Los pequeños cambios que Reginald Hargreves logró, hizo grandes diferencias en el futuro de cada uno de los miembros de la academia, aunque no logró erradicar el odio y el profundo resentimiento que sus hijos sentían hacia él.
Klaus fue el primero en abandonar la academia, mucho antes de cumplir los 18 años. Apenas tenía 16 cuando se armó de valor y decidió escapar, dispuesto a alejarse de una vez por todas de aquella horrible mansión plagada de espíritus furiosos y de su padre, el hombre más cruel que hubiese conocido jamás, incluso más ruin que todos los criminales a los que se habían enfrentado en sus misiones.
Klaus había vivido con miedo cada segundo en esa casa, asustado de los fantasmas que nunca le dejaban en paz, asustado de su padre y de sus crueles métodos de enseñanza, asustado de la indiferencia de sus hermanos, temiendo que hubiesen sido contagiados por la falta de calidez humana de su padre; hasta que simplemente un día decidió que no soportaba estar un instante más en esa casa de locos y cualquier cosa que le esperara en el mundo exterior sería menos espantosa.
Había vagado sin rumbo los primeros días, resguardándose en los callejones más oscuros, en los lugares más marginados de la ciudad, donde sabía que no vería pasar aquella horrible limusina a menos que tuviesen una misión realmente importante. Aunque ya no estaba en casa, aún vivía con el constante miedo de que su padre pudiera encontrarlo y arrastrarlo de regreso, solo para encerrarlo durante un par de días más en el mausoleo. Sin embargo lo más probable era que nadie aún hubiera notado su ausencia, quizás nadie se tomaría el tiempo de buscarlo porque ciertamente no era importante para la academia… ni para sus hermanos. Realmente no sentía que tuviera una familia con la cual regresar.
A pesar de estar lejos de casa, Klaus aún no podía hallar la paz, el miedo lo perseguía a donde sea que fuera; sentado en aquel oscuro y frío callejón aún podía ver los fantasmas merodear, murmurando cosas a su oído, hablando incesantemente, aturdiéndolo con sus gritos y súplicas.
- Cállense, cállense por favor – murmuró por lo bajo, llevándose las manos instintivamente a los oídos, intentando desesperadamente silenciarlos.
Vio entonces un par de zapatos elegantes caminando lentamente hacia él a través del callejón y su corazón dio un vuelco al pensar que podría tratarse de su padre, sin embargo, al alzar la vista pudo ver un hombre alto, delgado, de cabello negro y piel bronceada que parecía estar entre los 35 y los 40 años.
- ¿Estás perdido, jovencito? – preguntó el hombre con simpatía, inclinándose en el suelo para estar a la altura de sus ojos.
Klaus lo miró sin expresión antes de responder con exagerado dramatismo - quizás todos lo estamos.
El hombre sonrió, mirando detenidamente su aspecto sucio y descuidado – sin embargo pareces más perdido que el resto. No deberías estar en este lugar, es peligroso.
- Gracias Papá, lo tendré en cuenta – respondió a la defensiva, temiendo que el hombre pudiese ser algún policía o alguien con el poder de obligarlo a regresar a la academia.
- Dime dónde vives, te llevaré a tu casa.
- No tengo una casa y no necesito un buen samaritano que me lleve a ningún lado.
- Por fortuna no soy un buen samaritano – el hombre sonrió y había algo cálido y a la vez oscuro en aquella sonrisa - ¿Dónde está tu madre? La llamaré.
- No tengo una madre – escupió con resentimiento. Pensó en Grace, pero ella no era más que una máquina y jamás iría a buscarlo sin el consentimiento de Papá, ella simplemente era una extensión de Sr. Reginald Hargreves.
- ¿Qué hay de tu padre?
- Es un hijo de puta sádico, si te gustan esas cosas eres libre de contactarlo.
El hombre levantó sus enormes cejas comprendiéndolo todo al fin – así que estás escapando de casa.
Klaus comenzó a aplaudir fingiendo asombro - ¡Vaya, eres un genio! alguien debería darte una medalla.
