Al día siguiente, Kara había quedado temprano para entrenar con Alex.
Lena y ella se despertaron temprano cuando el Sol empezó a brillar en el horizonte. Entraron en la cama interior a dormir un poco más porque había refrescado bastante esa noche y dormir desnudas no había ayudado a combatir el frío. Cuando ya fue la hora, desayunaron un poco y las dos bajaron hasta el patio de entrenamiento.
Las escaleras que llevaban a la habitación de Kara eran exteriores de apenas un metro de ancho. Desde ellas, se llegaba a un corredor exterior cubierto que envolvía entre columnas rojas un patio al aire libre dentro del edificio.
Alex ya estaba allí golpeando a un maniquí con su espada. Se la podía ver claramente molesta. Riñó a Kara por llegar tarde y se pusieron a entrenar. La mayor parte del tiempo estuvieron peleando cuerpo a cuerpo. Lena se sorprendió que Alex, terhana como ella, pudiera seguirle el ritmo a la rubia. Más de un golpe tendría que haberle dolido a Kara. Kara estaba segura de que su hermana aún se estaba desahogando contra ella.
Para ser sincera, Lena aborrecía bastante ver entrenar a otra gente. Ella había aprendido a luchar lo suficiente para poder defenderse, pero prefería unos buenos libros. El único motivo por el que estaba allí sentada cerca de dónde estaban Kara y Alex pegándose era la camiseta de tirantes que llevaba la rubia y dejaba ver esos brazos que le quitaban el aire e intuir su abdomen tonificado. Un montón de imágenes cruzaron la mente de Lena.
- ¿Cómo te las has hecho? - preguntó Alex a Kara señalando las marcas de sus muñecas.
- Las cadenas que me pusieron mientras estaba en una celda con los Luthor me hicieron rozaduras y se infectaron. La verdad es que no tenían muy buena pinta.
- ¿Cómo de grave fue la infección?
- Tenía una capa de pus que se estaba comiendo la carne.
- ¡¿Cómo lo hiciste para curarlas?!
- Lena lo hizo. Me puso un ungüento raro. - dijo señalando a Lena quitándose el problema de encima. Alex podía ser muy pesada con la medicina y todas esas cosas.
- ¿Qué llevaba? - preguntó Alex a Lena. La de los ojos verdes empezó a nombrar un seguido de plantas e ingredientes que Kara no sabía ni que existían. - ¿Y eso funciona? Interesante. ¿Crees que un día podrías enseñármelo a preparar?
- Claro, pero ¿te vas a fiar de mí? Podría darte un veneno.
- Siempre puedes ser la primera en probarlo.
Las dos mayores siguieron hablando y Kara empezaba a sentirse un poco excluida.
- ¡Hola! Sigo aquí. – interrumpió Kara la conversación de las otras dos. - ¿Podemos seguir entrenando?
Lena se preguntaba de dónde sacaba la rubia tanta energía. Estuvo toda la mañana entrenando, incluso cuando Alex se había sentado a descansar a su lado.
Cuando acabaron de entrenar, Kara se acordó de lo que le dijo Lena esa vez en su refugio respecto al sudor y el olor y decidió irse a limpiar. Lena le pidió también limpiarse. Aún estaba sucia de su estancia en los calabozos y estaba deseando quitarse esa capa de porquería de su piel.
Kara las llevó hasta el sótano de la casa. Allí había una pequeña sala oscura solo iluminada por una lámpara de aceite que Kara había bajado con ellas. No había ningún mueble allí, solo un pequeño cubo y una pequeña fuente de la cual brotaba agua que corría por todo el suelo hasta salir por un desagüe en el otro lado de la sala.
Kara se quitó la ropa y la colocó sobre un saliente de la pared. Cogió el cubo y se echó agua por encima. Estaba helada. Lena se había limitado a analizar qué hacía la rubia. Aquello era bastante diferente a lo que estaba acostumbrada. Desde luego no parecía ni la mitad de agradable que un buen baño en sus termas.
- Ahora entiendo por qué solo os limpiáis una vez a la semana. Dime, por favor, que al menos el agua está caliente.
- Ojalá. - contestó temblando por el frío mientras se echaba otro cubo.
Lena suspiró. Esto iba a ser muy duro.
Por la tarde, Kara acabó rápido con sus deberes y, luego, acompañó a Lena a los jardines de detrás de su casa. Eran unos jardines privados solo de los Danvers y Alex le había dicho a Lena que allí tenían muchas plantas medicinales. Así que Lena quería ir a recoger lo necesario para preparar el ungüento y enseñárselo a Alex.
