió de camino al pueblo.

Un desfile donde parecían encontrarse todos los habitantes del pueblo inundaba las calles: había gente disfrazada con trajes completamente rojos bailando entre las chispas que provocaban los petardos que había repartidos por todas partes y que lo cubrían todo; había gente que se mantenía a un lado protegiéndose de ellas admirando el espectáculo y, cerrando la muchedumbre, había unas figuras gigantes de madera que se paseaban de un lado a otro bailando al ritmo de los tambores que las seguían.

Kara y Lena se situaron en un rellano donde estaban protegidas del fuego, divertidas, admirando la gente feliz. Kara se sorprendió de ver hasta niños metidos entre los petardos sin ninguna clase de miedo. Llegaron los gigantes. Había cuatro figuras: tres grandes que representaban dos hombres y una mujer y una más pequeña que representaba a otra mujer. Estaban cubiertas por trajes y ropas llenas de símbolos que le resultaban familiares. Se giró hacia Lena y vio como estaba totalmente seria observando aquellas figuras. Se giró mirando a Kara con algo de temor en los ojos. Y, entonces, recordó de que le resultaban familiares los símbolos. Eran parecidos o los mismos que Lena llevaba tatuados por el cuerpo. Eran los símbolos de los dioses antiguos.

Cuando Lena leyó en la expresión de Kara que esta se había dado cuenta de que las figuras representaban los antiguos dioses, la agarró de la mano y la sacó de la multitud tan rápido como pudo temiendo la reacción de la rubia.

La llevó lejos hasta una pequeña calle vacía. Allí nadie podría sufrir el enfado de Kara, excepto ella.

- ¡Suéltame! - gruñó Kara tirando de la mano que la sujetaba. Estaba furiosa. Se sentía engañada y traicionada.

- Kara, por favor, cálmate. - dijo levantando las manos hacia ella.

- ¡Malditos herejes!

- No lo son. Sabes también como yo que son devotos a Rao.

- Son cuatro dioses antiguos, ¿verdad? Respóndeme, Lena.

- Sí, lo son. - susurró Lena temiendo aun lo que Kara pudiera hacer. - Pero no los están adorando como tales. Nia me dijo que solo se trataban de cuatro amuletos protectores del pueblo. Quizá no sabe ni lo que solían representar.

- Lena, estaban paseando cuatro antiguos dioses por la calle. Esas figuras tuvieron que ser quemadas hace veinte años. - dijo Kara a la vez que intentaba dirigirse de vuelta a la fiesta, pero Lena se interpuso.

Cuando Kara se dio cuenta de lo cerca que tenía a la morena de nuevo, se apartó rápido de ella y le dio la espalda.

- No son dioses para ellos. - continuó Lena.

- ¿Cómo lo ha podido permitir Maggie todo este tiempo?

- Kara, por favor, mírame. Cálmate. - hablaba con calma intentando acercarse de nuevo a ella.

- No, ¿es que no recuerdas lo de Gimina? Por cosas menores, se ha quemado gente en la hoguera. - le contestó mirándola. Lena podía ver la furia recorrer los ojos de Kara.

- En Gimina eran dioses. Aquí, no. Por eso Maggie no ha hecho nada. Y tú tampoco harás nada.

- Tú no me dices qué hacer. Voy a buscar a Maggie. - dijo empujando a Lena a un lado y pasando de largo.

- ¿Y qué harás? ¿Obligar a la gente a quemar sus tradiciones? Gente que te ha ayudado sin siquiera saber que eres su princesa de forma totalmente desinteresada. No les hagas esto. - le pidió a Kara que aún no se había alejado demasiado. Kara se detuvo y Lena la pudo oír coger aire profundamente.

- Esto no puede continuar. Merecen un castigo. - respondió más tranquila Kara.

- ¿Y castigarás a todo el pueblo? ¿Incluidos los niños? Ellos también estaban allí. - le dijo Lena volviendo a ponerse delante de la rubia.

- Ellos no saben nada. - contestó mirando a Lena. La morena, al verla más calmada, se acercó de nuevo a la rubia que aceptó la cercanía.

- Exacto. Porque ellos solo adoran a Rao.

- ¿Y qué quieres que haga? ¿Quedarme de brazos cruzados?

- No tienes nada que hacer, porque aquí no ha habido herejía.

- Lena...

- Kara, por favor. - dijo cogiendo las manos de la rubia. Pero Kara se soltó de un golpe. - Hazlo, por lo menos, como agradecimiento por todo.

- No puedo mirar hacia otro lado. - dijo Kara girándose de nuevo y llevándose las manos a la cara.

- Sí, puedes.

Kara se giró a mirarla de nuevo. Estuvo unos segundos en silencio en esa posición. Lena no conseguía leer lo que debía estar pensando la rubia, pero por lo menos no estaba fuera de control. Pero soltó algo que le dolió profundamente por todo lo que conllevaba.

- Mañana por la mañana nos vamos hacia la capital. No pienso continuar en este pueblo más tiempo. Y ni pienses en escapar o quemo este pueblo hasta los cimientos. Hemos perdido demasiado tiempo aquí.

- Como quieras. - contestó Lena.

Descartaron cenar con el resto del pueblo y fueron a la habitación a dormir. Al entrar, Kara cerró la puerta con llave y esposó a Lena. Kara le preparó las mantas en el suelo para que pudiera dormir allí y se fue a la cama.

Lena ni siquiera dijo una sola palabra, gesto o nada que pudiera parecer estar en contra de las órdenes que Kara le estaba dando. Ni siquiera cuando la esposó de nuevo y la mandó a dormir al suelo. La morena estaba profundamente dolida: había pasado del cielo al infierno en cuestión de minutos. Y todo por culpa de Kara.

Después de días peleando contra ella misma para controlarse, la había besado y todo había ido mejor de lo que nunca había esperado. Pero entonces Kara se había separado y la distancia se había hecho más grande después de ver los cuatro dioses. Ahora estaba allí, tumbada en el suelo, resignada a ir de camino a su muerte.

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Próximo capítulo el viernes:

- Perdón por quejarme porque me estés entregando a mi muerte.