Este fic participa en la primera prueba del Torneo de la Copa de la Casas 2020/21 del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black. El reto consiste en escribir un AU en el que Voldemort consiguió matar a Harry Potter y hacerse con el control del Ministerio y Hogwarts.
Los personajes pertenecen a JK Rowling
Beta: KatherineDiBello
Palabras: 6438
Las estrellas que no llegaste a ver
En ocasiones, a Ginny Weasley le resultaba extraño pensar que se había criado bajo un cementerio victoriano.
Las tumbas de los antiguos habitantes de Glasgow descansaban en colina alta, frente a una iglesia que recibía el nombre de St Mungo. El último entierro se había llevado a cabo décadas atrás y desde entonces los panteones, las lápidas y las urnas se erosionaban entre zarzas mal cuidadas y árboles espesos, sin otra flor que honrase a los muertos que aquellas que nacían por sí solas. Todo en la necrópolis de Glasgow olía a abandono y olvido, e incluso la enorme estatua que presidía el lugar, dedicada al pastor John Knox, había sido descuidada por los mismos ciudadanos cuyos antepasados la habían levantado con orgullo.
En la base de esa estatua se encontraba esculpido un pequeño símbolo en forma de pájaro. Los curiosos que de vez en cuando se dejaban caer por el cementerio nunca le prestaban atención, pero si uno de ellos lo hubiese tocado con una varita, se habría encontrado ante un mármol que desaparecía y unas escaleras que descendían hacia el interior de la tierra.
Ese era el primer recuerdo claro que Ginny conservaba: bajar, de la mano de alguien que no era su padre o su madre, a lo que parecía una tumba más. Había llorado entonces, aunque sus ojos ya estaban hinchados de tanto hacerlo.
—No te preocupes, aquí estás a salvo —había dicho la mujer que la sujetaba—. Encontrarás muchos niños con quienes jugar.
Las escaleras acababan en una serie de túneles que llevaban a distintas estancias, todas ellas de techos bajos e iluminadas por lucecitas blancas que flotaban sobre sus cabezas. La mujer la condujo a una habitación alargada, donde un grupo de niños, sentados en dos mesas anchas, se encontraban en plena cena.
Todos la habían mirado con curiosidad a su llegada, pero ninguno fue particularmente acogedor. Sólo se le acercó una niña que debía tener unos seis años, como ella; le provocó un sobresalto al cogerla de la mano.
—Ven —dijo, con la voz suave—. Tú serás una Gryffindor.
—¿Una qué? —preguntó Ginny.
—Duermen en la habitación roja. Lo he pensado al ver tu pelo, aunque seguro que también eres valiente. Si no te convence siempre puedes venir a la habitación azul conmigo.
Así, de la mano de Luna Lovegood, Ginny se había adentrado en el que sería su hogar, Fontalamh: la escuela bajo tierra, ideada para todos aquellos que habían perdido sus familias a manos de los mortífagos; algunos incluso antes de saber lo que significaba ser queridos.
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El día empezaba cuando las esferas de luz aparecían repentinamente sobre sus cabezas, invocadas por Emmeline Vance. Ginny bajaba de su litera y tocaba con los pies descalzos la moqueta roja que cubría su habitación. Todo era rojo allí, incluso las paredes, que estaban decoradas con banderas que mostraban leones dorados.
—Algunas de ellas salieron del mismo Hogwarts —le había contado la profesora Vance en una ocasión—, rescatadas antes de que Quién-No-Debe-Ser-Nombrado acabase con las tres casas. Ahora sólo existen en este lugar; en el Castillo se venera a Salazar Slytherin.
Otros niños dormían en la habitación amarilla, que tenía pequeños cojines redondos y tejones hechos de madera en los rincones. Luna estaba en la habitación azul, donde se guardaban los libros que la profesora Vance usaba para dar sus clases.
Tras las comidas, casi siempre escasas y sencillas, los dejaban reposar en el jardín, la única habitación de Fontalamh que parecía llevarlos al exterior. La luz que brillaba ahí era como la del sol, y la hierba bajo sus pies resultaba fresca y agradable. Una brisa suave recorría la estancia de un lado a otro, hasta toparse con las paredes de piedra que la flanqueaban por los cuatro costados: eso era lo que servía para recordar que nada era real.
Luna podía pasarse horas sentada allí, perdida en sus ensoñaciones o dibujando en uno de los cuadernitos que la profesora Vance regalaba a aquellos que los querían. Ginny jugaba con los otros niños, pasándose pelotas rojas de aspecto raído. Tonks, una de las pocas adolescentes que vivían en Fontalamh, le había explicado que en Hogwarts se utilizaban para un deporte que ya no se jugaba.
—Tú estuviste ahí, ¿verdad? —le había preguntado Ginny—, en esa escuela.
—Un tiempo —admitió Tonks—. Hasta que los mortífagos llamaron a mi puerta.
Hubo un toque de amargura en sus palabras, pero Ginny la envidió. Por lo menos Tonks sabía algo del mundo fuera, de sus padres o de los hermanos que pudo haber tenido.
—¿Me cuentas lo que recuerdes? —imploró Ginny.
Escuchó todo lo que Tonks tenía que decir sobre Hogwarts y más tarde lo anotó en el cuadernito que le pertenecía, y que llenaba de datos como Luna rellenaba el suyo de dibujos.
