Lena abrió lentamente los ojos. Lo primero que vio fue un bonito techo de madera pintado con un mosaico rojo y blanco. Miró a su alrededor para intentar comprender dónde estaba. La luz en la habitación entraba por una gran ventana a su izquierda de dónde venía ruido de gente y a su derecha se alargaba la sala rectangular hasta una pequeña terraza. Todas las paredes amarillentas estaban decoradas con bonitos frescos con escenas marítimas. Había algunos pocos muebles como armarios, una mesa y sillas y armaduras y armas colocadas en un estante. La cama donde estaba era baja. De hecho, cuando se intentó levantar confirmó que el colchón estaba situado directamente sobre el suelo que estaba cubierto de azulejos azules.
Todo tenía un aspecto caro y precioso. ¿Estaba en un palacio?
- ¡Lena! ¡Por Rao, estás despierta! - dijo Kara entrando en la sala y corriendo a abrazarla.
- Sí y tengo un dolor de cabeza horroroso. - contestó llevándose como podía una mano a la cabeza. Kara la tenía inmovilizada entre sus brazos. - Y me estás aplastando.
- Perdón. - respondió soltándola y sentándose a su lado. - ¿Cómo te encuentras? ¿Puedes mover todo el cuerpo? ¿Hay alguna parte en particular que te duela más? - empezó a preguntar de forma acelerada.
- Kara, por favor, frena. Estoy bien, solo un poco desubicada. ¿Qué ha pasado?
- Kal consiguió sacarte de la prisión y dejarte bajo mi custodia. Has estado unos días inconsciente. Siento haber tardado tanto en sacarte de allí.
- Solo fueron unos días. Yo tardé semanas en sacarte de tu celda. - contestó tumbándose de nuevo en la cómoda cama. El dolor de cabeza la estaba matando.
- Sí, pero no me estaban torturando. Cuando pille a ese malnacido... - murmuró con rabia.
- Solo estaba haciendo su trabajo. Relájate. - la calmó cogiéndola de la mano. - ¿Dónde estamos?
- En mis aposentos.
- ¿Estamos en la fortaleza?
- Sí, pero aquí nadie te hará nada. Hay guardias apostados en todas las puertas. En teoría, están para vigilar que no escapes. Les he dado órdenes de que nadie te ponga la mano encima.
- Kara, te dije que no hicieras ninguna idiotez.
- No iba a dejarte allí encerrada.
- Cuando se te mete algo entre ceja y ceja, no hay quien pueda contigo. - rio Lena.
- Es uno de mis encantos.
- O desencantos.
- ¡Oye! ¿Qué significa eso?
- Entiéndelo como quieras.
Kara se quedó un rato sentada observando a Lena que había vuelto a cerrar los ojos y se llevaba una mano a la cabeza.
- ¿Te duele mucho?
- Un poco.
- Voy a pedir algo a Alex para el dolor de cabeza y aprovecho y subo la comida. Ahora vengo. - dijo antes de dejar un beso en la frente de Lena y levantarse para irse de la habitación.
- ¿Alex?
- Sí, me ha estado ayudando a cuidar de ti. No se me da excesivamente bien. Y puede que para convencerla para que me ayudase, le contara lo que había pasado entre nosotras. - dijo Kara nerviosa antes de salir huyendo por la puerta.
- ¿Cómo es capaz de seguirme sorprendiendo con una nueva estupidez? - exclamó Lena exasperada llevándose las dos manos a la cara. La hermana mayor iba a matarla seguro.
Mientras Kara volvía, Lena se dedicó a observar la habitación donde estaba. La gran ventana no quedaba lejos de la cama, así que con algo de dificultad se levantó y se asomó a mirar de dónde provenía el ruido.
La habitación debía estar en un cuarto o quinto piso de altura. Debajo de ella una gran plaza rectangular estaba rodeada de magníficos edificios de la misma altura que el lugar dónde estaba. Todos eran diferentes, pero parecidos al mismo tiempo. El exterior tenía un color similar a la arena y tenían mosaicos y cenefas azuladas que decoraban las fachadas. Todos tenían grandes ventanas o corredores exteriores techados con unas grandes columnas rojas que sujetaban el techo sobre ellos.
Personas cargadas con papeleo, mercancías o paseando cruzaban de un lado a otro la plaza. Parecía un lugar lleno de vida. El Sol brillaba alto en el cielo. Debía ser mediodía.
- ¿Qué te parece? - le preguntó Kara que se había acercado a ella y la había abrazado por la espalda.
- Muy bonito para ser una fortaleza.
- Lo sorprendente es que lo es. Las murallas están situadas en el perímetro exterior junto con un montón de torres de vigilancia. La isla es casi impenetrable.
- ¿Así que los kryptonianos convirtieron la gran roca en frente del puerto en su hogar?
