Era el día del solsticio.

Kara no sabía cómo sentirse al respecto. Después de semanas encerrada en aquella celda, tenía ganas de salir al exterior. Pero tener que soportar todo el día la herejía de los Luthor y convivir con ellos era otra cosa. Por lo menos, le dejaban celebrar sus ritos. Lena le había preguntado el día anterior qué necesitaba y esperaba realmente que lo hubiera conseguido todo.

En los últimos días, Lena y ella habían vuelto a tener una relación parecida a la que tenían mientras viajaban y eso no le gustaba a Kara lo más mínimo.

Entendió por qué Lena la había abandonado. Ella misma en su momento se planteó dejarla ir, pero le dolía que simplemente se fuera esa noche. Sintió que Lena le mandaba un mensaje que decía: "Ya he conseguido lo que quería de ti y, ahora, me voy." y eso la rompió en pedazos.

Pero durante todos esos días, Lena se había comportado con ella de la misma forma que antes de que se marchara y Kara era incapaz de guardarle rencor. La morena la trataba con tanto cuidado y con cariño que muchas veces olvidaba dónde estaba y lo que había pasado y volvía a estar su lado en una pequeña posada cerca del mar. Y no entendía por qué no podía evitar sentirse así. No tenía fuerzas para luchar contra ello, ni tampoco sabía cómo. Y sí, había vuelto el deseo o lo que fuera que sintiera por Lena. Y eso la frustraba aún más. Le faltaba tan poco para dejarse llevar completamente...

Las heridas de sus muñecas y tobillos estaban bastante mejor. Toda la capa de pus que tenían había desaparecido y la carne y piel estaban volviendo a crecer.

La puerta de la celda se abrió y Kara se levantó esperando feliz que quién entrara fuera Lena, pero en cambio un hombre unos años mayor a ella fue el que apareció.

- Buenos días, princesa. - pronunció el hombre con una sonrisa en los labios y una horrible cicatriz en el brazo. - Mi nombre es Lex Luthor. Lamento no haberte podido visitar hasta hoy. Seguro que Lena ha cuidado bien de ti. Te tiene mucho aprecio. Me ha contado que cuidaste bien de ella mientras fue tu prisionera.

- Vuestras cabezas tienen más valor si están unidas a un cuerpo vivo. - dijo intentando quitarle importancia.

- Ya, será eso. - respondió pensativo. - En fin, vengo a darte la bienvenida a nuestro humilde hogar. Supongo que Lena te ha contado que hoy nos acompañaras en nuestras fiestas. Espero que las disfrutes.

Dicho esto, se fue. Un hombre y una mujer armados con unas lanzas y revólveres aparecieron a cada lado de la puerta. Le dejaron algo para asearse y ropa limpia y esperaron fuera a que se cambiara. Cuando salió, la mujer le indicó que la siguiera y los tres salieron del edificio donde estaba la celda. Después de recorrer unos cortos pasillos oscuros, salieron al exterior.

El Sol estaba empezando a aparecer en el horizonte e iluminaba ante ella los restos del monasterio. Hacía tantos días que no respiraba aire fresco. Una gran plaza con el suelo hecho de grandes piedras se abría tras unas escaleras por debajo de ella. Los grandes edificios hechos del mismo material que la plaza estaban situados a su alrededor pegados entre ellos y alzados sobre plataformas decoradas con grandes escalinatas que los comunicaban con la plaza. Parecía que el bosque estaba engullendo aquel lugar ya que la mayoría estaban prácticamente cubiertos de vegetación.

Todo el lugar estaba lleno de gente que cargaba animales como cabras, ovejas, cerdos e, incluso, pollos y los encerraban en diferentes cercados. En un lado había un gran altar de piedra con una mesa de piedra también en el centro.

Buscó a Lena con la mirada y la encontró hablando con Sam animadamente. Kara fue en su dirección seguida de aquellos dos que parecía que no se iban a separar de ella en todo el día. A medida que avanza podía oír a la gente murmurar y mirarla con desprecio. No debía ser un secreto quién era la prisionera que se paseaba por allí.