Había veces en las que sentía cómo las puntas de los dedos le ardían mientras escribía. Su corazón se aceleraba, repleto de fascinación y de rabia. El mundo antes de Quién-No-Debe-Ser-Nombrado le parecía precioso, un universo de colores vibrantes que había sido reemplazado por los tonos apagados de las habitaciones de Fontalamh. Incluso sin haberlas visto nunca, Ginny imaginaba que las salas comunes de Hogwarts eran más bonitas que las imitaciones, que los terrenos del Castillo eran más amplios que su jardín y que las lecciones que allí se impartían valían mucho más que las clases de la profesora Vance. Y eso que Ginny era de las afortunadas: de las ruinas de su casa no sólo la habían sacado a ella, sino también una varita que permitía a la profesora enseñarle mejor que a otros niños.
Pocas personas visitaban Fontalamh. El más habitual era un hombre de cabello negro y mirada extraviada.
—Ese es mi primo, Sirius —decía Tonks, con un deje de orgullo—, y pertenece a la Orden del Fénix. Los padres del Elegido eran amigos suyos, le dolió mucho que los matasen a todos.
Siempre que se pronunciaba la palabra «elegido», Ginny sentía un cosquilleo en el estómago. En el Día del Elegido, el 31 de julio, recibían chucherías y no se daba clase. Lo único que hacían que pudiera considerarse remotamente aburrido era reunirse alrededor de la profesora Vance para escuchar la promesa de que, algún día, un nuevo Elegido llegaría para sacarlos de la escuela bajo tierra y entregarles el mundo que habían perdido.
Un lugar donde habría campos de quidditch y tiendas que venderían dulces, como los que comían durante las celebraciones; donde cada uno sería sorteado por un sombrero mágico, en vez de escoger habitaciones de colores, y Ginny sería libre para hacer lo que desease.
OoO
Para alguien que cree que su vida nunca cambiará, el instante en el que ocurre algo que le saca de su rutina puede quedarse grabado a fuego en la memoria, marcando una línea tan clara en el antes y el después como lo haría un incendio sobre un bosque.
A los trece años, durante la noche del Día del Elegido, les permitieron salir de Fontalamh.
Sirius Black los esperaba al pie de las escaleras que conducían al exterior. No dijo una palabra al ver al pequeño grupo de jóvenes, simplemente les hizo un gesto con la cabeza, indicando que subieran.
Ginny podía escuchar el latido de su corazón. Se le había secado la garganta y, a pesar de que se consideraba una chica atlética, la pequeña subida la dejó sin aliento. Cuando se detuvieron ante el mármol que cerraba su escondite, Luna la cogió de la mano. Las palmas de ambas sudaban y Ginny le dio un apretón, buscando dar ánimo tanto a su amiga como a sí misma.
Al abrirse la base de la estatua, lo primero que Ginny notó fue la brisa. Era cálida y no se diferenciaba mucho de la que corría en su jardín, a excepción de los olores que transportaba. A hierba, flores, humedad y…
Fuego.
—Mirad allí —dijo Sirius Black.
Desde lo alto de la colina en la que se asentaba el cementerio se podía ver la ciudad de Glasgow. Ginny tuvo un momento para registrar la imagen de esos cientos de edificios apretados los unos a los otros, tan parecidos a las fotografías de los libros de la profesora Vance, antes de darse cuenta de que algunos estaban ardiendo. Las columnas de fuego eran inmensas y arrojaban al aire tanto humo que este se podía vislumbrar incluso en la oscuridad de la noche.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Padma Patil, una chica un año mayor que ella, alarmada.
—Los muggles se han librado de los mortífagos —respondió Sirius—. Por un tiempo, al menos. Volverán a atacar cuando menos se lo esperen.
—¿Estamos en peligro? —Se atrevió a inquirir Ginny. Cuando Sirius Black la miró se estremeció un poco; en sus ojos había un toque de triunfo que no supo interpretar.
—No. Glasgow es parte de la Gran Bretaña Libre y no van a cederla con facilidad.
Había existido un tiempo, antes, en que los muggles no sabían nada del mundo mágico. Eso cambió con Quién-No-Debe-Ser-Nombrado: un manto negro había cubierto Londres y destrozado gran parte de la ciudad, sumiendo al país en una guerra constante entre mágicos y no-mágicos.
—En cierto modo, podemos dar las gracias —dijo Sirius, con un toque de sarcasmo—. No estamos peor que en Rusia o Estados Unidos. Lo que ocurrió en esos países cuando se rebeló la magia… —Negó con la cabeza—. Todos tienen bastante con lo suyo y nos odian por haber roto su paz. Librarnos de esta plaga sólo nos corresponde a nosotros.
Sirius se giró y se puso de rodillas, situando su cabeza al nivel de la de todos los niños.
—¿Os gustaría ayudarnos, cuando llegue el momento? —preguntó, con una sonrisa—. Juntos podremos derrotar a Quién-No-Debe-Ser-Nombrado y encontrar al nuevo Elegido.
Ginny tuvo que tragar saliva para aliviar un poco la tirantez de su garganta. Sólo ella se atrevió a romper el silencio que siguió a esas palabras.
—Sí —susurró.
—Muy bien. —Sirius le puso una mano en el hombro y su corazón dio un brinco de emoción—. Aunque para eso deberéis entrenar mucho. Años, incluso.