- Se podría decir que sí. Al final, esto se ha convertido como una pequeña ciudad, pero más tranquila. Y, a la vez, sirve para proteger la ciudad de ataques marítimos.
- Cuando pienso en un sitio tranquilo, esto es lo que se me viene a la mente con toda esa gente yendo y viniendo. - ironizó Lena.
- No has visto la capital. Te aseguro que esto es de lo más tranquilo. Aunque las mejores vistas están en el otro lado. - dijo separándose de Lena y, cogiéndola de la mano, la guio hacia la terraza. - Ven.
La terraza estaba cubierta por un pequeño toldo sujetado con unas cuantas finas columnas rojas de un par de metros de altura que iban desde un pequeño muro de dos palmos de alto hasta sujetar bien alta la tela. Entre la madera rojiza, se podía ver el mar abrirse ante sus ojos. Soplaba una suave brisa por allí que refrescó a Lena en ese verano tan cálido. Había un sofá y otra cama en el suelo para tumbarse en el exterior.
Kara acompañó a Lena para que se sentara en el sofá y sacó fuera una pequeña mesa. Cogió la comida y medicina que había dejado abandonadas y las colocó encima para que pudieran comer allí fuera.
- ¿Pasas mucho tiempo aquí fuera? - preguntó Lena señalando la cama que tenía en el suelo a un lado.
- Me gusta el mar, su sonido y su olor. Siempre que puedo duermo aquí fuera, incluso en invierno si no hace mucho frío.
- Ahora entiendo porque te pasabas tanto rato dando vueltas por la playa.
- Me recordaba a la paz que tengo cuando estoy aquí fuera.
- Esta habitación es muy solitaria, ¿no?
- Es la única habitación en este piso. Vigila cuando vayas a salir, hay escaleras solo cruzar la puerta.
- ¿Cuándo vaya a salir?
- Bueno, tienes libertad de movimientos, una vez estés recuperada, en este edificio.
- ¿Este edificio?
- Sí, la fortaleza en realidad es una aglutinación de edificios: ahora estamos en la residencia de los Danvers, también hay otro para el rey y su familia más cercana, otro con talleres, tiendas, ... y otro que son las oficinas reales. Además, debajo del suelo están algunos calabozos y almacenes. No tendrías que tener ningún problema para moverte dentro de la residencia de los Danvers. No eres muy del agrado de Alex, pero me ha dicho que va a hacer un esfuerzo por tolerarte. Y mis padres se pasan prácticamente todo el día trabajando.
- ¿Y tú? ¿Qué haces durante el día?
- Entrenar en el patio que tenemos o trabajar con mi padre. Él es la mano derecha del rey y se supone que cuando Kal sea rey, yo seré la suya. Así que tengo que aprender. El resto del tiempo me lo paso en el mar nadando o aquí.
- Me dijiste que no tenías ni voz ni voto aquí.
- Y no lo tengo, pero Kal sigue dispuesto a que yo sea su mano derecha llegado el momento. Y yo quiero poder estar a la altura.
Estuvieron un rato comiendo en silencio. Cuando acabaron, Lena se tomó la medicina haciendo una mueca de asco.
- ¿De dónde has sacado esto? ¡Está malísimo!
- Lo ha preparado Alex. La verdad es que no sé mucho de medicinas y eso. No me extrañaría que le haya echado algo para que tenga mal gusto a propósito. - rio Kara.
- Me has dicho que lo sabe todo. ¿Cómo se lo ha tomado?
- No te mentiré. Acabamos a puñetazos. - rio Kara recordándolo. - Creo que se desfogó lo suficiente como para estar dispuesta a ayudarte.
- Tendrías que haberme dejado donde estaba.
- No hubieras aguantado muchos más días allí dentro. Te prometí que te protegería y lo pienso cumplir hasta el final. Y no quiero volver a hablar del tema.
- ¡Qué terca eres!
- Y a mucha honra. - bromeó Kara y Lena se echó a reír.
Lena dejó caer su peso sobre el costado de Kara que la abrazó. Desde donde estaban se podían ver algunos de los pisos inferiores de su edificio y Kara le contó que era cada sala: un patio para entrenar, otro patio dónde solía cenar con Kal, Alex y sus amigos con una pequeña carpa, además de las habitaciones de Alex y sus padres. También había un pequeño jardín exterior donde estaba la casa del halcón de Alex.
- ¿Cómo es que estás tú aquí sola?
- Nadie estaba usando esta habitación. Creo que era un almacén y me enamoré de ella un día que vine a buscar algo. Pedí a mis padres instalarme aquí.
- Se te ve diferente aquí, más relajada.
- Supongo que no has visto mi mejor versión hasta ahora. - dijo haciendo una mueca.
- ¿Quieres decir que no siempre eres una amargada huraña malhumorada?