Con el paso de los días, Lena le fue explicando diferentes ungüentos y remedios a Alex que los fue apuntando todos y aprendiendo cómo prepararlos. En una semana, Alex había recabado más de cincuenta remedios que ella no conocía. Le impresionaba los conocimientos en medicina que tenían los Luthor.
La mayor parte de ese tiempo Kara se lo había pasado aburrida con ellas dos vigilando que en ningún momento ninguna de las dos se echara encima de la otra. Hasta entonces, parecía que mantenían una relación cordial. Tenían muchas temas en común cosa que, por mucho que Kara lo intentara evitar, provocaba una pizcada de celos en su estómago. Pero era estúpido sentir celos de Alex, ¿verdad?
Mientras tanto, Kara recibía presiones del consejo para que obtuviera información de Lena sobre dónde estaban los Luthor, pero Lena no lo sabía. Ellos simplemente habían abandonado el lugar dejándola sola al mando. El consejo empezaba a poner más y más presión a medida que pasaban los días para volver a encerrar a la morena o ejecutarla directamente. A Alex se le ocurrió la idea de probar las medicinas que Lena le había enseñado. Cuando tuvieron efecto positivo en todos los pacientes en los que los había probado, consiguieron ganar algo de tiempo. Si bien no estaban obteniendo información sobre los Luthor, esas medicinas podían salvar muchas vidas.
Al cabo de unos días, Kara, con la ayuda de Kal, consiguió que dejaran salir a Lena del edificio siempre bajo vigilancia como recompensa por lo proporcionado. La rubia los había convencido de que Lena era más propensa a colaborar si se la trataba bien.
Y la verdad era que Lena cada vez se sentía más a gusto allí. A parte de pasar horas hablando con Alex sobre medicina y cosas por el estilo, también invertía horas en observar a Kara entrenar cuando la rubia se aburría de escucharlas hablar de sus cosas. También se había acostumbrado a dormir a la intemperie en la terraza con el cuerpo de Kara como único abrigo y el sonido del mar de fondo. Afortunadamente para su cuerpo terhano, la rubia había aprendido a dosificarse o, por lo menos, a tener piedad de ella. Si no fuera porque, al final del día, estaba encerrada allí, casi podría acostumbrarse a esa vida.
Ese día, Kara no tenía mucho que hacer pues había reunión del consejo y, para variar, no le habían permitido acudir. Quería ir a buscar un nuevo revólver a la capital ya que el suyo lo había perdido hacía algunos meses en el desfiladero. Y tuvo la idea de llevarse a Lena con ella.
- Kara, no te cansas nunca de hacer idioteces. ¿Sabes lo que puede pasar si me reconocen por la calle?
- Por Rao, esta capa te tapará toda la cara. Nadie te va a reconocer. No puedes negar que mis idioteces no han salido tan mal últimamente.
- Porque, aquí, tu hermana y tu primo te cubren las espaldas.
- Lo que sea.
Un pequeño bote las llevó hasta un pequeño embarcadero cerca de la ciudad. Lena se colocó la capa y empezó a rezar a todos sus dioses para que nadie la reconociera allí. Kara había perdido ir sin guardias.
La capital había crecido alrededor de un puerto estrecho que se hundía profundamente entre pequeñas colinas. Sobre la más alta de todas, había situado un glorioso templo cubierto de mármol blanco excepto algunas franjas horizontales de mármol de color verde oscuro. Encima de la cúpula blanca del templo, se alzaba una enorme estatua de Rao dorada.
A medida que se adentraban en las calles, la cantidad de gente aumentaba. Algunos cargaban telas, otros brillantes objetos. Lena se maravilló con la cantidad de gente de diferentes orígenes que había allí.
Kara no había mentido cuando dijo que la ciudad era muy ajetreada. La multitud prácticamente corría de un lado a otro. Pasaron cerca de una gran logia, una gran galería cuadrada techada soportada por columnas. Allí una gran cantidad de tiendas se acumulaban. El ruido y los gritos de los vendedores y compradores eran ensordecedores.
Kara las llevó a unas calles más alejadas y tranquilas y llegaron a una pequeña tienda de armas. Entraron y un señor mayor saludó alegremente a Kara. Allí había todo tipo de espadas, cuchillos y armas de fuego. Los había para luchar y los había de decoración con bonitas marcas y dibujos adornando sus filos. Lena quedó hipnotizada observándolas mientras Kara hablaba con el hombre.
Una daga en particular llamó la atención de Lena. Tenía el filo ligeramente curvado, un mango de bonita madera verde oscuro y unos símbolos negros parecidos, aunque no iguales, a los de Iza.
- ¿Te gusta? - se acercó Kara por la espalda a Lena.
- Es bonita.