Pasaron unas horas más allí, contemplando la ciudad arder en la distancia, antes de que Sirius les indicase que debían volver.
Cuando el mármol volvió a cerrarse a sus espaldas, Ginny notó una breve sensación de ahogo; no pudo dejar de notar lo oscuros que estaban los pasillos y lo viciado del aire en el interior, en comparación a lo que había fuera.
De vuelta a su litera, fue incapaz de dormirse. Cada vez que cerraba los ojos veía las llamas que consumían Glasgow y sentía la brisa sacudir su cabello.
Escuchó unos pasos subir las escaleras de su litera.
—Ginny, hazme un hueco.
—¿Luna? —Confundida, ella se apretó contra la pared, dejando espacio suficiente en la cama para que Luna se tumbase a su lado.
La única luz que había en la habitación era la de una esfera que desprendía un brillo muy tenue, ideado para aquellos que necesitasen ir al baño durante la noche. Eso le permitió distinguir el brillo de los ojos de Luna; estaba tan cerca que podía oír el latido de su corazón.
—Juraría que tú tampoco podías dormir, así que no te he molestado —dijo Luna—. Hay una chica nueva en mi habitación; ha llegado mientras estábamos fuera. La profesora Vance dice que es muy inteligente, pero yo no estoy segura de que sea una Ravenclaw. Se llama Hermione y la han rescatado de un Centro de Sangre Sucia.
—¿Qué es eso?
—No lo sé. Ginny, ¿viste las estrellas?
—¿Las estrellas? Pues no… —Le pareció absurdo darse cuenta de que no había levantado la vista ni un solo momento.
—Eran muy bonitas. No te preocupes, te haré un dibujo.
—De acuerdo.
Ginny no pensó más en aquello que se había perdido. Hasta el momento en el que consiguió adormilarse, con Luna respirando tranquilamente a su lado, su cabeza siguió dando vueltas a lo que había dicho Sirius Black.
Al día siguiente, con su cuaderno bajo el brazo, Ginny cruzó el jardín para reunirse con Tonks.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —le dijo a la chica, que estaba tumbada en la hierba, leyendo distraídamente uno de los viejos volúmenes de la habitación azul.
—Ya lo has hecho, pero adelante.
—¿Qué es un Centro de Sangre Sucia?
El cabello de Tonks cambió del rojo a un violeta claro y se enderezó rápidamente.
—¿Dónde has escuchado ese nombre?
—La nueva viene de allí. —Ginny miró a su alrededor, buscando a la tal Hermione, pero no la encontró.
—Sólo he escuchado rumores; no son agradables.
—No importa. —Ginny se sentó al lado de Tonks, con el cuaderno preparado para apuntar cualquier cosa que pudiera contarle.
—Hay un libro en Hogwarts. Una pluma encantada apunta en él el nombre de cada niño mágico de Gran Bretaña cuando da su primera muestra de magia. Si la directora no reconoce el apellido, llama a los mortífagos y ellos van a buscar al crío. Matan a sus padres y se lo llevan al Centro, donde experimentan con él.
—¿Experimentar? —A Ginny se le erizó el vello.
—Dicen que están buscando la forma de evitar que las familias mágicas tengan hijos squibs; entre otras cosas.
En ese instante, la hierba falsa bajo sus pies no le pareció tan mala, ni las paredes que rodeaban el jardín tan opresoras. Sus dedos empezaron a juguetear con el borde de una de las páginas del cuaderno.
—Anoche saliste de Fontalamh, ¿verdad? —preguntó Tonks, que también parecía incomoda.
—Sí. —Ginny sacó una pluma de su bolsillo y empezó a apuntar un dato sobre Hogwarts; no se sentía con ganas de recordar nada sobre el Centro—. Sirius dice que podemos unirnos a la Orden, si entrenamos.
—Es lo que quiero yo —respondió Tonks—. Si te eligen para ser parte de la Orden del Fénix, no hace falta que vuelvas a Fontalamh.
—Yo también voy a hacerlo —dijo Ginny, inclinándose hacia adelante, como si le estuviera contando a Tonks un secreto—. Voy a unirme a la Orden antes que tú.
—En tus sueños, mocosa.
Tonks le llevaba años de ventaja, así que su deseo de ser valorada antes que ella se quedó, efectivamente, en las fantasías de Ginny. El día en que Sirius Black apareció para llevársela de Fontalamh celebraron una especie de fiesta para ella, con chucherías que solo se veían en el Día del Elegido.
—No estés triste —le susurró Luna, tras comprobar como Ginny miraba a Tonks, mientras ella recibía los regalos que habían elaborado los más pequeños—, yo te prefiero aquí, con nosotros.
—No lo estoy —dijo Ginny, lo cual era una media verdad. Se alegraba por Tonks, pero a la vez su cuerpo parecía arder por dentro, pidiéndole a gritos que hiciera lo posible para acompañarla.
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Luna le cogió el cuello de la túnica y se lo enderezó. Ginny ni siquiera se había dado cuenta de que lo tenía torcido; estaba demasiado nerviosa como para pensar en su aspecto.
Aunque sí se daba cuenta de los movimientos letárgicos de Luna y su mirada caída.
—Sabías que algún día me marcharía —le susurró Ginny—, siempre lo he dicho.
—Y yo siempre he pensado que tal vez cambiarías de opinión.