- Buenos días, princesa. Hacía tiempo que no nos veíamos. - la saludó Sam cuando llegó hasta ellas. Aunque por sus palabras no se podía entrever ningún rechazo, la verdad es que su tono demostraba que no le gustaba su compañía.

- Sam, Lena. - saludó Kara.

- Parece que has sobrevivido a tu encuentro con Lex. - rio Lena. La morena miró a los guardias y les dijo: - Podéis descansar. Yo me encargo hasta que se acaben los rituales a Nezia.

Los dos se miraron entre ellos y luego miraron de vuelta a Lena. Asintieron y se fueron a otro lugar. Kara suponía que un día como ese, lo último que querrían era pasar el día pegados a ella.

- ¿Nezia? - preguntó Kara.

- La diosa del río y de los alimentos. Ella nos aporta todo lo que necesitamos para sobrevivir. - explicó Lena.

- ¿Así que dedicáis el día del solsticio a ella?

- ¿Ahora te interesa? - preguntó Sam con rencor.

- Bueno, ya que tengo que estar aquí todo el día, me gustaría saber qué está pasando.

- Dedicamos el día a Nezia, Iza y Amate. - interrumpió la conversación Lena antes de que acabara en discusión. - ¿Recuerdas cuáles tenía tatuados?

- No memoricé los nombres. ¿Y cómo honráis, o cómo lo llames, a Nezia?

- Sacrificaremos estos animales para agradecer los alimentos que nos brinda cada año y pedir su ayuda para el siguiente año.

- ¿Todos estos? ¿No son muchos?

- Tienen que alimentarnos a todos. Creo que no eres consciente de la cantidad de gente que hay viviendo aquí.

Estuvieron hablando un poco más sobre el ritual de la mañana, el de Nezia, y Lena le contó que el resto sucedería durante el resto del día. Hasta que no acabara el último de ellos, no tenían permitido comer nada.

La multitud empezó a concentrarse ante el altar y ellas tres se dirigieron hacia allí. Lex estaba junto a un hombre y mujer mayores situados a un lado. Supuso que debían ser Lionel y Lillian Luthor. Cinco personas vestidas con largas túnicas blancas aparecieron y se situaron alrededor de la mesa de piedra.

- Hoy es día de dicha, compañeros. - habló uno de ellos. Parecían sacerdotes. - Hoy daremos las gracias a los dioses por sus regalos.

Y empezó a hacer un discurso el cuál pareció sumamente aburrido a Kara. Entonces cayó en que Lena estaba allí con ellas en vez de estar con su familia.

- ¿Por qué no estás con ellos? - le susurró Kara señalando al resto de Luthor.

- Porque sus padres la prometieron a un hombre, ella se negó a casarse y, desde entonces, le prohibieron participar en cualquier acto importante como una Luthor. - explicó Sam.

- ¡¿Estás prometida?! - exclamó Kara. Lena la mandó a bajar el tono de voz.

- No, ya no. Lo rechacé en público y lo dejé en ridículo. No quiere saber nada de mí.

Cuando Kara volvió a concentrarse en el altar. Estaban cargando el primer animal hacia la mesa. Lo situaron encima y le rajaron el cuello y dejaron al animal morir desangrado entre gemidos de dolor. Eso horrorizó a Kara. Recogieron la sangre del animal y la metieron en una especie de barril de madera.

Su religión prohibía los sacrificios. Además, para ella, el día del solsticio era un día de dedicación a Rao, abstención y paz. No podía comer ni beber nada hasta que el Sol no desapareciera por el horizonte. Así que sentía que estaba lo más alejada posible a sus creencias en ese momento.

Para cuando acabaron de sacrificar todos los animales ya era cerca del mediodía. Se los llevaron y empezaron a recoger los cercados que los habían contenido.

Los guardianes de Kara volvieron a su lado y Lena se marchó dejando a Sam al cuidado de Kara.

- ¿Dónde va?