- Muy graciosa. En mi defensa diré que solo me has visto en territorio enemigo donde tenía que estar siempre en tensión y cargando con una prisionera muy, pero que muy, pesada.
- Si tan pesada era, la podrías haber dejado ir. Seguro que tu vida ahora sería más fácil.
- No cambiaría nada de lo que he hecho hasta ahora, Lena. Para bien o para mal.
- ¿Aceptas que hiciste cosas malas?
- Acepto que hice cosas crueles, pero era mi deber. Las volvería a hacer si tuviera que. Mis lealtades no han cambiado a pesar de lo que haya entre nosotras. ¿O tú no matarías a más soldados reales si es para proteger a tu gente?
- A la gente, en general. Ya sabes que a mí no me importa a qué dios le recen.
- ¿Sabes? Empiezo a entender tu punto de vista.
Llevaban cerca de una hora hablando de cosas banales cuando Kara recordó que había quedado con Jeremiah y se fue.
Lena aprovechó para volver a tumbarse en la cama interior, pero el calor del mediodía allí era sofocante. No recordaba nunca un verano tan cálido, aunque, claro, en el norte no hacía tanto calor en general. Cuando se estaba levantando para volver al exterior, Alex entró en la habitación.
- Kara no está. Creo que se ha ido con vuestro padre. - le informó cuando esta se la quedó mirando.
- Lo sé. No la estoy buscando a ella.
- Entonces supongo que quieres hablar conmigo.
La tensión entre las dos se podía cortar con un cuchillo.
- Sí, vayamos fuera. Estoy segura que alguien del norte agradecerá el aire que corre fuera.
- Por favor.
Se sentaron cada una en una punta del sofá de cara a la otra. Alex estuvo un rato mirándose las manos sin decir nada y Lena esperaba expectante con una ceja levantada a que la otra dijera algo.
- ¿De qué querías hablar?
- Es sobre Kara. Supongo que sabes que me lo contó todo.
- Sí, me ha dicho que acabasteis a puñetazos. Nunca fue mi intención que se metiera en problemas. Le he dicho muchas veces que debería haberme dejado en la celda.
- Si conoces a Kara lo suficiente, sabrás que no lo iba a hacer por muchas veces que se lo dijeras.
- Cierto, ¿cómo puede ser tan terca?
- Como hermana mayor, te diré que puede llegar a límites exasperantes, pero, si tiene que ver con gente a la que quiere, no cede ni una pizca. De eso quería hablarte. – dijo antes de hacer una pausa. - No sé qué siente Kara por ti. Creo que ni ella lo sabe. No voy a meterme con lo que sentís la una por la otra porque no es cosa mía. Pero déjame recordarte que hay cosas que para ti no significan lo mismo que para ella.
- ¿Qué quieres decir?
- Los raoistas somos, por decirlo de alguna manera, más cerrados al contacto con otra gente, a pasar ciertos límites. Para nosotros, acostarnos con alguien es un gran paso. La mayoría solo se acuesta con la misma persona durante toda su vida. Para vosotros, sé que no es así. No significa lo mismo. Solo no quiero que hieras a mi hermana, que tengas esto en cuenta. Ya te puedes imaginar que en el historial de Kara solo consta un nombre: el tuyo.
- Si te soy sincera, no lo sabía. Y eso explica muchas cosas. - contestó Lena sintiéndose aún más culpable por abandonar a Kara en el momento que la abandonó.
- Bien, era solo eso. - dijo mientras se levantaba. Antes de irse añadió: - Id con mucho cuidado. No quiero ver un día a mi hermana en la horca.
- Yo tampoco.
Lena se quedó pensativa. Lo que le había dicho Alex había removido dentro de ella dudas que había enterrado desde hacía semanas, desde que había huido de Kara.
Kara y ella nunca habían hablado sobre qué sentían exactamente, solo se habían dejado llevar. Y ahora la rubia estaba arriesgando su vida para mantenerla segura.
Quizá era el momento de tener esa conversación.
Cuando Kara llegó, ya de noche, a su habitación se encontró a Lena durmiendo en la cama exterior. No pudo evitar quedarse mirando a la morena mientras dormía con el mar de fondo.
Había extrañado su hogar, pero en ese momento se dio cuenta de que se había llenado dentro de ella un vacío que no sabía que tenía. Ver a Lena relajada, tumbada, en su habitación le hacía infinitamente feliz. Podría pasarse la vida así sin necesitar nada más.
Pero, por lo que sabía, ninguna de las dos había cenado, así que había subido algunas frutas con ella para comer. Se tumbó al lado de la morena y empezó a recorrer su rostro con caricias. Sustituyó sus manos por sus labios mientras las caricias de sus manos se dirigieron a los brazos. Lena empezó a moverse y no tardó mucho en abrir los ojos.
- Buenos días, preciosa.