Luna le cogió la mano y le rozó la palma, justo en el lugar en el que había una cicatriz provocada en una de sus muchas sesiones de entrenamiento. A la tristeza que parecía vaciar el estómago de Ginny se le unió la emoción que notaba cada vez que Luna la tocaba.
—Mira las estrellas cuando estés ahí fuera. —Luna dejó en su otra mano la hoja doblada de un cuaderno. Cuando Ginny lo abrió, descubrió el dibujo que Luna le había hecho años atrás, y que mostraba pequeños puntos blancos sobre un fondo azul oscuro.
Quería pensar que Luna sería la fuerza que necesitaría fuera de Fontalamh, impulsándola a cumplir con la lucha, pero también se daba cuenta de que era una distracción. Más de una vez, cuando se escabullían entre los túneles y encontraban algo de intimidad en los recovecos oscuros, Ginny pensaba que no quería nada más que permanecer junto a ella, con su piel y su olor como un manto tranquilizador cubriendo la frustración y el anhelo que la acompañaban desde niña. En esas ocasiones, necesitaba mirarla y darse cuenta de que apenas podía distinguir sus ojos azules a causa de las sombras. Le recordaba que Luna no merecía ese encierro; nadie lo hacía.
Sólo había una forma de solucionar eso, y no la encontraría permaneciendo en Fontalamh.
—Lo hago por todos nosotros. —Ginny la cogió de la cintura y la atrajo hacia ella—. Cuando acabemos con Quién-No-Debe-Ser-Nombrado te sacaré de aquí. —Aquellos que no pasaban el entrenamiento necesario para unirse a la Orden del Fénix a los diecisiete años siempre se quedaban bajo tierra—. Tendremos una casa como las que aparecen en los libros. Con un jardín de verdad…
Luna la calló con un beso que duró demasiado poco. Cuando se apartó, a Ginny le dio la impresión de que estaba más resignada que triste.
—Entonces te esperaré —dijo Luna.
En el pasillo, los niños la aguardaban para despedirla, como Ginny misma había hecho con todos los que habían abandonado Fontalamh antes. Se suponía que iba a reencontrarse con ellos ahí arriba: con Tonks, Hermione Granger y Padma Patil.
Al ver a la profesora Vance esperándola al pie de las escaleras avanzó más deprisa, abriéndose paso entre los jóvenes que le deseaban toda la buena suerte que pudiera dar el Elegido. Cuando quiso darse cuenta, había atravesado el túnel sin mirar atrás; se giró, buscando a Luna, pero su novia ya se había perdido de vista.
«Volverás», se prometió a sí misma, intentando apartar la repentina tristeza que la atenazaba.
Era de día en el exterior de Fontalamh: Ginny parpadeó un par de veces cuando la luz del sol llegó a su rostro. Por un instante su visión se llenó de puntitos negros y la profesora Vance tuvo que cogerla del codo al marearse.
A medida que andaban por el cementerio, Ginny fue acostumbrándose a la claridad. El lugar estaba en calma; sólo se oía el trinar de los pájaros y el sonido de sus pies sobre la grava de un camino que descendía por la colina.
—¿A dónde vamos? —le preguntó Ginny a la profesora.
—Ahí. —La profesora señaló un panteón prácticamente escondido entre la maleza. En otra época el mármol de su fachada había sido blanco, pero el verdín había consumido por completo ese color. Una verja de hierro cerraba la entrada, completa con un cartel que pedía a la gente que no se aventurase a abrirla.
Con un toque de varita, los barrotes oxidados se hicieron a un lado para permitirles el paso. Lo primero que Ginny pudo ver fue un nombre inscrito en el suelo.
«Catherine Black».
—¿Familiar de Sirius? —preguntó, procurando no pisar la tumba.
—No, que sepamos —dijo la profesora Vance—, pero escogimos este lugar por el nombre.
La profesora se acercó a una de las paredes, donde había un pájaro grabado, muy similar al que se encontraba en la base de la estatua de John Knox. La pared desapareció cuando la profesora Vance lo tocó.
—Bienvenida a nuestros cuarteles —dijo la profesora.
Allí no había una escalera que bajase, sólo un pasillo bastante oscuro y frío. Ginny se abrazó a sí misma mientras seguía a la profesora; por el rabillo del ojo, distinguió unas palabras grabadas en la piedra.
—James Potter —leyó Ginny en voz alta—. Lily Potter; Harry Potter…
—Nuestros caídos —dijo la profesora Vance—. Así los recordamos.
Al principio, los nombres no le decían nada: «Marlene McKinnon», «Edgar Bones». Otros pertenecían a historias que se repetían muchas veces en la escuela bajo tierra: Albus Dumbledore había sido el guía de la Orden durante años, pero había fallecido a causa de una maldición; de Minerva McGonagall contaban grandes cosas, así como de Remus Lupin.
Tras ese último, los nombres se tornaron conocidos.
«Hermione Granger». «Padma Patil».
Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Ginny miró a la profesora Vance, pero esta le daba la espalda, y no dijo nada al pasar frente a personas que ambas habían conocido.
En ningún momento de su entrenamiento se había permitido temer a la muerte. Ahora se encontraba frente a ella, y sintió el repentino impulso de darse la vuelta y volver a Fontalamh.
«Recuerda por qué luchas», se dijo a sí misma, mientras dejaban atrás el túnel y entraban un pasillo en el que se abrían un par de puertas. La profesora Vance la condujo a la segunda de ellas.