El hombre sonrió, sin permitirse ofender ante los comentarios sarcásticos y a la defensiva del chico.
- ¿Cómo te llamas? – preguntó y Klaus abrió la boca dispuesto a responder con otro comentario sarcástico, pero al final nada salió de ella.
Hubo un largo silencio y Klaus odiaba el silencio, porque era el momento que los fantasmas aprovechaban para llamar su atención, para comenzar a susurrar y gradualmente esos murmullos comenzaban a transformarse en gritos, gritos que lastimaban sus oídos y amenazaban con dividir su cráneo en dos.
El hombre se percató del cambió en la expresión del chico, cómo sus cejas se arqueaban en una expresión preocupada y sus manos cubrían sus oídos de manera instintiva, intentando protegerse del silencio.
- Klaus – respondió al fin con voz temblorosa, sólo para llenar el silencio con algo.
El hombre sonrió satisfecho al ver la máscara del chico caer por un instante – soy Ryan, es un placer conocerte, Klaus.
Los grandes ojos verdes del niño penetraron en la mirada del hombre - ¿Qué es lo que quieres? ¿Por qué no simplemente te das la vuelta y me dejas en paz?
- Sólo quiero ayudarte.
- ¿Por qué?
- Porque puedo – respondió encogiéndose de hombros.
- No puedes, nadie puede y no voy a regresar a casa.
- No te lo pediría de todos modos – el hombre suspiró, acercándose aún más, hasta que su rostro estuvo a centímetros del chico – Puedo callar las voces, Klaus, sé cómo silenciarlas ¿no sería eso maravilloso?
Los ojos de Klaus se abrieron con sorpresa ¿cómo podía saber ese hombre acerca de sus poderes? - ¿Cómo? – preguntó con curiosidad.
El otro sonrió triunfante y extrajo de su bolsillo una bolsita transparente con algunas píldoras de colores – tómala, es medicina, verás cómo te hace sentir mejor.
Klaus no era lo suficiente tonto o ingenuo para creer que se trataban de simples medicinas, de hecho había probado la marihuana hacía ya un par de años en un intento por callar las voces, sin embargo nunca se había atrevido a probar algo más fuerte.
- No tengo con qué pagarte – respondió.
- Eso no importa ahora.
Puso una pequeña píldora en la boca de Klaus y el niño simplemente vaciló un instante antes de tragar. Al principio pensó que nada pasaría, pero pronto vio con alegría como todos los fantasmas desaparecían y con ellos los gritos, dejando su mundo inusualmente callado.
Una enorme sonrisa se dibujó en su rostro juvenil y miró de vuelta al hombre con gratitud – esto es maravilloso ¡en verdad funciona!
- Así es – el hombre también sonreía casi con la misma emoción que Klaus – ¿cómo te sientes ahora?
Aturdido, extasiado, eufórico, mareado, habían demasiadas palabras flotando en su cabeza, no podía simplemente elegir una – estupendo – respondió al fin entre risas – nunca en mi vida me había sentido tan bien.
- Si vienes conmigo, Klaus, puedo darte tantas como quieras, puedo darte un techo, puedo ofrecerte comida y un empleo, tendrás tu propio dinero ¿qué dices?
Klaus lo miró fijamente sin comprender del todo sus palabras, entonces el hombre posó su robusta mano en la blanca mejilla del niño – mis clientes amarían esos grandes ojos verdes, eres perfecto, me complacería mucho tenerte a mi lado.
Nadie nunca había visto potencial en él, nadie nunca le había ofrecido una mano amiga, nadie nunca le había tratado con tanta amabilidad. Ese hombre le ofrecía un techo, comida y la posibilidad de alejar a los fantasmas para siempre, oferta que no podría rechazar. Klaus pensó que había encontrado un salvador, cuando en realidad había sido aquel hombre quien había hallado a un niño ingenuo e inocente que no estaba preparado aún para las atrocidades del mundo exterior.
Esta vez no había un Ben a su lado que le aconsejara y le ayudara a ver el peligro, esta vez estaba por su cuenta, libre de tomar cada decisión equivocada.
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Continuará