- ¿Ya es de día? - preguntó confusa Lena mientras se iba despertando.
- No, es de noche. Acabo de llegar, se ha alargado más de lo que esperaba lo que tenía que hacer. ¿Tienes hambre? - explicó levantándose a buscar la bandeja con fruta y la dejó entre las dos sobre la cama cuando volvió.
- Por los dioses, hacía años que no comía de estas. - dijo la morena cogiendo ilusionada una cereza.
- ¿No tenéis cerezas en el norte?
- A veces llegan algunas, pero normalmente se pudren antes de llegar a las montañas. - respondió llevándose la fruta a la boca.
- Entiendo.
- Ha venido tu hermana mientras no estabas.
- ¿Y qué quería? – preguntó Kara mientras examinaba un melocotón y se lo llevaba también a la boca.
- Hablar conmigo.
- ¿Sobre qué?
- Sobre ti y nuestras diferencias culturales.
- ¿Nuestras qué?
- La forma en que entendemos el mundo, Kara. Por nuestras costumbres y eso...
- Bueno, estamos en guerra. Tenemos nuestras diferencias. Eso ya lo sabíamos. ¿Qué tiene eso de nuevo?
- No es solo el hecho de estar en guerra. Es sobre el hecho de cómo interpretamos las cosas. Hay cosas que para ti significan cosas diferentes que para mí.
- ¿Y exactamente de qué estamos hablando? - preguntó Kara llevándose otra vez la fruta a la boca y dándole un mordisco.
- Del sexo. - contestó directa Lena provocando que Kara se atragantara con el trozo de melocotón que se estaba comiendo. - ¿Ahora te vas a poner así después de tenerme una semana casi sin dormir? - rio Lena mientras Kara había escupido todo lo que tenía en su boca y recuperaba el aliento.
- No, solo que no esperaba esa respuesta. - contestó algo sonrojada. - ¿A dónde quieres llegar?
- Alex me ha contado a lo que los raoistas estáis acostumbrados y entiendo que tener sexo con alguien significa mucho más para ti que para mí.
- Supongo que por eso me dolió tanto que te fueras precisamente después de hacerlo.
- Ahora me siento incluso más culpable.
- Ya te he perdonado eso. Entendí por qué lo hiciste. No hay que darle más vueltas. - respondió mientras jugaba con lo que le quedaba de melocotón. - ¿Qué significa el sexo para ti?
- Para mí, para nosotros, solo es una manera de pasarlo bien. No tiene más. No es necesario que esa persona sea especial ni nada por el estilo. Ha habido gente que ni siquiera llegué a saber su nombre.
- ¿Eso es lo que fue para ti la primera vez que estuvimos juntas?
Lena se echó a reír mientras Kara la miraba confundida. En el fondo, saber eso de Lena le había clavado una pequeña espina en su interior de inseguridad. Recordó la mujer del solsticio y cómo ella misma la había tenido que despachar.
- No, para nada. No me hubiera acostado con una kryptoniana si no hubiera algo más.
- Bien, ¿entonces cuál es el problema?
- Nunca hemos hablado de lo que sentimos en sí. Hemos hablado de los problemas, de lo que conlleva. Pero no del sentimiento en sí.
- Te seré sincera. No sé qué es lo que siento. Nunca me había sentido así. Solo sé que cuando he llegado y te he encontrado dormida aquí, me he sentido más en casa que nunca.
- Hablas como alguien que se está enamorando.
- Quizás me estoy enamorando. Como se lo cuente a Alex, acabamos a puñetazos otra vez. Así me puedo tomar la revancha. - rio Kara.
- Kara, estamos intentando tener una conversación seria. - se quejó dándole un golpe amistoso en el hombro.
- Perdón. ¿Qué es lo que sientes tú?
- Me gusta estar contigo y no soportaría que algo malo te pasara por mi culpa, por intentar protegerme. Me gusta pasarme el día cuidándote. Que no se te suba a la cabeza, por favor. Eres capaz de llegar con heridas cada día. - bromeó Lena, pero Kara, eso, ya lo había hecho.
- Nada malo me va a pasar. Lo tengo todo bajo control.
- Espero que estés en lo cierto.
Acabaron con la fruta que se estaban comiendo y Kara se levantó para dejar la bandeja y los restos en la escalera donde el servicio lo iría a buscar. Luego volvió con Lena que esperaba sentada en la cama exterior.
- Bueno ahora que ya hemos hablado y hemos acabado de cenar, ¿qué te parece si la estrenamos? - preguntó divertida señalando el mueble.
- ¡Kara! Se supone que estoy convaleciente.
- Puedo hacer yo todo el trabajo hoy. No te preocupes. Hoy yo cuidaré de ti.
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Próximo capítulo el viernes:
- Kara, no te cansas nunca de hacer idioteces.