Era una habitación pequeña. Las paredes estaban decoradas con mapas de Gran Bretaña, repletos de puntos y líneas que Ginny no pudo descifrar. A un lado se acumulaban un montón de telas de color plateado, al otro, cajas de varitas. El centro de la habitación contaba con varias mesas y sillas; en la más destacada estaba sentado un hombre de mediana edad.
Tonks estaba a su lado.
—¿Ginny Weasley? —preguntó el hombre. Ella asintió—. Soy Kingsley Shacklebolt, me alegro de verte. Tendrás una habitación aquí y recibirás tus instrucciones en breve. Tonks te acompañará ahora: Emmeline, necesito hablar contigo.
«¿Y ya está?». Ginny se sintió algo contrariada cuando Shacklebolt hizo un gesto con la mano, despidiéndola. Había esperado muchísimo más.
El desaire quedó olvidado cuando se fijó en Tonks. Su antigua amiga no parecía feliz de verla; su mirada tenía ese vacío inquietante que tiempo atrás había captado también en Sirius Black. Su cabello era de color marrón, mustio y deslucido.
—Te prometí que lo conseguiría —dijo Ginny, una vez salió de la habitación con Tonks. Ella se limitó a asentir secamente.
—Te unirás a una partida programada para el martes. Con Abott, McLaggen y yo misma. Atacaremos un Centro de Sangre Sucia.
La palabra la sobrecogió un poco, especialmente cuando la relacionó con Hermione. La chica nunca le había hablado de lo ocurrido allí, pero la rabia en sus ojos era suficiente para imaginarlo.
«Y ahora está muerta».
—¿Qué le pasó a Hermione? —preguntó Ginny.
—Hay peligros ahí fuera —respondió Tonks, monótona.
—¿Y qué hay del nuevo Elegido? ¿Podré ir a buscarlo?
—Ah… —Tonks le envió una sonrisa triste—, ese tipo de misiones son para los mejores, mocosa. Puede que algún día entres en la élite, pero de momento confórmate con lo del martes. Nos vemos luego.
Tonks la dejó plantada ante una puerta abierta, tras la cual sólo había una habitación austera.
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Todas las ventanas de ese pequeño pueblo estaban decoradas con banderas que mostraban calaveras y serpientes negras, dibujadas contra fondos verdes. Aquí y allí había carteles que animaban a los jóvenes a servir a su país alistándose en la Brigada de Aurores: las caras de los chicos y chicas que aparecían en ellos eran orgullosas. Contrastaban con aquellos carteles que mostraban a muggles de aspecto manso, bondadoso, con las manos abiertas en un signo que bien podía ser de rendición.
«Recuerda respetar las normas», proclamaban esos últimos, y los no-mágicos parecían muy dispuestos a obedecer. Se movían con las cabezas gachas y sus túnicas rojas, que indicaban que no tenían la capacidad de usar la varita: destacaban como gotas de sangre entre los colores negros y esmeraldas que solían llevar los magos.
Encogida bajo su capa de invisibilidad, Ginny no podía dejar de contemplarlo todo. Esa población de Oxford no era nada comparada con Glasgow, pero no dejaba de parecerle fascinante. Detrás de la tristeza que se respiraba en sus habitantes también había vida: panaderías de las que salían olores agradables, tiendas con escaparates brillantes, niños que correteaban por las calles con sus juguetes hechizados.
—A ver si nos concentramos —le gruñó McLaggen cuando Ginny lo pisó sin querer. Coordinarse bajo la capa era un tanto complicado, pero el chico no se lo ponía más fácil. Con sus aires de saber todo lo necesario a pesar de ser casi tan joven como ella, a Ginny le había caído mal al instante.
—Haya paz —susurró Hannah, una chica mucho más suave y agradable que él, y que compartía capa con Tonks.
—Os voy a dar una patada en el culo como no os comportéis —dijo Tonks.
El Centro de Sangre Sucia se encontraba en el extremo del pueblo, flanqueado por una alta valla que a su vez estaba rodeada por un escudo mágico que emitía un ligero resplandor violeta.
La comitiva se colocó lo más cerca posible de la puerta. La inteligencia de la Orden había descubierto que ese día ingresarían nuevos niños al Centro: entonces, se disolvería el escudo para permitir que entrasen en el edificio y ellos tendrían vía libre para colarse. En sus bolsillos llevaban pociones explosivas destinadas a reducir ese lugar a los cimientos, una vez hubiesen logrado sacar a los pequeños de allí.
Los niños llegaron en un vehículo que pareció aparecer de la nada, sobresaltando a Ginny. Hombres vestidos de negro abrieron la parte de atrás del camión y empezaron a sacar niños. Algunos tenían casi once años, otros eran tan pequeños que apenas habían aprendido a andar. Todos estaban llorosos, y eso hizo que Ginny recordase su propio descenso por las escaleras de Fontalamh.
Hannah temblaba de miedo; McLaggen, de emoción. Ella misma no sabía como sentirse: prácticamente podía asegurar que había nacido para este momento, de la misma forma que algunas veces pensaba que había llegado al mundo sólo para acurrucarse junto a Luna; pero ahora que había llegado el instante de probarse a sí misma, lo único que sentía era la espalda agarrotada y dolorida a causa de la tensión acumulada.