- Es sacerdotisa de la diosa Iza.

- ¿Lena es sacerdotisa?

- ¿No lo sabías?

- Nunca me ha contado nada.

- Iza es la diosa del conocimiento y la escritura. Supongo que ya conoces a Lena lo suficiente como para saber que eso encaja con ella.

- Pero hay una cosa que no entiendo.

- Si te preguntas cómo es que se acostó contigo a pesar de ser sacerdotisa, te explicaré que nuestros sacerdotes no están obligados al celibato como los de Rao.

- ¿Lo sabes?

- Soy la mejor amiga de Lena. Me lo cuenta todo.

- Vaya... Y el prometido, ¿sabes quién era?

- Quién es, querrás decir.

- Lena me ha dicho que lo rechazó y él no quiere saber nada de ella.

- Al contrario, Lena sigue prometida a él, pero se continúa negando a casarse. Por eso sus padres la rechazan en público hasta que acepte.

- Pero si no quiere casarse, ¿por qué debería hacerlo?

- Porque estamos en guerra y Lena es el precio a pagar para ganar aliados fuertes.

- No me parece bien. Ella tiene derecho a elegir.

- ¿Seguro que es solo eso lo que te molesta?

- ¿Qué insinúas?

- Nada, tú sabrás lo que se te pasa por la cabeza. Pero yo de ti aprovecharía el tiempo que le queda soltera. Por lo que me cuenta, sus padres cada vez la están presionando más y más.

- Creía que yo no te gustaba.

- Y no me caes bien y no te dejaría acercarte a Lena en la vida, pero no es decisión mía.

Los rituales a la diosa Iza tuvieron lugar al mediodía. Lena apareció junto a un grupo de unas veinte personas vestidas con largas túnicas negras. Realizaron diferentes rituales en honor a la diosa y, con la sangre de los animales, escribieron signos de protección, según le había contado Sam, en la frente de todos los presentes, incluida Kara que no tuvo más remedio que dejar que Lena bañara su frente en sangre mientras la morena tenía una sonrisa perversa. Lena estaba disfrutando martirizando a la rubia.

Después de ello, llevaron a Kara a un claro del bosque que no quedaba muy lejos del templo dónde le habían dejado todo lo que necesitaba para sus rituales raoistas. En realidad, consistían en poco más que meditar y recitar unos versos bajo la luz del Sol, máxima representación del poder de Rao. Se limpió la frente sacando la sangre seca y vio alejarse a los guardianes hasta los límites del claro. Como estaba acordado, al cabo de una hora, se acercaron de nuevo a ella y la arrastraron de vuelta al templo.

Ahora en la plaza había colocadas diferentes pequeñas hogueras en círculo alrededor de una gran pira de madera y paja. En las hogueras se estaban cocinando los animales que se habían sacrificado.

Cerca de los fuegos había un montón de grandes mesas y sillas. Lena estaba sola en una de ellas disfrutando viendo como su gente era feliz y se lo pasaba bien ese día. La música festiva inundaba la plaza. El vino corría por todas partes y, con la gente prácticamente en ayunas, la mayoría estaban borrachos.

Kara se acercó a Lena y se sentó a su lado. Cuando la vio a su lado y la saludó con una sonrisa. Mandó a los guardias que les trajeran unas jarras de vino y se fueran a disfrutar de la fiesta. Ellos no tardaron ni un segundo en aceptar. De hecho, Kara no tardó en verlos borrachos bailando entre la multitud.

- ¿Qué dios toca ahora?

- Amate, dios del fuego.

- Así que lo honráis cocinado los animales que habéis sacrificado.

- Es la forma simple de explicarlo. Los animales están bendecidos y el fuego que los ha cocinado es sagrado. Después encenderemos el fuego central con ellos.

- ¿Y lo de emborracharse tiene relación?

- No, es solo por diversión mientras se cocina la comida. - rio Lena. - Ya sé que para ti es raro, pero para nosotros el solsticio es un día para disfrutar los regalos de los dioses. No es un día para sentarse a adorar al Sol.