- Se parecen a tus tatuajes.
- Son parecidos, aunque no son de ningún dios que yo conozca.
- ¿La quieres?
- ¿Vas a comprarme un arma?
- Bueno, técnicamente, la compraría para mí y casualmente podría regalarla a alguien que conozca por ahí.
- Claro. Y que esa persona sea una Luthor y esté prisionera en la fortaleza la convierte en la persona ideal para recibir ese regalo.
- Menos quejas, la voy a comprar. Te guste o no. Si no la quieres tú, me la quedo yo.
Kara se acercó de nuevo al hombre que parecía estar guardando el revólver en un estuche y le pidió que le preparara la daga que Lena había estado mirando. Una vez estuvo todo pagado, Kara la dirigió de nuevo a las calles.
- No tienes remedio.
- Quizás. - rio Kara. - Por cierto, me apetece ir al templo de Rao.
- ¿A ese que hay encima de la montaña? - se quejó Lena.
- Yo no llamaría montaña a eso. Vamos, tampoco está tan alto. Me apetece rezar un rato. ¿Por favor? - suplicó Kara a Lena poniendo cara de cachorrito.
- ¿Te das cuenta de que se supone que la que manda eres tú? - contestó Lena levantando la ceja.
- Ya, es la falta de costumbre. Solo mando cuando me dejas.
- Evidentemente. No estaríamos vivas si dependiéramos de tus decisiones.
- ¡Oh, vamos! No es para tanto. - exclamó la rubia empezando a andar por una calle con una buena pendiente hacía arriba.
- ¿Nos estás llevando al templo?
- Sí.
Lena soltó un leve lloriqueo como respuesta.
La parte superior de la colina del templo estaba cubierta de bosques, de manera que el templo había quedado aislado de la ciudad entre la vegetación.
Cuando Lena llegó arriba estaba sin aliento, mientras Kara estaba fresca como una rosa.
- Te veo en baja forma. Mientras viajábamos aguantabas más.
- Nunca subimos nada con esta cuesta. - se quejaba Lena haciendo referencia al pendiente casi vertical de la colina. Si no fuera por todas las escaleras que conducían al templo, tendrían que haber escalado. – Y aquí hay gente que no es kryptoniana y se cansa en general.
- Te recuerdo que este templo no lo construimos nosotros. Es vuestra culpa que esté tan arriba. – rio Kara.
El templo estaba alzado sobre un montículo rodeado por un pequeño foso y tenía un pequeño puente levadizo sujetado por bonitas columnas por el cual se accedía a la parte superior. Lena recordaba haber estado allí hacía años cuando era una niña con sus padres.
- Este templo, ¿antes era de los antiguos dioses?
- Sí, quitaron todo lo que tuviera que ver con ellos y lo decoraron con cosas de Rao.
- ¡Qué bien! Profanasteis nuestro templo. - ironizó Lena. - ¿Quemaron todo lo que había antes?
- Para tu sorpresa, no. Está guardado todo en los almacenes de la fortaleza, las estatuas de los cuatro dioses.
- ¿De los cuatro?
- Sí, no somos tan radicales como crees.
- Mejor dejamos esta conversación.
- Sí, mejor.
Si dependiera de Lena, no se habría acercado al templo a menos de un kilómetro. Pero Kara quiso entrar y no iba a quedarse sola allí fuera, así que la acompañó al interior. Todo el techo y el frontal estaban cubiertos con maderas de formas rocambolescas pintadas de dorado. Además, había frescos con diferentes escenas decorando las paredes. Lena suponía que alguna cosa tendría que ver con Rao, pero no sabía lo suficiente para reconocer qué simbolizaban.
El suelo estaba cubierto con una gran alfombra y había algunos pocos bancos repartidos por el espacio vacío del centro del templo. Lena se sentó en uno de ellos mientras Kara se sentaba con las piernas cruzadas en la alfombra delante de la estatua de Rao que coronaba el espacio.
Lena observó la rubia que estaba con los ojos cerrados murmurando cosas. Supuso que esa era su manera de rezar. Mientras habían estado viajando, había visto a Kara hacer eso un par de veces, pero nunca se molestó en saber qué hacía.
Después de media hora que a la morena se le hizo eterna mientras curioseaba por el interior, Kara acabó y las llevó de vuelta al centro de la ciudad, el puerto.
Allí se veían llegar y marchar diferentes barcos cargado con personas de muchos sitios distintos y objetos exóticos. No era un lugar tan ajetreado como la logia donde habían estado, pero desde luego había más gente allí de la que había en toda Gimina. En un lado, un grupo de chicos hacían acrobacias mientras sonaba un tipo de música que Lena no recordaba haber escuchado nunca. Fascinada, se quedó un rato parada observándoles.