El escudo mágico se desvaneció con una breve ráfaga de aire caliente. Los hombres de negro empujaron a los niños hacia la entrada.
—Vamos —dijo Tonks—. McLaggen, los trasladores a punto.
El chico llevaba una maleta repleta de objetos que entregarían a los niños, listos para salir en unos quince minutos. Tendrían que ser muy rápidos: colocarían bombas en lugares estratégicos, llevarían a los pequeños a una habitación y escaparían con ellos.
Ginny repitió el plan en su cabeza mientras cruzaban la valla, pasando tan cerca de uno de los hombres que tuvieron que contener la respiración.
Al entrar en el edificio se encontraron con pasillo blanco y anodino, que conducía a decenas de puertas que parecían cerradas.
—Aquí —dijo Tonks, señalando la primera.
Con mucho cuidado, McLaggen agitó un frasco hasta que este adquirió un color esmeralda. Lo ocultó con un hechizo de invisibilidad y luego lo dejó apoyado contra la puerta; tardaría unos minutos en estallar.
Depositaron otro frasco y subieron al segundo piso, donde encontraron a los primeros guardias.
Ginny sacó una mano de la capa.
«Desmaius», sin pronunciar el hechizo en voz alta, consiguió golpear al primero de los hombres. También fue fácil deshacerse del segundo, que se quedó estupefacto por el repentino ataque.
«Cuando el edificio estalle, seguirán aquí», pensó Ginny, con un deje de aprensión, antes de recordarse a sí misma que esas personas merecían poca piedad.
—Dame las pociones y un traslador —dijo Tonks—, yo seguiré dejando frascos por esta planta. Vosotros id a buscar a los niños; deberían estar arriba. Recordad que sólo tenemos minutos.
Tonks apareció ante Ginny durante el breve instante que empleó Hannah para cambiarse de capa: sus ojos relucían un poco y su cabello tenía un desvaído tinte púrpura.
Atacar a esos dos guardias parecía haberle quitado parte de la tensión: Ginny sintió cierta ligereza mientras subían al tercer piso. Incluso tras la tela plateada de la capa, le pareció que sus sentidos estaban más alertas, listos para detectar a cualquier persona que necesitase ser neutralizada.
Pero no había nadie.
«Pensaba que guardarían mejor este sitio».
Entraron en uno de los cuartos. La habitación simplemente contaba con varias camas, entre las cuales que los niños jugaban: ninguno se dio cuenta de que la puerta parecía haberse abierto sola. Hannah empezó a sacar de la bolsa que llevaba McLaggen unos ositos de peluche, sus trasladores.
—¡Intrusos!
Una voz grave resonó por la estancia, en un volumen tan alto que varios niños se echaron a llorar de inmediato. Ginny miró a su alrededor, buscando quién había pronunciado esas palabras.
—¡Intrusos! —repitió la voz—. ¡Intrusos!
—¡Joder! —exclamó McLaggen, con la vista puesta en el techo.
Sobre sus cabezas había unas órbitas de color azul y que parecían hechas de cristal; daban vueltas y vueltas en sus cuencas, como lo haría una persona extremadamente alarmada.
—¡Intrusos! ¡Intrusos!
Algo cogió el pie de Ginny y tiró de ella. Cuando quiso darse cuenta estaba de rodillas en un suelo que parecía haberse convertido en mármol líquido, una sustancia que se aferraba a sus piernas con fuerza. La capa resbaló de sus hombros, dejándola totalmente descubierta.
—¡Mierda! —McLaggen empezó a removerse como una mosca atrapada en una telaraña—. ¡Mierda!
Hannah había sacado la varita y daba inútiles chispazos con ella. Los niños gemían: algunos habían acabado tan atrapados por el suelo como ellos y otros se habían subido a sus camas.
«Respira», Ginny se aferró a su varita. «Tiene que haber una forma de salir de esta. Piensa».
Apuntó a sus pies.
—Glacius.
El mármol se solidificó a su alrededor al tiempo que la puerta del cuarto se abría.
—¡Confundus! —gritó Ginny.
El primer hombre que trató de entrar en la habitación tropezó, provocando que el segundo chocase contra su espalda.
—¡Flipendo! —Ese conjuro alcanzó al primer guardia. Ginny dirigió la varita al suelo—. ¡Reducto!
El mármol solidificado se resquebrajó, provocándole un corte en las piernas al que rápidamente se sumó un golpe en su hombro. Sin tiempo para dejarse vencer por el dolor, Ginny liberó sus piernas y alzó la varita contra el segundo guardia, que estaba listo para volver a atacarla.
No llegó a hacerlo: el cuerpo del hombre se elevó en el aire y dio contra el techo.
Hannah seguía sin poder hacer nada contra su propio aprisionamiento; había empezado a llorar. A McLaggen se le había quedado una mano enganchada en el mármol.
Alguien la cogió del codo. Ginny notó una tirantez en el estómago y el mundo se disolvió en colores borrosos.
Cayó sobre hierba fresca. Tuvo un instante para gruñir, antes de que un estallido la obligase a levantar la mirada.
Estaba en una colina cercana al pueblo y lo que había sido el Centro de Sangre Sucia era pasto de las llamas.
Tonks se quitó la capa y alzó la varita.
—Morsmordre.