- Si todos los solsticios os emborracháis como cubas, ya sé que día mandar el ataque.

- Cuidado, Kara. Te estarías saltando tus propias tradiciones. - bromeó Lena.

- Muy graciosa. ¿Qué hacemos ahora?

- ¿Beber?

- La última vez que nos emborrachamos la cosa no acabó muy bien.

- Yo creo que acabó más que bien.

- No, acabó muy mal.

- ¿Algún día me lo perdonarás?

- Creo que ya te he perdonado. Al menos, comprendo que te escaparas.

- No sabes lo feliz que me hace saber eso. Nunca quise herirte.

- Lo sé. Me lo has repetido mil veces como mínimo.

- Y lo volvería a repetir las que hicieran falta.

Kara se negó a beber de la jarra que tenía así que, mientras charlaban, Lena se había bebido las dos e iba ya bastante borracha.

Sentimientos confusos invadieron a Kara. Veía a esa gente disfrutar del ambiente, de la música, … Había desde ancianos a niños. No parecían una amenaza ni un peligro. ¿Por qué los había estado persiguiendo? ¿Tan malo era lo que estaban haciendo? Solo estaban disfrutando de su vida como querían sin hacer daño a nadie. Sí, sus religiones eran casi opuestas y ellos eran herejes, pero ¿era ese motivo suficiente como para quemarlos vivos en hogueras?

Cuando toda la carne estuvo cocinada ya cerca del atardecer, se hizo el silencio en la plaza. Los sacerdotes de Amate vestidos de rojo cogieron un trozo de madera en llamas de cada pequeño fuego y, a la vez, los tiraron sobre la pira grande que se encendió cogiendo diferentes colores a medida que el fuego iba quemando las diferentes partes creando un espectáculo de colores hasta cubrirlo todo del color rojo natural del fuego.

Kara miró a Lena sorprendida. No se lo esperaba.

- ¿Cómo...? - señaló Kara el centro de la plaza.

- Secretos del culto a Amate. - dijo Lena levantando los brazos de forma graciosa. - Creo que me tomaré otra jarra de vino, pediré otra para ti.

- No voy a beber, Lena. Ya te lo he dicho.

- ¡Oh, vamos! Solo un poco mientras cenamos, está a punto de atardecer. No tienes excusa.

- Está bien.

La carne no tardó en llegar a la mesa y la gente se fue sentando donde encontraban sitio, excepto cerca de ellas. Kara supuso que no se querían acercar a la princesa Zor-El y menos ese día. Después de comer durante días los desperdicios de la gente, Kara saboreó aquella comida como si fuera el mejor manjar que había probado en su vida.

Al cabo del rato, Sam y Ruby llegaron cargadas con sus raciones de comida y se sentaron en frente de ellas, aunque Ruby miraba con miedo a Kara.

- ¿Aún tienes el caballo que te regalé? - le preguntó a la niña que asintió escondiéndose detrás de Sam. - No te voy a hacer nada. No me tengas miedo.

- Mamá dice que nos tuvimos que ir de casa por tu culpa, que eras una mujer mala.

- Quizá me porté un poco mal, pero era porque estaba enfadada. Algunas personas habían hecho daño a mis amigos.

- Pero nosotras no hicimos nada malo.

- No, pequeña. Vosotras, no. - suspiró Kara.

Sam y Lena habían observado en silencio aquella interacción con algo de sorpresa por las palabras de Kara.

A medida que la gente iba acabando de comer, formaron círculos alrededor de las hogueras y bailaban al ritmo de la música. A veces, los círculos se cerraban y bailaban dando vueltas alrededor del fuego y otras se separaban en grupos más pequeños o en parejas. Toda la música era alegre e invitaba a no parar de dar botes de un lado a otro.

Después del tercer bostezo de Ruby, Sam decidió que era mejor irse a dormir dejándolas solas de nuevo.

- ¿Qué fue del padre de Ruby?