- Impresionante, ¿verdad?
- Nunca había visto nada por el estilo.
- Por aquí hay bastantes grupos así. Vienen de otros países y montan espectáculos en la calle o en teatros.
- Nunca había visto tanta variedad de gente y culturas.
- La capital al final se ha convertido en un ir y venir de gente de todas partes. Puedes encontrar a gente de más de diez países diferentes.
- Y todos con su propia cultura.
- Sí.
- ¿Y por qué perseguís la nuestra?
- No lo sé. Quizá porque estamos en guerra civil contra vosotros.
- La guerra la empezamos porque nos estabais erradicando como a una plaga.
- No tengo las respuestas que buscas. ¿Recuerdas? No pinto nada en el consejo. En la mayoría de las reuniones, no tengo permitido asistir.
Después de pasear un rato por allí, decidieron volver a la fortaleza. Era cierto que el interior parecía un palacio normal y corriente, pero el exterior estaba protegido por un estrecho laberinto de murallas que se tenía que recorrer desde cualquiera de las tres puertas que daban acceso de a la fortaleza. Cualquier ejército que intentará entrar en el palacio acabaría reducido a nada por aquellos pasillos.
Comieron en la habitación de Kara y se tumbaron a relajarse en la terraza.
Al cabo de un rato, Kara se levantó y se sentó para trabajar en la mesa. Sacó el revólver y empezó a limpiarlo y dejarlo listo.
- Si fueras un hombre, pensaría que tienes algún complejo. - bromeó Lena mirando como trabajaba Kara en el gran revólver decorado con grabados azules, rojos y dorados.
- ¿Qué quiere decir eso?
- Que es muy grande, demasiado quizás.
- ¿En serio? Pues a mí me gusta. Tiene los colores de la Casa de El.
- Ni lo has probado. A lo mejor, solo te sirve para decorar.
- Cierto, ¿vamos?
- ¿A dónde?
- Al patio, a probarlo.
- ¿Te quieres poner a disparar ahora?
- ¿Cuándo si no? ¿Vienes?
- Prefiero que no me mates con eso. Creo que iré a pedirle a Alex algún libro.
- Parece que os lleváis bien.
- Nos toleramos. Los Luthor y los Danvers no son precisamente amigos del alma.
- ¿Por qué?
- Porque ellos os invitaron a invadir Terha. Os abrieron las puertas de nuestro reino y nos traicionaron.
- ¿Cómo? Me he perdido.
- Deberías leer más, en serio. - dijo llevándose los dedos al puente de la nariz. - Los Danvers y los Luthor éramos el círculo más cercano de la antigua monarquía. Las tres familias formaban la corte. Los Danvers hicieron un pacto con Krypton y nos invadisteis sin muchos problemas porque ellos nos traicionaron. Los Luthor no tuvieron más remedio que arrodillarse cuando la Casa de El se convirtió en la nueva familia real si querían continuar en la corte. Por lo visto, el trato de los Danvers y Krypton incluía que Terha siguiera siendo un reino independiente a Krypton, pero con reyes kryptonianos.
- Vaya, por eso antes vivíamos todos juntos en palacio.
- Sí, hasta que nos hartamos de ver lo que hacíais con nuestra gente mientras los Danvers miraban a otro lado. Ya sabes que los Danvers siempre ha defendido vuestro papel aquí, así que cada familia representa los bandos que hay en la guerra.
- Debería empezar a leer más. Nunca nadie habla del pasado de los Luthor aquí. Lo único que se dice es que sois unos traidores. Nadie me había contado nada.
- Supongo que a nadie le gusta remover ese pasado. Y tú eras demasiado pequeña para recordar nada. Si no recuerdo mal, naciste durante la invasión y los Luthor apenas estuvieron viviendo dos años en la corte kryptoniana.
- ¿Sabes cómo murieron mis padres?
- ¿No lo sabes?
- No. Ahora que lo pienso, hay muchos temas de los que no me hablan.
- Creo que tu padre murió en alguna de las pocas batallas que hubo y tu madre no lo sé. Con tres años, tampoco me pude enterar de mucho.
- Supongo que en los archivos de la biblioteca podré encontrar algo. Mañana iré a echar un vistazo. Si quieres, me puedes acompañar y, a lo mejor, encuentras algún libro que te interese.
Se separaron para hacer cada una lo suyo, Kara disparar y Lena leer, y no se volvieron a encontrar hasta la hora de cenar en la habitación de Kara.
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Próximo capítulo:
- Por mucho que disfrute las vistas de verte entrenando, me aburría. Es cierto.