Una ráfaga de luz voló hacia el edificio en llamas. Una calavera y una serpiente negras aparecieron entre el humo, brillando con fuerza. El pueblo entero parecía gritar, a medida que los habitantes salían de sus casas para acercarse al incendio.
—Tonks… —Ginny se volvió hacia ella.
—Observa.
Por un instante no hubo nada que ver, solo el edificio ardiendo y la multitud reunida ante él. Los puntitos rojos que formaban las túnicas de los muggles resultaban todavía más visibles en la distancia, contrastando con los verdes y negros.
El primer ataque se produjo minutos después: un punto rojo abalanzándose sobre uno negro. Los gritos crecieron en volumen, pero esta vez sonaron furiosos, combativos. Varios rayos verdes atravesaron el lugar, pero nada detuvo a las personas que se unieron al primer agresor.
—¿Puedes contar a los muggles, Ginny? —preguntó Tonks.
No; eran muchos. Suficientes para acabar con los otros colores por mucho que estos llevasen varitas.
—Quién-No-Debe-Ser-Nombrado primero nos exterminó a nosotros —continuó Tonks—, y cuando apenas quedamos un puñado de magos y brujas dispuestos a luchar contra él, rompió el Estatuto del Secreto. No consideró que los muggles fueran una amenaza, pero míralos. Da igual a cuantos mate: son millones, no puede acabar con todos a la vez. Y están enfadados.
—Les has hecho creer que los mortífagos han volado el edificio —susurró Ginny.
—Sí; puede que en unos días alguno piense que es raro que lo hayan hecho con sus trabajadores dentro, pero para entonces este pueblo será libre. Y la historia de esta atrocidad se contará en toda Gran Bretaña, por mucho que Quién-No-Debe-Ser-Nombrado intente evitarlo.
—Hannah y McLaggen estaban dentro. —Ginny parpadeó, intentando contener las lágrimas.
—Una lástima: los frascos explotaron antes de poder sacaros a los tres. Les diré a los pocionistas que calculen mejor los minutos. —Tonks se sentó a su lado—. Hace años que no logramos sacar a nadie de los Centros de Sangre Sucia. Tienen a los niños demasiado vigilados. A lo único que podemos aspirar es a esto. —Señaló con la cabeza las llamas—. Nada es como creíamos en Fontalamh, Ginny. De ahí no se sale para alcanzar la gloria, únicamente para ser parte de un juego muy complejo: algunos resultan ser peones y otros, piezas superiores. Te he dado la oportunidad de convertirte en lo último, siempre y cuando aceptes que se requieren sacrificios.
La frialdad en sus ojos la desconcertó.
—¿Qué te han hecho? —murmuró Ginny, incapaz de aguantarle la mirada. En el pueblo, los puntos rojos seguían con su lucha.
—Me han mostrado la verdad: solo movilizando a otros tenemos una oportunidad de sobrevivir. No te he mentido cuando te he dicho que hay misiones de élite. En nuestras manos ya está la clave, pero necesitamos tiempo.
—¿El Elegido?
—No. Es cierto que la profecía habló de dos bebés, pero no hay prueba alguna de que el segundo fuese otro Harry Potter. Ese camino murió con él. —Tonks le pasó un brazo por el hombro—. Los niños requieren de esa esperanza; tú ya no eres una cría.
Ginny se echó a llorar.
OoO
Le dolía el pecho de tanto correr. A cada paso que daba sentía que su mano le enviaba otra punzada de agonía; a pesar de eso, se negaba a soltar la copa que aferraba.
A sus espaldas oía los gritos de aquellos que trataban de detener el fuego que consumía la mansión de los Ryddle. Las llamas parecían rugir; Ginny no supo si ese sonido era fruto de su imaginación o de la magia negra que se había visto obligada a derrotar, y que moría al mismo tiempo que lo hacía la casa.
Dobló una esquina y entró en una calle residencial. En el suelo todavía quedaban restos de las banderas mortífagas quemadas el día que ese pueblo había pasado a engrosar la lista de municipios de la Gran Bretaña Libre. Un golpe de suerte inesperado tanto para los muggles como para la Orden del Fénix, ya que nadie había podido entrar en la Mansión Ryddle para llevarse la copa a uno de los pocos bastiones que le quedaban a Quién-No-Debe-Ser-Nombrado.
Otro golpe de dolor en la mano la mareó. Con un gemido se apoyó en la valla de un jardín, escondiéndose como pudo entre las sombras que ofrecía la noche.
Se atrevió a mirarse los dedos: uno de ellos se había tornado de color negro.
La puerta del jardín se abrió. Con su mano buena, Ginny sacó su varita y apuntó.
—Tranquila. —Un hombre rubio y algo corpulento levantó las manos—. ¿Necesitas ayuda?
—Pues… —Ginny no se fiaba de los desconocidos, pero ese hombre tenía la mirada franca y el dolor ya estaba paralizándole el brazo.
—Pasa —indicó el hombre.
Ginny decidió aceptar la invitación, si bien mantuvo la varita en la mano. En todos esos años llevaba muchos cadáveres a sus espaldas y uno más no haría la diferencia.
Lo primero que notó al entrar en el jardín fue un olor dulzón que parecía invadirlo todo.
—Me llamo Neville Longbottom —dijo el hombre—. ¿Quieres que avise a alguien?
—No. Llevo un traslador, sale en media hora. Si me dejas descansar aquí… —Era un fastidio no poder aparecerse, pero ese pueblo todavía conservaba las restricciones legadas de los mortífagos.