- Era un soldado de la guardia de Gimina. Fue arrestado por traición y se lo llevaron a la capital. Sam consiguió demostrar que ella era fiel a la corona. Se le perdonó la vida y se la dejó continuar siendo la gobernadora de Gimina. - explicó Lena antes de tomar un sorbo del vino. - Creo que me voy a bailar. ¿Vienes?

- No, gracias.

- Vamos, es divertido. - insistió Lena, pero Kara no hizo ademán de ceder. - En fin, no te voy a arrastrar hasta allí. Tú te lo pierdes. - dijo Lena dando media vuelta y alejándose de Kara.

- ¿Y si me escapo ahora? - le gritó divertida la rubia viendo cómo se alejaba.

- ¿A dónde irías? - le contestó sin girarse.

Kara tomó un sorbo de su jarra. Estaba casi llena pues no había querido beber demasiado vino. Lena bailaba de un lado para otro. Kara no recordaba verla tan feliz desde que la había conocido. Era extraño y, a la vez, agradable.

El rato pasó y Lena parecía no cansarse. Kara casi se había acabado su jarra y sentía los celos hirviendo dentro de ella. Había más de un hombre y una mujer rondando a Lena y, por lo que podía ver a su alrededor, había otro dios al que debían honrar ese día y la morena no se lo había contado: el de la lujuria.

Una mujer pareció haber captado la atención de Lena porque llevaban dos canciones bailando juntas. Kara pensó en Lena pasando la noche con esa mujer y una bola de furia se instaló en su estómago.

Así que se tragó su orgullo y lo que le quedaba de vino y se acercó a Lena. Rodeó la cintura de la morena con las manos por detrás y la pegó a su cuerpo mirando a la otra mujer marcando territorio. La mujer pareció entender el mensaje y se alejó.

- No eres nada celosa. - rio Lena girando entre los brazos de Kara para mirarla de frente. Colocó sus brazos sobre los hombros de la rubia.

- No sé a qué te refieres. - contestó Kara sonrojándose.

- A que te has muerto de celos. Y ahora te has sonrojado. - rio Lena. - Hacía mucho que no lo hacías. Me encanta cuando te sonrojas así. - dijo mientras acariciaba la zona manchada de rojo en el rostro de Kara.

- ¿Te parece divertido? - rio Kara.

- Mucho. - dijo Lena acercándose a besar a la rubia que no la rechazó, sino que la apretó contra su cuerpo.

Se habían echado tanto de menos. Cuando se separaron, Lena la cogió de la mano y la arrastró por todo el templo hasta llegar a lo que Kara entendió que era la habitación de la morena.

Kara estaba desnuda sentada en la cama con la espalda contra la pared con Lena situada entre sus piernas apoyada contra su pecho.

Kara llevaba rato acariciando todos los rincones del cuerpo de Lena con devoción y delicadeza. Lena estaba tan relajada entre sus brazos que casi se había quedado dormida.

- Vamos a dormir, Kara.

- No quiero. - dijo con picardía y empezó a pasear sus manos por las partes más sensibles de la morena que soltó un suspiro de gusto y empezó a removerse entre sus brazos.

Lena se giró y tumbó a Kara en la cama. Con cuidado de no tocar las heridas de sus muñecas, colocó sus manos sobre el colchón a cada lado de la cabeza rubia. Bajó su boca hasta dejar un beso en el cuello de la rubia que le dio acceso y fue dejando un rastro de besos húmedos y algún mordisco mientras Kara gemía en su oído. Soltó una de las manos de Kara y empezó a darle caricias en el pecho desnudo de la rubia que la recibió encantada.

La puerta de la habitación de Lena se abrió de golpe entrando Lillian Luthor.

- Eres una vergüenza. ¿Cómo puedes retozar con alguien como ella? Llevadla de vuelta a su celda. - dijo la mujer dejando pasar a dos guardias que arrastraron a Kara hasta la celda mientras ella intentaba vestirse de nuevo.

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Próximo capítulo ¿sábado o martes?:

- Quiero hablar con ella.