—De acuerdo… —El hombre dudó un poco—. ¿Quieres pastel?
—¿Pastel?
—Lo he preparado para mañana: es mi cumpleaños.
«Cumple el Día del Elegido». ¿Cuánto hacía que no contaba los 31 de julio? Las tradiciones infantiles se desvanecían cuando una pasaba una década sin creer en ellas.
—Estaré bien, gracias…
Una ráfaga de dolor en el brazo la contradijo. Ginny se encogió en sí misma, hasta tocar la hierba con las rodillas.
—¿Quieres que llame a un sanador? —preguntó Neville, alertado.
—No, no necesito nada. —Ginny se tumbó en la hierba.
Las estrellas le devolvieron la mirada. Un pensamiento fugaz cruzó su mente: una chica de cabello rubio y hermoso, cuyos ojos brillaban incluso en la oscuridad.
¿Cuánto tiempo hacía que tampoco se acordaba de Luna?
Al principio tenía noticias de ella. Ante el panteón de los Black, Ginny había recibido a adolescentes que se molestaban en llevar las palabras de Luna consigo: frases de amor, esperanza, paciencia. Le contaban que seguía en Fontalamh, que daba clases de dibujo a los niños que, como el caudal de un río que se resiste a secarse, seguían bajando la tierra para vivir en la escuela.
Ginny dejaba a los mensajeros en esas habitaciones austeras, que seguramente estarían ocupadas por poco tiempo, y luego iba a su cuarto, donde un retrato pintado sobre una hoja de cuaderno colgaba del cabezal de la cama.
Los recién llegados nunca le habían hablado de una muchacha que hubiese logrado hacerse con el corazón de Luna, ni de cansancio o reproches, pero los mensajes se habían desvanecido de todas formas, con tanta suavidad como lo hace una vela cuando la cera llega a su fin.
También con una vela había quemado Ginny el dibujo.
Otro golpe de dolor la obligó a apretar los dientes.
En su mano seguía esa copa que tanto sufrimiento había causado; Ginny resiguió el contorno del tejón con el dedo. Solo quedaba destruir ese objeto y una serpiente. Nada más.
Había trabajado duro para incluirse en el último plan que Dumbledore había legado a la Orden del Fénix. Ahora, la misma maldición que se había llevado al anciano parecía haberse agarrado a ella, si bien la habían transmitido fragmentos de alma distintos; se podía decir que había cumplido su misión con creces.
—Tal vez debería acompañarte. —Neville se sentó a su lado—. Cogeré el traslador contigo, ¿de acuerdo?
Ginny no se vio con ánimos de responder. Las luces de las estrellas relucían. Podía ver algo de humo, transportado por el viento, pero no era suficiente para apagarlas por completo.
Preciosas como los ojos de una persona amada.
«Ojalá pudieras verme ahora, Luna», pensó, «haciendo lo que me pediste, por fin. Y resulta que valía la pena mirar».
NA.
Cosas que no pude incluir en el fic porque esto es un AU y los miserables personajes no saben que tuvieron otro destino en otro universo: Sirius está presente porque, según mi razonamiento, con Voldemort vivo tras la muerte de Harry Peter Pettigrew no habría necesitado huir. Simplemente habría corrido a ocultarse con el Señor Oscuro y Sirius Black, sin nadie a quién matar, tal vez habría tenido la cabeza de hablar con alguien de la Orden (o con Dumbledore) y contarle lo del cambio de guardianes secretos. Aunque el límite de palabras me ha impedido explicar nada más sobre él, para mí Neville vivió gran parte de su vida oculto con sus padres (que en esta línea temporal no se volverían locos a manos de los Lestrange) y acabó siendo olvidado por la Orden, que tenía otras cosas que hacer. Solo encontrarse en una zona que eventualmente fue liberada del dominio de los mortífagos le habría permitido asomar la cabeza.
Y sin un Harry Potter sobre el que colocar la tarea de los horrocruxes, también creo que es lógico pensar que Dumbledore la habría legado la tarea a un grupo selecto de personas de confianza. Para mí, siempre tocó y tocará el anillo, ya que la muerte de su familia es algo que ocurrió muchos años antes de Voldemort y me resulta difícil concebir un universo donde eso deje de atormentarle.
La nécropolis de Glasgow es muy real y muy preciosa. Su deterioro, por desgracia, también. El panteón de Catherine Black existe (de hecho lo fotografié en plan fangirl cuando pude ir a visitar la ciudad) y me pareció una alternativa divertida a Grimmauld Place. Fontalamh es una palabra inventada a partir de Fon Talamh, que en gaelico escocés significa "bajo tierra". La copa de Hufflepuff es uno de los pocos horrocruxes que no tuvo un lugar simbólico para ser guardada (ya que la meten en la cámara Lestrange por necesidad), así que me ha parecido bien colocarla en la Mansión Ryddle, donde Voldy comentió su primer asesinato y se deshizo de esa parte muggle de la familia que tan poco le gustaba (y Hufflepuff era muy pro-nacidos de muggle, de modo que doble la gracia XD)
Lo único que me queda por decir es que espero haber honrado a la vaca Ravenclaw. Todas las reviews que me dejéis serán para seguir honrando a esa vaca en el Torneo. Gracias a Katherine por el beteo y a ti por llegar hasta aquí :)
